65. Robert Macaire: personaje que representaba a un astuto estafador, creado por el célebre actor francés Frédérick Lemaître e inmortalizado en las caricaturas de Honoré Daumier. La figura de Robert Macaire era una sátira mordaz contra la dominación de la aristocracia financiera bajo la Monarquía de Julio.

66. Se alude aquí a las repercusiones de la represión del levantamiento en la ciudad libre de Cracovia (República de Cracovia), la cual, por decisión del Congreso de Viena, quedó bajo el control conjunto de Austria, Prusia y Rusia, que se habían repartido Polonia a fines del siglo XVIII. Los insurrectos lograron tomar el poder en Cracovia el 22 de febrero de 1846, instauraron un Gobierno Nacional de la República Polaca y publicaron un manifiesto por el que se abolían las prestaciones feudales. El levantamiento de Cracovia fue sofocado a comienzos de marzo; en noviembre de 1846, Austria, Prusia y Rusia firmaron un tratado por el que se incorporaba Cracovia al Imperio austríaco.

67. En la primavera de 1847, en Buzançais (departamento del Indre), los obreros hambrientos y los habitantes de las aldeas vecinas saquearon los almacenes de los acaparadores, lo que provocó un choque entre la población y las tropas. Cuatro de los participantes fueron ejecutados y muchos otros condenados a trabajos forzados.

68. La oposición dinástica: grupo de oposición en la Cámara de Diputados francesa durante la Monarquía de Julio (1830-1848). El grupo, encabezado por Odilon Barrot, expresaba los sentimientos de la burguesía liberal industrial y comercial y era partidario de una reforma electoral moderada, a la que consideraban un medio para prevenir la revolución y conservar la dinastía de Orleans.

70. Durante los primeros días de la revolución, los obreros de París exigieron que la bandera de la República Francesa fuese roja, el color de la que se había enarbolado en los barrios obreros de París durante la insurrección de junio de 1832. Los representantes burgueses insistieron en la tricolor (azul, blanco y rojo), que había sido la enseña nacional durante la Revolución Francesa y bajo Napoleón I. Había sido el emblema de los republicanos burgueses agrupados en torno al periódico *National* ya antes de 1848. Al final, se aceptó la tricolor como bandera nacional con una escarapela roja fijada en el asta; más tarde se retiró la escarapela.

71. En 1848, *Le Moniteur universel* imprimía los informes sobre las sesiones de la Comisión de Luxemburgo junto a los documentos oficiales.

72. Se alude a la suma asignada por el rey en 1825 como indemnización a los aristócratas cuyas propiedades habían sido confiscadas durante la Revolución Francesa.

73. Los Guardias Móviles, creados por decreto del Gobierno provisional el 25 de febrero de 1848 con el objetivo secreto de combatir a las masas revolucionarias, fueron utilizados para aplastar la insurrección de junio de los obreros parisinos. Más tarde, se los disolvió a instancias de los círculos bonapartistas, que temían que, si estallaba un conflicto entre Luis Bonaparte y los republicanos, la Guardia Móvil se pusiera del lado de estos últimos.

74. *Lazzaroni*: apodo despectivo con que se designaba a los proletarios desclasados, sobre todo en el Reino de Nápoles, a quienes se utilizó repetidamente en la lucha contra el movimiento liberal y democrático.

75. La Ley de Pobres adoptada en Inglaterra en 1834 sólo preveía una forma de socorro para los pobres aptos para el trabajo: las *workhouses*, con un régimen carcelario en el que los obreros se ocupaban en labores improductivas, monótonas y agotadoras. El pueblo llamaba a estas *workhouses* «Bastillas para los pobres». Aquí y más adelante, Marx emplea la palabra inglesa «workhouses».

76. Se alude a las elecciones a la Guardia Nacional y a la Asamblea Constituyente que debían celebrarse el 18 de marzo y el 9 de abril de 1848, respectivamente. Los obreros parisinos, agrupados en torno a Blanqui, Dézamy y otros, insistieron en el aplazamiento de las elecciones, argumentando que debían ser preparadas mediante una minuciosa labor explicativa entre la población. Como resultado de la manifestación popular del 17 de marzo en París, las tropas regulares fueron retiradas de la capital (después de los acontecimientos del 16 de abril se las hizo regresar), y las elecciones a la Guardia Nacional se aplazaron hasta el 5 de abril, y las de la Asamblea Constituyente hasta el 23 de abril.

78. *Commission du pouvoir exécutif* (la Comisión Ejecutiva): el Gobierno de la República Francesa instaurado por la Asamblea Constituyente el 10 de mayo de 1848 para sustituir al Gobierno provisional dimisionario. Existió hasta el 24 de junio de 1848, cuando se instauró la dictadura de Cavaignac durante la insurrección proletaria de junio. En la Comisión predominaban los republicanos moderados; Ledru-Rollin era el único representante de la izquierda.

80. En virtud del decreto contra las aglomeraciones adoptado por la Asamblea Constituyente el 7 de junio de 1848, la organización de reuniones y encuentros al aire libre era castigada con penas de prisión de hasta diez años.

81. El 22 de junio de 1848, *Le Moniteur universel* n.º 174 publicó en la sección «Partie non officielle» una orden de la Comisión Ejecutiva del 21 de junio sobre la expulsión de los trabajadores de entre 17 y 25 años de los talleres nacionales y su enrolamiento forzoso en el ejército. El 3 de julio de 1848, tras la represión de la insurrección de junio de los obreros parisinos, el gobierno aprobó un decreto por el que se disolvían los talleres nacionales.

83. En el original alemán se emplea el término *Haupt- und Staatsaktion* («acción principal y espectacular», «acción de Estado y principal»), el cual posee un doble significado. En primer lugar, en el siglo XVII y en la primera mitad del XVIII, designaba las piezas representadas por las compañías alemanas de teatro ambulante. Eran tragedias históricas bastante informes, grandilocuentes y, al mismo tiempo, burdas y farsescas. En segundo lugar, este término puede denotar acontecimientos políticos de primer orden. En este sentido lo utilizó una corriente de la ciencia histórica alemana denominada «historiografía objetiva». Leopold Ranke fue uno de sus principales representantes. Consideraba la *Haupt- und Staatsaktion* como el principal objeto de estudio.

84. Se alude a las elecciones parciales a la Asamblea Constituyente en París el 17 de septiembre de 1848 (para sustituir a los antiguos diputados, incluidos aquellos a quienes se había despojado de sus poderes tras la represión de la insurrección de junio). Entre los nuevos elegidos figuraba el socialista revolucionario François Raspail, encarcelado tras los sucesos del 15 de mayo de 1848.

85. Se hace referencia al sistema de tratados generales establecido por el Congreso de Viena (septiembre de 1814-junio de 1815), que abarcaba toda Europa, a excepción de Turquía. Las decisiones del Congreso contribuyeron a restaurar el orden feudal, perpetuaron la fragmentación política de Alemania e Italia, sancionaron la incorporación de Bélgica a Holanda y el reparto de Polonia, y esbozaron medidas para combatir el movimiento revolucionario.

86. El *Projet de constitution présenté à l’Assemblée nationale* redactado por la comisión fue presentado a la Asamblea Nacional por Marrast el 19 de junio de 1848. El proyecto se publicó en *Le Moniteur universel* n.º 172, el 20 de junio de 1848. Una traducción alemana del proyecto se publicó en el suplemento al n.º 24 de la *Neue Rheinische Zeitung* el 24 de junio de 1848. Tras la insurrección de junio, los autores revisaron a fondo este proyecto en un espíritu conservador. La Constitución de la República Francesa fue adoptada finalmente el 4 de noviembre de 1848.

87. La flor de lis: emblema heráldico de la dinastía borbónica; la violeta: emblema bonapartista.

88. Por un decreto del Senado (*Senatus consultum*) del 18 de mayo de 1804, Napoleón I, fundador de la dinastía Bonaparte, fue proclamado Emperador de los franceses. Durante la insurrección de febrero de 1848, el rey Luis Felipe y los círculos monárquicos se vieron obligados a hacer que Guizot y otros ministros impopulares presentaran sus dimisiones, e intentaron formar un gobierno de liberales moderados para salvar la monarquía. En la mañana del 24 de febrero se autorizó a Odilon Barrot para encabezar el gabinete, pero Luis Felipe se vio obligado a abdicar y huir ante la victoria de la revolución popular. El ministerio Barrot sobrevivió hasta aquella tarde.

89. El 26 de enero de 1849, el ministro de Obras Públicas, Léon Faucher, presentó y exigió el debate urgente de un proyecto de ley sobre el derecho de asociación que prohibía los clubes. Sin embargo, la Asamblea Constituyente se negó a discutir el proyecto con carácter de urgencia. A pesar de la oposición de los diputados de izquierda, que exigían la dimisión del ministerio, acusándolo de violar la Constitución, la primera cláusula del proyecto (más conocida como proyecto de ley sobre los clubes) fue adoptada por la Asamblea Nacional mediante el voto monárquico y republicano moderado el 21 de marzo de 1849. Esta decisión asestó un duro golpe a la libertad de reunión y de asociación, principalmente a las asociaciones obreras.

90. Alusión a la semejanza entre los planes para restaurar la monarquía en diciembre de 1848, cuando Changarnier asumió el mando de la Guardia Nacional y de la guarnición de París, y el papel que desempeñó el general Monk en la restauración de los Estuardo en 1660.

91. En abril de 1849, el presidente Luis Bonaparte y el gobierno francés enviaron a Italia un cuerpo expedicionario al mando del general Oudinot para intervenir contra la República Romana, proclamada el 9 de febrero de 1849, y restaurar el poder temporal del Papa. El 30 de abril de 1849, las tropas francesas fueron rechazadas desde Roma. El principal golpe fue asestado por el cuerpo de voluntarios de Garibaldi. Sin embargo, Oudinot violó los términos del armisticio firmado por los franceses y el 3 de junio lanzó una nueva ofensiva contra la República Romana, que acababa de concluir una campaña militar contra las tropas napolitanas en el sur y se hallaba ocupada en rechazar a los austríacos en el norte. Tras un mes de heroica defensa, Roma fue tomada por los intervencionistas y la República Romana dejó de existir.

92. Se alude a la derrota del ejército piamontés durante la segunda etapa de la guerra austro-italiana que estalló el 25 de marzo de 1848 a raíz de la insurrección de liberación nacional en Lombardía y el Véneto contra el dominio austríaco. No obstante, los piamonteses se vieron obligados por los reveses militares, en particular la derrota de Custozza el 25 y 26 de julio de 1848 y la toma de Milán por los austríacos, a concertar un oneroso armisticio con Austria el 9 de agosto de 1848. El 12 de marzo de 1849, bajo la presión popular, Carlos Alberto, rey de Cerdeña, anuló el armisticio y el 20 de marzo se reanudaron las hostilidades. Pese al entusiasmo nacional en la Lombardía ocupada por los austríacos y en toda Italia, el ejército piamontés fue derrotado en Novara el 23 de marzo. Carlos Alberto abdicó. Víctor Manuel II, el nuevo rey, concertó un armisticio con los austríacos el 26 de marzo, y el 6 de agosto se firmó un tratado de paz que restablecía el dominio austríaco en el norte de Italia y el protectorado austríaco sobre varios estados de Italia central (Parma, Toscana, etc.). Engels relata detalladamente la guerra austro-italiana de 1848-1849 en sus artículos en la *Neue Rheinische Zeitung*.

93. Le Comité de salut public (el Comité de Salud Pública), instituido por la Convención el 6 de abril de 1793; durante la dictadura jacobina (2 de junio de 1793-27 de julio de 1794) fue el órgano director del gobierno revolucionario en Francia. Perduró hasta el 26 de octubre de 1795.

95. El general Brea, que mandó algunas de las tropas que aplastaron la insurrección de junio del proletariado parisino, fue muerto por los insurgentes a las puertas de Fontainebleau el 25 de junio de 1848, por lo que dos de los insurgentes fueron ejecutados.

96. Se hace referencia a los acontecimientos revolucionarios en Hungría y Alemania en la primavera y el verano de 1849. En abril comenzó una contraofensiva del ejército revolucionario húngaro, que derrotó a las tropas austríacas y casi expulsó del país a los invasores austríacos. Hungría declaró su independencia el 14 de abril, la dinastía de los Habsburgo fue destronada oficialmente y Kossuth, elegido jefe del Estado. Sin embargo, poco después se produjo un viraje desfavorable para el movimiento revolucionario en la campaña húngara. A mediados de junio de 1849, el ejército zarista entró en Hungría en ayuda de la contrarrevolución austríaca. La intervención zarista fue aprobada de hecho por los círculos gobernantes de Francia e Inglaterra. Las fuerzas combinadas de los Habsburgo y del zar aplastaron la revolución húngara.

Casi simultáneamente con la contraofensiva de los húngaros estallaron alzamientos populares en Sajonia, la Prusia renana, el Palatinado y Baden en defensa de la Constitución imperial elaborada por la Asamblea Nacional de Francfort, pero rechazada por el rey de Prusia y otros príncipes alemanes. Sobre el desarrollo de estos alzamientos, véanse los ensayos de Engels La campaña por la Constitución imperial alemana.

97. Se alude al bombardeo de Roma por el cuerpo expedicionario de Oudinot el 3 de junio de 1849. Roma fue sometida repetidamente a violentos bombardeos durante el asedio francés, que duró hasta el 3 de julio de 1849.

98. El artículo V pertenece a la parte introductoria de la Constitución. Los artículos de la parte principal de la Constitución están numerados con cifras arábigas.

99. La reunión de los dirigentes de la Montaña se celebró en el local del diario fourierista La Démocratie pacifique en la noche del 12 de junio de 1849. (Al emplear la expresión friedfertige [pacífica] Demokratie, Marx juega con el título del periódico y su tendencia.) Los participantes se negaron a recurrir a las armas y decidieron limitarse a una manifestación pacífica.

100. En el manifiesto publicado en Le Peuple, núm. 206, el 13 de junio de 1849, la Asociación Democrática de los Amigos de la Constitución —organización de republicanos burgueses moderados formada por los miembros del partido National durante la campaña electoral para la Asamblea Legislativa— llamaba a los ciudadanos de París a participar en una manifestación pacífica para protestar contra las «pretensiones presuntuosas» de las autoridades ejecutivas.

101. La Declaración de la Montaña se publicó en La Réforme y en La Démocratie pacifique, así como en el periódico de Proudhon Le Peuple, núm. 206, el 13 de junio de 1849.

102. Los acontecimientos de París desencadenaron un levantamiento armado de obreros y artesanos de Lyon el 15 de junio de 1849. Los insurgentes ocuparon el barrio de la Croix-Rousse y levantaron barricadas, pero fueron aplastados por las tropas tras varias horas de encarnizada lucha.

103. El 10 de agosto de 1849, la Asamblea Legislativa adoptó una ley en virtud de la cual los «instigadores y partidarios de la conspiración y la tentativa del 13 de junio» debían ser juzgados por el Tribunal Supremo. Treinta y cuatro diputados de la Montaña (entre ellos Ledru-Rollin, Félix Pyat y Victor Considerant) fueron privados de sus mandatos y procesados (algunos de ellos, los que emigraron, fueron juzgados en rebeldía). El 13 de junio fueron asaltadas las redacciones de los periódicos demócratas y socialistas, y los principales de entre ellos, prohibidos. Las represiones se extendieron a los emigrados residentes en Francia, entre ellos Marx, a quien se le ordenó abandonar París con destino al departamento de Morbihan, una remota región pantanosa de Bretaña (véase, al respecto, la presente edición, vol. 9, pág. 527). A fines de agosto de 1849, Marx abandonó Francia rumbo a Inglaterra, no queriendo someterse a la arbitraria decisión policial.

104. Se hace referencia a la Guardia Municipal de París, formada tras la revolución de julio de 1830 y subordinada al prefecto de policía. Se la utilizó para sofocar levantamientos populares y fue disuelta tras la revolución de febrero de 1848.

105. En la batalla de Waterloo (18 de junio de 1815), el ejército de Napoleón fue derrotado por las tropas británicas y prusianas al mando de Wellington y Blücher.

106. Se alude a la comisión de tres cardenales (que por tradición vestían mantos escarlata) la cual, tras la represión de la República Romana por el ejército francés y apoyándose en los intervencionistas, restauró el reaccionario régimen clerical en los Estados Pontificios.

108. Junto con Wiesbaden, Ems era residencia permanente del conde de Chambord, pretendiente legitimista al trono de Francia (que se hacía llamar Enrique V).

109. Luis Felipe, huido de Francia tras la revolución de febrero de 1848, residía en Claremont.

110. «Motu proprio» (por propia iniciativa): palabras iniciales de un tipo especial de encíclica papal adoptada sin la aprobación previa de los cardenales y que, por lo general, se refería a asuntos político-administrativos internos de los Estados Pontificios. Aquí se alude a la declaración del papa Pío IX «A mis amados súbditos», del 12 de septiembre de 1849 (el texto francés se publicó en Le Moniteur universel, núm. 271, 28 de septiembre de 1849).

111. La tesis de que la revolución proletaria sólo podría triunfar simultáneamente en varios países capitalistas avanzados y no en un solo país aislado fue formulada del modo más claro por Engels en sus Principios del comunismo (1847) (véase la presente edición, vol. 6, págs. 351-352). Desarrollando ulteriormente la teoría marxista y basándose en la ley del desarrollo económico y político desigual del capitalismo en la época del imperialismo, en 1915 Lenin llegó a la conclusión de que, en las nuevas condiciones históricas, la victoria de la revolución socialista sería posible inicialmente en unos pocos países, o incluso en uno solo.

112. Las cifras no concuerdan: el texto dice 538.000.000 en vez de 578.178.000, al parecer una errata. Esto no afecta, sin embargo, a la conclusión general, pues el ingreso neto per cápita es inferior a 25 francos en ambos casos.

113. Lagarde, partidario del partido de la Montaña, fue elegido para la Asamblea Legislativa en las elecciones parciales celebradas en el departamento de la Gironda el 14 de octubre de 1849, en sustitución del difunto diputado derechista Ravez.

116. En su mensaje del 10 de noviembre de 1849, Carlier, el recién nombrado prefecto de policía de París, hizo un llamamiento para la creación de una «liga social antosocialista» destinada a proteger «la religión, el trabajo, la familia, la propiedad y la lealtad». El mensaje se publicó en Le Moniteur universel, núm. 315, el 11 de noviembre de 1849.

118. La columna de Julio, erigida en París en la plaza de la Bastilla en 1840 en memoria de los caídos en la revolución de julio de 1830, ha estado adornada con coronas de siemprevivas desde la revolución de febrero de 1848.

119. 4 de mayo de 1848: se reunió la Asamblea Constituyente; 20 de diciembre de 1848: Luis Bonaparte es nombrado presidente; 13 de mayo de 1849: tuvieron lugar las elecciones a la Asamblea Legislativa; 8 de julio de 1849: se celebraron elecciones parciales en París, merced a las cuales el partido del orden reforzó sus posiciones en la Asamblea Legislativa.

120. Coblenza: ciudad de la Alemania occidental; durante la Revolución Francesa fue centro de la emigración contrarrevolucionaria.

121. Se alude al descubrimiento de oro en California en 1848. Junto con el descubrimiento de ricos yacimientos de oro en Australia en 1851, el de California acrecentó la agitación industrial y bursátil en los países capitalistas.

122. Proudhon expresó este punto de vista en su polémica contra el economista burgués Frédéric Bastiat, publicada en La Voix du peuple desde noviembre de 1849 hasta febrero de 1850 y reproducida en una edición separada que apareció en París en 1850 con el título Gratuité du crédit. Discussion entre M. Fr. Bastiat et M. Proudhon.

123. En 1797, el gobierno británico promulgó una ley especial de restricción bancaria que convertía los billetes de banco en moneda de curso legal y suspendía su pago en oro. La convertibilidad no fue restablecida hasta 1821, en virtud de una ley aprobada en 1819.

125. Se alude a la comisión de 17 diputados orleanistas y legitimistas de la Asamblea Legislativa, nombrada por el ministro del Interior el 1 de mayo de 1850 para redactar una nueva ley electoral. Sus miembros fueron motejados de burgraves, nombre tomado del título de un drama histórico de Victor Hugo, en alusión a sus injustificadas pretensiones de poder y a sus aspiraciones reaccionarias. El drama transcurre en la Alemania medieval, donde el Burggraf era el gobernador de un Burg (ciudad) o de un distrito, nombrado por el emperador.

127. Baiser-Lamourette (el beso de Lamourette): alusión a un incidente ocurrido durante la Revolución Francesa. El 7 de julio de 1792, Lamourette, diputado de la Asamblea Legislativa, propuso poner fin a todas las discordias entre partidos con un beso fraternal, y los representantes de los partidos hostiles, de conformidad con esta propuesta, se abrazaron unos a otros. Al día siguiente, sin embargo, la lucha entre los partidos se reavivó con renovado vigor.

129. Se alude a un nuevo ministerio que se habría de nombrar si se restauraba la dinastía borbónica en la persona del pretendiente legitimista al trono, el conde de Chambord. Habría de estar compuesto por de Levis, de Saint-Priest, Berryer, de Pastoret y d’Escars.

130. Se alude al así llamado Manifiesto de Wiesbaden, circular redactada en Wiesbaden el 30 de agosto de 1850 por de Barthélemy, secretario de la fracción legitimista en la Asamblea Legislativa, siguiendo instrucciones del conde de Chambord (de Barthélemy, La conspiration légitimiste avouée, en Le Peuple de 1850, núm. 24, 22 de septiembre de 1850). La circular era la declaración programática de los legitimistas para el caso de que llegaran al poder. El conde de Chambord declaró que «rechazaba oficial y categóricamente toda apelación al pueblo, porque significaría una negación del gran principio nacional de la monarquía hereditaria». Esta declaración provocó protestas entre los propios legitimistas, en particular de un grupo encabezado por La Rochejaquelein, y polémicas en la prensa.

131. Alusión a la expiración de los poderes presidenciales de Luis Bonaparte. En el texto la fecha no es exacta. Según la Constitución de la República Francesa, las elecciones presidenciales debían celebrarse cada cuatro años el segundo domingo de mayo, día en el que expiraban los poderes del presidente en ejercicio.

132. La Sociedad del 10 de Diciembre (Dix Décembre): organización bonapartista fundada en 1849 y compuesta principalmente por elementos desclasados, aventureros políticos y militares reaccionarios. Muchos de sus miembros contribuyeron a la elección de Luis Bonaparte como presidente de la República el 10 de diciembre de 1848, de ahí su nombre. Esta organización desempeñó un papel activo en el golpe de Estado bonapartista del 2 de diciembre de 1851. Marx la describe en El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte.

Los mismos síntomas se han manifestado en Francia desde 1849, y particularmente desde comienzos de 1850. Las industrias parisinas están ocupadas en abundancia, y las fábricas de algodón de Rouen y Mulhouse marchan también bastante bien, aunque aquí, como en Inglaterra, los altos precios de la materia prima han ejercido una influencia retardataria. El desarrollo de la prosperidad en Francia fue, además, especialmente impulsado por la amplia reforma arancelaria en España y por la reducción de los derechos sobre diversos artículos de lujo en México; la exportación de mercancías francesas a ambos mercados ha aumentado considerablemente. El crecimiento del capital en Francia condujo a una serie de especulaciones, para las cuales sirvió de pretexto la explotación en gran escala de las minas de oro de California.[121] Ha surgido un enjambre de compañías; la baja denominación de sus acciones y sus prospectos con colorido socialista apelan directamente a los bolsillos de los pequeños burgueses y los obreros, pero todas, sin excepción, desembocan en esa estafa pura y simple que es característica exclusiva de franceses y chinos. Una de estas compañías está incluso patrocinada directamente por el gobierno. Los derechos de importación en Francia, durante los nueve primeros meses de 1848, ascendieron a 63.000.000 de francos, en 1849 a 95.000.000 de francos y en 1850 a 93.000.000 de francos. Aún más, en el mes de septiembre de 1850 aumentaron de nuevo en más de un millón en comparación con el mismo mes de 1849. Las exportaciones también aumentaron en 1849, y más todavía en 1850.

La prueba más palmaria de la restaurada prosperidad es la reintroducción, por el Banco, del pago en especie mediante la ley del 6 de agosto de 1850. El 15 de marzo de 1848, el Banco había sido autorizado a suspender los pagos en especie. Su circulación de billetes, incluida la de los bancos provinciales, ascendía en aquel momento a 373.000.000 de francos (14.920.000 libras). El 2 de noviembre de 1849, esta circulación ascendía a 482.000.000 de francos, o 19.280.000 libras, un aumento de 4.360.000 libras, y el 2 de septiembre de 1850, a 496.000.000 de francos, o 19.840.000 libras, un aumento de unas 5.000.000 de libras. Esto no fue acompañado de depreciación alguna de los billetes; por el contrario, el aumento de la circulación de billetes fue acompañado de la acumulación constantemente creciente de oro y plata en las bóvedas del Banco, de modo que en el verano de 1850 su reserva metálica ascendía a unas 141.000.000 de libras, suma sin precedentes en Francia. Que el Banco se hallara así en condiciones de aumentar su circulación, y con ello su capital activo, en 123.000.000 de francos, o 5.000.000 de libras, es una prueba palmaria de lo acertado de nuestra afirmación, en un número anterior, de que la aristocracia financiera no sólo no ha sido derrocada por la revolución, sino que incluso ha resultado fortalecida. Este resultado se hace aún más evidente con el siguiente repaso de la legislación bancaria francesa de los últimos años. El 10 de junio de 1847, el Banco fue autorizado a emitir billetes de 200 francos; hasta entonces la denominación más pequeña había sido de 500 francos. Un decreto del 15 de marzo de 1848 declaró a los billetes del Banco de Francia moneda de curso legal y le eximió de la obligación de redimirlos en especie. Su emisión de billetes se limitó a 350.000.000 de francos. Simultáneamente se le autorizó a emitir billetes de 100 francos. Un decreto del 27 de abril prescribió la fusión de los bancos departamentales con el Banco de Francia; otro decreto, del 2 de mayo de 1848, aumentó la emisión de billetes de este último a 442.000.000 de francos. Un decreto del 22 de diciembre de 1849 elevó el máximo de la emisión de billetes a 525.000.000 de francos. Finalmente, la ley del 6 de agosto de 1850 restableció la convertibilidad de los billetes en especie. Estos hechos, el continuo aumento de la circulación, la concentración de todo el crédito francés en manos del Banco y la acumulación de todo el oro y la plata franceses en las bóvedas del Banco, llevaron al señor Proudhon a la conclusión de que el Banco debía ahora mudar su vieja piel de serpiente y metamorfosearse en un banco popular proudhoniano.[122] Ni siquiera necesitaba conocer la historia de la restricción bancaria inglesa de 1797 a 1819;[123] sólo necesitaba dirigir su mirada al otro lado del Canal para ver que este hecho, para él sin precedentes en la historia de la sociedad burguesa, no era más que un acontecimiento burgués muy normal, que sólo ahora ocurría por primera vez en Francia. Se ve que los teóricos presuntamente revolucionarios que, tras el Gobierno Provisional, alzaban grandes discursos en París eran tan ignorantes de la naturaleza y los resultados de las medidas tomadas como los propios señores del Gobierno Provisional.

Pese a la prosperidad industrial y comercial de que Francia goza momentáneamente, la masa del pueblo, los veinticinco millones de campesinos, sufre una gran depresión. Las buenas cosechas de los últimos años han forzado los precios del trigo muy por debajo incluso de los de Inglaterra, y la posición de los campesinos en tales circunstancias, endeudados, succionados por la usura y aplastados por los impuestos, tiene que ser cualquier cosa menos espléndida. Sin embargo, la historia de los tres últimos años ha proporcionado prueba suficiente de que esta clase de la población es absolutamente incapaz de iniciativa revolucionaria alguna.

Así como el período de crisis comenzó más tarde en el continente que en Inglaterra, así ocurrió también con la prosperidad. El proceso se originó en Inglaterra, que es el demiurgo del cosmos burgués. En el continente, las diversas fases del ciclo que la sociedad burguesa recorre repetidamente asumen una forma secundaria y terciaria. En primer lugar, el continente exporta a Inglaterra desproporcionadamente más que a ningún otro país. Ahora bien, esta exportación a Inglaterra depende de la posición de esta última, especialmente en lo tocante al mercado de ultramar. Inglaterra exporta desproporcionadamente más a los países de ultramar que a todo el continente, de modo que la cantidad de exportaciones continentales a esos países depende siempre del comercio exterior de Inglaterra. De ahí que cuando las crisis en el continente producen revoluciones primero allí, las bases para las mismas se echan siempre en Inglaterra. Los estallidos violentos estallan naturalmente antes en las extremidades del cuerpo burgués que en su corazón, porque en este último las posibilidades de adaptación son mayores que en las primeras. Por otra parte, el grado en que las revoluciones continentales afectan a Inglaterra es al mismo tiempo el termómetro que indica hasta qué punto estas revoluciones ponen realmente en tela de juicio las condiciones de vida burguesas, y hasta qué punto tocan sólo sus formaciones políticas.

Dada esta prosperidad general, en la que las fuerzas productivas de la sociedad burguesa se desarrollan con toda la exuberancia que les es posible dentro de las relaciones burguesas, no cabe hablar de una verdadera revolución. Tal revolución sólo es posible en períodos en que estos dos factores — las modernas fuerzas de producción y las formas burguesas de producción — entran en oposición mutua. Las diversas rencillas en que se enzarzan y se comprometen mutuamente los representantes de las distintas fracciones del partido continental del orden, lejos de brindar una ocasión para la revolución, son, por el contrario, posibles sólo porque las bases de las relaciones son momentáneamente tan seguras y — cosa que los reaccionarios no saben — tan burguesas. Contra esto rebotarán todas las tentativas reaccionarias de frenar el desarrollo burgués, tanto como toda la indignación ética y todas las proclamas extasiadas de los demócratas. Una nueva revolución no es sino la consecuencia de una nueva crisis. Y la una es tan segura como la otra.

Pasemos ahora a Francia.

La victoria que el pueblo, en conjunción con la pequeña burguesía, había obtenido en las elecciones del 10 de marzo fue anulada por el propio pueblo al provocar la nueva elección del 28 de abril. Vidal fue elegido no sólo en París, sino también en el Bajo Rin. El Comité de París, en el que la Montaña y la pequeña burguesía estaban fuertemente representadas, le indujo a aceptar por el Bajo Rin. La victoria del 10 de marzo dejó de ser una victoria decisiva; la fecha de la decisión se aplazó una vez más; la tensión del pueblo se relajó; se acostumbró a los triunfos legales en lugar de a los revolucionarios. El significado revolucionario del 10 de marzo, la rehabilitación de la insurrección de junio, fue finalmente aniquilado por completo con la candidatura de Eugène Sue, el sentimental social-fantástico pequeñoburgués, que el proletariado podía aceptar a lo sumo como una broma para complacer a las grisetas. Frente a esta bienintencionada candidatura, el partido del orden, envalentonado por la política vacilante de sus adversarios, presentó un candidato que debía representar la victoria de junio. Este cómico candidato era el espartano paterfamilias Leclerc, de cuya persona, sin embargo, la prensa fue arrancando pieza por pieza la armadura heroica, y que experimentó una brillante derrota en la elección. La nueva victoria electoral del 28 de abril puso a la Montaña y a la pequeña burguesía de excelente humor. Ya se regocijaban con la idea de poder alcanzar la meta de sus deseos por una vía puramente legal y sin volver a empujar al proletariado al primer plano mediante una nueva revolución; contaban de manera positiva con llevar a Ledru-Rollin a la silla presidencial y a una mayoría de montañeses a la Asamblea mediante el sufragio universal en las nuevas elecciones de 1852. El partido del orden, completamente seguro, por las elecciones en perspectiva, por la candidatura de Sue y por el temple de ánimo de la Montaña y la pequeña burguesía, de que estos últimos estaban resueltos a permanecer quietos pasara lo que pasara, respondió a las dos victorias electorales con una ley electoral que abolía el sufragio universal.

El gobierno se cuidó muy bien de no hacer esta propuesta legislativa bajo su propia responsabilidad. Hizo una aparente concesión a la mayoría confiando la elaboración del proyecto de ley a los altos dignatarios de esa mayoría, los diecisiete burgraves.[125] Así, no fue el gobierno quien propuso a la Asamblea la derogación del sufragio universal; fue la mayoría de la Asamblea quien se la propuso a sí misma.

El 8 de mayo el proyecto fue presentado a la Cámara. Toda la prensa socialdemócrata se alzó como un solo hombre para predicar al pueblo porte digno, calme majestueux, pasividad y confianza en sus representantes. Cada artículo de estos periódicos era una confesión de que una revolución aniquilaría, ante todo, a la llamada prensa revolucionaria, y que por tanto se trataba ahora de su propia autoconservación. La prensa presuntamente revolucionaria traicionó todo su secreto. Firmó su propia sentencia de muerte.

El 21 de mayo la Montaña sometió a debate la cuestión previa y propuso el rechazo de todo el proyecto sobre la base de que violaba la constitución. El partido del orden respondió que se violaría la constitución si fuera necesario; sin embargo, no había necesidad de ello en ese momento, porque la constitución era susceptible de toda interpretación, y porque sólo la mayoría era competente para decidir sobre la interpretación correcta. A los desenfrenados y salvajes ataques de Thiers y Montalembert, la Montaña opuso un humanismo decoroso y refinado. Se situó en el terreno del derecho; el partido del orden la remitió al terreno en que el derecho crece: la propiedad burguesa. La Montaña gimoteó: ¿Es que realmente querían conjurar revoluciones por la fuerza bruta? El partido del orden respondió: Se las esperaría.

El 22 de mayo la cuestión previa fue resuelta por 462 votos contra 227. Los mismos hombres que habían demostrado con tan solemne profundidad que la Asamblea Nacional y cada diputado individual renunciarían a su mandato si renunciaban al pueblo, su mandante, permanecieron ahora pegados a sus escaños y de pronto pretendieron que actuara el país, ¡y además mediante peticiones!, en lugar de actuar ellos mismos, y seguían allí sentados, impasibles, cuando, el 31 de mayo, la ley fue aprobada de modo espléndido. Intentaron vengarse mediante una protesta en la que dejaban constancia de su inocencia en la violación de la constitución, protesta que ni siquiera presentaron abiertamente, sino que introdujeron subrepticiamente por detrás en el bolsillo del Presidente.

Un ejército de 150.000 hombres en París, el largo aplazamiento de la decisión, la actitud conciliadora de la prensa, la pusilanimidad de la Montaña y de los diputados recién elegidos, la majestuosa calma de la pequeña burguesía, pero sobre todo la prosperidad comercial e industrial, impidieron todo intento de revolución por parte del proletariado.

El sufragio universal había cumplido su misión. La mayoría del pueblo había pasado por la escuela del desarrollo, que es todo aquello para lo que el sufragio universal puede servir en un período revolucionario. Había de ser descartado por una revolución o por la reacción.

La Montaña desplegó una exhibición de energía aún mayor en una ocasión que se presentó poco después. Desde la tribuna, el ministro de la guerra, Hautpoul, había calificado la Revolución de Febrero de catástrofe funesta. Los oradores de la Montaña, que, como siempre, se distinguieron por su alharaca moralmente indignada, no obtuvieron del presidente, Dupin, la autorización para hablar. Girardin propuso a la Montaña que se retirara inmediatamente en masa. Resultado: la Montaña permaneció sentada, pero Girardin fue expulsado de su seno por indigno.

A la ley electoral aún le faltaba una cosa para completarla: una nueva ley de prensa. Ésta no se hizo esperar mucho. Un proyecto del gobierno, vuelto mucho más drástico por las enmiendas del partido del Orden, aumentó la fianza, impuso un timbre extraordinario a la novela folletinesca (respuesta a la elección de Eugène Sue), gravó todas las publicaciones que aparecieran semanal o mensualmente hasta un cierto número de pliegos y, finalmente, dispuso que todo artículo de un periódico debía llevar la firma de su autor. Las disposiciones relativas a la fianza acabaron con la llamada prensa revolucionaria; el pueblo consideró su extinción como una reparación por la abolición del sufragio universal. Sin embargo, ni la tendencia ni el efecto de la nueva ley se extendía solamente a esta sección de la prensa. Mientras la prensa periodística fue anónima, apareció como el órgano de una opinión pública innumerable y sin nombre; era el tercer poder en el estado. Con la firma de cada artículo, un periódico se convertía en una mera colección de contribuciones literarias de individuos más o menos conocidos. Cada artículo descendía al nivel de un anuncio. Hasta entonces los periódicos habían circulado como el papel moneda de la opinión pública; ahora quedaban reducidos a letras individuales más o menos malas, cuyo valor y circulación dependían del crédito no sólo del librador, sino también del endosante. La prensa del partido del Orden había hecho campaña no sólo por la derogación del sufragio universal, sino también por las medidas más extremas contra la mala prensa. Sin embargo, en su siniestro anonimato, incluso la buena prensa era irritante para el partido del Orden, y más aún para sus representantes provinciales individuales. En cuanto a sí mismo, exigía únicamente al escritor asalariado, con nombre, dirección y filiación. En vano la buena prensa lamentó la ingratitud con que se recompensaban sus servicios. La ley fue aprobada; la disposición sobre la mención de los nombres fue la que más duramente la golpeó. Los nombres de los periodistas republicanos eran bastante conocidos; pero las respetables firmas del «Journal des Débats», la «Assemblée Nationale», el «Constitutionnel», etc., etc., hicieron un triste papel en sus altisonantes protestas de sabiduría de Estado cuando la misteriosa compañía se desintegró de repente en mercenarios a tanto la línea de larga práctica, que habían defendido todas las causas posibles por dinero, como Granier de Cassagnac, o en viejos peleles que se llamaban a sí mismos estadistas, como Capefigue, o en petimetres coquetos, como el señor Lemoinne de los Débats.

En el debate sobre la ley de prensa, la Montaña había caído ya a un nivel tal de degeneración moral que tuvo que limitarse a aplaudir las brillantes tiradas de un viejo notable de la época de Luis Felipe, el señor Victor Hugo.

Con la ley electoral y la ley de prensa, el partido revolucionario y democrático abandona la escena oficial. Antes de partir hacia sus hogares, poco después del fin de la sesión, las dos fracciones de la Montaña, los socialdemócratas y los socialistas democráticos, lanzaron dos manifiestos, dos testimonia paupertatis [certificados de pobreza] en los que probaban que, aunque el poder y el éxito nunca estuvieron de su lado, ellos, sin embargo, habían estado siempre del lado de la justicia eterna y de todas las demás verdades eternas.

Consideremos ahora el partido del Orden. La «Neue Rheinische Zeitung» había dicho: «Frente al anhelo de restauración por parte de los orleanistas y legitimistas unidos, Bonaparte defiende su título sobre su poder efectivo, la república; frente al anhelo de restauración por parte de Bonaparte, el partido del Orden defiende su título sobre su dominación común, la república; frente a los orleanistas, los legitimistas, y frente a los legitimistas, los orleanistas, defienden el statu quo, la república. Todas estas fracciones del partido del Orden, cada una de las cuales tiene su propio rey y su propia restauración in petto, imponen mutuamente, frente al anhelo de usurpación y revuelta de sus rivales, la dominación común de la burguesía, la forma en que las pretensiones especiales quedan neutralizadas y reservadas: la república... Y Thiers hablaba con más verdad de lo que sospecha cuando decía: “Nosotros, los realistas, somos los verdaderos pilares de la república constitucional”».

Esta comedia de los républicains malgré eux [republicanos a su pesar], la antipatía hacia el statu quo y la constante consolidación del mismo; la incesante fricción entre Bonaparte y la Asamblea Nacional; la amenaza siempre renovada del partido del Orden de escindirse en sus componentes separados, y la conjugación siempre repetida de sus facciones; el intento de cada facción de transformar cada victoria sobre el enemigo común en una derrota para sus aliados temporales; los mezquinos celos mutuos, las triquiñuelas, el hostigamiento, el infatigable desenvainar de espadas que una y otra vez termina con un baiser Lamourette [beso Lamourette] — toda esta nada edificante comedia de errores no se desarrolló nunca de manera más clásica que durante los últimos seis meses.

El partido del Orden consideró la ley electoral al mismo tiempo como una victoria sobre Bonaparte. ¿Acaso no había abdicado el gobierno al entregar la redacción y la responsabilidad de su propio proyecto a la Comisión de los Diecisiete? ¿Y no residía la principal fuerza de Bonaparte frente a la Asamblea en el hecho de ser el elegido de seis millones? Bonaparte, por su parte, trató la ley electoral como una concesión a la Asamblea, con la cual pretendía haber comprado la armonía entre el poder legislativo y el ejecutivo. Como recompensa, el vulgar aventurero exigió un aumento de tres millones en su lista civil. ¿Se atrevía la Asamblea Nacional a entrar en conflicto con el ejecutivo en un momento en que había excomulgado a la gran mayoría de los franceses? Se encolerizó; parecía querer llegar a los extremos; su comisión rechazó la moción; la prensa bonapartista amenazó y se refirió al pueblo desheredado, privado de su derecho de voto; tuvieron lugar numerosos y ruidosos intentos de arreglo, y la Asamblea finalmente cedió de hecho, pero al mismo tiempo se vengó en principio. En lugar de aumentar la lista civil en principio en tres millones al año, concedió a Bonaparte un auxilio de 2.160.000 francos. No satisfecha con esto, hizo incluso esta concesión sólo después de que fuera apoyada por Changarnier, el general del partido del Orden y el protector impuesto a Bonaparte. Por tanto, concedió realmente los dos millones no a Bonaparte, sino a Changarnier.

Esta limosna, arrojada de mauvaise grâce [de mala gana], fue aceptada por Bonaparte muy en el espíritu del donante. La prensa bonapartista volvió a vociferar contra la Asamblea Nacional. Cuando en el debate sobre la ley de prensa se hizo la enmienda sobre la firma de los nombres —la cual, a su vez, iba dirigida especialmente contra los periódicos menos importantes—, el representante de los intereses privados de Bonaparte, el principal periódico bonapartista, el Pouvoir, publicó un ataque abierto y vehemente contra la Asamblea Nacional. Los ministros tuvieron que desautorizar el periódico ante la Asamblea; el administrador del Pouvoir fue emplazado ante la barra de la Asamblea Nacional y condenado a pagar la multa más alta, 5.000 francos. Al día siguiente el Pouvoir publicó un artículo aún más insolente contra la Asamblea, y como venganza del gobierno, el fiscal del estado procesó de inmediato a varios periódicos legitimistas por violar la constitución.

Finalmente llegó la cuestión de prorrogar la Asamblea. Bonaparte deseaba esto para poder operar sin el estorbo de la Asamblea. El partido del Orden lo deseaba, en parte con el fin de llevar a cabo sus intrigas faccionales, y en parte para la persecución de los intereses privados de los diputados individuales. Ambos lo necesitaban para consolidar y empujar más lejos las victorias de la reacción en las provincias. La Asamblea se aplazó, por tanto, del 11 de agosto al 11 de noviembre. Pero como Bonaparte en modo alguno ocultó que su única preocupación era librarse de la irritante vigilancia de la Asamblea Nacional, la Asamblea misma imprimió al voto de confianza el sello de la desconfianza hacia el presidente. Todos los bonapartistas fueron excluidos de la comisión permanente de veintiocho miembros que permaneció durante el receso como guardiana de la virtud de la república. En su lugar, incluso se eligió para ella a algunos republicanos del Siècle y del National, a fin de probar al presidente la adhesión de la mayoría a la república constitucional.

Poco antes, y especialmente inmediatamente después del receso, las dos grandes facciones del partido del Orden, los orleanistas y los legitimistas, parecieron querer reconciliarse, y ello mediante una fusión de las dos casas reales bajo cuyas banderas combatían. Los periódicos estaban llenos de propuestas de reconciliación que se decía habían sido discutidas en el lecho de enfermo de Luis Felipe en St. Leonards, cuando la muerte de Luis Felipe simplificó repentinamente la situación. Luis Felipe era el usurpador, Enrique V el desposeído; el conde de París, por otra parte, debido a la falta de hijos de Enrique V, era su legítimo heredero al trono. Todo pretexto para objetar una fusión de los dos intereses dinásticos quedaba ahora eliminado. Pero precisamente entonces las dos facciones de la burguesía descubrieron primero que no era el celo por una determinada casa real lo que las dividía, sino que eran más bien sus divididos intereses de clase los que mantenían separadas a las dos dinastías. Los legitimistas, que habían hecho una peregrinación a la residencia de Enrique V en Wiesbaden tal como sus competidores la habían hecho a St. Leonards, recibieron allí la noticia de la muerte de Luis Felipe. De inmediato formaron un ministerio in partibus infidelium [en tierras de infieles], compuesto en su mayor parte por miembros de esa comisión de guardianes de la virtud de la república y que, con ocasión de una riña en el seno del partido, salió con la más abierta proclamación del derecho por la gracia de Dios. Los orleanistas se regocijaron por el escándalo comprometedor que este manifiesto provocó en la prensa, y no ocultaron ni por un momento su abierta enemistad hacia los legitimistas.

Durante el receso de la Asamblea Nacional, se reunieron los Consejos de los departamentos. La mayoría de ellos se declaró a favor de una revisión más o menos cualificada de la constitución; esto es, se declararon a favor de una restauración monárquica no especificada en detalle, a favor de una "solución", y confesaron al mismo tiempo que eran demasiado incompetentes y demasiado cobardes para hallar esta solución. La fracción bonapartista interpretó de inmediato este deseo de revisión en el sentido de una prolongación de la presidencia de Bonaparte.

La solución constitucional, el retiro de Bonaparte en mayo de 1852, la elección simultánea de un nuevo presidente por todos los electores del país, la revisión de la constitución por una Cámara de Revisión durante los primeros meses de la nueva presidencia, es completamente inadmisible para la clase dominante. El día de la nueva elección presidencial sería el día de la cita de todos los partidos hostiles: los legitimistas, los orleanistas, los republicanos burgueses, los revolucionarios. Tendría que llegarse a una decisión violenta entre las distintas fracciones. Aun cuando el partido del Orden lograse unirse en torno a la candidatura de una persona neutral, ajena a las familias dinásticas, aún se le opondría Bonaparte. En su lucha con el pueblo, el partido del Orden se ve constantemente obligado a aumentar el poder del ejecutivo. Todo aumento del poder del ejecutivo aumenta el poder de su portador, Bonaparte. En la misma medida, por tanto, en que el partido del Orden fortalece su poder conjunto, fortalece los medios de lucha de las pretensiones dinásticas de Bonaparte, fortalece su oportunidad de frustrar por la fuerza la solución constitucional el día de la decisión. Él no tendrá entonces, frente al partido del Orden, más escrúpulos respecto a uno de los pilares de la constitución que los que ese partido tuvo, frente al pueblo, respecto al otro pilar en el asunto de la ley electoral. Él apelaría, aparentemente incluso contra la Asamblea, al sufragio universal. En una palabra, la solución constitucional pone en cuestión todo el statu quo político, y detrás del peligro que amenaza al statu quo, el burgués ve el caos, la anarquía, la guerra civil. Ve sus compras y ventas, sus pagarés, sus matrimonios, sus contratos debidamente reconocidos ante notario, sus hipotecas, sus rentas de la tierra, alquileres de casas, ganancias, todos sus contratos y fuentes de ingresos puestos en cuestión el primer domingo de mayo de 1852, y no puede exponerse a este riesgo. Detrás del peligro que amenaza al statu quo político acecha el peligro del derrumbamiento de toda la sociedad burguesa. La única solución posible dentro del marco de la burguesía es el aplazamiento de la solución. Sólo puede salvar la república constitucional mediante una violación de la constitución, mediante la prolongación del poder del presidente. Ésta es también la última palabra de la prensa del Orden, después de los prolongados y profundos debates sobre las «soluciones» a los que se entregó tras la sesión de los consejos generales. El altivo y poderoso partido del Orden se ve así, para su vergüenza, obligado a tomar en serio la figura ridícula, vulgar y, para él, odiosa del pseudo Bonaparte.

Esta sucia figura se engañaba igualmente a sí mismo acerca de las causas que lo revestían cada vez más con el carácter de hombre indispensable. Mientras que su partido tenía suficiente perspicacia para atribuir la creciente importancia de Bonaparte a las circunstancias, él creía que se la debía únicamente al poder mágico de su nombre y a su continua caricaturización de Napoleón. Se volvió más emprendedor cada día. Para contrarrestar las peregrinaciones a St. Leonards y Wiesbaden, realizaba sus viajes circulares por Francia. Los bonapartistas tenían tan poca fe en el efecto mágico de su personalidad, que lo enviaban a todas partes acompañado, como claque, de gente de la Sociedad del 10 de Diciembre, esa organización del lumpenproletariado parisino, embalada en masa en trenes y sillas de posta. Ponían discursos en boca de su marioneta que, según la acogida en las distintas ciudades, proclamaban la resignación republicana o la tenacidad perenne como nota dominante de la política del presidente. A pesar de todas las maniobras, estos viajes fueron todo menos procesiones triunfales.

Cuando Bonaparte creyó haber entusiasmado así al pueblo, se propuso ganar al ejército. Hizo celebrar grandes revistas en la llanura de Satory, cerca de Versalles, en las que buscaba comprar a los soldados con salchichas de ajo, champán y cigarros. Mientras que el auténtico Napoleón, en medio de las penalidades de sus campañas de conquista, sabía animar a sus cansados soldados con arrebatos de familiaridad patriarcal, el pseudo Napoleón creía que era por gratitud que las tropas gritaban: ¡Vive Napoleon, vive le saucisson! —es decir, ¡Viva la Salchicha, viva el Bufón!

Estas revistas condujeron al estallido de la larga disensión, hasta entonces contenida, entre Bonaparte y su ministro de la Guerra, Hautpoul, por un lado, y Changarnier, por el otro. En Changarnier había encontrado el partido del Orden a su verdadero hombre neutral, en cuyo caso no podía haber cuestión alguna de pretensiones dinásticas propias. Lo había designado sucesor de Bonaparte. Además, Changarnier se había convertido en el gran general del partido del Orden por su conducta el 29 de enero y el 13 de junio de 1849, el moderno Alejandro cuya brutal intervención había, a los ojos del tímido burgués, cortado el nudo gordiano de la revolución. En el fondo tan ridículo como Bonaparte, se había convertido así en un poder de la manera más barata y fue erigido por la Asamblea Nacional para vigilar al presidente. Él mismo coqueteaba, por ejemplo, en el asunto de la concesión de su salario, con la protección que otorgaba a Bonaparte, y se alzaba cada vez más avasalladoramente contra él y los ministros. Cuando, con ocasión de la ley electoral, se esperaba una insurrección, prohibió a sus oficiales recibir orden alguna del ministro de la Guerra o del presidente. La prensa también contribuyó a magnificar la figura de Changarnier. Ante la ausencia total de grandes personalidades, el partido del Orden se vio naturalmente obligado a dotar a un solo individuo de la fuerza de la que carecía su clase en su conjunto, y a inflar así a este individuo hasta convertirlo en un prodigio. Así surgió el mito de Changarnier, el «baluarte de la sociedad». La arrogante charlatanería, el aire reservado de importancia con que Changarnier se dignaba llevar el mundo sobre sus hombros, forma el contraste más ridículo con los acontecimientos durante y después de la última revista de Satory, los cuales probaron irrefutablemente que bastaba un simple trazo de pluma de Bonaparte, el infinitamente pequeño, para devolver a este fantástico engendro del miedo burgués, el coloso Changarnier, a las dimensiones de la mediocridad y transformarlo, de heroico salvador de la sociedad, en un general pensionado.

Bonaparte se había vengado durante algún tiempo de Changarnier provocando al ministro de la Guerra a disputas en materia de disciplina con el molesto protector. La última revista en Satory llevó finalmente la vieja animosidad a su punto culminante. La indignación constitucional de Changarnier no conoció límites cuando vio desfilar a los regimientos de caballería con el grito inconstitucional de: ¡Vive l'Empereur! Para prevenir todo debate desagradable sobre este grito en la próxima sesión de la Cámara, Bonaparte destituyó al ministro de la Guerra, Hautpoul, nombrándolo gobernador de Argel. En su lugar puso a un fiable viejo general de la época del Imperio, alguien que igualaba plenamente a Changarnier en brutalidad. Pero para que la destitución de Hautpoul no apareciera como una concesión a Changarnier, transfirió simultáneamente al general Neumayer, la mano derecha del gran salvador de la sociedad, de París a Nantes. Fue Neumayer quien, en la última revista, había inducido a toda la infantería a desfilar ante el sucesor de Napoleón en silencio glacial. Changarnier, atacado él mismo en la persona de Neumayer, protestó y amenazó. En vano. Después de dos días de negociaciones, el decreto de traslado de Neumayer apareció en el Moniteur, y al héroe del Orden no le quedó más remedio que someterse a la disciplina o dimitir.

La lucha de Bonaparte con Changarnier es la continuación de su lucha con el partido del Orden. La reapertura de la Asamblea Nacional el 11 de noviembre se efectuará, por tanto, bajo auspicios amenazadores. Será una tormenta en un vaso de agua. En esencia, el viejo juego debe continuar. Mientras tanto, la mayoría del partido del Orden se verá obligada, a pesar de la clamorosa insistencia de los intransigentes de principios en sus diferentes facciones, a prolongar el poder del presidente. Del mismo modo, Bonaparte, ya humillado por la falta de dinero, aceptará, a pesar de todas las protestas preliminares, esta prolongación del poder de manos de la Asamblea Nacional como simplemente delegada en él. Así se aplaza la solución; el statu quo continúa; una fracción del partido del Orden se ve comprometida, debilitada, inutilizada por la otra; la represión del enemigo común, la masa de la nación, extendida y agotada... hasta que las propias relaciones económicas hayan alcanzado de nuevo el punto de desarrollo en que una nueva explosión arroje por los aires a todos estos partidos pendencieros con su república constitucional.

Para la tranquilidad del burgués hay que decir, sin embargo, que el escándalo entre Bonaparte y el partido del Orden tiene por resultado arruinar a una multitud de pequeños capitalistas en la Bolsa y poner sus bienes en los bolsillos de los grandes lobos de la Bolsa.

Notas

14. La continuación de los tres capítulos precedentes se encuentra en la Revue, en los números quinto y sexto (entrega doble) de la Neue Rheinische Zeitung, la última en aparecer. Aquí, después de haber descrito primero la gran crisis comercial que estalló en Inglaterra en 1847 y de haber explicado por sus repercusiones allí el agravamiento de las complicaciones políticas en el continente europeo en las revoluciones de febrero y marzo de 1848, se muestra luego cómo la prosperidad del comercio y la industria que advino de nuevo en el curso de 1848 y aumentó aún más en 1849 paralizó el ímpetu revolucionario e hizo posibles las victorias simultáneas de la reacción. Con referencia especial a Francia, se dice luego: — Escrito por Engels para la edición de 1895, como párrafo introductorio a la Sección IV.

15. El beso de Lamourette. El 7 de julio de 1792, el obispo Adrien Lamourette, diputado en la Asamblea Legislativa, propuso que se pusiera fin a las disensiones de partido con un beso fraternal. Los diputados se abrazaron entonces con entusiasmo, pero el abrazo fraternal fue pronto olvidado. Los ingenios franceses llegaron a usar la expresión para denotar una aventura amorosa trivial.

16. En los reinos de los infieles; en referencia a las diócesis no cristianas a las que la Iglesia primitiva asignaba obispos católicos.