Friedrich Engels

LA GUERRA DE LOS CAMPESINOS EN ALEMANIA

Primera vez publicado: En los números 5 y
6 de la Neue Rheinische Zeitung. Politisch-ökonomische Revue,
dirigida por Karl Marx, en Hamburgo, 1850.

Fuente del presente texto: El texto de
todos los capitulos, incluyendo las notas, han sido tomados La guerra
de los campesinos en Alemania, Ediciones Políticas, Editorial de
Ciencias Sociales, La Habana, 1974, con excepción del
"Prefacio", el cual ha sido tomado de F. Engels,
"Prefacio a La Guerra Campesina en Alemania", en el 2do
tomo de C. Marx & F. Engels, Obras Escogidas, en 3 tomos,
Editorial Progreso, Moscú, 1974.

Rodríguez/Juan R. Fajardo, 2011.

Esta edición digital: Marxists Internet
Archive, junio de 2011.

Prefacio a la segunda edicion de 1870

Adición al Prefacio a la edición de 1870 para la tercera edición
de 1875

I. La situación económica y la estructura
social de Alemania

II. Los grandes grupos de la oposición y sus
ideologías. Lutero y Münzer

III. Los movimientos precursores de la gran
guerra campesina entre 1476 y 1517

IV. La sublevación de la nobleza

V. La guerra de los campesinos en Suabia y
Franconia

VI. La guerra de los campesinos en Turingia,
Alsacia y Austria

VII. Las consecuencias de la guerra de los
campesinos

## PREFACIO A LA SEGUNDA EDICION DE 1870

La presente obra fue escrita
en Londres, en el verano de 1850, bajo la impresión directa de la
contrarrevolución que acababa de consumarse; apareció en los números 5 y 6 de
la "Neue Rheinische Zeitung. Politisch-ökonomische Revue" [1]
dirigida por Carlos Marx, Hamburgo, 1850. Mis amigos políticos de Alemania me
piden su reedición, y atiendo a su deseo ya que, con gran sentimiento mío, la
obra no ha perdido aún actualidad.

La obra no pretende dar un
material nuevo, fruto de mis propias investigaciones. Por el contrario, todo el
material que se refiere a las insurrecciones campesinas y a Tomás Münzer ha
sido tomado de Zimmermann [2].
A pesar de sus lagunas, el libro de este autor constituye la mejor recopilación
de datos aparecida hasta la fecha. Además, el viejo Zimmermann trata la materia
con mucho cariño. El mismo instinto revolucionario que le obliga a lo largo de
todo el libro a erigirse en campeón de las clases oprimidas, le convierte más
tarde en uno de los mejores representantes de la extrema izquierda [3]
en Francfort.

Y a pesar de que a la
exposición que nos ofrece Zimmermann le falta cohesión interna; de que no
logra presentarnos las cuestiones religiosas y políticas que se debatían en
aquella época como un reflejo de la lucha de clases del momento; de que no ve
en esa lucha de clases más que opresores y oprimidos, malos y buenos, con el
triunfo final de los malos; de que su comprensión de las relaciones
sociales que determinan el origen y el desenlace de la lucha es muy incompleta,
todo esto no son más que defectos propios de la época en que apareció el
libro. Por el contrario, en medio de las obras históricas idealistas alemanas
de aquellos tiempos, el libro constituye una excepción digna de elogio y está
escrito de un modo muy realista.

En mi exposición, en la que
me limito a describir a grandes rasgos el curso histórico de la lucha, trato de
explicar el origen de la guerra campesina, la posición ocupada por los
diferentes partidos que intervenían en ella, las teorías políticas y
religiosas con que estos partidos procuraban explicarse ellos mismos su posición
y, por último, el propio desenlace de la lucha como una consecuencia necesaria
de las condiciones históricas de la vida social de estas clases en aquella época.
En otros términos, trato de demostrar que el régimen político de Alemania de
aquellos tiempos, las sublevaciones contra este régimen y las teorías políticas
y religiosas de la época no eran la causa, sino la consecuencia del grado de
desarrollo en que se encontraban entonces en Alemania la agricultura, la
industria, las vías de comunicación terrestres, fluviales y marítimas, el
comercio y la circulación del dinero. Esta concepción de la Historia --la única
concepción materialista-- no ha sido creada por mí, sino que pertenece a Marx
y forma asimismo la base de sus trabajos sobre la revolución francesa de
1848-1849 [*], publicados en la misma revista, y de "El
dieciocho Brumario de Luis Bonaparte" [**].

El paralelo entre la revolución
alemana de 1525 y la revolución de 1848-1849 saltaba demasiado a la vista para
que yo pudiese renunciar por completo a él. Sin embargo, al lado de la
semejanza en el curso general de los acontecimientos, cuando tanto en un caso
como en otro el mismo ejército de un príncipe iba aplastando una tras otra las
diversas insurrecciones locales, y a pesar de la semejanza, muchas veces cómica,
que presenta la conducta observada en ambos casos por los vecinos de la ciudad,
las diferencias entre ambas revoluciones son claras y patentes:

«¿Quién se aprovechó de
la revolución de 1525? Los príncipes. ¿Quién se aprovechó de la
revolución de 1848? Los grandes soberanos, Austria y Prusia. Detrás de
los pequeños príncipes de 1525 estaban los pequeños vecinos de la ciudad, a
quienes aquéllos estaban atados por los impuestos; detrás de los grandes
soberanos de 1850, detrás de Austria y Prusia está, sometiéndolas rápidamente
por medio de la deuda pública, la gran burguesía moderna. Y detrás de
la gran burguesía está el proletariado» [***].

Por desgracia, debo decir que
con esta afirmación hice demasiado honor a la burguesía alemana, la cual tanto
en Austria como en Prusia había tenido la ocasión de «someter rápidamente»
la monarquía «a través de la deuda pública» pero que nunca ni en ninguna
parte aprovechó esta oportunidad.

A raíz de la guerra de 1866 [4],
Austria cayó como un regalo en manos de la burguesía. Pero ésta no sabe
dominar, es impotente e incapaz de hacer nada. Lo único que sabe hacer es
vomitar furia contra los obreros en cuanto éstos se ponen en movimiento. Y si
sigue empuñando el timón del poder, es únicamente porque los húngaros
la necesitan.

¿Y en Prusia? Cierto es que
la deuda pública ha subido vertiginosamente, que el déficit es un fenómeno crónico,
que los gastos del Estado crecen de año en año, que la burguesía tiene la
mayoría en la dieta, que sin su consentimiento no se pueden elevar los
impuestos ni contratar empréstitos, pero, ¿dónde está, a pesar de todo, su
poder sobre el Estado? Apenas hace unos cuantos meses, cuando el Estado se
hallaba otra vez en déficit, la posición de la burguesía era de lo más
ventajosa. De haber mostrado tan sólo un poco de firmeza hubiese podido
lograr grandes concesiones. Pero, ¿qué hizo? Consideró como una concesión
suficiente el que el Gobierno le permitiese poner a sus pies cerca de
nueve millones, y no por un solo año, sino como aportación anual
para todos los años futuros.

No quiero fustigar a los
pobres «nacional-liberales» [5]
de la dieta más de lo que se merecen. Yo sé que han sido abandonados por los
que están detrás de ellos, por la masa de la burguesía Esta masa no quiere
gobernar. Los recuerdos de 1848 están demasiado frescos en su memoria.

Más adelante diremos por qué
la burguesía alemana manifiesta tanta cobardía.

En otros aspectos, la
afirmación que hemos hecho más arriba se ha confirmado plenamente. Como vemos,
a partir de 1850, los pequeños Estados van pasando más y más decididamente a
segundo plano, y ya no sirven más que de palancas para las intrigas prusianas y
austriacas. La lucha entre Austria y Prusia por la hegemonía es cada vez más
encarnizada, y, finalmente, en 1866, llega la solución violenta, por la que
Austria conserva sus propias provincias. Prusia sojuzga directa o indirectamente
todo el Norte, mientras que los tres Estados Suroccidentales [****]
quedan por el momento de puertas afuera.

En toda esta representación
pública, lo único que tiene importancia para la clase obrera alemana es lo
siguiente:

En primer lugar, que, gracias
al sufragio universal, los obreros obtuvieron la posibilidad de estar
directamente representados en la Asamblea Legislativa.

En segundo lugar, que Prusia
dio un buen ejemplo al tragarse otras tres coronas [*****]
por la gracia de Dios. Ni siquiera los nacional-liberales creen ahora que después
de esta operación Prusia conserva aún aquella inmaculada corona por la gracia
de Dios que se atribuía antes.

En tercer lugar, que en
Alemania no existe más que un adversario serio de la revolución: el
Gobierno prusiano.

Y en cuarto lugar, que los
germano-austriacos deben plantearse y decidir de una vez para siempre qué es lo
que quieren ser: alemanes o austriacos; qué es lo que prefieren: Alemania o sus
apéndices extra-alemanes transleitanos. Era evidente desde hacía tiempo que
debían renunciar a una o a los otros, pero este hecho siempre había sido
velado por la democracia pequeñoburguesa.

Por lo que respecta a las demás
cuestiones importantes en litigio y relacionadas con 1866, cuestiones discutidas
desde entonces hasta la saciedad entre los «nacional-liberales» y el «Partido
Popular» [6],
la historia de los años siguientes demostró palmariamente que estos puntos de
vista habían combatido entre sí con tanta violencia únicamente por
representar los dos polos opuestos de una misma mediocridad.

El año 1866 no modificó
casi nada las condiciones sociales de Alemania. Las escasas reformas burguesas
--el sistema único de pesas y medidas, la libertad de residencia, la libertad
de industria, etc.--, todas ellas limitadas a los marcos señalados por la
burocracia, no llegan aún a lo alcanzado desde hace tiempo por la burguesía de
los otros países de la Europa Occidental y dejan en pie el mal principal: el
sistema burocrático de concesiones [7].
Por lo demás, para el proletariado la práctica policíaca al uso hizo
completamente ilusorias todas esas leyes sobre la libertad de residencia, el
derecho de ciudadanía, la supresión de los pasaportes, etc.

Mucha mayor importancia que
toda esta representación pública de 1866 fue la que tuvo el desarrollo que, a
partir de 1848, adquieren en Alemania la industria, el comercio, los
ferrocarriles, el telégrafo y la navegación transoceánica. Por mucho que
estos éxitos quedasen a la zaga de los logrados durante ese mismo tiempo
por Inglaterra e incluso por Francia, no tenían, sin embargo, precedentes en la
historia de Alemania, y dieron a este país en veinte años mucho más de lo que
antes le había dado un siglo entero. Ahora es cuando Alemania se incorpora
resuelta y decididamente al comercio mundial. Multiplícanse rápidamente
los capitales de los industriales y sube en consonancia la posición social de
la burguesía. El síntoma más seguro de la prosperidad industrial, la especulación,
florece esplendorosamente y encadena a condes y duques a su carro triunfal.
Ahora, el capital alemán --¡que la tierra le sea leve!-- está construyendo
ferrocarriles en Rusia y en Rumania, mientras que hace tan sólo quince años
los ferrocarriles alemanes tenían que implorar la ayuda de los empresarios
ingleses. ¿Cómo ha podido ocurrir, pues, que la burguesía no haya conquistado
también el poder político, que su conducta frente al Gobierno sea tan posilánime?

La desgracia de la burguesía
alemana consiste en que, siguiendo la costumbre favorita alemana, llega
demasiado tarde. Su florecimiento ha coincidido con el período en que la
burguesía de los otros países de la Europa Occidental se halla políticamente
en declive. En Inglaterra, la burguesía no ha podido llevar a su verdadero
representante Bright al Gobierno más que ampliando el derecho electoral, medida
que por sus consecuencias debe poner fin a toda la dominación burguesa. En
Francia, donde la burguesía como tal, como clase, no pudo dominar más que dos
años bajo la república, 1849 y 1850, sólo logró prolongar su existencia
social cediendo su dominación política a Luis Bonaparte y al ejército. Dado
el extraordinario desarrollo alcanzado por las influencias recíprocas de los
tres países más avanzados de Europa, es ya completamente imposible que la
burguesía pueda implantar cómodamente la dominación política en Alemania
cuando en Inglaterra y en Francia esa dominación ya ha caducado.

La particularidad que
distingue a la burguesía de todas las demás clases dominantes que la han
precedido consiste precisamente en que en su desarrollo existe un punto de
viraje, tras el cual todo aumento de sus medios de poder, y por tanto de sus
capitales en primer término, tan sólo contribuye a hacerla cada vez más
incapaz para la dominación política. «Tras la gran burguesía está el
proletariado». En la medida en que la burguesía desarrolla su industria,
su comercio y sus medios de comunicación, en la misma medida engendra al
proletariado. Y al llegar a un determinado momento, que no es el mismo en todas
partes ni tampoco es obligatorio para una determinada fase de desarrollo, la
burguesía comienza a darse cuenta de que su inseparable acompañante, el
proletariado, empieza a sobrepasarla. Desde ese momento pierde la capacidad de
ejercer la dominación política exclusiva, y busca en torno suyo aliados, con
quienes comparte su dominación, o a quienes, según las circunstancias, se la
cede por completo.

En Alemania, ese punto de
viraje ya había llegado para la burguesía en 1848. Aunque bien es cierto que
en aquel entonces la burguesía alemana no se asustó tanto del proletariado
alemán como del proletariado francés. Los combates de junio de 1848 [8]
en París le enseñaron qué era lo que la esperaba. La agitación del
proletariado alemán era suficiente para demostrarle que en Alemania habían
sido arrojadas las semillas capaces de dar la misma cosecha. Y a partir de ese
momento quedó embotado el filo de la acción política de la burguesía
alemana. Esta empezó a buscar aliados y a venderse por cualquier precio; y de
entonces acá no ha avanzado un solo paso.

Todos esos aliados son
reaccionarios por su naturaleza: el poder real, con su ejército y su
burocracia; la gran nobleza feudal; los junkers provincianos de medio pelo y,
finalmente, los curas. Con todos ellos pactó y concertó acuerdos la burguesía
con tal de salvar su preciado pellejo, hasta que, por último, no le quedó ya
nada con qué traficar. Y cuanto más se desarrollaba el proletariado, cuanta más
conciencia adquiría de su condición de clase y cuanto más actuaba en calidad
de tal, más cobarde se hacía la burguesía. Cuando la estrategia
asombrosamente mala de los prusianos venció en Sadowa [9]
a la estrategia asombrosamente aún peor de los austriacos, difícilmente podría
decirse quién lanzó un suspiro de alivio más grande: el burgués prusiano,
que también había sido derrotado en Sadowa, o el burgués austriaco.

Nuestros grandes burgueses
obran en 1870 exactamente igual como obraron en 1525 los villanos medios. En lo
que atañe a los pequeños burgueses, a los artesanos y a los tenderos, éstos
siguen siendo siempre los mismos. Esperan poder trepar a las filas de la gran
burguesía y temen ser precipitados a las del proletariado. Fluctuando entre la
esperanza y el temor, tratarán de salvar su precioso pellejo durante la lucha,
y después de la victoria se adherirán al vencedor. Tal es su naturaleza.

El desarrollo de la actividad
social y política del proletariado ha marchado a la par con el auge industrial
que siguió a 1848. El papel desempeñado hoy día por los obreros alemanes en
sus sindicatos, cooperativas, organizaciones y asambleas políticas, en las
elecciones y en el llamado Reichstag, demuestra perfectamente por sí sola cuál
ha sido la transformación experimentada de un modo imperceptible por Alemania
en estos últimos veinte años. Es un gran mérito de los obreros alemanes el
haber sido los únicos que han logrado enviar obreros y
representantes de los obreros al parlamento, cosa que ni los franceses ni los
ingleses han logrado hasta ahora.

Pero tampoco el proletariado
ha salido aún de ese estado que permite establecer un paralelo con 1525. La
clase que depende exclusivamente del salario toda su vida se halla aún lejos de
constituir la mayoría del pueblo alemán. Por eso, también tiene que buscarse
aliados. Y sólo los puede buscar entre los pequeños burgueses, el
lumpemproletariado de las ciudades, los pequeños campesinos y los obreros agrícolas.

Ya hemos hablado de los pequeños
burgueses. Son muy poco de fiar, excepto cuando ya ha sido lograda la
victoria. Entonces arman un alboroto infernal en las tabernas. A pesar de esto,
entre ellos se encuentran excelentes elementos que se unen espontáneamente a
los obreros.

El lumpemproletariado,
esa escoria integrada por los elementos desmoralizados de todas las capas
sociales y concentrada principalmente en las grandes ciudades, es el peor de los
aliados posibles. Ese desecho es absolutamente venal y de lo más molesto.
Cuando los obreros franceses escribían en los muros de las casas durante cada
una de las revoluciones: «Mort aux voleurs!» ¡Muerte a los ladrones!,
y en efecto fusilaban a más de uno, no lo hacían en un arrebato de entusiasmo
por la propiedad, sino plenamente conscientes de que ante todo era preciso
desembarazarse de esta banda. Todo líder obrero que utiliza a elementos del
lumpemproletariado para su guardia personal y que se apoya en ellos, demuestra
con este solo hecho que es un traidor al movimiento.

Los pequeños campesinos
--pues los grandes pertenecen a la burguesía-- son de composición heterogénea.

O bien son campesinos
feudales, obligados todavía a realizar determinadas prestaciones para sus
señores. Después que la burguesía dejó pasar la oportunidad de liberarles de
la servidumbre, como era su deber, no costará trabajo convencerles de que sólo
pueden esperar la liberación de manos de la clase obrera.

O bien son arrendatarios.
En este caso tenemos por lo común las mismas relaciones que en Irlanda. El
arriendo es tan elevado que, cuando la cosecha es mediana, el campesino y su
familia apenas pueden mantenerse, y cuando la cosecha es mala casi se mueren de
hambre, no pueden pagar el arriendo y quedan, por consiguiente, completamente a
merced del terrateniente. Para esta gente, la burguesía sólo hace algo cuando
se la obliga a ello. ¿De quién, si no es de los obreros, pueden esperar la
salvación?

Quedan los campesinos que
cultivan su propio pedazo de tierra. En la mayoría de los casos están
tan cargados de hipotecas que dependen del usurero tanto como el arrendatario
del terrateniente. Tampoco a ellos les queda más que un mísero salario,
muy inestable por lo demás, ya que depende de los altibajos de la cosecha.
Menos que nadie pueden esperar algo de la burguesía, pues son explotados
precisamente por los burgueses, por los capitalistas usureros. A pesar de ello,
las más de las veces están muy apegados a su propiedad, aunque, en realidad,
ésta no les pertenece a ellos, sino al usurero. Sin embargo, es preciso
convencerles de que sólo podrán liberarse del prestamista cuando un Gobierno
dependiente del pueblo convierta todas las deudas hipotecarias en una deuda única
al Estado y rebaje así el tipo del interés. Y esto sólo puede lograrlo la
clase obrera.

En todas partes donde
predomina la propiedad agraria mediana y grande, la clase más numerosa del
campo está integrada por los obreros agrícolas. Tal es el caso en todo
el Norte y en el Este de Alemania, y en este grupo es donde los obreros
industriales de la ciudad encuentran su aliado más natural y más numeroso.
El terrateniente o gran arrendador se opone al obrero agrícola de la misma
manera que el capitalista se opone al obrero industrial. Las mismas medidas que
ayudan a uno deben ayudar al otro. Los obreros industriales sólo pueden
liberarse transformando los capitales de la burguesía, es decir, las materias
primas, las máquinas, los instrumentos y los medios de vida necesarios para la
producción en propiedad social, o sea, en propiedad suya y utilizada por ellos
en común. De la misma manera, los obreros agrícolas sólo pueden liberarse de
su espantosa miseria si, en primer término, la tierra --su principal objeto de
trabajo-- es arrancada a la propiedad privada de los grandes campesinos y de los
aún más grandes señores feudales y convertida en propiedad social, cultivada
colectivamente por cooperativas de obreros agrícolas. Y aquí nos llegamos a la
célebre resolución del Congreso de la Internacional, celebrado en Basilea, que
dice que en interés de la sociedad es preciso convertir la propiedad de la
tierra en propiedad colectiva, en propiedad nacional [10].
Esta resolución se refiere principalmente a los países donde existe la gran
propiedad de la tierra, con grandes explotaciones agrícolas en manos de un solo
amo y atendidas por numerosos obreros asalariados. Y como en términos generales
esta situación sigue predominando en Alemania, dicha resolución era particularmente
oportuna para Alemania a la vez que para Inglaterra. El proletariado agrícola,
los jornaleros del campo constituyen la clase que proporciona más reclutas para
los ejércitos de los monarcas. Es la clase que, gracias al sufragio universal,
envía hoy día al parlamento a la mayoría de los feudales y de los junkers.
Pero, al mismo tiempo, es la clase que está más cerca de los obreros
industriales de la ciudad, la que comparte con ellos las mismas condiciones de
existencia, la que se encuentra en una situación de miseria aún mayor
que la de ellos. Esta clase es impotente, pues está fraccionada y dispersa,
pero el Gobierno y la nobleza conocen tan bien su fuerza latente, que con toda
intención dejan desmoronarse las escuelas para mantenerla en la ignorancia. La
tarea inmediata más urgente de los obreros alemanes es despertar a esta clase e
incorporarla al movimiento. El día en que la masa de obreros agrícolas aprenda
a tener conciencia de sus propios intereses, ese día será imposible en
Alemania un gobierno reaccionario, ya sea feudal, burocrático o burgués.

11 de febrero de 1870.

## ADICION AL PREFACIO A LA EDICION DE 1870 PARA LA TERCERA EDICION DE 1875

Las líneas que anteceden
fueron escritas hace más de cuatro años, pero siguen conservando hoy día toda
su significación. Lo que era cierto después de Sadowa [11]
y de la división de Alemania, se ha confirmado después de Sedán [12]
y de la fundación del Sacro Imperio germánico de la nación prusiana [13].
¡Tan pequeños son los cambios que pueden introducir en el curso del movimiento
histórico esas representaciones públicas de la llamada alta política que «conmueven
al mundo»!

Lo que pueden hacer en cambio
es acelerar el curso de ese movimiento. A este respecto, los causantes de esos
acontecimientos que «conmueven al mundo» han logrado, a pesar suyo, unos éxitos
que seguramente les resultan muy indeseables, pero que, quiéranlo o no, tienen
que aceptar.

La guerra de 1866 ya había
sacudido los cimientos de la vieja Prusia. Después de 1848 costó mucho trabajo
reducir de nuevo a la vieja disciplina a los elementos rebeldes industriales
--tanto burgueses como proletarios-- de las provincias occidentales; sin
embargo, se logró, y los intereses de los junkers de las provincias orientales
volvieron a ser los dominantes en el Estado a la par con los intereses del ejército.
En 1866 casi toda la Alemania Noroccidental era prusiana. Sin hablar ya del
irreparable daño moral que la corona prusiana por la gracia de Dios había
experimentado al tragarse otras tres coronas por la gracia de Dios [******],
el centro de gravedad de la monarquía se había desplazado sensiblemente
hacia el Occidente. Los cinco millones de renanos y de westfalianos recibieron
en un principio el refuerzo de cuatro millones de alemanes anexionados
directamente y, después, el de seis millones de alemanes indirectamente
anexionados a través de la Confederación de la Alemania del Norte [14].
Y en 1870 se les añadieron, además, ocho millones de alemanes del Suroeste [15],
de modo que en el «nuevo Imperio», a los catorce millones y medio de viejos
prusianos (de las seis provincias del Este del Elba y entre los que figuran,
además, dos millones de polacos) se oponen unos veinticinco millones que ya
hace tiempo han dejado atrás al feudalismo viejo-prusiano de los junkers. Así
pues, fueron precisamente las victorias del ejército prusiano las que
desplazaron radicalmente todos los cimientos del edificio estatal prusiano; la
dominación de los junkers se hizo cada vez más insoportable hasta para el
propio Gobierno. Pero, al mismo tiempo, el vertiginoso desarrollo de la
industria relegó a segundo plano la lucha entre los junkers y la burguesía,
destacando la lucha entre la burguesía y los obreros, de suerte que las bases
sociales del viejo Estado sufrieron también desde dentro una transformación
radical. La premisa fundamental de la monarquía, que se iba descomponiendo
lentamente desde 1840, era la lucha entre la nobleza y la burguesía, lucha en
la que la monarquía mantenía el equilibrio. Pero desde el momento en que ya no
se trataba de defender a la nobleza del empuje de la burguesía, sino de
defender a todas las clases poseedoras frente al empuje de la clase obrera, la
vieja monarquía absoluta hubo de transformarse por completo en monarquía
bonapartista, la forma de Estado especialmente elaborada para ese fin. En
otro logar ("Contribución al problema de la vivienda", 2ª parte, pág.
26 y siguientes [*******])
examiné ya este paso de Prusia al bonapartismo, aunque allí pude dejar sin
destacar un punto que aquí es muy esencial, a saber, que este paso fue el avance
más grande hecho por Prusia desde 1848, hasta tal punto había quedado a la
zaga del desarrollo moderno. Prusia seguía siendo un Estado semifeudal,
mientras que el bonapartismo es en todo caso una forma moderna de Estado que
presupone la eliminación del feudalismo. Prusia debe, pues, decidirse a
terminar con sus numerosos vestigios del feudalismo y a sacrificar a sus junkers
como tales. Todo esto se va haciendo, naturalmente, de la manera más suave y al
compás de la meladía favorita: Immer langsam voran [********].
Así ha ocurrido, por ejemplo, con la célebre ordenanza sobre los distritos,
que suprime los privilegios de cada junker en sus tierras, pero únicamente
para restablecerlos en forma de privilegios del conjunto de los grandes
terratenientes en el territorio de todo el distrito. La esencia de la cuestión
sigue siendo la misma; lo único que se hace es traducirla del dialecto feudal
al dialecto burgués. El junker viejo prusiano es convertido a la fuerza en algo
parecido al squire inglés, y no tiene por qué ofrecer mucha
resistencia, pues ambos son igualmente estúpidos.

De este modo, a Prusia le ha
correspondido el peculiar destino de culminar a fines de este siglo, y en la
forma agradable del bonapartismo, su revolución burguesa que se inició en
1808-1813 y que dio un paso de avance en 1848. Y si todo marcha bien, si el
mundo permanece quieto y tranquilo y nosotros llegamos a viejos, tal vez en 1900
veamos que el Gobierno prusiano ha acabado realmente con todas las instituciones
feudales y que Prusia ha alcanzado por fin la situación en que se encontraba
Francia en 1792.

La abolición del feudalismo,
expresada de un modo positivo, significa el establecimiento del régimen burgués.
A medida que desaparecen los privilegios de la nobleza, la legislación se va
haciendo más burguesa. Y aquí llegamos a la médula de las relaciones entre la
burguesía y el Gobierno. Ya hemos visto que el Gobierno tiene forzosamente
que introducir estas reformas lentas y mezquinas. Pero cada una de estas míseras
concesiones la presenta a los ojos de la burguesía como un sacrificio
que hace por ella, como una concesión arrancada a la corona con gran esfuerzo,
y a cambio de la cual los burgueses deben hacer a su vez concesiones al
Gobierno. Y los burgueses aceptan el engaño, aunque saben perfectamente de qué
se trata. Este es el origen del acuerdo tácito que preside en Berlín todos los
debates del Reichstag y de la Cámara de Prusia: por una parte, el Gobierno, a
paso de tortuga, reforma las leyes en interés de la burguesía, elimina las
trabas feudales y los obstáculos creados por el particularismo de los pequeños
Estados, que impiden el desarrollo de la industria; introduce la unidad de
moneda, de pesas y medidas; establece la libertad de industria, etc.; implanta
la libertad de residencia, poniendo así a disposición del capital y en forma
ilimitada la mano de obra de Alemania; fomenta el comercio y la especulación;
por otra parte, la burguesía cede al Gobierno todo el poder político efectivo,
aprueba los impuestos, los empréstitos y la recluta de soldados y ayuda a
formular todas las nuevas leyes de reforma de modo que el viejo poder policíaco
sobre los elementos indeseables conserve toda su fuerza. La burguesía compra su
paulatina emancipación social al precio de su renuncia inmediata a un poder político
propio. El principal motivo que hace aceptable para la burguesía semejante
acuerdo no es, naturalmente, su miedo al Gobierno, sino su miedo al
proletariado.

Por lamentable que sea el
papel desempeñado por nuestra burguesía en el campo político, no se puede
negar que en la industria y en el comercio ya ha empezado a cumplir con su
deber. El ascenso de la industria y del comercio, señalado ya en el prefacio a
la segunda edición [*********],
se ha desarrollado desde entonces con nuevos bríos. Lo ocurrido en este aspecto
en la región industrial renano-westfaliana a partir de 1869 constituye algo
realmente insólito para Alemania, y nos recuerda el florecimiento de los
distritos fabriles ingleses a principios de siglo. Lo mismo ocurrirá en Sajonia
y en la Alta Silesia, en Berlín, en Hannover y en las ciudades marítimas. Por
fin tenemos un comercio mundial, una verdadera gran industria y una auténtica
burguesía moderna; al mismo tiempo, también hemos sufrido una verdadera crisis
y hemos obtenido un verdadero y poderoso proletariado.

Para los futuros
historiadores, el tronar de los cañones en Spickeren, Mars-la-Tour [16]
y Sedán y todo lo relacionado con esto tendrá mucha menos importancia para la
historia de Alemania de los años 1869-1874 que el desarrollo sin ostentación,
reposado, pero siempre progresivo del proletariado alemán. En 1870, los obreros
alemanes ya tuvieron que pasar por una dura prueba: la provocación bélica
bonapartista y su consecuencia lógica, el entusiasmo nacional general en
Alemania. Los obreros socialistas alemanes no se dejaron despistar ni un solo
momento. No manifestaron ni un ápice de chovinismo nacionalista. Conservaron su
sangre fría en medio del más furioso delirio provocado por las victorias, y
exigieron que se concertase con la «República Francesa una paz justa y sin
anexiones»; ni siquiera el estado de sitio pudo reducirles al silencio. Ni el
entusiasmo por la gloria militar ni las chácharas sobre la «magnificencia del
Imperio alemán» hallaron eco entre ellos; su único objetivo era la emancipación
de todo el proletariado europeo. Se puede afirmar con todo fundamento que en
ningún país los obreros han sufrido una prueba tan difícil y han salido de
ella tan airosos.

Al estado de sitio del período
bélico siguieron los procesos por delitos de alta traición, de lesa majestad y
de ofensas a los funcionarios y las persecuciones policíacas cada vez mayores
de los tiempos de paz. Por lo menos tres o cuatro miembros de la redacción del
"Volksstaat" [17]
se hallaban habitualmente al mismo tiempo en la cárcel; lo mismo les ocurría a
los demás periódicos. Cualquier orador del partido, que fuese algo conocido,
debía comparecer ante los tribunales por lo menos una vez al año, y casi
siempre era condenado. Llovían los destierros, las confiscaciones y las
disoluciones de asambleas. Pero todo era en vano. Cada persona detenida o
desterrada era sustituida inmediatamente por otra; por cada asamblea disuelta se
convocaban otras dos; la firmeza y el estricto cumplimiento de las leyes iban
agotando la arbitrariedad policíaca. Todas las persecuciones producían un
efecto contrario: lejos de romper o siquiera doblar al partido obrero, no
hicieron más que proporcionarle nuevos afiliados y fortalecer su organización.
En su lucha, lo mismo contra las autoridades que contra burgueses aislados, los
obreros dieron pruebas en todas partes de su superioridad intelectual y moral, y
demostraron, sobre todo en sus choques con los llamados «patronos», que ellos,
los obreros, eran ahora unas personas cultas, y los capitalistas, unos
ignorantes. Al propio tiempo, en la mayoría de los casos luchan con un profundo
sentido del humor, prueba de que tienen confianza en su causa y conciencia de su
superioridad. La lucha así llevada, sobre un terreno preparado por la historia,
debe producir grandes resultados. El éxito logrado en las elecciones de enero
constituye un caso sin precedentes en la historia del movimiento obrero moderno [18],
y se comprende perfectamente el asombro que ha provocado en toda Europa.

Los obreros alemanes tienen
dos ventajas esenciales sobre los obreros del resto de Europa. La primera es la
que pertenecen al pueblo más teórico de Europa y que han conservado en sí ese
sentido teórico, casi completamente perdido por las clases llamadas «cultas»
de Alemania. Sin la filosofía alemana que le ha precedido, sobre todo sin la
filosofía de Hegel, jamás se habría creado el socialismo científico alemán,
el único socialismo científico que ha existido. De haber carecido los obreros
de sentido teórico, este socialismo científico nunca hubiera sido, en la
medida que lo es hoy, carne de su carne y sangre de su sangre. Y lo inmenso de
esta ventaja lo demuestra, por una parte, la indiferencia por toda teoría, que
es una de las causas principales de que el movimiento obrero inglés avance tan
lentamente, a pesar de la excelente organización de algunos oficios, y, por
otra, lo demuestran el desconcierto y la confusión sembrados por el
proudhonismo, en su forma primitiva, entre los franceses y los belgas, y, en la
forma caricaturesca que le ha dado Bakunin, entre los españoles y los
italianos.

La segunda ventaja consiste
en que los alemanes han sido casi los últimos en incorporarse al movimiento
obrero. Así como el socialismo teórico alemán jamás olvidará que se
sostiene sobre los hombros de Saint-Simon, Fourier y Owen --tres pensadores que,
a pesar del carácter fantástico y de todo el utopismo de sus doctrinas,
pertenecen a las mentes más grandes de todos los tiempos, habiéndose
anticipado genialmente a una infinidad de verdades, cuya exactitud estamos
demostrando ahora de un modo científico--, así también el movimiento
obrero práctico alemán nunca debe olvidar que se ha desarrollado sobre los
hombros del movimiento inglés y francés, que ha tenido la posibilidad de sacar
simplemente partida de su experiencia costosa, de evitar en el presente los
errores que entonces no había sido posible evitar en la mayoría de los casos.
¿Dónde estaríamos ahora sin el precedente de las tradeuniones inglesas y de
la lucha política de los obreros franceses, sin ese impulso colosal que ha dado
particularmente la Comuna de París?

Hay que hacer justicia a los
obreros alemanes por haber aprovechado con rara inteligencia las ventajas de su
situación. Por primera vez desde que existe el movimiento obrero, la lucha se
desarrolla en forma metódica en sus tres direcciones concertadas y relacionadas
entre sí: teórica, política y económico-práctica (resistencia a los
capitalistas). En este ataque concéntrico, por decirlo así, reside
precisamente la fuerza y la invencibilidad del movimiento alemán.

Esta situación ventajosa,
por una parte, y, por otra, las peculiaridades insulares del movimiento inglés
y la represión violenta del francés hacen que los obreros alemanes se
encuentren ahora a la cabeza de la lucha proletaria. No es posible pronosticar
cuánto tiempo les permitirán los acontecimientos ocupar este puesto de honor.
Pero, mientras lo sigan ocupando, es de esperar que cumplirán como es debido
las obligaciones que les impone. Para esto, tendrán que redoblar sus esfuerzos
en todos los aspectos de la lucha y de la agitación. Sobre todo los jefes deberán
instruirse cada vez más en todas las cuestiones teóricas, desembarazarse cada
vez más de la influencia de la fraseología tradicional, propia de la vieja
concepción del mundo, y tener siempre presente que el socialismo, desde que se
ha hecho ciencia, exige que se le trate como tal, es decir, que se le estudie.
La conciencia así lograda y cada vez más lúcida, debe ser difundida entre las
masas obreras con celo cada vez mayor, y se debe cimentar cada vez más
fuertemente la organización del partido, así como la de los sindicatos. Aunque
los votos reunidos en enero por los socialistas representen ya un ejército
hastante considerable, aún se hallan lejos de constituir la mayoría de la
clase obrera alemana; y por muy alentadores que sean los éxitos logrados por la
propaganda entre la población rural, aquí precisamente es donde aún queda
infinitamente mucho por hacer. No hay, pues, que cejar en la lucha; es preciso
ir arrebatando al enemigo ciudad tras ciudad y distrito electoral tras distrito
electoral. Pero, es preciso ante todo mantener el verdadero espíritu
internacional, que no admite ningún chovinismo patriótico y que acoge con
alegría todo progreso del movimiento proletario, cualquiera que sea la nación
donde se produzca. Si los obreros alemanes siguen avanzando de este modo,
no es que marcharán al frente del movimiento --y no le conviene al movimiento
que los obreros de una nación cualquiera marchen al frente del mismo--, sino
que ocuparán un puesto de honor en la línea de combate; y estarán bien
pertrechados para ello si, de pronto, duras pruebas o grandes acontecimientos
reclaman de ellos mayor valor, mayor decisión y energía.

Federico
Engels

Londres,
1 de julio de 1874

Friedrich
Engels: "Der Deutsche Bauernkrieg", Leipzig, 1875.

NOTAS

[*]
C. Marx. "Las luchas de clases en Francia" (véase la presente
edición [Obras Escogidas de
Marx-Engels en 3 tomos, Editorial Progreso, Moscu],
t. I, págs. 209-306). (N. de la Edit.)

[]
Véase la presente edición [Obras
Escogidas de Marx-Engels en 3 tomos, Editorial Progreso, Moscu], t. 1, págs. 408-498. (N. de la Edit.)

[*]
F. Engels. "La guerra campesina en Alemania". (N. de la Edit.)

[****]
Baviera, Baden, Würtemberg. (N. de la Edit.)

[*****]
Hannover, Hessen-Kassel, Nassau. (N. de la Edit.)

[******]
Hannover, Hessen-Kassel, Nassau. (N. de la Edit.)

[*******]
Véase el presente tomo [Obras
Escogidas de Marx-Engels en 3 tomos, Editorial Progreso, Moscu, t. 1], págs. 369-370 (N. de la Edit.)

[********]
Siempre adelante, sin apresurarse. (N. de la Edit.)

[*********]
Véase el presente tomo [Obras
Escogidas de Marx-Engels en 3 tomos, Editorial Progreso, Moscu, t. 1], págs. 167-175. (N. de la Edit.)

"Neue Rheinische Zeitung. Politisch-ökonomische
Revue" («Nueva Gaceta del Rin. Revista de política y economía»), órgano
teórico de la Liga de los Comunistas, fundado por Marx y Engels. Se publicó en
diciembre de 1849 a noviembre de 1850. Vieron la luz seis números de la
revista.

El libro de Zimmermann "Allgemeine Geschichte des grosen
Bauernkrieges" («Historia general de la gran guerra campesina») se publicó
en Stuttgart en 1841-1843, en tres partes.

Trátase del ala izquierda extrema de la Asamblea Nacional de Alemania que
se reunía en Francfort del Meno durante la revolución de 1848-1849;
representaba preferentemente los intereses de la pequeña burguesía, pero
contaba con el apoyo de una parte de los obreros alemanes. La misión principal
de la Asamblea era acabar con el fraccionamiento político del país y elaborar
una constitución para toda Alemania. Pero, en virtud de la pusilanimidad y las
vacilaciones de la mayoría liberal, la Asamblea no se atrevió a tomar en sus
manos el poder supremo del país y no supo adoptar una actitud resuelta en los
problemas fundamentales de la revolución alemana. El 30 de mayo de 1849, la
Asamblea tuvo que trasladar su sede a Stuttgart. El 18 de junio de 1849 fue
disuelta por las tropas.- 167

Después de la derrota en la guerra austro-prusiana de 1866, al recrudecer
la crisis del multinacional Estado de Austria, las clases gobernantes del país
pactaron con los terratenientes de Hungría y firmaron en 1867 un acuerdo de
formación de la doble monarquía de Austria-Hungría.

Los nacional-liberales constituían el partido de la burguesía
alemana fundado en el otoño de 1866. Se planteaban como objetivo fundamental
agrupar los Estados alemanes bajo la supremacía de Prusia; su política
reflejaba la capitulación de la burguesía liberal alemana ante Bismarck.

El Partido Popular Alemán surgió en 1865 y constaba de elementos
democráticos de la pequeña burguesía y, en parte, de la burguesía,
principalmente de los Estados del Sur de Alemania. El partido se oponía al
establecimiento de la hegemonía de Prusia en Alemania y defendía el plan de la
llamada «Gran Alemania», en la que debían entrar tanto Prusia como Austria.
Al preconizar la idea del Estado alemán federal, el partido estaba en contra de
la unificación de Alemania como república democrática centralizada.

A mediados de los años 60 del siglo XIX, en Prusia, se estableció, para
varias ramas de la industria, un sistema de permisos especiales (concesiones),
sin los cuales nadie podía dedicarse a actividades industriales. Esta legislación
industrial semimedieval suponía una traba para el desarrollo del capitalismo.

La insurrección de Junio, heroica insurrección de los obreros de
París el 23-26 de junio de 1848, reprimida con inaudita crueldad por la burguesía
francesa, fue la primera gran guerra civil entre el proletariado y la
burguesía.

La batalla de Sadowa tuvo lugar el 3 de julio de 1866 en Bohemia y
decidió el desenlace de la guerra austro-prusiana de 1866, en favor de Prusia.

Trátase del Congreso de la Internacional celebrado en Basilea
del 6 al 11 de septiembre de 1869. El 10 de septiembre se adoptó en él la
siguiente resolución sobre la propiedad de la tierra, propuesta por los
partidarios de Marx:

«1) La sociedad tiene el
derecho a suprimir la propiedad privada sobre la tierra y convertir ésta en
propiedad social.

2) Es preciso suprimir la
propiedad privada sobre la tierra y convertir ésta en propiedad social».

En el Congreso fueron
igualmente adoptados acuerdos de unificación de los sindicatos a escala
nacional e internacional, así como varios acuerdos para reforzar la
Internacional en materia de organización y para ampliar los poderes del Consejo
General.

La batalla de Sadowa tuvo lugar el 3 de julio de 1866 en Bohemia y
decidió el desenlace de la guerra austro-prusiana de 1866, en favor de Prusia.

El 2 de setiembre de 1870, el ejército francés fue derrotado en Sedán,
quedando prisioneras las tropas, con el mismo emperador. Del 5 de setiembre de
1870 al 19 de marzo de 1871, Napoleón III y el mando se hallaban en Wilhelmshöle
(cerca de Kassel), castillo de los reyes de Prusia. La catástrofe de Sedán
precipitó la caída del Segundo Imperio y desembocó el 4 de setiembre de 1870
en la proclamación de la república en Francia. Se formó un Gobierno nuevo, el
llamado «Gobierno de la Defensa Nacional».

Al hablar del «Sacro Imperio alemán de la nación prusiana», Engels
parafrasea el nombre del medieval Sacro Imperio Romano germánico (véase la
nota 136), subrayando que la unificación de Alemania se produjo bajo la
supremacía de Prusia, acompañada de la prusificación de las tierras alemanas.

La Confederación de Alemania del Norte, encabezada por Prusia,
comprendía 19 Estados y 3 ciudades libres de Alemania del Norte y Central. Fue
constituida en 1867 a propuesta de Bismarck. La formación de la Confederación
significó una de las etapas decisivas de la reunificación de Alemania bajo la
hegemonía de Prusia. En enero de 1871, la Confederación dejó de existir
debido a la constitución del Imperio alemán.

Se alude a la inclusión de Bavaria, Baden, Würtemberg y Hesse-Darmstadt,
en 1870, en la Confederación de la Alemania del Norte.

El 6 de agosto de 1870, las tropas prusianas derrotaron, en la batalla de Spickeren
(Lorena), a las unidades francesas. En las publicaciones históricas, esta
batalla se llama también batalla de Forbach.

En la batalla de Mars-la-Tour
(llamada también batalla de Vionville), las tropas alemanas consiguieron el 16
de agosto de 1870 detener el Ejército francés del Rin, que se retiraba de la
ciudad de Metz, y cortarle así el camino de repliegue.

[17] "Der Volksstaat" («El Estado del pueblo»), órgano central del
Partido Socialdemócrata Obrero de Alemania (los eisenachianos), se publicó en
Leipzig del 2 de octubre de 1869 al 29 de setiembre de 1876. La dirección
general corría a cargo de G. Liebknecht, y el director de la editorial era A.
Bebel. Marx y Engels colaboraban en el periódico, prestándole constante ayuda
en la redacción del mismo. Hasta 1869, el periódico salía bajo el título
"Demokratisches Wochenblatt" (véase la nota 94
[en Obras Escogidas de Marx-Engels en 3 tomos, Editorial Progreso, Moscu,
t. 1]).

Trátase del artículo de J.
Dietzgen "Carlos Marx. «El Capital. Crítica de la Economía política»",
Hamburgo, 1867, publicado en "Demokratisches Wochenblatt", núms. 31,
34, 35 y 36 del año 1868.

[18] En las elecciones del 10 de enero de 1874 al Reichstag, los
socialdemócratas alemanes consiguieron que se eligiera a 9 diputados suyos,
entre los cuales figuraban Bebel y Liebknecht, que a la sazón se hallaban en la
cárcel.

También el pueblo alemán
tiene su tradición revolucionaria. Hubo un tiempo en el que Alemania producía
hombres que se pueden comparar con los mejores revolucionarios de otros países,
en el que el pueblo alemán mostraba una perseverancia y energía que en una
nación centralizada hubieran dado los resultados más grandiosos. Entonces los
campesinos y plebeyos alemanes acariciaban proyectos que tantas veces causaron
espanto a sus descendientes.

Frente al cansancio momentáneo
que casi en todas partes se manifiesta al cabo de dos años de lucha es oportuno
presentar de nuevo al pueblo alemán las figuras recias, fuertes y tenaces de
la gran guerra campesina.

Transcurrieron tres siglos y
han cambiado muchas cosas; sin embargo la guerra de los campesinos no se halla
tan lejos de nuestras luchas actuales y muchas veces tenemos que combatir a los
mismos adversarios de entonces. Las propias clases y fracciones de clases que
traicionaron el movimiento de 1848 y 1849 son las que encontramos como traidoras
en 1525 aunque en una etapa inferior de su desarrollo y si en el movimiento de
los últimos años el vandalismo vigoroso de la guerra campesina no se manifestó
más que en algunos sitios del Odenwald, de la Selva Negra y de Silesia, no es
precisamente patrimonio de la insurrección moderna.

## I. LA SITUACIÓN ECONÓMICA Y LA ESTRUCTURA SOCIAL DE ALEMANIA

Examinemos brevemente la
situación de Alemania al principio del siglo XVI.

La industria alemana había
adquirido notable desarrollo en los siglos XIV y XV, los gremios de las ciudades
habían substituido la industria feudal del Campo que no tenía más que una
importancia local; producían para un círculo más amplio e incluso para
mercados lejanos. El arte de tejer paños gruesos y tejas de lino se había
generalizado y en Augsburgo se elaboraban hasta paños y telas de mayor finura.
Al lado de los telares había crecido aquella industria vecina del arte que
hallaba su sostén en el lujo eclesiástico y secular de fines de la Edad Media:
la de los plateros, joyeros, escultores, tallistas, grabadores, armeros,
medallistas, torneros, etc.

Una serie de inventos más o
menos importantes, entre los que los más brillantes fueron el de la pólvora y
el de la imprenta, había contribuido al aumento de la producción. Con la
industria se desarrollaba el comercio. Gracias al monopolio secular de la
navegación ejercido por la Liga hanseática, toda la Alemania del norte había
logrado emanciparse de la barbarie medieval; si bien tuvo que retroceder desde
fines del siglo XV ante la competencia de los ingleses y holandeses; la gran vía
comercial de la India al norte seguía atravesando
Alemania. A pesar de los
descubrimientos de Vasco de Gama aún era Augsburgo el gran emporio de las telas
de seda italianas, de las especies indias y de todos los productos del
Oriente. Las ciudades del sur, principalmente Augsburgo y Nuremberg, ostentaban
una riqueza y un lujo considerable por entonces.

También en la producción de
materias primas se habían realizado grandes progresos. En el siglo XV los
mineros alemanes tenían fama de ser los más hábiles del mundo, y el
florecimiento de las ciudades había sacado a la agricultura de su primitiva
torpeza medieval. Se habían roturado grandes extensiones de terreno, se criaban
plantas tintóreas y otras plantas importadas cuyo cultivo diligente surtió
buen efecto sobre la agricultura en general.

Sin embargo el aumento de la
producción nacional de Alemania no había podido alcanzar el nivel de otros países.
La agricultura era muy inferior a la de Inglaterra y Países Bajos, la industria
a la de Italia, Flandes e Inglaterra: la competencia de los navegantes
ingleses y sobre todo holandeses empezaba a hacer sentir sus efectos. La población
era todavía muy escasa. En Alemania la civilización no existía más que en
estado esporádico, agrupada en derredor de algunos centros industriales y
comerciales; los intereses de estos centros eran divergentes, faltaban los
puntos de contacto. El sur tenía vías de comunicación y mercados, muy
diferentes de los del norte; el este y el oeste apenas comunicaban. Ninguna de
las ciudades hubiera podido llegar a ser el centro económico del país como ya
lo era Londres en Inglaterra. El tráfico interior disponía tan solo de la
navegación costera y fluvial y de unas cuantas vías comerciales que de
Augsburgo y Nuremberg iban por Colonia a los Países Bajos y por Erfurt hacia el
norte. Al lado de los ríos y carreteras había un gran numero de pequeñas
ciudades que excluidas de las grandes comunicaciones seguían vegetando en las
condiciones de villa de la Edad Media, sin consumir mercancías de fuera y sin
exportar sus productos. Entre la población rural solo la aristocracia tenia algún
conocimiento del mundo exterior y de las nuevas costum-bres y necesidades, la
masa campesina no poseía más que relaciones puramente
locales y tenía, por consiguiente, un horizonte bastante limitado.

Mientras en Francia e
Inglaterra el desarrollo del comercio y de la industria tuvo como consecuencia
la creación de intereses generales en el país entero y con esto la
centralización política, Alemania no paso de la agrupación de intereses por
provincias, alrededor de centros puramente locales que llevó aneja la
fragmen-tación política, esta fragmentación que luego se estabilizó por la
exclusión de Alemania del comercio mundial. A medida que decaía el imperio
puramente feudal, se descompuso la unión de los países y los grandes
vasallos se transformaron en príncipes casi independientes. Las ciudades
libres, los caballeros del imperio formaron alianzas y guerreaban entre si o
contra los príncipes y el emperador. El poder imperial empezó a dudar de su
propia misión y vacilaba entre los diferentes elementos constitutivos del
imperio, perdiendo paulatinamente toda su autoridad; su intento de centralización
a la manera de Luis XI[1]por mucha intriga y violencia que empleasen,
no pudo más que salvar la unidad de los dominios imperiales de Austria. Los que
salieron ganando con esta confusión, en este sinnúmero de conflictos
contradictorios, fueron los representantes de la centralización dentro de la
fragmentación, es decir, los partidarios de la centralización local y
provincial: los príncipes, en comparación con los cuales el mismo emperador no
era ya sino otro príncipe más.

En estas circunstancias la
situación de las clases sociales de la Edad Media había cambiado por completo
y nuevas clases se habían formado al lado de las antiguas.

Los príncipes habían salido
de la alta nobleza. Eran casi independientes del emperador y disfrutaban todos
los derechos de soberanía. Declaraban la guerra y concluían la paz a su
antojo. Entretenían ejércitos permanentes, convocaban las dietas, decretaban
los impuestos. Mandaban ya sobre una parte de la pequeña nobleza y de las
ciudades y se valían de todos los medios para incorporarse las restantes
ciudades y baronías que aun dependían del imperio. Frente a estos obraron como centralistas,
mostrándose anticentralistas frente al poder imperial. Sus métodos de gobierno
eran bastante autoritarios. No convocaban los estados sino cuando ya no les
quedaba otra Salida. Decretaban impuestos y negociaban empréstitos; raras veces
reconocieron el derecho de los estados a aprobar los impuestos y aun menos
dejaban que se ejerciese. Aun así el príncipe casi siempre obtenía la mayoría
gracias al apoyo de los dos estados que, libres de tributos, disfrutaban del
producto de los impuestos: los caballeros y los prelados. Las necesidades de los
príncipes aumentaban con el lujo y la importancia de la vida cortesana, con los
ejércitos permanentes y con los crecientes gastos de gobierno. La carga
tributaria
se hizo cada vez más abrumadora. Una gran parte de las ciudades estaban
protegidas por sus privilegios; y toda la carga recaía de lleno sobre los
campesinos, tanto sobre los dominiales de los propios soberanos como sobre los
siervos de sus caballeros. Cuando no bastaba la imposición directa se añadió
la indirecta; recurrieron a las maniobras más ingeniosas del arte financiero
para llenar los vacíos del erario. Cuando ya no quedaba otro camino, habiendo
empeñado lo que era posible empeñar, cuando todas las ciudades libres se
negaban a conceder más crédito, los príncipes procedían a operaciones
monetarias de las mas sucias; acuñaban moneda mala e imponían un curso
forzado, alto o bajo, según convenía al fisco. El trafico con toda clase de
privilegios, que se anulaban después de vendidos para volver a venderlos más
caros. El aprovechamiento de todo intento de oposición como pretexto para toda
clase de incendios y saqueos, etcétera, constituían otras tantas fuentes de
ingreso seguras y cómodas para los príncipes de aquella época. También la
justicia era un negocio permanente y muy lucrativo. Los súbditos de entonces,
que además de todo esto tenían que satisfacer la codicia personal de los
corregidores y funcionarios de los príncipes, gozaban de todos los beneficios
de aquel sistema de gobierno "paternal".

La nobleza media había desaparecido por completo de la jerarquía feudal de
la Edad Media; sus representantes, si no habían conquistado la
independencia de los pequeños príncipes, habían tenido que engrosar las filas
de la pequeña nobleza. La pequeña nobleza, los caballeros, decaían rápidamente.
Una gran parte estaba ya completamente empobrecida. Sus miembros vivían al
servicio de los príncipes como funcionarios civiles o militares; otros subsistían
como vasallos sometidos a los príncipes y sólo una minoría dependía
directamente del poder imperial. El desarrollo de la técnica militar, la
importancia
creciente de la infantería, el perfeccionamiento de las armas de fuego
aniquilaron su poder guerrero reduciendo la eficacia de la caballería pesada y
acabando con la fortaleza inexpugnable de sus castillos. El progreso de la
industria hacia inútiles a los caballeros, lo mismo que a los artesanos de
Nuremberg. Sus pretensiones y necesidades económicas contribuyeron a su ruina.
El lujo que en sus castillos reinaba, la suntuosidad de los torneos y fiestas,
el precio de las armas y caballos aumentaban con los progresos de la civilización,
mientras que los ingresos de los caballeros y barones apenas variaron. Andando
el tiempo las guerrillas seguidas del indispensable saqueo e incendio, los
asaltos y otras ocupaciones aristocráticas se hicieron demasiado peligrosas.
Las contribuciones y servicios de los súbditos no producían más que antes.
Para cubrir sus gastos crecientes los señores tuvieron que recurrir a los
mismos expedientes que los príncipes. La opresión que ejercía la nobleza crecía
de año en año. Los siervos eran explotados hasta la última gota de sangre,
los nobles se valían de todos los pretextos para imponer nuevos tributos y
servicios a sus vasallos. En contra de todo lo estipulado aumentaban la
servidumbre personal, los pechos, censos, laudemios, derechos en caso de
muerte, tributos de domicilio, etc. Se negaba o se vendía la justicia y
cuando los caballeros no podían de este modo hacerse con el dinero de los
campesinos, los echaban sin más ni más al calabozo exigiéndoles un rescate.

Las demás clases tampoco
simpatizaban con la pequeña nobleza. Los nobles sujetos a vasallaje querían
depender directamente del imperio mientras la nobleza independiente buscaba
conservar su libertad. Menudeaban los litigios con los príncipes. El clero,
cargado de riquezas, parecía a los caballeros una clase inútil; le envidiaban
su enorme cantidad de bienes, sus tesoros acumulados gracias al celibato y a la
constitución eclesiástica. Peleaban continuamente con las ciudades; les
adeudaban dinero y se sostenían saqueando su territorio, despojando a sus
mercaderes y exigiendo rescate a los prisioneros. La lucha de la nobleza contra
todas estas clases tomó mayor violencia a medida que sus apuros financieros
se hicieron más apremiantes.

El clero como representante
ideológico del feudalismo medieval sufrió a su vez las consecuencias del
camino histórico. La imprenta y las necesidades de un comercio mas intenso habían
acabado con su monopolio del leer y escribir e incluso con el de la instrucción
superior. También en el terreno intelectual se produjo la división del
trabajo. Los juristas —oficio recién creado— quitaron al clero una serie de
posiciones de gran importancia. La mayor parte de éste se hizo inútil y lo
reconoció y demostró con su pereza e ignorancia creciente. Pero al par que
su inutilidad creció el número de clérigos atraídos por las enormes riquezas
de la Iglesia, que aumentaban continuamente gracias a toda suerte de maniobras.

El clero se componía de dos
clases completamente distintas. Su jerarquía feudal formaba la aristocracia
de los obispos, arzobispos, abates, priores y demás prelados. Estos altos
dignatarios
de la Iglesia cuando no eran al mismo tiempo príncipes del imperio dominaban
como señores feudales bajo la soberanía de otros príncipes grandes
territorios con numerosos siervos y vasallos. No sólo explotaban a sus súbditos
con tanta y más saña que la nobleza y los príncipes, sino que obraban de
manera aun más desvergonzada. A la violencia añadieron todas las sutilezas de
la religión, al horror de las torturas, los horrores de la excomunión, valiéndose
de todas las intrigas del confesionario para arrancar a los súbditos hasta el
último pfenning y aumentar la parte de la Iglesia en las herencias. La
falsificación de documentos era el medio preferido que empleaban estos dignos
hombres en sus estafas. Pero a pesar de percibir el diezmo además de los
derechos feudales y censos corrientes
no les bastaban todos estos ingresos. Para arrancar más tributos al pueblo
recurrieron a la fabricación de imágenes y reliquias milagrosas, a la
comercialización de las peregrinaciones, a la venta de bulas, lo que con
bastante éxito consiguieron durante algún tiempo.

En estos prelados y en su
numerosa policía de monjes fortalecida por las numerosas campañas de excitación
política y religiosa, se objetivó la ira popular así como el odio de la
nobleza. Cuando eran soberanos independientes su presencia molestaba a los príncipes.
La vida alegre de los ventripotentes obispos y abades y de su ejército de
frailes despertaba la envidia de la nobleza y la indignación del pueblo que
tenia que soportar los gastos; tanto mayor era esta indignación cuanto más la
vida de estos señores estaba en contradicción manifiesta con sus
predicaciones.

Los predicadores del campo y
de las ciudades constituían la fracción plebeya del clero. Se hallaban al
margen de la jerarquía feudal de la Iglesia y estaban excluidos del goce de sus
riquezas. Su trabajo estaba menos controlado y —a pesar de su importancia para
la Iglesia— era menos indispensable en aquel momento que los servicios policíacos
de los monjes acuartelados. Eran, por lo tanto, bastante peor pagados; en su
mayoría con prebendas exiguas. Gracias a su origen burgués o plebeyo habían
conservado contacto con las masas y el conocimiento de sus condiciones de vida,
a pesar de su oficio, les hacia simpatizar con la causa burguesa y plebeya. Los
monjes, salvo contadas excepciones, no tomaron parte en los movimientos de la época;
aquellos en cambio les dieron teóricos e ideólogos y no pocos murieron en el
cadalso. El odio popular hacia los frailes raras veces se volvía contra ellos.

Si el emperador era el jefe
de los príncipes y de la nobleza, el papa lo era de todos los curas. El
emperador cobraba el "pfenning común", los impuestos imperiales; el
papa, los impuestos eclesiásticos con los que subvenía a los gastos de la
suntuosa corte romana. En ningún país estos impuestos se recaudaban tan
escrupulosamente y con tanta severidad como en Alemania gracias al número y a
la influencia de los frailes.

Se mostraba un interés
especial en cobrar las anatas[2] al traspasar un obispado. Con las
necesidades crecientes se encontraron nuevos medios para sacar dinero: el
comercio de reliquias, de absoluciones, la organización de jubileos, etc. Todos
los años grandes sumas de dinero salían de Alemania camino de Roma: la opresión
creciente impulsó el odio contra los frailes, despertando el sentimiento patriótico,
sobre todo de la nobleza, que era la clase más nacional. Al iniciarse el
florecimiento comercial e industrial los habitantes de las primitivas ciudades
medievales se habían dividido en tres ramas enteramente distintas.

Las familias patricias, los
llamados "honorables" mandaban en las ciudades. Eran los más ricos.
Ellos solos formaban el ayuntamiento y desempeñaban los cargos públicos. No se
contentaron, pues, con administrar los caudales públicos, sino que los consumían.

Fuertes por su riqueza y por
su condición aristocrática reconocida desde antiguo por el imperial podían
despojar a sus conciudadanos como a los campesinos que dependían de la
ciudad. Practicaban el acaparamiento del trigo y la usura apropiándose toda
clase de monopolios y paulatinamente llegaron a privar a la comunidad de todos
sus derechos sobre los montes municipales, explotándolos en su propio provecho;
imponían arbitrariamente nuevos peajes y portazgos y traficaban con los
privilegios corporativos y derechos de maestría y de ciudadanía, vendiendo la
justicia. A los campesinos que vivian bajo su jurisdicción los trataban peor
que la misma nobleza y los curas; los corregidores y funcionarios patricios en
las aldeas añadieron a la dureza y a la codicia de los aristócratas cierta
pedantería y rigor burocrático en la recaudación. La hacienda municipal así
unida era administrada con suma arbitrariedad; la contabilidad era de pura
fórmula
y llevada a cabo con el mayor descuido y confusión posibles; las malversaciones
eran frecuentísimas. La facilidad con que una casta fortalecida por sus
privilegios y vinculada por el parentesco y el interés pudo enriquecerse con
los caudales públicos se comprende
cuando se tienen en cuenta las numerosas defraudaciones que reveló el año
1848.

Los patricios habían
procurado desvanecer los derechos de la comunidad, sobre todo en lo que tocaba a
la hacienda. Más tarde, cuando las estafas de estos señores se hicieron
intolerables, las comunidades se movilizaron por fin para reconquistar el
control sobre la administración municipal, lo que efectivamente lograron en las
demás ciudades. Pero gracias a las constantes luchas entre las corporaciones,
gracias a la obstinación de los patricios y a la protección que hallaron cerca
del poder imperial y en los gobiernos de las ciudades amigas, los concejales
patricios pudieron muy pronto restaurar su régimen, ya por astucia, ya por
violencia. Al principio del siglo XVI las comunidades se hallaban otra vez en la
oposición.

Esta se dividía en dos ramas
que se manifiestan claramente en la guerra campesina.

La oposición burguesa,
precursora del liberalismo de nuestros días abarcaba a los burgueses ricos y
medios como también a una parte de la pequeña burguesía que, según las
circunstancias
locales, era más o menos numerosa.

Sus reivindicaciones no
rebasaban lo estrictamente constitucional. Pedían el control de la
administración municipal y una representación en el poder legislativo por
medio de la asamblea comunal o de la representación municipal (ayuntamiento,
comisión gestora) querían limitar el favoritismo practicado con creciente
desenfado por unas familias patricias en perjuicio del mismo patriciado. A lo
sumo reivindicaban algunas concejalías para sus hombres de confianza. Este
partido,
reforzado de vez en cuando por la fracción descontenta de los patricios venidos
a menos, tenía una mayoría abrumadora en todas las asambleas comunales
ordinarias y en las corporaciones.

Los partidarios del
ayuntamiento junto a la oposición radical no constituían más que una ínfima
minoría de la verdadera burguesía.

Veremos como en el movimiento
del siglo XVI esta oposición "moderada", "legal" de gente
"acomodada" e "inteligente" desempeña el
mismo papel con igual resultado que su heredero, el partido constitucional en
1848 y 1849.

Esta oposición burguesa
polemizaba violentamente contra los frailes cuyas costumbres disolutas la
escandalizaban. Exigía medidas contra la vida escandalosa de estos dignos
hombres. Quería acabar con la jurisdicción propia y la exención tributaria de
los curas y pedía la restricción del número de monjas.

La oposición plebeya se
componía de burgueses venidos a menos y de una multitud de vecinos excluidos
del derecho de ciudadanía: oficiales, jornaleros y los numerosos brotes del
lumpenproletariat[3] que se encuentran hasta en las etapas inferiores
del desarrollo urbano. El lumpenproletariado en sus formas más o menos
desarrolladas es un fenómeno común a todas las etapas de la civilización. En
aquel tiempo el número de gentes sin profesión definida ni residencia fija
estaba en aumento, pues al descomponerse el feudalismo aún reinaba una sociedad
que dificultaba el acceso a todas las profesiones y esferas de actividad con un
sinnúmero de privilegios. En los países civilizados jamás el número de vagos
había sido mayor que en la primera mitad del siglo XVI. Un parte de estos
vagabundos se alistaba en el ejercito en tiempos de guerra otros pedían limosna
por las carreteras los restantes se ganaban su vida mísera realizando trabajos
como jornaleros y en otros oficios que no estaban reglamentados por los gremios.
Estas tres partes intervinieron en la guerra campesina: la primera en los ejércitos
de los príncipes que aniquilaron a los campesinos, la segunda en las
conjuraciones y en los grupos de campesinos armadas donde su influencia
desmoralizadora
se manifiesta en cada momento, la tercera en las luchas entre partidos en el
interior de las ciudades. Por lo demás no se debe olvidar que una gran parte de
esta clase y sobre todo los que vivían en las ciudades habían guardado un
fondo de robustez campesina y se hallaban muy lejos de la venalidad y degeneración
de nuestro lumpenproletariado civilizado.

Se ha visto que la oposición
plebeya en las ciudades reunía los elementos más diversos. Al lado de los
restos degeneradores de la vieja sociedad feudal y corporativa, empezó a
manifestarse el elemento proletario —aun poco desarrollado— de la naciente
sociedad burguesa. Unos eran compañeros de gremio empobrecidos a los que
solamente el privilegio ligaba al orden vigente, otros eran campesinos
desahuciados y criados despedidos que aun no podían ser proletarios. Entre
ambos se hallaban los oficiales que, excluidos de la sociedad de entonces, se
encontraban en una situación comparable a la del proletariado actual, teniendo
en cuenta la diferencia entre la industria de hoy y la regida por el privilegio
gremial. Pero al mismo tiempo y en virtud de este privilegio casi todos se
consideraban como los futuros maestros burgueses. La posición política de esta
mezcla de elementos habla de ser muy vacilante, variando según el lugar. Antes
de la guerra campesina la oposición plebeya no toma parte en las luchas políticas
como un partido autónomo. Aparece como un apéndice de la oposición burguesa,
como un tropel de alborotadores aficionados al pillaje, cuya actuación o
silencio se compra con algunas tubas de vino. Durante las insurrecciones
campesinas por fin se forma un partido, pero entonces depende de los campesinos
en sus reivindicaciones y en su actuación, lo que muestra hasta que punto la
ciudad aun dependía del campo. Cuando actúa en su propio nombre lo hace para
pedir la creación en el campo del monopolio industrial de la ciudad se opone
a toda disminución de los ingresos de la municipalidad, por la abolición de
cargas feudales en su territorio, en todo esto se muestra reaccionaria y se
somete a sus propios elementos pequeño burgueses, lo que constituye un preludio
característico de la tragicomedia que bajo el nombre de democracia viene
representando desde hace tres años la actual pequeña burguesía.

Únicamente en Turingia, bajo
la influencia directa de Münzer y en otros sitios gracias a sus discípulos, la
fracción plebeya fue arrastrada por la tempestad general y el proletariado
embrionario pudo momentáneamente imponerse a todos los demás elementos en
lucha. Este episodio que constituye el punto culminante de
la guerra campesina, simbolizado por la figura más gloriosa, Tomas Münzer,
es también el más corto. Se comprende el pronto fracaso de este movimiento,
las formas algo fantásticas que revistió, lo impreciso de sus
reivindicaciones: no pudo encontrar una base firme en aquella época.

Todas estas clases, excepto
la última oprimían a la gran masa de la nación: los campesinos. El campesino
soportaba el peso integro de todo el edificio social: príncipes, funcionarios,
nobleza, frailes, patricios y burgueses. El príncipe como el barón, el
monasterio como la ciudad, todos le trataban como mero objeto, peor que a las
bestias de carga. Como siervo, estaba entregado a su señor atado de pies y
manos. Siendo vasallo, los servicios a que le obligaba la ley y el contrato eran
ya suficientes para aplastarlo; pero todavía se las aumentaban continuamente.
Durante la mayor parte del tiempo, debía trabajar en las fincas del señor; con
lo que ganaba en sus ratos libres tenia que pagar los diezmos, censos, pechos[4],
tributos de guerra e impuestos regional e imperial. No podía casarse ni morir
sin que cobrase algo su señor. Además de los servicios regulares, tenia que
recoger paja, fresas, bayas, conchas de caracol, ayudar en la caza, cortar leña.
etc., todo para el señor. La pesca y la caza pertenecían al señor; el
campesino tenía que callar y resignarse mientras que la caza del amo destruía
su cosecha. Los señores se habían apropiado de casi todos los montes
comunales, pertenecientes a los campesinos. Lo mismo que de la propiedad, el
señor disponía arbitrariamente de la persona del campesino y de la de su mujer
e hijas. Tenía el derecho de pernada. Cuando quería mandaba encerrar a sus
siervos en el calabozo donde los esperaba la tortura con la misma seguridad
que el juez de instrucción les espera en nuestros días. Los mataba o los
mandaba degollar cuando quería. No hay capítulo de aquella edificante
"Carolina"[5] que trate "del desorejamiento",
"de la abscisión de narices", "del vaciamiento de los
ojos", "de la cortadura de dedos y manos", "de la decapitación",
"del suplicio de la rueda", "de la hoguera", "del
atenazamiento", "del descuartizamiento", etc., que los señores
protectores no hayan aplicado a sus campesinos. ¿Quién los iba a proteger? Los
tribunales estaban compuestos por barones, frailes, patricios o juristas que
no ignoraban la razón por la cual se les pagaba; pues todas las clases altas
del imperio vivían de la expoliación de los campesinos.

Bajo tan intolerable opresión
estas rechinaban los dientes; sin embargo era difícil decidirles a la
insurrección. Su división dificultaba en extremo todo acuerdo entre ellos. La
costumbre secular de la sumisión trasmitida de generación en generación y
en muchas regiones la perdida del hábito de usar armas, la dureza más o menos
grande de la explotación que variaba según la persona del señor,
contribuyeron a mantenerlos inmóviles. Durante la Edad Media nos encontramos
con una multitud de insurrecciones locales, pero —por lo menos en Alemania—
antes de la guerra campesina no hubo ninguna insurrección general de todos los
campesinos. Mientras se les oponía el poder organizado de los príncipes, de la
nobleza y de las ciudades unidas los campesinos no fueron capaces de lanzarse a
una revolución por si solos. Su única oportunidad de vencer hubiese sido
mediante una alianza con otras clases; pero ¿como unirse con ellas, si todas
los explotaban con igual saña?

Hemos visto que al comienzo
del siglo XVI las diferentes clases del imperio, los príncipes, la nobleza, los
prelados, los patricios, los burgueses, los plebeyos y los campesinos formaban
una masa sumamente confusa con intereses divergentes y en todo contradictorios.
Cada clase era un estorbo para la otra y se hallaba en lucha continua contra las
demás. Aquella división de una nación entera en dos campos que existió en
Francia al estallar la primera revolución y que hoy se manifiesta en una
etapa superior en los países avanzados era completamente imposible en estas
circunstancias; semejante división no se podía producir sino por la sublevación
de la capa inferior de la nación, explotada por todas las demás clases:
los campesinos y los
plebeyos. La confusión que reinaba en los intereses, opiniones y tendencias de
aquella época se comprenderá fácilmente recordando la confusión que en los
últimos dos años resultó de la división actual, mucho más sencilla, de la
nación alemana en aristocracia, burguesía, pequeña burguesía, campesinado y
proletariado.

________________________

[1] Rey de Francia desde 1461 a
1483.

[2] Suma que se paga por un título,
por lo honorífico de ciertos empleos y otras cosas. (Nota del editor.)

[3] Proletariado andrajoso.

[4] Impuesto que se pagaba al
señor por los bienes que poseía el pechero, el que pagaba. (Nota del editor.)

[5] El código penal del
emperador Carlos V (1519-1556).

## II. LOS GRANDES GRUPOS DE LA OPOSICION Y SUS IDEOLOGÍAS. LUTERO Y MÜNZER

La descentralización, la
autonomía local y regional, la diversidad comercial e industrial de las
provincias, la insuficiencia de las comunicaciones hacían imposible el
agrupamiento
en un conjunto de estas clases tan diversas, que no se realiza hasta difundirse
las ideas revolucionarias político religiosas de la Reforma. Las clases que
adoptan estas ideas y las que se oponen a ellas logran —aunque lenta y
penosamente—
la concentración de la nación entera en tres campos: el católico o
reaccionario, el luterano, burgués-reformista y el revolucionario. El hecho de
que esta división fuese poco consecuente hallándose en los dos primeros
campos elementos en parte parecidos, se explica por el estado de descomposición
en que se encontraban las clases feudales y por la descentralización que en
regiones diferentes hizo reaccionar a la misma clase de diferentes maneras.
Durante los últimos años hemos podido ver en Alemania tantos hechos parecidos
que no nos puede sorprender la aparente confusión de clases y subclases en las
condiciones mucho más embrolladas del siglo XVI.

A pesar de las experiencias
de fecha reciente, la ideología alemana no quiere ver en las luchas que dieron
al traste con la Edad Media sino una vehemente disputa teológica. Según dicen
nuestros historiadores patrios y nuestros sabios decátedra, las gentes de
aquella época no hubiesen tenido motivo para reñir por las cosas de este mundo
si se hubiesen podido poner de acuerdo sobre los asuntos celestiales. Estos ideólogos
son bastante crédulos para tomar como buena moneda todas las ilusiones que una
época tiene sobre si misma o que los ideólogos de una época se hacen sobre
ella. En la revolución de 1789 esta misma gente no ve más que una discusión
un tanto acalorada sobre las ventajas de la monarquía constitucional respecto a
la monarquía absoluta; en la revolución de julio una controversia practica
sobre lo insostenible del derecho divino; en la de febrero un ensayo de
resolver la cuestión: ¿república o monarquía?, etc. Nuestros ideólogos no
quieren saber nada de la lucha de clases que se decide en aquellos movimientos y
que no hace más que expresarse superficialmente en la frase política que
sirve de bandera. Lo siguen ignorando hoy día, cuando la noticia de tal lucha
nos llega clara y distinta, no solamente del extranjero, sino también por el
conducto de millares de voces proletarias en nuestro país.

También en las llamadas
guerras religiosas del siglo XVI se trataba sobre todo de intereses materiales y
de clase muy positivos y estas guerras fueron luchas de clase, lo mismo que más
tarde los conflictos interiores en Inglaterra y Francia. El hecho de que estas
luchas de clase se realizasen bajo el signo religioso, que los intereses,
necesidades y reivindicaciones de las diferentes clases se escondiesen bajo la
manta religiosa no cambia en nada sus fundamentos y se explica fácilmente
teniendo en cuenta las circunstancias de la época.

La Edad Media se había
desarrollado sobre la barbarie; había hecho tabla rasa de la civilización
antigua, con su filosofía, política y jurisprudencia para empezar de nuevo.
Del mundo antiguo no había recibido más que el cristianismo y una serie de
ciudades en ruinas, despojadas de toda su civilización. La consecuencia fue que
los curas obtuvieron el monopolio de la instrucción, como suele pasar en toda
civilización primitiva y que la misma instrucción tenía un marcado carácter
teológico. En manos de los curas la política, la jurisprudencia y todas las
demás ciencias no pasaron de ser meras ramas de la teología a las
que se aplicaban los principios de aquella: El dogma de la Iglesia era al mismo
tiempo axioma político y los textos sagrados tenían fuerza de ley en todos los
tribunales. Aun después de crearse el oficio independiente de los juristas, la
jurisprudencia permaneció bajo la tutela de la teología. Esta supremacía de
la teología en todas las ramas de la actividad intelectual era debida también
a la posición singular de la Iglesia como símbolo y sanción del orden feudal.
Es evidente que todo ataque general contra el feudalismo debía primeramente
dirigirse contra la Iglesia, y que todas las doctrinas revolucionarias, sociales
y políticas debían ser en primer lugar herejías teológicas. Para poder tocar
el orden social existente había que despojarle de su aureola.

La oposición revolucionaria
contra el feudalismo se manifiesta a través de toda la Edad Media. Según las
circunstancias aparece como misticismo, herejía abierta o insurrección
armada. En cuanto al primero se conoce hasta que punto los reformadores del
siglo XVI dependían de él. También Münzer le debe mucho.

Por una parte las herejías
expresaban la reacción de los pastores patriarcales de los Alpes contra el
feudalismo invasor (los Valdenses)[1]; por otra, la oposición de las
ciudades emancipadas del feudalismo (los Albigenses[2], Arnaldo de
Brescia)[3], etcétera; finalmente, la insurrección directa de los
campesinos (Juan Ball)[4], etc. Prescindamos de la herejía patriarcal
de los valdenses y de la insurrección
de los cantones suizos como de un intento de forma y contenido reaccionarios
para cerrar el paso a la evolución histórica y que sólo tuvo una importancia
local.

En las dos restantes herejías
medievales encontramos desde el siglo XII la huella de las divergencias que
separan la oposición burguesa de la campesina y plebeya y que motivaron el
fracaso de la guerra campesina. Estas divergencias subsistieron durante toda
la segunda parte de la Edad Media.

La herencia de las ciudades
—que es de cierto modo la herejía oficial de la Edad Media— se dirigía
principalmente contra los curas, atacándolos por su riqueza y su influencia política.
De igual modo que la burguesía de nuestros días pide un "gouvernement a
bon marche", un gobierno barato, los burgueses de la Edad Media pedían una
"eglise a bon marche", una iglesia barata. La herejía burguesa tenía
la forma reaccionaria de toda herejía que en la evolución de la Iglesia y de
su doctrina no quiere ver sino una degeneración. Exigía la restauración del
cristianismo primitivo con su aparato eclesiástico simplificado y la supresión
del sacerdocio profesional. Esta institución barata hubiera acabado con los
monjes, los prelados, la curia romana, en una palabra con todo lo que la Iglesia
tenía de costoso. Aunque protegidas por monarcas, las ciudades eran
republicanas; en sus ataques contra el papado expresaron por primera vez que la
republica es la forma normal de la dominación burguesa. Su enemistad contra
una serie de dogmas y preceptos de la Iglesia se explica por los hechos que ya
hemos enumerado y por sus condiciones de vida en general. El mismo Bocaccio[5]
nos da a conocer las razones que movieron a las ciudades a impugnar el celibato
en tonos tan vehementes. Arnaldo de Brescia en Italia y Alemania, los Albigenses
en el sur de Francia, Juan Wycliffe[6], en Inglaterra, Juan Hus y los
calixtinos en Bohemia fueron los principales representantes de esta tendencia.
El hecho de que en estoscasos la oposición contra el
feudalismo no se manifestase sino como oposición al feudalismo eclesiástico,
tiene su explicación en la independencia que ya habían logrado las ciudades,
en tanto que el estado reconocido, que gozaba de privilegios y podía muy bien
resistir al feudalismo secular por medio de las armas, por la decisión de sus
asambleas.

Aquí, como en el sur de
Francia, como en Inglaterra y Bohemia la mayor parte de la pequeña nobleza se
solidariza con la herejía de las ciudades en la lucha contra los curas, lo que
pone de manifiesto la dependencia en que las ciudades tenían la pequeña
nobleza y a su comunidad de intereses frente a los príncipes y prelados. Esta
alianza surgirá en la guerra campesina.

La herejía que expresaba los
anhelos de plebeyos y campesinos y que casi siempre daba origen a alguna
sublevación, tenía un carácter muy diferente. Hacía suyas todas las
reivindicaciones
de la herejía burguesa que se referían a los curas, al papado y a la
restauración de la iglesia primitiva, pero al mismo tiempo iba mucho mas allá.
Pedía la instauración de la igualdad cristiana entre los miembros de la
comunidad
y su reconocimiento como norma para la sociedad entera. La igualdad de los hijos
de Dios debía traducirse por la igualdad de los ciudadanos y hasta por la de
sus haciendas; la nobleza debía ponerse al mismo nivel que los campesinos, los
patricios y burgueses privilegiados al de los plebeyos. La supresión de los
servicios personales, censos, tributos, privilegios, la nivelación de las
diferencias más escandalosas en la propiedad eran reivindicaciones formuladas
con más o menos energía y consideradas como consecuencia necesaria de la
doctrina cristiana, cuando el feudalismo estaba en su auge. Esta herejía
plebeya y campesina (p.e. la de los Albigenses) no se esperaba de la burguesía,
pero durante los siglos XIV y XV se transforma en ideario de un partido bien
definido, independiente de la herejía burguesa. Así Juan Ball, el predicador
de la sublevación de Wat-Tyler en Inglaterra, aparece al margen del
movimiento de Wycliffe como los Taboritas al lado de los calixtinos en Bohemia.
En el movimiento Taborita se manifiesta ya bajo el ropaje teocrático esa
tendencia republicana que a fines del
siglo XV y al principio del XVI adquirió tanta importancia entre los
representantes de los plebeyos alemanes.

Junto a esta forma de herejía
existe la exaltación de las sectas místicas, los flagelantes. Lollards[7],
etc., que en los tiempos de opresión mantienen viva la tradición
revolucionaria.

Los plebeyos eran la única
clase que entonces se hallaba enteramente al margen de la sociedad existente. Se
hallaban fuera de la comunidad feudal y de la comunidad burguesa. No tenían
privilegios ni bienes; no tenían ni siquiera la propiedad gravada con cargas
abrumadoras, de los campesinos y pequeños burgueses. Estaban desposeídos y sin
derechos; en su vida normal ni siquiera entraban en contacto con las
instituciones de un Estado que ignoraba hasta su existencia. Eran un símbolo
viviente de la disolución de la sociedad feudal y corporativa y al mismo tiempo
los primeros precursores de la moderna sociedad burguesa.

Así se explica que ya
entonces la fracción plebeya no pudiera contentarse con combatir tan sólo al
feudalismo y a la burguesía privilegiada de los gremios, sino que hubo de ir
—por lo menos en su imaginación— mas allá de la propia sociedad burguesa
apenas naciente y por qué esta fracción desposeída tuvo que renegar de ideas
y conceptos que son comunes a todas las sociedades basadas en el antagonismo de
clases. Las fantasías quiliásticas[8] del
cristianismo primitivo ofrecían el punto de referencia oportuno. Pero la
superación, no sólo del presente, sino también del porvenir, no podía ser más
que forzada e imaginaria; al primer intento de realización tenia que volver a
encerrarse en los estrechos límites que permitían las
circunstancias de entonces. El ataque contra la propiedad privada, la
reivindicación de la comunidad de bienes no podían dar más resultado que
una simple organización de la caridad; la confusa igualdad cristiana podía a
lo sumo traducirse por la burguesa igualdad ante la ley; la supresión de toda
autoridad por fin se transforma en el establecimiento de gobiernos
republicanos elegidos por el pueblo. La anticipación del comunismo en la
imaginación condujo, en realidad, a una anticipación de la nueva sociedad
burguesa.

Esta anticipación forzada de
la historia posterior es muy explicable por las condiciones de vida de la fracción
proletaria. En Alemania fue Tomas Münzer con su partido quien primero la
llevo a cabo. Los Taboritas habían tenido cierta comunidad de bienes quiliástica,
pero tan sólo como medida puramente militar. Pero en el caso de Münzer estos
brotes de comunismo expresan los anhelos de toda una fracción de la sociedad;
desde que él los formuló por primera vez con cierta claridad, los encontramos
en todos los grandes movimientos populares hasta que por fin se unieron en el
movimiento proletario moderno; tal como en la Edad Media las luchas de los
campesinos libres contra la dominación feudal, cada vez mas amenazante, se unió
con la lucha de los vasallos y siervos por la destrucción total de esta
dominación.

Mientras en el campo católico
conservador se juntaron todos los elementos interesados en la conservación de
lo existente, es decir, el poder imperial, los príncipes eclesiásticos y parte
de los seculares, los nobles ricos, los prelados y el patriciado de las
ciudades, la reforma luterana burguesa y moderada agrupa a los elementos
pudientes de la oposición, la masa de la pequeña nobleza, la burguesía y
hasta una parte de los príncipes seculares que querían enriquecerse
incautándose
de los bienes del clero y que aprovecharon esta oportunidad para lograr una
mayor independencia frente al poder imperial. Los campesinos y plebeyos por fin
formaron el partido revolucionario, cuyo portavoz mas ardiente fue Tomas Münzer.

Por sus doctrinas, su carácter
y su conducta Lutero y Münzer fueron los perfectos representantes de sus
partidos.

De 1517 a 1525 Lutero cambió
de igual modo que los constitucionalistas alemanes de 1846 a 1849 y como todos
los partidos burgueses que colocados en un momento a la cabeza del movimiento se
ven desplazados por el partido proletario o plebeyo que forma en su retaguardia.

Cuando en 1517[9]
Lutero atacó por primera vez el dogma y las instituciones de la Iglesia católica,
su oposición no tenía un carácter bien definido. Sin ir más allá de la
antigua herejía burguesa no excluía tampoco ni podía excluir las tendencias más
radicales. En el primer momento había que reunir todos los elementos de la
oposición, había que demostrar la energía revolucionaria más decidida, había
que representar a la totalidad de las herejías frente a la ortodoxia católica.
En esto se parece a nuestros burgueses liberales, que en 1847 eran
revolucionarios, se decían socialistas y comunistas y se entusiasmaban por la
emancipación de la clase trabajadora. En este primer periodo Lutero dio libre
curso a toda la vehemencia de su temperamento de campesino vigoroso. "Si
su furia (la de los curas romanos) debiese seguir, me parece sería el mejor
consejo y remedio atajarla por la violencia, armándose reyes y príncipes para
atacar a esta gente dañosa que al mundo entero envenena, y acabar con ella por
las armas, no con palabras. ¿No castigamos a los ladrones con espada, a los
asesinos con garrote, a los herejes con el fuego? ¿Por qué no atacamos pues a
estos maestros de perdición cual son papas cardenales, obispos y toda la
gentuza de la Sodoma romana? ¿Por qué no los atacamos con toda clase de armas
y lavamos nuestras manos en su sangre?".

Pero esta furia
revolucionaria del principio terminó pronto. El rayo que Lutero había lanzado
cayó en el polvorín. El pueblo alemán se puso en movimiento. De un lado los
campesinos y plebeyos vieron en sus proclamas contra los curas en su sermón
sobre la libertad cristiana la señal de la sublevación; del otro lado los
burgueses moderados y una gran parte de la pequeña nobleza se unieron a él; y
hasta algunos

príncipes fueron arrastrados
por la tormenta. Unos creyeron que había llegado el día de ajustar las cuentas
a sus opresores, otros solo querían destruir el poder de los curas, la
hegemonía romana y enriquecerse por la incautación de los bienes eclesiásticos.
Los partidos se separan y eligieron sus representantes. Lutero tuvo que escoger.
El protegido del elector de Sajonia, el respetable profesor de la Universidad de
Wittenberg que del día a la mañana se hizo celebre y poderoso, el gran
hombre rodeado de lacayos y aduladores no vacilo ni un momento. Dejo caer a los
elementos populares del movimiento para unirse al sequito burgués, aristocrático
y monárquico. Enmudecieron los llamamientos a la guerra de exterminio contra
Roma. Ahora Lutero recomendaba la evolución pacifica y la resistencia pasiva.
(Véase p. e. "A la nobleza de la nación alemana" 1520 etc.) Cuando
Hutten le invito a visitarle a él y a Sickingen en el castillo de Ebernburg que
era el centro de la conspiración de la nobleza contra los curas y príncipes,
Lutero le contestó: "No quiero que el Evangelio se imponga por la
violencia y vertiendo sangre. El mundo fue ganado por la palabra, la Iglesia por
la palabra fue instituida y por la palabra renacerá y el Anticristo, habiéndolo
conseguido todo sin violencia, caerá sin violencia".

Desde que se realizó este
cambio o mejor dicho desde que se definió la tendencia de Lutero, empezó el
regateo de si se debían conservar o reformar tales y cuales dogmas e
instituciones,
principiaron aquellos repugnantes conciliábulos, concesiones, intrigas y
convenios que dieron como resultado la "confesión de Augsburgo", el
estatuto de la iglesia burguesa reformada, logrado después de mucho intrigar.
Es exactamente el mismo tráfico que últimamente se ha repetido hasta la
nausea en las asambleas nacionales alemanas, las "asambleas de
convenio", "cámaras de revisión" y "parlamentos" de
Erfurt. En estas negociaciones se manifiestó el carácter cerrilmente burgués
de la Reforma oficial. Lutero, como representante declarado de la reforma
burguesa, tenía razones muy serias para predicar el progreso legal. La mayoría
de las ciudades había aceptado la Reforma; también cundía entre la pequeña
nobleza, una parte de los príncipes la acepto, los demás estaban indecisos. El
éxito estaba casi asegurado, por lo menos en una gran parte de Alemania. Si
seguía el desarrollo pacifico, las demás regiones no podían rebatir a la
larga el empuje de la oposición moderada. Pero toda agitación violenta hubiese
hecho estallar el conflicto entre el partido moderado y los extremistas plebeyos
y campesinos; los príncipes, la nobleza y muchas ciudades se apartarían del
movimiento y el partido burgués seria desplazado por los campesinos y
plebeyos o la reacción católica aplastaría a todos los partidos del
movimiento. Últimamente hemos tenido bastantes ejemplos de cómo los partidos
burgueses cuando han conseguido algún pequeño éxito se empeñan en conservar
por medio del progreso legal el equilibrio entre el Escila de la revolución y
el Caribdis de la restauración.

Dadas las circunstancias políticas
y sociales de aquella época todo cambio debía necesariamente redundar en
provecho de los príncipes y aumentar su poder; la Reforma burguesa, cuanto más
se separaba de los elementos plebeyos y campesinos, mas debía de caer bajo el
dominio de los príncipes conformes con ella. El mismo Lutero terminó por ser
su lacayo y el pueblo supo perfectamente lo que hacia cuando dijo que Lutero
se había convertido en servidor de los príncipes como los demás y cuando lo
apedreó en Orlamünde.

Al estallar la guerra de
campesinos en regiones donde los príncipes y la nobleza eran
en su mayoría católicos, Lutero trató de adoptar una actitud conciliadora.
Arremetió contra los gobiernos atribuyéndoles la culpa de la insurrección por
la opresión que ejercían. Según él los campesinos no eran los que oponían
la resistencia, sino el mismo Dios. De otra parte, la sublevación era también
impía y contraria al Evangelio. Finalmente aconsejó a ambos bandos que se
hicieran mutuas concesiones y se reconciliaran.

Pero a pesar de esta mediación
benévola la insurrección se extendió rápidamente; en las regiones
protestantes gobernadas por príncipes, señores o ciudades luteranas la
sublevación arrolló a la Reforma burguesa y "razonable". En la misma
Turingia, donde vivía Lutero, establecieron su cuartel general los más
decididos insurgentes capitaneados por Münzer. Algunos éxitos más y
Alemania entera ardía en llamas, Lutero era apresado —y tal vez "pasado
por las baquetas" como traidor— y la Reforma burguesa arrastrada por la
marea de la revolución campesina y plebeya. No había tiempo para vacilar.
Frente a la revolución se olvidaron los viejos rencores; en comparación con
las bandas de campesinos, los servidores de la Sodoma romana eran mansos
corderos, inocentes hijos de Dios; burgueses y príncipes, nobles y curas,
Lutero y el Papa se aliaron "contra las bandas asesinas de campesinos
ladrones". "Hay que despedazarlos, degollarlos y apuñalarlos, en
secreto y en público; ¡y los que puedan que los maten como se mata a un perro
rabioso!", gritaba Lutero. "Por esto, queridos señores, oídme y
matad, degolladlos sin piedad; y aunque muráis ¡cuan dichosos seréis! pues
jamás podríais recibir una más feliz muerte. Nada de falsa piedad con los
campesinos. Son como los insurgentes los que de ellos se apiaden, porque Dios no
les tiene misericordia sino antes quiere verlos castigados y perdidos. Luego los
mismos campesinos darán las gracias al Señor cuando tengan que entregar
una vaca para poder disfrutar en paz de la que queda; por esta rebeldía los príncipes
conocerán el espíritu de la plebe a la que no pueden gobernar sino por la
violencia. "Dice el sabio; cibus onus et virgam asino,[10] al
campesino corresponde paja de avena; si son insensatos y no quieren obedecer a
la palabra que obedezcan a la "virga", al arcabuz, y será para el
bien de ellos. Deberíamos rezar para que obedezcan; y sino nada de conmiseración.
Dejad que les hablen los arcabuces, sino será mil veces peor".

Exactamente igual hablaban
nuestros filántropos burgueses y exsocialistas, cuando el proletariado les
fue a reclamar su parte después de la victoria.

Con su traducción de la
Biblia, Lutero había dado un instrumento poderoso al movimiento plebeyo. En
la Biblia había opuesto el cristianismo sencillo de los primeros siglos al
cristianismo
feudal de la época; frente a la sociedad feudal en descomposición había
descrito una sociedad que desconocía la

jerarquía feudal, compleja y
artificiosa. Este instrumento, los campesinos lo habían empleado a fondo contra
los príncipes, la nobleza y los curas. Ahora Lutero lo volvió contra ellos y
sacó de la misma Biblia la alabanza de las autoridades instituidas por la
gracia de Dios, como ningún lacayo de la monarquía absoluta lo hizo jamás. La
Biblia sirvió para justificar la monarquía por la gracia de Dios, la
obediencia pasiva y hasta la servidumbre. Fue la negación no solo de la
sublevación campesina sino de la rebeldía del mismo Lutero contra la autoridad
espiritual y secular; la traición en beneficio de los príncipes no solo de la
rebeldía popular sino del movimiento burgués.

(No hace falta nombrar la
burguesía que últimamente nos ha dado nuevos ejemplos de esta traición de su
propio pasado).

A Lutero, reformador burgués,
opongamos a Münzer, revolucionario plebeyo.

Tomas Münzer nació en
Stolberg, en la montaña del Harz, hacia el año 1498[11]. Parece que
su padre murió ahorcado, victima de la arbitrariedad de los condes de Stolberg.
A la edad de 15 años, siendo alumno de la escuela de Halle, fundó ya una liga
secreta contra el arzobispo de Magdeburgo y la Iglesia romana en general. Su
erudición teológica le valió pronto el titulo de doctor y un puesto de capellán
en un convento de monjas. Ya entonces trataba con el mayor desprecio el dogma
y los ritos de la Iglesia, diciendo misa omitía las palabras de la
transubstanciación y como refiere Lutero, se comía los Dioses no consagrados.
Estudiaba, sobre todo, los místicos medievales y particularmente los escritos
quiliásticos de Joaquín Calabres[12]. En la Reforma y en la inquietud
de la época Munzer veía el principio del nuevo reino milenario, el juicio de
Dios sobre la Iglesia degenerada y el mundo corrompido que había descrito el
Calabres. Sus sermones lograron gran aplauso en la región. En 1520 vino Zwickan
como primer predicador evangélico. Allí se encontró con una

de aquellas sectas de
quiliastas exaltados que seguían existiendo en muchas regiones y bajo cuya
humildad y retraimiento momentáneo se escondía la creciente oposición de
las capas inferiores de la sociedad contra el vigente estado de cosas; ahora, al
aumentar la agitación, salieron a la luz manifestándose con mayor firmeza.
Eran la secta de los anabaptistas a cuya cabeza iba Nicolás Storch.
Anunciaban el juicio final y el reino milenario; tenían "visiones,
arrobamientos y el don de la profecía". Pronto entraron en conflicto con
el ayuntamiento de Zwickan; Münzer lo defendió a pesar de no identificarse con
ellos y logró tenerlos bajo su influencia. El ayuntamiento inició una represión
enérgica; los anabaptistas y Miinzer con ellos tuvieron que abandonar la
ciudad. Esto sucedió a fines de 1521.

Marchó a Praga donde intentó
ganar terreno en contacto con los restos del movimiento husita. Pero las
proclamas no tuvieron más efecto que obligarle a huir también de Bohemia. En
1522 se hizo predicador en Altstedt. Allí empezó a reformar el culto.
Suprimió totalmente el uso del latín, antes de que Lutero se atreviese a
hacerlo, dejando que se leyese la Biblia entera y no tan sólo las epístolas y
evangelios de rigor en el culto dominical. Al mismo tiempo organizaba la
propaganda en la región. El pueblo acudía de todas partes y Altesdt vino a ser
el centro para Turingia entera del movimiento anticlerical popular.

Münzer seguía siendo el teólogo;
sus ataques se dirigían casi exclusivamente contra los curas. Pero no
propugnaba la discusión Pacifica y el progreso legal como ya lo hacia Lutero,
sino que siguió predicando la violencia, llamando a los príncipes sajones y al
pueblo a la intervención armada contra los curas romanos. "¿No dijo
Cristo: he venido, no a traeros la paz, sino la espada? ¿Y qué debéis hacer
con aquella? Nada, sino alejar y separar a la gente ruin que se opone al
evangelio. Cristo ordenó con gran severidad: (Luc. 18, 27). Apresad a mis
enemigos y matadlos ante mis ojos... No os valgáis del vano pretexto de que el
brazo de Dios lo debe hacer sin la ayuda de vuestra espada, que bien pudiera
aquella enmohecerse en su vaina. Los que se opongan a la

revelación divina, sean
aniquilados sin piedad, como Hisquias, Ciro, Josias, Daniel y Elías destruyeron
a los pontífices de Baal, la Iglesia cristiana no puede de otro modo volver a
su origen. En tiempo de vendimia hay que arrancar las malas hierbas de la viña
del señor. Dios ha dicho: (S. Mois 7). "No tengáis compasión con los idólatras,
romped sus altares, destrozad sus imágenes y quemadlos para que no me
enoje".

Pero estos llamamientos a los
príncipes no tuvieron éxito: mientras tanto la agitación revolucionaria crecía
continuamente. Las ideas de Münzer se hicieron más precisas y más audaces.
Münzer se separó de la Reforma burguesa y se hizo agitador político.

Su doctrina teológica y
filosófica no sólo atacaba los principios del Catolicismo sino que se volvió
contra el cristianismo en general. Bajo las formas cristianas Münzer enseñaba
un panteísmo que tiene un parecido extraño con las teorías especulativas
modernas avecinándose algunas veces al ateísmo. Desechaba la Biblia en tanto
que revelación única e infalible. La verdadera revelación, la revelación
viviente es la razón humana que ha existido y existe en todos los pueblos.
Oponer la Biblia a la razón significa matar el espíritu por la letra. El Espíritu
Santo de que tanto habla la Biblia, no existe fuera de nosotros; el Espíritu
Santo es la misma razón. La fe no es más que el despertar de la razón en el
hombre; por eso también los paganos pueden tener la fe. La fe, la razón
llamada a la vida, diviniza y santifica al hombre. El cielo no es de ultratumba,
hay que buscarlo en esta vida; al creyente incumbe la misión de establecer este
cielo, el reino de Dios, aquí sobre la tierra. Asimismo no hay cielo en el más
allá, tampoco existe un infierno o condenación eterna. Y no hay más diablo
que la codicia y concupiscencia de los hombres.

Cristo fue un hombre como
nosotros, un profeta y maestro cuya cena no es más que una comida conmemorativa
donde se toma pan y vino sin ningún adorno místico.

Esta fue la doctrina que Münzer
disimulaba debajo de la fraseología cristiana detrás de la cual la nueva
filosofía tuvo que esconderse durante algún tiempo. Pero a través de sus
escritos aparecen sus principios archiheréticos, y se ve

que el adorno bíblico le
importaba mucho menos que a ciertos discípulos de Hegel en tiempos recientes; y
sin embargo, los separaban tres siglos.

Su doctrina política procede
directamente de su pensamiento religioso revolucionario y se adelantaba a la
situación social y política de su época lo mismo que su teología a las ideas
y conceptos corrientes. Si la filosofía religiosa de Münzer se acercaba al
ateismo, su programa político tenía afinidad con el comunismo; muchas sectas
comunistas modernas en vísperas de la revolución de febrero no disponían de
un arsenal teórico tan rico como "los de Münzer " en el siglo XVI.
En su programa el resumen de las reivindicaciones plebeyas aparece menos
notable que la anticipación genial de las condiciones de emancipación del
elemento proletario que apenas acababa de hacer su aparición entre los
plebeyos. Este programa exigía el establecimiento inmediato del reino de Dios,
de la era milenaria de felicidad tantas veces anunciada, por la reducción de la
Iglesia a su origen y la supresión de todas las instituciones que se hallasen
en contradicción con este cristianismo que se decía primitivo y que en
realidad era sumamente moderno. Pero según Münzer este reino de Dios no
significaba otra cosa que una sociedad sin diferencias de clase, sin propiedad
privada y sin poder estatal independiente y ajeno frente a los miembros de la
sociedad. Todos los poderes existentes que no se conformen sumándose a la
revolución serán destruidos, los trabajos y los bienes serán comunes v se
establecerá la igualdad completa. Para estos fines se fundará una liga que
abarcará no sólo toda Alemania, sino la cristiandad entera; a los príncipes y
grandes señores se les invitará a sumarse y cuando se negaren a ello la liga
con las armas en la mano los destronará o los matará a la primera ocasión.
Inmediatamente Münzer se puso a organizar esta liga. Sus predicaciones tomaron
un carácter todavía más violento y revolucionario; con la misma pasión que
mostraba en condenar a los curas, tronaba contra los príncipes, la nobleza y
el patriciado y describía con colores sombríos la opresión presente comparándola
con el cuadro fantástico de su reino milenario de igualdad social republicana.
Además, publicaba

un panfleto revolucionario
tras otro y enviaba emisarios a todas partes, mientras el mismo organizaba la
liga de Altstedt y sus alrededores.

El primer fruto de esta
propaganda fue la destrucción de la capilla de Santa Maria en Mellerbach, cerca
de Altstedt, con lo que se consiguió, el mandamiento: "Destrozad sus
altares
romped sus columnas y quemad sus ídolos por el fuego, porque sois un pueblo
santo" (Deut. 7, 5). Los príncipes se trasladaron personalmente a Altstedt
y llamaron a Münzer al castillo. Allí pronuncio un sermón como nunca lo había
oído de Lutero, esta "carne placida de Wittenberg" como le llamaba Münzer.
Basándose en el Nuevo Testamento insistió en que se debía matar a los
gobernantes despiadados y especialmente a los frailes y curas que trataban el
evangelio como una herejía. Los impíos no tienen derecho a vivir, si no fuera
por la misericordia de los elegidos. Si los príncipes no destruyen a los impíos,
Dios les quitara la espada, pues el poder sobre la espada pertenece a la
comunidad. Los príncipes y grandes señores son la hez de la usura, del robo y
del bandidaje; se apropian toda la creación; los peces en el agua, las aves
en el aire y las plantas sobre la tierra les pertenecen. Y además de todo esto
predican a los pobres: "no robaras", mientras ellos roban lo que
pueden y explotan al campesino y al artesano; cuando cometen la menor falta los
mandan colgar, y a la postre vendrá el doctor Mentiras[13] para dar su
bendición y decir: Amen. "Los mismos señores hacen que les odie el pobre.
No quieren quitar la causa de la rebeldía. ¿Cómo podría esto mejorar a la
larga? ¡Ay, señores, que bien estará esto cuando el Señor ande entre los
viejos jarros con una barra de hierro! Y —como digo, seré rebelde. Y así
estará bien (Compárese Zimmermann, "Bauemkrieg" II, pag. 75).

Este sermón diólo Münzer a
la imprenta. El duque Juan de Sajonia desterró al impresor e impuso la censura
del gobierno ducal de Weimar a todos los escritos de Munzer. Pero Münzer ni
hizo caso de esta orden. En la ciudad libre de Miihlhausen mandó imprimir un
panfleto sumamente violento.

Pidió al pueblo se
manifestase "para que vean y entiendan todos cómo son nuestros caciques,
aquellos sacrílegos que de Dios han hecho un hombrezuelo pintado"; y
terminó con las siguientes palabras: "El mundo entero tendrá que sufrir
un gran trastorno; empezara tal revuelo que los sacrílegos serán precipitados
de sus sitios y los humildes enaltecidos". Como lema "Tomas Münzer
con el martillo" puso sobre la portada: "Escucha: he puesto mis
palabras en tu boca y te he colocado hoy por encima de las gentes y de los
imperios, para que arranques, rompas, disperses y destruyas y para que plantes y
construyas. Una muralla de hierro esta levantada entre los reyes, príncipes,
curas y el pueblo. Que vayan a pelear aquellos, la victoria milagrosa será el
ocaso de los tiranos impíos y brutales".

Desde tiempo atrás la
ruptura con Lutero y su partido era un hecho consumado. El mismo Lutero había
tenido que aceptar muchas reformas eclesiásticas que Münzer había introducido
sin consultarle. Observaba la actividad de Münzer con el recelo airado que
siente un reformador moderado frente al empuje de un partido revolucionario.
En la primavera de 1524 Münzer había escrito a este prototipo de filisteo y
burócrata tísico, a Melanchton, que él y Lutero no entendían, nada del
movimiento, que buscaban ahogarlo en la batería y pedantería bíblica y que
toda su doctrina estaba podrida. "Queridos hermanos, dejad la espera y las
dudas, el tiempo urge, el verano esta en la puerta. No hagáis amistad con los
impíos, pues ellos impiden que la palabra obre con toda su fuerza. No aduléis
a vuestros príncipes, si no queréis perecer con ellos. ¡Oh, sutiles
doctores!, no os enfadéis, que no puedo obrar de otra manera".

Varias veces Lutero desafió
a Münzer a discutir con é1 en pública controversia; pero si este se
encontraba dispuesto a la lucha abierta ante el pueblo, no tenía en cambio, el
menor deseo de iniciar una lucha teológica ante el público parcial de la
Universidad de Wittenberg. No quería "reservar el producto espiritual
exclusivamente para la alta escuela". Si Lutero era sincero ¿por qué no
empleaba su influencia en hacer cesar las medidas arbitrarias contra el impresor
y la censura

de sus escritos, para poder
decidir la lucha libremente por medio de la prensa?

Ahora, después de publicado
aquel folleto revolucionario de Münzer, Lutero lo denuncio públicamente. En su
carta impresa "a los príncipes de Sajonia contra el espíritu
rebelde" declaró a Münzer instrumento de Satán e invitó a los príncipes,
interviniesen y expulsasen a los instigadores de la rebelión que no se
contentaban con propagar sus malas doctrinas, sino que predicaban la insurrección
y la resistencia violenta contra las autoridades.

El primero de agosto Münzer,
acusado de fomentar manejos subversivos, tuvo que justificarse ante los príncipes
reunidos en el palacio de Weimar. Se habían comprobado hechos sumamente
graves; habían descubierto su liga secreta, conocían su intervención en las
asociaciones de mineros y campesinos. Le amenazaron con el destierro. De
regreso en Altstedt, supo que el duque Jorge de Sajonia pedía su extradición;
se habían interceptado cartas escritas por él y en las que llamaba a los súbditos
de Jorge a la resistencia armada contra los enemigos del Evangelio. Si no
hubiese abandonado la ciudad el ayuntamiento lo hubiera entregado.

Entre tanto, la agitación
creciente que reinaba entre los campesinos y plebeyos, había facilitado
enormemente la propaganda de Münzer. Había encontrado agentes inestimables
en la persona de los anabaptistas. Esta secta no tenía un dogma positivo bien
definido, la aglutinaba la oposición contra todas las clases dominantes y el símbolo
común del segundo bautismo. Hacían una vida severa y ascética; incansables,
fanáticos e impávidos en la agitación, se habían agrupado más y más en
derredor de Münzer. Excluidos por las persecuciones de toda residencia fija,
corrían por Alemania, propagando en todas partes la nueva doctrina de Münzer,
en la que encontraban la explicación de sus propias necesidades y deseos.
Muchos fueron torturados, quemados o ejecutados, pero la valentía y la
perseverancia de estos emisarios no conocían límites; y dada la creciente
excitación del pueblo su actuación tuvo un éxito inmenso. Al huir de
Turingia, Münzer encontró el terreno preparado cualquiera que fuese su ruta.

Cerca de Nuremberg, a donde
se dirigió inmediatamente, se acababa de ahogar en sus gérmenes una revuelta
campesina. Münzer hizo una agitación solapada; y pronto aparecieron
hombres que defendieron sus teorías más atrevidas sobre la intranscendencia de
la Biblia y la vanidad de los sacramentos y declaraban que Cristo no era más
que un hombre y que la autoridad secular era contraria a Dios. "¡Allí
anda el Satanás, el espíritu de Altstedt!", exclamó Lutero. En
Nuremberg, Münzer dio a la imprenta su respuesta a Lutero. No vaciló en
acusarlo de adular a los príncipes y de apoyar a la reacción con su actitud
ambigua. Sin embargo, el pueblo conquistará su libertad y al doctor Lutero le
pasara lo que a un zorro capturado. El ayuntamiento mando recoger el panfleto
y Münzer tuvo que abandonar la ciudad.

Atravesando Suabia se trasladó
a Alsacia y a Suiza, regresando luego a la Selva Negra, donde la insurrección
ya había estallado desde había algunos meses, acelerada en gran parte por la
labor de sus emisarios anabaptistas. Este viaje de propaganda efectuado por Münzer
merece haber contribuido en gran medida a la organización del partido popular,
a la clara definición de sus reivindicaciones y a la insurrección general en
abril de 1525. Entonces se manifiesta claramente la doble eficacia de Münzer
frente al pueblo al que animaba empleando las frases del profetismo religioso
que eran las únicas comprensibles para todos, y frente a los iniciados con los
que podía hablar abiertamente de su tendencia final. Antes, en Turingia, había
reunido un grupo de hombres decididos que pertenecían al pueblo y a las capas
inferiores del clero y los había colocado al frente de las asociaciones
clandestinas, pero luego, en la Alemania del suroeste, el mismo se transforma en
eje de todo el movimiento revolucionario. Establece relaciones entre Sajonia,
Turingia y Franconia y Suabia hasta Alsacia y la frontera suiza; entre sus discípulos
y jefes de su liga se encuentran agitadores como Hubmaier en Waldshut, Conrado
Grebe en Zurich, Francisco Rabmann en Griessen, Schappelar en Memmingen, Jacobo
Wehe en Leipheim, el doctor Mantel en Stuttgart, que en su mayoría eran
sacerdotes revolucionarios.

Münzer permanecía en
Griessen cerca de la frontera suiza y desde allí corría a través del Hegau y
Klettgau etc. Las persecuciones sangrientas de que los príncipes y señores
asustados hicieron victimas a esta nueva herejía plebeya, contribuyeron
mucho a encender el espíritu de rebeldía y a fortalecer la unión. Después
de cinco meses de agitación en la Alemania del sur, cuando la insurrección era
inminente, Munzer regresó a Turingia, donde quería dirigir personalmente las
operaciones y donde los encontraremos mas tarde.

Veremos como el carácter y
la actuación de ambos jefes reflejará fielmente la actitud de sus respectivos
partidos. Si la indecisión, el miedo ante la potencia, cada vez mayor, del
movimiento, el servilismo cobarde de Lutero correspondió exactamente a la política
vacilante y ambigua de la burguesía, la decisión, la energía revolucionaria
de Münzer se refleja en la fracción más avanzada de los plebeyos y
campesinos. Pero mientras Lutero se contentaba con expresar el pensamiento y los
anhelos de la mayoría de su clase para conquistar una popularidad sumamente
barata, Münzer, en cambio, se adelantó en todo a las ideas y reivindicaciones
que en su época abrigaban los plebeyos y campesinos y con la elite de los
elementos revolucionarios existentes constituyó un partido que en la medida
en que estaba a la altura de sus ideas y de su energía no formaba sino una ínfima
minoría de la masa sublevada.

_____________________________

[1] Herejía que aún subsiste
en los valles apartados de los Alpes. Fue fundador de la secta Pedro Valdo (o
Valdez) hacia 1170.

[2] Herejía de los
"buenos cristianos" enemigos de la Iglesia romana. Floreció en el
sur de Francia (especialmente en la región de Tolosa), durante los siglos XII y
XIII. El papa Inocencio III ordenó su exterminio.

[3] Siglo XII. Combatió el
poder temporal de la Iglesia. Fue jefe de la revolución que proclamó la república
romana, desterrando al papa. Murió en la hoguera.

[4] Fue ejecutado en 1381,
después de aplastada la insurrección campesina en Inglaterra. A Ball se le
atribuye el refrán:

"Cuando Eva hilaba,
cuando araba Adán,

dónde estaba entonces el
noble galán?

[5] Siglo XIV. En las novelas
reunidas en el Decamerón describe la corrupción de costumbres que reinaba
entre los curas y monjes.

[6] 1320-1384, reformador
religioso que profesaba ideas comunistas.

[7] Secta ascética inspirada
por Wycliffe, muy poderosa en la Inglaterra del siglo XIV. Quería suprimir el
celibato de los sacerdotes, la confesión auricular y las guerras que
"servían a los reyes para enriquecerse, despojando a los pobres".

[8] Creencia consistente en que
un milagro divino —la vuelta de Cristo— inauguraría una era milenaria de
felicidad comunista para los hijos de Dios en la tierra.

[9] En las 95 tesis de
Wittenberg que dieron comienzo a la Reforma.

[10] Al asno, la cebada, la
carga y el azote.

[11] Probablemente ya en 1490 o
1493.

[12] De 1130 a 1202, anunció
la venida de una nueva era de fraternidad cristiana.

[13] Lutero.

## III. LOS MOVIMIENTOS PRECURSORES DE LA GRAN GUERRA CAMPESINA ENTRE 1476 Y 1517

A los cincuenta años de haber
sido aplastado el movimiento husita empezaron a manifestarse los primeros síntomas
del naciente espíritu revolucionario de los campesinos alemanes. La primera
conspiración de campesinos se originó en 1476, en el obispado de Witsburgo, país
empobrecido a consecuencia de las guerras husitas y “por el mal gobierno,
los numerosos tributos y prestaciones, las enemistades, guerras, incendios,
matanzas, prisiones, etc.” y que continuaba siendo victima del pillaje más
vergonzoso por parte de los obispos, curas y nobles.

Un joven pastor y músico,
Juan Boheim de Niklashausen llamado también “timbalero” y
Pfeiferhanshlein[1] se hizo profeta en el valle del Tauber. Contaba que la virgen María se le había
aparecido y que le había ordenado quemase el timbal y dejase el baile y los
placeres sensuales para exhortar al pueblo a la penitencia. Cada cual debía
renunciar a sus pecados y al vano placer de este mundo, deshacerse de joyas y
adornos y emprender una peregrinación a la virgen de Niklashausen para obtener
el perdón de sus pecados.

En este primer precursor del
movimiento nos encontramos con el mismo ascetismo que caracteriza todas las
insurrecciones medievales de tipo religioso, como también en tiempos recientes
el comienzo de todo movimiento proletario. Esta austeridad ascética, este
postulado del renunciamiento de todos los placeres y diversiones, establece
frente a las clases dominantes el principio de la igualdad espartana y
constituye una etapa de transición necesaria, sin la cual la capa inferior de
la sociedad nunca se podrá poner en marcha. Para desplazar su energía
revolucionaria, para tener la conciencia de su posición hostil frente a los demás
elementos de la sociedad, para concentrarse como tal clase, debe empezar por
deshacerse de todo lo que pudiera reconciliarla con el orden establecido y
renunciar a los pocos placeres que todavía le hacen soportable su vida mísera
y que ni la presión más fuerte le podrá arrebatar. Por su forma fanática y
violenta así como por su contenido, este ascetismo plebeyo y proletario se
distingue fundamentalmente del ascetismo burgués, tal como lo predicaban la
moral burguesa, luterana y los puritanos ingleses (que difieren de los
Independientes y otras sectas mas avanzadas) y que en el fondo no es más que la
parsimonia burguesa. Claro está que este ascetismo plebeyo y proletario pierde
su carácter revolucionario en la medida en que el desarrollo de las fuerzas
productivas modernas incremente —hasta el infinito— el material
disfrutable haciendo innecesaria la igualdad espartana, y al mismo tiempo la
posición del proletariado en la vida social así como su carácter será más
y más revolucionario. El ascetismo desaparece de entre las masas para
refugiarse entre los sectarios que se transformaron ya sea directamente en
avaricia burguesa, ya sea en una batería hipócrita que en la practica no será
más que la mezquina avaricia de los artesanos gremiales y burguesotes pedantes.
No hace falta predicar el desprendimiento a la masa proletaria pues ya no le
queda casi nada de que desprenderse.

La exhortación a la
penitencia que hizo Pfeiferhänslein logró grandes aplausos; todos los profetas
de la insurrección empezaban recitándola y en efecto, únicamente el esfuerzo

violento, la renunciación
repentina y total al genero de vida acostumbrado eran capaces de galvanizar;
esta masa campesina dividida y dispersa que había crecido en un ambiente de
obediencia ciega. Empezaron las peregrinaciones a Niklasuhausen y aumentaron rápidamente.
Mientras mas acudía el pueblo, más abiertamente el joven rebelde se
pronunciaba sobre sus proyectos. La madre de Dios le había anunciado que desde
entonces en adelante no debía haber emperador ni príncipe ni papa, ni otra
autoridad espiritual o secular. Todos los hombres debían considerarse como
hermanos, ganarse el pan con el trabajo de sus propias manos y nadie debía
poseer más que el otro. Había que suprimir radicalmente los censos, pechos,
servicios, peajes y otros tributos y garantizar en todas partes el libre
disfrute de los bosques, del agua y de los pastos.

El pueblo acogió con simpatía
este nuevo evangelio, la fama del profeta del “mensaje de Nuestra Señora”
se extendió rápidamente. Los peregrinos afluyeron del Odenwald, del Mein, del
Kocher y del Jaxt y hasta de Baviera, de Suabia y del Rin. Relataban los
milagros que decían habían hecho, se arrodillaban ante el y lo veneraban como
a un canto; peleaban para obtener las franjas arrancadas de su gorro, como si
fueran reliquias y amuletos. Los curas se volvieron en balde contra e1
calificando su historia como un embeleso diabólico y sus milagros como un engaño
infernal. La masa de los creyentes aumentaba rápidamente, la secta
revolucionaria
empezó a formarse, los sermones dominicales del pastor rebelde congregaban
40000 personas y aun más.

Durante varios meses Pfeiferhänslein
adoctrinó a las masas. Pero no pensaba limitarse a predicar. Tenía relaciones
secretes con el cura de Niklashausen y con dos caballeros, Kunz de Thunfeld y su
hijo, partidarios de la nueva doctrina y futuros jefes militares de la
insurrección proyectada. Por fin, el domingo que precedió a la fiesta de San
Kilíano y cuando creía tener las fuerzas suficientes dio la señal esperada.
“Y ahora, terminó su sermón, id a vuestras casas y pensad en lo que os
anunció la santísima madre de Dios: el próximo domingo dejad que mujeres, niños
y ancianos permanezcan

en casa, pero vosotros, los
hombres, vendréis a Niklashausen el día de Santa Margarita que es el próximo
sábado, trayendo a vuestros hermanos y amigos, cualquiera que sea su número.
Pero no vengáis con el bastón de los peregrinos, sino con las armas, la vela
de los peregrinos en una mano, en la otra la espada o la alabarda: entonces la
Santa Virgen os comunicará su voluntad”.

Pero antes de que llegasen
las masas de campesinos, los jinetes del obispado fueron de noche a buscar al
profeta insurrecto y lo llevaron al castillo de Witsburgo. El día convenido
llegaron cerca de 34000 campesinos armados, pero la prisión de su jefe, les
desanimo. La mayor parte se dispersó; los iniciados, capitaneados por Kunz de
Thunfeld y su hijo Miguel, se reunieron cerca de 16000 hombres y con ellos
marcharon
al castillo. El obispo les intimó a retirarse haciéndoles grandes promesas;
pero apenas empezaron a separarse cuando les sorprendieron los jinetes del
obispo, haciendo varios prisioneros. Dos de ellos fueron decapitados y
Pfeiferhänslein fue quemado en hoguera. Kunz de Thunfeld huyó y no fue
readmitido en el país hasta después de haber cedido todos sus bienes al
obispado. Las peregrinaciones a Niklashausen continuaron durante algún tiempo
hasta que finalmente desaparecieron.

Después de este primer
intento Alemania permaneció tranquila durante largo tiempo. Únicamente al
final del siglo empezaron otra vez las conspiraciones e insurrecciones
campesinas.

No hablaremos aquí de la
insurrección de los campesinos holandeses en 1491 y 1492 que finalmente fueron
aplastados por el duque Alberto de Sajonia en la batalla de Heemskerk, tampoco
nos ocuparemos de la sublevación de los campesinos en la abadia de Kempten en
la alta Suabia, ni de la insurrección de 1497 en Frisia encabezada por Syaard y
que fue reprimida por el mismo Alberto de Sajonia. Estas sublevaciones ya se
producen en regiones muy apartadas del teatro de la verdadera guerra campesina,
ya no son sino luchas de campesinos libres que resisten al intento de imponerles
la dominación feudal. Pasaremos directamente a las dos grandes

conspiraciones que fueron el
preludio de la guerra campesina: el Bundschuh[2] y el pobre Conrado.
La misma carestía que había provocado la insurrección de los campesinos en
los Países Bajos fue el motivo para que en 1493 se formara en Alsacia una liga
secreta de campesinos y plebeyos a la que perteneció también gente de la
oposición burguesa y que fue vista con simpatía hasta por una parte de la
pequeña nobleza. El centro de la conspiración estaba en la región de
Selestado, Sulz, Dambach Rosheim, Scherweiler, etc. Los conjurados planearon
tomar por sorpresa la fortaleza del Selestado en cuanto tuvieran la fuerza
suficiente y pensaban incautarse de los caudales de los municipios y de los
conventos organizando desde allí la insurrección en Alsacia entera. La bandera
que iban a desplegar en el momento de la insurrección llevaba bordada una bota
de campesino con correas largas, el “Bundschuh” que durante los siguientes
20 años iba a ser el símbolo de las conspiraciones campesinas.

Los conspiradores celebraban
sus reuniones de noche, sobre el monte Hungerberg desierto. La admisión de
nuevos miembros se acompañaba de ceremonias misteriosas, amenazando a los
traidores con penas severísimas. Sin embargo, el plan fue descubierto
precisamente cuando se iba a dar el golpe contra el Selestado, en la semana
santa de 1493. Las autoridades intervinieron rápidamente deteniendo a muchos
conjurados que fueron torturados y descuartizados o decapitados, los restantes
fueron desterrados del territorio después de cortarles los dedos o las manos.
Muchos huyeron a Suiza.

Pero esta primera dispersión
no había liquidado al Bundschuh. Al contrario, siguió existiendo en secreto
y los numerosos fugitivos que corrían a través de Suiza y Alemania del sur
fueron otros tantos emisarios que hallando en todas partes la misma opresión y
el mismo afán de sublevarse popularizaron el Bundschuh en todo el actual país
de Baden.

La fortaleza y perseverancia
que mostraron los campesinos de la Alemania del sur conspirando desde 1493
durante cerca de 30 años y removiendo todos los obstáculos que la vida

de los campos oponía a una
mayor centralización, la constancia que los movió a seguir conspirando después
de tantas dispersiones, derrotas y ejecuciones de sus jefes, hasta que por fin
llegó el momento de la insurrección general, verdaderamente admirables.

En 1502 hubo indicios de
agitación secreta entre los campesinos del obispado de Espira que entonces
comprendía también la región de Bruchsal. Allí el Bundschuh se había
reorganizado
con notable éxito. Había 7000 hombres en la liga cuyo centro se hallaba en
Untergrombach, entre Bruchsal y Weingarten y cuyas ramificaciones se extendían
hasta orillas del Mein y del Rin, por todo el margravisto de Baden. Exigían que
no se pagara censo ni diezmo, ni tributo ni peaje a los príncipes, nobles y
curas; que se suprimiera la servidumbre; que se confiscaran los conventos y
otros bienes eclesiásticos para repartirlos entre el pueblo y que no se
reconociera a otro señor que al emperador.

Por primera vez los
campesinos exigen la secularización de los bienes eclesiásticos en beneficio
del pueblo y el establecimiento de una monarquía alemana única e
indivisible; las reivindicaciones que la fracción avanzada de los campesinos y
plebeyos reproducirá periódicamente desde aquel momento, hasta que Tomas
Munzer transforme el reparto de los bienes eclesiásticos en su incautación en
beneficio de la comunidad y la monarquía alemana en republica única e
indivisible.

Igual que el antiguo
Bundschuh el nuevo tenía su sitio para celebrar las reuniones clandestinas, su
juramento de guardar el secreto, su ceremonial de admisión y su bandera donde
al lado de la bota figuraba la inscripción: ¡No pedimos sino la justicia de
Dios! El plan de acción se parecía al de los Alsacianos; en un golpe de
sorpresa se iba a tomar la ciudad de Bruchsal donde la mayoría de los
habitantes pertenecía a la liga; allí se organizaría un ejército ligero que
se enviaría a los principados vecinos formando un centro de reclutamiento
ambulante.

El plan fue denunciado por un
sacerdote al que uno de los conspiradores le había revelado en secreto de
confesión. Inmediatamente los gobiernos tomaron sus medidas. Se concentraron tropas y se procedió
a efectuar detenciones en masa. El emperador Maximilíano, el “ultimo
caballero” dictó los decretos más sanguinarios contra los “manejos
criminales” de los campesinos. En algunos sitios hubo alborotos y conatos de
resistencia armada; pero los grupos aislados de campesinos no resistieron mucho
tiempo. Algunos conspiradores
fueron ejecutados, otros huyeron; pero el secreto fue guardado con tanto celo
que la mayoría hasta de los mismos jefes pudo con toda tranquilidad permanecer
en sus propias aldeas o por lo menos en los territorios vecinos.

Después de esta nueva
derrota hubo otro espacio de tranquilidad aparente en la lucha de clases. En
los primeros años del siglo XVI se forma en Suabia la liga del “pobre
Conrado” probablemente en relación con los dispersos miembros del Bundschuh;
en la Selva Negra el Bundschuh subsistió en algunos círculos pequeños;
pasaron diez años hasta que un jefe campesino enérgico logró reunir los hilos
dispersos en una gran conspiración. Ambos movimientos se produjeron
sucesivamente durante los años 1513 a 1515, tan agitados, al mismo tiempo que
la serie de las grandes insurrecciones de los campesinos suizos, húngaros y
eslovenos.

Fue Joss Fritz de
Untergrombach, fugitivo de la conspiración de 1502, antiguo soldado y carácter
a todas luces eminente, quien restableció el Bundschuh en la región del alto
Rin.

Después de su fuga había
vivido en varios lugares entre el lago de Constanza y la Selva Negra y
finalmente se había establecido en Lehen cerca de Friburgo en Brisgovia, donde
se había hecho guarda forestal. Las actas de la instrucción contienen detalles
interesantísimos sobre la actividad que desarrollo reorganizando la liga desde
allí, obrando con gran acierto para hacer ingresar la gente más diversa.
Gracias a los dones diplomáticos y a la extraordinaria perseverancia de este
conspirador ejemplar le fue posible ganar a un sinnúmero de gentes de todas
clases; caballeros, curas, burgueses, plebeyos y campesinos; y parece seguro que
organizó al mismo tiempo varias conspiraciones.

A todos los elementos
aprovechables los utilizaba con gran habilidad y acierto. Además de los
emisarios iniciados empleaba a los vagabundos y mendigos para las misiones de
menor importancia. Joss Fritz estaba en relación directa con los reyes de los
mendigos y a través de ellos era dueño de toda la masa de vagabundos. Estos
reyes de los mendigos desempeñan un papel importante en su conspiración.
Fueron tipos sumamente originales; el uno corría por el país acompañándole
una muchacha que decía tener heridas en los pies; pedía limosnas para ella. En
su sombrero llevaba más de ocho medallas, los “catorce apotropeanos”,
“Santa Odilia”, “Nuestra Señora”, etc.; tenia gran barba roja y un
enorme bastón con puñal y puntilla. Otro que pedía en nombre de San Valentín,
vendía especias y sanguijuelas y llevaba un gabán largo, color de hierro,
boina roja con el “Niño de Trento”, una espada y en el cinturón gran número
de navajas y un puñal. Otros tenían heridas que conservaban abiertas
artificialmente y vestían las correspondientes prendas extravagantes. Había
por lo menos diez de ellos; por una remuneración de 2000 florines iban a
encender las llamas de la insurrección simultáneamente en Alsacia, en el
margraviato de Baden y en Brisgovia. El día de la feria de Saverna se iban a
encontrar en Rosen con 2000 hombres de los suyos, para colocarse bajo el mando
de Jorge Schneider, ex capitán de lansquenetes que iba a dirigir la toma de la
ciudad. Entre los verdaderos miembros de la liga se organizó un servicio de
estafetas de un lugar a otro: Joss Fritz y Cristóbal de Friburgo, su principal
emisario, iban a caballo de un sitio a otro y de noche pasaban revista a los
nuevos reclutas. Las actas de instrucción dan una prueba más que suficiente de
la enorme difusión de la liga a orillas del Rin superior y en la Selva Negra;
contienen un sinnúmero de los lugares más diversos de aquella región. En su
mayoría son oficiales artesanos; los demás son campesinos y también hay
taberneros, algunos nobles, curas como el de Lehen y lansquenetes sin trabajo.
Esta composición muestra el gran desarrollo que había adquirido el Bundschuh
bajo la dirección de Joss Fritz; el elemento plebeyo de las ciudades empezaba a
imponerse

más y más. Las
ramificaciones de la conspiración se extendía por toda Alsacia y Baden hasta
Wurtemberg y hasta orillas del Mein. De vez en cuando se convocaban grandes
asambleas sobre los montes apartados como el Kniebis, etc., para deliberar sobre
los asuntos de la liga. Los jefes se reunían en el campo de Hartmatte cerca
de Lehen asistiendo a la reunión los afiliados del lugar así como los
delegados de otras aldeas; allí se aprobaron los diez artículos de la liga. No
se reconocería a ningún soberano fuera del emperador y (según querían
algunos) del Papa; la supresión de la justicia imperial, la limitación de la
jurisdicción eclesiástica a los asuntos eclesiásticos: la suspensión del
pago de todos los intereses, cuando los pagos efectuados llegaran a cubrir el
capital; la limitación del interés al cinco por ciento; la libertad de caza,
pesca, pasto y corte de leña; la prohibición a los curas de tener más de una
prebenda; la incautación de los bienes eclesiásticos y tesoros de los
monasterios en beneficio de la caja militar de la liga; la supresión de todos
los tributos y tasas injustas; la paz eterna en toda la cristiandad; la
intervención enérgica contra todos los adversarios de la liga; el
establecimiento de un impuesto en favor de la liga; la conquista do la plaza
fuerte de Friburgo —para servir de centro a la liga—; la iniciación de
negociaciones con el emperador tan pronto como estuvieran reunidas las tropas
de la liga y negociaciones con Suiza en caso de negarse a escucharles el
emperador. Estos fueron los puntos convenidos. En ellos se manifiesta claramente
la forma cada vez más precisa y concreta de las reivindicaciones campesinas y
plebeyas y se nota como al mismo tiempo fue necesario hacer concesiones de
igual importancia a los moderados y a los tímidos.

La ofensiva estaba anunciada
para el otoño de 1513. No faltaba más que la bandera y para encargarla Joss
Fritz marchó a Heilbronn. Al lado de toda clase de emblemas e imágenes la
bandera mostraba el Bundschuh y una inscripción que decía: “Señor, ayuda
a tu justicia divina”. Pero durante su ausencia se intentó prematuramente
tomar por sorpresa la ciudad de Friburgo; el intento se descubrió a tiempo; algunos indiscreciones en
la propaganda ayudaron al ayuntamiento de Friburgo y al margrave de Baden a
descubrir la trama y la traición de dos de los conspiradores completó la serie
de las revelaciones. El margrave, el ayuntamiento y el gobierno imperial de
Ensisheim movilizaron a sus esbirros y soldados; se detuvo a varios miembros del
Bundschuh que fueron sometidos al tormento y ejecutados; pero también esta vez
escaparon los demás, entre ellos Joss Fritz. Los gobiernos suizos ahora
persiguieron con gran violencia a los fugitivos y hasta ejecutaron a algunos;
pero les sucedió lo que a sus vecinos; no pudieron impedir que la mayoría de
los fugitivos permaneciese cerca de su antigua residencia y volviese a ella
pasado algún tiempo. El que más se ensañó fue el gobierno alsacíano de
Ensisheim, que mando degollar, torturar en la rueda y descuartizar a un gran
numero de fugitivos. Joss Fritz se estableció en la orilla suiza del Rin,
haciendo frecuentes incursiones a la Selva Negra sin que fuese posible
capturarlo.

Los suizos tuvieron razones
serias para aliarse esta vez con los gobiernos vecinos en contra de los miembros
del Bundschuh; lo demuestra la sublevación campesina que estalló el año
siguiente —en 1514— en Berna, Solura y Lucerna y que tuvo como consecuencia
la depuración de los gobiernos aristocráticos y del patriciado. Los campesinos
lograron conquistar bastantes derechos. El éxito de estas insurrecciones
locales fue debido únicamente a la falta de centralización que en Suiza era aún
más absoluta que en Alemania. También en 1525 los campesinos pudieron liquidar
a sus señores locales, pero sucumbieron ante los grandes ejércitos
organizados de los príncipes que no existían en Suiza.

Al mismo tiempo que se
organizaba el Bundschuh de Baden —y según parece en relación directa con
e1— se había tramado otra conspiración en Wurtemberg. Según las actas
existió desde 1503. Como al disolverse el Bundschuh de Untergrembach este
nombre se había hecho demasiado peligroso, tomaron el de pobre Conrado, Su sede
central era el valle del Rems en la falda del monte Hohenstufen. Su existencia
ya no era un secreto, por lo menos para el pueblo. Gracias

a la opresión vergonzosa que
ejercía el gobierno del duque Ulrico y con motivo de los altos de hambre que
provocaron el estallido de 1513 y 1514 el número de miembros del Bunschuh había
crecido rápidamente; las nuevas contribuciones sobre el vino, la carne y el pan
y el impuesto sobre el capital que era de un pfenning anual por cada florín,
hicieron estallar la revuelta. En primer lugar se iba a tomar la ciudad de
Schorndorf donde los cabecillas del complot solían reunirse en casa del
cuchillero Gaspar Pregizer. La insurrección estalló durante la primavera de
1514. 3000 campesinos (5000 según algunos) cercaron la ciudad, pero los
servidores del duque les hicieron toda clase de promesas y los movieron a
retirarse otra vez. El duque Ulrico acudió con 80 jinetes y como había
prometido suprimir los nuevos impuestos encontró tranquilidad absoluta. Prometió
asimismo convocar la dieta para que examinase todas las reclamaciones. Pero los
jefes de la liga sabían perfectamente que Ulrico no quería sino aprovecharse
de la tranquilidad momentánea para levantar y concentrar las tropas
suficientes para poder faltar a su palabra y recaudar los impuestos por la
fuerza. En vista de esto los jefes cursaron desde la casa de Gaspar Pregizer
—la “cancillería del pobre Conrado”— las invitaciones a un congreso
de la liga, encontrando en todas partes el apoyo de los emisarios. El éxito de
la primera sublevación en el valle del Rems había contribuido a popularizar
todavía mas el movimiento; las invitaciones y los emisarios encontraron un
terreno favorable y al congreso que se celebro el 28 de mayo en Untertürkheim
acudieron numerosos delegados de todo Wurtemberg. Decidieron activar la
agitación y en la primera ocasión, dar la batalla en el valle del Rems para
desde allí propagar la insurrección. Mientras tanto Juan Bantel de Dettingen,
antiguo soldado, y Juan Singer, de Würtingen, cultivador, muy estimado entre
los suyos, llevaron a la liga la representación de la montaña de Suabia. La
sublevación se desencadeno en todas partes. Si bien Juan Singer fue sorprendido
y capturado, las ciudades Backnang, Winnenden y Markgronningen cayeron entre las
manos de los campesinos aliados con los plebeyos y el país entero de Weinsberg
hasta

Blaubeuren y de allí hasta
la frontera de Baden se encontró en plena insurrección; Ulrico tuvo que ceder.
Pero al mismo tiempo que convocó a la dieta para el día 25 de junio y
escribió
a las ciudades libres y príncipes vecinos pidiendo auxilio contra la insurrección
que ponía en peligro a todos los príncipes, autoridades y patricios del
imperio y que tenia “tan extraña semejanza con el Bundschuh”.

Entre tanto la dieta, es
decir, los representantes de las ciudades y un gran número de campesinos que a
su vez exigían una representación en ella, se fueron reuniendo en Stuttgart
desde el día 18 de junio. Los prelados aun no habían llegado, los caballeros
ni siquiera habían sido convocados. Los grupos de la oposición en la ciudad de
Stuttgart y dos bandas de campesinos que amenazaban desde Loenberg y el valle
del Rems apoyaron las reivindicaciones campesinas. Sus delegados fueron
admitidos; se acordó destituir y castigar a los odiados consejeros del duque,
Lamparter, Thumb y Lorcher y se decidió poner al lado del duque un consejo
compuesto por cuatro caballeros, cuatro ciudadanos y cuatro campesinos,
concediéndose un presupuesto fijo a la casa ducal e incautándose la dieta de
los conventos y monasterios en beneficio del erario publico.

A estos acuerdos
revolucionarios el duque Ulrico opuso un golpe de estado. El día 21 de junio
marchó a Tübingen con sus caballeros y consejeros, le siguieron los prelados;
ordenó a los ciudadanos le siguieran igualmente, lo que hicieron. Allí
continuaron las sesiones de la dieta pero sin los campesinos. Bajo la presión
del terrorismo militar los burgueses traicionaron a sus aliados los
campesinos. El día 8 de julio se firmó el tratado de Tübingen que impuso al
país el pago de cerca de un millón de deudas ducales y al duque unas cuantas
restricciones de las que nunca hizo caso, mientras los campesinos debieron
contentarse con unas cuantas promesas imprecisas y platónicas y una ley contra
las asociaciones y rebeldía que —estas si— era bastante positiva.
Naturalmente ya no se volvió a hablar de la representación campesina en la
dieta. Las masas rurales se agitaron indignadísimas a causa de la traición.
Pero el duque había reconquistado su crédito al
encargarse los estados del pago de sus deudas; ya pudo levantar tropas y también
sus vecinos, sobre todo el elector del Palatinado, le enviaron cuerpos
auxiliares; antes de finalizar el mes de julio el tratado de Tübingen fue
aceptado por el país entero que no tardó en prestar juramento. Sólo en el
valle del Rems resistió el “pobre Conrado” estando a punto de matar al
duque que había acudido otra vez personalmente; los campesinos continuando su
oposición establecieron su campo sobre el monte Kappelberg.

Pero al prolongarse esta
situación la mayoría de los insurgentes se disperso por falta de víveres y
los restantes también terminaron por marcharse a sus aldeas, engañados por un
convenio ambiguo que firmaron con algunos delegados de la dieta. A despecho del
convenio, Ulrico a cuyo ejército se habían incorporado las compañías
voluntarias puestas a su disposición por las ciudades —que ahora después de
conseguidas sus reivindicaciones se volvían fanáticamente contra los
campesinos— atacó el valle del Rems saqueando ciudades y aldeas. Fueron
detenidos 1600 campesinos. 16 fueron decapitados inmediatamente, a los demás
se les impusieron grandes multas en beneficio de la hacienda ducal. Muchos
tuvieron
que permanecer en la cárcel durante largo tiempo. Se dictaron leyes severísimas
para impedir la reorganización de la liga y toda reunión de campesinos; la
nobleza de Suavia formó una liga con el solo fin de reprimir todo intento de
sublevación Sin embargo, los caudillos del “pobre Conrado” habían podido
refugiarse en Suiza de donde volvieron uno a uno, pasados algunos años.

Simultáneamente con el
movimiento de Wartemberg se mostraron síntomas de nuevas perturbaciones debidas
al Bundschuh en Brisgovia y en el margraviato de Baden. En el mes de junio se
intentó una sublevación cerca de Bühl que fue sofocada en el acto por el
margrave Felipe: el jefe Sebastiánn Cubel fue detenido en Friburgo y
decapitado.

En la misma primavera de 1514
estalló la guerra de los campesinos en toda Hungría. Se habían hecho
llamamientos a la cruzada contra los turcos, como siempre, prometiendo la
libertad de los siervos y vasallos que se ofrecieran. Se

reunieron 60000 poniéndose
bajo las Ordenes de Jorge Dózsas que se había distinguido en las guerras
anteriores contra los turcos y al que se concedió un título de nobleza. Pero
los caballeros y magnates húngaros vieron con muy malos ojos esta cruzada que
los iba a despojar de su propiedad, es decir, de sus servidores. Persiguieron a
las bandas de campesinos e hicieron volver a sus siervos a la fuerza, maltratándolos.
Al enterarse los cruzados de lo sucedido, estalló la rabia de los campesinos
oprimidos. Lorenzo y Bernabé, los más ardientes predicadores de la cruzada
encendieron con sus discursos revolucionarios el odio del ejército contra la
nobleza. El mismo Dózsas se dejó llevar de la ira de sus tropas contra la
nobleza traidora: los cruzados se constituyeron en ejército de la revolución y
Dózsas se colocó a la cabeza de este nuevo movimiento.

Los campesinos acamparon en
el campo de Rakos cerca de Pest. Comenzaron las hostilidades produciéndose
escaramuzas con los partidarios de la nobleza en las aldeas cercanas y en los
suburbios de Pest; pronto se trabaron combates y finalmente sobrevino la matanza
general de todos los nobles que cayeron en manos de los campesinos, quemándose
gran número de castillos. La corte amenazó en balde. Después de haberse
ejecutado los primeros fallos de la justicia popular contra los nobles al pie de
las murallas de la misma capital, Dózsas procedió a nuevas operaciones. Dividió
su ejército en cinco columnas. Dos fueron enviadas a las montañas de la alta
Hungría para sublevar al pueblo y exterminar a la nobleza. La tercera columna
bajo las órdenes del ciudadano de Pest, Ambrosio de Szalepesi se quedó en
Rakos para vigilar la capital: la cuarta y quinta columnas marcharon contra
Szegedin conducidas por Dózsas y su hermano Gregorio.

Entre tanto, la nobleza se
reunió en Pest y pidió auxilio a Juan Zapotya, voivoda de Transsilvania.

Unida a los ciudadanos de
Budapest, la nobleza derrotó y aniquiló al cuerpo que acampaba sobre el Rakos
después de que Szalepesi se había pasado al enemigo con los elementos
burgueses del ejército campesino. Un sinnúmero de prisioneros fue ejecutado de
la manera más cruel, los restantes fueron enviados a sus
pueblos después de cortarles las narices y las orejas.

Dózsas fracaso en Szegedin y
marchó hacia Csanád ocupando la ciudad después de haber derrotado a un ejército
de la nobleza bajo el mando de Batory Istvan y el obispo Csaky. Por las
crueldades de Rakos, tomó represalias sangrientas en los prisioneros entre
los cuales se hallaban el obispo y el tesorero real Teleki. En Csanád proclamó
la republica, la supresión de la nobleza, la igualdad ciudadana y la soberanía
del pueblo; luego marchó a Temesvar donde Batory se había hecho fuerte. Pero
mientras sitiaba esta fortaleza durante dos meses, recibiendo como refuerzo un
nuevo ejército mandado por Antonio Hosszu, las dos columnas que operaban en
la alta Hungría sucumbieron ante la nobleza en varias batallas y Juan Zapolya
se aproximaba con las tropas de Transilvania. Zapolya atacó y dispersó a los
campesinos; Dozsas fue apresado y asado en un trono de hierro candente, sus
propios hombres tuvieron que comerlo vivo; sólo bajo esta condición se les
perdonó la vida. Los campesinos dispersos se rehicieron bajo el mando de
Lorenzo y Hossozu, pero sufrieron otra derrota y todos los que cayeron en manos
de los enemigos fueron empalados o ahorcados. Millares de cadáveres de
campesinos colgaban al lado de las carreteras y a la entrada de las aldeas
quemadas. Se dice que fueron cerca de 60000 los que cayeron en la lucha y más
tarde en las matanzas. En la siguiente reunión de la dicta la nobleza tuvo
especial cuidado en hacer reconocer una vez más la esclavitud de los
campesinos como ley básica del país.

En el origen de la insurrección
campesina de Carintia y Estiria que estallo al mismo tiempo, estaba una
conspiración parecida a la del Bundschuh que nació en el año 1503.
Entonces
ya se había provocado una insurrección en esta tierra expoliada por la nobleza
y los funcionarios imperiales, devastada por las invasiones de los turcos y
atormentada por el hambre. En 1513, los campesinos eslovenos unidos a los
alemanes de la región, levantaron otra vez la bandera de la Stara prava (de los
derechos antiguos) pero en este año aún fue posible apaciguarlos; en 1514 se
congregaron ya

grandes masas, pero la
promesa del emperador Maximiliano de restablecer los antiguos privilegios los
movió a dispersarse otra vez. Más violento fue el estallido en la primavera de
1515, cuando el pueblo, tantas veces engañado, busco su venganza por las
arenas. Como en Hungría, destruyeron todos los castillos y conventos y los
jurados de campesinos juzgaron y ejecutaron a los nobles capturados. En
Estiria y Carintia el capitán imperial Dietrichstein logró apaciguar a los
sublevados pero en Cacniola no fue posible dominarlos, hasta la conquista de
la Rain (otoño de 1516), tomada por sorpresa y las numerosas atrocidades que
luego cometieron los austriacos y que fueron el digno complemento de las
infamias de la nobleza húngara.

Bien se comprende que después
de una serie de derrotas decisivas y en vista de tantas atrocidades cometidas
por la nobleza, los campesinos alemanes permanecieron tranquilos durante largo
tiempo. Sin embargo no cesaron las conspiraciones y las sublevaciones locales.
En 1516 volvió a Suabia y a los territorios del alto Rin la mayoría de los
fugitivos afiliados al Bundschuh y al “pobre Conrado” y en 1517 el Bundschuh
se había extendido otra vez por la Selva Negra. El propio Joss Fritz que aún
llevaba la vieja bandera de 1513 escondida sobre su pecho, corría por la Selva
Negra desarrollando una gran actividad. La conspiración se organizó otra
vez. Se volvieron a convocar las asambleas en el monte Kniebis. Pero no se guardó
el secreto, se enteraron los gobiernos e intervinieron. Algunos, fueron
capturados y ejecutados; los miembros más activos e inteligentes tuvieron que
huir, entre ellos, Joss Fritz que logró escapar una vez más pero que según
parece murió en Suiza poco tiempo después, ya que su nombre no vuelve a
aparecer posteriormente.

___________________

[1] Juanito de la flauta.

[2] Bota con correas.

## IV. LA SUBLEVACION DE LA NOBLEZA

Mientras aun duraba en la
Selva Negra la represión de la cuarta conspiración del Bundschuh, Lutero dio
en Wittenberg la señal para el movimiento que iba a arrastrar a todas las
clases, conmoviendo hasta los fundamentos del imperio. Las “tesis” del monje
agustino de Turingia cayeron como la chispa en el polvorín. Las múltiples y
divergentes tendencias de los caballeros y de los burgueses, de los campesinos
y de los plebeyos, de los príncipes que anhelaban la plena soberanía y de las
capas inferiores del clero, de las sectas místicas clandestinas y de la oposición
que formaban los escritores eruditos y satírico-burlescos, hallaron en estas
tesis una expresión común alrededor de la cual se agruparon con una rapidez
sorprendente. Por poco que durase esta alianza de todos los elementos de oposición,
formada del día a la mañana, reveló de un golpe la enorme pujanza del
movimiento y lo ayudó a progresar rápidamente.

Pero fue justamente este rápido
desarrollo el que trajo consigo los gérmenes de discordia latentes, dividiendo
de nuevo a los elementos opuestos por su forma de vida que componían esta
masa bulliciosa, haciéndoles adoptar otra vez su acostumbrada actitud hostil.
La concentración de las abigarradas masas de oposición en derredor de dos
figuras centrales,

no tardó en producirse; la
nobleza y los burgueses estaban incondicionalmente de parte de Lutero; los
campesinos y los plebeyos sin considerar a Lutero como un enemigo directo,
formaban como antes, su propio partido de oposición revolucionaria. Pero ahora
el movimiento era general y mucho más potente que antes de Lutero; ya existía
la necesidad de una lucha directa entre ambos partidos que se enfrentaban
abiertamente. Esta enemistad no tardó en manifestarse; Lutero y Miinzer se
combatían en la prensa y desde el púlpito, de igual modo que los ejércitos de
los príncipes, caballeros y ciudades, compuestos en su mayoría por fuerzas
luteranas o que por lo menos simpatizaban con el luteranismo, dispersaban las
bandas de campesinos y plebeyos.

Hasta que punto divergían
los intereses y necesidades de los diferentes elementos que habían aceptado la
Reforma lo demuestra, ya antes de la guerra campesina, la intentona de la
nobleza que deseaba conseguir sus objetivos frente a los príncipes y los curas.

Ya nos es conocida la posición
que ocupaba la nobleza alemana al comienzo del siglo XVI.

Estaba a punto de perder su
independencia frente a los príncipes de sangre y espirituales, cada día más
poderosos. En la misma medida en que decaía, decaía también el poder imperial
y el imperio se disolvía en varios principados autónomos. Según pensaba in
nobleza, su decadencia iba a coincidir con el hundimiento de los alemanes en
tanto que nació. La nobleza y especialmente la nobleza independiente, era la
clase que más directamente representaba al imperio y al poder imperial tanto
por su oficio militar como por su posición frente a los príncipes. Era la
clase de mayor espíritu nacional; poderosa cuando lo era el imperio y los príncipes
débiles y poco numerosos y Alemania estaba unida. Por esto la indignación de
los caballeros ante la lamentable situación política de Alemania y ante la
impotencia del imperio frente al extranjero que se acentuaba en la medida en
que la casa imperial incorporaba al imperio una tras otra las provincias que había
heredado. Las intrigas de las potencias extranjeras en el interior de Alemania,
los complots que los príncipes alemanes

tramaban contra el poder
imperial con ayuda del extranjero, todo esto indignaba grandemente a los
caballeros. La primera reivindicación de la nobleza tenía forzosamente que
ser la reforma del imperio sacrificando a los príncipes y alto clero. Esta
reivindicación fue formulada por Ulricó de Hutten, el representante teórico
de la nobleza alemana, en unión de Francisco Siekingen, su representante
militar y político.

Esta reforma del imperio que
exigía en nombre de la nobleza, Hutten la había formulado de manera muy enérgica
y radical. Pedía nada menos que la supresión total de los príncipes, la
secularización de todos los principados y bienes eclesiásticos y el
establecimiento de una democracia de los nobles con cabeza monárquica; es
decir, aproximadamente lo que había sido en sus mejores días la difunta república
polaca. Hutten y Sickingen creían que el gobierno de la nobleza, la clase
eminentemente militar, el apartamiento de los príncipes, representantes de la
división, el aniquilamiento del poder sacerdotal y la liberación de Alemania
del yugo espiritual de Roma devolverían a Alemania su unidad, su libertad y su
fuerza.

La democracia de los nobles
basada en la servidumbre tal como existió en Polonia y en forma algo modificada
durante los primeros siglos en los reinos conquistados por los germanos, es
una de las formas mas primitivas de la sociedad que en el curso normal de la
evolución se transformó en jerarquía feudal perfecta que marca una etapa muy
superior. Esta democracia de los nobles era pues imposible en la Alemania del
siglo XVI. Imposible, porque ya existían en Alemania grandes y poderosas
ciudades. Por otra parte, no era posible aquella alianza de la pequeña nobleza
con las ciudades que en Inglaterra logró la transformación de la monarquía
feudal jerárquica en monarquía burguesa constitucional. En Alemania subsistía
la nobleza antigua mientras en Inglaterra había sido exterminada en las
guerras de la Rosa y sustituida por una nueva nobleza de origen y tendencia
burgueses;
en Alemania subsistía la servidumbre, las fuentes de ingreso de la nobleza tenían
carácter feudal mientras en Inglaterra estaba casi abolida;
allí la nobleza disfrutaba de la propiedad burguesa del suelo, su fuente de
ingreso era la renta burguesa. Finalmente la centralización de la monarquía
absoluta que en Francia existía desde los tiempos de Luis XI acentuándose
progresivamente gracias, sobre todo, al antagonismo entre la nobleza y la
burguesía, era totalmente imposible en Alemania por no existir casi ninguna
de las condiciones para la centralización nacional.

Mientras más se empeñaba
Hutten en realizar su ideal más concesiones tenia que hacer y menos contenido
podía dar a su reforma del imperio. Por si sola no era la nobleza lo
suficientemente poderosa para conseguir sus fines, lo demostraba su creciente
debilidad frente a los príncipes. Había que conseguir aliados, y los únicos
posibles eran las ciudades, los campesinos y los teóricos influyentes de la
Reforma. Pero las ciudades conocían a la nobleza lo suficiente para no fiarse
de ella y para negarse a todo compromiso. Los campesinos con mucha razón
consideraban como su mayor enemigo a la nobleza que los explotaba y maltrataba.
Y los grandes teóricos estaban de parte de los burgueses, de los príncipes o
de los campesinos.

¿Qué promesa positiva podía
hacer la nobleza a los burgueses y campesinos respecto a una reforma del
imperio,
cuyo principal objeto consistía en mejorar las condiciones de la propia
nobleza? En sus escritos de propaganda Hutten no tuvo más remedio que hacer el
silencio sobre todo lo que se refería a las relaciones entre la nobleza, las
ciudades y los campesinos echando la culpa de todos los males a los príncipes,
a los curas y a la influencia de Roma y tratando de convencer a los burgueses
que era su interés permanecer, por lo menos, neutrales, en la lucha inminente
entre los príncipes y la nobleza. Hutten no habla en absoluto de la abolición
de la servidumbre y de los tributos que el campesino debía a la nobleza.

En aquel tiempo la posición
de la nobleza alemana frente a los campesinos era idéntica a la de los nobles
polacos frente a sus campesinos en las insurrecciones de 1830-1846. Igual que en
las recientes insurrecciones polacas en la Alemania de entonces, el movimiento
no podía vencer sino por

una alianza de todos los
partidos de la oposición y sobre todo, de la nobleza, con los campesinos.
Precisamente esta alianza era imposible en ambos casos. La nobleza no se veía
precisada a renunciar a sus privilegios políticos, a sus fueros feudales y a
su jurisdicción sobre los campesinos; y los campesinos no podían sobre la
base de una perspectivas tan poco seguras, aventurarse a concluir una alianza
con la nobleza que era precisamente la más oprimida. Lo mismo que en Polonia en
1830, en Alemania de 1522, la nobleza no podía ya atraerse a los campesinos.
Tan sólo la abolición completa de la servidumbre y del vasallaje, el
renunciamiento a todos los privilegios feudales hubiera hecho posible la unión
de la población rural con la nobleza; pero la nobleza, como toda clase
privilegiada, no tenia el menor deseo de renunciar voluntariamente a sus
ventajas, a su superioridad y a la mayor parte de sus ingresos.

Al comenzar la lucha, los
nobles se encontraron solos frente a los príncipes. Era evidente que los príncipes
que durante dos siglos habían continuamente ganado terreno iban a aplastarlos
también esta vez con gran facilidad.

El desarrollo de la lucha es
conocido. Hutten y Sickigen que ya era el jefe militar y político reconocido de
los nobles de la Alemania central, lograron constituir en el ano 1522, en Landau
una alianza sexenal de la nobleza de Renania, Suabia y Franconia, para fines de
autodefensa, como decían. Con sus propios medios y con la ayuda de los
caballeros vecinos. Sickingen concentró un ejército y organizó el
reclutamiento
en Franconia a orillas del bajo Rin, en los Países Bajos y en Westfalia; en
septiembre de 1522 entabló las hostilidades desafiando al elector-arzobispo
de Treveris. Pero mientras sitiaban esta Ciudad los príncipes intervinieron rápidamente
interceptándole sus aprovisionamientos. El landgrave de Hessen y el elector
del Palatinado acudieron en auxilio del arzobispo y Sickingen tuvo que
refugiarse en su Castillo de Landstuhl. A pesar de los esfuerzos de Hutten y de
sus demás amigos, los nobles aliados lo abandonaron atemorizados por la acción
rápida y eficaz de los príncipes; Sickingen gravemente herido entregó
Landstuhl muriendo poco después.

Hutten tuvo que huir a Suiza
y murió a los pocos meses en la isla de Ufenau en el lago de Zurich.

Esta derrota aniquiló el
poder de la nobleza como corporación independiente de los príncipes. Desde
entonces la nobleza no aparece sino al servicio y bajo la dirección de
aquellos. La guerra de los campesinos que estalló poco después la obligó
todavía más a colocarse bajo la protección de los príncipes y al mismo
tiempo demostró que la nobleza alemana prefería seguir explotando a los
campesinos siendo dependiente, que vencer a los príncipes y curas formando
alianza abierta con los campesinos emancipados.

## V. LA GUERRA DE LOS CAMPESINOS EN SUABIA Y FRANCONIA

Desde que Lutero movilizó a
todos los elementos de oposición de Alemania con su declaración de guerra
contra la jerarquía católica, no hubo año en que los campesinos no
reprodujesen sus antiguas reivindicaciones. Desde 1518 hasta 1523 menudearon las
insurrecciones locales de los campesinos en la Selva Negra y en la alta Suabia.
A partir de la primavera de 1524 estas sublevaciones adquirieron un carácter
sistemático. En abril de este año los campesinos de la abadía de Marchthal se
negaron a prestar los servicios personales; en el mes de mayo los campesinos de
Santa Blasa suspendieron el pago de los tributos feudales; en junio los
campesinos de Steinheim cerca de Memmingen, declararon que no pagarían el
diezmo ni los otros tributos; en julio y agosto se sublevaron los campesinos de
Turgovia y fueron pacificadas, en parte, gracias a la mediación de los
ciudadanos de Zurich, y en parte, por la brutalidad de la confederación suiza
que mandó ejecutar a varios jefes. Por fin se produjo una sublevación decisiva
en el landgraviato de Stühlingen que marca el principio de la guerra de
campesinos.

Del día a la mañana los
campesinos de Stühlingen se negaron a prestar sus servicios al landgrave; se
concentraron fuertes bandos que conducidos por Juan Milller de Bulgenbath, marcharon a Waldshut el
día 24 de octubre de 1524. Allí fundaron una hermandad evangélica en unión
de los habitantes de la ciudad. Los ciudadanos no tardaron en ingresar en la
alianza pues ya se encontraban en conflicto con el gobierno austriaco por la
persecución religiosa de que hacía víctima a su predicador Ba1tasar Hubmaier,
amigo y discípulo de Tomas Münzer. Se les impuso una contribución de tres
kreuzers semanales, una suma enorme en aquellos tiempos. Se enviaron emisarios a
Alsacia, a orillas del Mosela y del alto Rin y a Franconia para hacer ingresar
en la alianza a todos los campesinos, proclamándose como principal objetivo
la supresión de la dominación feudal, la destrucción de todos los castillos y
conventos y la supresión de toda soberanía fuera de la imperial. La bandera
de la alianza era la tricolor alemana.

La insurrección se extendió
rápidamente por toda la parte alta del actual país de Baden. El pánico se
apoderó de la nobleza de Suabia cuyas fuerzas militares se hallaban casi todos
ocupadas en Italia, luchando contra Francisco I de Francia. No le quedó otra
salida que la de aplazar la decisión entablando largas negociaciones para
procurarse entre tanto el dinero necesario para levantar tropas aguardando tener
la suficiente fuerza para poder castigar a los insolentes campesinos con “el
saqueo, el fuego y la Sangre”. Entonces dio comienzo aquella traición sistemática,
la falta continua a la palabra dada, la perfidia consecuente por la cual los príncipes
y la nobleza se distinguieron durante toda la guerra campesina y que fue su arma
más eficaz frente a los campesinos descentralizados y de difícil organización.
La liga de Suabia que abarca los príncipes, a la nobleza y a las ciudades
imperiales
del suroeste de Alemania se interpuso, pero sin dar garantías positivas a los
campesinos. Estos siguieron en movimiento. Del 30 de septiembre a mediados de
octubre Juan Miller de Bulgenbach atravesó la Selva Negra hasta Urach y
Furtwangen aumentando sus efectivos hasta 3500 hombres con los que tomó
posiciones cerca de Eratingen (no lejos de Stühlingen) La nobleza solo disponía
de 1700 hombres y aun éstos se hallaban dispersos. Se vio forzada a negociar
una

tregua que por fin se concluyó
en el campamento de Eratingen.

Prometieron a los campesinos
la conclusión de un tratado directamente entre ambas partes o por intervención
de un árbitro y el examen de sus quejas por el tribunal de Stockach.

Los campesinos se pusieron de
acuerdo sobre 16 artículos cuya sanción iban a pedir al tribunal de Stockach.
Eran sumamente moderados. La supresión del derecho de caza, de los servicios
personales, de los tributos más abrumadores y de los privilegios señoriales en
general, la protección contra las detenciones arbitrarias y contra los
tribunales facciosos era todo lo que pedían.

Pero apenas los campesinos
habían vuelto a sus hogares cuando la nobleza exigió el pago de todos los
derechos objeto de litigio hasta que el tribunal se hubiera pronunciado. Como
era natural los campesinos se negaron a efectuarlo remitiéndose al tribunal. El
conflicto se reprodujo; los campesinos se reunieron de nuevo, los príncipes y
señores concentraron sus tropas. Esta vez el movimiento se extendió a
Brisgovia y hasta a una gran parte de Wurtemberg. Las tropas encabezadas por
Jorge Truchsess de Waldburg, el duque de Alba de la guerra campesina, observaban
a los campesinos y derrotaron a algunos grupos aislados que acudían como
refuerzos, pero sin arriesgar un ataque de conjunto. Jorge Truchsess negoció
con los jefes campesinos logrando se firmase algún que otro convenio.

A fines de diciembre dieron
comienzo las deliberaciones del tribunal de Stockach. Los campesinos protestaron
contra la composición del tribunal, exclusivamente formado por nobles. Como
contestación les leyeron el acta de nombramiento imperial. Las deliberaciones
se prolongaron, mientras tanto, se armaban la nobleza, los príncipes y las
autoridades de la liga de Suabia. El archiduque Fernando que además de sus
reinos hereditarios de la Austria actual gobernaba a Wurtemberg, la Selva Negra
y la Alsacia del sur ordenó se procediese con la mayor severidad contra los
campesinos rebeldes. Había que capturarlos y matarlos sin piedad, había

que perderlos como fuera,
quemando y devastando sus bienes, arrojando del país a sus hijos y mujeres.
Ya se ve como los príncipes y señores guardaban la tregua y que era lo que
entendían por “mediación amistosa” y “examen de las quejas”. El
archiduque Fernando al que la casa Welser de Augsburgo había otorgado un empréstito,
se armó a toda prisa; la liga de Suabia decretó nuevos impuestos y
alistamientos de tropas dando tres breves plazos para el cumplimiento de esta
orden.

Todas estas sublevaciones
coinciden con la estancia de Tomas Münzer que permaneció cinco meses en el
sur. Aunque no existen pruebas directas de su intervención en el
desencadenamiento y la marcha del movimiento, se puede comprobar indirectamente.
Los más decididos de los revolucionarios campesinos eran en su mayoría sus
discípulos y compartían sus ideas. Se les atribuían los doce artículos así
como la carta de los artículos de los campesinos del sur aunque por cierto no
fue el quien redactó los primeros. Cuando ya regresaba a Turingia hizo público
un folleto revolucionario dirigido a los campesinos rebeldes.

Al mismo tiempo el duque
Ulrico, expulsado de Wurtemberg desde 1519, estaba intrigando para entrar otra
vez en posesión de su país con ayuda de los campesinos. Desde su expulsión
trataba de utilizar el partido revolucionario al que ayudaba continuamente. Se
halla su nombre en casi todas las revueltas locales que se produjeron entre 1520
y 1524 en la Selva Negra y en Wurtemberg; ahora se preparaba abiertamente a
invadir Wurtemberg desde su castillo de Hohentwiel Pero los campesinos no
hicieron sino aprovecharse de él; nunca tuvo influencia alguna sobre ellos y
aun menos su confianza.

Así pasó el invierno sin
que se registrasen hechos decisivos. Los grandes señores se escondieron y la
sublevación de los campesinos ganó mayor extensión. En enero de 1525, el país
entero, desde el Rin hasta el Danubio y el Lech estaba en plena efervescencia y
en febrero se desencadeno la tormenta.

Mientras las bandas de la
Selva Negra y del Hegau, capitaneadas por Juan Müller de Bulgenbach
conspiraban con

Ulrico de Wurtemberg,
participando algunas en su fracasada expedición contra Stuttgart (en febrero y
marzo de 1525), los campesinos del Ried cerca de Ulm se sublevaron el 9 de
febrero y se reunieron cerca de Baltringen en un campamento rodeado de terrenos
pantanosos. Izaron la bandera roja y formaron la columna de Baltringen conducida
por Ulrico Schmid que tenia 10000 ó 12000 hombres.

El día 25 de febrero el
destacamento del alto Allgäu se concentró al lado del monte Schusser, con
motivo del rumor de que las tropas marchaban contra los descontentos que también
allí se habían manifestado. El 26 se reunieron los ciudadanos de Kempten que
durante todo el invierno habían peleado con un arzobispo y se unieron a los
rebeldes. Las ciudades de Memmingen y Kaufbeuren se agregaron al movimiento bajo
ciertas condiciones; por primera vez se manifestó lo ambiguo de la posición
que las ciudades ocupaban en esta lucha. El 7 de marzo fueron aprobadas en
Memmingen los “doce artículos de Memmingen” vigentes para todos los
campesinos del Alto Allgäu.

Con motivo de un mensaje
llegado del Allgäu se form el destacamento del Lago a orillas del lago de
Constanza. También este destacamento se fortaleció rápidamente; tenía su
cuartel general en Bermatingen.

Asimismo se levantaron en los
primeros días de marzo los campesinos del bajo Allgäu, en la región de
Ochsenhausen y Schellenberg, en Zeil y Waldburg que formahan los dominios de
Truchsess. Este destacamento del bajo Allgäu que contaba con 7000 hombres,
acampaba cerca de Wurzach.

Los cuatro destacamentos
aceptaron los artículos de Memmingen que además de ser mucho más moderados
que los del Hegau denotaban una sorprendente falta de energía en todo lo que se
refería al comportamiento de las bandas armadas frente a la nobleza y a los
gobiernos. La decisión y la energía cuando no faltaron por completo no
aparecieron sino en pleno transcurso de la guerra cuando los campesinos ya habían
adquirido suficiente experiencia en cuanto a la actuación de sus enemigos.

Al mismo tiempo que se
constituían estos destacamentos, se formó el sexto a orillas del Danubio.
Todos los campesinos de la región, de Ulm y Donauwörth, de los valles del
Iller, Roth y Biber se congregaron en Leipheim donde establecieron su
campamento. De 15 pueblos habían venido todos los hombres capaces de llevar
armas, otros 117 habían enviado fuertes contingentes. Jefe del destacamento de
Leipheim era Ulrico Schön; actuaba como predicador el cura de Leipheim, Jacobo
Wehe.

A primeros del mes de marzo
había en los seis campamentos de 30000 a 40000 campesinos armados,
procedentes de la alta Suabia. Los destacamentos se componían de elementos
muy diversos. En todas partes el partido revolucionario de Münzer era la minoría.
Sin embargo, constituía el eje y el principal sostén de las bandas de
campesinos. La gran masa estaba siempre dispuesta a aceptar compromisos con los
señores, con tal de que les hicieran aquellas concesiones que esperaban obtener
por coacción al adoptar su actitud amenazante. Al prolongarse la lucha y
cuando se aproximaban los ejércitos de los príncipes, los campesinos estaban
hartos de guerra y la mayor parte de los que aun tenían algo que perder se
marcharon a casa. Grandes masas de lumpemproletarios vagabundos se habían
agregado a los destacamentos; su presencia hacía difícil el mantenimiento de
la disciplina y sus frecuentes deserciones desmoralizaban a los campesinos. Así
se explica que al principio los campesinos no saliesen de su actitud puramente
defensiva; la desmoralización cundía entre ellos que aun prescindiendo de su
insuficiente táctica y de la escasez de buenos jefes no hubieran podido estar a
la altura de los ejércitos regulares.

Aun antes de haberse
concentrado los destacamentos, el duque Ulrico desde el Hohentwiel invadió
Wurtemberg con tropas mercenarias y algunos campesinos del Hegau. La liga de
Suabia habría sido derrotada si del otro lado los campesinos hubiesen atacado
a las tropas de Truchsess. Pero gracias a la actitud puramente defensiva de
las bandas Truchsess logró concluir rápidamente un armisticio con los
campesinos
de Baltringen, del Allgäu y del Lago, entablando

negociaciones y prometiendo
someter el litigio a los tribunales el domingo de Judica (el 2 de abril).
Mientras tanto pudo ocupar Stuttgart, marchar contra el duque Ulrico y obligarlo
a abandonar de nuevo el territorio de Wurtemberg, el día 17 de marzo. Luego se
volvió contra los campesinos, pero los lansquenetes de su propio ejército se
insubordinaron negándose a marchar contra ellos. Por fin consiguió pacificar
a los amotinados y trasladarse a Ulm —donde se concentraron nuevos
refuerzos— no sin haber establecido un puesto de observación cerca de
Kirchheim.

La Liga de Suabia que por fin
tenía las manos libres después de concentrar las primeras tropas se quitó la
careta declarando estar decidida a “resistir por las armas y con la ayuda de
Dios a los intentos arbitrarios de los campesinos”.

Mientras tanto los campesinos
observaban escrupulosamente el armisticio. Para la sesión del tribunal
anunciada para el domingo de Judica habían redactado los famosos doce artículos
que contenían sus reivindicaciones. Pedían la libre elección y destitución
de los sacerdotes por la comunidad, la supresión del pequeño diezmo y la
utilización del gran diezmo para fines públicos, después de pagados los
haberes de los curas; además pedían la restricción de los servicios
personales, tributos e hipotecas, la restitución de los montes comunales y
particulares ocupados arbitrariamente, el restablecimiento de sus privilegios
suprimidos y el cese de las arbitrariedades de la justicia v administración. Se
ve que en las bandas campesinas prevalecía el criterio conciliador del partido
moderado.

El partido revolucionario ya
había establecido su programa en la carta de artículos. En esta carta
abierta, dirigida a todos los campesinos los invitaba a ingresar en la “unión
y hermandad cristiana” para acabar con todos los tributos sea por las buenas
“lo que no parece posible”, sea por la violencia; al mismo tiempo
amenazaba a los recalcitrantes con la “excomunión secular”, es decir, con
excluirlos de la sociedad y de todo trato con los miembros de la unión. También
había que incluir todos los castillos, conventos y fundaciones religiosas en la
excomunión secular, en caso que los nobles,

curas y frailes no las
abandonaran voluntariamente, para vivir en casas ordinarias como los otros
hombres, ingresando en la unión cristiana. Este manifiesto tan radical,
redactado seguramente antes de la insurrección que estalló en la Primavera
de 1325 trata, sobre todo, de la revolución, del aniquilamiento de las clases
hasta entonces dominantes; la “excomunión secular” marca a los opresores
y traidores a los que hay que matar, los castillos que han de ser quemados, los
conventos y fundaciones que se han de confiscar y cuyos tesoros deben ser
vendidos.

Pero antes de que los
campesinos pudiesen someter sus doce artículos a los árbitros recibieron la
noticia de la traición de la liga de Suabia y de la próxima llegada de las
tropas. Sin tardar tomaron sus medidas. En Geisbeuren celebraron una asamblea
general los campesinos del Allgäu, de Baltringen y del lago. Los cuatro
destacamentos se entremezclaron organizándose cuatro columnas nuevas y se
acordó la incautación de los bienes eclesiásticos, la venta de las joyas en
beneficio de la caja militar y la quema de los castillos. Así se impuso al
lado de los doce artículos, la carta de los artículos, como regla de conducta
de los beligerantes y el domingo de Judica, el día en que se iba a firmar la
paz fue la fecha de la sublevación general.

La excitación creciente, los
incesantes conflictos locales entre los campesinos y la nobleza, las noticias de
la insurrección en la Selva Negra que crecía continuamente extendiéndose
hasta el Danuhio y el Lech bastan ampliamente para explicar la rapidez con que
se sucedieron las sublevaciones campesinas en las dos terceras partes de
Alemania. Pero la simultaneidad de todas estas sublevaciones parciales es prueba
de que a la cabeza de los movimientos se hallaban personas que lo habían
organizado por medio de emisarios, anabaptistas y otros. En los últimos días
de marzo se produjeron disturbios en Wurtemberg, a orillas del Neckar, en el
Odenwald y en la alta y media Franconia; pero ya antes se había fijado en todas
partes la fecha del 2 de abril para llevar a cabo el levantamiento general y el
golpe decisivo; la insurrección de las masas se produjo en la primera semana de
abril. El día 1° de este mes los campesinos del Allgäu, Hegau y los del

lago tocaron las campanas a
rebato convocando asambleas de masa y llamando al campamento a todos los hombres
capaces de llevar armas al mismo tiempo que los de Baltringen comenzaron las
hostilidades contra los castillos y conventos.

En Franconia donde el
movimiento se agrupaba alrededor de seis centros la insurrección estalló unánimemente
en los primeros días de abril. Cerca de Nordlingen los campesinos constituyeron
dos campamentos; con su ayuda triunfó en la ciudad el partido revolucionario
cuyo jefe era Antonio Forner que fue nombrado alcalde; Nordlingen paso al lado
de los campesinos. En el territorio de Anspach los campesinos se sublevaron
entre los días 1º y 7 de abril; desde allí la insurrección se extendió a
Baviera. Cerca de Rottenburg los campesinos estaban en armas desde el 22 de
marzo; en la ciudad de Rottenburg los pequeños burgueses y plebeyos
acaudillados por Esteban de Menzingen derribaron al gobierno de los honorables
el 27 de marzo; pero como las prestaciones de los campesinos constituían el
principal ingreso de la ciudad, el nuevo gobierno, a su vez, adoptó frente a
ellos una actitud vacilante y ambigua. En el obispado de Witsburgo todos los
campesinos y las pequeñas ciudades se sublevaron al principio del mes y en el
obispado de Bamberg la insurrección general fue tan potente que a los cinco días
el obispo se vio obligado a transigir. Y en el norte, en la frontera de
Turingia se formó el gran campamento de Bildhansen.

En el Odenwald donde el aristócrata,
ex canciller de los condes de Hohenlohe, Wendel Hipler y el tabernero de
Ballenberg Jorge Metzler se habían puesto a la cabeza del partido
revolucionario; el movimiento comenzó el 26 de marzo.

De todas partes los
campesinos afluyeron a orillas del Tauber. A ellos se unieron 2000 hombres que
procedían del campamento de Rottenburg. Jorge Metzler asumió el mando y el 4
de abril, después de llegar los refuerzos, marchó al monasterio de Schöntal
donde se le unieron los del Neckartal. Su jefe era Jacklein Rohrbach[1],
tabernero de Böckingen cerca de Heilbronn. El domingo de Judica habían
proclamado la insurrección en Fleim, Southeim, etc., mientras Wendel

Hipler con algunos conjurados
tomaba por sorpresa la aldea de Ohringen, arrastrando al movimiento a los
campesinos de la región. En Schöntal ambas columnas, reunidas en el
destacamento
blanco aceptaron los doce artículos organizando expediciones contra los
castillos y conventos. El destacamento blanco tenia 8000 hombres y disponía
de cañones y de 3000 carabinas. Florían Geyer un caballero de Franconia se
agregó y formó la “cuadrilla negra”, cuerpo de elite que se reclutaba,
sobre todo, entre las milicias de Rottenburg y Ohringen. El conde Luis de
Helfenstein gobernador de Neckarsulm, enviado por el gobierno de Wurtenberg,
comenzó la lucha. Mandó pasar por las armas a todos los campesinos que cayeron
entre sus manos. El destacamento blanco marchó contra él. Estas matanzas como
también la noticia de haber sido derrotados los de Leipheim y muerto Jacobo
Wehe, victima de las numerosas crueldades de Truchsess, exacerbó a los
campesinos. El conde de Helfenstein se había hecho fuerte en Weinsberg y allí
fue atacado. Florían Geyer asaltó el castillo, la ciudad fue ocupada tras
larga lucha y el conde Luis con varios caballeros fue hecho prisionero. Al día
siguiente Jacklein Rohrbach y los más decididos de entre sus hombres juzgaron a
los prisioneros. El conde y catorce de los suyos fueron sentenciados a ser
“pasados por las baquetas”, la más ignominiosa muerte que se les podía
dar. La toma de Weinsberg y la venganza terrorista que Jacklein tomó en el
conde ejercieron el debido efecto sobre la nobleza. Los condes de Lowenstein
ingresaron en la unión campesina y los de Hohenlohe que ya lo habían hecho,
pero sin prestar los auxilios prometidos, enviaron inmediatamente la artillería
y la pólvora exigida.

Los cabecillas deliberaron
sobre la oportunidad de nombrar jefe a Gotz de Berlichingen “que podía ganar
a la nobleza”. La proposición agradó; pero Florían Geyer que veía en este
estado de ánimo de los jefes y campesinos el comienzo de la reacción se separó
del destacamento y con su cuadrilla negra corrió por la región del Neckar y
luego por la de Witsburgo quemando todos los castillos y destruyen-do los nidos
de los frailes.

El resto del destacamento
marchó hacia Heilbrohn. En esta poderosa ciudad libre, existía —como en
todas partes— frente a los honorables, una oposición burguesa y otra
revolucionaria.
En cumplimiento de un acuerdo secreto con los campesinos esta última abrió en
medio del tumulto las puertas de la ciudad a J. Metzler y Jacklein Rohrbach.
Los jefes campesinos la ocuparon con sus hombres y la hicieron miembro de la
hermandad que les pago 1200 florines en dinero y puso a su disposición una
compañía de voluntarios. Tan sólo saquearon las propiedades del clero y las
de la orden teutónica. El día 22 los campesinos se marcharon otra vez dejando
una pequeña guarnición. Heilbronn iba a ser el centro de los diferentes
destacamentos que enviaron sus delegados para deliberar sobre la acción y las
reivindicaciones comunes de los campesinos. Pero la oposición burguesa que
desde la entrada de los campesinos se había aliado con los honorables
predominaba otra vez en la ciudad impidiendo se tomasen medidas enérgicas y
aguardando la llegada de los ejércitos monárquicos para traicionar
definitivamente a los campesinos.

Los campesinos se acercaron
al Odenwald. El 24 de abril Gotz de Berlichingen que pocos días antes se había
ofrecido al elector del palatinado y luego a los campesinos para volver a
ofrecerse al elector, tuvo que ingresar en la hermandad evangélica y asumir el
mando del destacamento blanco (en contraposición al negro de Florían Geyer).
Pero al mismo tiempo era prisionero de los campesinos que desconfiaban de él,
lo vigilaban y no le dejaban tomar decisiones sin la previa autorización de los
cabecillas. Pasando por Buchen Götz y Metzler marcharon a Amorbach donde
permanecieron del 30 de abril hasta el 5 de mayo propagando la insurrección por
toda la región de Maguncia. Obligaron a la nobleza a seguir el movimiento por
lo cual se salvaron los castillos y únicamente los conventos fueron saqueados y
quemados. El destacamento se había desmoralizado progresivamente: los más enérgicos
se habían marchado con Florían Geyer o con Jacklein Rohrbach que también se
había separado después de la toma de Heibronn probablemente porque el juzgador
del conde de Helfenstein no podía ya formal parte de un destacamento que quería
llegar a un acuerdo con la nobleza.

Este afán de reconciliarse
con la nobleza era ya en si una prueba de desmoralización. Poco después Wendel
Hipler propuso una reorganización muy conveniente; había que alistar a los
lansquenetes que se ofrecían diariamente y renunciar a renovar los efectivos,
como se venia haciendo hasta entonces, reclutando nuevos contingentes todos
los meses y licenciado los antiguos. Al contrario, había que guardar los
hombres bastante expertos que ya estaban haciendo su servicio. Pero la
asamblea comunal desechó ambas proposiciones. Los campesinos envanecidos por
los éxitos, consideraban la guerra como una mera expedición de pillaje y la
competencia de los lansquenetes no era como para agradarles. En cambio, querían
reservarse el derecho de volver a casa cuando se hubieran llenado los bolsillos.
En Amorbach el concejal Juan Berlín llegó incluso a hacer aprobar por los
cabecillas y consejeros del destacamento la llamada “declaración de los dote
artículos”, un documento en el cual se habían suavizado hasta las ultimas
asperezas de los doce artículos, atribuyendo a los campesinos un lenguaje de
humilde suplica. Pero esta vez la cosa fue demasiado fuerte; en medio de un gran
escándalo los campesinos desecharon la declaración, conservando sus primitivos
artículos.

Mientras tanto, se había
producido un cambio decisivo en el obispado de Witsburgo pidiendo auxilio
—aunque en balde— a todos sus vecinos. Por fin se había visto forzado a
transigir momentáneamente. El 2 de mayo se reunió la Dieta, en la que tenían
representación los campesinos; pero, antes de llegar a ningún acuerdo, se
interceptaron algunas cartas que revelaron los manejos y la traición episcopal.
La Dieta se disolvió inmediatamente v se entabló la lucha entre las ciudades
sublevadas, los campesinos y la gente del obispo. El 5 de mayo, el obispo huyó
a Heidelberg; al día siguiente, Florían Geyer con la cuadrilla negra llegó a
Witsburgo, y con él el destacamento de Franconia venido del Tauber, formado por
los campesinos de Mergentheim, Rottenburg y Anspach. El día 7, llego Götz, de
Berlichingen, con el destacamento blanco; en seguida empezó el sitio de
Frauenberg.

Desde fines de marzo y
comienzo de abril se había formado otro destacamento en la región de
Limpurg. Ellwangen

y Hall. El de Gaildorf, o
destacamento blanco, común, se manifestó con gran violencia, sublevando la
región entera y quemando muchos conventos y castillos, entre ellos el
castillo de Hohenstaufen. Obligo a todos los campesinos a unirse y forzó a
todos los nobles a ingresar en la hermandad cristiana.

A principio de mayo, hizo una
incursión en Wurtemberg, siendo rechazado. Entonces, como en 1848, el
particularismo de los pequeños estados de Alemania no permitía una acción
concertada de revolucionarios que pertenecían a diferentes estados. Limitados
a un territorio reducido, los campesinos Gaildorf tuvieron forzosamente que
disgregarse, una vez vencidos todos los obstáculos en este territorio. Se
pusieron de acuerdo con la ciudad de Gmünd y se dispersaron, dejando tan sólo
500 hombres armados.

A fines de abril se habían
formado bandas de campesinos en el Palatinado, a ambas orillas del Rin.
Destruyeron muchos castillos y conventos; el 1º de mayo tomaron Neustadt del
Hardt; los de Buchrain, que habían atravesado el Rin, habían ya impuesto un
tratado a la ciudad de Espira. Con las escasas tropas del elector, el mariscal
de Saverna no pudo nada contra ellos y, el 10 de mayo, el elector tuvo que
firmar un tratado con los insurgentes, en el cual les prometía que la dieta
acabaría con los motivos de sus quejas.

En algunas regiones de
Wurtemberg, la insurrección había estallado muy pronto. En febrero, los
campesinos de los montes de Urach habían formado una alianza contra los curas y
grandes señores; a fines de marzo se sublevaron los campesinos de Blaubeuren,
Urach, Münsingen, Balingen y Rosenfeld. Las bandas de Gaildorf invadieron el
territorio de Wurtemberg, cerca de Göppingen; las de Jacklein Rofhbach, cerca
de Brakkenheim, y los restos del destacamento derrotado de Leipheim entraron
cerca de Pfullingen, sublevando a la población campesina. En otras regiones
se produjeron también serios disturbios. El 6 de abril, Pfullingen tuvo que
capitular ante los campesinos. El gobierno del archiduque austriaco estaba en
situación muy comprometida. Carecía en absoluto de dinero, sus tropas eran
escasas. Las ciudades y aldeas se hallaban en condiciones malísimas; no

tenían guarnición ni
municiones. La misma fortaleza de Asperg estaba casi desamparada.

El intento del gobierno de
movilizar los contingentes de las ciudades contra los campesinos fue la causa de
su derrota momentánea. El 16 de abril, el contingente de Bottwar se negó a
salir y, en vez de ir a Stuttgart, marchó al monte Wunnenstein, cerca de
Bottwar, en donde forma el núcleo de un campamento de campesinos y ciudadanos
que creció rápidamente. El mismo día estalló la sublevación del Zabergau;
el monasterio de Maulbronn fue saqueado y un gran número de conventos y
castillos quedaron totalmente destrozados. Los campesinos del Zabergau
recibieron refuerzos del pueblo cercano de Bruchrain.

A la cabeza de las bandas del
Wunnenstein se puso Matern Feuerbacher, concejal de Bottwar, uno de los jefes de
la oposición burguesa que estaba comprometido lo suficiente para verse obligado
a ir con los campesinos. Sin embargo, nunca depuso su actitud sumamente
moderada, impidiendo la aplicación de la carta de los artículos en lo que se
refería a los castillos y buscando siempre la conciliación de los campesinos
con la burguesía moderada. Impidió la unión de los campesinos de Wurtemberg
con el destacamento blanco: determinó a los de Gaildorf a que abandonasen el
territorio.

El día 19 de abril fue
destituido por sus tendencias burguesas; pero al día siguiente volvieron a
nombrarle capitán. Era insustituible, y el mismo Jäcklein Rohrbach, cuando el
día 22, con 200 hombres decididos, se unió a los de Wurtemberg, no tuvo mas
remedio que dejarlo en su puesto, limitándose a vigilar estrechamente su
actuación.

El 18 de abril, el gobierno
intento negociar con los campesinos del Wunnenstein. Los campesinos
insistieron en hacerle aceptar los doce artículos, pero esto no lo podían
consentir
los delegados. El destacamento se puso en marcha. El día 20 llegó a Lauffen,
donde rechazó por última vez las proposiciones del gobierno. El 22, los 6000
hombres habían llegado a Bietigheim, amenazando a Stuttgart. Casi todos los
concejales que constituían el ayuntamiento de esta ciudad habían huido, siendo
sustituidos por una comisión de ciudadanos. Entre estos existían
las divergencias de siempre entre los honorables, la oposición burguesa y los
plebeyos revolucionarios. El 25 de abril, estos últimos abrieron las puertas de
Stuttgart, que fue inmediatamente ocupado por los campesinos. Allí se llevó a
cabo la organización del destacamento blanco cristiano —que fue el nombre,
que tomaron los campesinos— y se fijaron las reglas para la paga de los
combatientes y el reparto del botín y del rancho. También se incorporó una
compañía, compuesta por vecinos de Stuttgart, mandados por Theus Gerber.

El 29 de abril, Feuerbacher
marchó con todo el destacamento contra los campesinos de Gaildorf; hizo
ingresar en la unión a todos los habitantes de la región y, así, obligó a la
gente de Gaildorf a retirarse. De este modo impidió que los elementos
revolucionarios de su destacamento, acaudillados por Rohrbach, se reforzasen por
la incorporación de los peligrosos extremistas de Gaildorf. Habiendo recibido
noticias que anunciaban la llegada de Truchsess, Feuerbacher marchó contra él,
y el día 19 de mayo mando acampar en Kirchheim del Teck.

Acabamos de referir el origen
y el desarrollo de la sublevación en la parte de Alemania que debemos
considerar como el terreno de acción del primer grupo de las bandas campesinas.
Antes de pasar a los demás grupos (Turingia, Hessen Alsacia, Austria y los
Alpes), tendremos que decir algo sobre la campaña de Truchsess, que logró
aplastar a este primer grupo de insurgentes al principio con sus propios medios
y luego con el apoyo de varios príncipes y ciudades. No nos hemos vuelto a
ocupar de Truchsess, desde que llegó a Ulm, a fines de marzo, dejando en
Kirchheim un puesto de observación, al mando de Dietrich Spät. Las tropas de
Truchsess, después de hacer recibido en Ulm los refuerzos enviados por la liga
Suaba, consistentes en poco menos de 10000 hombres, entre los que se contaban
7200 de infantería, formaban el único ejercito disponible para atacar a los
campesinos. Los refuerzos llegaron muy lentamente a Ulm, por las dificultades
con que tropezaba el reclutamiento en los países sublevados, por la penuria
de los gobiernos y porque en todas partes las escasas tropas que había eran
absolutamente indispensables para guarnecer
fortalezas y castillos. Ya sabemos cuán escasas eran las tropas de que disponían
aquellos príncipes y ciudades que no pertenecían a la liga Suaba. Todo dependía,
pues, de las victorias que Jorge Truchsess alcanzara con su ejercito.
Truchsess se volvió, primero, contra el destacamento de Baltringen, que,
entretanto, había empezado a destruir castillos y conventos en las cercanías
del Ried. Al acercarse las tropas de la liga, los campesinos se retiraron al
interior del Ried; pero, viéndose envueltos, tuvieron que abandonar los
pantanos, pasaron el Danubio y se hicieron fuertes en los barrancos y selvas de
la montaña suaba. Allí estaban a salvo de la artillería y caballería, que
constituían la fuerza principal del ejercito liguero, y Truchsess cesó de
perseguirles. Marchó contra los de Leipheim, que tenían 4000 hombres en el
valle del Mindel y otros 6000 en Illertissen, sublevando la región entera,
destruyendo castillos y conventos y preparando sus tres columnas para emprender
la marcha sobre Ulm. Parece que también allí existía cierta desmoralización
entre los campesinos que disminuía el valor guerrero del destacamento: porque,
desde los primeros momentos, Jacobo Wehe quiso entrar en negociaciones con
Truchsess. Pero ahora éste no le hizo caso, ya que contaba con la suficiente
fuerza militar. El 4 de abril atacó la columna principal, cerca de Leipheim,
dispersándola completamente. Jacobo Wehe, Ulrico Schön y otros dos cabecillas
fueron capturados y decapitados. La plaza de Leipheim se rindió y, después de
dar algunas batidas por la región quedó sometido todo el distrito.

Una nueva rebelión de sus
lansquenetes que exigían mayor botín y el pago de un suplemento detuvo a
Truchsess hasta el 10 de abril. Luego volvió hacia el sur, contra los de
Baltringen,
que, entretanto, habían invadido sus señoríos de Waldburg, Zeil y Wolfegg,
sitiando sus castillos. Otra vez encontró a los campesinos divididos, y el 11 y
12 de abril los venció separadamente en varios combates, dispersando también
este destacamento. El resto, bajo el mando del cura Florian, se replegó hacia
el lago de Constanza.

Entretanto el destacamento
del lago había dado numerosas batidas y había hecho ingresar en la hermandad a
las

ciudades de Buchhorn (hoy
Friedrichshafen) y Wollmatingen. El 13 se celebró un gran consejo de guerra
en el monasterio de Salem, acordando salir al encuentro de Truchsess.
Inmediatamente se tocaron las campanas a rebato y 10000 hombres, a los que luego
se incorporaron los vencidos de Baltringen, se reunieron en el campamento de
Bermatingen. El 15 de abril sostuvieron un combate favorable contra Truchsess,
que aún no quería exponer su ejército a una batalla decisiva, porque, además,
se había enterado de que, a su vez, se acercaban los del Heagu y del Allgäu.
El 17 de abril firmó con los campesinos del lago y del Baltringen el convenio
de Weingarten, que encontraron ventajoso y que aceptaron sin vacilar. Además,
consiguió de los delegados del alto y bajo Allgäu que aceptasen también el
convenio, marchando luego a Wurtemberg.

Su astucia lo salvo de la catástrofe
segura. Si no hubiese sabido engañar a estos campesinos débiles, cortos de
entendimiento y en su mayoría ya desmoralizados, y a sus jefes incapaces,
miedosos y corruptibles, él y su pequeño ejercito se hubieran visto encerrados
e irremediablemente perdidos en medio de cuatro columnas que, por lo menos,
sumaban de 25000 a 30000 hombres; pero la poca inteligencia de sus enemigos
—este es, fatalmente, el defecto de las masas campesinas— le hizo posible
deshacerse de ellos en el momento preciso en que hubiesen podido acabar con la
guerra de un solo golpe, por lo menos en Suabia y Franconia. Los campesinos del
lago mostraron tal empeño en cumplir este convenio, que naturalmente resultó
ser un engaño, que llegaron incluso, a tomar las armas contra sus propios
aliados del Hegau. Los campesinos del Allgäu, cuando supieron la traición de
sus jefes, se declararon en contra del convenio; pero, entretanto. Truchsess se
había salvado del peligro.

Los campesinos del Hegau que
no estaban incluidos en el convenio de Weingarten dieron, poco después, otra
prueba de este particularismo estúpido, de este provincialismo testaurado que
acabó por hundir todo el movimiento. Cuando Truchsess se había marchado a
Wurtemberg sin que hubiesen dado resultado las negociaciones con los del Hegau,
estos se fueron tras él, permaneciendo siempre a su retaguardia

Pero no se les ocurrió
unirse con el destacamento blanco cristiano de Wurtemberg, por la sencilla razón
de que los de Wurtemberg y los del valle de Neckar también se habían negado a
auxiliarlos en cierta ocasión. Por eso, cuando Truchsess se había alejado lo
suficiente, volvieron tranquilamente y marcharon a Friburgo.

Al entrar Matern Feuerbacher
con los campesinos de Wurtemberg en Kirchheim, el cuerpo de observación que
Truchsess había dejado se retiró a Urach. Después de intentar la ocupación
de Urach, Feuerbacher se dirigió a Nürtingen pidiendo auxilio a todos los
insurgentes de la región para dar la batalla decisiva. Realmente, llegaron
grandes refuerzos, tanto del bajo Wurtemberg como del Gau; sobre todo los
campesinos del Gau, agrupados en derredor de los restos de los de Leipheim, que
se habían retirado a la parte occidental de Wurtemberg propagando la
insurrección en los valles del alto Neckar y Nagold hasta Böblingen y
Leonberg, acudieron en dos fuertes columnas, y el 5 de mayo se unieron a
Feuerbacher en Nürtingen. Encontraron a Truchsess cerca de Bötingen. Su número,
su posición y la artillería de que disponían sorprendió a Truchsess. Según
su método acostumbrado, no tardo en iniciar las negociaciones, llegando a un
armisticio con los campesinos. En cuanto los campesinos se sintieron seguros,
Truchsess los atacó por sorpresa el 12 de mayo, en plena tregua, obligándoles
a dar la batalla decisiva. Los campesinos opusieron una resistencia
desesperada hasta que, por fin, la ciudad de Bötlingen cayó en manos de
Truchsess por la traición de los ciudadanos. Así, el ala izquierda de los
campesinos se halló privada de su punto de apoyo y se vio deshecho y cercado.
La batalla estaba decidida El desorden cundió entre los campesinos poco
acostumbrados a la disciplina y pronto huyeron a la desbandada; los que no
fueron muertos o apresados por los jinetes de la liga tiraron las armas apresurándose
a regresar a sus pueblos. El destacamento blanco cristiano y con el la
insurrección de Wurtemberg estaban totalmente deshechos. Theus Gerber logro
huir a Esllingen. Feuerbacher huyó a Suiza, Jacklein Rohbarch fue hecho
prisionero, encadenado y llevadó a Neckargartach, donde Truchsess lo manda atar
a un palo,

amontonando leña a su
alrededor, siendo asado vivo a fuego lento, mientras é1 se banqueteaba con sus
caballeros gozando de tan noble espectáculo.

Desde Neckargartach,
Truchsess hizo una incursión en el Kraichgau para apoyar las operaciones que
estaba realizando el elector del Palatinado. Al recibir éste la noticia de los
éxitos de Truchsess, rompió la tregua con los campesinos y atacó el
Buchrain el 23 de mayo, tomando y quemando Malsch tras una resistencia
encarnizada y, después de saquear varias aldeas, ocupó Bruchsal. Al mismo
tiempo, Truchsess atacó a Eppingen, capturando a Antonio Eisenhut, jefe local
del movimiento, al que el elector mando ejecutar inmediatamente en compañía de
otros doce cabecillas. De este modo, sometió el Buchrain y el Kraichgau, que
tuvieron que pagar cerca de 40000 florines de indemnización. El ejército de
Truchsess que, como consecuencia de las batallas ultimas, se hallaba reducido a
6000 hombres y el del elector, que tenia 6500, se unieron para marchar contra
los campesinos del Odenwald.

La noticia de la derrota de Böttingen
llenó de terror a los insurgentes. Las ciudades libres que habían caído en
las duras manos de los campesinos respiraron por primera vez. Heilbronn dio el
primer paso hacia la reconciliación con la liga Suaba. En Heilbronn se hallaba
la cancillería de los campesinos y se reunían los delegados de los diferentes
destacamentos para deliberar sobre las proposiciones que en nombre de todos
los campesinos insurgentes iban a dirigir al emperador y al Reich. De estas
negociaciones, que tenían por fin crear un derecho común vigente en toda
Alemania. resaltó una vez más que ni la campesina ni ninguna otra clase
estaban lo suficientemente desarrolladas para reorganizar la vida de la nación
entera según sus intereses. Desde el primer instante se vio que para otros
fines era imprescindible ganar a la nobleza y, sobre todo, a la burguesía. La
dirección de las negociaciones vino a parar a manos de Wendel Hipler. De todos
los jefes del movimiento, fue Wendel Hipler quien mejor se dio cuenta de la
situación. No era un revolucionario de grandes ideas como Miinzer ni un
representante
do los campesinos como Metzler o Rohrbaeh. Su

gran experiencia, su
conocimiento práctico de las relaciones entre las diferentes clases le impedía
representar exclusivamente a una sola clase en contra de las demás que
participaban en el movimiento. Lo mismo que Münzer, que representaba a una
clase que se hallaba totalmente al margen de la sociedad oficial, es decir, a
los gérmenes del proletariado, presintió el comunismo; así, Wendel Hipler,
como representante del conjunto de todos los elementos progresivos de la nación,
llegó a presentir la sociedad burguesa moderna. Aunque los principios que
defendía y las reivindicaciones que formulaba no eran realizables
inmediatamente, eran, sin embargo, el resultado algo idealizado pero
necesario, de la disolución en que se hallaba la sociedad feudal; y cuando los
campesinos se pusieron a elaborar proyectos de leyes para todo el imperio,
tuvieron que tenerlo en cuenta. Así, pues, la centralización que exigían
los campesinos adquirió en Heilbronn, una forma más positiva, pero
completamente opuesta al concepto que de ella tenían aquellos. Así, por
ejemplo, se propuso la unificación de monedas, medidas y pesos, es decir, que
se formularon reivindicaciones de acuerdo con los intereses de la burguesía de
las ciudades, mucho más que en el interés de los campesinos. A la nobleza se
le hicieron concesiones que se parecen mucho a las actuales leyes de amortización
y cuya finalidad era la transformación de la propiedad feudal en propiedad
burguesa del suelo. En el momento, pues, en que las reivindicaciones de los
campesinos se resumieron en una “reforma del imperio”, se tuvieron que
subordinar no a las reivindicaciones momentáneas de los burgueses, pero si a
sus intereses definitivos.

Mientras en Heilbronn aun
duraba la discusión sobre estas reformas, Juan Berlin, el autor de la
“declaración de los doce artículos”, salió a recibir a Truchsess y a
negociar en nombre de los honorables ciudadanos la rendición de la ciudad. Los
movimientos reaccionarios que se produjeron en la ciudad facilitaron la traición
y Wendel y Hipler tuvo que huir con los campesinos. Marchó a Weinsberg donde
trató de reunir los restos de los campesinos de Wurtemberg y los escasos
efectivos móviles de Gaildorf. Pero de allí también tuvo que salir al
acercarse Truchsess y el elector del Palatinado, dirigiéndose a Wirtzburgo para
intentar movilizar el destacamento blanco. Entre tanto las tropas del elector
y las de la liga sometieron toda la región del Neckar; obligaron a los
campesinos a prestar de nuevo el juramento de fidelidad y quemaron muchas
aldeas, degollando y ahorcando a todos los campesinos fugitivos que cayeron
entre sus manos. La ciudad de Weinsberg fue quemada para vengar la muerte del
conde Helfenstein.

Mientras tanto, los
destacamentos reunidos cerca de Witsburgo sitiaban el Frauenberg; el 15 de
mayo, aun antes de abrir brecha, intentaron con gran valentía asaltar la
fortaleza,
pero fue en balde. 400 hombres, de los más valientes que en su mayoría
pertenecían al destacamento de Florián Geyer, cayeron muertos o heridos en los
fosos. Dos días después llegó Wendel Hipler y reunió un consejo de guerra.
Propuso no dejar más que 4000 hombres para sitiar el Frauenberg y llevar el
grueso del ejército, que comprendía cerca de 20000 hombres, a un campamento
cerca de Krautheim sobre el Jat, donde, ante los ojos de Truchsess se pudieran
concentrar todos los refuerzos. El plan era excelente; tan sólo por la cohesión
absoluta de las masas y por su superioridad numérica se podía derrotar al ejército
de los príncipes que ahora tenia cerca de 13000 hombres. Pero la
desmoralización
y el desanimo de los campesinos eran ya demasiado grandes para permitir
cualquier acción enérgica. También Gotz de Berlichingen —que poco después
iba a traicionar abiertamente— parece haber contribuido a poner trabas al
movimiento y así el plan de Hipler nunca llego a realizarse. Al contrario, las
columnas se dividieron como de costumbre. Por fin, el destacamento blanco se
puso en movimiento el 23 de mayo, prometiendo los de Franconia seguirles
inmediatamente. El 26, las compañías del margraviato de Anspach que se
hallaban en Wistburgo, emprendieron el regreso a su tierra al recibir la noticia
de que el margrave había atacado a los campesinos. El resto del ejército que
había actuado en el asedio con la cuadrilla negra de Florian Geyer tomó
posiciones cerca de Heidingsfeld, no lejos de Witsburgo. El 24 de mayo el
destacamento blanco llegó a Krautheim, en un estado que no le permitía entrar
en campaña. Allí supieron

muchos que sus aldeas habían
prestado juramento a Truchsess y con este pretexto se volvieron a su casa. El
destacamento siguió la marcha hasta Neckarsulm, y el día 28 entabló
negociaciones con Truchsess. Al mismo tiempo, enviaron mensajeros a Franconia,
Alsacia y a la Selva Negra para pedir el envió urgente de refuerzos. De
Neckarsulm, Gotz regresó a ohringen. El destacamento disminuía a diario; el
mismo Gotz de Berlichingen desapareció durante la marcha; se había ido a su
casa después de haberse puesto de acuerdo con Truchsess sobre esta deserción,
actuando como intermediario su antiguo compañero de armas Dietrich Spät. En
Ohringen, una noticia falsa sobre la supuesta llegada del enemigo provocó el pánico
de la masa desanimada y desorientada; el destacamento se disperso con gran
desorden; Metzler y Wendel Hipler lograron, con grandes esfuerzos, conservar a
unos 2000 hombres, a los que condujeron otra vez a Krautheim. Mientras tanto, se
acercaban los 5000 campesinos de Franconia; pero Gotz, que, por lo visto, quería
cometer otra traición, había ordenado se desviaran en su marcha hacia
Ohringen, pasando por Lowenstein; de este modo no pudieron encontrar al
destacamento
blanco y marcharon a Neckarsulm. Truchsess estaba sitiando esta pequeña ciudad,
ocupada por algunas compañías del destacamento blanco. Los de Franconia
llegaron
por la noche y vieron las hogueras del campamento de la liga pero sus jefes no
tuvieron el valor de atacarlo y se retiraron a Krautheim, donde, por fin,
encontraron los restos del destacamento blanco. El día 29, como no llegaron los
refuerzos Neckarsulm, se rindió a los ligueros; inmediatamente Truchsess mandó
ejecutar a trece campesinos y luego salio al encuentro de los destacamentos,
matando, saqueando y quemándolo todo en su camino. En los valles del Necker,
Kocher y Jaxt marcaban su camino las minas y los cadáveres de campesinos
colgados de los árboles.

Cerca de Krautheim, los
campesinos sufrieron su primer encuentro con Truchsess y tuvieron que replegarse
hacia Konigshofen, sobre el Tauber, obligados por un movimiento envolvente de
Truchsess. Allí tomaron posición con 8000 hombres y 32 cañones. Truchsess
se acercó, ocultándose detrás de los montes y en los bosques; hizo avanzar
columnas para

hostilizar la retaguardia, y
el 2 de junio los atacó con tanta energía y en número tan superior, que, a
pesar de la resistencia que varias columnas opusieron hasta muy entrada la
noche, los dispersó y derrotó completamente. Como siempre, la caballería de
la liga, la “muerte de los campesinos”, contribuyó muy eficazmente a
aniquilar al ejército de los insurgentes, arrojándose sobre los campesinos
puestos en desorden por el fuego de artillería y fusilaría y los ataques con
lanza, dispersándolos completamente para matarlos uno a uno. El ejemplo de los
300 ciudadanos de Köningshofen que servían en el ejército campesino da una
idea de los métodos de guerra que empleaban Truchsess y su caballería. Todos,
menos quince, fueron pasados a cuchillo durante la batalla, y de estos quince,
otros cuatro fueron decapitados posteriormente.

Después de liquidar de este
modo a los campesinos del Odenwald, del valle del Neckar y de la baja Franconia,
Truchsess sometió toda la región dando batidas para quemar aldeas enteras,
llevando a cabo numerosas ejecuciones; luego se trasladó a Witsburgo. En el
camino supo que el segundo destacamento de Franconia, capitaneado por Florián
Geyer y Gregorio de Burg-Bernsheim, se hallaba cerca de Sulzdorf, a donde se
dirigió inmediatamente. Desde que fracasó el asalto a la fortaleza del
Frauenberg, Florián Geyer comenzó a negociar con los príncipes y ciudades,
especialmente con la ciudad de Rottenburg y el margrave Casimiro de Anspach,
acerca de su ingreso en la hermandad campesina al recibir la noticia de la
derrota de Konigshofen, interrumpió las gestiones. El destacamento Anspach,
conducido por Gregorio de Burg-Bernsheim, se incorporó al suyo. Este
destacamento se había formado recientemente. Con un espíritu digno de un
Hohenzollern, el margrave Casimiro había sabido contener la sublevación de
sus territorios, ya por medio de promesas, ya por amenaza de las tropas.
Observaba una neutralidad perfecta frente a todos los destacamento, extraños,
mientras éstos no atraían a sus súbditos. Trató de encauzar el odio de los
campesinos contra las fundaciones eclesiásticas, contando con enriquecerse
mediante su incautación posterior. Entretanto, se armaba, aguardando los
acontecimientos. Apenas recibió

la noticia de la batalla de
Bottlingen, atacó a los campesinos rebeldes, saqueando y quemando sus aldeas y
mandando ahorcar y acuchillar a muchos; pero los campesinos se concentraron
rápidamente y, bajo el mando de Gregorio de Burg-Bernsheim, le derrotaron el 29
de mayo en Windsheim. Cuando le estaban persiguiendo, recibieron un llamamiento
de los del Odenwald pidiendo auxilio. Sin vacilar se dirigieron a Heidigenfeld,
de donde volvieron a Witsburgo en compañía de Florián Geyer (el 2 de
junio). Sin haber recibido más noticias de los del Odenwald, siguieron su
marcha con 4000 hombres, dejando a otros 5000 en la ciudad. El resto se había
dispersado. Envalentonados por noticias falsas sobre el resultado de la
batalla de Königshofen, Los sorprendió Truchsess cerca de Sulzdor, derrotándolos
completamente. Como siempre, los jinetes y mercenarios de Truchsess hicieron una
matanza tremenda. Florián Geyer logró conservar 6000 hombres —lo que quedaba
de su cuadrilla negra—, y con ellos se abrió camino hasta Ingolstadt. 200
hombres ocuparon la iglesia y el cementerio; otros 400, el castillo. Las tropas
del Palatinado los persiguieron y tomaron la aldea, incendiando la iglesia; los
que no perecieron en las llamas, fueron muertos cuando huían. El fuego de las
tropas abrió brecha en la vieja muralla del castillo, iniciándose el asalto.
Dos veces los campesinos, protegidos por una segunda muralla rechazaron a las
tropas, que, destruyendo también esta muralla, lograron en su tercer asalto
tomar el castillo. La mitad de los campesinos pereció; Geyer logró escapar con
los últimos 200. Pero el lugar en que se había refugiado fue descubierto al día
siguiente (el lunes de Pentecostés); las tropas del Palatinado rodearon el
bosque donde se hallaba escondido y mataron a todos. Durante estos dos días no
hicieron más que 17 prisioneros. Florián Geyer se salvó otra vez con unos
cuantos hombres decididos y fue a reunirse con los de Gaildorf, que todavía
disponían de unos 7000 hombres. Pero cuando llegó ya se habían disuelto en
su mayoría, aterrados por las malas noticias que de todas partes recibían.
Geyer intento reunir en los bosques a los que huían; pero el 9 de julio las
tropas lo sorprendieron cerca de Hall, donde murió luchando.

Truchsess, que después de la
victoria de Könishofen había hecho llegar sus noticias a las tropas sitiadas
en el Frauenberg, avanzó hacia Witsburgo. Con el mayor secreto, el ayuntamiento
de la ciudad se puso de acuerdo con él, y el 7 de julio el ejército de la liga
pudo cercar la ciudad, ocupada por 5000 campesinos, y a la mañana siguiente
logró entrar sin sacar la espada, por las puertas que el ayuntamiento había
mandado abrir. Gracias a esta traición cometida por los “honorables” de
Witsburgo fue desarmado el último destacamento de Franconia, cayendo
prisioneros todos sus jefes. Truchsess se apresuró a ordenar la ejecución de
81. Uno tras otro llegaron a Witsburgo los diferentes príncipes de Franconia;
el obispo de Witsburgo, el de Bamberg, y el margrave de Brandenburgo, Anspach.
Estos excelentes señores procedieron a distribuirse los papeles que iban a
desempeñar. Truchsess continuo la marcha acompañado por el obispo de Bamberg,
que se apresuró a romper el tratado que había firmado con sus campesinos,
entregando su país a las hordas incendiarias del ejército liguero. El
margrave Casimiro devastó su propio país. Quemó la ciudad de Teiningen,
saqueo numerosas aldeas y las entregó a las llamas; en cada ciudad juzgaba y
castigaba cruelmente a los rebeldes. En Neustadt, sobre el Aisch, mando
decapitar a 18 hombres; en la marcha de Bügel, a 43. De allí marchó a
Rottenburg, donde los honorables ya habían iniciado la contrarrevolución,
deteniendo a Esteban de Menzingen. Ahora los pequeños burgueses y plebeyos
tuvieron
que pagar cara su actitud ambigua frente a los campesinos, a los que hasta el último
momento se habían negado a prestar ayuda, persistiendo en su egoísmo estúpido
y oprimiendo las industrias rurales para favorecer a los gremios de la ciudad
y resistiéndose a renunciar a los ingresos municipales que procedían de los
servicios feudales de los campesinos. El margrave mando decapitar a 16 de
ellos; como era natural, en primer lugar a Menzingen. El obispo de Witsburgo
procedió de la misma manera, saqueando, destrozando y quemando lo que
encontraba en el camino. En su paseo triunfal mandó ejecutar a 256 rebeldes; su
obra culminó con la ejecución de otros 13 ciudadanos, ordenada cuando volvió
a Witsburgo.

En la región de Maguncia, el
gobernador Guillermo, obispo de Estrasburgo, restableció el orden sin encontrar
resistencia. No mandó ejecutar más que a cuatro individuos. También se habían
producido disturbios en el Ringau, pero todos habían vuelto a sus casas hacía
tiempo; sin embargo, Frowen de Hutten, primo de Ulrico, invadió la región y la
“pacificó” completamente por la ejecución de doce cabecillas. En
Francfort, que también había visto importantes movimientos revolucionarios, 1a
paz fue mantenida en el primer momento gracias a la transigencia del
ayuntamiento y luego por tropas mercenarias. Después de la traición del
elector, otros 8000 campesinos se habían reunido en el Palatinado empezando
otra vez a quemar conventos y castillos; pero el arzobispo de Treveris llamó al
mariscal de Saverna y con su ayuda los venció el 23 de mayo en Pfedersheim. Una
serie de crueldades (tan sólo en Pfedersheim fueron ejecutados 82) y la toma
de Wissemburgo (el 7 de julio) terminaron con aquella insurrección.

De todos los destacamentos,
no quedaban ya más que dos que no hubieran sido vencidos: el de Hegau y de la
Selva Negra y el del Allgäu. El archiduque Fernando había intrigado con
ambos, igual que el margrave Casimiro y otros príncipes, que querían
aprovecharse de la sublevación para apoderarse de tierras y principados eclesiásticos,
el quería utilizarla para ensanchar los dominios de la casa de Austria. Había
tratado con Walter Bach, el caudillo del Allgäu, y con Juan Müller de
Bulgenbach, del Hegau, para conseguir que los campesinos se declarasen
favorables a la unión con Austria; pero, a pesar de ser corruptibles ambos
jefes, consiguieron únicamente que los del Allgäu concluyesen una tregua con
el archiduque, observando neutralidad frente a Austria.

En su retirada de Wurtemberg,
los del Hegau habían destruido un gran número de castillos y habían recibido
refuerzos del margraviato de Baden. El 13 de mayo marcharon a Friburgo; el 18
comenzaron a cañonear la ciudad, y el 23 entraron con las banderas desplegadas,
una vez que hubo capitulado. Desde allí marcharon a Stockach y Radolfzell,
hostilizando sin éxito a las guarniciones de estas ciudades. Éstas, lo mismo
que la nobleza y las ciudades cercanas, invocaron el tratado de
Weingarten para pedir auxilio a los campesinos del lago, y los rebeldes del
destacamento del lago movilizaron 5000 hombres contra sus propios aliados. Hasta
tal punto llego el particularismo estúpido de estos campesinos. Tan solo 60o
campesinos que querían unirse a los del Hegau se negaron a ello, siendo
reducidos por la fuerza; pero los del Hegau ya habían abandonado el asedio,
cumpliendo una orden de Juan Müller de Bulgenbach, vendido al enemigo. Poco
después huyó Juan Müller y los campesinos se dispersaron. Los que quedaban se
hicieron fuertes en el puerto de Hitzingen, donde, el 16 de julio, fueron
vencidos y aniquilados por las tropas que habían llegado entretanto. Gracias a
la mediación de las ciudades suizas, los del Hegau obtuvieron un tratado, lo
cual no impidió que Juan Müller fuera detenido en Laufenburgo y decapitado,
a pesar de su traición. También Friburgo, en Brisgovia, se separó de la liga
campesina (el 17 de julio), mandando tropas contra ella; pero allí también
terminaron el 18 de septiembre por firmar un tratado en Offenburgo, por ser
demasiado débiles las fuerzas regulares. Las ocho unidades de la Selva Negra
y del Klettgau que aun no habían sido desarmadas se levantaron de nuevo,
irritadas por la tiranía del conde de Sulz y fueron vencidos en octubre. El 13
de noviembre se impuso un tratado a los de la Selva Negra y el 6 de diciembre
cayo Waldshut, el último baluarte de la insurrección a orillas del alto Rin.

Al marcharse Truchsess, los
del Allgäu habían reanudado su campaña contra los conventos y castillos,
tomando enérgicas represalias por los desmanes de las tropas. Frente a ellos
había escasas fuerzas, que no los atacaban más que cuando se encontraban
aislados y sin poderlos perseguir en el interior de los bosques. En junio estalló
un movimiento contra los honorables en la ciudad de Memmingen, que hasta
entonces habían guardado neutralidad. La represión del movimiento se debe tan
sólo a la presencia de algunas tropas de la liga que por casualidad se hallaban
en las afueras y que pudieron en el momento oportuno prestar auxilio a los
honorables. Schapeler, que había sido el predicador y jefe del movimiento
plebeyo, logró huir a San Galo. Los campesinos avanzaron sobre la ciudad; pero
apenas habían empezado a abrir brecha,

cuando supieron que Truchsess
había salido de Witsburgo marchando contra ellos. El 27 de junio salieron a su
encuentro, formados en dos columnas que pasaron por Babenhausen y Obergünzburg.
El archiduque Fernando intentó de nuevo ganarlos para la casa de Austria.
Invocando la tregua que había concluido con ellos, ordenó a Truchsess no
siguiera avanzando; pero la liga de Suabia le ordenó atacarlos, prescindiendo
únicamente de los saqueos e incendios. No obstante, Truchsess era demasiado
inteligente para renunciar a su arma decisiva, aun en el caso en que le hubiera
sido posible mantener el orden entre los lansquenetes que del lago de Constanza
hasta el Mein habían ido de desmán en desmán. Los campesinos tomaron posición
con cerca de 23000 hombres a orillas del Iller y del Leubas. Con 11000 hombres,
Truchsess se colocó frente a ellos. Ambas posiciones eran fuertes; la
caballería no podía operar en este terreno accidentado, y si los lansquenetes
de Truchsess eran superiores a los campesinos por su organización, disciplina
y recursos militares, también los del Allgäu tenían en sus filas un gran número
de viejos soldados y capitanes expertos, disponiendo, además, de numerosa
artillería bien servida. El 19 de julio, los de la liga abrieron el fuego con
sus cañones, y al día siguiente continuó el cañoneo en ambos bandos, pero
sin resultado. El 21, Jorge de Frundsberg, con 3000 lansquenetes se incorporó a
los de Truchsess. Conocía a muchos campesinos que habían servido bajo su mando
en Italia; y entabló negociaciones con ellos. La traición triunfó donde no
bastaron los recursos militares.

Walter Bach y varios jefes y
artilleros se dejaron comprar. Mandaron pegar fuego a todas las provisiones de pólvora
y ordenaron un movimiento envolvente. Apenas los campesinos habían abandonado
su fuerte posición, cuando cayeron en la emboscada que les había preparado
Truchsess, de acuerdo con Bach y los otros traidores. Les fue imposible
defenderse,
pues, para colmo, sus jefes traidores los habían abandonado bajo el pretexto
de hacer un reconocimiento, hallándose pronto camino de Suiza. Dos columnas
fueron totalmente aniquiladas: la tercera, bajo el mando de Knopf de Lenbas,
pudo retirarse ordenadamente. Tomó posiciones

sobre el monte Kollenberg,
cerca de Kempten, donde la cerco Truchsess. Allí tampoco se atrevió a
atacarles, sino que les cortó los convoyes y trató de desmoralizarlos quemando
doscientas aldeas en los alrededores. El hambre y la vista de sus hogares en
llamas les movió, por fin, a rendirse (el 25 de julio). Más de 20 campesinos
fueron ejecutados en el acto. Knopf de Lenbas, el único jefe de este
destacamento que no había traicionado su bandera, logró refugiarse en Bregenz;
pero allí fue detenido y ahorcado tras larga prisión.

Así termina la guerra de los
campesinos en Suabia y Franconia.

______________

[1] Jacobite.

## VI. LA GUERRA DE LOS CAMPESINOS EN TURINGIA, ALSACIA Y AUSTRIA

Al estallar las primeras
insurrecciones en Suabia, Tomas Münzer se había apresurado a volver a
Turingia, fijando su residencia en la ciudad libre de Mühlhausen, donde más
fuerza tenía su partido. En su mano reunía los hilos de todo el movimiento;
conocía el alcance de la tormenta que se iba a desencadenar en Alemania del
sur y se había encargado de hacer de Turingia el centro del movimiento en el
norte. Encontró un ambiente sumamente propicio. En la propia Turingia, que había
sido el centro de la Reforma, la excitación había llegado a su punto
culminante; la miseria material que reinaba entre los campesinos oprimidos, así
como las doctrinas revolucionarias, religiosas y políticas que circulaban, habían
preparado también en los países vecinos, en Hessen, Sajonia y en la región
del Harz el terreno para la insurrección general. Sobre todo en Mühlhausen, la
tendencia extremista de Münzer había ganado a la masa de la pequeña burguesía,
que esperaba con impaciencia el día en que iba a hacer sentir a los orgullosos
patricios los efectos de su superioridad numérica. Para que no se adelantaran
al momento convenido, el propio Münzer tenía que calmarlos: pero su discípulo
Pfeiffer, que dirigía este movimiento, ya estaba comprometido hasta tal punto,

que no pudo contenerlos más.
El 17 de marzo de 1525, mucho antes de iniciarse la sublevación general en la
Alemania del sur, hizo su revolución la ciudad de Mühlhausen. El viejo
ayuntamiento patricio fue destituido, el “consejo eterno” que acaba de ser
elegido se encargó del gobierno, bajo la presidencia de Tomas Münzer.

Lo peor que puede suceder al
jefe de un partido extremo es ser forzado a encargarse del gobierno en un
momento en el que el movimiento no ha madurado lo suficiente para que la clase
que representa pueda asumir el mando y para que se puedan aplicar las medidas
necesarias a la dominación de esta clase. Lo que realmente puede hacer no
depende de su propia voluntad, sino del grado de tensión a que llega el
antagonismo de las diferentes clases, y del desarrollo de las condiciones de
vida materiales, del régimen de la producción y circulación, que son la base
fundamental del desarrollo de los antagonismos de clase. Lo que debe hacer, lo
que exige de él su propio partido, tampoco depende de él ni del grado de
desarrollo que ha alcanzado la lucha de clases y sus condiciones; el jefe se
halla ligado por sus doctrinas y reivindicaciones anteriores, que tampoco son el
resultado de las relaciones momentáneas entre las diferentes clases sociales ni
del estado momentáneo y más o menos casual de la producción y circulación,
sino de su capacidad —grande o pequeña— para comprender los fines generales
del movimiento social y político. Se encuentra, pues, necesariamente ante un
dilema insoluble: lo que realmente puede hacer se halla en contradicción con
toda su actuación anterior, con sus principios y con los intereses inmediatos
de su partido; y lo que debe hacer no es realizable. En una palabra: se ve
forzado a representar, no a su partido y su clase, sino la clase llamada a
dominar en aquel momento. El interés del propio movimiento le obliga servir a
una clase que no es la suya y a entretener a la propia con palabras, promesas y
con la afirmación de que los intereses de aquella clase ajena son los de la
suya. Los que ocupan esta posición ambigua están irremediablemente perdidos.
Hemos visto ejemplos en los últimos tiempos; recordemos la posición que en
el último gobierno provisional de Francia ocupaban los representantes
obreros, a pesar de que no representaban sino una

etapa muy inferior en el
desarrollo del proletariado. Quienes después de las experiencias del gobierno
de febrero —no hablemos de los nobles gobiernos provisionales y regencias del
imperio en Alemania— todavía pueden anhelar puestos oficiales, o son
extraordinariamente torpes o no pertenecen al partido revolucionario más que de
palabra. Pero la posición de Münzer al frente del “consejo eterno” de Mühlhausen
era todavía mucho más arriesgada que la de cualquier gobernante
revolucionario en la actualidad. No sólo aquel movimiento, sino todo aquel
siglo, no estaban maduros para la realización de las ideas que el propio Münzer
había empezado a imaginar tarde y confusamente. La clase a la que representaba
acababa de nacer y no estaba, ni mucho menos, completamente formada y capaz de
subyugar y transformar a la sociedad entera.

El cambio de la estructura
social que había imaginado no tenía el menor fundamento en las circunstancias
materiales existentes, en las que se gestaba un orden social que iba a ser
exactamente contrario al orden que había soñado. Sin embargo, seguía ligado
por sus predicaciones anteriores sobre la igualdad cristiana y la comunidad de
bienes evangélica; tenia que hacer, por lo menos, un intento de su aplicación.
Se proclamó la comunidad de los bienes, el trabajo obligatorio para todos y la
supresión de toda autoridad; pero, en realidad, Mühlhausen seguía siendo una
ciudad libre republicana con una constitución algo más democrática, con un
senado elegido por sufragio universal y controlado por la asamblea y con una
organización de beneficencia improvisada apresuradamente en las clases
particulares. Esta revolución social que tanto horrorizaba a los burgueses
protestantes de la época, no pasó, en realidad, de un ensayo tímido e
inconsciente para establecer prematuramente la actual sociedad Burguesa.

El propio Münzer parece
haberse dado cuenta del abismo que separaban a sus teorías de la realidad
concreta, un abismo que tanto menos podía ignorar el, cuanto más
desfiguraban su genial teoría las cabezas incultas de sus partidarios. Con un
celo aun para el desusado se puso a propagar y organizar el movimiento; escribió
cartas y mando emisarios a todas partes. Sus escritos y predicaciones reflejan
un fanatismo

revolucionario que aun
teniendo en cuenta sus escritos anteriores, produce estupefacción. El tono
humorístico y juvenil de los panfletos revolucionarlos de Münzer ha
desaparecido por completo, como también el lenguaje ponderado y sistemático
del pensador que había empleado en algunas ocasiones. Ahora Münzer es profeta
de la revolución con todo su ser; enciende incesantemente el odio contra las
clases dominantes, despierta las pasiones mas violentas, y cuando había lo hace
empleando las frases encendidas que el delirio religioso y nacional atribuía a
los profetas del antiguo testamento. El nuevo estilo al que tuvo que
acostumbrarse indica el nivel cultural del público sobre el que tenía que
influir.

El ejemplo de Mühlhausen y
la agitación de Münzer no tardaron en producir su efecto en las demás
regiones. En Turingia, en el campo de Eichsfeld, en el Harz en los ducados de
Sajonia, en Hessen y Fulda, en la alta Franconia y en el Vogtland se levantaron
los campesinos y formaron bandas, que quemaron castillos y conventos. Münzer
era el jefe reconocido de casi todo el movimiento cuyo centro seguía siendo Mühlhausen,
mientras que en Erfurt triunfaba un movimiento puramente burgués, adoptando el
partido que allí gobernaba una actitud ambigua frente a los campesinos.

Al principio los príncipes
de Turingia estaban frente a los campesinos tan impotentes y desorientados como
los de Franconia y Suabia. En los últimos días de abril el landgrave de
Hessen logró por fin concentrar un cuerpo de ejército; este landgrave era el
mismo Felipe cuya piedad le valió tantos elogios por parte de los historiadores
burgueses y protestantes de la Reforma y sobre cuyas infamias cometidas contra
los campesinos también escucharemos algo en este pequeño relato. En varias
expediciones rápidas el landgrave Felipe, gracias a su actitud enérgica sometió
a la mayor parte de su país, luego movilizó a nuevos contingentes y entró en
el territorio del abad de Fulda del que había sido vasallo hasta entonces. El 3
de mayo venció a los campesinos de Fulda cerca de Frauenberg y sometió al país
entero, aprovechando la ocasión no sólo para librarse de la soberanía del
abad, sino para transformar toda la abadía de Fulda en un feudo de Hessen,
reservándose —claro está— el derecho de secularizarla mas tarde.

Luego ocupó Eisenach y
Langehsalza y unido a las tropas del duque de Sajonia marchó contra Mühlhausen,
el foco principal hombres provistos de alguna artillería —cerca de
Frankenhausen.

Los campesinos de Turingia no
tenían ni mucho menos, el valor guerrero que una parte de los destacamentos de
Suabia y Franconia mostraron frente a Truchsess; no disponían de armamento
suficiente, estaban indisciplinados, en sus filas habían pocos soldados
veteranos, los jefes faltaban por completo. El propio Münzer no tenía sin
duda el menor conocimiento militar. Sin embargo, los príncipes creyeron
oportuno aplicar la misma táctica que tantas veces había procurado la victoria
de Truchsess: la felonía. El 16 de mayo iniciaron negociaciones concluyendo un
armisticio para atacar de repente a los campesinos, antes de terminar la tregua.

Münzer y los suyos se habían
hecho fuertes detrás de una barrera de carros en el monte que aun lleva el
nombre de Schlachtherg[1]. Ya cundía de desmoralización entre las
bandas. Los príncipes prometieron una amnistía, si las bandas entregaban
vivo a Münzer. Éste mandó formar un círculo para discutir las preposiciones
de los príncipes. Un caballero y un cura se pronunciaron en favor de la
capitulación; Münzer los hizo conducir en medio del círculo y los mandó
decapitar en el acto. Este acto de energía terrorista fue saludado con
entusiasmo
por los revolucionarios decididos y tuvo como consecuencia levantar un poco el
animo de los campesinos; sin embargo, la mayor parte de estos se hubieran
dispersado sin oponer resistencia, si no se hubiesen dado cuenta de que a pesar
de la tregua los lansquenetes de los príncipes, que habían cercado el monte
avanzaban hacia ellos en columnas cerradas. Se apresuraron a tomar posición
detrás de los carros, pero las balas de cañón y de arcabuz ya habían
empezado a hacer estragos entre los campesinos casi indefensos y poco
acostumbrados
a la guerra y los lansquenetes habían ya llegado hacia la barrera de carros.
Después de una breve resistencia irrumpieron en la línea de carros, apoderándose
de los cañones

de los campesinos y dispersándolos.
Estos huyeron a la desbandada y cayeron en manos de las columnas envolventes y
de la caballería, que hicieron una horrible matanza. De los 8000 campesinos
murieron 5000; el resto logró refugiarse en Frankenhausen, pero con él entró
también la caballería. Münzer que estaba herido en la cabeza fue descubierto
en una casa y capturado. El 25 de mayo se rindió también Mühlhausen;
Pfeiffer que había permanecido en la ciudad logró huir pero acabó por ser
detenido cerca de Eisenach.

En presencia de los príncipes
Münzer fue sometido a tormento y luego decapitado. Subió al cadalso con el
mismo valor que había mostrado durante toda su vida. Tenía a lo sumo cuarenta
y ocho años cuando murió. También Pfeiffer fue decapitado, y con estos dos
murieron muchísimos más. En Fulda el “piadoso” Felipe de Hessen había
iniciado la carnicería; entre otros, él y los príncipes sajones mandaron
ejecutar con la espada a 24 rebeldes en Eisenach, a 41 en Langensalza, a 300
después de la batalla de Frankenhausen, a mas de 100 en Mühlhausen, a 26 en
Germar, a 30 en Tugenda, a 12 en Sangerhausen y a 8 en Leipzig, sin hablar de
las numerosas mutilaciones y de otros medios mas pacíficos tales como los
saqueos e incendios de aldeas y ciudades.

Mühlhausen tuvo que
renunciar a su independencia de ciudad imperial para ser incorporada a los
principados sajones, igual que la abadía de Fulda lo había sido al landraviato
de Hessen.

Los príncipes atravesaron la
montaña de Turingia, donde los campesinos de Franconia procedentes del
campamento de Bildhausen se habían unido a los de Turingia quemando numerosos
castillos. Cerca de Meiningen se produjo un combate; los campesinos salieron
derrotados retirándose hacia la ciudad. Pero esta repentinamente cerró sus
puertas y amenazó con atacarles por la espalda. Los campesinos a los que la
traición de sus aliados había colocado en una situación difícil, capitularon
ante los príncipes y se dispersaron aun antes de terminar las negociaciones. El
campamento de Bildhausen se había disuelto hacia tiempo; con la disolución
de estas bandas se aniquilaron los últimos restos de la insurrección en
Sajonia, Hessen, Turingia y en la alta Franconia.

En Alsacia la sublevación se
había producido más tarde que en la orilla derecha del Rin. En el obispado de
Estrasburgo los campesinos no se sublevaron hasta mediados de abril; los
siguieron los de la alta Alsacia y del Sundgau. El 18 de abril una banda de
campesinos de la Baja Alsacia saqueó el monasterio de Altorf; en la región
de Ebersheim y Barr así como en los valles de Willer y del Urbis se formaron
otras bandas. Pronto se unieron, formando el gran destacamento de la baja
Alsacia que organizó la toma de las ciudades y aldeas y la destrucción de los
conventos. En todas partes un hombre de cada tres tuvo que incorporarse al ejército.
Los doce artículos de este destacamento son mucho mas radicales que los de
Suabia y Franconia.

Mientras la primera columna
de la baja Alsacia se concentraba cerca de San Hipólito y —fracasado el
intento de ganar esta ciudad— se apoderaba de Barken e1 10, de Rappoltsweiler
el 13 y de Reichenweiler el 14 de mayo gracias a un acuerdo con los ciudadanos,
la segunda columna al mando de Erasmo Gerber salió a tomar Estrasburgo por
sorpresa. El intento fracasó y la columna se dirigió hacia los Vosgos
destruyendo el monasterio de Mauersmünster y sitiando Saverna que se rindió
el 13 de mayo. Desde allí marchó a la frontera de Lorena sublevando la parte
limítrofe de este ducado mientras fortificaba los puertos de la montaña. En
Herborlzheim a orillas del Sarre v en Neuburgo se establecieron grandes
campamentos; 4000 campesinos alemanes de Lorena se hicieron fuertes cerca de
Sarreguemines: en la vanguardia por fin había dos destacamentos el de Kolben en
los Vosvos, cerca de Stiirzelbrun, v el de Kleeburgo cerca de Wissemburgo, que
defendían el frente y el ala derecha, mientras el ala izquierda se apoyaba en
las tropas de la alta Alsacia.

Estas se hallaban en
movimiento desde el 20 de abril: el 10 de mayo había hecho ingresar la ciudad
de Sulz en la hermandad campesina. lo mismo habían hecho el 12 con Gebweiler y
el 15 con Sennheim. El gobierno austriaco y las ciudades libres de la región se
unieron inmediatamente contra los campesinos pero no tenían fuerza suficiente
para resistirles y mucho menos para atacarles. Excepto algunas pocas

ciudades, a mediados de mayo
toda Alsacia estaba en manos de los insurgentes.

Pero ya se estaba acercando
el ejército que iba a castigar a los campesinos alsacianos por su osadía.
Fueron los franceses los que allí restablecieron la dominación de la
nobleza. El duque Antonio de Lorena se puso en marcha el 6 de mayo, a la cabeza
de un ejercito de 30000 hombres, entre ellos la flor de la nobleza francesa y
tropas auxiliares españolas, piamontesas, lombardas, griegas, y albanesas. El
16 de mayo tuvo el primer encuentro cerca de Lutzelstein con 4000 campesinos a
los que venció sin dificultad y el 17 hubo de capitular la ciudad de Saverna
ocupada por los campesinos. Mientras entraban aun las tropas lorenesas
desarmando a los campesinos, se violó el acuerdo de capitulación; los
lansquenetes se arrojaron sobre los campesinos indefensos matando a muchos de
ellos. Las demás columnas de la baja Alsacia se dispersaron y el duque
Antonio marchó contra los de la alta Alsacia. Estos se habían negado a acudir
en auxilio de los de la baja Alsacia cuando se hallaban en Saverna; ahora se
vieron atacados por el grueso de las fuerzas lorenesas y se defendieron muy
valientemente, pero la enorme superioridad numérica — 30000 contra 7000— y
la traición de un gran número de caballeros, sobre todo la del Corregidor de
Reichenweiler, hacia inútil toda su valentía. Fueron totalmente derrotados y
diseminados. El duque sometió a toda Alsacia con la crueldad acostumbrada. El
Sundgau fue la única región a la que no castigó con su presencia. Allí el
gobierno austriaco intimó a sus campesinos la conclusión del tratado de
Ensisheim amenazándoles con llamar al duque. Pero el mismo gobierno no tardó
en romper este tratado, mandando ahorcar a un sinnúmero de predicadores y
dirigentes del movimiento. Pero los campesinos del Sundgau se volvieron a
sublevar
hasta que por fin fueron incluidos en el tratado de Offenburgo (el 18 de
septiembre).

Queda por relatar la guerra
de campesinos en los Alpes austriacos. Desde que se inició el movimiento de las
“stara prawa” estos territorios así como el vecino arzobispado de Salzburgo
se hallaban en una oposición permanente frente al gobierno y a la nobleza;
también allí las doctrinas de la

Reforma habían encontrado un
terreno favorable. Las persecuciones religiosas y la arbitrariedad de los
tributos que pesaban sobre el pueblo hicieron estallar la sublevación.

Desde 1522 la ciudad de
Salzburgo apoyada por los campesinos y mineros estaba en conflicto con el
arzobispo, discutiéndose los privilegios de la ciudad y la libre practica de la
religión. A fines de 1524 el arzobispo atacó la ciudad con lansquenetes
mercenarios amedrentándola con los cañones del castillo, al mismo tiempo que
perseguía a los predicadores herejes. Decretó nuevos impuestos abrumadores
provocando de este modo la indignación de toda la población. En la primavera
de 1525, simultáneamente con las insurrecciones de Suabia, Franconia y Turingia
se sublevaron todos los campesinos y mineros del país, formando bandas
dirigidas por los capitanes Prossler y Weitmoser, que libertaron la ciudad y
sitiaron el castillo de Salzburgo. Igual que los campesinos de la Alemania
occidental constituyeron una liga cristiana formulando sus reivindicaciones en
catorce artículos.

En la primavera de 1525 se
sublevaron también los campesinos de Estiria, alta Austria, Carintia y
Carniola, donde nuevos tributos arbitrarlos perjudicaban los intereses más
vitales del pueblo. Tomaron un gran número de castillos, derrotando cerca de
Gryss al viejo capitán general Dietrichtein. el vencedor de la “stara
prawa”. Si bien el gobierno logró apaciguar a una parte de los insurgentes
engañándoles, la masa no perdió por eso su cohesión, al contrario, se unió
a los de Salzburgo y de este modo todo el arzobispado de Salzburgo, la mayor
parte de la alta Austria, Estiria, Carintla y Carniola estuvieron en poder de
los campesinos y mineros.

Las doctrinas de los
reformadores tuvieron también muchos partidarios en el Tirol; allí más que
en las otras regiones de los Alpes austriacos, los emisarios de Münzer habían
actuado con éxito. Allí como en otras partes, el archiduque Fernando perseguía
a los predicadores de la nueva doctrina y violaba los derechos de la población
con leyes fiscales arbitrarias. La consecuencia fue la insurrección en la
primavera del mismo año 1525. Capitaneados por Geirmaier, discípulo de Münzer
y el único gran talento militar de todos los jefes campesinos —estos se
apoderaron de un sinnúmero de castillos y procedieron muy enérgicamente
contra los curas, sobre todo en el sur, a orillas del Adige. También se
sublevaron los campesinos del Vorarlberg y se unieron a los del Allgäu.

En este trance el archiduque
hizo concesión tras concesión a los rebeldes, a los que poco antes había
querido exterminar a fuerza de incendios, saqueos y matanzas. Convocó a las
dietas de los estados de la casa de Austria concluyendo un armisticio con los
campesinos hasta que se reunieran aquellas. Mientras tanto, se armaba a toda
prisa para poder cambiar lo más pronto posible su lenguaje, frente a los
“insolentes”.

Naturalmente el armisticio no
duró mucho tiempo. En los ducados, Dietrichstein al que escaseaba el dinero, se
dedicó al saqueo. Sus tropas eslavas y húngaras se permitieron las crueldades
más vergonzosas contra la población. Los Estirios volvieron a levantarse y en
la noche del 2 al 3 de julio sorprendieron al capitán general Dietrichstein
en Schladming y mataron a todos los que no hablaban alemán. Dietrichtein fue
capturado: el día 3 por la mañana los campesinos constituyeron un tribunal
de jurados que condenó a muerte a cuarenta nobles checos y croatas. Fueron
ejecutados en el acto. Este gesto hizo un gran efecto; el archiduque se apresuró
a acceder a todas las peticiones de los estados en los cinco ducados (la alta y
Baja Austria. Estiria. Corintia y Carniola).

También en el Tirol se
asentaron las condiciones de la dieta, restableciéndose la tranquilidad en el
norte. Pero el sur, que insistió sobre sus primitivas reivindicaciones
atenuadas por las decisiones de la dieta, continuó sobre las armas. En
diciembre el archiduque logró por fin restablecer el orden por la fuerza
haciendo ejecutar a un sinnúmero de cabecillas que habían caído en sus manos.

En agosto diez mil bávaros
conducidos por Jorge de Frundsberg, marcharon contra los de Salzburgo. Este
alarde de fuerzas así como las disensiones que reinaban entre los campesinos,
los movieron a concluir un tratado con el arzobispo que también fue aceptado
por el archiduque. Pero ambos príncipes que entre tanto habían podido reforzar
sus tropas no tardaron en violar el tratado y de este modo los campesinos de
Salzburgo se vieron obligados a sublevarse de nuevo. Los insurgentes se
sostuvieron durante todo el invierno; en

la primavera llegó Geismaier
quien llevó a cabo una formidable campaña contra las tropas que avanzaban
por todas partes. En una serie de combates brillantísimos que tuvieron lugar en
mayo y junio de 1526, derrotó sucesivamente a los bávaros, austriacos,
ligueros de Suabia y lansquenetes del arzobispo de Salzburgo impidiendo durante
largo tiempo la unión de los diferentes ejércitos y aun tuvo tiempo para
sitiar Radstat. Por fin tuvo que retirarse ante la enorme superioridad numérica
de las fuerzas que le cercaban; se abrió camino, conduciendo los rectos de
sus tropas a través de los Alpes austriacos al territorio veneciano. La
republica de Venecia y Suiza ofrecieron al incansable jefe campesino un punto de
apoyo para nuevas intrigas. Durante un año trató de inducirlos a una guerra
contra Austria que le daría una nueva oportunidad para sublevar a los
campesinos. Pero mientras llevaba a cabo estas negociaciones murió, victima de
un atentado; el archiduque Fernando y el arzobispo de Salzburgo no podían
estar tranquilos, mientras aun viviese Geismaier y pagaron a un bandido que en
1527, por fin, logró hacer desaparecer a tan peligroso revolucionario.

________________________

[1] Monte de la batalla.

## VII. LAS CONSECUENCIAS DE LA GUERRA DE LOS CAMPESINOS

Con la retirada de Geismaier
sobre el territorio veneciano había llegado a su fin el último acto de la
guerra campesina. En todas partes los trabajadores del campo estaban sometidos
otra vez a la dominación de los señores eclesiásticos, nobles o patricios; no
se respetaron los tratados que en algunos sitios se habían firmado; las
antiguas cargas fueron aumentadas por las enormes indemnizaciones cuyo pago
impusieron los vencedores a los vencidos. El más grandioso intento
revolucionario del pueblo alemán terminó por una derrota vergonzosa y una
opresión redoblada[1]. Pero no fue la represión del movimiento la que
a la larga hizo empeorar la situación de la clase campesina, pues antes de la
guerra, la nobleza, los príncipes y los curas ya sacaban de sus vasallos lo que
les era materialmente posible sacar; en aquella época la participación del
campesino alemán en los productos de su trabajo, como la del proletariado de
nuestros días, se limitaba al minimum de medios de
subsistencia, indispensable para su propio mantenimiento y para la reproducción
de la clase campesina. De manera general no cabía ya una mayor explotación.
Muchos
campesinos acomodados estaban arruinados, un sinnúmero de vasallos había
tenido que pasar a la servidumbre, grandes extensiones de tierra comunal habían
sido confiscadas y por la destrucción de sus viviendas, la devastación de sus
campos y el desorden general habían sido arrojados gran número de campesinos a
la carretera entre los vagabundos o entre los plebeyos de las ciudades. Pero las
guerras y las devastaciones eran fenómenos muy corrientes en aquella época y
el nivel de vida de la mayoría de los campesinos estaba tan bajo que su situación
no podía ya empeorar a la larga a causa de los nuevos aumentos tributarlos. Las
guerras religiosas que siguieron y por fin la guerra de los treinta años con
sus incesantes devastaciones y matanzas en masa fueron para los campesinos un
golpe mucho más duro que la guerra campesina. Sobre todo la guerra de los
treinta años que aniquiló la mayor parte de las fuerzas productivas de la
agricultura y que destruyó numerosas ciudades, fue la causa de la miseria
verdaderamente espantosa en que durante mucho tiempo tuvieron que vivir los
campesinos, plebeyos y burgueses arruinados.

Fue el clero quien más sufrió
las consecuencias de la guerra campesina. Sus conventos y fundaciones habían
sido quemados, sus tesoros robados y vendidos al extranjero o fundidos y sus
provisiones se habían agotado. Los clérigos casi no habían podido oponer
resistencia alguna, y el odio popular les había alcanzado con todo su vigor.
Las demás clases, los príncipes, la nobleza y la burguesía hasta se alegraban
en secreto por la mala suerte de los odiados prelados. La guerra de campesinos
había popularizado la secularización de los bienes eclesiásticos en beneficio
de los campesinos; los príncipes de sangre y una parte de las ciudades se
pusieron a realizar esta secularización en su propio provecho; en los estados
protestantes las propiedades de los prelados no tardaron en caer en manos de
príncipes y patricios. Pero tampoco se había respetado la autoridad de los
príncipes del clero, y los príncipes de sangre supieron aprovechar el odio
popular en este sentido. Así vemos
que el abad de Fulda terminó siendo un simple vasallo de Felipe de Hessen. Así
la ciudad de Kempten obligó al principeabad a vender por un precio irrisorio
una serie de valiosos privilegios que poseía en la ciudad.

También la nobleza había
sufrido grandes daños. La mayor parte de sus castillos estaba en cenizas,
muchas de las mejores familias estaban arruinadas y tuvieron que ganarse la vida
al servicio de los príncipes. Su impotencia frente a los campesinos había
quedado patente; la nobleza había sido derrotada en todas partes y forzada a
capitular: lo único que la salvo fue la intervención de los ejércitos de los
príncipes. La nobleza tuvo que perder su significación como clase imperial
libre para caer más y más bajo la dependencia de los príncipes.

Tampoco las ciudades sacaron
gran provecho de la guerra campesina. La dominación de los “honorables”
quedo asegurada de nuevo; la oposición de los ciudadanos estaba quebrantada
por mucho tiempo. Así la vieja rutina de los patricios fue sobreviviéndose
hasta la revolución francesa, paralizando totalmente el comercio y la
industria. Los príncipes hacían responsables a las ciudades de los éxitos
momentáneos que en su seno había obtenido el partido burgués o plebeyo
durante la lucha. Muchas ciudades que desde tiempo atrás formaban parte del
territorio de los príncipes, sufrieron grandes perjuicios, se les privó de sus
privilegios, entregándolas de manos atadas a la arbitrariedad de los príncipes
explotadores, (p. e., Franken Nansen, Arnstadt, Schmaikhalden, Witsburgo,
etc.), muchas ciudades libres, aunque no fueron incorporadas a los principados
(como Mühlhausen) pasaron a depender moralmente de los príncipes vecinos: así
sucedió con un gran número de ciudades imperiales en Franconia.

Los príncipes fueron los únicos
que en estas circunstancias pudieron sacar algún provecho de los resultados de
la guerra campesina. Hemos visto en el comienzo de nuestra exposición que el
incompleto desarrollo industrial, comercial y agrícola de Alemania hacia
imposible toda centralización y unión de los alemanes en una nación, no
permitiendo más que una centralización local o provincial; los príncipes eran
los representantes de esta
centralización dentro de la división y formaban la clase a la que únicamente
debía beneficiar todo cambio de las condiciones sociales y políticas de la época.
El nivel que había alcanzado Alemania era tan bajo y el desarrollo de las
diferentes provincias tan desigual que al lado de los principados seculares aun
podían subsistir soberanías eclesiásticas, ciudades republicanas y condes y
barones independientes. Sin embargo, la evolución tendía, aunque lenta y
penosamente hacia la centralización provincial, es decir hacia la subordinación
de las demás clases bajo la de los príncipes. Ellos por consiguiente fueron
los únicos que podían ganar algo en la guerra de los campesinos y así fue.
Ganaron, no sólo relativamente por debilitarse sus rivales, el clero, la
nobleza y las ciudades, sino también llevándose lo mejor del botín. Los
bienes eclesiásticos fueron secularizados en su beneficio; una parte de la
nobleza más o menos arruinada tuvo que irse acogiendo bajo su soberanía; las
indemnizaciones de las ciudades y de los campesinos vinieron a aumentar sus
caudales; además las oportunidades de practicar sus operaciones financieras
predilectas aumentaron de manera insólita al suprimirse la gran cantidad de
privilegios de las ciudades.

El principal efecto de la
guerra de campesinos fue agudizar v consolidar la división política de
Alemania, esta misma división que había sido la causa del fracaso.

Hemos visto que Alemania
estaba no solamente dividida en un sinnúmero de provincias independientes y
totalmente ajenas una a otra sino que también en cada provincia la nación se
dividía en numerosas clases y fracciones de clases. Además de los príncipes y
curas nos encontramos con la nobleza y los campesinos en el campo y con los
burgueses y plebeyos en las ciudades formando clases con intereses totalmente
distintos, cuando no contrarios. Por encima de todos estos intereses tan
complicados estaban todavía los del emperador y del papa. Hemos visto como
todas estas tendencias llegaron por fin —aunque de manera lenta. incompleta y
desigual según las reuniones— a formar tres grandes grupos; hemos visto que
a pesar de existir estos grupos cuya formación tanto trabajo había costado,
cada clase se oponía por su parte a la evolución nacional por el cauce que le
fijaban las circunstancias de la época.
Y como cada clase quería ir al movimiento por su propia cuenta, entró en
conflicto no sólo con todas las clases conservadoras, sino también con las demás
clases de la oposición, teniendo que sucumbir finalmente. Así la nobleza en la
sublevación de Sickingen, los campesinos en la guerra campesina, los burgueses
con su Reforma moderada. Así los mismos campesinos no llegaron en las demás
regiones alemanas a un acuerdo para la acción común con los plebeyos,
entorpeciéndose ambos el camino. Asimismo hemos visto cuales fueron las causas
de esta fragmentación de la lucha de clases, de la consiguiente derrota total
del movimiento revolucionario y de la derrota parcial del movimiento burgués.

La precedente exposición había
demostrado a todos que la división local y provincial y el consiguiente
particularismo hizo que se hundiera todo el movimiento; se había visto, como ni
los burgueses, ni los campesinos, ni los plebeyos llegaron a la unidad de acción
en la nación entera, como en cada provincia los campesinos actuaban por su
propia cuenta negándose a ayudar a sus vecinos y como de esta manera fueron
aniquilados aisladamente en sucesivas batallas y por ejércitos que ni siquiera
sumaban la décima parte de la totalidad de los insurgentes. Los diferentes
armisticios y tratados que algunos destacamentos aislados firmaron con sus
adversarios
constituyen otros tantos actos de traición a la causa común; el hecho de que
los destacamentos se agrupasen, no con el fin de llevar a cabo, ellos mismos una
acción común, sino forzados, bajo la amenaza de sucumbir ante un enemigo común;
constituye la prueba más contundente de la indiferencia que los campesinos de
una provincia mantenían frente a las de otra a consecuencia de su mutuo
reconocimiento

También allí es evidente la
analogía con el movimiento de 1848-1850. También en 1848 estaban en pugna los
intereses de las diferentes clases de la oposición, y cada una actuaba por su
propia cuenta. La burguesía se había desarrollado lo suficiente para no
tolerar ya el absolutismo burocráticofeudal, pero aun no tenía bastante
fuerza para subordinar los deseos de otras clases a los suyos. El proletariado
era aun demasiado débil para poder confiar en una rápida superación del
periodo burgués y en una pronta conquista del

poder; en cambio ya había
podido apreciar bajo el absolutismo las delicias del régimen burgués y ya había
adquirido el suficiente desarrollo para no dudar ni un momento de que la
emancipación de la burguesía no era su propia emancipación. La masa de la
nación, los pequeñoburgueses, artesanos y campesinos, se vio abandonada por la
burguesía que aun era su aliado natural, pero que ya la consideraba como
demasiado
revolucionario, y también en algunos casos por el proletariado por no ser
bastante avanzada; como estaba dividida entre si, ella tampoco pudo conseguir
nada hallándose en oposición continua contra sus aliados de derecha e
izquierda.
Por fin el particularismo de los campesinos en 1525 no pudo ser mayor que el de
todas las clases que tomaron parte en el movimiento de 1848. Lo demuestran con
claridad diáfana las cien diferentes revoluciones locales seguidas de otras
cien contrarrevoluciones llevadas a cabo con la misma facilidad y el
mantenimiento final de la división en estados fragmentarlos. Quienes
conociendo los resultados de las dos revoluciones alemanas de 1525 y de 1848
todavía son capaces de divagar sobre la “Republica federal” no merecen sino
ser encerrados en un manicomio.

Pero a pesar de tantas analogías,
ambas revoluciones, la del siglo XVI como la de 1848-1850 se diferencian
profundamente. La revolución de 1848, si bien no demuestra nada en favor de
los progresos realizados en Alemania, por lo menos pone de manifiesto el
progreso de Europa.

¿Quién se benefició con la
revolución de 1525? Los príncipes. ¿Quién se benefició con la revolución
de 1848? Los grandes príncipes, es decir Austria y Prusia. Detrás de los pequeños
príncipes de 1525 se ocultaban los burgueses mezquinos de la época, que los
tenían mediatizados por ser ellos quienes concedían y pagaban el impuesto,
mientras los grandes príncipes de 1850, es decir, Austria y Prusia,
representaban
a los grandes burgueses modernos que los tienen bajo su férula, que es la deuda
del estado. Pero detrás de los grandes burgueses están los proletarios.

La revolución de 1525 fue un
asunto particular de Alemania. Los ingleses, franceses, checos y húngaros ya
habían hecho su guerra de campesinos, cuando los alemanes empezaron a hacerla. Si Alemania
estaba dividida, Europa lo estaba mucho más. La revolución de 1848 no fue un
asunto particular de Alemania, sino parte de un gran acontecimiento europeo.
Las causas que la motivaron y que no dejaron de influir en ella durante todo
su transcurso no se producen en un sólo país, ni siquiera en un solo
continente. Al contrario, los países que fueron el teatro de esta revolución
son los que menos participaron en su génesis. No son sino materia más o menos
amorfa e inconsciente, transformada en el curso de un proceso en el que ahora
participa el mundo entero y por un movimiento que en las condiciones actuales de
la sociedad no nos puede aparecer sino como una potencia extraña, aunque por
fin resulta ser nuestro propio movimiento. La revolución de 1848-1850 no puede,
por lo tanto, terminar como la de 1525.

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[1] El historiador burgués
Engelhaff dice en su Historia de Alemania durante la Reforma, Berlín, 1903, pág.
245... “Las atrocidades que cometieron unos reaccionarios faltos por
completo del menor sentimiento humano, superaron diez veces todo lo que habían
podido hacer los insurgentes... Se estima en 130000 el número de campesinos
muertos”.