LA CAMPAÑA ALEMANA
EN PRO DE LA CONSTITUCIÓN DEL IMPERIO556
Hecker, Struve, Blenker, Zitz y Blum,
¡Mandad al diablo a los príncipes alemanes!557
E
n e s t a c o p l a , q u e l a “ m i l i c i a p o p u l a r ” d e l s u r d e a l e m a -
nia hacía resonar por todos los caminos y en todas las taber
nas, con música de la conocida melodía “Bañado por el mar”,
mitad coral, mitad tonada de organillo, se resume todo el carácter
del “grandioso levantamiento en pro de la Constitución del Impe
rio”. En esos dos versos se contiene todo: sus grandes hombres, sus
metas finales, su elevada moral, su noble odio contra los “tiranos”
y, al mismo tiempo, toda su manera de ver la situación política y
social.
Entre todos los movimientos y convulsiones provocados en Ale
mania por la revolución de Febrero y su curso ulterior, la campaña
Engels esboza a lo largo de este trabajo la historia de la insurrección civil en los terri
torios alemanes de Badén y el Palatinado. Comenzó este ensayo poco después de ir a Suiza,
acompañando a los últimos combatientes (hechos que se hallan incluidos en la presente
narración), al término de la lucha. Por consejo de Marx, que le escribió desde París a princi
pios de agosto de 1849, Engels dio a su trabajo el carácter de un panfleto contrario a los
demócratas pequeño burgueses. Trató de editarlo, en un principio, precisamente en forma
de folleto, pero desistió de la idea al enterarse de los planes de Marx de publicar una nueva
revista (que sería la Nueva Gaceta Renana. Revista económico-política). Reanudó la redacción
de estas páginas ya en Londres, a donde se trasladó en octubre de 1849, hasta ponerle punto
final en febrero de 1850. Este trabajo se publicó por vez primera en la mencionada revista de
Marx. En vida del autor no volvió a reeditarse. Ya muerto Engels, Franz Mehring incluyó este
trabajo en el tomo m de su colección Aus dem literarischen Nachlass von Karl Marx, Friedrich Engels und Ferdinand Lassalle.
Versos tomados de una canción revolucionaria sumamente popular por aquellos días.
Los mencionados son algunos de los jefes de la campaña constitucional a la que se hace refe
rencia en este ensayo de Engels.

por la Constitución del Imperio destaca por su carácter clásico ale
mán. Todo es en ella profundamente alemán: los motivos, la actua
ción, la actitud, y el desarrollo, desde el comienzo hasta el fin. Así
como las jornadas de junio de 1848 caracterizan el grado de des
arrollo social y político de Francia, la campaña por la Constitución
del Imperio caracteriza el grado de desarrollo social y político de
Alemania, principalmente de la Alemania del Sur.
El alma de todo el movimiento fue la pequeña burguesía, la que
suele llamarse de preferencia clase burguesa, clase que predomina
cabalmente en Alemania, sobre todo en el sur del país. Fue la peque
ña burguesía la que en las “sociedades de marzo”,558 sociedades
democrático-constitucionales, sociedades patrióticas, en muchísi
mas sociedades llamadas democráticas y en casi toda la prensa
democrática del país prestó a la Constitución del Imperio juramen
tos a la manera del de Grütli,559 tan copiosos como inofensivos, y
sostuvo contra los príncipes “refractarios” una lucha que no tuvo,
por el momento, ciertamente, más resultado que el de exaltar la
conciencia de un deber cívico cumplido. La pequeña burguesía fue
la que suministró la dirección oficial a todo el movimiento, repre
sentada por la decidida y llamada extrema izquierda de la Asamblea
de Francfort, y en consecuencia, especialmente por el Parlamen
to de Stuttgart y la “Regencia del Imperio”.560 Era ella, finalmente,
558 Sociedades de Marzo: fueron fundadas en los distintos Estados alemanes con una socie
dad central en Francfort del Meno a fines de noviembre de 1848 con la facción de la izquier
da de la Asamblea Nacional de Francfort. Los dirigentes de estas sociedades de Marzo eran
los demócratas pequeño burgueses: Fróbel, Simón, Wesendonck, Raveaux, Eisenmann y
otros.
559 Véase supra, nota 241.
560 La extrema izquierda de la Asamblea Nacional de Francfort, formada en lo funda
mental por la pequeña burguesía, contaba con el apoyo de una parte de la clase obrera. Esta
facción, partidaria de la república y de los métodos revolucionarios de lucha, se mostraba a
cada paso indecisa y vacilante e incluso se negó a la movilización de las masas ante el peligro
de la contrarrevolución. Sus concepciones federalistas le impedían ver con claridad el pro
blema de la unidad alemana. En abril y mayo de 1849, al retirarse de la Asamblea los diputa
dos conservadores y gran parte de los liberales, la izquierda y la extrema izquierda se convir
tieron en la mayoría parlamentaria. Ante el temor de verse disuelta, la Asamblea trasladó su
sede a la ciudad de Stuttgart, capital de Wurtemberg, cuyo gobierno mantenía una neutrali
dad expectante. Así, prosiguió su anterior política, manteniendo al pueblo alejado de la

la que prevalecía en las comisiones locales, comités de seguridad,
gobiernos provisionales y asambleas constituyentes que, en Sajo
rna, el Rin y el sur de Alemania, desarrollaron una labor más o
menos meritoria en pro de la Constitución del Imperio.
Si de ella hubiese dependido, la pequeña burguesía difícilmente
habría abandonado el terreno jurídico de la lucha legal, pacífica y
virtuosa, para empuñar, en vez de las armas del espíritu, el mos
quete o adoquín. La historia de todos los movimientos políticos a
partir de 1830, tanto en Alemania como en Francia o en Inglaterra,
nos muestra a esta clase siempre jactanciosa, grandilocuente y a
ratos incluso extremista en el terreno de las frases, cuando no
barrunta peligro; medrosa, retraída y evasiva, tan pronto atisba el
peligro más leve: asombrada, preocupada y vacilante cuando ve que
otras clases hacen suyo y toman en serio el movimiento iniciado
por ella; dispuesta a traicionar el movimiento en aras de su exis
tencia pequeño burguesa, al llegar la hora de la lucha con las armas
en la mano; por último, y como resultado de su indecisión, siem
pre engañada y maltratada preferentemente, al triunfar el partido
reaccionario.
Ahora bien, detrás de la pequeña burguesía marchan en todas
partes otras clases que hacen suyo el movimiento provocado por ella
y en su interés, impidiéndole un carácter más enérgico y preciso, y
tratando, en lo posible, de apoderarse de él: marchan el proletariado
y gran parte de los campesinos, a los que durante algún tiempo suele
sumarse, además, la facción más avanzada de la población urbana.
Estas clases, con el proletariado de las grandes ciudades a la
cabeza, tomaron las grandilocuentes promesas a favor de la consti
tución del Imperio más en serio de lo que los agitadores pequeño
burgueses habrían querido. Si los pequeños burgueses estaban deciacción revolucionaria. En vista de que el rey prusiano rechazaba la corona imperial de manos
de la Asamblea y ante la traición del regente del reino, que era el archiduque Juan de Austria,
el 6 de junio de 1849 la Asamblea eligió de su seno una Regencia formada por cinco miem
bros (todos ellos diputados). Su intento por asegurar el triunfo de la revolución por la vía
parlamentaria fracasó totalmente. El 18 de junio, la Asamblea fue disuelta por las tropas de
Württemberg.

didos, como aseguraban a cada instante, a “empeñar su bienes y su
sangre”561 en pro de la Constitución alemana, lo mismo estaban
dispuestos a hacer los obreros y en muchas regiones también los
campesinos, bajo la condición, tácita ciertamente, pero sobreenten
dida para todas las partes, de que, después de la victoria, la peque
ña burguesía defendería esa misma Constitución en contra de estos
mismos proletarios y campesinos. Estas clases empujaron a la
pequeña burguesía a la ruptura abierta con el poder estatal. Y si no
pudieron impedir que los tenderos aliados a ellos los traicionaran
en plena lucha, tuvieron, por lo menos, el consuelo de que esta trai
ción, cuando la contrarrevolución triunfó, fue castigada por los
propios contrarrevolucionarios.
De otra parte, al comenzar el movimiento, se unió también a la
pequeña burguesía la fracción decisiva de la gran burguesía y de
la burguesía media, lo mismo que había ocurrido en los anteriores
movimientos pequeño burgueses de Inglaterra y Francia. El poder
de la burguesía no abarca nunca a la totalidad de ésta; aun prescin
diendo de las castas feudales que puedan conservar una parte del
poder político, la misma gran burguesía, una vez que ha triunfado
sobre el feudalismo, se divide en dos partidos, el gobernante y el de
la oposición, uno representado generalmente por la banca y el otro
por los fabricantes. La fracción oposicionista o progresiva de la
grande y media burguesía mantiene, en este caso, intereses comu
nes con la pequeña burguesía frente a la fracción dominante y se
une a aquélla en la lucha conjunta. En Alemania, donde la contra
rrevolución armada ha restaurado el poder casi exclusivo del ejér
cito, la burocracia y la nobleza feudal y donde la burguesía, a pesar
de las formas constitucionales todavía subsistentes, desempeña un
papel puramente subalterno y modestísimo, se dan todavía mayo
res motivos para aquella alianza. Pero, a cambio de ello, la burgue
sía alemana es infinitamente más vacilante que la inglesa y la fran
Empeñar sus bienes y su sangre: palabras de una proclama que algunos diputados bávaros dirigieron al pueblo de la ciudad de Raviera, de cuyo Estado formaba parte el Palatinado
desde el Congreso de Viena, de 1518.

cesa, y se retira, empavorecida, de la escena en cuanto existe la
menor posibilidad de que retorne la anarquía, es decir, la lucha real
y decisiva. Así ha ocurrido también ahora.
Por lo demás, el momento no era, ni mucho menos, desfavora
ble para la lucha. Francia se hallaba en vísperas de las elecciones,
que podían dar la mayoría a los monárquicos o a los rojos, pero que
necesariamente desplazarían los centros de la Asamblea Constitu
yente, reforzarían los partidos extremos y decidirían rápidamente
la agudizada lucha parlamentaria mediante un movimiento popu
lar; en una palabra, acarrearían necesariamente un journée* En Ita
lia se luchaba bajo los muros de Roma y la República romana hacía
frente a las tropas invasoras francesas. En Hungría avanzaban,
incontenibles, los magiares; los imperiales habían sido arrojados al
otro lado del Wag y del Leitha; en Viena, donde todos los días se
creía escuchar las estampidas del cañón, se esperaba en cualquier
momento la entrada del ejército revolucionario húngaro; en Galizia era inminente la llegada de Dembinski al frente de un ejército
polaco-magiar, y la intervención rusa, lejos de ser peligrosa para los
magiares, parecía más bien convertir la lucha de los húngaros en
una lucha europea. Por último, Alemania pasaba por un momento
de extrema conmoción: los avances de la contrarrevolución, el des
caro cada vez mayor de la soldadesca, de la burocracia y de la noble
za, las traiciones diariamente renovadas de los viejos liberales en
los ministerios, y las felonías interminables de los príncipes: todo
contribuía a echar en brazos del partido dirigente del movimiento
a clases enteras de gente, hasta ahora, partidaria del orden.
En estas circunstancias, estalló la lucha que nos proponemos
relatar en los siguientes capítulos.
El carácter incompleto y confuso que acusan todavía los mate
riales, la total inseguridad de casi todas las referencias que pueden
reunirse de palabra y el propósito puramente personal que persi
guen todos los escritos publicados acerca de esta lucha, no permia Jornada.

ten lograr una exposición crítica de todo el curso de los sucesos. En
estas condiciones, no nos queda otro camino que limitarnos pura y
simplemente a narrar lo que hemos visto y escuchado. Afortunada
mente, basta y sobra con ello para destacar el carácter de toda la
campaña; y si no podemos ofrecer aquí, junto a nuestra propia
experiencia vivida del movimiento en Sajonia, la de la campaña de
Mieroslawski en el Néckar, tal vez a la Nueva Gaceta Renana se le
depare pronto la ocasión de brindar los esclarecimientos necesa
rios, por lo menos en lo que a esta campaña se refiere.562
Muchos de los que participaron en la campaña en pro de la
Constitución del Imperio están aún en la cárcel. Otros han podido
volver a sus casas; otros, todavía en el extranjero, siguen aguardan
do la posibilidad de repatriarse, y entre ellos no se cuentan, cierta
mente, los peores. Fácilmente se comprenden los miramientos que
debemos guardar con respecto a estos camaradas de lucha; y a nadie
le extraña que silenciemos ciertas cosas, y a quienes se hallan de nue
vo tranquilamente en sus casas no les parecerá mal que no los que
ramos comprometer con el relato de los episodios en que ellos
pusieron realmente a prueba, de un modo brillante, su valentía.
El anunciado artículo acerca de la campaña de Mieroslawski no llegó a publicarse en
la revista de la Nueva Gaceta Renana.

I. LA PRUSIA RENANA
S
E RECORDARÁ CÓMO LA INSURRECCIÓN ARMADA EN PRO DE LA
Constitución del Imperio estalló primeramente en Dresde, a
comienzos de mayo.563 Como es sabido, los combatientes de
las barricadas de esta ciudad, apoyados por la gente del campo, pero
traicionados por la pequeña burguesía de Leipzig, sucumbieron a
la superioridad del número, después de seis días de combates. No
llegaron nunca a disponer de más de 2 500 hombres, pertrechados
con armas muy heterogéneas y, por toda artillería, de dos o tres
pequeños morteros. Las tropas reales estaban formadas además de
los batallones de Sajonia, por dos regimientos prusianos. Disponían
de caballería, artillería, mosqueteros y un batallón armado de fusi
les de aguja. Al parecer, las tropas del rey se comportaron en Dres
de todavía más cobardemente que en otras partes; pero, al mismo
tiempo, se ha comprobado que los combatientes de esta ciudad se
batieron contra esta superioridad de fuerzas con mayor valentía
que la que conocemos de otras acciones de la campaña por la Cons
La insurrección armada de Dresde se produjo entre el 3 y el 8 de mayo de 1849. Al
parecer fue provocada por la negativa del rey de Sajonia a reconocer la Constitución. La bur
guesía y la pequeña burguesía apenas si participaron en ella. Más bien fueron los obreros
quienes se batieron en las barricadas. Dirigieron la insurrección Samuel Tischirner, Mijail
Bakunin y otros. El Consejo Municipal y la Guardia Cívica de Dresde no sólo negaron su
ayuda a los insurrectos, sino que incluso aplastaron cruelmente dicho levantamiento des
atando una represión generalizada contra obreros y artesanos de la ciudad cuando éstos
intentaban cerrar el paso a los refuerzos enviados a Dresde por la guarnición de Leipzig.

titución. Claro está que un combate callejero es algo muy distinto
de un encuentro a campo abierto.
Berlín permaneció tranquilo bajo el estado de sitio y el desarme.
Ni siquiera se levantaron los rieles del ferrocarril para detener en los
alrededores de la capital los refuerzos prusianos. Breslau intentó una
débil lucha de barricadas para la que el gobierno estaba ya prepara
do de largo tiempo atrás, y con ello sólo logró caer más inexorable
mente bajo la dictadura del sable. El resto de la Alemania del Norte,
sin centros revolucionarios, estaba condenado a la inmovilidad. Sólo
podía contarse con la Prusia renana y la Alemania del Sur, y en ésta
se puso inmediatamente en movimiento el Palatinado.
La Prusia renana viene considerándose desde 1815, y con razón,
como una de las provincias alemanas más avanzadas. Reúne dos
ventajas que no encontramos conjuntadas en ninguna otra parte
de Alemania.
La Prusia renana comparte con Luxemburgo, el Hessen renano
y el Palatinado la ventaja de haber tenido parte, desde 1795, en la
Revolución francesa y en la consolidación social, administrativa y
legislativa de sus resultados bajo Napoleón. Al ser derrotado en
París el partido revolucionario, los ejércitos se encargaron de llevar
la revolución al otro lado de las fronteras. Ante estos hijos de cam
pesinos apenas emancipados se desvanecieron como polvo no sólo
los ejércitos del Sacro Imperio Romano, sino también la domina
ción feudal de la nobleza y del clero. Hace ya dos generaciones que
la margen izquierda del Rin no conoce ninguna clase de feudalis
mo; los nobles no disfrutan aquí de ningún linaje de privilegios, y
la propiedad territorial ha pasado de sus manos y de manos de la
Iglesia a manos de los campesinos; la tierra ha sido parcelada y el
campesino es propietario libre de su parcela, como en Prancia. En
las ciudades han desaparecido los gremios y el régimen patriarcal
del patriciado diez años antes que en el resto de Alemania, bajo la
acción de la libre competencia, y, por último, el Code Napoleón564
564 Véase supra, nota 155.

sanciona todos los cambios operados en la estructura de las insti
tuciones revolucionarias.
Pero, además, la Prusia renana —y ésta es la ventaja fundamen
tal que lleva a todas las demás regiones de la orilla izquierda del
Rin— posee la industria más desarrollada y diversificada de toda
Alemania. En los tres distritos gubernamentales, Aquisgrán, Colo
nia y Düsseldorf, están representadas casi todas las ramas industria
les: la industria textil de todas clases, algodón, lana y seda, y las ramas
subsidiarias del blanqueado, el estampado y la tintorería, la fundi
ción de hierro y la fabricación de maquinaria, la minería y la fabri
cación de armas y otras modalidades de la industria metalúrgica se
concentran aquí, en el espacio de unas cuantas millas cuadradas,
ocupando a una población de densidad inaudita para Alemania. Lin
da directamente con la provincia del Rin, aprovisionándola de una
parte de las materias primas y formando, industrialmente, una uni
dad con ella, el distrito de la Marca, rico en hierro y en carbón. La
mejor vía fluvial de Alemania, la cercanía del mar y las riquezas
minerales de la región favorecen la industria, la cual ha hecho sur
gir, además, numerosos ferrocarriles y extiende diariamente su red
ferroviaria. Complementan la industria, en estrecha relación de
interdependencia con ella, un comercio de exportación e importa
ción con todas las partes del mundo muy extenso para Alemania,
un importante tráfico directo con los grandes emporios del merca
do mundial y un movimiento de especulación relativamente grande
en materias primas y acciones ferroviarias. En una palabra, el grado
de desarrollo industrial y comercial de la provincia del Rin es algo
único para Alemania, aunque resulte más bien insignificante dentro
de las proporciones del mercado mundial.
Resultado de esta industria — que ha florecido también bajo el
poder de la Francia revolucionaria— y del comercio con ella rela
cionado, en la Prusia renana, es la aparición de una poderosa gran
burguesía industrial y comercial y, como su antítesis, de un nume
roso proletariado industrial, dos clases que en el resto de Alemania
sólo acusan una existencia parcial y embrionaria; pero que en la

provincia renana dominan de un modo casi exclusivo el desarrollo
político local.
La Prusia renana les lleva a las demás regiones alemanas revo
lucionadas por los franceses la ventaja de la industria, y a los otros
distritos industriales de Alemania (Sajonia y Silesia) la ventaja de la
Revolución francesa. Es la única parte de Alemania cuyo desarrollo
social ha alcanzado casi la altura de la moderna sociedad burguesa:
una industria desarrollada y un comercio extenso, acumulación de
capitales, libre propiedad de la tierra; una fuerte burguesía y un
proletariado en masa, en las ciudades, y en el campo numerosos
campesinos, entre los que predominan los campesinos parcelarios
cargados de deudas; dominación de la burguesía sobre el proleta
riado por medio de la relación del salario, sobre los campesinos a
través de las hipotecas y sobre los pequeños burgueses gracias a la
competencia; por último, sancionan esta dominación burguesa los
tribunales comerciales, los tribunales de fábrica, el jurado burgués
y toda la legislación material.
Fácil es comprender, conociendo esto, el odio que los oriundos
del Rin sentían por cuanto viniera de Prusia. Con la provincia rena
na, Prusia había incorporado a sus Estados la Revolución francesa
y trataba a los habitantes de esta provincia no ya como a extraños y
súbditos sojuzgados, sino incluso como rebeldes vencidos. Lejos de
desarrollar la legislación renana en el sentido de la sociedad bur
guesa moderna, que seguía su curso hacia adelante, trataba incluso
de imponer a la población del Rin aquella mescolanza pedantescofeudal-pequeño burguesa del derecho nacional prusiano,565 que ni
siquiera sirve hoy para la Transpomerania.
El cambio de rumbo producido después de febrero de 1848 vino
a revelar claramente la posición excepcional que ocupaba la Prusia
renana. De aquí salieron Camphausen y Hansemann, los represen
tantes clásicos, no sólo de la burguesía prusiana, sino de la burgue
sía alemana en general, y aquí encontró el proletariado alemán, con
565 Véase su pra, nota 203.

la Nueva Gaceta Renana, el único órgano de prensa que defendía, y
no sólo de palabra o con la buena voluntad, sino de hecho, sus inte
reses reales.
¿Cómo explicarse, pues, que la Prusia renana, a pesar de todo
esto, tuviese una participación tan pequeña en los movimientos
revolucionarios de Alemania?
No se olvide que el movimiento de 1830, promovido en interés
del constitucionalismo fraseológico y abogadil, no podía tener nin
gún interés para la burguesía renana de Alemania, entregada a
empresas industriales, mucho más reales y efectivas; que, mientras
en los pequeños Estados alemanes se seguía soñando con un Impe
rio alemán, el proletariado de la Prusia renana comenzaba ya a
levantarse abiertamente en contra de la burguesía que, de 1840 a 1847,
en los años del movimiento burgués y realmente constitucional, la
burguesía renana se hallaba a la cabeza, y que en marzo de 1848, en
Berlín, pudo echar a la balanza un peso decisivo. Ahora bien, el por
qué la Prusia renana no logró nunca hacer triunfar nada en una
insurrección abierta ni llegó siquiera a poner en pie una insurrec
ción general de toda la provincia, lo pondrá de manifiesto mejor
que nada el simple relato de lo que fue la campaña por la Constitu
ción del Imperio en esta provincia.
Acababa de estallar la lucha en Dresde, y en el Palatinado podía
encenderse a cada momento. En Baden, Württemberg y Franconia
celebrábanse mítines gigantescos, y la gente no se recataba para
decir que estaba decidida a resolver los problemas por las armas.
Las tropas mostrábanse vacilantes en todo el sur de Alemania. Y no
era menor la agitación en Prusia. El proletariado sólo aguardaba la
ocasión para vengarse de que se le hubieran escamoteado los bene
ficios que creía haber conquistado en marzo de 1848. La pequeña
burguesía urbana se movía en todas partes con la mira de aglutinar
a todos los elementos descontentos en un gran partido defensor de
la Constitución del Imperio, cuya dirección confiaba en obtener.
Los juramentos de vencer o sucumbir con la Asamblea de Franc
fort y de empeñar los bienes y la vida por la Constitución alemana

llenaban las columnas de todos los periódicos y resonaban en las
salas de todos los clubes y en todas las cervecerías.
Así las cosas, el gobierno prusiano rompió las hostilidades al
llamar bajo las armas a gran parte de la Landwehr,566 principalmen
te en Westfalia y en el Rin. La orden de movilización, lanzada en
plena paz, era ilegal y contra ella se levantó no sólo la pequeña, sino
también la gran burguesía.
El Consejo municipal de Colonia convocó a un Congreso de di
putados de los consejos municipales renanos. El gobierno lo prohi
bió, pero, desistiendo de las formas, se celebró el Congreso, pese a
la prohibición. Los consejos municipales, representantes de la gran
burguesía y la burguesía media, proclamaron su reconocimiento de
la Constitución del Imperio, intimaron al gobierno prusiano a acep
tarla, exigieron la dimisión del ministerio y la revocación de la
orden llamando a la Landwehr bajo las armas y amenazando bas
tante claramente con que, de no accederse a lo que se exigía, las pro
vincias del Rin se separarían de Prusia.
Puesto que el gobierno prusiano ha procedido a disolver la segunda Cáma
ra, cuando ésta se hubo manifestado en pro de la incondicional aproba
ción de la Constitución alemana del 28 de marzo del año en curso, arre
batando de este modo al pueblo su representación y su voz en el momento
decisivo actual, los diputados de las ciudades y municipios de la provin
cia del Rin abajo firmantes se han reunido para deliberar acerca del inte
rés de la patria.
Landwehr: originalmente era un cuerpo movilizado mediante un reclutamiento de
todos los hombres capaces físicamente de empuñar las armas. Sin embargo, pronto perdió
este sentido al crearse el ejército permanente hasta que, durante las guerras antinapoleóni
cas, lo recobró ante la necesidad de incrementar las fuerzas combatientes. Después de la Paz
de Tilsit, los gobernantes de Prusia sentaron las bases para la creación de una Landwehr como
una especie de milicia independiente (o cuerpo volante) al lado del ejército activo 7 en ínti
ma conexión con éste. La Landwehr estaba formada por dos contingentes. El primero com
prendía a todos los reservistas de 26-32 años de edad, los cuales eran movilizados como tro
pa de campaña. El segundo, formado con hombres de 32-40 años de edad, alimentaba las
guarniciones de las fortalezas militares. De acuerdo con las leyes prusianas, la Landwehr sólo
podía ser formada efectivamente en caso de guerra.

Bajo la presidencia de los consejeros municipales Zell, de Tréveris, y
Werner, de Coblenza, asistidos por los secretarios de actas, consejeros
municipales Boekker, de Colonia, y Bloem II, de Dusseldorf, la Asamblea,
ha acordado lo siguiente:
l° Declarar que reconoce como ley definitiva la Constitución del
Imperio alemán, en los términos en que el 28 de marzo del año en curso
fue proclamada por la Asamblea del Imperio, haciendo constar que, en el
conflicto suscitado por el gobierno prusiano, se halla al lado de dicha
Asamblea.
2o Pedir a todo el pueblo de los territorios del Rin, principalmente a
los hombres en edad de empuñar las armas, expresen por medio de decla
raciones colectivas, en pequeñas y grandes demarcaciones, su deber y su
inquebrantable voluntad de atenerse a la Constitución alemana del Impe
rio y de acatar sus disposiciones.
3o Requerir a la Asamblea del Imperio para que haga sin pérdida de
tiempo los esfuerzos más vigorosos encaminados a dar a la resistencia del
pueblo en los diferentes Estados alemanes, entre ellos y muy principalmen
te en la provincia renana, la unidad y la fuerza sin las cuales no será posi
ble hacer fracasar los intentos bien organizados de la contrarrevolución.
4o Requerir al Poder ejecutivo del Imperio para que con toda premu
ra haga a las tropas jurar fidelidad a la Constitución, ordenando la con
centración de las mismas.
5o Los firmantes se comprometen a poner en vigor la Constitución
del Imperio por todos los medios de que disponen, dentro del radio de
acción de sus municipios.
6o La Asamblea considera incondicionalmente necesario que se sepa
re de sus cargos a los ministros del gobierno Brandeburgo-Manteuffel y
se convoque a las cámaras, sin alterar el procedimiento electoral anterior.
7o La llamada parcial bajo las armas de la L a n d w eh r, recientemente
ordenada, constituye a juicio de la Asamblea una medida innecesaria que
pone en grave peligro la paz interior, y espera que sea inmediatamente
revocada.

8o Los firmantes expresan, por último, su convicción de que, de no
respetarse el contenido de la presente declaración, se expondría a la patria
a grandes peligros, que atentarían contra la misma existencia de Prusia en
su estructura actual.
Acordado en Colonia el 8 de mayo de 1849.
(Siguen las firmas)567
Añadiremos solamente que el mismo señor Zell que aparece pre
sidiendo esta Asamblea partía pocas semanas después, como comi
sario del ministerio imperial en Francfort, para Badén,568 donde no
sólo intrigó, sino que convino con los reaccionarios badenses los
golpes contrarrevolucionarios que más tarde descargarían en Mannheim y Kalsruhe. Y es, por lo menos, probable que, de paso, prestara
servicios como espía militar a las órdenes del general Peucker.
Nos interesa hacer constar claramente este hecho. En los pri
meros días, la gran burguesía, la flor y nata del liberalismo renano
anterior a marzo, trató de ponerse, en la Prusia renana, a la cabeza
del movimiento en pro de la Constitución del Imperio. Sus discur
sos, sus acuerdos, toda su actuación la hacían solidaria de los acon
tecimientos ulteriores. No poca gente se tomó en serio las frases
de los señores consejeros municipales, principalmente la amenaza de
que la provincia renana se separaría de Prusia. Si la gran burguesía
marchaba con las otras fuerzas, la batalla podía considerarse gana
da de antemano, todas las clases de la población se sumaban al
movimiento y, en estas condiciones, se podía correr el riesgo. Así
calculaba el pequeño burgués, apresurándose a adoptar una postu
ra heroica y huelga decir que su supuesto socio, el gran burgués, no
por ello desistía, en modo alguno, en traicionarlo en la primera oca
567 Este Acuerdo de la Asamblea de diputados de los consejos municipales renanos fue
publicado el 8 de mayo de 1849 en el núm. 110 de la Gaceta de Colonia.
568 El Ministerio del Imperio en Francfort fue creado el 28 de junio de 1848 mediante un
acuerdo de la Asamblea Nacional. Debía desempeñar, en unión del llamado regente del Impe
rio, las funciones provisionales de un poder central. Sin embargo, no disponía de presupues
to ni de ejército y carecía de todo poder efectivo, teniendo que limitarse a apoyar la política
reaccionaria de los príncipes alemanes.

sión que se presentara, para luego, cuando las cosas terminasen del
modo más lamentable, burlarse de él por su imbecilidad.
Entre tanto, seguía creciendo incesantemente la agitación; las
noticias que llegaban de todos los puntos de Alemania eran suma
mente belicosas. Por fin, se ordenó equipar con uniformes a la Landwehr. Los batallones, concentrados, declararon categóricamente que
no se dejarían uniformar. Los comandantes, carentes de apoyo mili
tar suficiente, no podían hacer nada y se daban por contentos con
tal de escapar sin amenazas ni agresiones diarias. Despidieron a su
gente y le dieron un nuevo plazo para uniformarse.
El gobierno, a quien no le hubiera sido difícil prestar el apoyo
necesario, dejó intencionadamente que las cosas llegaran tan lejos
para poder recurrir a la violencia.
Los elementos levantiscos de la Landwehr eran, en efecto, obreros
en la zona industrial de Berg y la Marca. Los centros de la resistencia
se localizaban en Elberfeld e Iserlohn, Solingen y la calzada de Ennepe. Inmediatamente se enviaron tropas a las dos primeras ciudades.
A Elberfeld fueron destacados un batallón del 16o regimiento, un
escuadrón de ulanos y dos cañones. En la ciudad reinaba la mayor
confusión. Bien pensada la cosa, la Landwehr se daba cuenta de que
había ido demasiado lejos. Muchos campesinos y obreros eran apo
líticos y no querían sencillamente que se les mantuviera alejados de
sus casas por tiempo indefinido, en aras de las veleidades del gobier
no. Las consecuencias de su resistencia se les hacían demasiado
duras: species factif consejos de guerra, cárcel y grilletes y tal vez,
incluso, pólvora y plomo en el cuerpo. Esto hizo que fuese reducién
dose cada vez más el número de hombres de la Landwehr bajo las
armas —éstas seguían en su poder— hasta que, por último, no eran
ya más que cuarenta. Habían establecido su cuartel general en un
local público a las puertas de la ciudad, donde aguardaban la llega
da de los prusianos. El ayuntamiento estaba vigilado por la Guardia
Cívica y los dos cuerpos de artillería cívica, vacilantes, en tratos con
a Interrogatorios.

la Landwehr y decididos a defender sus propiedades, pasara lo que
pasara. Las calles hervían de gente: pequeños burgueses que en su
club político habían jurado fidelidad a la Constitución, proletarios
de todos los colores desde el obrero resueltamente revolucionario
hasta el que tiraba de un carrito, apestando a aguardiente. Nadie
sabía lo que tenía que hacer ni lo que iba a pasar.
El Consejo municipal deseaba negociar con las tropas. El jefe
de éstas se negó a ello y les ordenó a entrar en la ciudad. Las tropas
marcharon a paso de parada por las calles y formaron delante del
Ayuntamiento, frente a frente a la Guardia Cívica. Se abrieron nego
ciaciones. De la multitud partieron dos pedradas contra las tropas.
De la otra parte de la ciudad y tras largas deliberaciones, marchó
también hacia las tropas la Landwehry reducida, como ya hemos
dicho, a unos cuarenta hombres.
De pronto, la gente comenzó a gritar, pidiendo que se pusiera
en libertad a los presos. En los calabozos pegados al Ayuntamiento
estaban detenidos desde hacía un año 69 obreros de Solingen, acu
sados de haber demolido la fundición de acero de la ciudadela. El
proceso debía verse en los próximos días. El pueblo se avalanzó
sobre la prisión, decidiendo poner en libertad a los presos. Cedie
ron las puertas, la muchedumbre penetró en la prisión, los deteni
dos recobraron la libertad. Pero, a última hora, acudieron las tro
pas, sonó una descarga y cuando el último preso se disponía a
cruzar el umbral, corriendo, cayó con el cráneo destrozado por las
balas.
El pueblo retrocede, pero gritando: “ ¡A las barricadas!” En
menos que se cuenta, quedan cerrados por parapetos los accesos al
interior de la ciudad. Abundan los obreros sin armas; los hombres
armados que defienden las barricadas apenas llegarán a cincuenta.
Avanza la artillería. Como antes, la infantería dispara demasia
do alto, tal vez deliberadamente. Ambas unidades estaban forma
das por soldados renanos o westfalianos y eran buenas. Por último,
avanza el capitán Von Uttenhoven, a la cabeza de la octava compa
ñía del 16o regimiento.

Tres hombres armados defendían la primera barricada. “ ¡No
tiréis contra nosotros —gritaban— , sólo disparamos contra los ofi
ciales!” El capitán ordena apuntar. “Si das la voz de fuego quedarás
en el sitio”, le grita un tirador desde el otro lado de la barricada.
“ ¡Apunten! ¡Fuego!”, ordenó el capitán. Suena la descarga, pero en
el mismo momento cae a tierra el capitán, con el corazón atravesa
do por una bala.
El pelotón se repliega a toda prisa, sin detenerse siquiera a levan
tar el cadáver de su capitán. Suenan algunos disparos más, caen heri
dos algunos soldados, y el oficial al mando de las tropas, que no
quiere pasar la noche en la ciudad sublevada, se retira a las afueras,
levantando un vivac como a una hora de la ciudad. Detrás de los
soldados, inmediatamente se levantan por todas partes barricadas.
Al anochecer del mismo día, llega a Düsseldorf la noticia de la
retirada de los prusianos. Se forman en las calles de la ciudad nume
rosos grupos; reina una gran excitación entre la pequeña burguesía
y los obreros. Corre el rumor de que van a salir para Elberfeld nue
vas tropas. Es la señal para lanzarse a la lucha. Sin pararse a pensar
en la falta de armas —la Guardia Cívica había sido desarmada ya en
noviembre de 1848— , en los efectivos relativamente grandes de la
guarnición ni en las condiciones muy desfavorables de las calles,
anchas y rectas, que conducen a la pequeña ex residencia ducal,
unos cuantos obreros gritan: “ ¡A las barricadas!” Surgen algunos
parapetos en la calle nueva y en la de Bolker; los otros barrios de la
ciudad quedan libres de barricadas, gracias en parte a las tropas
prevenidas de antemano y en parte al miedo a la grande y pequeña
burguesía.
La lucha se desató al anochecer. Aquí, como en todas partes,
eran pocos los hombres que luchaban en las barricadas. ¿De dónde
podían tomar éstos las armas y las municiones? Para abreviar, opu
sieron a la superioridad del número una larga y valiente resisten
cia, y sólo al amanecer y habiéndose empleado a fondo la artillería,
cayeron en manos de los prusianos la media docena de barricadas
que admitían defensa. Y, como se sabe, al día siguiente, estos caute

losos héroes tomaron sangrienta venganza en las criadas de servi
cio, los ancianos y la gente pacífica en general.
El mismo día en que los prusianos fueron rechazados en Elberfeld debía entrar en Iserlohn un batallón, perteneciente, si no nos
equivocamos, al 13o regimiento, para meter en cintura a la Land
wehr de aquella ciudad. Pero también aquí fracasaron los planes;
tan pronto se supo que los militares avanzaban, la Landwehr y el
pueblo atrincheraron las entradas a la ciudad y aguardaron al ene
migo, con la carabina cargada; el batallón movilizado no se decidió
a atacar y se retiró.
La lucha en Elberfeld y Düsseldorf y el levantamiento de barri
cadas en Iserlohn dieron la señal para la insurrección en la mayor
parte de la región industrial de Berg y la Marca. Los vecinos de
Solingen tomaron por asalto el arsenal del condado y se armaron
con los fusiles y cartuchos que allí encontraron; los de Hagen se
unieron en masa al movimiento, se armaron, ocuparon los accesos
al Ruhr y destacaron patrullas de racionamiento; de Solingen, Ronsdorf, Remscheid, Barmen y otros puntos fueron enviados refuerzos
a Elberfeld. En otros lugares de la región, la Landwehr se manifestó a
favor del movimiento y se puso a disposición de la Asamblea de
Francfort. En Elberfeld, Solingen, Hagen e Iserlohn se nombraron
comités de seguridad, en sustitución de las autoridades locales y de
distrito, depuestas en sus cargos.
Como es natural, las noticias de todos estos sucesos, al exten
derse, llegaban enormemente exageradas. En ellas, se presentaba a
toda la región del Wupper y del Ruhr como una gran base de insu
rrección, bien organizada, y se hablaba de 15 000 hombres armados
en Elberfeld y otros tantos en Iserlohn y Hagen. Contribuía no poco
a dar crédito a estas exageraciones el súbito pánico del gobierno,
que paralizó de golpe toda acción en contra de este levantamiento
de las zonas más leales.
Pero aun prescindiendo serenamente de todas las probables
exageraciones, quedaba en pie el hecho innegable de que los cen
tros más importantes de la región industrial de Berg y la Marca se

hallaban envueltos en una insurrección abierta y, por el momento,
victoriosa. Ese hecho era incontrovertible. Y a ello había que añadir
las noticias según las cuales Dresde seguía defendiéndose, Silesia
era un avispero, el movimiento en el Parlamento se consolidaba, en
Badén había estallado una revuelta militar victoriosa que había
puesto en fuga al gran duque y los magiares habían llegado a las
orillas del Jablunka y el Leitha. En suma, era ésta, sin duda alguna,
la más favorable de todas las perspectivas revolucionarias que des
de marzo de 1848 había tenido ante sí el partido democrático y obre
ro y, como es natural, había que aprovecharla. Y la margen izquier
da del Rin no podía dejar en la estacada a la derecha.
Ahora bien, ¿qué había que hacer?
Todas las ciudades importantes de la provincia renana son for
talezas, como Colonia o Coblenza, defendidas por fuertes y podero
sas ciudadelas, o disponen de nutridas guarniciones, como Aquisgrán, Düsseldorf y Tréveris. La provincia cuenta además, para su
defensa, con las fortalezas de Wesel, Jülich, Luxemburgo y Saarlouis,
e incluso las de Maguncia y Minden. Sumando los contingentes
acantonados en todas estas fortalezas y guarniciones, arrojarían, por
lo menos, un total de 30 000 hombres. Por fin y al cabo de largo
tiempo, se había logrado desarmar a la población de Colonia, de
Düsseldorf, de Aquisgrán y de Tréveris. Se habían paralizado, con
ello, los centros revolucionarios de la provincia. En esas condicio
nes, cualquier intento de insurrección tenía necesariamente que aca
bar, como se había visto ya en Düsseldorf, con la victoria de las tro
pas; con otra victoria de éstas, por ejemplo en Colonia, la
insurrección de Berg y la Marca quedaría moralmente aplastada, por
muy favorables que pudieran ser las noticias. En lo que se refiere a
la margen izquierda del Rin, cabía la posibilidad de un movimiento
en el Mosela, en el Eifel y en la zona industrial de Krefeld; pero esta
región se hallaba acordonada por seis fortalezas y tres guarniciones.
En cambio la orilla derecha, en las zonas ya sublevadas, ofrecía un
terreno densamente poblado, extenso y como hecho de encargo para
la insurrección, con su abundancia de bosques y campiñas.

Así pues, si se quería apoyar a las zonas sublevadas, no había
más que un camino:
Ante todo y sobre todo, evitar cualquier estéril disturbio en las
fortalezas y guarniciones;
organizar actos diversionistas en las pequeñas ciudades, centros
fabriles y zonas campesinas de la orilla izquierda del Rin, con obje
to de entretener a las guarniciones renanas;
por último, lanzar todas las fuerzas disponibles a las zonas de la
margen derecha ya sublevadas, seguir extendiendo la insurrección
y tratar de organizar aquí, por medio de la Landwehr, el núcleo de
un ejército revolucionario.
Que los nuevos héroes prusianos de las delaciones no echen las
campanas a vuelo antes de tiempo, a la vista del complot de alta
traición que aquí se pone de manifiesto. Desgraciadamente, no
existió tal complot. Las tres medidas señaladas no fueron el plan
de una conspiración, sino sencillamente una propuesta formulada
por el autor de las presentes líneas, en el momento en que partía
para Elberfeld con la mira de impulsar la puesta en práctica del
tercer punto. No fue posible llegar a la conspiración, pues lo impi
dieron diversas razones: la organización ya muy maltrecha del par
tido democrático y obrero, la indecisión y el pertinente retraimien
to de la mayoría de los dirigentes locales procedentes de la pequeña
burguesía y, por último, la falta de tiempo. Por tanto, si en la orilla
izquierda del Rin se produjo efectivamente el comienzo de una
diversión, si estallaron disturbios en Kempen, Neuss y sus alrede
dores y fue asaltado el arsenal de Prüm,569 estos hechos no fueron
en modo alguno resultado de un plan de conjunto, sino que obe
decieron simplemente al instinto revolucionario de la población.
Entre tanto, la situación, en las zonas sublevadas, distaba mucho
569 Este asalto se llevó a cabo el 17 y 18 de mayo de 1849. Participaron los demócratas con
la ayuda de obreros de la ciudad de Tréveris y sus alrededores. El objetivo era conseguir arma
mento para así desencadenar un levantamiento que apoyara la Constitución. A pesar de que
los asaltantes se apoderaron por un corto tiempo del arsenal, el intento fue sofocado rápida
mente por las tropas del Imperio.

**•
de ser lo que se creía en el resto de la provincia. Elberfeld, con sus
barricadas —que, por lo demás, no respondían a ningún plan y
habían sido levantadas precipitadamente y de mala manera—, con
sus muchos puestos de vigía, sus patrullas y demás grupos arma
dos, con toda su población en las calles, en las que sólo parecía fal
tar la gran burguesía, con sus banderas rojas y tricolor,570 no se por
taba mal, aunque hay que decir, ésa es la verdad, que reinaba en
toda la ciudad el mayor desconcierto. La pequeña burguesía había
tomado en sus manos la dirección de los asuntos, a través del Comi
té de seguridad, constituido ya desde los primeros momentos. Pero,
inmediatamente, le entró miedo de su propio poder, por mengua
do que éste fuera. Su primer acto fue encaminado a lograr que el
Consejo municipal, es decir, la gran burguesía, legitimara sus pode
res, y en señal de gratitud por la complacencia de este organismo
incorporó al Comité de seguridad a cinco de sus miembros. Una
vez ampliado de este modo el Comité de seguridad se desembarazó
inmediatamente de todas las funciones consideradas peligrosas,
confiando las funciones relacionadas con la seguridad hacia el exte
rior a una comisión militar, sobre la cual se reservaba el Comité
una fiscalización moderadora y entorpecedora. De este modo, pre
caviéndose de todo contacto con la insurrección e instalado sobre
el terreno legal por los mismos consejeros del municipio, los tem
blorosos pequeños burgueses del Comité de seguridad podían limi
tarse a apaciguar los ánimos, a despachar los asuntos corrientes, a
aclarar “malos entendidos”, a bailar en la cuerda floja, dar largas
a las cosas y paralizar toda actuación enérgica, con el pretexto de
que había que aguardar a que llegasen todas las respuestas a las dipu
taciones enviadas a Berlín y Francfort. Como es natural, el resto de
la pequeña burguesía procedía de acuerdo con el Comité de seguri
dad, mantenía ante todo una actitud apaciguadora, estorbaba en
todo lo que podía las medidas de defensa y el armamento, y vacila570 Tricolor significa aquí la bandera negro, rojo y oro, símbolo del movimiento por la
unidad nacional alemana durante la revolución de 1848-1849 y convertido más tarde en la ban
dera nacional de Alemania.

ba a cada paso en cuanto a los límites de su participación en el
levantamiento. Solamente una pequeña parte de esta clase estaba
resuelta a defenderse con las armas en la mano, caso de ser atacada
la ciudad. La mayoría trataba de convencerse a sí misma de que bas
tarían sus amenazas y el temor al bombardeo casi inevitable de
Elberfeld para poner al gobierno a hacer concesiones; fuera de esto,
procuraba, por lo que pudiera ocurrir, tener cubiertas las espaldas.
En los primeros momentos después del combate, la gran bur
guesía se quedó como fulminada por el rayo. Su empavorecida fan
tasía veía brotar de la tierra por todas partes incendios, asesinatos,
saqueos y qué sé yo cuántos horrores más. Se explica, pues, que la
constitución del Comité de seguridad, cuya mayoría — formada
por consejeros municipales, abogados, procuradores del Estado,
gente de toda orden— le brindara de pronto garantías en cuanto a
su vida y a sus bienes, le infundiera un entusiasmo casi fanático.
Los mismos grandes comerciantes, tintores y fabricantes, que hasta
hacía poco abominaban de los señores Karl Hecker, Riotte, Höchs
ter, etc., a los que trataban de terroristas sedientos de sangre, se pre
cipitaban ahora en tropel al Ayuntamiento, abrazaban con una inti
midad verdaderamente febril a aquellos supuestos vampiros y
desembolsaban miles de táleros sobre la mesa del Comité de segu
ridad. Por lo demás, huelga decir que cuando el movimiento hubo
terminado, estos mismos entusiastas admiradores y protectores del
Comité de seguridad propalaron las más viles y absurdas mentiras,
no sólo acerca del movimiento, sino también acerca del Comité de
seguridad y de sus componentes, tributando ahora la misma fervo
rosa gratitud a los prusianos por haberlos librado de un terroris
mo que jamás existió. Inocentes ciudadanos constitucionales como
los señores Hecker, Höchster y el procurador del Estado Heintzmann viéronse de nuevo acusados de terroristas antropófagos, a
quienes se les echaba en cara su afinidad con Robespierre y Dan
ton. Nosotros, por nuestra parte, nos consideramos obligados a
absolver por entero a esos buenos pequeños burgueses de semejan
te acusación.

Por lo demás, la mayor parte de la alta burguesía corrió a refu
giarse a toda prisa, con sus mujeres y sus hijos, bajo la égida del
estado de sitio decretado en Düsseldorf; solamente se quedaron en
Elberfeld los menos y los más valientes, para proteger sus propie
dades, pasara lo que pasara. El alcalde mayor de la ciudad perma
neció todo el tiempo que duró la insurrección escondido debajo de
un carro volcado y cubierto de estiércol.
El proletariado, unido en el momento de la lucha, se escindió
cuando comenzaron a manifestarse las vacilaciones del Comité de
seguridad y de la pequeña burguesía. Eran resueltamente partida
rios del movimiento los artesanos, los verdaderos obreros fabriles y
una parte de los tejedores en seda; pero ellos, es decir, los que for
maban el núcleo del proletariado, apenas disponían de armas. Los
tintoreros, robusto y bien pagado sector de la clase obrera, tosco y
por consiguiente reaccionario, como casi todos los sectores obreros
cuyo trabajo requiere más vigor físico que destreza, habían mostra
do ya en los primeros días una actitud de completa indiferencia.
Fueron, de todos los obreros industriales, los únicos que trabajaron
sin interrupción todo el tiempo que duraron las barricadas. Por
último, el lumpenproletariado, aquí como en todas partes, reveló
su venalidad ya al segundo día del movimiento: por la mañana
reclamaba del Comité de seguridad armas y soldada y por la tarde
se dejaba sobornar por la gran burguesía para proteger edificios o
dedicarse por las noches a desmontar las barricadas. En su conjun
to, estos elementos estaban al lado de la burguesía, que era la que
mejor les pagaba y gracias a cuyo dinero pudieron salir de apuros
mientras duró el movimiento.
La indolencia y cobardía del Comité de seguridad y la desunión
de la Comisión militar, en la que al principio predominaba el par
tido de la pasividad, impedían de antemano toda actuación resuel
ta. La reacción se manifestó ya al segundo día. Desde el primer
momento se vio que en Elberfeld sólo podía prosperar el movi
miento bajo la bandera de la Constitución y marchando de acuer
do con la pequeña burguesía. Por una parte, y precisamente en esta

región, hacía demasiado poco tiempo que el proletariado había sali
do del pantano del aguardiente y del pietismo para que pudiera
penetrar en las masas la más leve idea acerca de las condiciones de
su emancipación; y, por otra parte, se dejaba llevar de un odio
demasiado instintivo contra la burguesía y se mostraba demasiado
indiferente hacia el problema burgués de la Constitución para
poder entusiasmarse por este tipo de intereses envueltos en la ban
dera tricolor.
Todo esto colocaba en difícil situación al partido avanzado, el
único que tomaba en serio la lucha. Este partido se declaraba en
pro de la Constitución del Imperio. Pero la pequeña burguesía no
se fiaba de él, lo calumniaba bajo todas las formas ante el pueblo,
estorbaba todas las medidas propuestas por él para armarse y afian
zarse. Cualquier miembro del Comité de seguridad se creía faculta
do para desautorizar las órdenes encaminadas a colocar realmente
la ciudad en estado de defensa. Cualquier pequeño burgués que vie
se alzarse una barricada delante de su casa acudía perezoso al Ayun
tamiento para procurarse una contraorden. Solamente con grandes
esfuerzos y en las mínimas proporciones se le podía conseguir que
el Comité de seguridad librara los recursos económicos necesarios
para pagar a los obreros de las barricadas, que se contentaban con
lo estrictamente imprescindible para no morir de hambre. Se aten
día de un modo muy irregular, y generalmente en medida insufi
ciente, a la soldada y el avituallamiento de la gente armada. Duran
te cinco o seis días fue imposible pasar revista a los contingentes, y
así nadie sabía con cuántos combatientes se podía contar en caso
necesario. Solamente al quinto día se intentó clasificar a los hom
bres en armas, pero sin que llegara a prosperar el intento, basado
además en una total ignorancia de los efectivos. Cada miembro del
Comité de seguridad obraba a su antojo. Se entrecruzaban las órde
nes más contradictorias, que sólo coincidían en una cosa: en que
todas ellas contribuían a aumentar esta agradable confusión y a
impedir que se diera ningún paso enérgico. El proletariado acabó,
así, tomando inquina al movimiento, y, a los pocos días, los gran

des y los pequeños burgueses habían logrado lo que se proponían:
hacer caer a los obreros en la mayor indiferencia.
Al llegar yo a Elberfeld, el 11 de mayo, había por lo menos 2 500
o 3 000 hombres armados. Pero de ellos sólo eran de fiar los refuer
zos llegados de fuera y los pocos obreros armados de Elberfeld. La
Landwehr vacilaba; la mayoría sentía un miedo atroz a la cárcel. Al
principio, los efectivos eran poco numerosos, pero fueron engro
sando con la incorporación de todos los elementos vacilantes y
temerosos procedentes de los demás destacamentos. Finalmente, la
Guardia Cívica, que en un comienzo era aquí reaccionaria y había
sido creada directamente para reprimir a los obreros, se declaró
neutral y sólo se preocupaba de proteger sus propiedades. Claro
está que todo esto se puso en claro solamente en el curso de los días
siguientes; entre tanto, una parte de los elementos venidos de fuera
y de los obreros desapareció y el número de los verdaderos comba
tientes se redujo al estancarse el movimiento, en tanto que la Guar
dia Cívica iba reduciéndose más y más y daba rienda suelta, ya sin
recato, a sus veleidades reaccionarias. En las últimas noches se dedi
có a la tarea de derribar una serie de barricadas. Los refuerzos arma
dos que al principio excedían sin duda de mil hombres, habían ido
disminuyendo a la mitad ya para el 12 o el 13, y cuando por fin se
pasó lista general de presente, se vio que toda la fuerza armada con
que podía contarse no excedía de 700 u 800 hombres. La Landwehr
y la Guardia Cívica se negaron a pasar lista.
Pero no para aquí la cosa. El Elberfeld insurrecto se hallaba
rodeado de una serie de puntos supuestamente “neutrales”: Barmen, Kronenberg, Lennep, Lüttringhausen, etc., no se habían suma
do al movimiento. Los obreros revolucionarios de estos lugares que
disponían de armas se habían trasladado a Elberfeld. Esos puntos
se hallaban dominados todos, en interés del “orden” y de los indus
triales, por la Guardia Cívica, que era en todos ellos un instrumen
to en manos de los fabricantes para tener a raya a los obreros y se
hallaba integrada en su totalidad por tenderos dependientes de
aquéllos. Los mismos obreros, bastante apartados del movimiento

7io
a*
político como consecuencia de su dispersión local, habían sido atraí
dos en parte al lado de los fabricantes mediante el empleo de los
consabidos medios de coacción y a fuerza de calumniar el carácter
del movimiento desarrollado en Elberfeld; y entre los campesinos
daban estas calumnias un resultado infalible. A lo cual hay que aña
dir que el movimiento había venido a producirse en un periodo en
el que, después de quince meses de crisis industrial, los fabricantes
volvían a tener gran abundancia de pedidos, y sabido es que no se
puede hacer una revolución cuando los obreros tienen trabajo abun
dante, circunstancia ésta que pesaba también considerablemente en
Elberfeld. En estas condiciones, huelga decir que los vecinos “neu
trales” eran, en realidad, otros tantos enemigos solapados.
Más aún, distaba mucho de haberse establecido el contacto con
los otros distritos sublevados. De vez en cuando llegaban algunas
personas de Hagen; de Iserlohn apenas se sabía nada. Algunos indi
viduos se ofrecían como comisarios, pero sin que pudiera confiarse
en ninguno de ellos. Se decía que en Barmen y sus alrededores ha
bían sido detenidos por la Guardia Cívica varios enlaces entre
Elberfeld y Hagen. El único punto con el que existía contacto era
Solingen, donde las cosas estaban exactamente igual que en Elber
feld. Y si la situación allí no era peor, se debía a los obreros de aque
lla zona, que aún habiendo enviado a Elberfeld 400 o 500 hombres
armados, seguían siendo todavía lo bastante fuertes para hacer
frente en su propia casa a la burguesía y a su Guardia Cívica. Si los
obreros de Elberfeld se hubiesen hallado tan desarrollados y bien
organizados como los de Solingen, las perspectivas habrían sido
completamente distintas.
En estas circunstancias, sólo cabía una posibilidad: adoptar unas
cuantas medidas rápidas y enérgicas que volvieran a infundir vida
al movimiento inyectándole nuevas fuerzas combatientes, parali
zando a sus enemigos interiores y organizando del modo más pode
roso posible a los insurrectos en toda la región industrial de Berg y
la Marca. El primer paso habría sido desarmar a la Guardia Cívica
de Elberfeld, distribuir sus armas entre los obreros y levantar un

impuesto forzoso para asegurar el sustento de los obreros armados.
Este paso habría roto resueltamente con la indolencia del Comité
de seguridad, habría infundido nueva vida al proletariado y habría
paralizado la capacidad de resistencia de los distintos elementos
“neutrales”. La línea de conducta que hubiera podido seguirse des
pués, para obtener también armas de aquellos distritos, continuar
extendiendo la insurrección y organizar en regla la defensa de toda
la zona, dependía de los resultados que se obtuvieran de ese primer
paso. Por lo demás, con un acuerdo del Comité de seguridad en la
mano y los cuatrocientos hombres armados de Solingen, habría
bastado para desarmar en un momento a la Guardia Cívica de
Elberfeld, cuyo heroísmo dejaba bastante qué desear.
Debo declarar que como salvaguardia de los acusados de mayo
en Elberfeld, aún retenidos en la cárcel, todas estas propuestas par
tieron única y exclusivamente de mí. El desarme de la Guardia Cívi
ca fue una idea que yo defendí desde el primer día, en cuanto
comenzaron a agotarse los recursos económicos del Comité de
seguridad.
Pero el bendito Comité de seguridad no se mostraba dispuesto
en modo alguno a recurrir a estas “medidas terroristas”. Lo único
que pude conseguir o que, mejor dicho, llevé a la práctica por pro
pia iniciativa, de acuerdo con algunos jefes de cuerpo —todos los
cuales han logrado escapar y en parte se hallan ya en América— ,
fue la incautación de unos ochenta fusiles de la Guardia Cívica de
Kronenberg, depositados en el Ayuntamiento de este lugar. Estos
fusiles, distribuidos con la mayor ligereza, fueron a parar en su
mayoría a manos de lumpenproletarios adictos al aguardiente, quie
nes aquella misma noche los vendieron a gente burguesa. Los seño
res burgueses, en efecto, distribuyeron entre el pueblo a sus agen
tes, encargados de comprar el mayor número posible de armas,
pagándolas a un precio bastante elevado. De este modo, el lumpen
proletariado de Elberfeld entregó a los burgueses varios centenares
de fusiles, que la negligencia y el desorden de las improvisadas auto
ridades habían puesto en sus manos. Dichos fusiles sirvieron para

armar a los capataces de las fábricas, los tintoreros de confianza,
etc., etc., con lo que fueron engrosando las filas de la “honrada5
Guardia Cívica de día en día.
Los señores del Comité de seguridad respondían a todas las pro
puestas encaminadas a asegurar la defensa de la ciudad, diciendo
que todo era inútil, que los prusianos se guardarían mucho de ata
car, que no se aventurarían en las montañas, etc. Ellos mismos sa
bían perfectamente que todo ello no pasaba de ser fábulas sin sen
tido, que la ciudad podía ser bombardeada desde todas las alturas
incluso con artillería de campaña, que no estaba nada preparada
para una defensa un poco seria y que, paralizado el movimiento y
ante la enorme superioridad de fuerzas de los prusianos, sólo acon
tecimientos muy extraordinarios podrían salvar a la insurrección
en Elberfeld.
Pero tampoco los generales prusianos parecían tener ninguna
gana de dar la batalla en un terreno casi totalmente desconocido
para ellos, por lo menos antes de concentrar para el ataque una
superioridad de fuerzas verdaderamente abrumadora. Las cuatro
ciudades abiertas de Elberfeld, Hagen, Iserlohn y Solingen impo
nían tanto respeto a estos cautelosos héroes guerreros, que necesi
taron reunir, en parte por ferrocarril, haciéndolos venir de Wesel,
Westfalia y las provincias del Este, un ejército completo de veinte
mil hombres, con numerosa caballería y artillería, para apostarlo
detrás del Ruhr en una formación estratégica en toda regla y sin
decidirse a aventurar un ataque. Alto mando y cuartel general, ala
derecha, centro, todo fue dispuesto en el más perfecto orden, como
si enfrente estuviera un gigantesco ejército enemigo, como si se tra
tara de dar la batalla a un Bem o un Dembinski y no de empeñar
un combate desigual contra unos cuantos cientos de obreros des
organizados, mal armados, casi sin jefes y traicionados en la reta
guardia por quienes habían puesto las armas en sus manos.
Sabido es cómo acabó la insurrección. Cómo los obreros, har
tos ya de las interminables largas, vacilantes cobardías y de la trai
dora contemporización de la pequeña burguesía, abandonaron por

fin la ciudad de Elberfeld para abrirse paso hacia cualquier zona en
la que la Constitución les ofreciera algún punto de apoyo. Cómo
fueron perseguidos y acosados por los ulanos de Prusia, y los cam
pesinos azuzados en contra de ellos. Cómo, inmediatamente des
pués de su retirada, la gran burguesía salió de sus escondrijos, hizo
desmontar las barricadas y levantó arcos de triunfo en honor de los
héroes prusianos que se acercaban a la ciudad. Cómo Hagen y
Solingen cayeron en manos de los prusianos por la descarada trai
ción de la burguesía y solamente Iserlohn presentó durante dos
horas desigual combate a los vencedores de Dresde, al 24o regimien
to, que avanzaba cargado ya de botín.
Una parte de los obreros de Elberfeld, Solingen y Mülheim logró
llegar sin contratiempo al Palatinado. Se encontraron allí con sus
coterráneos, los evadidos del asalto al arsenal de Prüm. En unión de
éstos, formaron, encuadrada en el cuerpo franco de Willich, una com
pañía integrada exclusivamente por combatientes renanos. Y todos
sus camaradas de lucha deben rendir en favor suyo el testimonio de
que, cuantas veces entraron en fuego, sobre todo en el último encuen
tro decisivo junto al río Murg, se batieron con gran denuedo.
Valdría la pena describir pormenorizadamente la insurrección
de Elberfeld, porque en ella vemos dibujarse con los perfiles más
claros y más detallados la posición que ocupaban las diferentes cla
ses en el movimiento por la Constitución. El movimiento que se
desarrolló en las otras ciudades de Berg y la Marca presenta una
semejanza perfecta con el de Elberfeld, con la diferencia de que allí
aparece más confusa la participación o no participación de las
diversas clases en el movimiento, pues éstas no se mostraban tan
claramente deslindadas como en el centro industrial de la región.
En el Palatinado y en Badén, donde apenas existe concentración de
la gran industria ni, por tanto, una gran burguesía desarrollada y
donde las relaciones de clases se entremezclan y confunden de un
modo mucho más apacible y patriarcal, aparece todavía más con
fusa la mezcla de las clases que sostenían el movimiento. Tendre
mos ocasión de ver esto más adelante, y veremos también, al mis

mo tiempo, cómo todas estas amalgamas de la insurrección acaba
ron agrupándose igualmente en torno a la pequeña burguesía, como
el centro de cristalización de todo este esplendor de la Constitu
ción del Imperio.
Los intentos de insurrección producidos en la Prusia renana en
mayo de este año ponen claramente de relieve la posición que esta
parte de Alemania puede ocupar en un movimiento revoluciona
rio. Acordonada por cinco fortalezas, tres de ellas de primer rango
para Alemania; bajo la ocupación permanente de casi la tercera par
te de todo el ejército prusiano; atravesada por líneas ferroviarias en
todas direcciones y disponiendo de una flota completa de barcos
de vapor para el transporte de tropas, en esta región renana una
insurrección sólo puede triunfar si se dan condiciones verdadera
mente extraordinarias que aseguren o hagan posible el éxito. La
población del Rin sólo puede lograr algo con las armas en la mano
a condición de que las ciudadelas se hallen en poder del pueblo.
Y este caso sólo puede darse si el poder militar se ve aterrorizado y
pierde la cabeza bajo la acción de formidables acontecimientos pro
cedentes de fuera o si las tropas se ponen en todo o en parte al lado
del movimiento. En otras condiciones, una insurrección en la pro
vincia renana está condenada de antemano al fracaso. Es probable
que una rápida marcha de los de Badén sobre Francfort y de los del
Palatinado sobre Tréveris hubiese dado como resultado el desenca
denar inmediatamente la insurrección en la zona del Mosela y el
Eifel, en Nassau y en las dos demarcaciones de Hesse y que, en estas
condiciones, se hubiesen sumado al movimiento las tropas de los
Estados de la región central del Rin, que a la sazón se hallaban toda
vía bien dispuestas. No cabe la menor duda de que, así las cosas,
habrían seguido su ejemplo todas las tropas renanas, principalmen
te toda la 7a brigada y la 8a de artillería, o que, por lo menos, ha
brían manifestado su inclinación en voz lo bastante alta para hacer
perder la cabeza al general prusiano. Probablemente, en esta situa
ción habrían caído varias fortalezas en manos del pueblo, y, si no
Elberfeld, se habría salvado por lo menos la mayor parte de la mar
7i4

gen izquierda del Rin. Pero todo esto, y tal vez mucho más, se ha
perdido por la mezquina y pusilánime política seguida, en su alta
sabiduría, por el Comité territorial de Badén.
La derrota de los obreros rellanos arrastró también al único
periódico que defendía, abierta y resueltamente, sus intereses: la
Nueva Gaceta Renana. El redactor en jefe del periódico,b a pesar de
ser nativo de la Prusia renana, fue expulsado de Prusia, y los demás
redactores se veían amenazados los unos directamente con la pri
sión y los otros con la orden de expulsión inmediata. La policía de
Colonia lo declaró así con la mayor simpleza en tanto que demos
traba con todo detalle que poseía contra cada uno de ellos pruebas
suficientes para proceder de un modo o del otro. La Nueva Gaceta
Renana se veía pues obligada a suspender su publicación precisa
mente cuando el aumento enormemente rápido de la tirada asegu
raba con creces su existencia. Los redactores se repartieron entre
las diversas regiones alemanas en las que aún se mantenía o podía
organizarse la insurrección; la mayoría se trasladó a París, donde
era inminente una nueva crisis.571 Ninguno de ellos se libró de la
cárcel o de la expulsión en el curso de los movimientos de este vera
no, sufriendo así la suerte que tan amablemente les había anuncia
do y estaba dispuesta a depararles la policía de Colonia. Parte de
los cajistas se trasladaron al Palatinado e ingresaron al ejército.
También la insurrección renana tenía que acabar trágicamente.
Después de declarar en estado de sitio a tres cuartas partes de la
provincia y de arrojar a la prisión a cientos de personas, la insu
rrección terminó con el fusilamiento de tres de los asaltantes del arse
nal de Prüm; en la víspera del cumpleaños de Federico Guillermo IV
de Hohenzollern.
aVae victis!”c
b Carlos Marx.
Se trasladaron a París, luego de suprimida la Nueva Gaceta Renana, tres miembros de
su redacción: Marx, Wolff y Droncke. Por aquellos días el partido de la Montaña y los clubes
revolucionarios se ocupaban de organizar en París manifestaciones masivas contra el parti
do del Orden, entonces en el poder.
c ¡Ay de los vencidos!

II. KARLSRUHE
E
l l e v a n t a m i e n t o EN BADEN s e p r o d u jo b a jo l a s c o n d i c i o -
nes más favorables en que puede estallar una insurrección.
El pueblo entero estaba unido en el odio a un gobierno pér
fido, felón y cruel en sus persecuciones políticas. Las clases reaccio
narias, la nobleza, la burocracia y la gran burguesía eran poco
numerosas. En Badén, la gran burguesía sólo existe en estado
embrionario. Exceptuando a estos pocos nobles, funcionarios y
burgueses, a los comerciantes de Karlsruhe y Baden-Baden que
vivían de la Corte y de los extranjeros ricos, a unos cuantos profe
sores de Heidelberg y a los campesinos de media docena de aldeas
de los alrededores de Karlsruhe, todo el país se hallaba unido en
torno al movimiento. El ejército, que en otras insurrecciones había
que comenzar por vencer, al que aquí mortificaban más que en nin
guna otra parte sus oficiales de la nobleza, que desde hacía un año
venía siendo trabajado por el partido democrático y que última
mente, mediante la implantación de una especie de servicio mili
tar obligatorio, había abierto todavía más sus filas a los elementos
rebeldes; el ejército, se puso aquí a la cabeza del movimiento, lle
vándolo todavía más lejos de lo que querían los dirigentes burgue
ses de la Asamblea de Offenburg.572 Fue precisamente el ejército el
El 12 de mayo de 1849 se celebró en Offenburg (Badén) un congreso regional de las
asambleas populares de Badén, el cual se limitó a exigir la disolución del ministerio así como
la convocatoria de una Asamblea Constituyente. Después de que las tropas apoyaran al pue-

que en Rastatt y Karlsruhe convirtió el “movimiento” en una insu
rrección.
Al tomar posesión, el gobierno insurreccional se encontró, pues,
con un ejército dispuesto, con arsenales abundantemente abasteci
dos, una población casi unánime. Se encontró, además, con una
insurrección ya en marcha en la orilla izquierda del Rin, en el Palatinado, que cubría su flanco izquierdo; en la Prusia renana, con una
insurrección que, aunque ya muy amenazada, no había sido aplas
tada todavía; en Württemberg, en Franconia, en las dos demarca
ciones de Hesse y en Nassau, con un estado general de agitación
que abarcaba incluso al ejército y que sólo necesitaba una chispa
para que la insurrección de Baden se extendiera a todo el sur y el
centro de Alemania, poniendo a disposición de los sublevados a no
menos de 50 000 a 60 000 hombres de las tropas regulares.
Lo que debía hacerse en estas circunstancias es algo tan sencillo
y tan evidente, que ahora, después de sofocada la insurrección, todo
el mundo lo sabe y cualquiera podría haberlo dicho ya desde el pri
mer momento. Habría sido necesario, inmediatamente y sin un
momento de vacilación, extender la insurrección a Hesse, Darms
tadt, Francfort, Nassau y Württemberg. Concentrar sin pérdida de
tiempo a 8 000 o 10 000 hombres de las tropas regulares disponi
bles — cosa que podía haberse hecho en dos días, con ayuda del
ferrocarril— y lanzarlas sobre Francfort “para prestar protección a
la Asamblea Nacional”. El aterrorizado gobierno de Hesse había
quedado como petrificado por los éxitos de la insurrección, que se
sucedían uno tras otro; sus tropas simpatizaban notoriamente con
los de Baden y no estaban, como no lo estaba tampoco el Senado
de Francfort,573 en condiciones de oponer la menor resistencia. Las
tropas del Electorado de Hesse, Württemberg y Darmstadt estacio
nadas en Francfort simpatizaban con el movimiento; las de Prusia
blo, el día 13, en una asamblea masiva, fue proclamado un programa revolucionario exigién
dose que el poder pasara a manos de un comité elegido por las asambleas populares de Badén.
Senado de Francfort: este “Senado!” era la corporación municipal de la ciudad de Franc
fort del Meno, que contaba con ciertas funciones legislativas y administrativas.

— en su mayoría, renanas— vacilaban; las austríacas eran poco
numerosas. La llegada de las de Baden, ya se intentara impedirla o
no, llevaría la insurrección hasta el corazón mismo de las dos
demarcaciones de Hesse y Nassau, obligaría a los prusianos y aus
tríacos a retirarse hasta Maguncia y colocaría a la temblorosa sedi
cente Asamblea Nacional alemana bajo la influencia aterrorizadora
de una población y de un ejército sublevados. Y si la insurrección
no estallaba inmediatamente en el Mosela, en el Eifel, en Württem
berg y en Franconia, había medios sobrados para extenderla tam
bién a estas provincias.
Además, se habría debido centralizar el poder de la insurrec
ción, poner a disposición de ésta los medios económicos necesarios
e interesar por la insurrección a la gran mayoría de la población
agrícola, mediante la inmediata abolición de todas las cargas feu
dales. La implantación de un poder central común para la guerra y
las finanzas, comenzando por Baden y el Palatinado y con atribu
ciones plenas para emitir papel-moneda,* y la supresión de todas
las cargas feudales en Baden y en cualquier otro territorio ocupado
por el ejército sublevado habrían bastado, por el momento, para
dar a la insurrección un carácter enérgico muy distinto.
Pero todo esto debió hacerse desde el primer momento para
poder ponerlo en práctica con la premura sin la cual no es posible
asegurar el éxito. Ocho días después de constituirse el Comité terri
torial, era ya demasiado tarde. La insurrección renana había sido
sofocada; Württemberg y Hesse no se movieron, y los destacamen
tos de tropas al principio bien dispuestos se tornaron inseguros y
acabaron obedeciendo sin vacilar las órdenes de sus reaccionarios
jefes. La insurrección había dejado de ser un movimiento general
alemán para convertirse en una insurrección local, limitada a Baden
y al Palatinado.
Según me han informado, ya terminada la lucha, el ex suboficial
del ejército de Baden F. Sigel, quien durante la insurrección conquis-
* Las Cámaras de Baden habían autorizado, ya antes, una emisión de dos millones en
papel-moneda, que jamás llegó a hacerse efectiva. [Nota de Engels.]

tó una gloria enana más o menos dudosa, primero como “coronel” y
luego como “general”, había presentado al Comité territorial, en los
primeros momentos, un plan según el cual debía tomarse la ofensi
va. Este plan tenía el mérito de contener la idea certera de que debía
atacarse ante cualquier circunstancia; fuera de esto, era el plan más
aventurero que pudiera cavilarse. Sigel pretendía, primero, marchar
sobre Hohenzollern con un cuerpo de ejército de Badén y proclamar
la República hohenzolleriana; luego, tomar Stuttgart y desde allí, des
pués de levantar a Württemberg, seguir a Nüremberg y establecer un
gran campamento en el corazón de Franconia, que se sublevaría tam
bién. Como se ve, este plan desdeñaba la importancia moral de Franc
fort, cuya posesión era la que daba al movimiento un carácter gene
ral alemán, y hacía también caso omiso de la importancia estratégica
de la línea de Maguncia. El plan presuponía, además, fuerzas de com
bate muy otras de aquellas de que realmente se disponía. Se com
prende, pues, que, a la postre, después de una campaña completa
mente quijotesca o digna de un Schill,574 el tal plan fuera un fiasco y
sólo lograra lanzar en seguida en contra de la insurrección al más
fuerte de los ejércitos y al único resueltamente enemigo entre los del
sur de Alemania, el ejército bávaro, ya antes de que reforzara sus efec
tivos al pasarse a sus filas las tropas de Hesse y Nassau.
El nuevo gobierno no se prestó a ninguna clase de ofensiva, bajo
el pretexto de que casi todos los soldados se habían dispersado y
marchado a sus casas. Pero aun prescindiendo de que este caso sólo
se daba con respecto a unas cuantas unidades, principalmente al
regimiento de infantería, no era ninguna excusa, pues los soldados
dispersos podían haber estado casi todos de nuevo en sus puestos
en unos tres días.
La verdad era que el gobierno tenía sus razones, muy de otro
orden, para oponerse a la ofensiva.
A la cabeza de toda la agitación que en Badén se mantenía en
En 1809, cuando Prusia gozaba aún de paz mientras Austria se veía obligada a luchar
contra Napoleón, un oficial prusiano, llamado Schill, se lanzó por cuenta propia y, al frente
de su regimiento, guerreó contra las tropas napoleónicas.

Í*
torno a la Constitución se hallaba el señor Brentano, abogado que
aunaba a las ambiciones un tanto mezquinas de un político corta
do a la medida de los pequeños Estados alemanes y a esa aparente
austeridad que en el sur de Alemania es siempre la primera condi
ción para la popularidad, una cierta astucia diplomática, la sufi
ciente para dominar por completo a cuantos le rodeaban, excep
tuando tal vez a uno. El señor Brentano — la afirmación resulta
ahora trivial, pero responde a la verdad— y su partido, el más fuer
te de Badén, se limitaron a reclamar en la Asamblea de Offenburg
aquellos cambios en la política del Gran Duque que sólo eran via
bles con un ministerio Brentano. La respuesta del Gran Duque y la
agitación general desatada provocaron la revuelta militar de Rastatt,575 pero contra la voluntad y la intención del citado político. En
el momento en que el señor Brentano fue designado presidente del
Comité territorial, se vio ya rebasado por el movimiento y trató de
entorpecerlo. Vino luego la refriega de Karlsruhe,576 el Gran Duque
emprendió la fuga, y las mismas circunstancias que habían llamado
al señor Brentano a ponerse a la cabeza del gobierno y le habían
conferido, por así decirlo, poderes dictatoriales, hicieron fracasar
todos sus planes, empujándole a emplear estos poderes contra el
mismo movimiento que se los había conferido. Mientras el pueblo
manifestaba su júbilo por la huida del Gran Duque, el señor Bren
tano y su Comité territorial estaban como sobre ascuas.
575 Revuelta militar de Rastatt: esta revuelta ocurrida en la fortaleza de ese nombre se ini
ció el n de mayo de 1849, provocando un abierto levantamiento en Badén. El 8 de mayo unos
tres mil soldados, amotinados, declararon que no querían ser instrumento de sus oficiales en
contra del pueblo y, de esa forma, se unieron a la Guardia Cívica. El día 11, los oficiales arres
taron a varios agitadores de los soldados, estallando de esa manera la insurrección de las tro
pas, que liberaron por la fuerza de las armas a los soldados presos. Los oficiales del ejército
lograron escapar de la fortaleza de Rastatt. El día 12, soldados y vecinos del lugar, armados,
hicieron huir al general y jefe militar de Badén, que acudía desde Karlsruhe al mando de tro
pas de refuerzo.
576 Refriega de Karlsruhe: el 13 de mayo de 1849, la guarnición de Karlsruhe, capital de
Badén, se sublevó y expulsó a sus oficiales. La Guardia Cívica, en la cual se apoyaba Brenta
no, defendió el arsenal de la ciudad contra los atacantes. El Gran Duque se vio obligado a
huir. El 14 de mayo se presentó Brentano en Karlsruhe para ponerse al frente de un gobierno
provisional, “en nombre del Gran Duque ausente”.

»•
Este Comité, formado casi exclusivamente por honrados bur
gueses de Baden, animados de las más virtuosas intenciones, pero
con las cabezas llenas de confusión, por “republicanos puros” que
temblaban ante la sola idea de la proclamación de la república y se
santiguaban ante cualquier medida un poco enérgica; este Comité
de auténticos fibsteos, estaba naturalmente por entero en manos de
Brentano. El papel que en Elberfeld había asumido el abogado Höchs
ter lo asumió aquí, en un terreno algo distinto, el abogado Brenta
no. De los tres elementos extraños que salieron de la cárcel para
ocupar puestos en el Comité territorial, Blind, Fickler y Struve, el
primero se dejó envolver de tal modo por las intrigas de Brentano,
que, viéndose solo, no tuvo más remedio que trasladarse a París, al
destierro, como representante de Baden; Fickler hubo de aceptar
una peligrosa misión en Stuttgart;577 por su parte, Struve, a quien
Brentano consideraba poco peligroso, fue dejado por él tranquila
mente en el Comité, aunque vigilado y procurando hacerlo impo
pular, cosa que consiguió plenamente. Sabido es cómo este Struve
formó con otros varios el “Club del progreso radical” (en realidad,
moderado), disuelto luego, a consecuencia de una manifestación
frustrada.578 Pocos días después, Struve andaba por el Palatinado
más o menos en situación de “fugitivo”, intentando sacar de nuevo
a luz su publicación titulada el Espectador alemán. Apenas había
salido de las prensas el número de prueba cuando los prusianos
entraban en la ciudad.
El Comité territorial, que había sido desde el primer momento
577 Fickler, una de las figuras más progresistas del movimiento revolucionario en Baden,
fue comisionado por Brentano para concertar con el gobierno de Wiirtemberg acerca de la
neutralidad de ese reino en Stuttgart. Pero el 3 de junio de 1849 Fickler fue arrestado. El
Gobierno provisional de Baden respondió con una incierta y vacilante movilización militar,
del todo insuficiente e inexplicable.
578 Club del progreso radical: organización fundada el 5 de junio de 1849 en Karlsruhe por
el ala radical de los demócratas pequeño burgueses y los republicanos (Struve, Tzschirner,
Heinzen y otros). El club propuso a Brentano extender la revolución más allá de las fronte
ras de Baden y el Palatinado y reponer en el gobierno a los elementos radicales. Al recibir
una negativa a dicha propuesta, los miembros del club intentaron amenazar al gobierno con
una demostración armada el 6 de junio. El gobierno los sometió, con la ayuda de la Guardia
Civil y otras unidades armadas. El club fue entonces disuelto.

n
un mero instrumento en manos de Brentano, eligió un Comité eje
cutivo, presidido también por él. Este organismo ejecutivo no tar
dó en desplazar totalmente al Comité territorial, al que permitía, a
lo sumo, ratificar los créditos y las medidas adoptadas, y alejó del
Comité a los miembros más o menos inseguros, a los que se enco
mendaron diversas misiones subalternas en la administración local
o en el ejército. Finalmente, el Ejecutivo eliminó por completo al
Comité territorial mediante la “Constituyente”, elegida en su totali
dad bajo la influencia de Brentano, y pasó a convertirse en un
“Gobierno provisional”, cuyo presidente volvía a ser, naturalmente,
el mismo señor Brentano. Él fue quien nombró a los ministros. ¡Y
qué ministros, Florian Mórdes y Mayerhofer!
El señor Brentano era el representante más idóneo de la peque
ña burguesía de Badén. Sólo se distinguía de la masa de los pequeños
burgueses y de sus otros representantes en que era demasiado pers
picaz para compartir todas sus ilusiones. El señor Brentano traicio
nó la insurrección badense desde el primer momento, y la traicionó
precisamente porque desde el primer momento conocía la situación
más exactamente que cualquier otro personaje oficial de Badén y
porque adoptó las únicas medidas que podían asegurar el poder de
la pequeña burguesía, pero que, al mismo tiempo y por ello mis
mo, tenían necesariamente que dar al traste con toda la insurrec
ción. He aquí el secreto de la ilimitada popularidad de que enton
ces llegó a gozar Brentano y, al mismo tiempo, de los denuestos que
desde el mes de julio lanzaron contra él quienes habían sido sus fer
vientes admiradores. Los pequeños burgueses de Badén eran, en
masa, tan traidores como el propio Brentano; pero se vieron, al mis
mo tiempo, defraudados, lo que no ocurrió con su jefe. Ellos trai
cionaron por cobardía y se dejaron engañar por necedad.
En Badén, como en general en el sur de Alemania, apenas existe
la gran burguesía. La industria y el comercio de la región son insig
nificantes. De ahí que sólo exista también un proletariado muy poco
numeroso, muy disperso y poco desarrollado. La gran masa de la
población está formada por campesinos (la mayoría), pequeños

burgueses y oficiales artesanos. Estos últimos, los trabajadores
urbanos, desperdigados en pequeñas ciudades, sin ningún centro
importante en que pudiera desarrollarse un partido obrero inde
pendiente, se hallan, o por lo menos se hallaban hasta ahora, bajo
la influencia social y política predominante de la pequeña burgue
sía. Los campesinos, todavía más desperdigados que aquéllos a lo
largo de la región y sin medios de contacto, tienen ya de suyo inte
reses en parte coincidentes y en parte, por así decirlo, paralelos con
los de la pequeña burguesía, lo que explica por qué se hallaban
también bajo la tutela política de ésta. Por tanto, la pequeña bur
guesía, representada por profesionistas: abogados, médicos, maes
tros de escuela, etc., y algunos comerciantes y libreros, dominaba,
en parte directamente y en parte por medio de sus representantes,
todo el movimiento político que se desarrollaba en Badén desde
marzo de 1848.
A esta ausencia de la contradicción entre burguesía y proleta
riado y al consiguiente predominio político de la pequeña burgue
sía hay que atribuir el hecho de que en Badén no haya existido nun
ca, propiamente hablando, una agitación socialista. Los elementos
socialistas importados de fuera, ya fuesen por mediación de obre
ros que habían estado en países más avanzados, ya a través de la
influencia de la literatura socialista y comunista francesa o alema
na, nunca podían abrirse paso. En Badén, emblemas como la cinta
roja o la bandera del mismo color simbolizaban la república bur
guesa, salpicada cuando mucho con algo de terrorismo, y la frase
de las “seis plagas de la humanidad”579 denunciadas por el señor
Struve, aunque aparecieran rodeadas de inocencia burguesa, era lo
más extremo que podía encontrar eco en la masa. El supremo
ideal del pequeño burgués y del campesino, en Badén, seguía sien
do la pequeña república campesino-burguesa que desde 1830 exis
te en Suiza. Un limitado campo de acción para gente pequeña y
modesta; el Estado, un municipio un poco más extenso, un “canEstas seis plagas eran, según Struve: la monarquía, la nobleza hereditaria, la burocra
cia, el ejército permanente, el clero y el poder de los magnates financieros.

ton”; una pequeña industria estable, basada en el trabajo manual y,
a la medida de ella, una sociedad igualmente estable y adormilada;
poca riqueza, poca pobreza, todo nivel medio y mediocridad; ni
monarca, ni lista civil, ni ejército permanente y escasos impuestos;
ninguna participación activa en la historia, ninguna política exte
rior, solamente pequeñas habladurías locales dentro de casa y
pequeñas rencillas en famille;a nada de gran industria, ni de ferro
carriles, ni de comercio mundial, ni de conflictos sociales entre
millonarios y proletarios, sino una vida tranquila, apacible y hon
rada en paz y en gracia de Dios y en el recato de las almas tranqui
las que carecen de historia: he allí la dulce Arcadia suiza, por cuya
introducción en su país suspiran desde hace años el campesino y el
pequeño burgués de Badén y, digámoslo, del sur de Alemania se
ensancha hasta abarcarla toda, se representa ante él el ideal del futu
ro de Alemania bajo la forma de una Suiza grande, es decir, bajo la
forma de la República federativa. Así, vemos que el señor Struve,
en un folleto, divide el territorio alemán en veinticuatro cantones,
con otros tantos “gobernadores” y grandes y pequeños consejeros,
e incluso acompaña el citado folleto de un mapa con la división
cantonal ya preparada. Si algún día llegara Alemania a convertirse
en semejante Arcadia, caería con ello en un grado de degradación
como no se lo habría podido imaginar ni en los tiempos más igno
miniosos.
Entre tanto, los pequeños burgueses del sur de Alemania habían
pasado ya más de una vez por la experiencia de que una revolución,
aunque tremolara su propia bandera republicano-burguesa, podía
fácilmente arrastrar a su amada y apacible Arcadia a un torbellino
de conflictos gigantescos y de luchas de clases muy reales. De allí el
temor de los pequeños burgueses no sólo a cualquier conmoción
revolucionaria, sino incluso a su propio ideal de la república fede
rada del tabaco y la cerveza. Y de allí también su entusiasmo por la
Constitución del Imperio, que, por lo menos, satisfacía sus interea En familia.

ses inmediatos y les daba la esperanza, en vista del veto puramente
suspensivo del emperador, de poder implantar algún día la repú
blica por la vía legal. De allí, por último, su asombro cuando vie
ron que las tropas de Badén, sin consultarles, les servían en bande
ja una insurrección lista y acabada, y su miedo a extenderla más
allá de las fronteras del futuro cantón badense. No fuese el incen
dio a comunicarse a zonas en las que hubiera grandes burgueses y
un proletariado en masa y en las que entregara a éstos el poder, pues
entonces podría peligrar la propiedad.
¿Qué hizo, en estas circunstancias, el señor Brentano?
Lo que en la Prusia renana había hecho conscientemente la
pequeña burguesía, lo hizo él en Badén para ella: traicionó la insu
rrección, pero salvó a la pequeña burguesía.
No traicionó a la revolución, en modo alguno, como se lo ima
ginaba el pequeño burgués de Badén, por fin desengañado, con sus
últimos actos, con su deserción después de la derrota junto al Murg,
sino, ya desde el primer momento. Fueron precisamente las medi
das que los filisteos de Badén, y con ellos una parte de los campesi
nos e incluso los artesanos, habían aclamado con mayor júbilo, las
que traicionaron el movimiento, entregándolo a los prusianos.
Y precisamente porque traicionaba se hizo Brentano tan popular,
se captó el fanático entusiasmo de la pequeña burguesía. Encan
tado con la rápida instauración del orden y la seguridad y con el
entorpecimiento momentáneo del movimiento, el pequeño bur
gués no echaba de ver la traición cometida contra éste; y cuando ya
era tarde, cuando habiéndose comprometido en el movimiento vio
a éste perdido y se vio perdido a sí mismo con él, se puso a aclamar
“ ¡Traición!”, y se abalanzó sobre su más leal servidor con toda la
indignación del hombre honrado cuando se le estafa.
Claro está que también el señor Brentano ha sido estafado. Espe
raba salir del movimiento convertido en el gran hombre del parti
do “moderado”, es decir, precisamente de la pequeña burguesía, y,
entre las sombras de la noche y en medio de la niebla tuvo que esca
par de su propio partido y de sus mejores amigos, iluminados de

pronto por el resplandor de un miedo atroz. Había llegado a con
fiar incluso en la posibilidad de ocupar un puesto de ministro del
Gran Duque y, en premio a su maquiavelismo, no hizo más que
recibir los puntapiés de todos los partidarios, viéndose incapacita
do para llegar a representar nunca el menor papel. No cabe duda
de que se puede ser más listo que todos los pequeños burgueses
juntos de cualquier mísero Estado alemán y, sin embargo, o por ello
mismo, quedar defraudado en sus más bellas esperanzas y ver
cubiertas de lodo sus más nobles intenciones.
Desde el primer día de su gobierno, el señor Brentano hizo
cuanto pudo para mantener el movimiento dentro de los diques
pequeño burgueses, que apenas si intentó rebasar. Bajo la protec
ción de la Guardia Cívica de Karlsruhe, sumisa al Gran Duque, la
misma que un día antes se había batido en contra del movimiento,
se instaló en la Casa de los Estamentos para refrenar desde allí la
insurrección. La recuperación de los soldados desertores se llevó a
cabo con la mayor indolencia, y no se puso tampoco mayor prisa
en la reorganización de los batallones. En cambio, se armó sin pér
dida de momento a los pequeños burgueses desarmados de Mannheim, que todo el mundo sabía que no se batirían y que, después
del combate de Wagháusel, llegaron a sumarse, en gran parte, a la
traición cometida contra Mannheim por un regimiento de drago
nes. Ni se hizo mención de una posible marcha sobre Francfort o
Stuttgart o de extender la insurrección a Nassau o Hesse. Si a alguien
se le ocurría proponer alguna medida de este género, se daba de
lado inmediatamente a la propuesta, como se había hecho con la
de Sigel. Hablar de la emisión de papel moneda habría sido algo así
como proponer un delito de Estado, caer en el comunismo. El Palatinado envía un emisario tras otro para decir que estaban desarma
dos, que no tenían fusiles, y no digamos cañones ni munición, que
necesitaban todo lo que hacía falta para una insurrección, princi
palmente para tomar las fortalezas de Landau y Germersheim; pero
el señor Brentano no suministraba nada. Se pedía la inmediata
implantación de un mando militar único, e incluso la unificación

de ambos Estados bajo un solo gobierno. A todo se daba largas.
Creo que lo único que consiguió el Palatinado fue un pequeño envío
de dinero; después, ya demasiado tarde, llegaron ocho cañones y
un poco de munición, sin dotación ni tiro, y, por último, obede
ciendo las órdenes directas de Mieroslawski, un batallón de Badén
y dos morteros, de los cuales, si mal no recuerdo, sólo uno llegó a
hacer un disparo.
Estas dilaciones y este empeño en no adoptar las medidas nece
sarias para llevar adelante la insurrección habían condenado ya al
fracaso todo el movimiento. Y la misma abulia se mantenía en la
política interior. De la abolición de las cargas feudales, ni hablar; el
señor Brentano sabía perfectamente bien que había entre los cam
pesinos, sobre todo en las tierras altas, más elementos revoluciona
rios de los que él habría deseado y que, por tanto, le convenía más
frenarlos que empujarlos todavía más de lleno al movimiento. Los
nuevos funcionarios eran, en su mayoría, criaturas de Brentano o
personas totalmente incapaces; los viejos, salvo aquellos que se
habían comprometido demasiado abiertamente con la reacción en
los últimos doce meses y que, por tanto, habían desertado por sí
mismos, seguían ocupando todos sus puestos, con gran fruición de
los ciudadanos del orden. Hasta el señor Struve, todavía en los últi
mos días del mes de mayo, seguía elogiando a la “revolución” por
el hecho de que todo se hubiese desarrollado en un orden tan per
fecto y de que casi todos los funcionarios pudieran seguir ocupan
do sus cargos. Por lo demás, el señor Brentano y sus agentes procu
raban que todo volviera, dentro de lo posible, a los viejos cauces,
que se produjeran los menos trastornos y quebrantos posibles y que
desapareciera cuanto antes el aspecto revolucionario del país.
La misma rutina prevalecía en la organización militar. Se hacía
únicamente lo que se consideraba imposible dejar de hacer. Las tro
pas carecían de jefes, de ocupación y de orden; el incapaz “ministro
de la Guerra” Eichfeld y su sucesor, el traidor Mayerhofer, no sabían
siquiera distribuirlas pasablemente. Los convoyes de tropas se entre
cruzaban en las vías férreas, sin resultado ni finalidad. Los batallo

nes eran enviados hoy en un sentido y al día siguiente se les orde
naba dar la vuelta, sin que nadie pudiera decir por qué ni para qué.
En las guarniciones, andaban de taberna en taberna, sencillamente
porque no tenían otra cosa que hacer. Tal parecía como si existiera
el propósito decidido de desmoralizar a las tropas, como si el
gobierno se propusiera, efectivamente, matar en ellas el último ves
tigio de disciplina. Se encomendó al conocido J. F. Becker, natura
lizado suizo y oficial del ejército helvético, la organización de la pri
mera leva de la llamada Milicia Popular, es decir, de todos los
hombres no mayores de treinta años capaces de empuñar las armas.
No podríamos asegurar hasta qué punto Brentano le estorbó en el
cumplimiento de su misión. Lo que sí sabemos es que, después de
replegarse sobre territorio de Badén el ejército del Palatinado, y
cuando ya no era posible seguir rechazando las imperativas exigen
cias de aquellos soldados mal vestidos y mal armados, el señor Bren
tano se lavó las manos con las siguientes palabras: CÍPor mí, podéis
entregarles lo que queráis; pero cuando regrese el Gran Duque,
sabrá, por lo menos, quiénes han dilapidado sus pertrechos”. Por
eso hay razones para creer que la desorganización total o parcial de
la Milicia Popular de Badén se debía también, al menos en lo fun
damental, al propio ciudadano Brentano y a la mala voluntad o la
torpeza de los comisarios locales designados por él.
Cuando, después de la supresión de la Nueva Gaceta Renana,
Marx y yo nos presentamos primeramente en Badén — el 20 o 21
de mayo, o sea más de ocho días después de la huida del Gran
Duque— , nos produjo asombro el enorme descuido con que se
vigilaba, o, mejor dicho, no se vigilaba la frontera. De Francfort a
Heppenheim, toda la vía férrea ocupada por tropas del Imperio
procedentes de Württemberg y Hesse; las mismas ciudades de
Francfort y Darmstadt, llenas también de tropa; todas las estacio
nes y todos los pueblos, ocupados por fuertes destacamentos; pues
tos de avanzada, disturbios en toda regla hasta llegar a la frontera.
En cambio, desde ésta hasta Weinheim no se veía un solo hombre;
en Weinheim, tampoco. La única medida de cautela que se había

tomado era la demolición de un pequeño tramo ferroviario entre
Heppenheim y Weinheim. Fue durante nuestra presencia allí cuan
do llegó a Weinheim un pequeño destacamento del regimiento de
los guardias de corps, que no excedería de veinticuatro hombres.
Desde Weinheim hasta Mannheim, volvía a reinar la paz más abso
luta; a lo sumo, se veía de trecho en trecho alguno que otro mili
ciano suelto y muy alegre, que más bien parecía evadido o desertor
que soldado en servicio. Naturalmente, nadie se ocupaba de revisar
los documentos en la frontera. Cualquiera podía entrar o salir como
Pedro por su casa.
En Mannheim se respiraba ya un ambiente un poco guerrero.
Se veían tropeles de soldados plantados en la calle o sentados en las
tabernas. La Milicia Popular y la Guardia Cívica hacían la instruc
ción en el parque, aunque casi siempre de un modo bastante des
mañado y con malos instructores. En el Ayuntamiento, deliberaban
sentados multitud de comités, viejos y nuevos oficiales en unifor
me y blusa. El pueblo se mezclaba entre los soldados y milicianos,
se bebía, se reía y se repartían grandes abrazos. Pero en seguida se
daba uno cuenta de que el primer impulso había pasado ya y de
que muchos se sentían desengañados. Los soldados no recataban
su descontento: “¡Hemos hecho la insurrección — decían— y ahora
que les ha llegado el turno a los civiles y que éstos deben asumir la
dirección, dejan que todo se vaya al diablo!” Y no estaban conten
tos tampoco con sus nuevos oficiales; éstos no veían con buenos
ojos a los viejos oficiales del Gran Duque, que seguían abundando
a pesar de que todos los días desertaban algunos: los viejos oficiales
se veían metidos contra su voluntad en una situación fatal de la que
no sabían cómo salir. Finalmente, todo el mundo se quejaba de la
falta de una dirección enérgica y capaz.
En la otra orilla del Rin, en Ludwigshafen, el movimiento se
mostraba ya bajo un aspecto mucho más halagüeño. Mientras en
Mannheim un gran número de hombres jóvenes que allí se halla
ban, manifiestamente en edad de ser movilizados, se dedicaban
tranquilamente a sus asuntos como si nada ocurriera, aquí todo el

mundo estaba armado. Claro está que no ocurría lo mismo en todo
el Palatinado, como más tarde se demostraría. En Ludwigshafen rei
naba la más perfecta unanimidad entre militares y milicianos. En
las tabernas, también aquí abarrotadas, como es natural, resonaban
la Marsellesa y otros cantos por el estilo. Nadie se quejaba, nadie
gruñía; la gente se reía, estaba en cuerpo y alma con el movimiento
y se hacían entonces, principalmente entre los fusileros y los mili
cianos, alusiones todavía muy perdonables e inocentes acerca de su
invencibilidad.
Las cosas revestían, en Karlsruhe, una mayor solemnidad. En el
Hotel de París estaba anunciada la Table d’hóteb para la una. Pero
no se comenzó a comer hasta que llegaron “los señores del Comité
territorial”. Estas pequeñas atenciones daban ya al movimiento un
tranquilizador tinte burocrático.
Expresamos ante diversos señores del comité la opinión más
arriba expuesta de que se habría debido marchar desde el primer
momento sobre Francfort y extender así la insurrección, pero que
ahora era ya, muy probablemente, demasiado tarde y que el movi
miento debía considerarse irremediablemente perdido, de no pro
ducirse una batalla decisiva en Hungría o una nueva revolución en
París. Nuestras heréticas aseveraciones provocaron una indigna
ción indescriptible en estos ciudadanos del Comité territorial. Sola
mente Blind y Goegg se mostraron de acuerdo con nosotros. Aho
ra que los acontecimientos nos han dado la razón, resulta que
aquellos mismos señores habían insistido siempre, naturalmente,
en luchar a la ofensiva.
En Karlsruhe se manifestaban ya por entonces los primeros bro
tes de aquella grandiosa cacería por los cargos públicos que se hacía
pasar por el empeño de salvar a la patria, bajo el no menos gran
dioso título de “concentración de todas las fuerzas democráticas de
Alemania”. Quien un día había declamado en cualquier club, en tér
minos más o menos confusos, o había gritado en cualquier oscura
b Mesa redonda.

hojilla democrática su odio contra el tirano, volaba ahora a Karlsruhe o Kaiserlautern para convertirse en seguida en un personaje.
Entre los sujetos de esta especie se encontraba en Karlsruhe un
conocido y supuestamente filosófico Atta Troll,580 ex diputado de
la Asamblea de Francfort y ex redactor de una hojilla supuestamen
te democrática, suprimida por Manteuffel a pesar de los ofreci
mientos de nuestro Atta Troll. Este tal puso gran empeño en pescar
el puestecillo de embajador de Badén en París, para el que se creía
especialmente capacitado, puesto que había residido dos años en
aquella capital sin aprender ni una palabra de francés. Muy con
tento de haberle arrancado al señor Brentano las cartas credencia
les, ya estaba haciendo las maletas cuando Brentano, de repente, lo
mandó llamar y le sacó las cartas credenciales del bolsillo. No hay
que decir que, ahora, para darle en la cabeza al señor Brentano, fue
precisamente cuando Atta Troll se trasladó a París.
Otro ciudadano bien intencionado que se encontraba en Karls
ruhe era el señor Heinzen, que desde hacía unos cuantos años venía
amenazando con revolucionar y republicanizar a Alemania. Como
es sabido, este buen hombre había aconsejado en todas partes, ya
antes de la revolución de Febrero, que se “pegara duro”; pero des
pués de la revolución había considerado más prudente contemplar
las diferentes insurrecciones alemanas desde las altas montañas neu
trales de Suiza. Hasta que, ahora, por último, le entraron de pronto
ganas de pegar duro “a los que apremiaban”. A juzgar por su consig
na anterior: “Kossuth es un gran hombre pero se ha olvidado del
fulminante) había que esperar de él que organizaría contra Prusia,
sin pérdida de tiempo, las más gigantescas y hasta entonces insospe
chadas fuerzas de destrucción. Nada de esto. No siendo viables, a lo
que parece, planes más ambiciosos, nuestro tiranicida se contentó,
según se dice, con la formación de un cuerpo republicano escogido,
Atta Troll: personaje de un poema de Heine con el que se satiriza a ciertos demócra
tas pequeño burgueses alemanes, campeones de la igualdad universal. Engels alude aquí a
Arnold Ruge, a quien Marx y Engels retratan en su sátira sobre “Los grandes hombres del
destierro”

escribir entre tanto en la Gaceta de Karlsruhe581 algunos artículos a
favor de Brentano y visitar el club de los progresistas radicales. El
club fue disuelto, el cuerpo republicano escogido no llegó a formar
se, y el señor Heinzen acabó dándose cuenta de que ni siquiera él
podía seguir defendiendo la política de Brentano. Ignorado, desgas
tado y malhumorado, se trasladó primeramente a las tierras altas de
Badén y de allí pasó a Suiza sin haber podido abatir a uno solo “de
los que apremiaban”. Ahora se venga de ellos en Londres, guilloti
nando a millones de estos elementos, en effigie.c
A la mañana siguiente, partimos de Karlsruhe para hacer una
visita al Palatinado.
Poco es lo que me resta decir del curso ulterior de la insurrec
ción en Badén, con respecto a la dirección de la política general y
de la administración civil. Cuando Brentano se sintió lo bastante
fuerte para ello, aplastó de un puñetazo la mansa oposición que le
hacía el club del progreso radical. La “Asamblea Constituyente”,582
elegida bajo la influencia de la inmensa popularidad de Brentano y
de la pequeña burguesía que todo lo gobernaba, dijo amén a todos
sus pasos. El “Gobierno provisional con poderes dictatoriales”583
(¡una dictadura bajo una supuesta Convención!) se hallaba por
entero en sus manos. Así siguió gobernando: estorbaba el desarro
llo revolucionario y militar de la insurrección, cuidaba de que se
atendiera tan bien que mald a los asuntos en curso y velaba celosa
mente por las provisiones y las propiedades privadas del Gran
Duque, a quien en adelante siguió considerando como su soberano
581 Karlsruher Zeitung: periódico fundado después de 1830. Antes y después de 1848, fue
órgano oficial del gobierno, incluso bajo Brentano. De órgano del gobierno “granducal”, pasó
a serlo del Comité regional, que encabezaba la campaña en pro de la Constitución, para lue
go recobrar su posición anterior a la entrada de las tropas prusianas en Karlsruhe.
c En espíritu.
582 La Asamblea Constituyente de Badén estaba formada por 74 diputados. Abrió sus
sesiones en Karlsruhe el 10 de junio de 1849. La última sesión se celebró el 2 de julio de ese
mismo año en Friburgo, adonde se había trasladado a fines del mes anterior.
583 La “Ley para crear un Gobierno provisional con poderes dictatoriales” fue publicada
en la Gaceta de Karlsruhe (núm. 34, del 21 de junio de 1849).
d Medianamente.

legítimo por la Gracia de Dios. Declaró en la Gaceta de Karlsruhe
que el Gran Duque podía regresar en cualquier momento, y, en efec
to, el palacio ducal permaneció todo el tiempo cerrado, como si su
dueño hubiera salido de viaje. A los emisarios del Palatinado les
daba largas con vagas respuestas; lo más que pudo conseguirse fue
la implantación del mando militar único bajo Mieroslawski y un
convenio suprimiendo el tributo de peaje en el puente que unía a
Mannheim con Ludwigshafen, pero sin que ello fuese obstáculo
para que el señor Brentano siguiera percibiendo este tributo del
lado de Mannheim.
Cuando, por último, Mieroslawski, después de la batalla de Wagháusel y Ubstadt, se vio obligado a replegarse con los restos de su
ejército al otro lado del Murg, cruzando la montaña, cuando fue
necesario evacuar Karlsruhe, con gran cantidad de pertrechos y pro
visiones, y cuando la derrota junto al río Murg selló la suerte del
movimiento, se esfumaron las ilusiones de los burgueses, campesi
nos y soldados de Badén y se levantó un clamor general, diciendo
que Brentano los había traicionado. Se vino a tierra de golpe y
porrazo todo el edificio de la popularidad de Brentano, levantado
por la cobardía de los pequeños burgueses, la dependencia de los
campesinos y la falta de concentración de los obreros. Brentano
huyó a Suiza al amparo de la noche y de la niebla, perseguido por
el estigma de alta traición lanzado contra él por su propia “Consti
tuyente”, y fue a esconderse en Feuerthalen, cantón de Zurich.
Podría uno pensar que el señor Brentano ha sido ya bastante
castigado con el total derrumbamiento de su posición política y el
desprecio general de todos los partidos por su traición. La derrota
del movimiento de Badén no tiene gran importancia. Lo ocurrido
el 13 de junio en París584 y la negativa de Górgey a marchar sobre
El 13 de junio, en París, el partido de la Montaña de 1848-1849, representante de “una
masa que oscilaba entre la burguesía y el proletariado” (Marx), exigió que se pusiera fin a la
intervención de las tropas francesas contra la República romana y llamó a una manifesta
ción pacífica en defensa de la Constitución y contra el gobierno. La pequeña burguesía, por
temor al proletariado, impidió el levantamiento armado. Esta actitud condujo a la derrota
del 13 de junio, y el llamado partido del Orden se aprovechó de este fracaso de la Montaña

Viena585 acabaron con todas las perspectivas que aún se abrían ante
Baden y el Palatinado, aun suponiendo que hubiesen logrado tras
plantar el movimiento a Hesse, Württemberg y Franconia. Habrían
caído más honrosamente, pero de todos modos habrían caído. Pero
lo que el partido revolucionario no perdonará jamás al señor Brentano ni perdonará tampoco a la cobarde pequeña burguesía háden
se que le sostuvo, es el haber sido directamente responsable de la
muerte de los fusilados en Karlsruhe, Friburgo y Rastatt, y de las
innumerables víctimas anónimas asesinadas también por los pru
sianos en las casamatas de Rastatt por medio del tifus.
En el segundo cuaderno de esta Revue narraré lo sucedido en el
Palatinado y describiré al final la campaña librada aquí en Baden.
para eliminarla de todas las corporaciones republicanas, afianzando, así, el poder de la gran
burguesía y el triunfo de la contrarrevolución.
Arthur von Górgey: comandante en jefe del ejército revolucionario húngaro y partida
rio de un acuerdo con los Habsburgos; hacía labor de zapa contra la campaña militar revo
lucionaria. En abril de 1849 el ejército húngaro ocupaba posiciones favorables que permitían
asegurar la victoria mediante una marcha sobre Viena, con lo que se habría dado un nuevo
impulso al movimiento revolucionario europeo. Sin embargo, al emplazar su sitio en el barrio
de Buda, en Ofen, en mayo de 1849, permitió al ejército imperial austriaco pasar a la con
traofensiva.

III. EL PALATINADO
D
e k a r l s r u h e PASAMOS AL PALATINADO, d e t e n i é n d o n o s a n -
tes en Espira, donde nos habían dicho que encontraríamos
a d’Ester y el Gobierno provisional. Pero ya habían salido
de allí para Kaiserslautern, donde el gobierno fijó su sede definitiva,
por considerar aquel lugar como “el punto más estratégico de todo
el Palatinado”. En Espira encontramos, en cambio, a Willich con sus
voluntarios. Con un cuerpo de doscientos soldados mantenía a raya
a las guarniciones de Landau y Germersheim, que sumaban más de
4 ooo hombres, les cortaba los accesos y los hostilizaba de todas las
maneras posibles. Aquel mismo día, había atacado con unos ochen
ta tiradores dos compañías de la guarnición de Germersheim. A la
mañana siguiente, acompañados de Willich, seguimos viaje a
Kaiserslautern, donde encontramos a d’Ester, al Gobierno, provisio
nal y a la flor y nata de la democracia alemana. Tampoco aquí podía
hablarse, naturalmente, de la participación oficial en el movimien
to, a la que nuestro partido era completamente ajeno. Nos reti
ramos, pues, por un par de días hacia Bingen, pero en el camino,
acompañados por varios amigos, fuimos detenidos por tropas de
Hesse, como sospechosos de tomar parte en la insurrección y con
ducidos a Darmstadt y de allí a Francfort, donde por fin nos
pusieron en libertad.
Poco después, salimos de Bingen, y Marx partió hacia París
— donde era inminente un acontecimiento decisivo—, con un man-

dato del Comité democrático central, para que representara al par
tido revolucionario alemán ante los socialdemócratas franceses.586
Yo volví a Kaiserslautern, con intención de instalarme allí como
simple refugiado político y, más tarde, si se presentaba una ocasión
oportuna, al estallar la lucha, ocupar la única posición que la Nue
va Gaceta Renana podía asumir en un movimiento como éste: la de
soldado.
Quien haya visitado solamente una vez el Palatinado compren
derá que cualquier movimiento que se produzca en esta región rica
en vino y de buenos bebedores tiene que asumir necesariamente
un carácter sumamente alegre y jocoso. Se había dado de lado de
una vez a los pesados y pedantescos bebedores de cerveza de la vie
ja Baviera, poniendo en su lugar, como funcionarios, a los buenos
catadores de vino del Palatinado. Se habían mandado al diablo, por
fin, aquellas mortificaciones de la policía bávara, que se daba aires
de tanta importancia y de la que tan graciosamente se burlaban las
Hojas Volantes,587 por lo demás bastante insustanciosas, mortifica
ciones que resultaban intolerables sobre todo para las buenas per
sonas del Palatinado. La proclamación de la libertad de levantar el
codo fue el primer acto revolucionario de este pueblo: todo el Palatinado se convirtió en una gran taberna, y las enormes cantidades
de vino consumidas durante estas seis semanas, “en nombre del
pueblo Palatinado”, excedían todos los cálculos. Aunque la partici
pación activa en el movimiento distaba mucho de ser aquí tan gran
de como en Baden, pues existían muchas comarcas reaccionarias,
toda la población participaba unánimemente de esta entrega gene
ral al vaso de vino y hasta los pequeños burgueses y campesinos
más reaccionarios se vieron arrastrados a la alegría general.
No hacía falta ser un profeta para pronosticar qué amargo des586 Engels hace referencia a la coalición establecida entre los demócratas y socialistas
pequeño burgueses agrupados en el Réforme bajo la dirección de Ledru-Rollin y Louis Blanc.
Una parte de los obreros franceses se hallaba bajo la influencia de estos llamados “socialde
mócratas”. El inminente acontecimiento decisivo a que alude Engels son los sucesos produ
cidos en París el 13 de junio de 1849 (véase supra, nota 584).
587 Fliegende Blätter: semanario satírico fundado en la ciudad de Munich en 1845.

**•
engaño depararía en pocas semanas el ejército prusiano a estos
divertidos palatinenses. Y, sin embargo, era contada la gente del
Palatinado que no vivía entregada a la seguridad más absoluta. Muy
pocos creían que llegarían a presentarse las tropas prusianas, pero
de que si se presentaban, serían rechazadas con la mayor facilidad, de
eso estaban seguros todos. Aquel sombrío talante de gente virtuo
sa cuya divisa: “Firmeza y seriedad”, llevaban grabada en la frente
los oficiales de la Milicia Popular de Badén y que, sin embargo, no
sería obstáculo para que se produjeran todas aquellas maravillas de
que tendré que hablar más adelante, aquella pedante solemnidad
que el carácter pequeño burgués del movimiento había impreso a
la mayoría de sus copartícipes en Badén, no se veía aquí por nin
guna parte. En el Palatinado, la “seriedad” era secundaria. La “serie
dad” y el “entusiasmo” sólo servían aquí para paliar un poco el rego
cijo general. Pero la gente del Palatinado era lo suficientemente
“seria” y “entusiasta” para creerse invencible frente a todas las
potencias del mundo, y muy especialmente frente al ejército pru
siano. Y si, en momentos de quietud y meditación, apuntaba una
leve duda, se le daba de lado con este irresistible argumento: “Aun
que fuese así, no convendría decirlo”. Claro está que, al alargarse el
movimiento y hacerse más innegables y amenazadoras las concen
traciones de los batallones prusianos desde Saarbrücken hasta
Kreuznach, menudeaban más aquellas dudas, pero aumentaba tam
bién, precisamente entre los escépticos y los miedosos, la fanfarro
nería con que se proclamaba la invencibilidad de un “pueblo apa
sionado por su libertad”, como se llamaban los palatinenses. Esta
fanfarronería no tardó en convertirse en un sistema completo de
aturdimiento que, favorecido en demasía por el gobierno, embota
ba toda actividad encaminada a la defensa y exponía al peligro de
verse detenido como reaccionario a quien se opusiera a ella.
Esta seguridad y esta jactanciosa ponderación del “entusiasmo”
invencible del pueblo del Palatinado, unidas a los escasos recursos
materiales de que disponía el reducido terreno en que se libraba la
lucha, constituían el lado cómico de la “insurrección” en esta zona

y brindaban materia sobrada para el regocijo a las pocas personas a
quienes sus ideas avanzadas y su posición independiente permitían
juzgar las cosas por su cuenta propia.
Visto por fuera, todo el movimiento del Palatinado presentaba
un carácter alegre, optimista y despreocupado. En Badén cualquier
suboficial recientemente nombrado, ya fuese de las tropas de línea
o de la Milicia Popular, se embutía en un pesado uniforme y se
pavoneaba con sus charreteras plateadas, que, más tarde, al llegar la
hora del combate, iban inmediatamente a parar a los bolsillos, pero
en el Palatinado la gente era más razonable. Tan pronto se hicieron
sentir los grandes calores de los primeros días de junio, desapare
cieron de la vista todas las guerreras, chalecos y corbatas, sustitui
das por blusas ligeras. Parecía como si con la vieja burocracia se
hubiese sacudido también la coacción de las viejas convenciones
sociales. Todo el mundo vestía como mejor le parecía, atendiendo
sólo a su comodidad y a la estación del año; y con las diferencias en
el vestir desaparecían también, por el momento, cualesquiera otras
relacionadas con el trato social. Todas las clases de la sociedad se
reunían en los mismos locales públicos, y un socialista candoroso y
entusiasta habría podido ver en este trato social sin trabas la aurora
de la fraternidad universal.
Espejo del Palatinado era, en esto, su Gobierno provisional. Casi
todos los que formaban parte de él eran apacibles y buenos bebe
dores, a quienes nada asombraba tanto como el verse de pronto
convertidos en Gobierno provisional de su patria, predilecta de
Baco. Y, sin embargo, no puede negarse que aquellos alegres gober
nantes se comportaron mejor y realizaron una labor comparativa
mente más fecunda que sus vecinos de Badén encabezados por las
“grandes virtudes” de Brentano. Por lo menos, los animaba la bue
na voluntad y, a pesar de gustarles el vino, demostraron tener mejor
juicio que los serios y pedantescos señores de Karlsruhe, y pocos,
muy pocos entre ellos se indignaban cuando veían que se tomaban
un poco a chacota sus cómodas maneras de hacer la revolución y
las menguadas e impotentes medidas decretadas por ellos.

Mientras el de Badén lo dejase en la estacada, nada podía hacer
el Gobierno provisional del Palatinado. Y hay que decir que éste, en
sus relaciones con los gobernantes de Badén, hizo cuanto le dictaba
su deber. Envió emisario tras emisario e hizo una concesión tras
otra con tal de llegar a un acuerdo; todo en balde, pues el señor
Brentano sencillamente no quería.
A diferencia del gobierno de Badén, que al subir al poder se había
encontrado con todo, el del Palatinado se encontró sin nada. Care
cía de dinero y de armas y tenía dentro del país gran cantidad de
distritos reaccionarios y dos fortalezas enemigas. Francia prohibió
inmediatamente la exportación de armas a Badén y al Palatinado, y
Prusia y Hesse decretaron el embargo sobre todas las armas consig
nadas a esos dos Estados. El gobierno del Palatinado despachó en
seguida agentes a Francia y Bélgica, con el encargo de comprar armas
y preocuparse de que llegaran a su destino; las armas fueron adqui
ridas, pero jamás llegaron. Se le puede reprochar al gobierno el no
haber procedido en esto con la necesaria energía y, sobre todo, el
no haber sabido organizar el contrabando de fusiles, valiéndose del
gran número de contrabandistas que pululaba en la frontera; pero
la mayor culpa recae sobre sus agentes, que procedieron con una
gran indolencia y, en parte, se dejaron engañar con simples prome
sas, en vez de haber hecho llegar las armas francesas, por lo menos,
hasta los puntos fronterizos de Saargemünd y Lauterburg.
En cuanto a los recursos monetarios, en el Palatinado poco
podía hacerse con emisiones de papel-moneda. Cuando el gobier
no se vio en apuros pecuniarios, tuvo por lo menos el valor de recu
rrir a un empréstito forzoso con una tasa progresiva, aunque la pro
gresión fuese muy tenue.
Los reproches que se le pueden hacer al gobierno del Palatinado se limitan al hecho de que, dominado por el sentimiento de su
impotencia, se dejara llevar demasiado por la despreocupación
general y de las consiguientes ilusiones acerca de su propia seguri
dad; y de que, por tanto, en vez de poner enérgicamente en marcha
los medios, ciertamente limitados, de que disponía para la defensa

del país, prefiriera confiar más bien en el triunfo del partido de la
Montaña en París, en la toma de Viena por los húngaros, o incluso
en verdaderos milagros que se producirían aquí o allá y que salva
rían al Palatinado: sublevaciones en el ejército prusiano, etc. Así se
explica la negligencia demostrada para conseguir armas, en un país
en el que unos mil mosquetes útiles podían haber logrado lo inde
cible y en el que, para decirlo todo, los primeros y los últimos cua
renta fusiles recibidos del extranjero, concretamente de Suiza, lie- "
garon el mismo día en que entraban los prusianos. Así se explica
también la ligereza con que se seleccionaban los comisarios civiles
y militares, elegidos casi siempre entre los visionarios más atolon
drados y más incapaces, y el mantenimiento en sus puestos de tan
tos viejos funcionarios y de todos los jueces. Y, por último, la incu
ria con que se descuidaban los medios más asequibles para hostigar
e incluso tal vez para tomar la fortaleza de Landau, punto éste al
que me referiré más adelante.
Detrás del Gobierno provisional estaba d’Ester, como una espe
cie de secretario general secreto o, según la definición de Brentano,
como “una camarilla roja que rodeaba al gobierno moderado de Kai
serslautern”. Formaban también parte de esta “camarilla roja” otros
demócratas alemanes, entre los que se destacaban sobre todo los
refugiados de Dresde. Los gobernantes del Palatinado encontraron
en d’Ester el golpe de vista administrativo del que ellos carecían, y
al mismo tiempo, un intelecto revolucionario que les impresionaba
por el hecho de que sabía siempre atenerse a lo más directamente
asequible, a las posibilidades innegables, sin desorientarse nunca
entre los detalles. D’Ester se ganó así una gran influencia y la con
fianza incondicional del gobierno. Y aunque, a veces, también él
tomara demasiado en serio el movimiento y, por ejemplo, creyera
poder conseguir algo importante mediante la implantación de un
régimen municipal totalmente inadecuado a la situación del
momento, no cabe duda de que animaba al Gobierno provisional a
que diera todos los pasos de cierta energía y sabía encontrar siem
pre las soluciones adecuadas, sobre todo en los conflictos de detalle.

Así como en la Prusia renana se enfrentaron desde el primer
momento las clases reaccionarias y las revolucionarias, y en Baden
una clase que al principio se entusiasmó con el movimiento, la
pequeña burguesía, fue cayendo poco a poco, al acercarse el peligro,
primero en la indiferencia y más tarde en la hostilidad frente al
movimiento provocado por ella misma, en el Palatinado había que
contar no tanto con las distintas clases de la población como con
los diversos distritos del país, que, guiados por intereses locales, se
enfrentaron a ella, algunos desde el primer momento y otros paula
tinamente. Si los vecinos de Espira se manifestaron como reaccio
narios desde el primer día, los de Kaiserslautern, Neustadt, Zweibrücken y otros centros de población fueron derivando poco a poco
hacia las mismas posiciones; pero el baluarte principal del partido
reaccionario se hallaba en los distritos agrícolas, repartidos por todo
el Palatinado. Sólo una medida habría permitido superar esta con
fusa configuración de los partidos: un ataque directo a las fortunas
privadas invertidas en hipotecas y en la usura hipotecaria, para favo
recer a los campesinos devorados de deudas y estrujados por los
usureros. Pero esta medida, que inmediatamente habría despertado
interés en el movimiento insurreccional a toda la población campe
sina, requería un territorio mucho más extenso y condiciones socia
les más desarrolladas de las que se daban en el Palatinado. Habría
sido viable solamente al comienzo de la insurrección, conjuntamen
te con la extensión del movimiento a las zonas del Mosela y el Eifel,
donde prevalecen en el campo idénticas condiciones, pero que allí
encuentran su complemento en el desarrollo industrial de las ciu
dades del Rin. Pero ni desde el Palatinado ni desde Baden se supo
impulsar la proyección del movimiento hacia afuera.
En estas circunstancias, el gobierno disponía de pocos medios
para luchar contra los distritos reaccionarios: expediciones milita
res sueltas contra las comarcas retardatarias, detenciones, princi
palmente de los párrocos católicos, que encabezaban la resistencia,
etc.; nombramiento de personas activas para comisarios civiles y
militares y, por último, la propaganda. Pero las expediciones, la

mayoría de las cuales revestían un carácter bastante cómico, sólo
surtían efectos momentáneos: la propaganda no servía de nada y la
mayoría de los comisarios cometían, en su petulante torpeza, una
pifia tras otra, o se limitaban a consumir grandes cantidades de vino
del país y a fanfarronear en las mesas de las tabernas.
Entre los propagandistas, los comisarios y los funcionarios de
la administración central, ocupaban importante lugar los demó
cratas, que en el Palatinado se habían reunido en número mayor
aun que en Badén. Se habían dado cita aquí no sólo los refugiados
de Dresde y la Prusia renana, sino también multitud de hombres
más o menos entusiastas del “partido del pueblo”, para ponerse al
servicio de la patria. Y el gobierno del Palatinado, que, a diferencia
del de Karlsruhe, sabía, guiado por su certero instinto, que las capa
cidades del país no bastaban para hacer frente al movimiento, pres
taban a todos estos elementos favorable acogida. A las dos horas de
estar en el Palatinado, se les buscaba para ofrecerles las más diver
sas misiones, todas ellas muy honrosas. Y los señores demócratas,
que no veían en el movimiento de Badén y el Palatinado simples
insurrecciones locales, más estrechas y menos importantes cada día
que pasaba, sino la gloriosa aurora del glorioso levantamiento de
toda la democracia alemana, y que se daban cuenta de cómo, en
general, se imponían en el movimiento sus tendencias más o menos
pequeño burguesas, se apresuraban a aceptar el ofrecimiento. Pero,
al mismo tiempo, cada uno creía que sólo debía aceptar sin ceder,
ni en un ápice, el puesto que correspondiera a sus pretensiones,
generalmente muy altas, con respecto a un movimiento alemán
general. Al principio, todo marchaba bien. Cuantos se presentaban
obtenían inmediatamente nombramientos de jefes de departamen
to, comisarios de gobierno, comandantes o tenientes coroneles.
Pero, poco a poco, fue aumentando la competencia, comenzaron a
escasear los puestos y se desató un arribismo mezquino y pequeño
burgués que brindaba un divertido espectáculo al espectador
imparcial. Y no necesito aseverar expresamente que, dada aquella
extraña mescolanza de industrialismo y confusión, de impertinen

cia e incapacidad, que tantas ocasiones había tenido la Nueva Gace
ta Renana de admirar entre los demócratas alemanes, los funciona
rios y propagandistas del Palatinado no podían por menos de ser
un trasunto fiel de tan desagradable algarabía.
Como es natural, también a mí se me brindaron empleos civiles
y militares en abundancia, empleos que, en un movimiento proleta
rio, yo no habría vacilado ni un momento en aceptar. Pero, en aque
llas circunstancias, me pareció que debía rechazarlos todos. Lo úni
co a que me presté fue a escribir algunos artículos de agitación para
un periodiquito,588 que el Gobierno provisional distribuía en gran
des cantidades a lo largo del Palatinado. Acabé aceptando un encar
go aun a sabiendas de que la cosa no cuajaría, para responder a las
apremiantes instancias de d’Ester y de varios miembros del gobier
no y para demostrar, al menos, mi buena voluntad. Pero como, natu
ralmente, no me recataba para exponer mis ideas, ya el segundo ar
tículo provocó el escándalo, pues se le juzgó demasiado “violento”;
en vista de lo cual, y para no malgastar más palabras, retiré el ar
tículo, lo rompí en presencia de d’Ester, y allí terminó la cosa.
Por lo demás, entre los demócratas llegados al Palatinado de otras
tierras se destacaban como los mejores los que acababan de pelear
en su tierra natal: los de Sajonia y la Prusia renana. La mayoría de
los pocos sajones que habían venido ocupaban puestos en las ofi
cinas centrales, trabajaban con ahínco y se distinguían por sus
conocimientos administrativos, su serena y clara inteligencia y la
ausencia en ellos de toda clase de pretensiones e ilusiones. Los rena
nos, en su mayoría obreros, se incorporaron en masa al ejército;
los pocos que al principio hacían trabajo de oficina acabaron
empuñando también el fusil.
El ambiente, en las oficinas de la administración central, insta
ladas en el mercado de frutas de Kaiserslautern, no podía ser más
Se trata del periódico titulado Der Bote für Stadt und Land. Pfälzisches Volksblatt, órga
no oficial del Gobierno provisional de la región del Palatinado. En sus columnas se publicó,
el 3 de junio de 1849, un único artículo de Engels en ese periódico: “El levantamiento revolu
cionario en el Palatinado y Baden:

agradable. Dada la tendencia general a dejar las cosas laisser aller* y
de abstenerse totalmente de cualquier injerencia activa en el movi
miento y con una plétora enorme de funcionarios como la que allí
existía, el trabajo, en general, no agobiaba. Se trataba casi exclusiva
mente de despachar los asuntos en curso, a los que se atendía tan
bien que mal. En la mayoría de las oficinas no había nada que hacer,
a menos que llegase un correo, que a un patriota se le ocurriera for
mular una propuesta sagaz y profunda para salvar a la patria, que
hubiese que atender a las quejas de algún campesino o que un
municipio enviara una comisión. Se bostezaba, se platicaba, se con
taban anécdotas o se hacían chistes malos o planes estratégicos, se
iba de una oficina a otra; en una palabra, se mataba el tiempo lo
mejor que se podía. El tema principal de las conversaciones eran,
naturalmente, los asuntos políticos del día, acerca de los cuales
corrían los rumores más contradictorios. El servicio de noticias no
podía ser más defectuoso. Se había respetado en sus puestos, casi
sin excepción, a los viejos empleados de correos, cuyos servicios
dejaban, naturalmente, mucho que desear. Se había establecido,
además, un correo de campaña, que lo cubrían los jinetes ligeros
del Palatinado incorporados a la insurrección. Los comandantes y
comisarios de las zonas fronterizas no se preocupaban en lo más
mínimo de lo que sucedía al otro lado de la frontera. Al gobierno
no llegaban más periódicos que el Diario de Francfort589 y la Gaceta
de Karlsruhe,590 y todavía recuerdo con delicia el asombro que cau
só el que yo descubriera en el casino, en un número de la Gaceta de
Colonia591 recibido hacía varias fechas, la noticia de la concentra
ción de 27 batallones prusianos, nueve baterías y nueve regimien
tos de caballería, con todos los datos precisos sobre su distribución
entre Saarbrücken y Kreuznach.
a Marchar por sí solas.
589 Frankfurter Journal: diario publicado en la ciudad de Francfort del Meno desde el siglo
xvii hasta el año de 1903. En la década del cuarenta del siglo xix mantuvo una tendencia libe
ral moderada.
590 Véase supra, nota 581.
591 Véase supra, nota 43.

**■
Paso a hablar, por último, de lo más importante de la organiza
ción militar. Unos tres mil palatinenses del ejército bávaro se pasa
ron con armas y bagajes al campo de la insurrección. Se había pues
to bajo las armas, asimismo, cierto número de voluntarios, unos
del país y otros no. Además, el Gobierno provisional había decreta
do la leva de la primera quinta, comenzando por los hombres sol
teros de dieciocho a treinta y cinco años. Pero la operación se que
dó sobre el papel, en parte por la incapacidad y la negligencia de
los comisarios militares, en parte por falta de armas y en parte por
la indolencia del propio gobierno. Siendo la falta de armas, como
era en el Palatinado, el principal obstáculo con que tropezaba toda
la defensa, se debía haber echado mano de todos los recursos para
reunir armas. Si no podían traerse del extranjero, había que sacar
de donde estuvieran todos los mosquetes y todas las carabinas y
escopetas de caza que pudieran encontrarse en el país y ponerlas
en manos de los combatientes activos. Y en el Palatinado no sólo
había muchas armas en poder de particulares, sino que estaban
todavía en manos de las diferentes guardias cívicas, por lo menos,
de 1 500 a 2 000 fusiles, contando las escopetas. Podía haberse exi
gido, al menos, que se entregaran las armas de propiedad particu
lar y los fusiles retenidos por aquellas guardias que no quedaban
incluidas en la primera leva o no querían alistarse como volunta
rios. No se hizo nada de esto. Por fin y después de mucho insistir,
se dictó una medida de este tenor con respecto a las armas de la
Guardia Cívica, pero nunca llegó a cumplirse. La Guardia Cívica de
Kaiserslautern, que encuadraba a más de 300 miembros de la peque
ña burguesía, se pavoneaba todos los días, de uniforme y con sus
armas, montando la guardia delante del mercado de frutas, y los
prusianos, al entrar en la ciudad, se dieron, encima, el gusto de des
armar a esos señores. Y otro tanto sucedió en todas partes. La hoja
oficial publicó una orden requiriendo a los empleados forestales y
los guardabosques para que se presentaran en Kaiserslautern, con
objeto de formar con ellos una unidad de cazadores; pero los segun
dos no se presentaron.

Se puso todo el país a forjar hoces o, por lo menos, se dio esa
orden, y llegaron a fabricarse algunas. Estando en el cuerpo de guar
dia de las tropas del Hesse renano en Kirschheimbolanden, vi car
gar varios manojos de hoces con destino a Kaiserslautern. La distan
cia es de unas siete u ocho horas; pasaron cuatro días, y el Gobierno
provisional hubo de evacuar aquella ciudad ante el avance de los
prusianos, sin que las hoces hubiesen llegado a su destino. No habría
estado mal la cosa, si estas armas cortantes hubiesen sido entrega
das a la Guardia Cívica no móvil, a la llamada segunda reserva, para
resarcirla de los fusiles cedidos por ella; pero, en vez de eso, estos
inútiles filisteos conservaron en su poder los fusiles de percusión,
mientras los jóvenes reclutas marchaban contra los cañones y los
fusiles de aguja prusianos armados de hoces.
Si bien había una escasez general de fusiles, imperaba, en cam
bio, una abundancia no menos llamativa de sables. Quienes podían
conseguir fusiles se apresuraban a ceñirse un cinturón del que pen
día un ruidoso sable, como si ya por este solo hecho pudieran dar
se aires de oficiales. Sobre todo en Kaiserslautern, estos oficiales
nombrados por sí mismos eran legión, y día y noche resonaba en
las calles el estrépito de sus terribles armas. Y entre los que contraí
an relevantes méritos por la salvación de la patria con esta nueva
manera de infundir espanto al enemigo y su pretensión de formar
una legión académica de caballería a pie, se destacaban sobre todo
los estudiantes.
Existía, además, como medio escuadrón de caballería ligera que
se había pasado del campo enemigo, pero que no llegó nunca a for
mar una unidad combatiente especial, ya que sus individuos se
hallaban desperdigados en el servicio de correos de campaña y en
otras actividades.
La artillería, al mando del “teniente coronel” Anneke, se com
ponía de un par de cañones del tres, que no recuerdo haber visto
enganchados nunca, y de cierto número de morteretes. Delante del
mercado de fruta de Kaiserslautern se alineaba la más hermosa colec
ción de viejos morteros de hierro que pueda uno imaginarse. La

»•
mayoría de ellos estaban allí tirados, sin servir claro está para nada.
Los dos más grandes, colocados sobre enormes cureñas especial
mente fabricadas, fueron retirados de aquel sitio para utilizarlos.
Por último, el gobierno de Badén vendió al Palatinado una vieja
batería de cañones del 6 desbocados, con algo de munición, pero
faltaban el atalaje, los servidores de las piezas y munición suficien
te. La munición se fabricó en la medida de lo posible; el atalaje se
improvisó como se pudo, requisando para ello los caballos necesa
rios y campesinos que los arrearan, y para servir las piezas se reu
nieron algunos viejos artilleros bávaros, a quienes se adiestró con
los pesados y complicados ejercicios de la instrucción del arma de
artillería, según los métodos de Baviera.
El supremo mando militar se hallaba en las peores manos. El
señor Reichardt, que había asumido la cartera de guerra del Gobier
no provisional, era hombre activo, pero carente de energía y de
conocimientos en la materia. El primer comandante en jefe de los
combatientes del Palatinado, el industrial Fenner de Fenneberg, no
tardó en ser destituido por su equívoco comportamiento; fue susti
tuido momentáneamente por un oficial polaco llamado Raquilliet.
Hasta que, por último, se supo que Mieroslawski se haría cargo del
alto mando en Badén y el Palatinado y que al frente de las tropas
de esta región se pondría al “general” Sznayde, también de nacio
nalidad polaca.
Llegó el general Sznayde. Era un hombre pequeño y gordo, con
más aire de un bonvivanth cargado de años que de un “Menelao
valiente en la pelea”.592 El buen hombre asumió el mando con una
gran dignidad, hizo que se le rindiese un informe sobre la situación
y se puso a dictar inmediatamente una serie de órdenes del día. La
mayoría de ellas versaban sobre el uniforme de las tropas, que era
la blusa, y las insignias de los oficiales, brazalete o banda tricolor, la
intimación hecha a quienes habían servido en el arma de caballería
b Buen hombre.
Cita del poema homérico la Ilíada (canto n, vers. 408 y siguientes). La traducción ale
mana comúnmente utilizada es la de Johann Heinrich Voss, publicada a partir de 1793.

o infantería para que se presentasen —requerimientos que habían
sido ya hechos repetidas veces infructuosamente— , etc. Él mismo
trató de dar ejemplo, procurándose en seguida una especie de gue
rrera con cordones tricolor para infundir respeto a sus subordina
dos. Lo que en sus órdenes del día pudiera haber realmente de
importante y de práctico se limitaba a una repetición de otros tex
tos ya muchas veces formulados y de propuestas hechas ya ante
riormente por los pocos buenos oficiales con que se contaba, pero
que nunca habían sido cumplidas y que solamente ahora podían
ser ejecutadas, gracias a la autoridad de un general encargado del
mando. Fuera de esto, el “general” Sznayde se encomendó a Dios y
a Mieroslawski y vivía entregado a los placeres de la mesa, que era
en verdad lo único razonable que podía hacer un individuo total
mente incapaz como éste.
Entre los otros jefes y oficiales de Kaiserslautern, el único capaz
era Techow, que, siendo primer teniente en Prusia, en unión de
Natzmer, había entregado al pueblo asaltante el arsenal de Berlín593
y que, condenado a quince años de reclusión, había logrado eva
dirse de Magdeburgo. Techow, jefe del estado mayor del Palatinado, demostró ser en todas partes hombre conocedor de las cosas,
sagaz y tranquilo, tal vez demasiado tranquilo para poder dar prue
bas de esa rapidez en las decisiones que con frecuencia lo decide
todo en el campo de batalla. El “teniente coronel” Anneke, por su
parte, se reveló incapaz e indolente en la organización de la artille
ría, aunque prestó buenos servicios en el laboratorio. En Ubstadt
no cosechó ninguna clase de laureles como estratega y desapareció
de una manera un tanto extraña, cruzando el Rin antes de que se
cerrara el cerco y abandonando los caballos, desde Rastatt, donde
Mieroslawski le había entregado el mando sobre el material, duran
te el sitio.
Tampoco eran gran cosa los oficiales que mandaban los diver
sos sectores. Habían llegado, algunos ya antes de Sznayde y otros
593 Véase supra, nota 68.

con él, un cierto número de oficiales polacos. La mejor gente de la
emigración polaca se hallaba ya en Hungría, razón por la cual entre
estos elementos venidos al Palatinado había de todo. La mayoría
de ellos se apresuraban a requisar el número necesario de caballos de
silla y a dar unas cuantas órdenes, sin preocuparse gran cosa de su
ejecución. Adoptaban una actitud bastante imperiosa, querían tra
tar a los campesinos palatinenses como a los humillados siervos
polacos y, no conociendo como no conocían ni el país ni la lengua
ni el mando, poco o nada podían hacer como comisarios militares,
es decir, como organizadores de batallones. En el curso de la cam
paña, los oficiales polacos buscaron pronto acomodo en el estado
mayor de Sznayde, para desaparecer por completo poco después, al
verse Sznayde atacado y maltratado por sus soldados. Los mejores
de ellos llegaron demasiado tarde para poder estar en condicio
nes de organizar nada.
Tampoco entre los oficiales alemanes había muchas cabezas que
sirvieran para algo. La unidad del Hesse renano, en la que había
algunos elementos aptos para la instrucción militar, se hallaba bajo
el mando de un tal Háusner, hombre totalmente inútil, y bajo la
influencia moral y política aún más lamentable de dos héroes, Zitz
y Bamberger, que más tarde se escabulleron tan gloriosamente en
Karlsruhe. En el Transpalatinado, organizó otra unidad un ex ofi
cial prusiano llamado Schimmelpfennig.
Los dos únicos oficiales que se habían distinguido en el servi
cio activo ya antes de que atacaran los prusianos, eran Willich y
Blenker.
Willich, al mando de una pequeña unidad de voluntarios, se
hizo cargo de vigilar primero y luego de sitiar a Landau y Germersheim. Fueron colocándose poco a poco bajo su mando una compa
ñía de estudiantes, otra de obreros que habían convivido con él en
Besançon, tres endebles compañías de gimnastas —procedentes de
Landau, Neustadt y Kaiserslautern— , dos de voluntarios reclutados
en las localidades de los alrededores y, por último, una compañía
de prusianos del Rin armados de hoces, la mayoría de ellos evadí-

dos de las insurrecciones de Prüm y Elberfeld. Esta unidad llegó a
reunir de 700 a 800 hombres, entre los que figuraban, desde luego,
los soldados más seguros de todo el Palatinado, y suboficiales que
en su mayoría habían servido ya en el ejército y algunos de los cua
les se habían habituado en Argelia a la guerra de guerrillas.594
Al frente de esta pequeña fuerza, se situó Willich en el terreno
que separa a Landau de Germersheim; organizó las guardias cívicas
en las aldeas y se valió de ellas para vigilar los caminos y montar el
servicio de puestos avanzados; rechazó todas las salidas de ambas
fortalezas, a pesar de la superioridad de efectivos de estas guarni
ciones, sobre todo la de Germersheim, y cercó a Landau, cortándo
le casi todos los accesos y el suministro de agua; represó al río
Queich, inundando los sótanos de la fortaleza, a pesar de lo cual
escaseaba en ésta el agua potable; y todas las noches hostilizaba a la
guarnición por medio de patrullas, que, además de limpiar de tro
pas las defensas exteriores, poniendo en venta, a razón de cinco flo
rines la pieza, las estufas de los cuerpos de guardia, penetraban has
ta los mismos fosos de la fortaleza y obligaban con frecuencia a la
guarnición a abrir, con sus cañones del 24, un fuego tan tremendo
como inofensivo contra un cabo y dos soldados.
Esta época fue, con mucho, la más brillante de toda la vida del
cuerpo de voluntarios de Willich. Si se hubiera dispuesto entonces
de algunos obuses y de artillería de campaña, a juzgar por los infor
mes que diariamente facilitaban los espías que entraban y salían en
Landau, habría caído en pocos días la fortaleza, ya que su débil
guarnición estaba desmoralizada y los vecinos del lugar se hallaban
en actitud rebelde. E incluso sin artillería se habría logrado en ocho
días la capitulación, de haberse mantenido el sitio. Había en Kai
serslautern dos obuses del 7, suficientes para haber pegado fuego
durante la noche a algunas casas de Landau. De haberlos emplaza
594 En abril de 1830, los franceses desataron la guerra de conquista contra Argelia, que
duró largos años. La población argelina opuso una tenaz resistencia a los ocupantes, em
pleando principalmente el método de la “guerrilla”, y por lo general, actuaban en la reta
guardia enemiga.

do en el sitio indicado, se habría realizado probablemente el hecho
inaudito de tomar una fortaleza con un par de cañones de campa
ña. Yo trataba de hacer comprender todos los días al cuartel gene
ral de Kaiserslautern la necesidad de intentarlo por lo menos. Tiem
po perdido. Uno de los dos obuses se quedó en Kaiserslautern y el
otro fue llevado a Homburg, donde por poco cae en manos de los
prusianos. Ambas piezas pasaron el Rin sin haber disparado un solo
tiro.
Más todavía que Willich se destacó el “coronel” Blenker. Era un
antiguo tratante en vinos que, después de luchar en Grecia como
filoheleno, se había establecido en Worms como tratante en caldos
y cuya figura se destacó, indudablemente, como una de las relevan
tes personalidades militares de esta gloriosa campaña. Trepado
siempre sobre su caballo y rodeado de un numeroso estado mayor;
alto, recio, de rostro altanero e imponente y enmarañada barba;
dotado de una voz tonante y de las demás cualidades propias de los
hombres del “partido popular” del sur de Alemania, entre las que,
como es sabido, no necesita figurar la inteligencia, el “coronel” Blen
ker daba la impresión de un caudillo cuya sola estampa haría aga
charse a Napoleón y que era digno, desde luego, de figurar en el
verso que sirve de lema a estos relatos. El “coronel” Blenker sentía
el temple necesario para mandar al diablo él solo a los príncipes
alemanes, aun sin contar con la compañía de los otros cuatro, “Hecker, Struve, Zitz y Blum”, y puso inmediatamente manos a la obra.
Opinaba que debía hacer la guerra, no como soldado, sino como
tratante en vinos, y con esta mira se dispuso a conquistar Landau.
Todavía no había llegado allí Willich. Blenker arrambló con todos
los hombres disponibles en el Palatinado, tropas de línea y Milicia
Popular, organizó un abigarrado y revuelto tropel de soldados,
caballería y artillería, y avanzó sobre aquella plaza. Al llegar ante la
fortaleza, los atacantes celebraron consejo de guerra, dispusieron
las columnas de asalto y determinaron emplazar la artillería. Ésta
constaba de unos cuantos morteros, cuyo calibre oscilaba entre
media libra y una libra y tres octavos, transportados en una carreta

i*
de heno, que servía al mismo tiempo de carro de municiones. La
munición para estos morteros de distinto calibre se reducía, con
cretamente, a una (sí, digo bien, una) granada de veinticuatro libras;
de pólvora, ni hablar.
Cuando todo estuvo preparado, los atacantes avanzaron, llenos
de desprecio a la muerte. Llegaron hasta la explanada delante del
parapeto, sin encontrar resistencia; siguieron marchando hasta lle
gar a la puerta. Al frente, los soldados procedentes de Landau que
se habían pasado al enemigo. Asomaron la cabeza por las murallas
algunos soldados, como parlamentarios. Se les gritó que abrieran
la puerta. Se entabló un diálogo cordialísimo, y todo parecía mar
char a pedir de boca. De pronto, tronó un cañón desde el parapeto,
la metralla silbó sobre las cabezas de los atacantes y, en menos que
se cuenta, todo aquel heroico ejército emprendió precipitada huida
y, con él, su príncipe Eugenio del Palatinado. Se dieron a la fuga con
furia tan incontenible, que las dos o tres balas de cañón disparadas
en seguida desde la fortaleza no alcanzaron ya a zumbar sobre las
cabezas de los fugitivos, quienes volaban más que corrían, arrojan
do por todas partes cuanto podía embarazar su carrera: fusiles, car
tuchos y mochilas. Por fin se detuvieron a unas cuantas horas de
Landau, el ejército volvió a concentrarse y fue conducido de regre
so a sus cuarteles por el “coronel” Blenker, cierto que sin las llaves
de la fortaleza que iba a conquistar, pero no por ello con porte
menos orgulloso. En eso vino a parar la hazaña nunca vista de la
conquista de Landau con tres morteros y una bala de cañón de vein
ticuatro libras.
El golpe de metralla había sido disparado a toda prisa por algu
nos oficiales bávaros, al darse cuenta de que sus soldados iban a
precipitarse a franquear la puerta de la fortaleza. Los propios sol
dados se encargaron de desviar la puntería del cañón, lo que expli
ca que el disparo no hiriese a nadie. Pero cuando la guarnición de
Landau vio los resultados de aquel disparo hecho al aire, ya no pen
só, naturalmente, en rendirse.
Claro está que un héroe del temple de Blenker no era hombre

como para no tomar venganza de aquel revés. En vista de lo suce
dido, decidió tomar Worms. Avanzó desde Frankenthal, donde
mandaba un batallón. Los dos o tres soldados de Hesse acantona
dos en Worms tomaron las de Villadiego, y nuestro héroe entró en
su ciudad natal con la espada desenvainada. Después de festejar la
toma de la plaza con un solemne desayuno, se procedió a la cere
monia principal del día, consistente en hacer jurar la Constitución
del Imperio a veinte soldados de Hesse que habían quedado enfer
mos en la ciudad. Pero, en la noche del día en que habían ocurrido
tan importantes acontecimientos, las tropas nacionales de Peucker
emplazaron sus cañones en la orilla derecha del Rin y despertaron,
muy desagradablemente, a los conquistadores victoriosos con un
intempestivo cañoneo. No; no se trataba de ningún error: las tro
pas atacantes hacían llover balas y granadas de verdad. Sin decir
palabra, Blenker, el héroe, reunió a sus leales y partió a toda prisa
de Worms, encaminándose de nuevo a Frankenthal. De sus heroi
cas hazañas posteriores nos contará algo más la Musa, en su lugar
oportuno.
Mientras en los diversos sectores actuaban, como vemos, cada
cual a su manera, los diferentes personajes y los soldados y milicia
nos del pueblo, en vez de hacer la instrucción, se sentaban en las
tabernas a entonar sus canciones; en Kaiserslautern los señores ofi
ciales se dedicaban a cavilar los más ingeniosos planes estratégicos.
Se trataba nada menos que de la posibilidad de sostenerse, contra
un ejército absolutamente real de más de 30 000 hombres y 60 caño
nes, a una pequeña provincia como el Palatinado, vulnerable por
varios lados y defendida por fuerzas militares casi totalmente ima
ginarias. Y precisamente porque, en estas condiciones, cualquier
proyecto resultaba igualmente inútil y absurdo y porque no se
daban, en este caso, ninguna de las condiciones para poder trazar
un plan estratégico, fue sin duda por lo que aquellos temibles gue
rreros, los cerebros del ejército del Palatinado, se dedicaron a lucu
brar una maravilla estratégica que cerrara a los prusianos el cami
no al territorio palatinense. Todos aquellos oficiales de nuevo cuño,

cuantos arrastraban sable en aquella legión académica, por fin crea
da bajo los auspicios del señor Sznayde, con el rango de teniente
para cada uno de sus integrantes, se quedaron mirando fijamente
el mapa del Palatinado, con la esperanza de descubrir en él el talis
mán estratégico de la sabiduría. Fácil es imaginarse las cosas tan
divertidas que allí saldrían a relucir. Encontraba muchos adeptos,
sobre todo, el método de la estrategia húngara. Y a todas horas
podía escucharse de labios de todos aquellos estrategas, comenzan
do por el “general” Sznayde y terminando por el más ignorado de
los Napoleones del nuevo ejército, la siguiente frase: “Debemos
hacer, como Kossuth, ceder una parte de nuestro terreno y reple
garnos hacia aquí o hacia allá, hacia la montaña o hacia el llano,
según los casos”. “Debemos hacer como Kossuth”, se escuchaba en
todas las tabernas. “Debemos hacer como Kossuth”, repetían los
cabos, los soldados y los muchachos de la calle. “Debemos hacer
como Kossuth”, repetía bonachonamente el Gobierno provisional,
quien sabía mejor que nadie que no tenía por qué mezclarse en
estos asuntos y al que, a fin de cuentas, le era de todo punto indife
rente cómo se hicieran las cosas. “Debemos hacer como Kossuth o
estamos perdidos.” ¡Kossuth y el Palatinado!
Antes de pasar a relatar la campaña misma, debo referirme aquí
en pocas palabras a un asunto del que han hablado algunos perió
dicos: mi momentánea detención en Kirchheim.
Pocos días antes de la entrada de los prusianos acompañé a mi
amigo Molí, en una misión de que se había hecho cargo, hasta
Kirchheimbolanden, en la frontera. Se hallaba estacionada allí una
parte del cuerpo de tropas del Hesse renano, entre las que había
algunos conocidos nuestros. Estábamos sentados una noche con
éstos y algunos otros voluntarios de dicho cuerpo, en la fonda. Entre
los voluntarios se contaban algunos de aquellos serios entusiastas
“hombres de acción” a los que me he referido ya repetidas veces y a
quienes se les antoja juego de chicos derrotar a cualquier ejército
del mundo con pocas armas y a fuerza de entusiasmo. Se trataba
de gente que todo lo que sabe de asuntos militares es lo que ha podi

do ver, si acaso, en el relevo de la guardia; que, en general, no se
preocupan nunca de los medios materiales necesarios para la con
secución de cualquier fin y que, por ello mismo, como más tarde
tendría repetidas ocasiones de poder observar, experimentan en el
primer combate en que toman parte un desengaño tan aplastante,
que salen corriendo como alma que lleva el diablo.
Pregunté a uno de aquellos héroes si se proponía realmente
derrotar a los prusianos con los treinta mil sables que se arrastra
ban por el Palatinado con unas cuantas armas de fuego y, algunas
de ellas, escopetas oxidadas. Confieso que me sentía en la mejor
disposición de ánimo para divertirme a costa de la santa indigna
ción de aquel individuo herido en sus más nobles sentimientos,
cuando entró la guardia y me anunció que estaba preso. Al mismo
tiempo, vi cómo dos sujetos se abalanzaban sobre mí, ciegos de
furia. Uno de ellos se dio a conocer como el comisario civil Müller;
el otro era el señor Greiner, el único miembro del gobierno con el
que yo no había tenido trato directo por hallarse con frecuencia
ausente de Kaiserslautern —ya que el hombre se dedicaba por deba
jo de cuerda a poner a buen recaudo sus bienes y por su sospecho
so talante, hipócritamente sombrío— . Se puso también de pie un
antiguo conocido mío, capitán de la unidad del Resse renano, y
declaró que, si me llevaban detenido, abandonarían inmediatamen
te sus puestos en dicha unidad él y un número importante de los
mejores combatientes. Moll y otros trataron de defenderme, sin
esperar a más, recurriendo a la violencia. Las personas presentes se
dividieron en dos bandos; la escena prometía hacerse interesante,
pero yo declaré que me dejaba detener gustosamente y que ya ve
ríamos de qué color era el movimiento del Palatinado. Y me fui,
escoltado por la guardia.
A la mañana siguiente, y tras un cómico interrogatorio a que
fui sometido por el señor Zitz, éste me entregó al comisario civil,
quien a su vez me puso en manos de un gendarme. El gendarme,
a quien se había soplado al oído que debía tratarme como a un espía,
me ató las manos y me condujo a pie a Kaiserslautern, acusado de

insultos al levantamiento del pueblo del Palatinado y de instigacio
nes contra el gobierno, del que, desde luego, no había dicho ni una
palabra. Por el camino, insistí y me impuse hasta que conseguí un
carruaje. En Kaiserslautern, donde se me había adelantado a toda pri
sa Molí, encontré al gobierno, como era natural, confundido por la
metedura de pata del valiente Greiner y, más todavía, por los malos
tratos de que se me había hecho objeto. No necesito asegurar que
dije a aquellos señores cuanto se merecían, en presencia del gen
darme. Como aún no había llegado ningún informe del señor Grei
ner, se me propuso dejarme en libertad bajo mi palabra de honor.
Me negué a darla y me fui a la prisión cantonal, sin que nadie me
custodiara, como se convino a propuesta de d’Ester. Éste declaró
que, a la vista del trato que se hacía sufrir a un camarada suyo de
partido, no podía seguir por más tiempo en su cargo. También se
manifestó con gran energía Tzschirner, que llegó en aquellos
momentos. La cosa se divulgó por la ciudad aquella misma noche,
y cuantos pertenecían a la tendencia radical se pusieron inmediata
mente de mi parte.
En seguida se recibió la noticia de que en la unidad de tropas del
Hesse rellano habían estallado disturbios con motivo de lo ocurrido
y de que gran parte de la unidad quería retirarse. Con menos habría
bastado para mostrar a los señores del Gobierno provisional, con
los que me había reunido casi todos los días, la necesidad de darme
una satisfacción. Después de haberme divertido de lo lindo veinti
cuatro horas en la cárcel, fueron a verme d’Ester y Schmitt; éste me
dijo que quedaba en libertad sin condición alguna y que el Gobier
no provisional esperaba que seguiría participando en el movimiento.
Que, además, se había dado la orden de que en lo sucesivo no se
condujera esposado a ningún preso político y se había abierto una
investigación sobre los autores del infame trato que se me había in
fligido, sobre la detención y causas que la motivaron.
Seguía sin recibirse ningún informe del señor Greiner y como
quiera que el gobierno me había dado todas las satisfacciones que
de momento eran posibles, ambas partes desarrugamos el ceño y,

el jueves, bebimos unas copas juntos. Tzschirner fue a la mañana
siguiente a hablar con las tropas de la unidad mencionada, para cal
marlas, llevando unas letras mías. El señor Greiner, cuando regre
só, se mostró tan exageradamente quejumbroso que recibió una
doble reprimenda de sus colegas del gobierno.
Entre tanto, avanzaban desde Homburg las tropas prusianas, y
en vista de que las cosas tomaban con ello un giro interesante, de
que yo no quería desaprovechar la oportunidad de instruirme un
poco en la escuela de la guerra y de que, por último, la Nueva Gace
ta Renana debía estar también representada, “honoris causa”, en el
ejército de Badén y el Palatinado, me decidí a colgarme también yo
una espada al cinto y fui a unirme a Willich.

IV. ¡MORIR POR LA REPÜBLICA!
Sólo derribando treinta y seis tronos
puede prosperar la República alemana.
¡Derribémoslos, hermanos, sin contemplaciones,
empeñemos en la lucha los bienes y la vida!
¡Morir por la República
es algo grande y sublime,
la meta de nuestra bravura!595
A
Si CANTABAN LOS VOLUNTARIOS EN EL TREN QUE ME LLEVÓ
a Neustadt, adonde fui para averiguar en qué lugar se encon
traba en aquellos momentos el cuartel general de Willich.
Morir por la República era, pues, a partir de ahora, o al menos
debía serlo, la meta de mi bravura. La verdad es que yo me imagi
naba un tanto extraño con esta nueva meta. Me quedé mirando a
los voluntarios, que eran todos muchachos jóvenes, hermosos, des
preocupados. No se les notaba que se hubiesen propuesto como
meta momentánea de su valentía el morir por la República.
De Neustadt me trasladé, en una carreta campesina requisada,
a Offenbach, localidad situada entre Landau y Germersheim, don
de estaba todavía Willich. Al salir de Edenkoben me encontré con
los primeros puestos de vigilancia, establecidos, cumpliendo sus
órdenes, por los campesinos, que desde allí aparecían apostados en
las entradas y salidas de todas las aldeas y en todas las encrucijadas,
sin dejar pasar a nadie que no presentara un pase firmado por las
595 Estrofa de una canción de lucha de tiempos de la revolución de 1848-1849, basada en
el “Choeur des Girondins”, otro canto patriótico popular francés, de tiempos de la Gran
Revolución.

autoridades de la insurrección. Era evidente que se hallaba uno ya
un poco más cerca de la guerra. Llegué a Offenbach a hora tardía
de la noche y pasé a ocupar inmediatamente mi puesto de ayudan
te de Willich.
Aquel día — era el 13 de junio— , una pequeña parte de la uni
dad mandada por Willich había sostenido brillantemente un com
bate. Días antes, había sido reforzada la unidad con un batallón de
la milicia popular de Badén, el batallón Dreher-Obermüller; como
unos cincuenta hombres de este batallón habían sido enviados a
posiciones de vanguardia hacia Bellheim. Habían quedado detrás
de ellos, en Knittelsheim, una compañía del cuerpo de voluntarios
y algunos hombres armados de hoces. Hicieron una salida un bata
llón de bávaros con dos cañones y un escuadrón de jinetes ligeros.
Los de Badén huyeron sin ofrecer resistencia; sólo uno de ellos, al
que alcanzaron tres gendarmes a caballo, se defendió furiosamente
hasta que cayó cosido a sablazos y rematado por los atacantes. Al
llegar a Knittelsheim los fugitivos, salió en contra de los bávaros el
capitán allí destacado, al frente de menos de cincuenta hombres,
algunos de los cuales sólo esgrimían hoces. Distribuyó hábilmente
a sus hombres en varios destacamentos y los formó en línea de tira
dores con tanta decisión, que, al cabo de dos horas de combate, los
bávaros, a pesar de ser diez veces más, se replegaron sobre la aldea
abandonada por los badenses, de la que, por último, fueron desalo
jados al recibir los atacantes algunos refuerzos de la unidad de
Willich. El enemigo hubo de regresar a su base de Germersheim,
después de haber sufrido como veinte bajas entre muertos y heri
dos. Siento mucho no poder citar el nombre de este joven y valien
te oficial, lleno de talento, porque probablemente no se halla aún
en lugar seguro. Sus tropas sólo tuvieron cinco heridos, ninguno
grave. Uno de ellos, un voluntario francés, había recibido un tiro
en el antebrazo antes de que empezara a disparar. Ello no fue obs
táculo para que consumiera dieciséis cartuchos, y cuando la herida
le impidió seguir cargando el arma, hizo que se la cargara uno de
los compañeros armados con hoces, para poder seguir tirando. Al

76o
día siguiente, fuimos a Bellheim para ver el escenario del combate
y tomar sobre el terreno nuevas disposiciones. Los bávaros habían
disparado con granadas y metralla sobre nuestra artillería pero sin
alcanzar más que las ramas de los árboles que cubrían todo el cami
no, y al árbol detrás del cual se resguardaba el capitán.,
El batallón “Dreher-Obermüller” se hallaba hoy presente en ple
no para hacerse cargo de todo el sector de Bellheim y sus alrede
dores. Era un batallón hermoso y bien armado, y los oficiales, sobre
todo, con sus mostachos y sus rostros tostados, llenos de seriedad y
entusiasmo, parecían verdaderos antropófagos pensantes. Afortu
nadamente, según pudimos ir viendo cada vez más, no eran tan
peligrosos como aparentaban.
Con gran asombro, supe que apenas había munición, que la
mayoría de los hombres tenían solamente cinco o seis cartuchos,
los menos hasta veinte, y que la reserva no alcanzaba siquiera para
reponer las bolsas de munición vacías de los soldados que ayer ha
bían entrado en fuego. Me ofrecí inmediatamente para ir a Kaisers
lautern en busca de munición, y aquel mismo día al anochecer me
puse en camino.
Las carretas campesinas marchan lentas, y la necesidad de requi
sar nuevos vehículos por etapas, el desconocimiento de los cami
nos, etc., aumentan la lentitud. Amanecía ya cuando llegué a Maikammer, como a mitad de camino de Neustadt. Me encontré allí
con un destacamento de la Milicia Popular de Pirmasen con los
cuatro cañones enviados a Homburg y que en Kaiserslautern se
daban ya por perdidos. Zweibrücken y Pirmasen y rodando luego
por infames caminos de montaña, habían logrado arrastrarlos has
ta este punto, donde por fin salían de nuevo al llano. Los señores
prusianos no se apuraron mucho en perseguirlos, aunque nuestros
pirmasenses, excitados por la fatiga, las marchas nocturnas y el vino,
los creían ya pisándoles los talones.
Llegué a Neustadt pocas horas más tarde; era el 15 de junio. Toda
la población estaba en las calles y, mezclados entre ella, soldados y
voluntarios, como los del Palatinado llaman a todas las milicias

populares sin distinción, uniformados de blusa. Carros, cañones y
caballos bloqueaban los caminos. En una palabra, me vi envuelto
de pronto en la retirada de todo el ejército del Palatinado. El Gobier
no provisional, el general Sznayde, el cuartel general, las oficinas,
todo estaba allí. Kaiserslautern había sido evacuada, y con ello el mer
cado de fruta, el “Monte de Truenos”, las cervecerías, “el punto más
estratégico de todo el Palatinado”, y Neustadt era por el momento
el centro del desbarajuste palatinense, que llegaba a su apogeo preci
samente ahora que se entablaba lucha. Procuré informarme acerca
de todo, reuní la mayor cantidad posible de barriles de pólvora, plo
mo y cartuchos ya cargados —pues ¿para qué necesitaba municio
nes este ejército ya desmoronado antes de pelear?— y, por fin, tras
incontables intentos fallidos para lograrlo, conseguí en una aldea
cercana una carreta de varas y volví a ponerme en camino por la
noche, con mi botín y unos cuantos hombres de escolta.
Antes de marchar, fui a ver a Sznayde y le pregunté si tenía algún
encargo para Willich. El viejo Gourmand me informó de algunas
cosas sin importancia y añadió, con aire solemne: “Vea usted, aho
ra estamos haciendo exactamente lo mismo que Kossuth”.
Veamos cómo llegaron los palatinenses a este extremo de tener
que hacer las cosas como Kossuth. En el momento más floreciente
del “levantamiento”, es decir, la víspera del avance de los prusianos,
el Palatinado contaba con unos 5 000 o 6 000 hombres armados
con fusiles de todas clases y con 1 000 o 1 500 pertrechados con
hoces. De estos 5 000 o 6 000 posibles combatientes formaban par
te, en primer término, las unidades de Willich y del Hesse renano y,
en segundo lugar, la llamada Milicia Popular. Un comisario militar
adscrito a cada comisariado de distrito tenía el encargo de organi
zar un batallón. Servíanle de núcleo y de instructores los soldados
pertenecientes al distrito que se pasaban del campo enemigo. Este
sistema de mezclar las tropas de línea con los reclutas nuevos, siste
ma que había dado los mejores resultados en una campaña activa
con una disciplina rigurosa y un adiestramiento continuo en el
manejo de las armas, lo echó todo a perder aquí. Los batallones no

podían formarse, por falta de armas; los soldados, ociosos por no
tener qué hacer, echaban a perder toda disciplina y todo comporta
miento militar y muchos de ellos se desperdigaban. Por último, se
logró integrar en algunos distritos una especie de batallón, mien
tras que en otros no existía más que un tropel de gente armada. Los
hombres armados de hoces eran verdaderamente ingobernables;
con éstos sí que no había nada qué hacer; estorbaban por todas par
tes sin que pudieran emplearse en ninguna; en parte, se acabó con
siderándolos como aditamentos interinos a sus respectivos batallo
nes, entre tanto que se les pudiera entregar fusiles y en parte se
formó con ellos una unidad especial al mando del capitán Zinn, un
individuo medio chiflado. El ciudadano Zinn, el más perfecto Pistol shakesperiano que uno se pueda imaginar, al salir corriendo
delante de Landau bajo el mando del héroe Blenker, que tropezó
contra la hoja de su sable y lo partió jurando y perjurando luego
que se lo había quebrado en dos una “bomba incendiaria del 24”,
este invencible empistolado había sido empleado siempre, hasta
ahora, para llevar a cabo ejecuciones contra aldeas reaccionarias.
Y se entregó con gran celo a esta misión, lo que hacía que los cam
pesinos sintieran un grandísimo respeto por él y por sus tropas, sin
perjuicio de zurrarle duro cuantas veces le encontraban solo. De
vuelta de estas expediciones ordenaba a los portadores de hoces que
mellaran y destrozaran sus hojas, y al llegar a Kaiserslautern se
ponía a contar tremendas versiones, a la manera de Falstaff,596 sobre
sus combates con los campesinos.
En vista de que con estos elementos no era posible hacer, natu
ralmente, gran cosa de provecho, Mieroslawski, que no llegó al cuar
tel general de Badén hasta el día 10, ordenó que las tropas del Palatinado se retirasen combatiendo hasta el Rin y, si podían, cruzaran
el río cerca de Maguncia, o, en otro caso, pasaran a la orilla derecha
por Espira o Knielingen, para defender los pasos del Rin desde nue
vas posiciones. A la par con esta orden, se recibió la noticia de que
596 Pistol y Falstaff, personajes de muchas obras dramáticas de Shakespeare, son el proto
tipo de ociosos, fanfarrones, mentirosos y cobardes.

los prusianos habían entrado por Saarbrücken en el Palatinado,
rechazando hasta Kaiserslautern, con unos cuantos disparos de
fusil, a las pocas tropas que defendían la frontera. Al mismo tiem
po, se concentraron en dirección a Kaiserslautern y Neustadt casi
todas las unidades más o menos organizadas; se produjo un des
concierto indescriptible, y la mayor parte de los reclutas se disper
saron. Un joven oficial de las unidades voluntarias de 1848 en el
Schleswig-Holstein salió a la cabeza de treinta hombres en busca
de los desertores y en dos salidas de veinticuatro horas cada una
reunió a mil cuatrocientos, que encuadró en el “Bataillon Kaisers
lautern”, mandado por él hasta el final de la campaña.
El Palatinado es, estratégicamente hablando, un terreno tan poco
complicado, que ni siquiera los prusianos pudieron cometer aquí
equivocaciones. El Rin se desliza por un valle de unas cuatro, o cin
co horas de ancho, sin ninguna clase de obstáculos topográficos. En
tres cómodas jornadas recorrieron los prusianos el camino de Kreuznach y Worms hasta Landau y Germersheim. La “Calzada imperial”,
que va de Saargemünd a Maguncia, pasa por el montañoso Transpalatinado, por las cumbres de las montañas o cruzando el ancho
valle de un río. Tampoco aquí se encuentran apenas accidentes del
terreno en los cuales pueda apoyarse más o menos un ejército numé
ricamente débil y tácitamente mal instruido. Por último, de la calza
da imperial parte, muy cerca ya de la frontera prusiana, en la proxi
midad de Homburg, un excelente camino que conduce directamente
a Landau, por Zweibrücken y Pirmasen, atravesando varios valles y
escalando las cumbres de los Vosgos. Es cierto que este camino ofre
ce mayores dificultades, pero a cambio de ello no puede ser bloquea
do por tropas poco numerosas y sin artillería, sobre todo si hay un
ejército enemigo maniobrando en la planicie en posibilidad de cor
tar la retirada por Landau y Bergzaber.
A la vista de esto, el ataque de los prusianos fue muy sencillo.
Dieron la primera acometida desde Saarbrücken contra Homburg,
una columna marchó desde aquí directamente sobre Kaiserslautern
y otra avanzó sobre Landau, pasando por Pirmasen. Al mismo tiem

po, un segundo cuerpo atacaba en el valle del Rin. Estas tropas
encontraron la primera resistencia violenta en el Hesse renano,
enclavado en aquella zona. Los tiradores de Maguncia defendieron,
con gran tesón y a pesar de sus muy sensibles bajas, el parque del
castillo. Hasta que, por último, viéndose rodeadas, se replegaron.
Cayeron en poder de los prusianos diecisiete combatientes de esta
unidad. Inmediatamente, fueron colocados contra los árboles y
fusilados sin juicio por los héroes atiborrados de aguardiente, de
“los gloriosos ejércitos guerreros”.597 Así, con esta infamia, comen
zaron los prusianos su “breve, pero gloriosa campaña” del Palatinado.
Las tropas de Prusia habían conquistado, de este modo, toda la
parte norte del Palatinado y establecido contacto entre las dos prin
cipales columnas. Para asegurarse el resto del territorio y hacer pri
sioneras a todas las tropas enemigas que pudieran guarecerse toda
vía en la montaña ya sólo tenían que bajar al llano y levantar el
cerco de Landau y Germersheim.
Había en el Palatinado como unos 30 000 prusianos provistos
de numerosa caballería y artillería. En el llano, por donde avanza
ban al frente del cuerpo del ejército más poderoso el príncipe de
Prusia y Hirschfeld, sólo se interponían entre ellos y Neustadt dos
o tres secciones de la Milicia Popular, ya medio desintegradas, y una
parte de las tropas del Hesse renano. De haber emprendido una
marcha rápida sobre Espira y Germersheim, los 4 000 o 3 000 hom
bres del Palatinado concentrados o, mejor dicho, revueltos en el
mayor desorden en las inmediaciones de Neustadt y Landau, se
habrían visto perdidos, destrozados y hechos prisioneros. Pero los
señores prusianos, muy activos cuando se trataba de fusilar a pri
sioneros indefensos, se mostraban sumamente prudentes en el com
bate e indolentes hasta más no poder en la persecución del enemigo.
Y claro está que si con tanta frecuencia tengo que referirme, en
todo el curso de la campaña, a esta extraña apatía de los prusianos
y del resto de las tropas imperiales, tanto en el ataque como en la
597 Véase supra, nota 447.

persecución, frente a un enemigo en la mayoría de los casos seis
veces menor, o cuando menos tres, no quiero con ello sostener, ni
mucho menos, que el soldado prusiano se caracterice por una
cobardía especial; con tanta mayor razón cuanto que, como se ha
podido ver, no me hago ninguna ilusión acerca de la especial bra
vura de nuestras propias tropas. Ni lo atribuyo tampoco, como
hacen los reaccionarios, a una especie de magnanimidad o al deseo
de no cargar con demasiados prisioneros.
La explicación es otra. La burocracia civil y militar prusiana ha
buscado siempre su fama en obtener triunfos con gran ruido de
bombos y platillos sobre enemigos débiles y en vengarse en gente
inerme con toda la voluptuosidad del sanguinario. Es lo que hizo
también en Badén y en el Palatinado. Pruebas: los fusilamientos de
Kirchheim, las ejecuciones nocturnas en el parque de faisanes
de Karlsruhe, los innumerables asesinatos de heridos y de gente que
se entregaba en todos los campos de batalla, los malos tratos, per
petrados a los pocos a quienes se hizo prisioneros, las matanzas
amparadas bajo la jurisdicción de guerra de Friburgo y Rastatt y,
por último, el lento, callado y por ello mismo tanto más cruel exter
minio de los prisioneros de Rastatt a fuerza de malos tratos ham
bre y hacinamiento en los húmedos y asfixiantes agujeros de las
casamatas y de la epidemia de tifus desatada como consecuencia de
todo ello. No cabe duda de que ante la indolente manera de llevar
la guerra, los prusianos tenían su fundamento en la cobardía del
mando. Prescindiendo de la lenta y meticulosa precisión de nues
tros héroes prusianos en cuanto a polainas y maniobras, que hace
imposible ya de por sí todo golpe audaz y toda rapidez en las deci
siones; prescindiendo de los pedantescos reglamentos del servicio,
con los que se trata de impedir por medio de rodeos la repetición
de tantos vergonzosos reveses, ¿cómo habrían podido los prusianos
emplear jamás estos procedimientos de guerra para nosotros tan
insoportablemente tediosos y para ellos bochornosos en el más alto
grado, si hubieran podido sentirse seguros de su propia gente? Pues
en esto, y no en otra cosa, residía la causa. Los señores generales

sabían que la tercera parte de su ejército estaba formada por regi
mientos de la reserva, que peleaban de mala gana, que a la primera
victoria de las tropas de la insurrección se pasarían a ellas y arras
trarían también consigo a las tropas de línea y, sobre todo, a la arti
llería. Y huelga decir cómo les habría ido entonces a los Hohenzollern y a su maltrecha corona.598
En Maikammer, donde tuve que esperar hasta la mañana del 16
a que me dispusieran nuevo medio de transporte y nueva escolta,
me alcanzó de nuevo el ejército, que se había puesto en marcha ya
muy temprano desde Neustadt. Días antes se había hablado de una
marcha sobre el Espira, pero este plan se abandonó para marchar
directamente hacia el puente de Knielingen. Yo me puse en mar
cha, acompañado por quince muchachos campesinos pirmanenses
medio salvajes, procedentes de los bosques primitivos del Transpalatinado. Hasta las cercanías de Offenbach no me enteré de que
Willich, con todas sus tropas, se había retirado hacia Frankweiler,
lugar situado al noroestea de Landau. Di, pues, media vuelta y lle
gué a Frankweiler hacia el mediodía. Allí me encontré no sólo con
Willich, sino otra vez con toda la avanzada de las tropas del Palatinado, que, para no tener que atravesar la zona situada entre Lan
dau y Germersheim, habían tomado el camino que parte al oesteb
de Landau. Vi sentados en la fonda al Gobierno provisional con sus
funcionarios, al cuartel general y a los numerosos zánganos demo
cráticos que pululaban en torno a uno y otro. El general Sznayde
desayunaba. Todo estaba revuelto y embarullado: en la fonda, la
gente del gobierno, los jefes militares y los zánganos; en la calle, los
soldados. Poco a poco, fue llegando el grueso del ejército: el señor
Blenker, el señor Trocinski, el señor Strasser y qué sé yo cuántos
más, todos erguidos sobre sus caballos a la cabeza de sus valientes.
El desbarajuste era cada vez mayor. Se logró ir haciendo reanudar
598 Ya en un mensaje real, del n de abril de 1847, Federico Guillermo IV hablaba de la
“debilitada corona” que había heredado.
a En la Revue dice: “noreste”
b En la Revue dice: “este”

la marcha, gradualmente, a diversas unidades, en dirección de Impflingen y Kandel.
No se advertía, al verlo, que se trataba de un ejército en retira
da. El desorden había presidido en él desde el primer momento, y
aunque los jóvenes guerreros comenzaran a quejarse de tanta des
acostumbrada marcha, esto no les impedía levantar el codo a pla
cer en las tabernas, armar ruido y amenazar a los prusianos con el
más rápido exterminio. Pero, pese a esta seguridad en la victoria, lo
cierto es que habría bastado un regimiento de caballería y unos
cuantos cañones de campaña para dispersar a los cuatro vientos a
todo aquel alegre tropel y poner en fuga al “ejército de la libertad
renano-palatinense”. Para ello, sólo habría hecho falta rapidez en
las decisiones y un poco de audacia; pero en el campamento pru
siano no se conocía ninguna de estas dos cualidades.
A la mañana siguiente, partimos de allí, mientras el grueso de
los fugitivos se retiraba hacia el puente de Knielingen. Willich mar
chaba con su unidad y el batallón Dreher a internarse en la monta
ña, en dirección a Prusia. Una de nuestras compañías, formada por
unos cincuenta gimnastas de Landau, había ido a apostarse en las
montañas más altas, hacia Johanniskreuz. Schimmelpfennig seguía
apostado con su unidad en el camino que va de Pirmasen a Lan
dau. Se trataba de contener a los prusianos y de cerrarles en Hinterweidenthal los caminos hacia Bergzaber y Lautertal.
Sin embargo, Schimmelpfennig había evacuado ya Hinterweidenthal y se hallaba en Rinnthal y Annweiler. El camino da una
vuelta en el sitio donde las montañas que encañonan el valle del
Queich forman una especie de desfiladero detrás del cual se en
cuentra la aldea de Rinnthal. Vigilaba este desfiladero una especie
de guardia de campaña. Sus patrullas habían anunciado por la
noche que se había disparado contra ellas; por la mañana tempra
no, el ex comisario civil Weiss, de Zweibrücken, y un joven renano,
M. J. Becker, trajeron la noticia de que se acercaban los prusianos y
pidieron que se enviaran patrullas de reconocimiento. Cuando
menudearon las noticias de que el enemigo se acercaba, la gente de

Schimmelpfennig comenzó a levantar una barricada en el desfila
dero; acudió Willich, reconoció el terreno, dio algunas órdenes para
que se ocuparan las alturas y dispuso que se desmantelara toda
aquella barricada, que de nada servía. Las balas todavía no hacían
blanco en nuestras columnas; pasaban muy alto sobre nuestras
cabezas. Cuando una bala silbaba sobre los hombres armados con
hoces, vacilaba toda la línea y se armaba una algarabía de gritos.
Nos costó trabajo pasar por delante de estas tropas, que blo
queaban casi todo el camino, sembrando en todas partes el desor
den, y que, sin embargo, de nada servían con su armamento de
hoces. Los jefes de compañía y los tenientes estaban tan perplejos y
desconcertados como los propios soldados. Se dio orden a nuestros
tiradores de que marchasen, unos a la derecha y otros a la izquier
da, hacia las alturas, y a dos compañías se les envió, además, por la
izquierda, a reforzar a los tiradores y a desviar a los prusianos. El
grueso de la columna se quedó abajo, en el valle. Algunos tiradores
se apostaron detrás de los restos de la barricada, donde da la vuelta
el camino, disparando desde allí contra la columna prusiana, que
se hallaba como unos cien pasos más atrás. Yo trepé al monte por
la izquierda, con algunos hombres.
Apenas habíamos atravesado, cuesta arriba, una pendiente llena
de maleza, cuando llegamos a un espacio libre desde cuya linde bos
cosa, al otro lado, los tiradores prusianos nos disparaban sus balas
cónicas. Recogí a algunos de mis hombres, un tanto perplejos y
temerosos, que trepaban de mala manera, los puse lo más a cubier
to que pude y reconocí el terreno de cerca. No podía avanzar con
unos cuantos hombres a través de un campo completamente abier
to de 200 o 250 pasos de ancho, mientras el destacamento enviado
por delante un poco más a la izquierda para desviar a los prusianos
no hubiese llegado al flanco de éstos; todo lo que podíamos hacer
era sostenernos allí, ya que, además, estábamos muy mal resguar
dados. Por lo demás, hay que decir que los prusianos, pese a sus
fusiles de balas cónicas, tiraban bastante mal; a pesar de no tener
apenas cobertura, allí nos estuvimos más de media hora, expuestos
a*

*•-
al más violento fuego de los tiradores, sin que los disparos alcanza
ran más que el cañón de un fusil y a la punta de una blusa.
Por fin, tuve que ir a ver dónde estaba Willich. Mis hombres
me prometieron que se sostendrían y yo volví a deslizarme pen
diente abajo. Encontré todo en orden. La columna principal de los
prusianos, bajo el fuego de nuestros tiradores en el camino y a la
derecha de él, no tuvo más remedio que retroceder algo. De pronto,
a la izquierda, donde yo había estado, nuestra gente bajó corriendo
la ladera y dejó abandonada la posición. Las compañías enviadas
a la vanguardia de la extrema ala izquierda, debilitadas por la nece
sidad de ir dejando atrás a numerosos tiradores, encontraron dema
siado largo el camino a través de un bosque situado algo más lejos
y marcharon a campo traviesa, conducidas por el capitán que había
salido vencedor en el combate de Bellheim. Lueron recibidas por
un fuego violento; el capitán y algunos hombres cayeron, y el resto
de la tropa, ya sin jefe, cedió a la superioridad del número. En vis
ta de ello, los prusianos avanzaron, tomaron de flanco a nuestros
tiradores, dispararon sobre ellos desde arriba y los obligaron a reple
garse. Pronto estuvo en manos de los prusianos toda aquella altura.
Tiraban desde lo alto sobre nuestras columnas; ya no había nada
que hacer y emprendimos la retirada. El camino estaba bloqueado
por las tropas de Schimmelpfennig y el batallón Dreher-Obermü11er, que siguiendo la plausible costumbre de Badén no marchaba
en columna de cuatro a seis hombres, sino en columna de diez a
doce, ocupaba la calzada a todo lo ancho. Nuestras tropas tuvieron
que marchar hacia la aldea a través de praderas pantanosas. Yo me
quedé con los tiradores que cubrían la retirada.
Se había perdido la batalla, en parte porque Schimmelpfennig
no había cumplido la orden dada por Willich de ocupar las alturas,
que ahora, con las pocas tropas de que disponíamos, ya no podía
mos volver a arrebatar a los prusianos, y, en parte por la total inefi
cacia de las tropas de aquella unidad y las del batallón Dreher y en
parte, finalmente, por la impaciencia del capitán enviado a desviar
a los prusianos, impaciencia que estuvo a punto de costarle la vida

y que dejó descubierta nuestra ala izquierda. Por lo demás, tuvimos
suerte en ser derrotados; se hallaba ya en camino hacia Bergzaber
una columna prusiana, se había levantado el cerco de Landau y, en
estas condiciones, habríamos quedado cercados por todas partes
en Hinterweidenthal.
La retirada nos costó más bajas que el combate. De cuando en
cuando, las balas prusianas se cebaban en la espesa columna, que, la
mayor parte de las veces, avanzaba en admirable desorden, en medio
de un gran tumulto y algarabía de gritos y de voces. Teníamos como
unos quince heridos, entre ellos Schimmelpfennig, que había recibi
do un tiro en la rodilla casi al comienzo del combate. Los prusianos
volvían ahora con bastante desgano y pronto cesaron sus disparos.
Sólo nos acosaban algunos tiradores sueltos, desde las laderas de las
montañas. En Annweiler, a media hora del campo de batalla, nos
detuvimos a refrescarnos con la mayor tranquilidad del mundo, y
de allí seguimos a Albersweiler. Llevábamos con nosotros lo princi
pal, que eran 3 000 florines para entregar a cuenta del empréstito
forzoso que habíamos dispuesto en Annweiler. Más tarde, los pru
sianos calificaron esto de desfalco de la caja. Y afirmaron también,
en la embriaguez de su triunfo, que habían dado muerte cerca de
Rinnthal al teniente Manteuffel, de nuestra unidad, primo de Su
Excelencia el Manteuffel de Berlín, suboficial del ejército prusiano
que se había pasado a nuestro campo. El señor Manteuffel está tan
vivo, que de entonces acá incluso ha ganado en Zurich un premio
gimnástico.
En Albersweiler avanzaron hacia nosotros dos cañones de los
de Badén, parte del refuerzo enviado por Mieroslawski. Pensába
mos emplearlos para volver a tomar posición por allí cerca, cuando
nos llegó la noticia de que los prusianos estaban ya en Landau, en
vista de lo cual no nos quedaba otra opción que marchar directa
mente hacia Langenkandel.
Afortunadamente, en Albersweiler nos desembarazamos de las
tropas inservibles que marchaban con nosotros. Después de perder
a su jefe, la unidad de Schimmelpfennig se había desintegrado en

parte y marchó por propia cuenta, desviándose del camino, en
dirección a Kandel. Y a cada paso iba dejando en las tabernas a los
merodeadores y a los individuos rezagados. En Albersweiler, comen
zó el batallón Dreher a dar señales de rebeldía. Nos presentamos a
aquellos soldados Willich y yo y les preguntamos lo que querían.
Silencio general. Por último, uno de los voluntarios, ya entrado en
años, exclamó: “¡Quieren llevarnos al matadero!” Esta exclamación
resultaba altamente cómica en una unidad como aquélla, que no
había entrado para nada en combate y que en la retirada sólo había
tenido dos o a lo sumo tres heridos leves. Willich ordenó al hom
bre en cuestión dar un paso al frente y entregar su fusil. Era un indi
viduo de barba gris, algo bebido, que ejecutó la orden, hizo una
escena tragicómica y aulló un largo discurso, en el que venía a decir
que nunca le había sucedido nada parecido. Se levantó un clamor
general de indignación de parte de aquellos sentimentales pero muy
mal disciplinados guerreros, en vista de lo cual Willich ordenó a
toda la compañía que se retirara a toda prisa, pues estaba harto de
charloteos y murmullos y no quería seguir mandando ni un mo
mento más a semejantes soldados. La compañía no se lo hizo decir
dos veces, dio media vuelta a la derecha y se puso en marcha. Cinco
minutos después la siguió el resto del batallón, al que Willich entre
gó, además, dos cañones. ¡Era demasiado duro para ellos el que “se
les llevara al matadero” y se les obligara a guardar disciplina! Nos
encantó verlos partir.
Nos abrimos paso, peleando, hacia la montaña, por la derecha,
en dirección a Impflingen. Pronto llegamos cerca de los prusianos,
con los que nuestros tiradores cambiaron algunos disparos. Al ano
checer, sonaron tiros sueltos. Yo me quedé en la primera aldea para
mandar desde allí un mensajero con noticias a nuestra compañía
de gimnastas de Landau; no sé si las recibió o no, pero sí sé que
estos combatientes llegaron felizmente a Francia, de donde volvie
ron a pasar a Badén. Aquel alto hizo que perdiese el contacto con
mi unidad, y tuve que arreglármelas yo solo para encontrar el
camino hasta Kandel.

Los caminos estaban llenos de individuos rezagados del ejérci
to; todas las tabernas se veían abarrotadas, como si la fiesta hubiese
terminado a gusto de todos. Aquí oficiales sin soldados, allí solda
dos sin oficiales y voluntarios de todos los cuerpos que marchaban
en abigarrada mescolanza hacia Kandel, unos a pie, otros en vehícu
los. ¡Y los prusianos no se paraban siquiera a pensar en perseguir
seriamente a aquel tropel de hombres! Impflingen está solamente a
una hora de camino de Landau, y Wörth (situado delante del puen
te de Knielingen) sólo dista cuatro o cinco horas de Germersheim;
pues bien, los prusianos no creyeron conveniente enviar rápida
mente a ninguno de estos dos puntos las tropas necesarias para
cerrar el paso en el primero a los rezagados y en el segundo a todo
el ejército. En realidad, los laureles del príncipe de Prusia han sido
ganados de un modo bastante peregrino.
En Kandel encontré a Willich, pero no a su unidad, que había
quedado acuartelada algo más atrás. Volví a encontrarme, en cam
bio, con el Gobierno provisional, el cuartel general y el nutrido
séquito de zánganos. La misma aglomeración de tropas que ayer en
Frankweiler, pero un desorden y un desbarajuste todavía mayores.
A cada momento llegaban oficiales preguntando por su unidad y
soldados indagando el paradero de sus jefes. Y nadie sabía contes
tarles. La dispersión era completa.
A la mañana siguiente el 18 de junio, todo el mundo desfiló por
Wörth y pasó el puente de Knielingen. A pesar de todos los que
habían desertado y se habían marchado a sus casas, los efectivos del
ejército en retirada, contando los refuerzos llegados de Baden,
ascendían a 5 000 o 6 000 hombres. Y marchaban por las calles de
Wörth tan orgullosos como si acabaran de conquistar la aldea y les
aguardaran nuevos triunfos. Seguían haciéndolo como Kossuth. Por
lo demás, los únicos que mantenían una actitud militar y eran capa
ces de pasar delante de una taberna sin que ninguno rompiese las
filas para entrar en ella, eran los soldados de un batallón badense
de línea. Por fin, llegó nuestra unidad. Nos quedamos atrás para
cubrir la retirada, hasta que todos hubieron cruzado el puente;

cuando ya todo estuvo en orden, marchamos hacia Badén, ayudan
do al paso de las carretas.
El gobierno de Badén, para no meternos con los bravos peque
ños burgueses de Karlsruhe que tan valientemente se portaron en
contra de los republicanos el 6 de junio,599 aposentó en los alrede
dores de la ciudad a toda la gente del Palatinado. Acabábamos de
presionar para que se nos dejara entrar en Karlsruhe con nuestra
unidad; necesitábamos proceder a una serie de reparaciones y con
seguir gran número de prendas de vestuario, y considerábamos,
además, que habría sido muy de desear la presencia en Karlsruhe
de una unidad tan segura y revolucionaria como la nuestra. Pero el
señor Brentano había velado por nosotros. Nos encaminó hacia
Daxlanden, una aldea situada a hora y media de Karlsruhe y que se
nos pintó como un verdadero Eldorado. Hacia allá fuimos y nos
encontramos con el nido más reaccionario de toda la comarca.
Nada de comer, nada de beber y apenas un poco de paja para recos
tarse; la mitad de los hombres tuvieron que dormir sobre el duro
suelo. Y, encima, caras largas y ceñudas en todas las puertas y ven
tanas. No perdimos mucho tiempo. Advertimos al señor Brentano
que si antes no se nos asignaba otro acantonamiento mejor, al día
siguiente, 19 de junio, por la mañana, estaríamos en Karlsruhe.
Dicho y hecho. A las nueve de la mañana emprendimos la marcha.
Nos encontraríamos todavía a tiro de fusil de la aldea en que había
mos pernoctado, cuando salió a nuestro encuentro el señor Bren
tano, acompañado por un oficial del Estado, recurriendo a todos
los halagos y a todas las artes de la elocuencia para mantenernos
alejados de Karlsruhe. Nos dijo que la ciudad albergaba, ya a 5 000
hombres de tropa, que la gente rica se había marchado y la clase
media se hallaba abarrotada de alojados; que no permitiría que no
se aposentara debidamente a la valiente unidad de Willich, de la
que todos se hacían lenguas, y así por el estilo. Willich pidió que se
le entregaran algunos palacios vacíos de aristócratas, y, como Bren599 Véase supra, nota 578.

taño se negara a ello, marchamos hacia Karlsruhe en busca de alo
jamientos.
En Karlsruhe obtuvimos fusiles para nuestra compañía armada
con hoces, y algunas piezas de paño para capotes. Dimos a repa
rar con la mayor rapidez que pudimos el calzado y las prendas de
vestir. Se nos incorporó también nueva gente, varios obreros a quie
nes yo conocía de la insurrección de Elberfeld, Kinkel, que entró
como mosquetero en la compañía obrera de Besançon, y Zychlinski,
quien había sido ayudante del alto mando en el levantamiento de
Dresde y jefe de la retaguardia en la retirada de los insurrectos; aho
ra se le había incorporado, como tirador, a la compañía estudiantil.
Además de completar en lo posible los efectivos y el armamen
to, se atendió también a la instrucción táctica. Se organizaron prác
ticas y ejercicios con el mayor celo y, al segundo día de nuestra
estancia en Karlsruhe, se hizo desde la plaza del palacio un simula
cro de asalto a la ciudad. La decepción general y.sinceramente sen
tida que esta maniobra causó revelaba bien a las claras que la peque
ña burguesía se había dado perfectamente cuenta de la amenaza.
Por último, se tomó la atrevida decisión de requisar la colección
de armas del Gran Duque, que hasta entonces había permanecido
incólume como una reliquia. Ya nos disponíamos a colocar pisto
nes a veinte carabinas de dicha colección, cuando llegó la noticia
de que los prusianos habían cruzado el Rin cerca de Germersheim
y estaban en Graben y Bruchsal.
Inmediatamente — era el 20 de junio, al anochecer— nos pusi
mos en marcha, con dos cañones del Palatinado. Cuando llegamos
a Blankenloch, a hora y media de Karlsruhe, en dirección a Bruch
sal, encontramos allí al señor Clement con su batallón y nos ente
ramos de que las avanzadillas prusianas se encontraban como a una
hora de Blankenloch. Mientras nuestros hombres cenaban, fusil al
brazo, celebramos consejo de guerra. Willich propuso atacar inme
diatamente a los prusianos. El señor Clement declaró que no esta
ba, con sus tropas bisoñas, en condiciones de lanzarse a un ataque
nocturno. Se decidió pues marchar inmediatamente hacia Karls-

dorf y atacar poco antes del amanecer, intentando romper las lí
neas prusianas. Si lo lográbamos, marcharíamos sobre Bruchsal y,
de ser posible, nos apoderaríamos de este lugar. En este caso, el
señor Clement atacaría al romper el día sobre Friedrichsthal y pro
tegería nuestro flanco izquierdo.
Sería como media noche cuando nos pusimos en camino. Nos
lanzábamos a una empresa relativamente temeraria. No llegaría
mos a 700 hombres, con dos cañones; nuestras tropas estaban mejor
adiestradas y eran más seguras que el resto de las del Palatinado;
estaban, además, bastante fogueadas. Nos proponíamos atacar con
ellas a un cuerpo enemigo, desde luego mucho más adiestrado que
nosotros, provisto de oficiales subalternos mejor instruidos y algu
nos de cuyos capitanes apenas si habían pasado por la Guardia Cívi
ca; cuerpo cuyos efectivos no conocíamos a ciencia cierta, pero que
no bajaría de 4 000 hombres. Sin embargo, nuestra unidad se había
empeñado ya en combates más desiguales, y en una campaña como
ésta no había que contar, desde luego, con una proporción numéri
ca menos desfavorable.
Mandamos por delante como descubierta, a una distancia de
cien pasos, a diez estudiantes; marchaba luego la primera columna,
encabezada por media docena de dragones de Badén, que nos ha
bían sido asignados para cubrir el servicio de estafetas; detrás, tres
compañías. Un poco más lejos, las tres compañías restantes; cerra
ban la formación los cañones. Se dio orden de no disparar en modo
alguno, de marchar en medio del mayor silencio y de atacar a la
bayoneta, tan pronto se avistara al enemigo.
Pronto vimos, a lo lejos, el resplandor de las hogueras de los viva
ques prusianos. Seguimos avanzando sin ser molestados, hasta Spock.
Al llegar aquí, se detiene el grueso de la columna y avanza solamente
la vanguardia. De pronto, suenan algunos disparos; en el camino,
a la entrada de la aldea, se enciende una gran llamarada de paja; la
campana suena a rebato. Nuestros soldados de reconocimiento explo
ran la aldea a derecha e izquierda, y tras esto entra en ella la colum
na. También dentro de la aldea, vemos arder grandes hogueras; espe

ramos una descarga detrás de cada esquina. Pero todo está tranquilo,
y delante del Ayuntamiento sólo se ve una especie de guardia forma
da por campesinos. El puesto prusiano se había largado ya.
Los señores prusianos — como pudimos ver aquí— no se con
sideraban seguros, a pesar de su tremenda superioridad en núme
ro, si no ponían en práctica hasta en los menores detalles su pedan
tesco reglamento de puestos avanzados. El puesto más extremo de
éstos se hallaba emplazado a una hora entera de distancia de su
campamento. Si nosotros nos hubiésemos empeñado en agotar de
este modo, con este servicio de puestos avanzados, a nuestros hom
bres, no acostumbrados a las fatigas de la guerra, habríamos conse
guido con ello tener un sinnúmero de merodeadores. Nos enco
mendamos a la meticulosidad prusiana y llegamos a la conclusión
de que ellos no tendrían mayor respeto por nosotros que nosotros
por ellos. Y así fue, en efecto. Nunca hasta llegar a la frontera con
Suiza fueron atacados nuestros puestos avanzados ni asaltados
nuestros cuarteles.
En todo caso, los prusianos estaban ya sobre aviso. ¿Debería
mos dar vuelta? Opinamos que no, y seguimos avanzando.
Cerca de Neuthard,c nuevo repique de campanas; esta vez, en
cambio, ni fuegos ni señales ni tiros. También aquí atravesamos la
aldea en formación bastante cerrada, y así seguimos subiendo en
dirección a Karlsdorf. Apenas habría llegado a la cumbre nuestra
avanzada, que ahora marchaba solamente a unos treinta pasos por
delante, cuando de pronto ve ante sí, muy cerca, la guardia prusia
na. Escucho el grito de “ ¡Alto! ¿Quién vive?” y salto hacia adelante.
Oigo a uno de mis camaradas decir: “Ése ya no lo cuenta; está per
dido”. Se equivocaba. Fue precisamente aquel salto hacia adelante
lo que me salvó.
En efecto, en aquel preciso instante soltó la guardia enemiga
una descarga, y nuestra avanzada, en vez de atacar a la bayoneta,
derribándola al suelo, contestó con fuego de fusil. Los dragones, a
**■
c En la Revue dice: “Neithart”

cuyo lado había marchado yo, con la cobardía proverbial en ellos,
dieron en seguida media vuelta, se metieron a galope por entre la
columna, derribaron y patearon a varios soldados, deshicieron
totalmente la formación de las cuatro o seis primeras secciones y
siguieron galopando. Al mismo tiempo, los centinelas enemigos de
a caballo apostados en los campos a derecha e izquierda abrieron
fuego contra nosotros, y, para que el desbarajuste fuese completo,
algunos individuos atolondrados, en medio de nuestra columna,
comenzaron a disparar sobre los de adelante, mientras otros imbé
ciles imitaban su ejemplo. En menos que se cuenta quedó deshecha
la primera mitad de la columna, en parte desperdigada en los cam
pos, en parte entregada a la fuga, y en parte, por último, formando
en el camino un ovillo inextricable. Heridos, mochilas, sombreros,
fusiles, todo revuelto entre el trigo verde. Un griterío confuso y sal
vaje, tiros y silbidos de balas en todas las direcciones posibles. Al
ceder algo la batahola, bastante lejos, en la retaguardia, oigo el rui
do de nuestros cañones, rodando a toda prisa en su huida. Las pie
zas de artillería habían prestado a la segunda columna el mismo
servicio que los dragones a la primera.
No sé si en aquellos momentos sentía mayor furia por el terror
infantil que se había apoderado de nuestros soldados o desprecio
por los lamentables métodos de los prusianos, quienes, advertidos
como estaban de nuestra llegada, ordenaron alto al fuego, después
de hacer unos cuantos disparos, y salieron también corriendo como
alma que lleva el diablo. Nuestra avanzada seguía en su sitio, sin
que nadie la hubiese atacado para nada. Un escuadrón de caballe
ría, o un fuego de tiradores medianamente sostenido, nos habría
hecho emprender la más desesperada de las fugas.
Willich vino corriendo hasta la vanguardia. Había vuelto a for
marse la compañía de los de Besançon; los demás, más o menos aver
gonzados, rehicieron sus filas. No tardó en amanecer. Nuestras pér
didas se reducían a seis heridos, entre ellos uno de los oficiales de
nuestro estado mayor, pisoteado por el caballo de un dragón en el
mismo sitio que yo acababa de dejar para correr a la vanguardia.

í*
Algunos otros habían sido alcanzados* manifiestamente, por las balas
de nuestros propios hombres. Recogimos cuidadosamente todos los
pertrechos y armas caídos para no dejar a los prusianos ni el menor
trofeo, y luego nos retiramos lentamente hacia Neustadt. Los tira
dores se apostaron detrás de las primeras casas, cubriéndonos. Pero
no se presentó un solo prusiano; y cuando Zychlinski hizo un nue
vo hallazgo, los encontró todavía detrás, en lo alto, desde donde le
hicieron un par de disparos sin causar daño alguno.
Los campesinos palatinenses que conducían nuestros cañones
habían llegado a cruzar la aldea con uno de ellos; el otro se había
volcado, y la cuadrilla había seguido cabalgando con cinco caba
llos, después de cortar las correas de los tiros. Tuvimos que ir a
levantar la pieza de artillería y sacarla de allí con el único caballo
de tiro que quedaba.
Al llegar a Spóck escuchamos hacia la derecha, por la parte de
Friedrichsthal, fuego cada vez más intenso de fusilería. El señor Clement había atacado, por fin, pero una hora después de lo conve
nido. Propuse apoyar su acción con un ataque de flanco, para con
trarrestar así el revés sufrido. Willich opinó lo mismo y ordenó
marchar por el primer camino a la derecha. Ya había tomado esta
dirección una parte de nuestra unidad, cuando llegó un oficial
enviado por Clement a avisarnos de que éste se retiraba. En vista
de ello, seguimos a Blankenloch. Pronto nos encontramos con el
señor Beust, del estado mayor, quien se mostró enormemente sor
prendido al encontrarnos vivos y ver a las tropas marchar en el
mejor orden. Los granujas de los dragones, en su huida, que llegó
hasta Karlsruhe, habían hecho correr por todas partes la noticia de
que Willich había sucumbido, que todos los oficiales habían sido
muertos y que nuestra unidad había quedado destrozada y aniqui
lada. Según ellos, el enemigo había disparado contra nosotros con
metralla y “granadas incendiarias”.
Delante de Blankenloch salieron a nuestro encuentro algunas
tropas del Palatinado y de Badén y, por último, el señor Sznayde,
con su cuartel general. El extravagante viejo, que probablemente

había dormido a pierna suelta toda la noche en su cama, tuvo el
cinismo de gritarnos: “¿A dónde se dirigen ustedes, señores? ¡El ene
migo queda atrás!” Le contestamos, naturalmente, como se mere
cía, seguimos nuestra marcha y nos detuvimos en Blankenloch a
descansar un poco y a refrescarnos. Al cabo de dos horas regresó el
señor Sznayde con sus tropas, como es natural sin haber visto ni de
lejos al enemigo, y se sentó a desayunar.
Con los refuerzos recibidos de Karlsruhe y sus alrededores, el
señor Sznayde tenía ahora bajo su mando de 8 ooo a 9 000 hom
bres, entre ellos tres batallones de línea y dos baterías badenses. En
total, había veinticinco cañones. Debido a las órdenes bastante vagas
de Mieroslawski y, sobre todo, a la incapacidad total del señor
Sznayde, todo el ejército del Palatinado permaneció en la zona de
Karlsruhe, hasta que los prusianos no hubieron cruzado el Rin bajo
la protección de la cabeza de puente de Germersheim. Mieroslaws
ki (véanse sus informes sobre la campaña en Badén) había dado la
orden de que, después de la retirada de las tropas del Palatinado, se
defendieran los pasos del Rin entre Espira y Knielingen y la orden
especial de cubrir a Karlsruhe y de concentrar en el puente de Knie
lingen todo el cuerpo de ejército. El señor Sznayde interpretó esto
en el sentido de que debía quedarse quieto en Karlsruhe y Knielin
gen hasta nueva orden. Si, cumpliendo lo que iba implícito en las
órdenes generales de Mieroslawski, hubiese enviado hacia la cabeza
de puente de Germersheim una nutrida unidad de tropas con arti
llería, no se habría dado el absurdo de ordenar al comandante
Mniewski, al mando de 450 reclutas, sin artillería, que recuperase la
cabeza de puente; no habrían cruzado el Rin 30 000 prusianos sin
que nadie los molestase; no habrían quedado cortadas las comuni
caciones con Mieroslawski, y habría podido el ejército del Palatinado llegar a tiempo al campo de batalla de Wagháusel. En vez de lo
cual, el día en que se libró este combate, el 21 de junio, dicho ejérci
to erraba, perplejo, entre Friedrichsthal, Weingarten y Bruchsal,
perdió de vista al enemigo y malgastó su tiempo en marchas y con
tramarchas.

Recibimos la orden de trasladarnos al ala derecha, pasando por
Weingarten y marchando desde allí por el borde de las montañas.
Partimos pues de Blankenloch aquel mismo mediodía — el 21 de
junio— , y hacia las cinco de la tarde salíamos de Weingarten. Las
tropas del Palatinado comenzaban, por fin, a dar muestras de
inquietud; se daban cuenta de que se enfrentaban a un enemigo
muy superior en número, y ya no revelaban aquella jactanciosa
seguridad de que hasta ahora alardeaban, por lo menos antes del
combate. De ahora en adelante, comenzó a manifestarse en la Mili
cia Popular del Palatinado y de Badén y, poco a poco, también entre
las tropas de línea y la artillería, la manía de ver a los prusianos por
todas partes, la diaria repetición de falsos rumores que hacían per
der la cabeza a todo el mundo y daban pie a las escenas más chus
cas. Ya en la primera cima a que llegamos después de Weingarten,
se precipitaron sobre nosotros patrullas y campesinos, gritando:
“¡Ahí vienen los prusianos!” Nuestra unidad se formó en orden de
batalla y avanzó. Yo regresé a Weingarten para dar la voz de alarma,
y con este motivo perdí a mi unidad. El rumor, como es natural,
carecía de fundamento. Los prusianos se habían replegado sobre
Wagháusel, y Willich entraba en Bruchsal aquel mismo día por la
tarde.
Pasé la noche en Obergrombach en compañía del señor Osswald y su batallón palatinense, con el que a la mañana siguiente
seguí hasta Bruchsal. Antes de llegar a la ciudad, nos encontramos
con carretas llenas de elementos rezagados que gritaban: “ ¡Ahí están
los prusianos!” Todo el batallón comenzó inmediatamente a vacilar
y costó gran esfuerzo hacer que avanzase. Era, naturalmente, un
nuevo rumor infundado; en Bruchsal estaban Willich y el resto de
la vanguardia del ejército del Palatinado; las demás tropas fueron
llegando oportunamente, sin que se viera ni rastro de los prusia
nos. Además del ejército y de sus jefes, encontramos allí a d’Ester,
al ex gobierno del Palatinado y a Goegg, quien, en general, después
de hacerse incontestable la dictadura de Brentano, pasaba casi todo
el tiempo en el ejército y ayudaba a resolver los asuntos civiles. El
78o

abastecimiento era malo y el desbarajuste grande. Solamente en el
cuartel general se vivía bien, como de costumbre.
Se nos volvió a aprovisionar con un número considerable de
cartuchos procedentes de los depósitos de Karlsruhe, y reanuda
mos la marcha al atardecer, llevando con nosotros a toda la van
guardia. Y mientras ésta acampaba en Ubstadt, nosotros seguimos
a Unterówisheim, a la derecha, con objeto de cubrir el flanco en la
montaña.
Éramos ahora, en cuanto al aspecto, una fuerza muy respetable.
Nuestro cuerpo de tropa veíase reforzado con dos nuevas seccio
nes. La primera era el batallón Langenkandel, que se había disper
sado en el trayecto de su comarca al puente de Knielingen y cuyos
restos útiles habían venido a unirse a nosotros; estos beaux restesd
eran un capitán, un teniente, un abanderado, un sargento, un sub
oficial y dos soldados. La segunda era la “columna Robert Blum”,
con una bandera roja y un destacamento de unos sesenta hombres
que parecían caníbales, pero cuyas heroicas hazañas se reducían a
una serie interminable de requisas. Se nos habían asignado, ade
más, cuatro cañones badenses y un batallón de la Milicia Popular
de Baden, el batallón Kniery, Knüry o Knierim (pues no me fue
posible descubrir la verdadera ortografía del nombre). El batallón
Knierim era digno de su jefe, el señor Knierim digno de su bata
llón. Uno y otro, magníficamente bien intencionados, tremendos
fanfarrones y escandalosos y a todas horas borrachos. El consabido
“entusiasmo” inflamaba sus corazones, impulsándolos, como en
seguida veremos, a las más portentosas hazañas.
En la mañana del 23, recibió Willich una nota escrita de Anneke, quien mandaba la vanguardia del ejército palatinense en Ubs
tadt, haciéndole saber que el enemigo se acercaba y que, celebrado
un consejo de guerra, habían acordado replegarse. Willich, suma
mente asombrado ante la extraña noticia, galopó hasta Ubstadt y,
después de haber convencido a Anneke y a sus oficiales de que died Bellos restos.

ran allí la batalla, reconoció personalmente el terreno e indicó dón
de debían emplazarse los cañones. Después de lo cual regresó y
ordenó a sus tropas que empuñaran las armas. Mientras éstas se
formaban, recibimos del cuartel general en Bruchsal la siguiente
orden, firmada por Techow: el grueso del ejército avanzaría por la
calzada hacia Heidelberg, confiando en llegar aquel mismo día has
ta Mingolsheim; entre tanto nosotros deberíamos marchar por
Odenheim hasta Waldangelloch y pernoctar allí. A dicho punto nos
serían enviadas ulteriores noticias sobre los éxitos alcanzados por
el cuerpo principal del ejército y las órdenes acerca de nuestra pos
terior actuación.
En las páginas 311 y 317 de su caprichosa Historia de los tres levan
tamientos populares en Badén publica el señor Struve un informe
sobre las operaciones realizadas por el ejército del Palatinado en los
días 20 a 26 de junio, que se reduce todo él a una apología del inca
paz Sznayde y a un cúmulo de inexactitudes y deformaciones. Ya
de lo que dejamos expuesto se desprende: 1) que Sznayde en modo
alguno tuvo “noticias seguras del encuentro de Wagháusel y sus
consecuencias pocas horas después de su llegada a Bruchsal (el 22)”;
2) que, en modo alguno, podía, en vista de ello, “cambiar su plan y,
en vez de marchar hacia Mingolsheim como primeramente se había
propuesto”, no pudo, en modo alguno, ya el día 22, “tomar el acuer
do de permanecer en Bruchsal con el grueso de su división” (la cita
da nota de Techow había sido escrita en la noche del 22 al 23); 3)
que, en modo alguno, “debió haberse efectuado una gran opera
ción de reconocimiento en la mañana del 23”, sino ciertamente, la
marcha hacia Mingolsheim; 4) que es una burda mentira la afirma
ción de que “todos los destacamentos recibieron la orden de mar
char en dirección al sitio en que se escucharan disparos, tan pronto
como éstos se produjeran”, y 5) la de que “el destacamento del ala
derecha (Willich) trató de justificar el hecho de no haberse presen
tado en el combate de Ubstadt diciendo que no había oído ningu
na clase de disparos”.
Nos pusimos en camino inmediatamente. El plan era desayu

nar en Odenheim. Algunos soldados bávaros de caballería ligera
que se nos habían asignado para hacer servicio de estafetas rodea
ron la aldea por la izquierda, con objeto de descubrir posibles tro
pas enemigas. Habían pasado por allí los húsares prusianos, que
requisaron dejándolo amontonado, algún forraje, con intención de
recogerlo más tarde. Mientras nosotros nos apoderábamos de dicho
forraje, y se distribuía a nuestros hombres, sin que éstos soltaran
sus fusiles, vino y algo de comer, se presentó, todo excitado, uno de
aquellos soldados de caballería, gritando: “ ¡Ahí están los prusia
nos!” El batallón Knierim, que se hallaba a la cabeza, se desintegró
en un instante y se convirtió en un tropel confuso, gritando, blasfe
mando y huyendo en todas direcciones, mientras el señor coman
dante de la unidad, cuyo caballo se desbocó, tuvo que dejar a la tro
pa a su merced. Acudió, cabalgando a toda prisa, Willich, quien
restableció el orden, y reanudamos de nuevo la marcha. Como es
natural, los prusianos no se presentaron.
Desde la altura detrás de Odenheim oímos retumbar el cañón
por la parte de Ubstadt. El cañoneo aumentó en intensidad. Los
oídos habituados podían ya distinguir las balas de la metralla. Cele
bramos consejo de guerra para decidir si debíamos reanudar la
marcha o dirigirnos hacia el sitio de donde se escuchaba el caño
neo. Como la orden que habíamos recibido era terminante y el fue
go parecía correrse en la dirección de Mingolsheim, lo que parecía
indicar el avance de los nuestros, decidimos emprender la marcha
más peligrosa, hacia Waldlangelloch. Caso de haber sido derrota
das en Ubstadt las tropas del Palatinado, habríamos quedado prác
ticamente cercados en lo alto de la montaña y en una situación bas
tante crítica.
El señor Struve afirma que el combate de Ubstadt “habría podi
do dar brillantes resultados, de haber atacado en el momento opor
tuno los destacamentos laterales” (p. 314). El cañoneo no duró ni
una hora, y para poder llegar al campo de batalla, entre Stettfelde y
e En la Revue dice: “Mattfeld”.

Ubstadt, habríamos necesitado dos horas y media; es decir, habría
mos llegado hora y media después de haberse terminado todo. Así
escribe la “historia” el señor Struve. Nos detuvimos cerca de Tiefenbach. Mientras las tropas se refrescaban, Willich expidió algu
nos despachos. El batallón Knierim descubrió en Tiefenbach una
especie de bodega municipal, requisó las existencias, sacó las barri
cadas de vino, y en menos que se cuenta todos sus individuos esta
ban borrachos. La rabia por el pánico mañanero ante el rumor de
la llegada de los prusianos, el cañoneo de Ubstadt, la poca confian
za que estos héroes tenían los unos en los otros y en sus oficiales,
todo se confabuló para provocar una franca rebelión. Los rebeldes
exigían que se emprendiera inmediatamente la retirada; aquello de
marchar y marchar eternamente por las montañas delante del ene
migo, no les agradaba. Cuando vieron que sus pretensiones no eran,
ni mucho menos, escuchadas, dieron media vuelta y desfilaron por
sí y ante sí. Se les unió la “columna Robert Blum”, la que parecía
que iba a comerse a los enemigos crudos. La dejamos ir y marcha
mos hacia Waldlangelloch.
Era imposible pernoctar con cierta seguridad allí, en el fondo
de una profunda hondonada. Hicimos alto y procuramos allegar
noticias acerca de las condiciones del terreno en aquellas inmedia
ciones y de la posición del enemigo. Entre tanto, se habían difundi
do por boca de algunos campesinos vagos rumores acerca de la reti
rada del ejército del Neckar. Se decía que habían marchado hacia
Bretten, por Sinsheim y Eppingen, importantes unidades badenses
y que el propio Mieroslawski había pasado de riguroso incógnito
estando a punto de ser detenido en Sinsheim. La artillería se mos
traba inquieta y hasta nuestros estudiantes comenzaban a gruñir.
La artillería fue enviada a la retaguardia, mientras nosotros mar
chábamos hacia Hilsbach. Aquí pudimos averiguar algo más preci
so acerca de la retirada del ejército del Neckar, efectuada desde hacía
ya cuarenta y ocho horas, y acerca de los bávaros, que se hallaban
en Sinsheim, a hora y media de nosotros. Se decía que eran unos
7 ooo, pero su número ascendía, como más tarde averiguamos, a

unos 10 000. Nuestra tropa contaba, cuando mucho, 700 hombres.
Ya no podía seguir la marcha. La alojamos, pues, en pajares, como
de costumbre, siempre que queríamos tenerlos concentrados lo más
posible; apostamos fuertes puestos de guardia y nos acostamos a
dormir. A la mañana siguiente, el día 24, al ponernos en marcha,
oímos muy claramente el paso de las tropas bávaras. No habría
pasado media hora de nuestra partida cuando los bávaros entraban
en Hilsbach.
Mieroslawski había pernoctado en Sinsheim dos días antes, el
22, y estaba ya con sus tropas en Bretten cuando nosotros llegamos
a Hilsbach. Había pasado también al otro lado Becker, que manda
ba la retaguardia. Mal pudo, pues, pasar la noche del 23 al 24 en
Sinsheim, como afirma Struve, en la página 308, pues a las ocho de
la noche, y tal vez ya antes, se hallaban allí los bávaros, que al atar
decer del día anterior habían presentado un pequeño combate a
Mieroslawski. La retirada de éste de Wagháusel a Bretten por Heidelberg ha sido representada por quienes en ella tomaron parte
como una maniobra sumamente peligrosa. No cabe duda de que
las operaciones realizadas por Mieroslawski desde el 20 hasta el 24
de junio, la rápida concentración en Heidelberg de un cuerpo de
tropas con el que se lanzó contra los prusianos, y su veloz retirada
después de perder la batalla de Wagháusel, constituyen la parte más
brillante de toda su actuación en Badén. Sin embargo, que esta
maniobra no era, en modo alguno, tan peligrosa frente a un ene
migo tan indolente como aquel a que se enfrentaba lo demuestra
nuestra propia retirada de Hilsbach, llevada a cabo veinticuatro
horas más tarde, con nuestra pequeña unidad, sin que nadie nos
molestase. Pasamos incluso, sin ser atacados por nadie, el desfilade
ro de Flehingen/ donde ya el 23 había esperado un ataque Mieros
lawski, y marchamos hacia Büchig. Habíamos decidido quedarnos
allí para cubrir contra una posible primera embestida la posición
en que Mieroslawski había acampado cerca de Bretten.
f En la Revue dice: “Flesingen”
í

Por dondequiera que pasábamos Eppingen, Zaisenhausen, Flehingen, la gente nos miraba asombrada, pues ya habían desfilado
todas las unidades del ejército del Neckar, incluso la retaguardia.
Cuando, al entrar en Büchig, nuestro corneta dio el toque, se pro
dujo un verdadero pánico. Un destacamento de la Guardia Cívica
de Bretten, que hacía requisa de víveres para el campamento de Mieroslawski, nos tomó por prusianos y dio el más lamentable espec
táculo de desorden, hasta que, al doblar nosotros la esquina, vieron
nuestras blusas y se tranquilizaron. Nos hicimos inmediatamente
cargo de los víveres, y apenas los habíamos devorado cuando tuvi
mos que ponernos de nuevo en marcha hacia Bretten, ante la no
ticia de que Mieroslawski había salido de allí con todas sus tropas.
Pernoctamos en Bretten mientras la Guardia Cívica establecía
puestos avanzados. Habíamos requisado carros, destinados a trans
portar toda la unidad a Ettligen a la mañana siguiente. No nos que
daba más camino que aquél para unirnos al grueso de nuestro ejér
cito, puesto que Bruchsal había caído en manos de los prusianos ya
el día 24 y no queríamos aventurarnos a un combate, caso de que
estuviera ocupado por el enemigo el camino hacia Durlach, pasan
do por Diedelsheim (como en efecto lo estaba según supimos más
tarde).
En Bretten vino a vernos una delegación de los estudiantes para
comunicarnos que no les gustaba tener que marchar a todas horas
delante del enemigo y pedir que los autorizáramos a retirarse. Les
contestamos, como es natural, que a la vista del enemigo no se licen
ciaba a nadie, pero que eran muy dueños de desertar de las filas si
querían. En vista de ello, se retiró como la mitad de la compañía;
los demás no tardaron en desertar uno a uno, y sólo quedaron en
sus puestos los tiradores. Hay que decir que, en general, durante la
campaña, los estudiantes se comportaron como unos señoritos
medrosos, que insistían en que se les iniciara en todos los planes y
operaciones, se quejaban de sus pies llagados y gruñían cuando la
campaña no resultaba tan agradable como una excursión de vaca
ciones. Sólo algunos de estos “representantes de la intelectualidad”,

la excepción, se distinguían por su carácter auténticamente revolu
cionario y su brillante valentía.
Más tarde, nos enteramos de que el enemigo había entrado en
Bretten media hora después de salir nosotros. Llegamos a Ettlingen, donde el señor Corvin-Wiersbitzki nos invitó a marchar hacia
Durlach, lugar en que Becker pensaba contener al enemigo hasta la
evacuación de Karlsruhe. Willich mandó a un jinete de la caballería
ligera con unas letras para Becker preguntándole si era su propósi
to permanecer allí algún tiempo; el mensajero volvió con la noticia
de que se había encontrado por el camino con las tropas de Becker,
ya en plena retirada. En vista de ello, emprendimos la marcha hacia
Rastatt, donde se concentraron todos los efectivos.
El camino a Rastatt presentaba un cuadro del más completo
desorden. Las más diversas unidades marchaban o acampaban mez
cladas y confundidas en abigarrada masa, y nos costó trabajo man
tener unidas a nuestras tropas bajo un calor abrazador y en medio
de la confusión general. En la explanada delante de los muros de
Rastatt acamparon las tropas del Palatinado y algunos batallones
badenses. Las filas del Palatinado estaban ya muy mermadas. La
mejor de sus unidades, la del Hesse renano, había sido concentrada
en Karlsruhe, antes del combate de Ubstadt, por los señores Zitz y
Bamberger. Estos valerosos combatientes por la libertad hicieron
saber a la tropa que todo estaba perdido, que la superioridad del
enemigo era enorme y que todavía estaban a tiempo de regresar
todos a sus tierras sin correr peligro. Ellos, el fogoso parlamentario
Zitz y el arrojado Bamberger, no querían cargar sobre su concien
cia un derramamiento de sangre inocente y otros desastres, por lo
cual declaraban que la unidad quedaba licenciada. Como es natu
ral, los soldados del Hesse renano dieron rienda suelta a su indig
nación ante aquella sugestión infame, detuvieron a los dos traido
res y querían fusilarlos; hasta el mismo d’Ester y el gobierno del
Palatinado los buscaron para detenerlos. Pero los honorables ciu
dadanos habían emprendido ya la fuga, y el aguerrido Zitz asistió
al curso ulterior de la campaña desde la segura Basilea. Lo mismo

en septiembre de 1848, que en mayo de 1849, con su letra “gótica”,600
el señor Zitz se mostró como el fanfarrón parlamentario que más
incitaba al pueblo a la insurrección, ocupando en las dos ocasiones
un puesto glorioso entre los que primero dejaron en la estacada al
pueblo en armas. Y en Kirchheimbolanden volvió a figurar entre
los primeros desertores, mientras sus tiradores se batían y caían
fusilados.
La unidad del Hesse renano, ya de suyo muy mermada por las
deserciones, como todas, y desanimada por la retirada hacia Badén,
perdió momentáneamente su entereza. Parte de las tropas se sepa
raron y marcharon a sus casas; las demás se reagruparon y siguie
ron peleando hasta el final de la campaña. El resto de las tropas
quedaron desmoralizadas al recibir, en Rastatt, la noticia de que
serían amnistiados cuantos regresaran a sus casas antes del 5 de
julio. Se dispersaron más de la mitad, los batallones quedaron redu
cidos a compañías, desaparecieron en su mayoría los oficiales sub
alternos, y los mil doscientos hombres sobre poco más o menos que
quedaron en sus puestos, no servían absolutamente para nada.
También nuestra unidad, aunque, no desmoralizada ni mucho
menos, quedó reducida a poco más de 500 hombres, por las bajas,
las enfermedades y la deserción de los estudiantes.
Fuimos a alojarnos a Kuppenheim, donde se hallaban ya otras
tropas. A la mañana siguiente me trasladé con Willich a Rastatt.
Aquí volvía a encontrarme con Molí
Las víctimas más o menos cultas de la insurrección de Badén
han sido recordadas y glorificadas con toda clase de homenajes, en
la prensa, en las sociedades democráticas, en verso y en prosa. Pero
los centenares y miles de obreros que pelearon hasta el final, que
cayeron en los campos de batalla, que se pudrieron vivos en las casa
matas de Rastatt o que, refugiados en el extranjero, son ahora, de
Franz Zitz presentó una propuesta en Francfort del Meno, el 17 de septiembre de 1848,
durante una concurrida asamblea popular, contra la inactividad de la Asamblea de Francfort
y contra su política paternalista en torno a la cuestión de los ducados de Schleswig y Holstein. Expresó también, en un documento enviado a la Asamblea, que debía ya escribirse en
letra gótica, para los futuros acuerdos que se decidan, lo que ha sido dicho en las sesiones.

**■
todos los evadidos, los únicos que apuran en el destierro hasta las
heces de la miseria, de esos no se acuerda nadie. La explotación de
los obreros es un espectáculo demasiado usual y cotidiano, consa
grado por la tradición para que nuestros “demócratas” oficiales vean
en los obreros algo más que una materia agitable, explotable y
explosiva, simple carne de cañón. Nuestros “demócratas” son dema
siado ignorantes y demasiado burgueses para poder comprender la
posición revolucionaria del proletariado y el porvenir de la clase
obrera. Por eso odian a aquellos temperamentos auténticamente
proletarios cuyo orgullo no permite adularlos y cuya penetración
les impide dejarse utilizar por ellos, pero que, cuando se trata de
derrocar cualquier poder existente, se presentan directamente en
todos los movimientos revolucionarios al partido del proletariado.
Pero si a los llamados demócratas no les interesa mostrar su reco
nocimiento a estas figuras de los obreros, es deber del proletariado
honrarlos como se merecen. Y entre los mejores de esos obreros hay
que contar a uno: Joseph A^oll, de Colonia.
Molí era de oficio relojero. Había pasado varios años fuera de
Alemania y participado, en Francia, Bélgica e Inglaterra, en todas
las sociedades revolucionarias públicas y secretas. Fue, en r840, uno
de los fundadores de la Asociación Central de Obreros Alemanes de
Londres.601 Regresó a Alemania después de la revolución de Febre
ro, y pronto asumió, en unión de su amigo Schapper, la dirección
de la Asociación obrera de Colonia.602 Refugiado en Londres desde
601 Asociación Central de Obreros Alemanes de Londres: organización obrera fundada en
Londres el 7 de febrero de 1840 por Karl Shapper, Joseph Molí, Heinrich Bauer y otros miem
bros más de la Liga de los Justos, más tarde Liga de los Comunistas, misma en la que desem
peñarían también un papel de importantes dirigentes. En 1847 y 1849-1850, Marx y Engels
participaron muy activamente en esta organización de trabajadores exiliados. El 17 de sep
tiembre de 1850 se separaron de ella con motivo de la política sectaria de su Comité Central,
dirigido entonces por los dirigentes Willich y Shapper. A fines de los años cincuenta, Marx y
Engels volvieron a participar en los trabajos de la Asociación de Cultura Obrera de Londres,
que siguió funcionando hasta que el gobierno inglés la declaró disuelta en 1918.
602 Asociación obrera de Colonia: organización obrera fundada el 13 de abril de 1848 por
miembros de la Liga de los Comunistas en la ciudad de Colonia. Marx y Engels, enfrentados
a las tendencias sectarias que dominaban al movimiento obrero, lograron afianzar esta orga
nización, que en mayo de 1848 contaba con 7 000 miembros. Desde julio de 1848 Joseph Molí

la refriega producida en Colonia en septiembre de i848,603 se rein
tegró en seguida a Alemania bajo un nombre falso, realizó una labor
de agitación en las más diversas regiones y asumió misiones que
asustaban a cualquier otro por su peligroso carácter. Volví a encon
trarme con él en Kaiserslautern. También aquí se hizo cargo de tra
bajos para ser realizados en Prusia y que, de haber sido descubier
tos, le habrían valido inmediatamente unas cuantas balas en la
cabeza. A la vuelta de su segunda misión, cruzó venturosamente
todas las líneas enemigas hasta llegar sano y salvo a Rastatt, donde
inmediatamente se incorporó a la compañía obrera de Besançon,
encuadrada en nuestra unidad. Tres días después caía peleando. Yo
perdí en él a un viejo amigo y el partido perdió con su muerte a
uno de sus paladines más incansables, intrépidos y seguros.
El partido del proletariado estaba bastante bien representado
en el ejército de Badén y el Palatinado, principalmente en los cuer
pos francos como el nuestro, en la legión de los refugiados, etc., y
puede sin temor desafiar a todos los demás partidos a que formu
len ni la más leve censura contra uno solo de sus miembros. Los
comunistas más decididos eran los soldados más valientes. Al día
siguiente, el 27, nos desplazamos un poco más hacia la montaña, a
Rothenfels. Poco a poco, fueron aclarándose la distribución del ejér
cito y la localización de las diversas unidades. Nosotros pertenecía
mos a la división del ala derecha, mandada por el coronel Thome,
el que en Meckesheim había querido detener a Mieroslawski604 y a
quien puerilmente se había respetado en su mando, y a partir del
»
fue su presidente; en septiembre fue designado el propio Marx para ese cargo y en febrero
de 1849, Shapper. Contaba entre sus principios y principal objetivo elevar la conciencia de
clase entre las clases trabajadoras de Alemania. Al triunfo de la contrarrevolución, perdió su
carácter político y pasó a convertirse en una asociación obrera más.
603 El 25 de septiembre de 1848 las autoridades de Colonia detuvieron a varios dirigentes
obreros con objeto de provocar una insurrección y acabar con el movimiento obrero local.
Sin embargo, los obreros de Colonia, prevenidos por Marx y Engels, no se dejaron engañar.
El 26 de septiembre se declaró en la ciudad el estado de sitio y se suspendió temporalmente
la publicación de la Nueva Gaceta Renana y otros periódicos democráticos. A raíz de estos
hechos, Dronke, Molí, Engels y otros dirigentes más se vieron obligados a salir al extranjero.
604 Véase supra, nota 562.

27 por Mersy. Willich, quien rechazó el mando de las tropas del
Palatinado que Sigel le ofrecía, actuaba como jefe de estado mayor
de la división. La división cubría el sector desde Gernsbach y la
frontera würtemburguesa hasta más allá de Rothenfels y se apoya
ba por el flanco izquierdo en la división Oborski, concentrada en
torno a Kuppenheim. La vanguardia había avanzado hasta la fron
tera y hacia Zulzbach, Michelbach y Winkel. El avituallamiento, al
principio desordenado y malo, comenzó a mejorar desde el 27.
Nuestra división estaba formada por varios batallones de línea
badenses, las tropas que quedaban del Palatinado al mando del
héroe Blenker, nuestra unidad y una o una y media baterías de arti
llería. Las tropas palatinenses se hallaban en Gernsbach y los alre
dedores; las de línea y nosotros, en Rothenfels y sus inmediaciones.
Por último, el cuartel general había sido instalado en el Hotel Zur
Elisabethenquelle, muy cerca de Rothenfels.
El día 28 después de comer, estábamos a la mesa, en este Hotel,
tomando el café — el estado mayor de la división y el de nuestra
unidad, con Molí, Kinkel y otros voluntarios— , cuando llegó la
noticia de que nuestras avanzadas habían sido atacadas por los pru
sianos cerca de Michelbach. Nos pusimos en marcha inmediata
mente, aunque teníamos todas las razones para suponer que el ene
migo sólo trataba de reconocer el terreno. Y no era, en efecto, otra
cosa. La aldea de Michelbach, situada en el fondo del valle y
momentáneamente ocupada por los prusianos, había sido recupe
rada ya por nuestras tropas antes de que nosotros llegáramos. Des
de ambas laderas se tiroteaba por encima del valle, desperdiciando
mucha munición. Yo sólo vi un muerto y un herido. Mientras las
tropas de línea disparaban sus cartuchos inútilmente a distancias
de 600 a 800 pasos, Willich ordenó a nuestros hombres que junta
sen tranquilamente los fusiles y se sentaran a descansar, pegados a
los supuestos combatientes y en medio del supuesto fuego. Sólo los
tiradores bajaron por la ladera y, apoyados por las tropas de línea,
desalojaron a los prusianos de la altura de enfrente. Uno de nues
tros tiradores, con su tremendo mosquetón, que era casi un cañón

portátil, desmontó de un tiro a unos novecientos pasos de distan
cia a un oficial prusiano, montado en su caballo, después de lo cual
toda su compañía dio media vuelta y volvió a internarse en el bos
que. Cayeron en nuestras manos una cierta cantidad de muertos y
heridos prusianos y dos prisioneros.
Al día siguiente, se desplegó el ataque general en toda la línea.
Esta vez, los señores prusianos nos interrumpieron en la comida
del mediodía. El primer ataque del que se nos informó fue dirigido
contra Bischweier, es decir, contra el punto de comunicación de la
división de Oborski con la nuestra. Willich insistió en que nuestras
tropas se mantuvieran dispuestas a entrar en acción cerca de
Rothenfels, ya que el ataque principal debía esperarse, desde luego,
en la dirección opuesta, por Gernsbach. Pero Mersy le contestó: ya
sabemos lo que ocurre en estos casos; si es atacado uno de nuestros
batallones y los demás no acuden en masa a socorrerlo, se clama:
“¡Traición!”, y todo el mundo se da a la fuga. En vista de lo cual, se
ordenó marchar hacia Bischweier.
Willich y yo nos dirigimos, con la compañía de tiradores, por el
camino que Bischweier, siguiendo la orilla derecha del río Murg.
Media hora antes de Rothenfels, topamos con el enemigo. Los tira
dores se desplegaron en línea y Willich retrocedió a caballo para hacer
avanzar a la unidad, que venía un poco rezagada. Nuestros tiradores,
guarecidos detrás de los árboles frutales y los viñedos, resistieron
durante algún tiempo un tiroteo bastante intenso contestado por
ellos con no menor intensidad. Pero cuando una fuerte columna ene
miga avanzó por la calzada para proteger a sus tiradores, el ala
izquierda de los nuestros cedió y no fue posible contenerla a pesar de
todas las amonestaciones. El ala derecha había seguido avanzando
hacia las alturas y fue recogida más tarde por nuestra unidad.
Cuando me di cuenta de que no había nada que hacer con los
tiradores, los abandoné a su suerte y me dirigí a las alturas, donde
veía tremolar las banderas de nuestra unidad. Había quedado atrás
una compañía; su capitán, un sastre, por lo demás un muchacho
valiente, no sabía qué hacer. La llevé con el resto de la tropa y encon

tré a Willich, en el momento en que emplazaba a la compañía de
Besançon en vanguardia, en línea de tiro, colocando al resto de la
tropa detrás, en dos escalones y enviando por delante, hacia la mon
taña, a una compañía encargada de cubrir el flanco derecho.
Nuestros tiradores fueron recibidos por un violento fuego de
fusilería. Tenían delante a los tiradores prusianos y los obreros
de nuestra tropa sólo disponían de mosquetes para hacer frente a
los fusiles de bala cónica del enemigo. No obstante, protegidos por
el ala derecha, que avanzaba hacia ellos, presionaron con tal deci
sión, que la corta distancia, sobre todo del ala derecha, no tardó en
compensar la condición inferior de sus armas, rechazando a los
prusianos. Las dos líneas situadas más atrás quedaban muy cerca
de la línea de los tiradores. Entre tanto, habían sido emplazadas en
el valle del río Murg, a nuestra izquierda, dos piezas de artillería
badenses, que abrieron fuego contra la infantería y la artillería pru
sianas situadas en el camino.
Como una hora duraría el combate librado allí bajo un intenso
fuego de fusilería y haciendo retroceder continuamente a los pru
sianos — algunos de nuestros tiradores habían avanzado ya hasta
Bischweier— , cuando el enemigo recibió refuerzos e hizo avanzar a
sus batallones. Nuestros tiradores se replegaron; la primera línea
abrió fuego de pelotón; la segunda se retiró un trecho hacia la
izquierda, a un camino cubierto, y abrió también fuego. Pero los
prusianos presionaron en masas compactas y en toda la línea; los dos
cañones de Badén que cubrían nuestro flanco izquierdo habían
retrocedido ya; por el flanco derecho descendían de la montaña los
prusianos, y no tuvimos más remedio que batirnos en retirada.
Una vez fuera del alcance del fuego graneado del enemigo, toma
mos nuevas posiciones en los linderos de las montañas. Así como
antes dábamos frente a los llanos del Rin, a Bischweier y Niederweier, ahora mirábamos hacia la montaña, ocupada por los prusia
nos desde Oberweier. Por fin, pasaron también a la línea de comba
te los batallones de línea y se incorporaron a la lucha, en unión de
dos compañías de nuestra unidad, enviadas de nuevo por delante.

Habíamos experimentado grandes bajas. Perdimos aproxima
damente treinta hombres, entre ellos a Kinkel y a Molí, sin contar
los cañones reventados. Aquellos dos combatientes habían avanza
do excesivamente, con el ala derecha de su compañía y algunos tira
dores. El capitán de esta tropa, jefe de guardabosques Emmermann,
de Thronecken, en la Prusia renana, que marchaba contra los pru
sianos como si fuese a cazar liebres, los condujo a un punto desde
el que abrieron fuego contra un tren de artillería prusiana, obligán
dolo a replegarse rápidamente. Pero, poco después, salió de un
camino cubierto una compañía enemiga y tiró contra ellos. Kinkel
rodó, con un tiro en la cabeza, y sus compañeros tiraron de él, has
ta que pudo ponerse en pie y caminar; pero, pronto se vieron en
medio de un fuego graneado y tuvieron que salir de allí como
pudieron. Kinkel, no pudiendo seguir adelante, se refugió en una
alquería, donde los prusianos lo tomaron prisionero y lo maltrata
ron; Molí, que había recibido un tiro en el vientre, cayó también
prisionero y murió después a consecuencia de la herida. También
Zychlinski había recibido una bala de rebote en la nuca, que no le
impidió, afortunadamente, seguir formando parte de nuestra uni
dad combatiente.
Mientras el grueso de la tropa se mantenía en su sitio y Willich
cabalgaba a otro sector del frente, yo corrí al puente sobre el Murg,
por debajo de Rothenfels, que era una especie de lugar de concen
tración. Quería tener noticias de lo que pasaba en Gernsbach. Pero,
antes de que llegara allí, vi ya la columna de humo anunciadora del
incendio de Gernsbach y, una vez en el puente, me enteré de que
desde allí se había oído el cañoneo. Más tarde, acudí de nuevo al
puente; cada vez eran peores las noticias que se recibían de Gernsbachs y aumentaba el numero de tropas de línea de Badén reunidas
detrás del puente, las cuales apenas habían entrado en fuego y esta
ban ya desmoralizadas. Supe, por último, que el enemigo se hallaba
ya en Gaggenau. No había tiempo que perder para hacer frente a
g En la R e v u e dice: “Gernsberg”

Rothenfels, llevando con él cuatro cañones que acababan de caer
en sus manos. Yo fui a recoger las dos compañías de tiradores, que
entre tanto habían avanzado. Por todas partes me salían al encuen
tro tropas de línea, muchas de ellas sin oficiales. Un destacamento
venía mandado por un médico que aprovechó la ocasión para pre
sentárseme con estas palabras. “Seguramente me conocerá usted;
soy Neuhaus, el jefe del movimiento de Turingia.” Aquellas magní
ficas personas habían pegado en todas partes a los prusianos y vol
vían ahora sobre sus pasos, porque no encontraban ya por ningún
lado al enemigo. No encontré en ningún sitio a nuestras compañías
—que, por la misma razón, se habían vuelto atrás por Rothenfels—
y me dirigí de nuevo hacia el puente.
Encontré allí a Mersy, con su estado mayor y sus tropas. Le pedí
que me entregara, al menos, dos compañías para apoyar a Willich.
He aquí su respuesta: “Llévese usted la división entera, si puede
hacer algo con esa gente”. Los mismos soldados que habían hecho
retroceder al enemigo en todos los puntos, que sólo llevaban cinco
horas en pie, aparecían ahora tirados sobre los campos, deshechos,
desmoralizados, incapaces del menor esfuerzo. Los había abatido la
noticia de que se hallaban copados en Gernsbach. Seguí mi cami
no. Me encontré con una compañía de vuelta de Michelbach, en la
que tampoco había movimiento alguno. Cuando volví a reunirme
con la unidad en nuestro anterior cuartel general, afluían de Gaggenau los palatinenses fugitivos: Pistol Zinn con sus huestes, ahora
armadas de mosquetes. Mientras Willich buscaba y había encon
trado una posición que dominaba el valle del Murg y ofrecía impor
tantes ventajas para un combate simultáneo de tiradores, habían
pasado por allí los artilleros con los cañones, sin que el capitán
pudiera contenerlos. Estaban ya de nuevo en el puente con Mersy.
Willich me mostró una nota de este jefe en la que le decía que todo
estaba perdido y que se retiraba a Oos. No nos quedaba más opción
que hacer lo mismo y marchamos inmediatamente hacia la monta
ña. Serían como las siete.
En Gernsbach, las cosas habían ocurrido del siguiente modo.

Las tropas de Peucker, que ya algunos días antes habían avistado a
nuestras patrullas cerca de Herrenalb, en territorio würtemburgués,
llevaron con ellas a los hombres de Württemberg apostados en la
frontera y atacaron a Gernsbach el 29 por la tarde, después de mover
a nuestros puestos avanzados, mediante la traición, a que se retira
sen; se acercaron a ellos, gritándoles que no tirasen, que eran her
manos, después de lo cual, y ya a ochenta pasos, abrieron fuego con
tra ellos, en descarga cerrada. Luego, prendieron fuego a Gernsbach
con granadas incendiarias, y cuando ya no era posible contener las
llamas, el propio señor Sigel, enviado allí por Mieroslawski para
defender a todo trance aquella posición, dio la orden de que el señor
Blenker se replegara con sus tropas, peleando. El señor Sigel no
negará esto, como no lo hizo en Berna, cuando un ayudante del
señor Blencker relató ese curioso detalle en presencia suya, es decir,
del mismo señor Sigel, y de Willich. Con esta orden, la de entregar
“peleando” (!) lo que era la clave de toda la posición del Murg, se
perdía, naturalmente, el combate en toda la línea y, con él, la últi
ma posición del ejército de Badén.
Por lo demás, hay que decir que la victoria por ellos lograda en
Rastatt no cubrió precisamente de gloria a los prusianos. Nosotros
disponíamos de 13 000 hombres, en su mayoría desmoralizados y,
salvo pocas excepciones, lamentablemente mandados; en cambio,
el ejército prusiano, contando con las tropas del Reich que avanza
ron sobre Gernsbach, sumaba por lo menos 60 000 hombres. Pues
bien, a pesar de esta gigantesca superioridad de fuerzas, no se atre
vieron a lanzar ningún ataque frontal serio, sino que recurrieron,
para derrotarnos, a una cobarde traición, violando el territorio neu
tral de Württemberg, vedado para nosotros. E incluso en esa trai
ción no les habría servido de gran cosa, por lo menos de momento,
no les habría eximido en definitiva de lanzar un ataque frontal deci
sivo, si Gernsbach no hubiese estado tan inconcebiblemente mal
defendido y si el señor Sigel no hubiese dado esa deplorable orden
de que hemos hablado más arriba. La posición mantenida por nos
otros, que no tenía, por lo demás, nada de formidable, nos habría

sido arrebatada al día siguiente, de ello no cabe la menor duda; pero
la victoria les habría costado a los prusianos sacrificios mucho
mayores y habría quebrantado considerablemente su fama militar.
Así, prefirieron burlar la neutralidad de Württemberg, y este Esta
do dejó las cosas correr.
Nos retiramos cruzando la montaña, a Oos, con una fuerza que
apenas llegaría a 450 hombres, encontramos el camino lleno de tro
pas, en el mayor desorden, de carros, cañones, etc., todo revuelto
en medio de un tremendo desbarajuste. Atravesamos aquella aldea
y nos detuvimos a descansar en Sinzheim. A la mañana siguiente,
reunimos detrás de Bühl a una parte de los fugitivos; seguimos
camino y pernoctamos en Oberacher. Aquel día, se entabló el últi
mo combate; la legión polaco-alemana, con algunas otras tropas de
la división Becker, derrotó cerca de Oos a las tropas del Reich y les
arrebató un mortero (meclemburgués), que luego fue transporta
do hasta Suiza.
El ejército estaba ya completamente desintegrado. Mieroslawski
y los demás polacos depusieron sus mandos; el coronel Oborski
había abandonado ya su puesto en el campo de batalla, al anoche
cer del día 29. Pero esta desintegración momentánea no significaba
gran cosa. Las tropas del Palatinado se habían desintegrado ya tres
o cuatro veces, para agruparse de nuevo tanto bien que mal. Que
daban todavía dos recursos que intentar: irse retirando con la mayor
lentitud posible, incorporando a la tropa a todos los hombres que
se pudiera movilizar en las comarcas evacuadas y concentrar rápi
damente a los efectivos movilizados en las tierras altas, en la zona
de Friburgo y en la de Donaueschingen. Estos dos recursos habrían
ayudado a restablecer pronto y pasablemente el orden y la discipli
na y habrían permitido presentar una última batalla, ya sin pers
pectiva, pero honrosa, en el Kaiserstuhl, cerca de Friburgo. Pero los
jefes, tanto los civiles como los militares, estaban más desmoraliza
dos que los soldados. Abandonaron a su suerte al ejército y a todo
el movimiento y siguieron retrocediendo, abatidos, sin saber qué
hacer, destrozados.

Desde el ataque a Gernsbach, se había extendido el pánico a ver
se cercados por la parte de Württemberg y eso contribuyó mucho a
la desmoralización general. Con objeto de cubrir la frontera würtemburguesa, la unidad de Willich pasó ahora a la montaña, por el
valle de Kappel, llevando consigo dos morteros de montaña (algu
nos otros cañones que nos habían sido asignados no quisieron mar
char de Kappel en adelante). Nuestra marcha a través de la Selva
Negra, en la que no avistamos a ningún enemigo, fue una verdade
ra excursión de placer. El i de julio, llegamos a Oppenau, pasando
por Allerheiligen, y el 2 a Wolfach, después de atravesar la cumbre
del Hundskoff. Allí nos enteramos el 3 de julio de que el gobierno
se encontraba en Friburgo, y de que se pensaba abandonar también
esa ciudad. Eso nos determinó a ponernos en seguida en marcha
hacia Friburgo: queríamos obligar a los señores del gobierno y al
alto mando, desempeñado ahora por el héroe Sigel, a que no aban
donara la ciudad sin lucha. Era ya tarde cuando salimos de Wolfach
y llegamos a Waldkirch casi entrada la noche. Allí nos enteramos
de que Friburgo había sido ya evacuado y de que el gobierno y el
cuartel general se habían trasladado a Donaueschingen. Al mismo
tiempo, nos fue comunicada la orden terminante de ocupar y atrin
cherar el valle de Simón y de establecer nuestro cuartel general en
Furtwangen. Tuvimos que retroceder, pues, hasta Bleibach.
El señor Sigel había apostado ahora sus tropas detrás de las
montañas de la Selva Negra. La línea defensiva había sido trazada
desde Lörrach, pasando por Todtnau y Furtwangen, hasta la fron
tera de Württemberg, en dirección a Schramberg. Formaban el ala
izquierda Mersy y Blenker, que fueron a estacionarse al Lörrach,
siguiendo el valle del Rin; seguía el señor Dolí, antiguo commis
voyageur,h quien, en calidad de general de Hecker, había sido ascen
dido a divisionario y se hallaba en el valle de Höllen; venía luego
nuestra unidad estacionada en Furtwangen y el valle de Simón y,
por último, en el ala derecha, Becker, quien ocupaba Sankt Geor
gen y Triberg. Detrás de la montaña, con la reserva, el señor Sigel
h Viajante de comercio.

en Donaueschingen. Las fuerzas combatientes, aunque muy debili
tadas por efecto de las deserciones y a las que no se había sabido
reforzar mediante la movilización de nuevos elementos, sumaban
todavía 9 000 hombres y 40 cañones.
Las órdenes que se nos comunicaban desde el cuartel general,
primero en Friburgo y luego en Neustadt, junto al río Gutach,1 y
por último en Donaueschingen, denotaban el más impávido des
precio por la muerte. Aunque se esperaba que el enemigo los ataca
ra por la espalda a través de Württemberg, por Rottweil y Villingen, había la decisión de batirlo y de sostenerse a toda costa en las
alturas de la Selva Negra, y además, según rezaba una de estas órde
nes, “casi sin prestar atención a los movimientos del enemigo”. Es
decir, desde Donaueschingen el señor Sigel se aseguraba una glo
riosa retirada sobre territorio suizo. Fácil de llevar a cabo en cuatro
horas; lo que nos sucediera a nosotros, cercados en la montaña, ya
lo averiguaría con toda calma y tranquilidad de espíritu, una vez
que estuviese en Schaffhausen. Pronto veremos qué fin tan diverti
do había de tener este desprecio a la muerte.
El día cuatro llegamos a Furtwangen con dos compañías (160
hombres). El resto de las fuerzas se destinó a ocupar el valle de
Simón y los pasos de Gütenbach y St. Margen J Por este último pun
to manteníamos contacto con la unidad de Dolí y por Schónwald
con Becker. Todos los pasos fueron defendidos por barricadas.
Pasamos en Furtwagen el día 5. El 6 recibimos de Becker la noti
cia de que los prusianos avanzaban sobre Villingen605 con la inti
mación a atacarlos por Vohrenbach, para apoyar la operación de
Sigel. Al mismo tiempo, nos hacía saber que su unidad principal
estaba debidamente atrincherada en Triberg, a donde él mismo se
trasladaría tan pronto Sigel tomara Villingen.
No cabía ni pensar en un ataque de nuestra parte. Disponíamos
1 En la Revue dice: “Wutach”.
1 En la Revue dice: “St. Morgen”
605 Véase acerca de esto el libro de Johann Philipp Becker y Christian Essellen, Geschichte
der süddeutschen Mai-Revolution des Jahres 1849, Ginebra, 1849.

8oo
»•
de menos de 450 hombres para mantener ocupadas tres millas cua
dradas de terreno, y no podíamos, por tanto, prescindir de un solo
soldado. No podíamos movernos de allí, y así se lo hicimos saber a
Becker. Poco después, se recibió un despacho del cuartel general,
en el que se ordenaba a Willich se presentara inmediatamente en
Donaueschingen para hacerse cargo del mando de toda la artillería.
Nos disponíamos a ejecutar rápidamente esta orden cuando vimos
entrar en Furtwangen una columna de la Milicia Popular, seguida
de artillería de varios batallones de infantería. Era Becker, con su
unidad. Decíase que la tropa se hallaba en plan de rebelión. Me
informé por un oficial de estado mayor, amigo mío, el “comandan
te” Nerlinger, y pude averiguar lo que sigue. Nerlinger, que manda
ba la posición cercana a Triberg, acababa de mandar cavar trinche
ras cuando el cuerpo de oficiales le presentó una declaración escrita
firmada por todos ellos, manifestando que la tropa se hallaba en
estado de rebelión, y que si no se daba inmediatamente la orden de
partir, la darían ellos, desfilando con todos sus hombres. Contem
plé las firmas: ¡era, una vez más, el valiente batallón Dreher-Obermüller! Nerlinger no podía hacer otra cosa que poner en conoci
miento de ello a Becker y marchar hacia Furtwangen; Becker se puso
inmediatamente en camino, para alcanzarlos, y fue así como llegó
con todas sus tropas a Furtwangen, donde los asustados oficiales y
soldados fueron recibidos por nuestra gente con tremendas carca
jadas. Ante semejante recibimiento, se avergonzaron, y a la caída de
la tarde pudo Becker llevarlos de nuevo a sus posiciones.
Mientras tanto, nosotros rodábamos hacia Donaueschingen,
seguidos por la compañía de Besançon. Eos prusianos se acercaban
ya en enjambre a la calzada; Villingen se hallaba en sus manos. Pudi
mos, sin embargo, llegar a nuestro destino sin que nos atacaran, y
como a las diez de la noche llegaron también los de Besançon. En
Donaueschingen encontré a d’Ester, por quien me enteré de que
el señor Struve había exigido en la Constituyente de Friburgo606 el
606 Véase su pray nota 582.

inmediato paso a Suiza, alegando que todo estaba perdido y que el
señor Blenker había seguido el consejo, pasando a territorio suizo
ya en la mañana de hoy, cerca de Basilea. Por su parte, el héroe Blen
ker había cruzado a Basilea el 6 de julio, a pesar de ser quien más
distante se hallaba del enemigo. Sólo se había tomado el tiempo
necesario para proceder a ciertas requisas de un carácter especial,
que darían pie, entre él y el señor Sigel, y más tarde por parte de las
autoridades suizas, a algunos rumores poco edificantes. Y el héroe
Struve, el mismo que el 29 de junio607 declaraba traidores al pueblo
al señor Brentano y a cuantos querían negociar con el enemigo, el 2
de julio, es decir, tres días después, se hallaba tan abatido que no se
recató para formular en una sesión secreta de la Constituyente de
Badén la siguiente proposición:
Para evitar que tanto las tierras altas como las bajas sufran los horrores
de la guerra y se siga derramando una sangre preciosa, y puesto que debe
salvarse lo que aún puede salvarse (!), tanto la Asamblea territorial como
cuantos toman parte en la revolución deberán percibir sus emolumentos
hasta el 10 de julio más los viáticos correspondientes, y todo el mundo se
retirará a territorio suizo, con cajas, armas, provisiones, etcétera.
Tal fue la hermosa proposición presentada por el valiente Struve
el 2 de julio, cuando nosotros nos encontrábamos todavía en Wolfach, en lo alto de la Selva Negra, a diez horas de Friburgo y a veinte
horas de la frontera suiza. El señor Struve comete la simpleza de con
tar él mismo este episodio en su Historia (pp. 237 y s.), jactándose
encima de ello. La única consecuencia que esta propuesta habría
tenido, de haber sido aceptada, habría sido el que los prusianos nos
acosaran todo lo posible para “salvar lo que aún podía salvarse”, es
decir, para arrebatarnos las cajas, las armas y las provisiones, puesto
que, a la vista de semejante acuerdo, estaba bien clara la posibilidad
de hacerlo sin correr el menor riesgo; con ello se habría corrido, en
607 Struve hizo esta declaración en forma de propuesta el 28 de junio de 1849 durante la
sesión de la Asamblea Constituyente de Friburgo.

este trance, la peor suerte, pues se mantuvo en suelo de Badén hasta
el día 12 y no se le pagó la soldada hasta el día 17.
El señor Sigel, en vez de recuperar Villingen, decidió al princi
pio apostarse en Hüfingen, detrás de Donaueschingen, y aguardar
allí al enemigo. Pero el mismo día por la tarde se acordó marchar
hacia Stühlingen, tocando a la frontera suiza. Enviamos a toda pri
sa mensajeros a caballo a Furtwangen para poner sobre aviso a
nuestra unidad y a la de Becker. Ambas deberían marchar también
hacia Stühlingen, pasando por Neustadt y Bonndorf. Willich salió
para Neustadt, al encuentro de sus tropas; yo me quedé con la com
pañía de Besançon. Pernoctamos en Riedbóhringen y llegamos a
Stühlingen al día siguiente, 7 de julio, por la tarde. El 8, el señor
Sigel pasó revista a su ejército ya medio disperso, le recomendó que
de allí en adelante no se desplazara en vehículos, sino que marcha
ra a pie (¡en la frontera!) y desapareció. Nos dejó media batería y
una orden dirigida a Willich.
Entre tanto, desde Furtwangen, se envió, primero a Becker y lue
go a nuestras compañías, estacionadas hacia adelante, la noticia de
la retirada general. Becker, quien se hallaba más cerca de Furtwan
gen que nuestras compañías, situadas delante, llegó, sin embargo,
más tarde y siguió su marcha. Tropezó con trincheras que le impi
dieron seguir marchando y de las que luego se dijo en periódicos
suizos que habían sido cavadas por nuestra unidad. Esto es falso;
nuestra unidad sólo interceptó los caminos poco más allá de las
cimas de la Selva Negra, y no precisamente en el tramo de Triberg
a Furtwangen, que ella nunca llegó a ocupar. Además, nuestras tro
pas no partieron de Furtwangen antes de que la vanguardia de Bec
ker llegara a dicha localidad,
En Donaueschingen se había convenido que los restos de todo
el ejército se concentraran detrás del río Wutach, de Eggingen a
Thiengen, aguardando allí a que se aproximara el enemigo. En
aquellas posiciones, con el flanco apoyado sobre territorio suizo,
podíamos intentar todavía, con nuestra importante artillería, un
último combate. Podíamos incluso esperar a ver si los prusianos

»•
violaban el territorio suizo, arrastrando con ello a Suiza a la guerra.
Grande fue nuestra asombro cuando, al llegar Willich, leimos en la
orden expedida a éste por el valiente Sigel: “El grueso del ejército
marchará a Thiengen y Waldshut, donde tomará sólidas posiciones
(!!). Trate usted de mantener el mayor tiempo posible la posición
(cerca de Stülingen y Eggingen)”. ¡“Sólidas posiciones” cerca de
Thiengen y Waldshut, con el Rin a la espalda y ante el frente las
alturas accesibles al enemigo! Lo que ello quería decir era, sencilla
mente, esto: hemos decidido pasar a Suiza por el puente de Sáckingen. Y, sin embargo, al presentar Struve su propuesta, el héroe Sigel
había dicho que, de aceptarse aquella propuesta, él, Sigel, sería el
primero en rebelarse.
Ocupamos nosotros mismos la posición detrás del Wutach y
distribuimos las tropas entre Eggingen y Wutóschingen, donde se
hallaba nuestro cuartel general. Aquí, recibimos un documento aún
más edificante del señor Sigel, que decía así:
Orden. Cuartel general de Thiengen, 8 de julio de 1849. Al coronel Willich,
en Eggingen. En vista de que el cantón de Schaffhausen adopta ya desde
ahora una actitud de hostilidad hacia mí, me es imposible asumir la posi
ción de que habíamos hablado. Deberás acomodar a esto tus movimien
tos y moverte hacia Griessen, Lauchringen y Thiengen. Partiré de aquí
mañana para marchar hacia Waldshut o pasar detrás del Alb (es decir,
hacia Sackingen). El general en jefe, Sigel.
Esto excedía ya todas las medidas. Al anochecer nos traslada
mos Willich y yo a Thiengen, donde Schlinke, “jefe del cuartel gene
ral”, nos confesó que, en efecto, se trataba de ir a Sackingen y de
cruzar allí el Rin. Al principio, Sigel quiso imponer un poco su cate
goría de “general en jefe”, pero Willich no se lo toleró y, por último,
lo convenció de que ordenara dar media vuelta y marchar hacia
Griessen. El pretexto de la marcha hacia Sackingen era reunirse con
Dolí, quien se había dirigido hacia aquel punto, y el ocupar una
posición supuestamente firme. Esta posición, manifiestamente la

misma desde la que Moreau había presentado combate en 1800, no
tenía más que un inconveniente: el de que daba frente a otro sitio
completamente distinto de aquel por donde venía hacia nosotros el
enemigo. Y, por lo que se refiere al noble señor Dolí, éste no tardó
en demostrar que sabía también pasar a Suiza sin el señor Sigel.
Entre los cantones de Zurich y Schaffhausen se intercala una
pequeña faja de territorio badense en el que están situadas las loca
lidades de Jestetten y Lottstetten, y que, fuera de un pequeño acce
so, la comarca de Baltersweil se halla totalmente rodeada por Suiza.
Allí debió mantenerse la última posición. Las alturas que hay detrás
de Baltersweil, a ambos lados del camino, brindaban un magnífico
emplazamiento para nuestros cañones, y nuestra infantería era
todavía lo suficientemente numerosa para cubrirlas hasta llegar, en
caso necesario, a territorio suizo. Allí se había convenido en aguar
dar hasta ver si los prusianos nos atacaban o intentaban rendirnos
por el hambre. Allí estableció su campamento el grueso del ejérci
to, al que se había unido Becker. Willich había localizado el empla
zamiento para los cañones (más tarde, encontramos allí las muni
ciones, donde debía estar su posición de combate). Nosotros
formábamos la retaguardia y fuimos acercándonos lentamente al
grueso de la tropa. El día 9, al atardecer, marchamos hacia Erzingen y el 10 hacia Riedern. Este mismo día celebramos en el campa
mento consejo general de guerra. Willich fue el único que se pro
nunció en favor de seguir manteniendo la defensa; Sigel y Becker y
los demás apoyaron la retirada a territorio de Suiza. Se había pre
sentado allí un comisario suizo, creo que el coronel Kurz, manifes
tando que Suiza denegaría el asilo si se libraba otro combate. A la
hora de votar, se quedó solo Willich, con dos o tres oficiales. De
nuestra unidad no estaba presente más que él.
Aún se hallaba Willich en el campamento, cuando la media
batería que venía con nosotros recibió la orden de ponerse en mar
cha, en retirada, y se alejó sin decirnos absolutamente nada. Al res
to de las tropas, con excepción de las nuestras, se le dio también la
orden de concentrarse en el campamento. Por la noche, volví a tras

ladarme con Willich al cuartel general de Lottstetten; de vuelta,
amaneciendo ya, nos encontramos en el camino con todo el tropel
de gente que abandonaba el campamento y se desplazaba hacia la
frontera en medio del mayor desorden. El mismo día, el n, por la
mañana temprano, pasaron a territorio suizo el señor Sigel con su
gente, por Rafz, y por Rheinau cruzaron la frontera el señor Becker
y los suyos. Nosotros concentramos a nuestros hombres, fuimos al
campamento y seguimos de allí a Jestetten. Aquí recibimos, hacia el
mediodía, por medio de un oficial de ordenanza, una carta de Sigel
fechada en Eglisau, haciéndonos saber que había llegado felizmente
a Suiza, que los oficiales conservaban sus sables y que debíamos
seguirle lo antes posible. No se les ocurrió pensar en nosotros hasta
que ya pisaban terreno neutral.
Marchamos por Lottstetten hasta la frontera, vivaqueamos por la
noche todavía en territorio alemán y, después de hacer una salva de
fusilería el 12 por la mañana, entramos en territorio suizo; fuimos los
últimos del ejército de Badén y el Palatinado en cruzar la frontera. El
mismo día, al mismo tiempo que nosotros pasábamos a Suiza, aban
donaba la ciudad de Constanza la unidad allí destacada. Una semana
después, caía Rastatt por traición. Por el momento, la contrarrevolu
ción se había adueñado de Alemania hasta su último rincón.
La campaña por la Constitución del Imperio sucumbió por que
darse a mitad de camino y por su misma ruindad interior. Desde la
derrota de junio de 1848, el dilema para la parte civilizada del con
tinente europeo estaba planteado así: o se imponía el proletariado
revolucionario o se instauraban en el poder las clases que goberna
ban antes de febrero. No había término medio. En efecto, la bur
guesía alemana se había revelado incapaz de imponer su domina
ción; sólo podía asegurar su poder frente al pueblo entregándolo
de nuevo a la nobleza y a la burocracia. La pequeña burguesía, alia
da a la ideología alemana, intentó lograr en la Constitución del
Reich una imposible conciliación, con objeto de dar largas a la bata
lla decisiva. El intento estaba necesariamente llamado a fracasar;

8o6
quienes tomaban en serio el movimiento no tomaban en serio la
Constitución y, viceversa, quienes tomaban en serio ésta no podían
hacer lo mismo con el movimiento.
Pero ello no quiere decir que la campaña por la Constitución
del Imperio no lograra resultados importantes. Contribuyó, sobre
todo, a simplificar la situación. Cerró el paso a una serie intermi
nable de intentos conciliatorios; después de su derrota, sólo pue
den triunfar la monarquía burocrático-feudal con ciertos ribetes
constitucionales o la verdadera revolución. Y, en Alemania, la revo
lución ya no terminará más que con el poder total del proletariado.
Además, en las regiones de Alemania en que aún no se hallaban
nítidamente desarrolladas las contradicciones de clase, la campaña
constitucional ha contribuido notablemente a su desarrollo. Sobre
todo en Baden. Como hemos visto antes de la insurrección, apenas
existían en Baden contradicciones de clase. De allí el reconocido
predominio de los pequeñoburgueses sobre todas las clases de la
oposición, y de allí también la aparente unanimidad de la pobla
ción y la rapidez con que los badenses, lo mismo que los vieneses,
pasan de la oposición a la insurrección, intentan un levantamiento
apenas la ocasión se presenta y no rehúyen ni siquiera la lucha en
campo abierto y contra un ejército regular. Pero tan pronto hubo
estallado la insurrección, se manifestaron resueltamente las clases,
se escindieron los pequeñoburgueses de los obreros y los campesi
nos. Y, en la persona de su representante Brentano, la pequeña bur
guesía se cubrió de ignominia para siempre. Y ahora se ve de tal
modo empujada a la desesperación por la dominación prusiana del
sable, que preferiría cualquier régimen, incluso el de los obreros, a
la opresión actual. La pequeña burguesía participará mucho más
activamente en el próximo movimiento que en cualquiera de los
anteriores; pero, afortunadamente, ya nunca volverá a desempeñar
el papel independiente y dominante que desempeñó bajo la dicta
dura de Brentano.
Los obreros y los campesinos, que sufren bajo el actual régimen
del sable tanto como los pequeñoburgueses, no han pasado en vano

. LAS REVOLUCIONES DE 1848
por la experiencia de la última insurrección; ya se cuidarán —
teniendo, además, como tienen que vengar a sus hermanos caídos
y asesinados— de que, en la próxima insurrección sean ellos y no la
pequeña burguesía quienes empuñen el timón. Y si es cierto que
ninguna clase de experiencias insurreccionales pueden sustituir al
desarrollo de las clases, que sólo se logra mediante largos años de
funcionamiento de la gran industria, no cabe duda de que Badén
se ha incorporado, gracias a su última insurrección y a sus conse
cuencias, a las provincias alemanas que en la revolución que se ave
cina habrán de ocupar uno de los puestos más importantes.
Políticamente considerada, la campaña por la Constitución del
Imperio nació ya frustrada. Y también desde el punto de vista mili
tar. Su única posibilidad de triunfo residía fuera de Alemania, en
la victoria de los republicanos de París el 13 de junio,608 y el 13 de
junio fracasó. Después de este acontecimiento, la campaña consti
tucional ya no podía ser más que una farsa más o menos sangrien
ta. Y no fue otra cosa. La imbecilidad y la traición dieron al traste
con ella. Exceptuando a unos pocos, los jefes militares eran todos
traidores o cobardes, incompetentes e ignorantes arribistas, y los
pocos que representaban una excepción fueron dejados en la esta
cada por los demás y por el gobierno de Brentano. Y quien, ante la
conmoción que se avecina, no pueda alegar otros títulos que el
haber sido general de Hecker u oficial del ejército constitucional,
merecerá que se le dé inmediatamente con la puerta en las narices.
Y como los jefes, así también los soldados. El pueblo de Badén
alberga en su seno los mejores elementos combativos; pero, en la
insurrección, estos elementos se vieron desde el primer momento
tan abandonados y expuestos a la corrupción, que ello llevó, como
no podía ser por menos, a la grotesca situación que hemos descrito
con todo detalle. Toda la “revolución” se convirtió en una verda
dera comedia, y el único consuelo que ante ello nos cabe es que el
enemigo, seis veces más fuerte, era al mismo tiempo seis veces más
cobarde.
608 Véase supra, nota 584.

8o8
Pero la comedia ha tenido un trágico final, gracias al carácter
sanguinario de la contrarrevolución. Aquellos mismos combatien
tes que en las marchas o en el campo de batalla se vieron asaltados
más de una vez por el pánico, han muerto como héroes en las casa
matas de Rastatt. Ni uno solo ha implorado, ni uno solo ha tem
blado. El pueblo alemán no olvidará los fusilamientos en masa y las
casamatas de Rastatt; no olvidará a los grandes señores que han
ordenado estas infamias, como tampoco olvidará a los traidores
que con su cobardía se hicieron responsables de ellas: a los Brentanos de Karlsruhe y de Francfort.