Neue Rheinische Zeitung.
Politisch-ökonomische Revue.
H.5/6. Mai-Oktober 1850

También el pueblo alemán tiene su tradición revolucionaria. Hubo un tiempo en que Alemania produjo caracteres que pueden ponerse a la altura de los mejores hombres de las revoluciones de otros países, en que el pueblo alemán desarrolló una perseverancia y una energía que, en una nación más centralizada, habrían dado los resultados más grandiosos, en que los campesinos y plebeyos alemanes iban preñados de ideas y planes ante los que sus descendientes a menudo retroceden espantados.

Es hora de, frente a la momentánea postración que se manifiesta casi en todas partes después de dos años de lucha, presentar nuevamente al pueblo alemán las figuras toscas, pero enérgicas y tenaces, de la gran guerra de los campesinos. Tres siglos han transcurrido desde entonces, y muchas cosas han cambiado; y sin embargo, la guerra de los campesinos no está tan extremadamente lejos de nuestras luchas actuales, y los adversarios a combatir son en gran parte los mismos. Las clases y fracciones de clase que en 1848 y 49 traicionaron en todas partes, las encontraremos ya en 1525, aunque en un nivel de desarrollo más bajo, como traidores. Y si el robusto vandalismo de la guerra de los campesinos en el movimiento de los últimos años solo se impuso parcialmente —en el Odenwald, en la Selva Negra, en Silesia—, eso no constituye en modo alguno una ventaja de la insurrección moderna.

Retrocedamos, para empezar, brevemente a las condiciones de Alemania a comienzos del siglo XVI.

La industria alemana había experimentado un notable auge en los siglos XIV y XV. La producción gremial de las ciudades, que producía para círculos más amplios e incluso para mercados lejanos, había sustituido a la industria local feudal y rural. El tejido de paños de lana bastos y de lienzo se había convertido en una rama industrial permanente y muy extendida, y en Augsburgo se fabricaban ya incluso tejidos de lana y lino más finos, así como sederías. Al lado de la tejeduría, se había desarrollado particularmente aquella industria que rozaba el arte y que encontraba su sustento en el lujo eclesiástico y secular de la baja Edad Media: la de los orfebres de oro y plata, escultores y tallistas, grabadores en cobre y en madera, acuñadores de medallas, torneros, etc., etc. Una serie de invenciones más o menos importantes, cuyos puntos culminantes históricos los constituyeron la pólvora y la imprenta, contribuyó esencialmente al fomento de los oficios. El comercio marchó al mismo paso que la industria. La Hansa, con su monopolio marítimo centenario, había asegurado la salida de todo el norte de Alemania de la barbarie medieval; y aunque ya desde fines del siglo XV comenzó a sucumbir rápidamente a la competencia de ingleses y holandeses, a pesar de los descubrimientos de Vasco de Gama la gran ruta comercial de la India hacia el norte seguía pasando por Alemania, y Augsburgo seguía siendo el gran centro de depósito para tejidos de seda italianos, especias de la India y todos los productos del Levante. Las ciudades de la Alta Alemania, especialmente Augsburgo y Núremberg, eran centros de una riqueza y un lujo considerables para aquella época. La obtención de materias primas también había progresado considerablemente. Los mineros alemanes eran en el siglo XV los más hábiles del mundo, y también la agricultura había sido arrancada de la primitiva tosquedad medieval por el florecimiento de las ciudades. No solo se habían roturado vastas extensiones, sino que se cultivaban plantas tintóreas y otras plantas introducidas, cuyo cultivo más cuidadoso repercutía favorablemente en la agricultura en general.

Sin embargo, el auge de la producción nacional alemana no había ido a la par con el de otros países. La agricultura se hallaba muy por detrás de la inglesa y la neerlandesa, la industria detrás de la italiana, la flamenca y la inglesa, y en el comercio marítimo los ingleses y, en especial, los holandeses empezaban ya a desalojar a los alemanes del terreno. La población seguía estando muy diseminada. La civilización en Alemania existía solo esporádicamente, agrupada en torno a centros aislados de la industria y el comercio; los intereses de estos centros aislados divergían enormemente, apenas tenían aquí y allá un punto de contacto. El sur tenía conexiones comerciales y mercados de salida completamente diferentes del norte; el este y el oeste carecían casi de todo tráfico. Ni una sola ciudad llegó a convertirse en el centro de gravedad industrial y comercial de todo el país, como Londres lo era ya, por ejemplo, para Inglaterra. Todo el tráfico interior se limitaba casi exclusivamente a la navegación costera y fluvial y a las pocas grandes rutas comerciales: de Augsburgo y Núremberg, pasando por Colonia, hacia los Países Bajos, y por Erfurt hacia el norte. Más alejadas de los ríos y de las rutas comerciales, se encontraban una serie de pequeñas ciudades que, excluidas del gran tráfico, seguían vegetando imperturbadas en las condiciones de vida de la baja Edad Media, necesitando pocas mercancías extranjeras y suministrando pocos productos de exportación. De la población rural, solo la nobleza entraba en contacto con círculos más amplios y con nuevas necesidades; la masa de los campesinos nunca superaba las relaciones locales más inmediatas y el horizonte local ligado a ellas.

Mientras que en Inglaterra y Francia el auge del comercio y la industria trajo consigo la concatenación de intereses por todo el país y, con ello, la centralización política, Alemania no pasó de un agrupamiento de intereses por provincias, en torno a meros centros locales, y, con ello, de la fragmentación política; una fragmentación que poco después se consolidó definitivamente con la exclusión de Alemania del comercio mundial. En la misma medida en que el imperio puramente feudal se descomponía, la propia liga imperial se disolvía, los grandes feudatarios imperiales se transformaban en príncipes casi independientes, y las ciudades imperiales, por un lado, y los caballeros imperiales, por otro, concertaban alianzas, ora unos contra otros, ora contra los príncipes o el emperador. La autoridad imperial, insegura ya de su propia posición, vacilaba indecisa entre los diversos elementos que constituían el imperio, y perdía cada vez más autoridad; su intento de centralizar a la manera de Luis XI, a pesar de todas las intrigas y violencias, no logró rebasar la cohesión de los territorios patrimoniales austríacos. Quienes en esta confusión, en estos innumerables conflictos que se entrecruzaban, terminaron por ganar y por tener que ganar, fueron los representantes de la centralización dentro de la fragmentación, de la centralización local y provincial: los príncipes, junto a los cuales el propio emperador se fue convirtiendo cada vez más en un príncipe como los demás.

Bajo estas condiciones, la posición de las clases heredadas de la Edad Media se había modificado esencialmente, y al lado de las viejas se habían formado nuevas clases.

De la alta nobleza habían surgido los príncipes. Ya eran casi del todo independientes del emperador y estaban en posesión de la mayor parte de los derechos de soberanía. Hacían la guerra y la paz por su propia cuenta, mantenían ejércitos permanentes, convocaban asambleas estamentales e imponían contribuciones. A una gran parte de la baja nobleza y de las ciudades ya las habían sometido a su dominio; empleaban constantemente todos los medios para incorporar a sus territorios las restantes ciudades y baronías inmediatas al Imperio. Frente a estas centralizaban, mientras que frente a la autoridad imperial actuaban de forma descentralizadora. Hacia el interior, su gobierno era ya muy arbitrario. Casi solo convocaban a los estamentos cuando no tenían otra salida. Imponían contribuciones y tomaban dinero prestado cuando les parecía bien; el derecho de los estamentos a aprobar los impuestos rara vez era reconocido y todavía más raramente ejercido. Y aun entonces, el príncipe solía tener la mayoría gracias a los dos estamentos exentos de contribuciones y partícipes en el disfrute de las mismas: la caballería y los prelados. La necesidad de dinero de los príncipes crecía con el lujo y la ampliación de la corte, con los ejércitos permanentes, con los crecientes costos del gobierno. Las contribuciones se volvían cada vez más gravosas. Las ciudades estaban en su mayoría protegidas por sus privilegios; todo el peso de la carga fiscal caía sobre los campesinos, tanto sobre los campesinos de los dominios de los propios príncipes, como sobre los siervos y vasallos dependientes de los caballeros feudatarios. Allí donde la tributación directa no bastaba, aparecía la indirecta; se empleaban las más refinadas maniobras del arte financiero para llenar el fisco agujereado. Cuando nada servía, cuando ya no quedaba nada que empeñar y ninguna ciudad imperial libre quería conceder más crédito, se recurría a operaciones monetarias de la especie más sucia, se acuñaba moneda mala, se establecían cursos forzosos altos o bajos, según conviniera al fisco. El comercio con privilegios urbanos y de otro tipo, que luego se arrebataban violentamente para venderlos de nuevo a precio elevado, la explotación de todo intento de oposición para exacciones de guerra, saqueos e incendios de toda índole, etc., etc., eran también fuentes de dinero lucrativas y cotidianas de los príncipes de aquella época. También la justicia era un artículo comercial permanente y no desdeñable para los príncipes. En resumen, los súbditos de entonces, que además tenían que satisfacer la codicia privada de los alcaldes y funcionarios principescos, llegaron a probar en la más plena medida todas las bendiciones del sistema de gobierno paternal.

De la jerarquía feudal de la Edad Media, la nobleza media había desaparecido casi por completo; o bien se había elevado a la independencia de pequeños príncipes, o bien había descendido a las filas de la baja nobleza. La baja nobleza, la caballería, marchaba velozmente hacia su decadencia. Una gran parte estaba ya completamente empobrecida y vivía solo del servicio de príncipes en cargos militares o civiles; otra parte se hallaba en la obligación feudal y sujeción a los príncipes; la más pequeña era inmediata al Imperio. El desarrollo del arte de la guerra, la creciente importancia de la infantería, el perfeccionamiento de las armas de fuego eliminó la importancia de sus prestaciones militares como caballería pesada, y destruyó a la vez la inexpugnabilidad de sus castillos. Al igual que los artesanos de Núremberg, los caballeros fueron tornándose superfluos por el progreso de la industria. La necesidad de dinero de la caballería contribuyó considerablemente a su ruina. El lujo en los castillos, la rivalidad en la magnificencia en los torneos y las fiestas, el precio de las armas y de los caballos aumentaban con los progresos de la civilización, mientras que las fuentes de ingresos de los caballeros y barones poco o nada crecían. Las querellas con saqueo e incendio obligados, el bandolerismo en los caminos y otras ocupaciones nobles similares se tornaron con el tiempo demasiado peligrosas. Las cargas y prestaciones de los súbditos de los señoríos apenas rendían más que antes. Para cubrir sus crecientes necesidades, los benévolos señores tuvieron que recurrir a los mismos medios que los príncipes. La expoliación de los campesinos por la nobleza se fue perfeccionando año tras año. Los siervos eran exprimidos hasta la última gota de sangre, los vasallos dependientes eran gravados con nuevas cargas y prestaciones bajo todo tipo de pretextos y nombres. Las corveas, censos, gabelas, laudemios, derechos de mortuorio, tributos de protección, etc., eran aumentados arbitrariamente, a despecho de todos los viejos contratos. La justicia era denegada o vendida al mejor postor, y cuando el caballero no podía apoderarse de otro modo del dinero del campesino, lo arrojaba sin más a la torre y lo obligaba a rescatarse.

La baja nobleza tampoco mantenía relaciones amistosas con los demás estamentos. La nobleza sujeta a deberes feudales procuraba hacerse inmediata al Imperio, y la inmediata al Imperio, conservar su independencia; de ahí las incesantes disputas con los príncipes. Envidiaba al clero —que se le antojaba, con su hinchada figura de entonces, un estamento puramente superfluo— sus grandes propiedades, sus riquezas cohesionadas por el celibato y la constitución eclesiástica. Con las ciudades estaba en continua pendencia; les debía dinero, se alimentaba del saqueo de sus territorios, del robo a sus mercaderes, de los rescates que cobraba por los prisioneros arrebatados a aquéllas en las reyertas. Y la lucha de la caballería contra todos esos estamentos se tornó tanto más violenta cuanto más la cuestión del dinero se convertía también para ella en cuestión de vida o muerte.

El clero, representante de la ideología del feudalismo medieval, experimentó no menos el influjo del cambio histórico. La imprenta y las necesidades del comercio más extenso le arrebataron el monopolio no solo de la lectura y la escritura, sino también de la educación superior. La división del trabajo se introdujo igualmente en el terreno intelectual. El nuevo estamento en ascenso de los juristas lo desalojó de una serie de los cargos más influyentes. También él empezó a hacerse superfluo en buena medida, y él mismo lo reconocía por su holgazanería e ignorancia cada vez mayores. Pero cuanto más superfluo se volvía, tanto más numeroso se hacía —gracias a sus enormes riquezas, que no cesaba de acrecentar empleando todos los medios posibles—.

En el clero había dos clases completamente distintas. La jerarquía feudal eclesiástica formaba la clase aristocrática: los obispos y arzobispos, los abades, priores y demás prelados. Estos altos dignatarios de la Iglesia eran o bien príncipes del Imperio mismos, o bien gobernaban, como señores feudales, bajo la alta soberanía de otros príncipes, grandes extensiones de tierra con numerosos siervos y vasallos. Explotaban a sus súbditos no solo con el mismo desenfreno que la nobleza y los príncipes, sino que procedían con mucho mayor desvergüenza. Junto a la fuerza bruta se ponían en movimiento todas las artimañas de la religión, junto a los horrores de la tortura todos los horrores de la excomunión y de la absolución denegada, todas las intrigas del confesionario, a fin de arrancar al súbdito el último penique o acrecentar la herencia de la Iglesia. La falsificación de documentos era, entre estos dignos varones, un medio corriente y predilecto de estafa. Pero aun a pesar de percibir, además de las prestaciones e intereses feudales corrientes, el diezmo, todas esas rentas no bastaban. La fabricación de imágenes milagrosas de santos y de reliquias, la organización de estaciones de oración beatíficas, el tráfico de indulgencias se emplearon como recurso auxiliar para arrancar al pueblo crecidos tributos, y por mucho tiempo con el mejor de los éxitos.

Estos prelados y su incontable gendarmería de monjes, reforzada sin cesar con la propagación de las persecuciones políticas y religiosas, eran aquellos en quienes se concentraba el odio a los curas, no solo del pueblo, sino también de la nobleza. En la medida en que eran soberanos, obstruían el camino a los príncipes. La vida disoluta de los rollizos obispos y abades y de su ejército de monjes excitaba la envidia de la nobleza e indignaba al pueblo, que tenía que cargar con los costos de ella, tanto más cuanto más flagrante era la contradicción con sus prédicas.

La fracción plebeya del clero se componía de los predicadores rurales y urbanos. Se hallaban al margen de la jerarquía feudal de la Iglesia y no participaban de sus riquezas. Su trabajo estaba menos controlado y, por importante que fuera para la Iglesia, era de momento mucho menos imprescindible que los servicios policiales de los monjes acuartelados. Por ello se les pagaba mucho peor, y sus prebendas eran, las más de las veces, bien exiguas. De origen burgués o plebeyo, vivían lo bastante cerca de las condiciones de la masa como para conservar, pese a su condición de curas, simpatías burguesas y plebeyas. La participación en los movimientos de la época, excepción entre los monjes, era en ellos la regla. Ellos aportaron los teóricos e ideólogos del movimiento, y muchos de ellos, representantes de los plebeyos y de los campesinos, murieron por ello en el cadalso. El odio popular contra los curas solo se vuelve contra ellos en casos aislados.

Así como sobre los príncipes y la nobleza estaba el emperador, así sobre los altos y bajos curas estaba el Papa. Al emperador se le pagaba el «pfennig común», los impuestos imperiales; al Papa, los tributos eclesiásticos generales, con los cuales costeaba el lujo de la corte romana. En ningún país se recaudaron estos tributos eclesiásticos —gracias al poder y al número de los curas— con mayor escrupulosidad y rigor que en Alemania. Señaladamente las anatas al quedar vacantes los obispados. Con las crecientes necesidades se inventaron luego nuevos medios para allegar dinero: comercio de reliquias, indulgencias y jubileos, etc. De ese modo emigraban anualmente de Alemania a Roma grandes sumas, y la presión así acrecentada no solo aumentaba el odio a los curas, sino que suscitaba también el sentimiento nacional, sobre todo de la nobleza, el estamento más nacional entonces.

De los antiguos ciudadanos primitivos de las ciudades medievales, al florecer el comercio y los oficios artesanales, se habían desarrollado tres fracciones nítidamente diferenciadas.

A la cabeza de la sociedad urbana se hallaban los linajes patricios, la llamada «honorabilidad». Eran las familias más ricas. Sólo ellos ocupaban escaño en el concejo y en todos los cargos municipales. Administraban, por tanto, no sólo las rentas de la ciudad, sino que también las consumían. Fortalecidos por su riqueza, por su posición aristocrática tradicional, reconocida por el emperador y el Imperio, explotaban de todas las maneras tanto a la comunidad municipal como a los campesinos sometidos a la ciudad. Practicaban la usura con el grano y el dinero, se arrogaban toda clase de monopolios, sustraían sucesivamente a la comunidad todos los derechos de aprovechamiento común de los bosques y pastos ciudadanos, se aprovechaban de éstos directamente en su provecho privado, imponían arbitrariamente gabelas de camino, de puente y de portazgo y otras cargas, y traficaban con los privilegios gremiales, los derechos de maestría y de ciudadanía y con la justicia. No trataban a los campesinos del alfoz con más miramientos que la nobleza o los curas; al contrario, los bailes y oficiales municipales en las aldeas, todos patricios, unían a la dureza y codicia aristocráticas cierta exactitud burocrática en la recaudación. Las rentas urbanas así reunidas se administraban con la mayor arbitrariedad; la rendición de cuentas en los libros de la ciudad, mera formalidad, era en lo posible negligente y confusa; las malversaciones y los desfalcos estaban a la orden del día. Cuán fácil le era entonces a una casta rodeada por todas partes de privilegios, poco numerosa y estrechamente cohesionada por el parentesco y el interés, enriquecerse enormemente a costa de las rentas urbanas, se comprende si se piensa en las numerosas malversaciones y chicanas que el año 1848 sacó a la luz en tantas administraciones municipales.

Los patricios habían procurado que los derechos de la comunidad municipal, sobre todo en materia de finanzas, fueran cayendo en desuso por doquier. Solo más tarde, cuando las estafas de estos señores se hicieron demasiado escandalosas, las comunidades se pusieron de nuevo en movimiento para conquistar al menos el control de la administración urbana. En la mayoría de las ciudades recuperaron efectivamente sus derechos. Pero, en medio de las eternas disputas de los gremios entre sí, de la tenacidad de los patricios y de la protección que éstos hallaban en el Imperio y en los gobiernos de las ciudades aliadas con ellos, los regidores patricios restablecieron muy pronto su antigua dominación exclusiva, ya fuera por astucia, ya por la fuerza. A comienzos del siglo XVI la comunidad en todas las ciudades estaba de nuevo en la oposición.

La oposición urbana contra el patriciado se dividía en dos fracciones, que en la guerra de los campesinos aparecen con perfiles muy definidos.

La oposición burguesa, precursora de nuestros actuales liberales, abarcaba a los ciudadanos más ricos y medios, así como una parte, mayor o menor según las circunstancias locales, de los pequeñoburgueses. Sus exigencias se mantenían estrictamente en el terreno constitucional. Pedían el control de la administración municipal y una participación en el poder legislativo, ya fuera mediante la asamblea comunal misma o mediante una representación comunal (gran concejo, comité comunal); además, la limitación del nepotismo patricio y de la oligarquía de unas cuantas familias, que se manifestaba cada vez más abiertamente incluso dentro del propio patriciado. A lo sumo pedían también la ocupación de algunos puestos en el concejo por ciudadanos salidos de su propio seno. Este partido, al que aquí y allá se adhirió la fracción descontenta y venida a menos del patriciado, tenía la gran mayoría en todas las asambleas comunales ordinarias y en los gremios. Los partidarios del concejo y la oposición más radical juntos eran, con mucho, la minoría entre los ciudadanos de hecho.

Veremos cómo, durante el movimiento del siglo XVI, esta oposición «moderada», «legal», «acomodada» e «inteligente» desempeña exactamente el mismo papel, y exactamente con el mismo resultado, que su heredera, el partido constitucional, en el movimiento de 1848 y 1849.

Por lo demás, la oposición burguesa clamaba todavía con gran seriedad contra los curas, cuya vida holgazana y disoluta y sus costumbres licenciosas les causaban gran escándalo. Exigía medidas contra el modo de vida escandaloso de estos dignos varones. Reclamaba que se abolieran la jurisdicción propia y la exención fiscal de los curas y que el número de monjes fuera, en general, limitado.

La oposición plebeya se componía de los ciudadanos venidos a menos y de la masa de los habitantes urbanos excluidos del derecho de ciudadanía: los oficiales artesanos, los jornaleros y los numerosos gérmenes del lumpenproletariado, que se encuentran incluso en los peldaños inferiores del desarrollo urbano. El lumpenproletariado es, en general, un fenómeno que aparece, más o menos desarrollado, en casi todas las fases sociales habidas hasta ahora. La cantidad de gente sin ocupación determinada o sin domicilio fijo se acrecentaba entonces sobremanera por la descomposición del feudalismo en una sociedad en la que aún cada rama de actividad, cada esfera de vida, estaba atrincherada detrás de una multitud de privilegios. En todos los países desarrollados el número de vagabundos nunca había sido tan grande como en la primera mitad del siglo XVI. Una parte de esos vagabundos se alistaba en tiempos de guerra en los ejércitos, otra se dedicaba a mendigar por el país, la tercera buscaba en las ciudades, mediante el trabajo de jornalero y lo que por lo demás no estaba justamente organizado en gremio, su precaria subsistencia. Los tres desempeñan un papel en la guerra de los campesinos: los primeros en los ejércitos de los príncipes, a los que sucumbieron los campesinos; los segundos en las conspiraciones y bandas campesinas, donde su influencia desmoralizadora se manifiesta a cada paso; los terceros en las luchas de los partidos urbanos. Por lo demás, no hay que olvidar que una gran parte de esta clase, señaladamente la que vivía en las ciudades, poseía entonces aún un considerable núcleo de sana naturaleza campesina y no había desarrollado ni con mucho la venalidad y degeneración del lumpenproletariado actual, civilizado.

Como se ve, la oposición plebeya de las ciudades de entonces se componía de elementos muy heterogéneos. Reunía los componentes degenerados de la vieja sociedad feudal y gremial con el aún no desarrollado,

Apenas emergente elemento proletario de la sociedad burguesa moderna en ciernes. De un lado, los ciudadanos gremiales empobrecidos, que aún estaban ligados al orden burgués existente por el privilegio; del otro, los campesinos expulsados y los sirvientes licenciados que todavía no podían convertirse en proletarios. Entre ambos, los oficiales, momentáneamente al margen de la sociedad oficial y aproximándose en su situación vital al proletariado tanto como lo permitían la industria de entonces y el privilegio gremial; pero, al mismo tiempo, casi todos ellos futuros maestros burgueses, precisamente en virtud de ese privilegio gremial. La posición partidaria de esta mezcla de elementos era, por tanto, de lo más incierta y variaba según la localidad.
Antes de la guerra de los campesinos, la oposición plebeya no interviene en las luchas políticas como partido, sino sólo como turbulenta, ávida de saqueo, cola de la oposición burguesa que se compra y se vende con unas cuantas barricas de vino. Sólo las insurrecciones campesinas la convierten en partido, y aun entonces se halla en casi todas partes, en sus reivindicaciones y en su modo de proceder, dependiente de los campesinos: una prueba notable de cuán dependiente era aún entonces la ciudad del campo. En la medida en que actúa de manera independiente, reclama el restablecimiento de los monopolios industriales urbanos en el campo, no quiere que las rentas de la ciudad se vean mermadas por la supresión de las cargas feudales en el término municipal, etc.; en una palabra, en esa medida es reaccionaria, se subordina a sus propios elementos pequeñoburgueses, ofreciendo así un preludio característico de la tragicomedia que la pequeña burguesía moderna ha venido representando desde hace tres años bajo la enseña de la democracia.

Sólo en Turingia, bajo la influencia directa de Münzer, y en algunos otros lugares bajo la de sus discípulos, la fracción plebeya de las ciudades fue arrastrada por la tormenta general hasta el punto de que el embrionario elemento proletario que ella contenía obtuviera momentáneamente la preponderancia sobre todos los demás factores del movimiento. Este episodio, que constituye el punto culminante de toda la guerra de los campesinos y se agrupa en torno a su figura más grandiosa, Thomas Münzer, es a la vez el más breve. Se comprende que sea el que más rápidamente se derrumbe, que lleve un sello predominantemente fantástico y que la expresión de sus reivindicaciones haya de permanecer sumamente imprecisa; era justamente el que menos suelo firme encontraba en las circunstancias de aquel tiempo.

Bajo todas estas clases, con excepción de la última, se hallaba la gran masa explotada de la nación: los campesinos. Sobre el campesino pesaba toda la estructura jerárquica de la sociedad: príncipes, funcionarios, nobleza, clérigos, patricios y burgueses. Fuera súbdito de un príncipe, de un barón imperial, de un obispo, de un monasterio o de una ciudad, era tratado en todas partes como una cosa, como una bestia de carga, y aún peor. Si era siervo de la gleba, estaba a merced de su señor, sin gracia alguna. Si era colono, ya las prestaciones legales y contractuales bastaban para aplastarlo; pero esas prestaciones aumentaban a diario. La mayor parte de su tiempo debía trabajar en las tierras del señor; y de lo que conseguía en sus pocas horas libres, tenía que pagar diezmos, censos, rentas, bedas, dinero de viaje (impuesto de guerra), impuesto territorial e impuesto imperial. No podía casarse ni morir sin pagar al señor. Además de las prestaciones regulares en trabajo, tenía que recoger hojarasca, fresas silvestres, arándanos, caracolas, batir el monte para la caza, cortar leña, etc.; la pesca y la caza pertenecían al señor; el campesino tenía que contemplar tranquilamente cómo la caza destrozaba su cosecha. Los pastos comunales y los bosques de los campesinos habían sido arrebatados por la fuerza por los señores en casi todas partes. Y lo mismo que disponía arbitrariamente de la propiedad, el señor disponía de la persona del campesino, de su mujer y de sus hijas. Tenía el derecho de la primera noche. Lo arrojaba a la torre, cuando le placía, donde le aguardaba entonces la tortura con la misma seguridad que hoy el juez de instrucción. Lo mataba a golpes o lo hacía decapitar, si le venía en gana. De aquellos edificantes capítulos de la Carolina que tratan «de cortar orejas», «de cortar narices», «de sacar los ojos», «de cercenar los dedos y las manos», «de decapitar», «de enrodar», «de quemar», «de atenazar con tenazas candentes», «de despedazar en trozos», etc., no hay uno solo que el bondadoso señor feudal o protector no aplicara a su antojo contra sus campesinos. ¿Quién había de protegerlo? En los tribunales se sentaban barones, clérigos, patricios o juristas que bien sabían para qué se les pagaba. Todas las capas oficiales del Imperio vivían de chupar la sangre de los campesinos.

Los campesinos, rechinando los dientes bajo la presión terrible, eran sin embargo difíciles de levantar. Su dispersión dificultaba en sumo grado todo acuerdo común. La larga costumbre de la sumisión, transmitida de generación en generación, la deshabituación del uso de las armas en muchas regiones, la dureza de la explotación, que según la personalidad de los señores aumentaba o disminuía, contribuían a mantener tranquilos a los campesinos. Por eso encontramos en la Edad Media numerosas insurrecciones locales de campesinos, pero —al menos en Alemania— antes de la guerra de los campesinos, ni una sola insurrección campesina general y nacional. Además, los campesinos no estaban en condiciones de hacer una revolución por sí solos mientras se les opusiera, unida y compacta, la fuerza organizada de los príncipes, de la nobleza y de las ciudades. Sólo mediante una alianza con otras capas podían lograr una probabilidad de triunfo; pero ¿cómo habían de unirse a otras capas, si todas las explotaban por igual?

Vemos, pues, que las diversas capas del Imperio —príncipes, nobleza, prelados, patricios, burgueses, plebeyos y campesinos— formaban a comienzos del siglo XVI una masa sumamente confusa, con las necesidades más abigarradas y contradictorias en todos los sentidos. Cada capa estorbaba a la otra, se hallaba en lucha continua, tan pronto abierta como encubierta, con todas las demás. Aquella escisión de toda la nación en dos grandes campos, tal como existió al estallar la primera revolución en Francia, tal como existe hoy, en un grado de desarrollo superior, en los países más adelantados, era absolutamente imposible en aquellas circunstancias;

sólo aproximadamente hubiera podido producirse si la capa más baja, explotada por todas las demás, se hubiera levantado: los campesinos y los plebeyos. La confusión de intereses, concepciones y aspiraciones de aquella época se comprenderá fácilmente si se recuerda la confusión que en los dos últimos años ha producido la actual composición, mucho menos compleja, de la nación alemana, formada por nobleza feudal, burguesía, pequeña burguesía, campesinos y proletariado.

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La agrupación de aquellas capas entonces tan múltiples en conjuntos mayores se hacía casi imposible ya por la descentralización y la autonomía local y provincial, por el distanciamiento industrial y comercial de las provincias entre sí, por las malas comunicaciones. Esta agrupación no llegó a formarse sino al difundirse las ideas revolucionarias político-religiosas de la Reforma. Las diversas capas que se adhieren a esas ideas o se oponen a ellas concentran a la nación, si bien de manera muy trabajosa y aproximada, en tres grandes campos: el campo católico o reaccionario, el campo luterano burgués-reformista y el revolucionario. Aunque descubramos en esta gran escisión de la nación poca consecuencia, aunque en los dos primeros campos encontremos en parte los mismos elementos, esto se explica por el estado de disolución en que se hallaban la mayoría de las capas oficiales heredadas de la Edad Media y por la descentralización, que momentáneamente asignaba a las mismas capas orientaciones opuestas en distintos lugares. En los últimos años hemos tenido ocasión tan frecuente de ver hechos enteramente análogos en Alemania, que una tal mezcla aparente de capas y clases bajo las condiciones mucho más complicadas del siglo XVI no puede extrañarnos.

La ideología alemana, a pesar de las más recientes experiencias, sigue viendo en las luchas a que sucumbió la Edad Media tan sólo vanas disputas teológicas. Si los hombres de aquella época hubieran podido ponerse de acuerdo acerca de las cosas celestiales —según la opinión de nuestros historiadores y estadistas patrios—, no habría habido motivo alguno para disputar sobre las cosas de este mundo. Estos ideólogos son lo bastante crédulos para tomar en moneda contante y sonante todas las ilusiones que una época se forja sobre sí misma o que los ideólogos de un tiempo se forjan sobre ese tiempo. Esa misma clase de hombres, por ejemplo, no ve en la revolución de 1789 más que un debate un tanto acalorado sobre las ventajas de la monarquía constitucional frente a la absoluta; en la revolución de Julio, una controversia práctica sobre la insostenibilidad del derecho «por la gracia de Dios»; en la revolución de Febrero, un intento de resolver la cuestión: «¿república o monarquía?», etc. De las luchas de clases que en estas conmociones se libran, y cuyo mero exponente es la frase política que cada vez se inscribe en la bandera, de estas luchas de clases apenas tienen hoy siquiera una idea nuestros ideólogos, aunque las noticias de ellas no sólo nos llegan del extranjero, sino que resuenan bastante perceptibles en los murmullos y el rencor de muchos miles de proletarios del país.

También en las llamadas guerras de religión del siglo XVI se trató ante todo de intereses materiales de clase muy positivos, y estas guerras fueron luchas de clases, tan buenas como las colisiones internas posteriores en Inglaterra y Francia. Si esas luchas de clases llevaban entonces consignas religiosas, si los intereses, las necesidades y las reivindicaciones de las distintas clases se ocultaban bajo un manto religioso, ello no altera la cosa en nada y se explica fácilmente por las condiciones de la época.

La Edad Media había surgido enteramente de lo primitivo. Había hecho tabla rasa de la antigua civilización, de la antigua filosofía, política y jurisprudencia, y había comenzado todo de nuevo desde el principio. Lo único que había tomado del antiguo mundo fenecido era el cristianismo y un puñado de ciudades medio destruidas, despojadas de toda su civilización. La consecuencia fue que, como en todas las fases de desarrollo primitivo, los clérigos obtuvieron el monopolio de la formación intelectual, y con ello la formación misma adquirió un carácter esencialmente teológico. En manos de los clérigos, la política y la jurisprudencia, como todas las demás ciencias, quedaron convertidas en simples ramas de la teología y fueron tratadas según los mismos principios que tenían vigencia en ésta. Los dogmas de la Iglesia eran a la vez axiomas políticos, y pasajes de la Biblia tenían fuerza de ley en todo tribunal. Incluso cuando se formó un estamento propio de juristas, la jurisprudencia permaneció aún largo tiempo bajo la tutela de la teología. Y esta supremacía de la teología sobre todo el ámbito de la actividad intelectual era, al mismo tiempo, la consecuencia necesaria de la posición de la Iglesia como la más general compilación y sanción de la dominación feudal existente.

Es evidente que, en consonancia con esto, todos los ataques formulados con carácter general contra el feudalismo —sobre todo los ataques contra la Iglesia—, todas las doctrinas revolucionarias sociales y políticas, tenían que ser al mismo tiempo, y predominantemente, herejías teológicas. Para poder tocar las relaciones sociales existentes, era preciso despojarlas de su nimbo sagrado.

La oposición revolucionaria contra la feudalidad recorre toda la Edad Media. Aparece, según las condiciones de la época, como mística, como herejía abierta, como insurrección armada. En lo que concierne a la mística, bien se sabe cuán dependientes fueron de ella los reformadores del siglo XVI; también Münzer tomó mucho de ella. Las herejías eran la expresión, en parte, de la reacción de los pastores patriarcales de los Alpes contra la feudalidad que avanzaba hacia ellos (los valdenses); en parte, de la oposición de las ciudades, que habían desbordado el feudalismo, contra este (los albigenses, Arnaldo de Brescia, etc.); en parte, de insurrecciones campesinas directas (John Ball, el Maestro de Hungría en la Picardía, etc.). La herejía patriarcal de los valdenses puede dejarse aquí de lado, al igual que la insurrección de los suizos, como un intento de aislamiento contra el movimiento histórico, reaccionario en la forma y en el contenido, de mera importancia local. En las otras dos formas de la herejía medieval encontramos ya, en el siglo XII, los precursores de la gran antítesis entre la oposición burguesa y la campesino-plebeya, en la cual la guerra de los campesinos acabó por naufragar. Esta antítesis recorre toda la Edad Media ulterior.

La herejía de las ciudades —y esta es la herejía propiamente oficial de la Edad Media— se dirigía principalmente contra los clérigos, cuyas riquezas y posición política atacaba. Del mismo modo que la burguesía exige hoy un gouvernement à bon marché, un gobierno barato, los ciudadanos medievales exigían ante todo una église à bon marché, una iglesia barata. Reaccionaria en la forma, como toda herejía que solo puede ver en la evolución ulterior de la Iglesia y de los dogmas una degeneración, la herejía burguesa reclamaba la restauración de la sencilla constitución eclesiástica del primitivo cristianismo y la abolición del estamento exclusivo de los sacerdotes. Esta institución barata eliminaba a los monjes, los prelados, la corte romana, en suma, todo aquello que resultaba costoso en la Iglesia. Las ciudades, ellas mismas repúblicas, aunque protegidas por monarcas, expresaban con sus ataques contra el papado, por primera vez en una forma más general, que la forma normal del dominio de la burguesía es la república. Su hostilidad frente a una serie de dogmas y leyes eclesiásticas se explica, en parte, por lo ya dicho y, en parte, por sus restantes condiciones de vida. Nadie informa mejor que Boccaccio sobre por qué se enfrentaban, por ejemplo, con tanta vehemencia al celibato. Arnaldo de Brescia en Italia y en Alemania, los albigenses en el sur de Francia, John Wycliffe en Inglaterra, Hus y los calixtinos en Bohemia fueron los principales representantes de esta tendencia. El hecho de que la oposición contra el feudalismo aparezca aquí solo como oposición contra la feudalidad eclesiástica se explica muy sencillamente porque las ciudades eran ya en todas partes un estamento reconocido y podían combatir suficientemente a la feudalidad laica, con sus privilegios, mediante las armas o en las asambleas estamentales.

También aquí vemos ya, tanto en el sur de Francia como en Inglaterra y Bohemia, que la mayor parte de la baja nobleza se une a las ciudades en la lucha contra los clérigos, dentro de la herejía —un fenómeno que se explica por la dependencia de la baja nobleza respecto de las ciudades y por la comunidad de intereses de ambas frente a los príncipes y los prelados, y que volveremos a encontrar en la guerra de los campesinos—.

Un carácter completamente distinto tenía la herejía que era la expresión directa de las necesidades campesinas y plebeyas y que casi siempre se vinculaba a un levantamiento. Compartía ciertamente todas las exigencias

de la herejía burguesa en lo tocante a los clérigos, al papado y a la restauración de la constitución eclesiástica del primitivo cristianismo, pero iba a la vez infinitamente más lejos. Exigía la restauración de la primitiva relación de igualdad entre los miembros de la comunidad y su reconocimiento como norma también para el mundo civil. De la «igualdad de los hijos de Dios» infería la igualdad civil y, en parte, incluso ya la igualdad de bienes. La equiparación de la nobleza con los campesinos, de los patricios y ciudadanos privilegiados con los plebeyos, la abolición de las prestaciones personales, censos, impuestos, privilegios y, al menos, de las más escandalosas diferencias de fortuna, eran reivindicaciones formuladas con mayor o menor determinación y sostenidas como consecuencias necesarias de la doctrina del primitivo cristianismo. Esta herejía campesino-plebeya, apenas separable de la burguesa en la época de apogeo del feudalismo —por ejemplo, entre los albigenses—, se desarrolla como una concepción de partido netamente diferenciada en los siglos XIV y XV, cuando aparece por lo común de manera completamente autónoma junto a la herejía burguesa. Así John Ball, el predicador del levantamiento de Wat Tyler en Inglaterra, junto al movimiento wycliffista; así los taboritas junto a los calixtinos en Bohemia. Entre los taboritas se destaca incluso ya la tendencia republicana bajo un revestimiento teocrático, tendencia que fue ulteriormente desarrollada a fines del siglo XV e inicios del XVI por los representantes de los plebeyos en Alemania.

A esta forma de la herejía se enlazan las exaltaciones de sectas proclives al misticismo, los flagelantes, lolardos, etc., que en tiempos de opresión continúan portando la tradición revolucionaria.

Los plebeyos eran entonces la única clase que se hallaba por completo fuera de la sociedad oficialmente existente. Estaba fuera del vínculo feudal y fuera del vínculo burgués. No poseía ni privilegios ni propiedad; no tenía siquiera, como los campesinos y los pequeños burgueses, una posesión gravada con cargas que la oprimían. Era en todos los aspectos carente de posesión y de derechos; sus condiciones de vida no entraban directamente

ni siquiera en contacto con las instituciones existentes, que los ignoraban por completo. Era el síntoma viviente de la disolución de la sociedad feudal y gremio-burguesa, y al mismo tiempo el primer precursor de la moderna sociedad burguesa.

De esta posición se explica por qué la fracción plebeya no podía ya entonces limitarse al mero combate contra el feudalismo y la privilegiada pequeña burguesía ciudadana; por qué, al menos en la fantasía, tuvo que ir más allá de la moderna sociedad burguesa que apenas despuntaba; por qué, siendo la fracción completamente desposeída, tuvo que poner ya en cuestión las instituciones, concepciones y representaciones comunes a todas las formas de sociedad basadas en antítesis de clase. Las exaltaciones chiliásticas del primer cristianismo ofrecían para ello un cómodo punto de enlace. Pero, al mismo tiempo, este ir más allá no solo del presente, sino incluso del futuro, solo podía ser algo violento, fantástico, y debía recaer, al primer intento de aplicación práctica, en los estrechos límites que las condiciones de entonces eran las únicas en consentir. El ataque a la propiedad privada, la exigencia de la comunidad de bienes, tenía que disolverse en una tosca organización de la beneficencia; la vaga igualdad cristiana podía desembocar, a lo sumo, en la «igualdad ante la ley» burguesa; la supresión de toda autoridad se transforma finalmente en la instauración de gobiernos republicanos elegidos por el pueblo. La anticipación del comunismo por la fantasía se convertía en la realidad en una anticipación de las modernas relaciones burguesas.

Esta anticipación violenta, pero, con todo, muy explicable a partir de la situación vital de la fracción plebeya, de la historia ulterior la encontramos por vez primera en Alemania, en Tomás Münzer y su partido. Entre los taboritas había existido ciertamente una especie de comunidad de bienes chiliástica, mas solo como medida puramente militar. Solo en Münzer esos ecos comunistas son expresión de las aspiraciones de una fracción real de la sociedad; solo en él están formulados con cierta determinación, y desde él los volvemos a encontrar en toda gran conmoción popular, hasta que confluyen paulatinamente con el movimiento proletario moderno; exactamente como en la Edad Media las luchas de los campesinos libres contra la dominación feudal, que los envolvía cada vez más, confluyen con las luchas de los siervos y los adscritos por la ruptura completa de la dominación feudal.

Mientras en el primero de los tres grandes campos, en el católico-conservador, se congregaban todos los elementos interesados en la conservación de lo existente —es decir, el poder imperial, los príncipes eclesiásticos y una parte de los príncipes laicos, la nobleza más rica, los prelados y el patriciado urbano—, en torno al estandarte de la reforma burguesa moderada, luterana, se agrupan los elementos poseedores de la oposición: la masa de la baja nobleza, la burguesía e incluso una parte de los príncipes laicos que esperaban enriquecerse mediante la confiscación de los bienes eclesiásticos y querían aprovechar la ocasión para conquistar una mayor independencia frente al Imperio. Los campesinos y los plebeyos, en fin, se unieron en el partido revolucionario, cuyas exigencias y doctrinas fueron expuestas de la manera más tajante por Münzer.

Lutero y Münzer representan cabalmente, por su doctrina como por su carácter y su actuación, cada uno a su partido.

Lutero atravesó, entre los años 1517 y 1525, exactamente las mismas transformaciones que atravesaron los modernos constitucionales alemanes de 1847 a 1849, y que atraviesa todo partido burgués que, colocado un instante a la cabeza del movimiento, es desbordado en ese movimiento mismo por el partido plebeyo o proletario que se halla tras él.

Cuando Lutero se alzó en 1517 por primera vez contra los dogmas y la constitución de la Iglesia católica, su oposición no tenía aún, de ningún modo, un carácter definido. Sin ir más allá de las exigencias de la antigua herejía burguesa, no excluía ninguna tendencia de alcance más amplio, ni podía hacerlo. En el primer momento era preciso unir todos los elementos oposicionales, emplear la más decidida energía revolucionaria, representar a la masa total de la herejía anterior frente a la ortodoxia católica. Exactamente así, nuestros liberales burgueses eran todavía revolucionarios en 1847, se llamaban socialistas y

comunistas y se entusiasmaban por la emancipación de la clase obrera. La vigorosa naturaleza campesina de Lutero se desahogó en esta primera etapa de su actuación con el ímpetu más desenfrenado. «Si su rabiosa furia —la de los clérigos romanos— siguiere adelante, me parece que apenas habría mejor consejo y remedio para frenarla que hacerlo reyes y

príncipes por la fuerza, que se apercibieran y arremetieran contra esa gente dañina que envenena al mundo entero, y pusieran fin de una vez al juego, con las armas en lugar de las palabras. Si a los ladrones los castigamos con la espada, a los asesinos con la horca, a los herejes con el fuego, ¿por qué no habremos de atacar más bien a estos dañinos maestros de la perdición, a papas, cardenales, obispos y toda esa

caterva de la Sodoma romana, con toda clase de armas, y lavarnos las manos en su sangre?»

Pero este primer ardor revolucionario duró poco. El rayo lanzado por Lutero prendió. Todo el pueblo alemán se puso en movimiento. Por un lado, campesinos y plebeyos veían en sus llamamientos contra los clérigos, en su prédica de la libertad cristiana, la señal para alzarse; por otro lado se unieron los más moderados

Burgueses y una gran parte de la baja nobleza se le unieron, incluso príncipes fueron arrastrados por la corriente. Los unos creían llegado el día en que podrían ajustar cuentas con todos sus opresores; los otros sólo querían quebrantar el poder de los clérigos, la dependencia de Roma, la jerarquía católica, y enriquecerse con la confiscación de los bienes eclesiásticos. Los partidos se separaron y encontraron sus representantes. Lutero tuvo que elegir entre ellos. Él, el protegido del elector de Sajonia, el reputado profesor de Wittenberg, el gran hombre que de la noche a la mañana se había vuelto poderoso y famoso, rodeado de un círculo de criaturas dependientes y aduladores, no vaciló un instante. Dejó caer los elementos populares del movimiento y se adhirió al séquito burgués, nobiliario y principesco. Las proclamas de combate de exterminio contra Roma enmudecieron; Lutero predicaba ahora el desarrollo pacífico y la resistencia pasiva (véase, por ejemplo, A la nobleza de la nación alemana, 1520, etc.). A la invitación de Hutten de acudir con él y con Sickingen a la Ebernburg, centro de la conspiración nobiliaria contra los clérigos y los príncipes, respondió Lutero: «No quisiera que se defendiera el Evangelio con violencia y derramamiento de sangre. Por la palabra ha sido vencido el mundo; por la palabra se ha conservado la Iglesia; por la palabra volverá también a ser restaurada, y el Anticristo, como ha obtenido lo suyo sin violencia, caerá sin violencia.»

A partir de este giro, o más bien de esta fijación más precisa de la orientación de Lutero, comenzó aquel regateo y chalaneo acerca de las instituciones y dogmas que debían conservarse o reformarse, aquel repugnante diplomatear, conceder, intrigar y pactar, cuyo resultado fue la Confesión de Augsburgo, la constitución finalmente regateada de la Iglesia burguesa reformada. Es exactamente el mismo chalaneo que en los últimos tiempos se ha repetido hasta el hastío, en forma política, en las Asambleas Nacionales alemanas, en las Asambleas de conciliación, en las Cámaras de revisión y en los Parlamentos de Erfurt. El carácter pequeñoburgués de la Reforma oficial se puso de manifiesto del modo más abierto en estas negociaciones.

El que Lutero, como representante declarado ya de la reforma burguesa, predicara el progreso legal, tenía sus buenas razones. La masa de las ciudades se había adherido a la reforma moderada; la baja nobleza se le unía cada vez más, una parte de los príncipes se pasaba a ella, otra vacilaba. Su éxito estaba casi asegurado, al menos en una gran parte de Alemania. Continuando el desarrollo pacífico, las demás regiones no hubieran podido resistir a la larga el embate de la oposición moderada. Pero cualquier sacudida violenta tenía que poner en conflicto al partido moderado con el partido extremo, plebeyo y campesino, tenía que enajenarle a la causa a los príncipes, a la nobleza y a muchas ciudades, y no dejaba más perspectiva que la de que el partido burgués fuera desbordado por los campesinos y los plebeyos, o la de que todos los partidos del movimiento fueran aplastados por la restauración católica. Y de cómo los partidos burgueses, tan pronto como han obtenido las más mínimas victorias, tratan de navegar entre la Escila de la revolución y la Caribdis de la restauración por medio del progreso legal, de eso hemos tenido bastantes ejemplos en los últimos tiempos.

Al igual que, bajo las condiciones sociales y políticas generales de aquella época, los resultados de cualquier cambio redundaban necesariamente en beneficio de los príncipes y aumentaban su poder, así la reforma burguesa, cuanto más tajantemente se separaba de los elementos plebeyos y campesinos, tanto más tenía que caer bajo el control de los príncipes reformados. El propio Lutero se convirtió cada vez más en su siervo, y el pueblo sabía muy bien lo que hacía cuando decía que se había convertido en servidor de los príncipes como los demás, y cuando lo perseguía con pedradas en Orlamünde.

Cuando estalló la guerra de los campesinos, y precisamente en regiones donde príncipes y nobleza eran en su mayor parte católicos, Lutero trató de adoptar una posición mediadora. Atacó resueltamente a los gobiernos. Ellos eran los culpables del levantamiento por sus opresiones; no eran los campesinos quienes se alzaban contra ellos, sino Dios mismo. Por otra parte, el levantamiento era, por supuesto, impío y contrario al Evangelio. Finalmente, aconsejó a ambas partes que cedieran y se reconciliaran amistosamente.

Pero el levantamiento, a pesar de estas bienintencionadas propuestas de mediación, se extendió rápidamente, abarcó incluso regiones protestantes dominadas por príncipes, señores y ciudades luteranos, y muy pronto desbordó a la reforma burguesa y ponderada. En las inmediaciones de Lutero, en Turingia, la fracción más resuelta de los insurrectos, al mando de Münzer, estableció su cuartel general. Unos cuantos triunfos más, y toda Alemania habría estado en llamas; Lutero se habría visto cercado, tal vez pasado por las picas como un traidor, y la reforma burguesa barrida por la tempestad de la revolución campesino-plebeya. Entonces ya no valían las contemplaciones. Ante la revolución, todas las viejas enemistades quedaron olvidadas; en comparación con las hordas de campesinos, los servidores de la Sodoma romana eran corderos inocentes, mansos hijos de Dios, y burgueses y príncipes, nobleza y clérigos, Lutero y el Papa se unieron «contra las hordas asesinas y bandoleras de los campesinos». «¡Hay que aplastarlos, degollarlos y acuchillarlos, en secreto y en público, quien pueda, como se mata a un perro rabioso!», gritaba Lutero. «Por tanto, queridos señores, aquí soltad, allí salvad, acuchillad, golpead, degolladlos quien pueda, y si morís en ello, bienaventurados vosotros; muerte más dichosa no podréis encontrar jamás.» No se debía tener ninguna falsa misericordia con los campesinos. Quienes se compadecen de aquellos de los que Dios no se compadece, sino a los que quiere castigados y corrompidos, se ponen ellos mismos entre los sediciosos. Más tarde los campesinos aprenderán a dar gracias a Dios cuando tengan que entregar una vaca para poder disfrutar en paz de la otra; y los príncipes reconocerán por la sublevación de qué espíritu es el populacho, al que sólo con violencia se puede gobernar. «Dice el sabio: cibus, onus et virga asino; al campesino le corresponde paja de avena; no escuchan la palabra y están fuera de sí, así que deben oír la vara, el arcabuz, y se les hace justicia. Debemos rezar por ellos para que obedezcan; si no, no hay aquí mucha compasión. Dejad que silben los arcabuces entre ellos; si no, lo harán mil veces peor.»

Exactamente así hablaban nuestros antaño socialistas y filantrópicos burgueses, cuando el proletariado, después de las jornadas de marzo, vino a reclamar su parte de los frutos de la victoria.

Lutero había puesto en manos del movimiento plebeyo un arma poderosa con la traducción de la Biblia. En la Biblia, había opuesto al cristianismo feudalizado de la época el modesto cristianismo de los primeros siglos; a la sociedad feudal en descomposición, la imagen de una sociedad que nada sabía de la amplia y artificiosa jerarquía feudal. Los campesinos habían utilizado esta arma contra príncipes, nobleza y clérigos en todos los sentidos. Ahora Lutero la volvía contra ellos, y con la Biblia compuso un verdadero ditirambo sobre la autoridad instituida por Dios, como ningún lacayo de la monarquía absoluta lo ha logrado jamás. El principado por la gracia de Dios, la obediencia pasiva, e incluso la servidumbre, fueron sancionados con la Biblia. Con ello no sólo se renegaba del levantamiento campesino, sino de toda la insurrección del propio Lutero contra la autoridad espiritual y temporal; no sólo el movimiento popular, sino también el burgués, era traicionado y entregado a los príncipes.

¿Necesitamos nombrar a los burgueses que también nos han dado recientemente ejemplos de esta renegación de su propio pasado?

Enfrentemos ahora al reformador burgués Lutero con el revolucionario plebeyo Münzer.

Tomás Münzer nació en Stolberg, en el Harz, hacia 1498. Se dice que su padre, víctima de la arbitrariedad de los condes de Stolberg, murió en la horca. Ya a los quince años, en la escuela de Halle, Münzer fundó una liga secreta contra el arzobispo de Magdeburgo y contra la Iglesia romana en general. Su erudición en la teología de la época le valió pronto el grado de doctor y un puesto de capellán en un convento de monjas de Halle. Allí trató ya los dogmas y el rito de la Iglesia con el mayor desprecio; en la misa omitía por completo las palabras de la consagración, y, según cuenta Lutero, consumía las sagradas formas sin consagrar. Su principal estudio fueron los místicos medievales, especialmente los escritos quiliásticos de Joaquín de Calabria. El reino milenario, el juicio punitivo sobre la Iglesia degenerada y el mundo corrompido que éste anunciaba y describía, le parecieron a Münzer próximos a llegar con la Reforma y la agitación general de la época. Predicó en los contornos con gran aplauso. En 1520 se dirigió a Zwickau como primer predicador evangélico. Allí encontró una de esas sectas entusiastas y quiliásticas que en muchas regiones subsistían en silencio, tras cuya momentánea humildad y retraimiento se ocultaba la oposición siempre creciente de las capas más bajas de la sociedad contra el estado de cosas existente, y que con la creciente agitación iban saliendo a la luz del día cada vez más abierta y persistentemente. Era la secta de los anabaptistas, a cuyo frente estaba Niklas Storch. Predicaban la inminencia del juicio final y del reino milenario; tenían visiones, éxtasis y espíritu de profecía. Pronto entraron en conflicto con el concejo de Zwickau; Münzer los defendió, aunque nunca se adhirió a ellos incondicionalmente, sino que más bien los puso bajo su influjo. El concejo procedió enérgicamente contra ellos; tuvieron que abandonar la ciudad, y Münzer con ellos. Era a fines de 1521.

Se fue a Praga y, tratando de enlazar con los restos del movimiento husita, buscó ganar terreno allí; pero sus proclamas no tuvieron más resultado que obligarle a huir también de Bohemia. En 1522 fue predicador en Allstedt, en Turingia. Allí empezó por reformar el culto. Antes de que Lutero se atreviera a ir tan lejos, abolió por completo la lengua latina e hizo leer la Biblia entera, no sólo los evangelios y epístolas dominicales prescritos. Al mismo tiempo organizó la propaganda en los alrededores. El pueblo acudía a él de todas partes, y muy pronto Allstedt fue el centro del movimiento popular anticlerical de toda Turingia.

Münzer era todavía ante todo teólogo; todavía dirigía sus ataques casi exclusivamente contra los clérigos. Pero no predicaba, como ya entonces hacía Lutero, el debate tranquilo y el progreso pacífico; continuaba las anteriores prédicas violentas de Lutero y exhortaba a los príncipes sajones y al pueblo a intervenir con las armas contra los clérigos romanos. «Cristo dice: No he venido a traer paz, sino espada. ¿Qué debéis hacer vosotros (los príncipes sajones) con ella? Nada más que eliminar y apartar a los malvados que impiden el Evangelio, si queréis ser siervos de Dios. Cristo ha ordenado con gran severidad (Lucas 19, 27): Tomad a mis enemigos y degolladlos ante mí... No nos vengáis con esas vanas pamplinas de que la fuerza de Dios ha de hacerlo sin que vosotros empuñéis la espada, no sea que se os oxide en la vaina. A los que se oponen a la revelación de Dios se les debe eliminar sin gracia alguna, como Ezequías, Ciro, Josías, Daniel y Elías destruyeron a los sacerdotes de Baal; de lo contrario, la cristiana...»

...la Iglesia no podría retornar a su origen. Hay que arrancar la cizaña de la viña de Dios en el tiempo de la siega. Dios ha dicho en 5. Moisés 7: No os apiadaréis de los idólatras, romped sus altares, destrozad sus imágenes y quemadlas, para que yo no me encienda en ira contra vosotros."

Pero estas exhortaciones a los príncipes quedaron sin resultado, mientras que al mismo tiempo la excitación revolucionaria entre el pueblo crecía de día en día. Münzer, cuyas ideas se configuraban cada vez más tajantes, cada vez más audaces, se separó ahora decididamente de la reforma burguesa y desde ese momento actuó también directamente como agitador político.

Su doctrina teológico-filosófica atacaba todos los puntos capitales no solo del catolicismo, sino del cristianismo en general. Enseñaba, bajo formas cristianas, un panteísmo que guarda una sorprendente semejanza con el moderno modo de especulación y que en algunos pasajes roza incluso el ateísmo. Rechazaba la Biblia tanto como revelación exclusiva cuanto como revelación infalible. La verdadera revelación, la revelación viva, decía, es la razón, una revelación que ha existido en todos los tiempos y en todos los pueblos, y que sigue existiendo. Oponer la Biblia a la razón era matar el espíritu con la letra. Pues el Espíritu Santo del que la Biblia habla no es nada que exista fuera de nosotros; el Espíritu Santo es precisamente la razón. La fe no es otra cosa que el devenir vivo de la razón en el hombre, y por eso también los paganos podían tener fe. Mediante esta fe, mediante la razón que se ha tornado viva, el hombre se diviniza y alcanza la bienaventuranza. El cielo no es, por tanto, algo ultramundano; ha de buscarse en esta vida, y la vocación de los creyentes es instaurar este cielo, el reino de Dios, aquí en la tierra. Así como no existe un cielo ultramundano, tampoco existe un infierno ultramundano ni condenación. Tampoco hay más demonio que las malas concupiscencias y apetitos de los hombres. Cristo fue un hombre como nosotros, un profeta y maestro, y su cena era un simple ágape conmemorativo en el que se consumían pan y vino sin ningún aditamento místico ulterior.

Estas enseñanzas las predicaba Münzer en su mayor parte encubiertas bajo los mismos giros cristianos bajo los cuales la filosofía más reciente tuvo que ocultarse durante un tiempo. Pero la idea fundamental archiherética se trasluce por doquier en sus escritos, y se ve que él tomaba el manto bíblico mucho menos en serio que más de un discípulo de Hegel en tiempos recientes. Y, sin embargo, entre Münzer y la filosofía moderna median trescientos años.

Su doctrina política se vinculaba estrechamente con esta concepción religiosa revolucionaria, y sobrepasaba las relaciones sociales y políticas inmediatamente dadas tan ampliamente como su teología sobrepasaba las representaciones vigentes en su tiempo. Así como la filosofía religiosa de Münzer rozaba el ateísmo, su programa político rozaba el comunismo, y más de una moderna secta comunista, aún en la víspera de la revolución de febrero, no disponía de un arsenal teórico más rico que el de los "münzerianos" del siglo XVI. Este programa, menos que un compendio de las reivindicaciones de los plebeyos de entonces, era la anticipación genial de las condiciones de emancipación de los elementos proletarios que apenas empezaban a desarrollarse entre esos plebeyos —este programa exigía la inmediata instauración del reino de Dios, del profetizado reino milenario en la tierra, mediante la reconducción de la Iglesia a su origen y la eliminación de todas las instituciones que estuvieran en contradicción con esta Iglesia supuestamente paleocristiana, pero en realidad muy nueva. Por reino de Dios entendía Münzer, sin embargo, ni más ni menos que un estado de la sociedad en el que ya no existieran diferencias de clase, ni propiedad privada, ni un poder estatal ajeno, autónomo frente a los miembros de la sociedad. Todas las autoridades existentes, en la medida en que no quisieran someterse y adherirse a la revolución, debían ser derrocadas; todos los trabajos y todos los bienes debían ser comunes, y debía instaurarse la más completa igualdad. Había que fundar una liga para imponer esto, no solo en toda Alemania, sino en toda la cristiandad; príncipes y señores debían ser invitados a adherirse; de lo contrario, la liga debía derrocarlos o matarlos con las armas en la mano a la primera ocasión.

Münzer se puso de inmediato a organizar esta liga. Sus prédicas cobraron un carácter aún más violento, más revolucionario; junto a los ataques contra los curas, tronaba con igual pasión contra los príncipes, la nobleza, el patriciado, pintaba con colores encendidos la opresión existente y contraponía a ella su imagen fantástica del reino milenario de la igualdad social-republicana. Al mismo tiempo publicaba un panfleto revolucionario tras otro y enviaba emisarios en todas direcciones, mientras él mismo organizaba la liga en Allstedt y sus alrededores.

El primer fruto de esta propaganda fue la destrucción de la capilla de Santa María en Melierbach, cerca de Allstedt, según el mandato: "Destruiréis sus altares, quebraréis sus columnas y quemaréis sus ídolos con fuego, porque sois un pueblo santo" (Deut. 7, 5). Los príncipes sajones acudieron en persona a Allstedt para sofocar el tumulto e hicieron llamar a Münzer al castillo. Allí pronunció un sermón como no estaban acostumbrados a oír de Lutero, "la carne de vida muelle de Wittenberg", como Münzer lo llamaba. Sostenía que los gobernantes impíos, especialmente los curas y monjes que tratan el Evangelio como herejía, debían ser muertos, y para ello se remitía al Nuevo Testamento. Los impíos no tenían derecho a vivir, salvo por la gracia de los elegidos. Si los príncipes no exterminaban a los impíos, Dios les quitaría la espada, pues toda la comunidad tiene el poder de la espada. El poso primordial de la usura, de la rapiña y del latrocinio son los príncipes y los señores; ellos toman a todas las criaturas como propiedad: los peces en el agua, las aves en el cielo, las plantas en la tierra. Y luego les predican a los pobres el mandamiento: no hurtarás; pero ellos mismos toman donde lo encuentran, esquilman y desuellan al campesino y al artesano; pero cuando a este se le va la mano en lo más mínimo, tiene que ir a la horca, y a todo ello dice amén el doctor Mentira. "Los señores mismos hacen que el hombre pobre se vuelva su enemigo. La causa de la insurrección no la quieren eliminar, ¿cómo podrá ser bueno a la larga? ¡Ah, queridos señores, qué lindo será cuando el Señor arroje las viejas ollas con una barra de hierro! Si digo esto, seré sedicioso. ¡Adelante, pues!" (cfr. Zimmermann, Bauernkrieg, II, pág. 75.)

Münzer hizo imprimir el sermón; su impresor en Allstedt fue obligado como castigo, por el duque Juan de Sajonia, a abandonar el país, y a él mismo se le impuso, para todos sus escritos, la censura del gobierno ducal en Weimar. Pero no hizo caso de esta orden. Acto seguido hizo imprimir en la ciudad imperial de Mühlhausen un escrito sumamente excitante, en el que exhortaba al pueblo a "ensanchar el agujero, para que todo el mundo pueda ver y palpar quiénes son nuestros grandes potentados, a los que Dios ha convertido tan blasfemamente en hombrecillos de oropel", y que concluía con las palabras: "El mundo entero ha de soportar un gran empellón; se armará un juego tal que los impíos serán derribados del trono y los humildes serán enaltecidos." Como lema, "Tomás Münzer con el martillo" escribió en el título: "Mira, he puesto mis palabras en tu boca, te he puesto hoy sobre las gentes y sobre los reinos, para que arranques, destruyas, disperses y devastas, y edifiques y plantes. Un muro de hierro es erigido contra los reyes, príncipes, curas y contra el pueblo. Pueden pelear, la victoria es maravillosa para la ruina de los fuertes tiranos impíos."

La ruptura de Münzer con Lutero y su partido existía ya desde hacía mucho. Lutero mismo había tenido que aceptar no pocas reformas eclesiásticas que Münzer había introducido sin consultarle. Observaba la actividad de Münzer con la irritada desconfianza del reformador moderado hacia el partido más enérgico, que pujaba más allá. Ya en la primavera de 1524 le había escrito Münzer a Melanchthon, ese arquetipo del filisteo, hético ratón de biblioteca, que él y Lutero no comprendían en absoluto el movimiento. Buscaban sofocarlo en la fe bíblica de la letra, toda su doctrina estaba carcomida. "Amados hermanos, dejad vuestra espera y vuestra vacilación, es tiempo, el verano está a la puerta. No queráis mantener amistad con los impíos, ellos impiden que la palabra obre con toda su fuerza. No aduléis a vuestros príncipes, de lo contrario pereceréis vosotros mismos con ellos. Vosotros, tiernos escribas, no os molestéis, no puedo hacerlo de otro modo."

Lutero desafió a Münzer más de una vez a una disputa; pero este, dispuesto a trabar combate en cualquier momento ante el pueblo, no tenía la menor gana de enzarzarse en una querella teológica ante el público parcial de la universidad de Wittenberg. No quería "llevar el testimonio del espíritu exclusivamente a la alta escuela". Si Lutero fuera sincero, debía emplear su influencia para que cesaran las chicanas contra el impresor de Münzer y la orden de censura, a fin de que la lucha pudiera librarse sin trabas en la prensa.

Ahora, tras el mencionado folleto revolucionario de Münzer, Lutero salió públicamente como denunciante contra él. En su impresa "Carta a los príncipes de Sajonia contra el espíritu sedicioso" declaraba a Münzer instrumento de Satanás, y exhortaba a los príncipes a intervenir y expulsar del país a los instigadores de la sedición, ya que no se contentaban con predicar sus malas doctrinas, sino que llamaban al levantamiento y a la resistencia violenta contra la autoridad.

El 1 de agosto tuvo Münzer que responder ante los príncipes en el castillo de Weimar de la acusación de maquinaciones sediciosas. Contra él obraban hechos sumamente comprometedores; se había descubierto la pista de su liga secreta, se había descubierto su mano en las conexiones de los mineros y los campesinos. Se le amenazó con el destierro. Apenas de regreso en Allstedt, supo que el duque Jorge de Sajonia exigía su extradición; habían sido interceptadas cartas de la liga de su puño y letra, en las que exhortaba a los súbditos de Jorge a la resistencia armada contra los enemigos del Evangelio. El concejo lo habría extraditado si no hubiera abandonado la ciudad.

Entre tanto, la creciente agitación entre campesinos y plebeyos había facilitado enormemente la propaganda münzeriana. Para esta propaganda había ganado en los anabaptistas agentes inestimables. Esta secta, sin dogmas positivos definidos, mantenida unida solo por su oposición común contra todas las clases dominantes y por el símbolo común del rebautismo, ascético-estricta en el modo de vida, infatigable, fanática e intrépida en la agitación, se había ido agrupando cada vez más en torno a Münzer. Excluida de toda residencia fija por las persecuciones, vagaba por toda Alemania y proclamaba por doquier la nueva doctrina en la que Münzer les había aclarado sus propias necesidades y deseos. Innumerables fueron torturados, quemados o ajusticiados de otro modo, pero el valor y la perseverancia de estos emisarios eran inquebrantables, y el éxito de su actividad, ante la rápidamente creciente excitación del pueblo, era inmenso. Por eso Münzer halló, en su huida de Turingia, el terreno preparado en todas partes, hacia donde quiera que se dirigiese.

En Núremberg, adonde Münzer se dirigió primeramente, apenas un mes antes había sido sofocado en germen un levantamiento campesino. Münzer agitaba aquí en silencio; pronto surgieron personas que defendían sus tesis teológicas más audaces, sobre la no obligatoriedad de la Biblia y la nulidad de los sacramentos, y declaraban a Cristo un simple hombre y el poder de la autoridad secular por no divino. «¡Ahí se ve a Satanás rondando, al espíritu de Allstedt!», exclamó Lutero. Aquí en Núremberg hizo imprimir Münzer su respuesta a Lutero. Lo acusaba directamente de adular a los príncipes y de apoyar con su tibieza al partido reaccionario. Pero el pueblo se liberaría a pesar de todo, y al doctor Lutero le iría luego como a un zorro atrapado. — El escrito fue confiscado por orden del concejo, y Münzer tuvo que abandonar Núremberg.

Se dirigió entonces por Suabia hacia Alsacia, Suiza y de regreso a la Selva Negra superior, donde desde hacía algunos meses ya había estallado la insurrección, acelerada en gran parte por sus emisarios anabaptistas. Este viaje de propaganda de Münzer contribuyó de manera evidente a la organización del partido popular, a la formulación más clara de sus reivindicaciones y al estallido general definitivo de la insurrección en abril de 1525. La doble actividad de Münzer, por un lado hacia el pueblo, al que hablaba en el lenguaje del profetismo religioso, el único comprensible para él por entonces, y por otro lado hacia los iniciados, ante los cuales podía expresarse abiertamente sobre su tendencia final, se destaca aquí con particular claridad. Si ya antes había reunido en Turingia un círculo de los hombres más decididos, no solo del pueblo, sino también del bajo clero, y se había puesto a la cabeza de la liga secreta, aquí se convierte en el centro de todo el movimiento revolucionario del suroeste de Alemania, organiza la conexión desde Sajonia y Turingia pasando por Franconia y Suabia hasta Alsacia y la frontera suiza, y cuenta entre sus discípulos y entre los jefes de la alianza a los agitadores del sur de Alemania, como Hubmaier en Waldshut, Conrad Grebel de Zúrich, Hans Rebmann en Griessen, Schappeler en Memmingen, Jakob Wehe en Leipheim, el doctor Mantel en Stuttgart, en su mayoría curas revolucionarios. Él mismo residía la mayor parte del tiempo en Griessen, en la frontera de Schaffhausen, y desde allí recorría el Hegau, el Klettgau, etc. Las sangrientas persecuciones que los príncipes y señores, inquietos, emprendieron por doquier contra esta nueva herejía plebeya, no poco contribuyeron a avivar el espíritu de rebelión y a estrechar más firmemente la alianza. Así agitó Münzer durante cerca de cinco meses en la Alta Alemania, y hacia el momento en que se aproximaba el estallido de la conspiración regresó a Turingia, donde quería dirigir personalmente la sublevación y donde volveremos a encontrarlo.

Veremos cómo el carácter y la actuación de los dos jefes de partido reflejan fielmente la actitud de sus propios partidos; cómo la indecisión, el miedo al movimiento que se tornaba serio, la vil adulación de Lutero a los príncipes correspondían por entero a la política vacilante y equívoca de la burguesía, y cómo la energía y decisión revolucionarias de Münzer se reproducían en la fracción más desarrollada de los plebeyos y campesinos. La única diferencia consiste en que, mientras Lutero se contentaba con expresar las concepciones y deseos de la mayoría de su clase y ganar así una popularidad sumamente barata, Münzer, por el contrario, iba mucho más allá de las concepciones y exigencias inmediatas de los plebeyos y campesinos y solo a partir de la élite de los elementos revolucionarios existentes formó un partido que, por lo demás, en la medida en que estaba a la altura de sus ideas y compartía su energía, siempre fue solo una pequeña minoría de la masa insurgente.

III. Aproximadamente cincuenta años después de la represión del movimiento husita se mostraron los primeros síntomas del naciente espíritu revolucionario entre los campesinos alemanes.*)

*) Seguimos en los datos cronológicos las indicaciones de Zimmermann, a las que nos vemos remitidos ante la falta de fuentes suficientes en el extranjero y que para el propósito de este artículo bastan plenamente.

En el obispado de Wurzburgo, tierra ya de antes muy empobrecida por las guerras husitas, «por el mal gobierno, por los múltiples impuestos, tributos, enemistades, hostilidades, guerras, incendios, asesinatos, prisiones y cosas semejantes», y saqueada continuamente sin pudor por obispos, clérigos y nobleza, surgió en 1476 la primera conspiración campesina. Un joven pastor y músico, Hans Böheim de Niklashausen, llamado también el Tamborilero y Pfeiferhänslein, apareció de repente en el valle del Tauber como profeta. Contaba que la Virgen María se le había aparecido; le había ordenado quemar su tambor, no servir más al baile ni a los placeres pecaminosos, sino exhortar al pueblo a la penitencia. Así pues, cada cual debía abandonar sus pecados y la vana concupiscencia de este mundo, despojarse de todo adorno y joya y peregrinar a la Madre de Dios de Niklashausen para obtener el perdón de sus pecados.

Encontramos ya aquí, en el primer precursor del movimiento, ese ascetismo que hallamos en todas las insurrecciones medievales con coloración religiosa y, en la época moderna, al comienzo de todo movimiento proletario. Esta severidad ascética de las costumbres, esta exigencia de renunciar a todos los goces y placeres de la vida, enarbola por un lado, frente a las clases dominantes, el principio de la igualdad espartana y, por otro, es una etapa de transición necesaria sin la cual el estrato más bajo de la sociedad jamás puede ponerse en movimiento. Para desarrollar su energía revolucionaria, para cobrar clara conciencia de su postura hostil frente a todos los demás elementos de la sociedad, para concentrarse como clase, debe empezar por despojarse de todo aquello que aún podría reconciliarla con el orden social existente, debe renunciar a los pocos goces que hacen momentáneamente soportable su existencia oprimida y que ni la más dura presión puede arrebatarle. Este ascetismo plebeyo y proletario se distingue por completo, tanto en su forma salvajemente fanática como en su contenido, del ascetismo burgués, tal como lo predicaban la moral burguesa luterana y los puritanos ingleses (a diferencia de los independientes y de las sectas más avanzadas), y cuyo secreto íntegro es la ahorratividad burguesa. Por lo demás, se comprende que este ascetismo plebeyo-proletario pierde su carácter revolucionario en la misma medida en que, por un lado, el desarrollo de las modernas fuerzas productivas multiplica infinitamente los medios de goce y hace así superflua la igualdad espartana y, por otro, la situación vital del proletariado —y con ello el proletariado mismo— se torna cada vez más revolucionaria. Desaparece luego poco a poco de la masa y, entre los sectarios que se aferran a él, desemboca directamente en la mezquindad burguesa o en una afectada caballerosidad virtuosa, que en la práctica viene a parar asimismo en una administración tacaña, a la manera del pequeño burgués o del artesano gremial. A la masa del proletariado se le predica tanto menos la renuncia cuanto que ya casi no tiene nada a lo que pueda renunciar.

La prédica penitencial de Pfeiferhänslein halló gran acogida; todos los profetas de la insurrección comenzaban con ella, y, en efecto, solo un esfuerzo violento, una brusca ruptura con todo el modo de vida acostumbrado podía poner en movimiento a esta generación campesina dispersa, sembrada a voleo y crecida en la sumisión ciega. Las peregrinaciones a Niklashausen comenzaron y aumentaron rápidamente; y cuanto más masivamente afluía el pueblo, tanto más abiertamente exponía el joven rebelde sus planes. La Madre de Dios de Niklashausen le había anunciado, predicaba, que en adelante no habría ya ni emperador ni príncipe, ni papa ni otra autoridad eclesiástica o secular; que todos debían ser hermanos unos de otros, ganar su pan con el trabajo de sus manos y no tener más el uno que el otro. Todos los censos, cargas, prestaciones personales, aduanas, impuestos y demás tributos y servicios debían ser abolidos para siempre, y el bosque, el agua y los pastos debían ser libres en todas partes. El pueblo acogió con alegría este nuevo evangelio. Rápidamente se difundió a lo lejos la fama del profeta, «el mensaje de Nuestra Señora»; desde el Odenwald, desde el Meno, el Kocher y el Jagst, e incluso desde Baviera, Suabia y el Rin, le afluían muchedumbres de peregrinos. Se contaban los milagros que supuestamente había obrado; se postraban de rodillas ante él y lo adoraban como a un santo; se disputaban los jirones de su cogulla como si fuesen reliquias y amuletos. En vano se alzaron contra él los clérigos, pintando sus visiones como ilusiones del diablo y sus milagros como fraudes infernales. La masa de los creyentes crecía vertiginosamente, la secta revolucionaria comenzaba a formarse, y los sermones dominicales del pastor rebelde congregaban en Niklashausen reuniones de 40.000 y más personas.

Durante varios meses predicó Pfeiferhänslein ante las masas. Pero no tenía la intención de quedarse en la predicación. Mantenía contacto secreto con el párroco de Niklashausen y con dos caballeros, Kunz von Thunfeld y su hijo, que profesaban la nueva doctrina y estaban destinados a ser los jefes militares de la insurrección proyectada. Finalmente, el domingo anterior a San Kilian, cuando su poder pareció bastante grande, dio la señal. «Y ahora —concluyó su sermón—, id a casa y meditad bien lo que la santísima Madre de Dios os ha anunciado; y el próximo sábado dejad que mujeres, niños y ancianos se queden en casa, pero vosotros, los hombres, volved aquí a Niklashausen el día de Santa Margarita, que es el próximo sábado; y traed con vosotros a vuestros hermanos y amigos, tantos como puedan ser. Pero no vengáis con el bordón de peregrino, sino provistos de armas y pertrechos, en una mano el cirio de peregrinación, en la otra espada y lanza o alabarda; y la santa Virgen os anunciará entonces cuál es su voluntad, lo que habéis de hacer.»

Pero antes de que los campesinos llegaran en masa, los jinetes del obispo habían apresado, en horas de la noche, al profeta de la insurrección y lo habían llevado a la fortaleza de Wurzburgo. El día señalado acudieron alrededor de 34.000 campesinos armados, pero esta noticia los descorazonó. La mayor parte se dispersó; los más iniciados se mantuvieron unidos, en número de unos 16.000, y marcharon con ellos ante la fortaleza, bajo la dirección de Kunz von Thunfeld y de Michael, su hijo. El obispo los indujo a retirarse mediante promesas; pero apenas habían comenzado a dispersarse, cuando fueron atacados por los jinetes del obispo y varios de ellos hechos prisioneros. Dos fueron decapitados, y Pfeiferhänslein mismo fue quemado. Kunz von Thunfeld huyó y solo fue readmitido a cambio de ceder todos sus bienes al cabildo. Las peregrinaciones a Niklashausen continuaron todavía algún tiempo, pero finalmente fueron también reprimidas.

Después de este primer intento, Alemania permaneció de nuevo tranquila durante largo tiempo. Solo hacia finales de los años noventa comenzaron nuevos levantamientos y conspiraciones de los campesinos.

Pasamos por alto el levantamiento campesino holandés de 1491 y 92, que
sólo fue sofocado por el duque Alberto de Sajonia en la batalla de Heemskerk,
el simultáneo levantamiento de los campesinos de la abadía de Kempten en
la Alta Suabia, y el levantamiento frisón acaudillado por Syaard Aylva en
torno a 1497, igualmente sofocado por Alberto de Sajonia. Estos
levantamientos se hallan, en parte, demasiado alejados del escenario de la
guerra campesina propiamente dicha, y en parte son luchas de campesinos
hasta entonces libres contra el intento de imponerles el feudalismo. Pasamos
directamente a las dos grandes conspiraciones que prepararon la guerra
campesina: el Bundschuh y el Pobre Conrado.

La misma carestía que había provocado el levantamiento de los campesinos
en los Países Bajos dio lugar, en 1493, en Alsacia, a una liga secreta de
campesinos y plebeyos, en la que participaron también gentes del partido de
oposición meramente burgués y con la que incluso una parte de la baja
nobleza simpatizaba en mayor o menor grado. La sede de la liga era la comarca
de Schlettstadt, Sulz, Dambach, Stotzheim, Scherweiler, etc., etc. Los
conjurados exigían el saqueo y exterminio de los judíos, cuya usura
chupaba ya entonces, como todavía hoy, a los campesinos alsacianos,
la introducción de un año jubilar en el que todas las deudas prescribieran,
la abolición de las aduanas, la sisa y otras cargas, la supresión del tribunal
eclesiástico y del tribunal de Rottweil (tribunal imperial), el derecho de
aprobar los impuestos, la limitación de los curas a una sola prebenda de
50-60 florines, la abolición
de la confesión auricular y tribunales propios, libremente elegidos, para
cada comunidad. El plan de los conjurados era, tan pronto como se sintieran
bastante fuertes, tomar por asalto la fortificada Schlettstadt, embargar
las cajas de los conventos y de la ciudad y, desde allí, insurreccionar
toda Alsacia. La bandera de la liga,
que debía desplegarse en el momento del levantamiento, contenía un zapato
de campesino con largas correas de atar, el llamado Bundschuh, que a partir
de entonces dio símbolo y nombre a las conspiraciones campesinas de los
siguientes veinte años.

Los conjurados solían celebrar sus reuniones por la noche en la
solitaria montaña del Hambre. El ingreso en la liga estaba vinculado a las
ceremonias más misteriosas y a las más duras amenazas de castigo contra
los traidores. Pero, a pesar de todo, el asunto salió a la luz justo cuando
iba a darse el golpe contra Schlettstadt, hacia la Semana Santa de 1493.
Las autoridades intervinieron rápidamente; muchos de los conjurados fueron
detenidos y torturados, y en parte descuartizados o decapitados, en parte
mutilados en manos y dedos y desterrados. Un gran
número huyó a Suiza.

Pero con esta primera dispersión, el Bundschuh no quedó aniquilado en
modo alguno. Por el contrario, subsistió en secreto, y los numerosos
fugitivos dispersos por Suiza y el sur de Alemania se convirtieron en otros
tantos emisarios que, encontrando por doquier la misma opresión y la misma
inclinación al levantamiento, difundieron el Bundschuh por todo el actual
Baden. La tenacidad y perseverancia con que los campesinos de la Alta
Alemania conspiraron durante treinta años a partir de 1493, con que
superaron todos los obstáculos derivados de su dispersa vida rural para
formar una organización más grande y centralizada, y después de innumerables
dispersiones, derrotas y ejecuciones de jefes, volvieron siempre a conspirar
de nuevo, hasta que por fin llegó la ocasión para el levantamiento en masa:
esta obstinación es realmente admirable.

En 1502 se mostraron en el obispado de Speyer, que entonces abarcaba
también la comarca de Bruchsal, señales de un movimiento secreto entre los
campesinos. El Bundschuh se había realmente reorganizado aquí con notable
éxito. Unos
7.000 hombres formaban parte de la organización, cuyo centro se hallaba en
Untergrombach, entre Bruchsal y Weingarten, y cuyas ramificaciones se
extendían a lo largo del Rin hasta el Meno, y hacia arriba hasta más allá del
margraviato de Baden.
Sus artículos contenían: no se pagaría más renta, ni diezmo, impuesto
o aduana a los príncipes, la nobleza y los curas; se aboliría la servidumbre;
los conventos y demás bienes eclesiásticos serían confiscados y repartidos
entre el pueblo, y no se reconocería más señor que el emperador.

Encontramos aquí por primera vez entre los campesinos las dos exigencias
de la secularización de los bienes eclesiásticos en provecho del pueblo, y de
la monarquía alemana unida e indivisible; dos exigencias que a partir de
ahora reaparecerían regularmente en la fracción más desarrollada de los
campesinos y plebeyos, hasta que Thomas Münzer transformó el reparto de
los bienes eclesiásticos en su confiscación en beneficio de la comunidad de
bienes,
y el imperio alemán único en la república alemana una e indivisible.

El Bundschuh renovado tenía, como el antiguo, su secreto lugar de
reunión, su juramento de silencio, sus ceremonias de ingreso y su bandera
del Bundschuh con la inscripción: «¡Nada, sino la justicia de Dios!». El plan
de acción era semejante al de los alsacianos; Bruchsal,
donde la mayoría de los habitantes estaban en la liga, debía ser tomada por
asalto, allí se organizaría un ejército de la liga y sería enviado como centro
ambulante de concentración a los principados vecinos.

El plan fue denunciado por un eclesiástico al que uno de los conjurados
se lo había confesado. Inmediatamente, los gobiernos tomaron contramedidas.
Hasta qué punto estaba ramificada la liga lo muestra el terror
que se apoderó de los distintos estamentos imperiales alsacianos y de la liga
suaba. Se reunieron tropas y se llevaron a cabo detenciones en masa.
El emperador Maximiliano, el «último caballero», promulgó las ordenanzas
punitivas más sanguinarias contra la empresa inaudita de los campesinos.
Aquí y allá se produjeron concentraciones y resistencia armada; pero los
grupos campesinos aislados no resistieron mucho. Algunos
de los conjurados fueron ejecutados, muchos huyeron; sin embargo,
el secreto se guardó tan bien que la mayoría, incluso los jefes, pudieron
permanecer sin ser molestados, ya fuera en sus propias localidades o en
territorios señoriales vecinos.

Después de esta nueva derrota se produjo otra vez una larga y aparente
calma en las luchas de clases. Pero bajo mano se continuó trabajando. En
Suabia se formó, evidentemente en relación con los miembros dispersados
del Bundschuh, ya en los primeros años del siglo dieciséis, el Pobre Conrado;
en la Selva Negra el Bundschuh subsistió en pequeños círculos
aislados, hasta que al cabo de diez años un enérgico jefe campesino logró
anudar de nuevo los hilos sueltos en una gran conspiración.
Ambas conspiraciones salieron a la luz con poco tiempo de diferencia, y caen
dentro de los agitados años 1513-15, en los que
simultáneamente los campesinos suizos, húngaros y eslovenos llevaron a cabo
una serie de importantes insurrecciones.

El restaurador del Bundschuh del Alto Rin fue Joß Fritz, de
Untergrombach, fugitivo de la conspiración de 1502, antiguo
soldado y un carácter en todos los aspectos sobresaliente. Desde su huida había
residido en diversos lugares entre el lago de Constanza y la Selva Negra,
estableciéndose finalmente en Lehen, cerca de Friburgo en Brisgovia,
donde incluso había llegado a ser guarda de campo. Acerca de cómo desde allí
reorganizó la organización, y con qué habilidad supo incorporar a las más
diversas gentes, contienen las actas del proceso los más interesantes detalles.
El talento diplomático y la incansable perseverancia de este conspirador
modelo lograron implicar en la liga a un número extraordinario de
personas de las más diversas clases: caballeros,
curas, burgueses, plebeyos y campesinos; y parece bastante seguro que
incluso organizó varios grados, más o menos netamente separados, de la
conspiración. Todos los elementos útiles fueron empleados con la mayor
circunspección y destreza. Además de los emisarios más iniciados,
que recorrían el país con los más diversos disfraces, se empleaba a
vagabundos y mendigos para las misiones subordinadas.
Con los reyes de los mendigos estaba Joß Fritz en contacto directo y mantenía
sujeta por su medio a toda la numerosa población vagabunda. Estos
reyes de los mendigos juegan un papel importante en su conspiración. Eran
figuras sumamente originales; uno recorría el país con una muchacha,
por cuyos pies supuestamente heridos mendigaba; llevaba más de ocho insignias
en el sombrero, los catorce santos auxiliadores, Santa Otilia, Nuestra Señora
y otras, además de una
larga barba roja y un gran bastón nudoso con daga y pincho;
otro, que pedía por San Vito, ofrecía especias y simiente de lombrices,
llevaba un largo sayo de color hierro, una boina roja y el Niñito
de Trento en ella, una espada al costado y muchos cuchillos junto con un
puñal en el cinto; otros llevaban heridas mantenidas artificialmente abiertas,
amén de semejantes atavíos aventureros. Eran al menos diez; debían,
a cambio de una recompensa de 2.000 florines, provocar incendios al mismo tiempo
en Alsacia, en el margraviato de Baden y en Brisgovia, y presentarse
en Rosen el día de la feria parroquial de Zabern, con no menos de 2.000 hombres
de los suyos, bajo el mando de Georg Schneider, un antiguo
capitán de lansquenetes, para tomar la ciudad. Entre los verdaderos
miembros de la liga se estableció un servicio de correos de estación en estación,
y Joß Fritz y su emisario principal, Stoffel de Friburgo, cabalgaban
sin cesar de un lugar a otro y pasaban revista nocturna a los
nuevos reclutas. Sobre la difusión de la liga en el Alto Rin y
en la Selva Negra dan suficiente testimonio las actas del proceso; contienen
innumerables nombres de miembros, junto con las señas personales,
de los más diversos lugares de aquella comarca. La mayoría son oficiales
artesanos, luego campesinos y posaderos, algunos nobles, curas (así el de Lehen mismo)
y lansquenetes desocupados. Se aprecia ya por esta composición el carácter mucho
más desarrollado que el Bundschuh había adoptado bajo Joß Fritz;
el elemento plebeyo de las ciudades empezaba a hacerse valer
cada vez más. Las ramificaciones de la conspiración se extendían
por toda Alsacia, el actual Baden, hasta Wurtemberg y hacia el
Meno. A veces se celebraban asambleas más numerosas en montes apartados,
en el Kniebis, etc., etc., y se deliberaba sobre los asuntos de la liga.

Las reuniones de los jefes, a las que con frecuencia asistían los miembros
de la localidad así como delegados de los pueblos más lejanos, se celebraban
en la Hartmatte, cerca de Lehen, y aquí se adoptaron también los catorce
artículos de la liga. Ningún señor más que el emperador y (según algunos)
el Papa; abolición del tribunal de Rottweil, limitación del tribunal eclesiástico
a asuntos espirituales; abolición de todos los intereses que se hubieran pagado
hasta que igualaran al capital; cinco por ciento de interés como tasa máxima
permitida; libertad de caza, pesca, pastoreo y leña; limitación de los curas
a una sola prebenda; confiscación de los bienes eclesiásticos y alhajas de los
conventos para la caja de guerra de la liga; abolición de todos los impuestos y aduanas
injustos; paz perpetua en toda la cristiandad; enérgica intervención
contra todos los adversarios de la liga; impuesto para la liga; toma de una
ciudad fortificada —Friburgo—, para que sirviera de centro a la liga; apertura
de negociaciones con el emperador, tan pronto como las tropas de la liga
estuvieran reunidas, y con Suiza, en caso de que el emperador rehusara:
estos son los puntos sobre los cuales se llegó a un acuerdo. Se ve en ellos
cómo, por un lado, las exigencias de los campesinos y plebeyos adoptaban
una forma cada vez más definida y firme, y, por otro lado, en la misma
medida tenían que hacerse concesiones a los moderados y timoratos.

Para el otoño de 1513 debía desencadenarse el golpe. Sólo faltaba la bandera de la Liga, y, para que se la pintase, fue Joß Fritz a Heilbronn. Contenía, junto a diversos emblemas e imágenes, el Bundschuh y la inscripción: Señor, acude en auxilio de tu divina justicia. Pero, mientras él estaba ausente, se hizo un intento precipitado de tomar Freiburg por sorpresa y fue descubierto antes de tiempo; algunas indiscreciones en la propaganda ayudaron al Consejo de Freiburg y al margrave de Baden a hallar la pista correcta, y la traición de dos conjurados completó la serie de revelaciones. Enseguida, el margrave, el Consejo de Freiburg y el gobierno imperial de Ensisheim destacaron a sus esbirros y soldados; una parte de los bundschuhianos fue detenida, torturada y ejecutada; pero también esta vez la mayoría, y en particular Joß Fritz, logró escapar. Los gobiernos suizos persiguieron esta vez a los fugitivos con gran saña, ejecutando incluso a varios; pero, como sus vecinos, no pudieron evitar que la mayor parte de los fugitivos permaneciera constantemente en las cercanías de sus anteriores lugares de residencia y que poco a poco incluso regresase. La que con mayor furia actuó fue la gobernación alsaciana de Ensisheim; por orden suya fueron muchos decapitados, atenaceados y descuartizados. Joß Fritz se mantuvo la mayor parte del tiempo en la orilla suiza del Rin, pero cruzaba con frecuencia a la Selva Negra, sin que jamás lograsen echarle mano.

Por qué los suizos se aliaron esta vez con los gobiernos vecinos contra los bundschuhianos lo demuestra la insurrección campesina que estalló al año siguiente, 1514, en Berna, Soleura y Lucerna, y que trajo como consecuencia una depuración de los gobiernos aristocráticos y del patriciado en general. Los campesinos hicieron valer, además, no pocos privilegios propios. Si estas insurrecciones locales suizas triunfaron, se debió sencillamente a que en Suiza existía aún mucha menos centralización que en Alemania. Con sus señores locales acabaron los campesinos en todas partes también en 1525, pero sucumbieron ante las masas organizadas de los ejércitos de los príncipes, las cuales precisamente no existían en Suiza.

Simultáneamente con el Bundschuh en Baden, y al parecer en conexión directa con él, se había formado en Wurtemberg una segunda conspiración. Según documentos, existía ya desde 1503 y, como el nombre de Bundschuh se había vuelto demasiado peligroso desde la disolución de la de Untergrombach, adoptó el del pobre Konrad. Su sede principal era el Remstal, aguas abajo del monte Hohenstaufen. Su existencia hacía mucho tiempo que, al menos entre el pueblo, no era ningún secreto. La desvergonzada opresión del gobierno del duque Ulrich y una serie de años de hambre, que contribuyeron poderosamente al estallido de los movimientos de 1513 y 1514, habían reforzado las filas de los coaligados; los nuevos impuestos sobre el vino, la carne y el pan, así como un impuesto sobre el capital de un penique anual por cada florín, provocaron el estallido. La ciudad de Schorndorf, donde los cabecillas del complot se reunían en casa del cuchillero Kaspar Pregizer, debía ser tomada primero. En la primavera de 1514 estalló el levantamiento. 3.000, o 5.000 según otros, campesinos se presentaron ante la ciudad, pero las benévolas promesas de los funcionarios ducales los persuadieron a retirarse. El duque Ulrich acudió precipitadamente con ochenta jinetes, tras haber prometido la supresión de los nuevos impuestos, y, a consecuencia de esa promesa, lo encontró todo tranquilo. Prometió convocar una Dieta para que se investigaran todas las quejas. Pero los jefes de la liga sabían muy bien que Ulrich no pretendía otra cosa que mantener al pueblo quieto hasta haber reclutado y concentrado tropas suficientes para romper su palabra y cobrar los impuestos por la fuerza. Por tanto, hicieron salir de la casa de Kaspar Pregizer —«la cancillería del pobre Konrad»— unas circulares convocando a un congreso de la Liga, emisarios que las apoyaron en todas direcciones. El éxito del primer alzamiento en el Remstal había galvanizado por doquier el movimiento entre el pueblo; los escritos y los emisarios hallaron en todas partes un terreno favorable, y así el congreso celebrado el 28 de mayo en Untertürkheim contó con una nutrida representación de todas las partes de Wurtemberg. Se decidió continuar la agitación con rapidez y desencadenar el golpe en el Remstal a la primera ocasión, para extender desde allí el levantamiento. Mientras Bantelhans de Dettingen, un antiguo soldado, y Singerhans de Würtingen, un respetado campesino, incorporaban a la Liga el Alb suevo, el alzamiento ya había estallado por todos lados. Si bien Singerhans fue sorprendido y hecho prisionero, las ciudades de Backnang, Winnenden y Markgröningen cayeron en manos de los campesinos coligados con los plebeyos, y todo el país, desde Weinsberg hasta Blaubeuren y desde allí hasta la frontera de Baden, se hallaba en abierta insurrección; Ulrich tuvo que ceder. Pero, mientras convocaba la Dieta para el 25 de junio, escribía al mismo tiempo a los príncipes y ciudades libres circundantes pidiendo ayuda contra la sublevación, que ponía en peligro a todos los príncipes, autoridades y gente honorable del Imperio y tenía «un extraño aspecto bundschuhiano».

Mientras tanto, la Dieta, es decir, los diputados de las ciudades y muchos delegados de los campesinos, que también reclamaban asiento en la Dieta, se reunieron ya el 18 de junio en Stuttgart. Los prelados aún no estaban presentes, los caballeros ni siquiera habían sido invitados. La oposición urbana de Stuttgart, así como dos poderosas masas de campesinos en las inmediaciones, en Leonberg y en el Remstal, respaldaban las exigencias de los campesinos. Sus delegados fueron admitidos y se decidió destituir y castigar a los tres odiados consejeros del duque, Lamparter, Thumb y Lorcher; asignar al duque un consejo compuesto por cuatro caballeros, cuatro burgueses y cuatro campesinos; concederle una lista civil fija, y confiscar los conventos y fundaciones en beneficio del erario público.

El duque Ulrich opuso a estos acuerdos revolucionarios un golpe de Estado. Marchó a caballo el 21 de junio con sus caballeros y consejeros a Tübingen, a donde lo siguieron los prelados; ordenó a la burguesía que acudiera también allí, lo cual sucedió, y allí continuó la Dieta sin los campesinos. Aquí los burgueses, puestos bajo el terrorismo militar, traicionaron a sus aliados, los campesinos. El 8 de julio se llegó al Tratado de Tübingen, que cargó al país con casi un millón de las deudas ducales, impuso al duque algunas restricciones que nunca cumplió, y despachó a los campesinos con unas pocas frases generales, vacuas, y con una muy concreta ley penal contra las revueltas y las confederaciones. De la representación de los campesinos en la Dieta, naturalmente, ya no se habló. La población rural clamó traición; pero como el duque, desde que los estamentos asumieron sus deudas, volvió a tener crédito, pronto reunió tropas, y también sus vecinos, en especial el elector del Palatinado, enviaron tropas auxiliares. De este modo, a fines de julio el Tratado de Tübingen fue aceptado en todo el país y se prestó el nuevo homenaje. Sólo en el Remstal opuso resistencia el pobre Konrad; el duque, cabalgando él mismo otra vez, casi fue asesinado, y se formó un campamento de campesinos en el Kappelberg. Pero, al prolongarse la cosa, la mayoría de los insurrectos se dispersó por falta de víveres, y el resto se marchó también a casa en virtud de un ambiguo pacto con algunos diputados de la Dieta.

Ulrich, cuyo ejército se había visto reforzado entretanto por las banderas de las ciudades, suministradas gustosamente y que, una vez obtenidas sus reivindicaciones, se volvían ahora fanáticamente contra los campesinos, Ulrich cayó entonces, a pesar del tratado, sobre el Remstal; sus ciudades y aldeas fueron saqueadas. Fueron detenidos 1.600 campesinos, de los cuales 16 fueron decapitados inmediatamente; los demás, condenados en su mayoría a fuertes penas pecuniarias en beneficio de la caja de Ulrich. Muchos permanecieron largo tiempo en prisión. Se promulgaron severas leyes penales contra la renovación de la confederación y contra todo tipo de reuniones de los campesinos, y la nobleza suaba formó una liga especial para la represión de todos los intentos de insurrección. — Los principales cabecillas del pobre Konrad, entre tanto, habían escapado felizmente a Suiza, y desde allí, al cabo de algunos años, regresaron a casa, en su mayoría uno por uno.

Simultáneamente con el movimiento de Wurtemberg, aparecieron síntomas de nuevas maquinaciones del Bundschuh en el Breisgau y en el margraviato de Baden. En Bühl se realizó en junio un intento de insurrección, pero fue desbaratado de inmediato por el margrave Philipp, y el cabecilla Gugel-Bastian, detenido en Freiburg y decapitado.

En ese mismo año de 1514, también en primavera, estalló en Hungría una guerra general de campesinos. Se predicó una cruzada contra los turcos y, como de costumbre, se prometió la libertad a los siervos de la gleba y a los siervos adscritos que se alistasen. Se congregaron cerca de 60.000 y fueron puestos bajo el mando de Georg Dosa, un székely que ya se había distinguido en anteriores guerras contra los turcos y había obtenido la nobleza. Pero los caballeros y magnates húngaros sólo veían con malos ojos esta cruzada que amenazaba con arrebatarles su propiedad y sus siervos. Se apresuraron tras las distintas bandas de campesinos y recobraron a sus siervos de la gleba por la fuerza y entre malos tratos. Cuando esto se supo en el ejército de la cruz, estalló la furia de los campesinos oprimidos. Dos de los más fanáticos predicadores de la cruz, Laurentius y Barnabas, azuzaron aún con más violencia el odio contra la nobleza en el ejército con sus discursos revolucionarios. El propio Dosa compartió la cólera de sus tropas contra la nobleza traidora; el ejército de la cruz se convirtió en un ejército revolucionario, y él se puso al frente de este nuevo movimiento.

Acampó con sus campesinos en el campo de Rakos, cerca de Pest. Las hostilidades se iniciaron con disputas con los hombres del partido nobiliario en las aldeas circundantes y en los arrabales de Pest; pronto se produjeron escaramuzas y, finalmente, una víspera siciliana para todos los nobles que caían en manos de los campesinos, así como el incendio de todos los castillos de los alrededores. La corte amenazó, pero en vano. Cuando la primera justicia popular se había ejecutado contra la nobleza al pie de las murallas de la capital, Dosa pasó a ulteriores operaciones. Dividió su ejército en cinco columnas. Dos fueron enviadas a las montañas de la Alta Hungría para sublevar todo aquello y exterminar a la nobleza. La tercera, al mando de Ambros Szaleres, un burgués de Pest, se quedó en el Rakos para vigilar la capital; la cuarta y la quinta las condujeron Dosa y su hermano Gregor hacia Szegedin.

Entre tanto, la nobleza se reunió en Pest y llamó en su ayuda al voivoda de Transilvania, Johann Zapolya. La nobleza, en unión con los burgueses de Buda, batió y aniquiló al cuerpo acampado en el Rakos, después de que Szaleres, con los elementos burgueses del ejército campesino, se hubiera pasado al enemigo. Una multitud de prisioneros fue ejecutada de la manera más cruel; al resto se les cortaron las narices y las orejas y se les envió a casa.

Dosa fracasó ante Szegedin y marchó contra Csanad, que conquistó después de batir a un ejército nobiliario bajo el mando de Báthory István y del obispo Csakyi, y de tomar sangrientas represalias por las crueldades en los prisioneros, entre los cuales se encontraban también el obispo y el tesorero real Teleki.

... había tomado en Rakos. En Csanad proclamó la república, la abolición de la nobleza, la igualdad general y la soberanía del pueblo, y luego marchó contra Temesvár, donde Batory se había refugiado. Pero mientras sitiaba esta fortaleza durante dos meses y era reforzado por un nuevo ejército al mando de Anton Hosza, los dos cuerpos de ejército de la Alta Hungría sucumbieron en varias batallas ante la nobleza, y Johann Zapolya avanzó contra él con el ejército transilvano. Los campesinos fueron sorprendidos y dispersados por Zapolya; el propio Dosa, capturado, fue asado en un trono al rojo vivo y devorado vivo por sus propios hombres, a quienes solo bajo esta condición se les concedió la vida. Los campesinos dispersados, reunidos de nuevo por Laurentius y Hosza, fueron derrotados una vez más, y todo lo que cayó en manos de los enemigos fue empalado o ahorcado. A millares colgaban los cadáveres de los campesinos a lo largo de los caminos o en las entradas de las aldeas incendiadas. Se dice que hasta 60.000 cayeron, en parte muertos en combate, en parte masacrados. Pero la nobleza se encargó de que en la siguiente Dieta se volviera a reconocer la servidumbre de los campesinos como ley del país.

El levantamiento campesino en la «Marca Wéndica», es decir, en Carintia, Carniola y Estiria, que estalló por la misma época, se basaba en una conspiración de tipo Bundschuh que ya en 1503 se había formado en esta región, esquilmada por la nobleza y los funcionarios imperiales, asolada por las incursiones turcas y atormentada por el hambre, y que había provocado un levantamiento. Tanto los campesinos eslovenos de esta región como los alemanes alzaron ya en 1513 de nuevo la bandera de guerra de la stara prawa, de los antiguos derechos, y aunque en ese año se dejaron apaciguar una vez más, y aunque en 1514, cuando se amotinaron en masa en número aún mayor, fueron inducidos a dispersarse por la promesa expresa del emperador Maximiliano de restaurar los antiguos derechos, en la primavera de 1515 estalló con tanta mayor furia la guerra de venganza de un pueblo constantemente engañado. Como en Hungría, en todas partes fueron destruidos castillos y monasterios, y los nobles capturados fueron juzgados y decapitados por jurados campesinos. En Estiria y Carintia, el capitán imperial Dietrichstein logró sofocar pronto el levantamiento; en Carniola no fue reprimido hasta el asalto de Rain (otoño de 1516) y las innumerables crueldades austríacas que le siguieron, dignas de las infamias de la nobleza húngara.

Se comprende que, tras una serie de derrotas tan decisivas y tras estas crueldades en masa de la nobleza, los campesinos permanecieran en Alemania tranquilos durante largo tiempo. Y sin embargo, ni las conspiraciones ni los levantamientos locales cesaron por completo. Ya en 1516, la mayoría de los fugitivos del Bundschuh y del Pobre Conrado regresaron a Suabia y al Alto Rin, y en 1517 el Bundschuh estaba de nuevo en plena actividad en la Selva Negra. El propio Joß Fritz, que aún llevaba siempre oculta en el pecho la vieja bandera del Bundschuh de 1513, recorría de nuevo la Selva Negra y desplegaba una gran actividad. La conspiración se organizó de nuevo. Como cuatro años antes, se convocaron otra vez asambleas en el Kniebis. Pero el secreto no fue guardado; los gobiernos se enteraron del asunto e intervinieron. Varios fueron capturados y ejecutados; los miembros más activos e inteligentes tuvieron que huir, entre ellos Joß Fritz, a quien tampoco esta vez se logró apresar, pero que parece haber muerto poco después en Suiza, ya que de ahora en adelante no se lo menciona en ninguna parte.

IV.

Por la misma época en que en la Selva Negra era reprimida la cuarta conspiración del Bundschuh, Lutero dio en Wittenberg la señal para el movimiento que había de arrastrar consigo a todos los estamentos y conmover todo el Imperio. Las tesis del agustino de Turingia incendiaron como un rayo en un barril de pólvora. Las múltiples aspiraciones, entrecruzadas de variadas maneras, de los caballeros como de los burgueses, de los campesinos como de los plebeyos, de los príncipes ávidos de soberanía como del bajo clero, de las sectas místicas clandestinas como de la oposición literaria más docta y satírico-burlesca, hallaron en ellas una expresión primeramente común y general, en torno a la cual se agruparon con asombrosa rapidez. Esta alianza de todos los elementos de oposición, formada de la noche a la mañana, por corta que fuera su duración, reveló de pronto el inmenso poder del movimiento y lo impulsó hacia adelante con tanta mayor rapidez.

Pero precisamente este rápido desarrollo del movimiento tenía que hacer brotar muy pronto los gérmenes de discordia que encerraba dentro de sí, tenía por lo menos que separar de nuevo y poner en su normal posición hostil a los componentes de la excitada masa que ya por toda su posición en la vida se hallaban directamente enfrentados. Esta polarización de la abigarrada masa opositora en torno a dos centros de atracción se manifestó ya en los primeros años de la Reforma; la nobleza y los burgueses se agruparon incondicionalmente en torno a Lutero; los campesinos y los plebeyos, sin ver todavía en Lutero un enemigo directo, constituyeron como antes un partido revolucionario de oposición aparte. Solo que ahora el movimiento era mucho más general, de un alcance mucho más profundo que antes de Lutero, y con ello se imponía la necesidad de un antagonismo nítidamente declarado, de la lucha directa de ambos partidos entre sí. Este antagonismo directo no tardó en presentarse: Lutero y Münzer combatieron en la prensa y en el púlpito, del mismo modo que los ejércitos de los príncipes, caballeros y ciudades, compuestos en su mayor parte por fuerzas luteranas o al menos tendentes al luteranismo, dispersaban a las tropas de campesinos y plebeyos.

Cuán distintos eran los intereses y las necesidades de los diversos elementos que habían acogido la Reforma lo mostró, ya antes de la guerra campesina, el intento de la nobleza de imponer sus exigencias frente a los príncipes y los clérigos.

Ya hemos visto más arriba qué posición ocupaba la nobleza alemana a comienzos del siglo dieciséis. Estaba a punto de perder su independencia frente a los cada vez más poderosos príncipes seculares y eclesiásticos. Al mismo tiempo veía que, en la misma medida en que ella decaía, decaía también el poder imperial y el Imperio se desintegraba en una serie de principados soberanos. Su hundimiento tenía que coincidir para ella con el hundimiento de los alemanes como nación. A ello se añadía que la nobleza, en particular la nobleza inmediata al Imperio, era el estamento que, tanto por su profesión militar como por su posición frente a los príncipes, representaba de manera especial al Imperio y al poder imperial. Era el estamento más nacional, y cuanto más poderoso era el poder imperial, cuanto más débiles y menos numerosos eran los príncipes, cuanto más unida estaba Alemania, tanto más poderoso era él. De ahí el descontento general de la caballería por la lamentable situación política de Alemania, por la impotencia del Imperio hacia el exterior, que aumentaba en la misma medida en que la casa imperial, por herencia, anexionaba una provincia tras otra al Imperio; por las intrigas de potencias extranjeras en el interior de Alemania y los complots de los príncipes alemanes con el extranjero contra el poder imperial. Las exigencias de la nobleza tenían que resumirse, pues, ante todo en la exigencia de una reforma imperial, cuyas víctimas habrían de ser los príncipes y el alto clero. Esta síntesis la emprendió Ulrich von Hutten, el representante teórico de la nobleza alemana, en comunidad con Franz von Sickingen, su representante militar y estadista.

Hutten ha expresado de manera muy precisa y concebido de modo muy radical la reforma imperial que exigía en nombre de la nobleza. No se trataba de nada menos que de la eliminación de todos los príncipes, de la secularización de todos los principados y bienes eclesiásticos, de la instauración de una democracia nobiliaria con una cúspide monárquica, aproximadamente como la que existió en los mejores días de la antaño república polaca. Mediante la instauración del dominio de la nobleza, la clase preeminentemente militar, mediante la remoción de los príncipes, los portadores de la fragmentación, mediante la aniquilación del poder de los clérigos y mediante la separación de Alemania de la dominación espiritual de Roma, creían Hutten y Sickingen volver a hacer el Imperio unido, libre y poderoso.

La democracia nobiliaria basada en la servidumbre de la gleba, tal como existió en Polonia y, en forma algo modificada, en los primeros siglos de los reinos conquistados por los germanos, es una de las formas de sociedad más rudas, y se desarrolla de manera enteramente normal hasta convertirse en la jerarquía feudal plenamente formada, que es ya una fase considerablemente superior. Esta pura democracia nobiliaria era, pues, imposible en la Alemania del siglo dieciséis. Era ya imposible porque en general existían en Alemania ciudades importantes y poderosas. Por otra parte, era también imposible aquella alianza de la baja nobleza y las ciudades que en Inglaterra llevó a cabo, en 1531, la transformación de la monarquía estamental feudal en monarquía constitucional burguesa. En Alemania se había conservado la vieja nobleza; en Inglaterra había sido exterminada por las guerras de las Rosas hasta quedar reducida a 28 familias, y fue remplazada por una nueva nobleza, de origen burgués y con tendencias burguesas; en Alemania persistía la servidumbre de la gleba, y la nobleza poseía fuentes feudales de ingresos; en Inglaterra estaba casi enteramente abolida, y la nobleza era simple terrateniente burgués con la fuente burguesa de ingresos de la renta del suelo. Finalmente, la centralización de la monarquía absoluta, que en Francia existía desde Luis XI gracias al antagonismo entre la nobleza y la burguesía y se desarrollaba cada vez más, era ya imposible en Alemania porque allí las condiciones de la centralización nacional no existían en absoluto o solo se hallaban presentes de manera rudimentaria.

Cuanto más se adentraba Hutten, bajo estas circunstancias, en la realización práctica de su ideal, tantas más concesiones tenía que hacer y tanto más imprecisos tenían que volverse los contornos de su reforma imperial. La nobleza por sí sola no era bastante poderosa para llevar a cabo la empresa; así lo demostraba su creciente debilidad frente a los príncipes. Era preciso tener aliados, y los únicos posibles eran las ciudades, los campesinos y los teóricos influyentes del movimiento reformista. Pero las ciudades conocían bastante a la nobleza como para no fiarse de ella y rechazar toda alianza con ella. Los campesinos veían en la nobleza, que los esquilmaba y maltrataba, con pleno derecho a su más acerbo enemigo. Y los teóricos se inclinaban ora por los burgueses, ora por los príncipes, ora por los campesinos. Y además, ¿qué podía prometer de positivo la nobleza a los burgueses y a los campesinos de una reforma imperial cuyo principal objetivo seguía siendo siempre el engrandecimiento de la nobleza? En estas condiciones, a Hutten no le quedó otro remedio que, en sus escritos de propaganda, decir poco o nada acerca de la futura posición recíproca de la nobleza, las ciudades y los campesinos, cargar todas las culpas sobre los príncipes, los clérigos y la dependencia de Roma, y demostrar a los burgueses que su interés les ordenaba permanecer al menos neutrales en la inminente lucha entre los príncipes y la nobleza. De la abolición de la servidumbre de la gleba y de las cargas que el campesino debía a la nobleza no se habla en ninguna parte en Hutten.

La posición de la nobleza alemana frente a los campesinos era entonces exactamente la misma que la de la nobleza polaca respecto a sus campesinos en las insurrecciones desde 1830. Como en los modernos levantamientos polacos, en Alemania el movimiento de entonces sólo podía llevarse a cabo mediante una alianza de todos los partidos de oposición, y señaladamente de la nobleza y de los campesinos. Pero precisamente esa alianza era imposible en ambos casos. Ni la nobleza se veía en la necesidad de abandonar sus privilegios políticos y sus derechos feudales ante los campesinos, ni los campesinos revolucionarios podían comprometerse en una alianza con la nobleza, con el estamento que más los oprimía, a cambio de vagas perspectivas generales. Como en Polonia en 1830, tampoco en Alemania en 1522 pudo ya la nobleza ganarse a los campesinos. Sólo la supresión completa de la servidumbre de la gleba y del vasallaje, la renuncia a todos los privilegios nobiliarios, habría podido unir al pueblo campesino con la nobleza; pero la nobleza, como todo estamento privilegiado, no tenía la menor gana de entregar voluntariamente sus prerrogativas, toda su posición excepcional y la mayor parte de sus fuentes de ingresos.

Así pues, cuando estalló la lucha, la nobleza se encontró al final sola frente a los príncipes. Era de prever que los príncipes, que desde hacía dos siglos le venían arrebatando terreno sin cesar, también esta vez la aplastarían con poco esfuerzo.

El desarrollo de la lucha misma es conocido. Hutten y Sickingen, que ya era reconocido como jefe político-militar de la nobleza de Alemania Central, constituyeron en 1522 en Landau una liga de la nobleza renana, suaba y francona por seis años, supuestamente para la propia defensa; Sickingen reunió un ejército, en parte con sus propios medios, en parte en unión con los caballeros de los alrededores, organizó reclutamientos y refuerzos en Franconia, en el Bajo Rin, en los Países Bajos y Westfalia, y en septiembre de 1522 abrió las hostilidades con una declaración de guerra al príncipe elector arzobispo de Tréveris. Pero mientras se hallaba ante Tréveris, sus refuerzos le fueron cortados por la rápida intervención de los príncipes; el landgrave de Hesse y el príncipe elector del Palatinado acudieron en ayuda del de Tréveris, y Sickingen tuvo que arrojarse a su castillo de Landstuhl. A pesar de todos los esfuerzos de Hutten y de sus restantes amigos, la nobleza aliada, intimidada por la acción concentrada y rápida de los príncipes, lo dejó en la estacada; él mismo fue herido de muerte, entregó luego Landstuhl y murió acto seguido. Hutten tuvo que huir a Suiza y murió pocos meses después en la isla de Ufnau, en el lago de Zúrich.

Con esta derrota y la muerte de los dos jefes quedó quebrado el poder de la nobleza como corporación independiente de los príncipes. A partir de entonces, la nobleza actúa ya sólo al servicio y bajo la dirección de los príncipes. La guerra de los campesinos, que estalló inmediatamente después, la obligó aún más a ponerse, directa o indirectamente, bajo la protección de los príncipes y demostró al mismo tiempo que la nobleza alemana prefería seguir explotando a los campesinos bajo la soberanía principesca, antes que derrocar a los príncipes y a los clérigos mediante una abierta alianza con los campesinos emancipados.

V.

Desde el momento en que la declaración de guerra de Lutero contra la jerarquía católica puso en movimiento todos los elementos de oposición de Alemania, no transcurrió un año sin que los campesinos volvieran a presentarse igualmente con sus reivindicaciones. De 1518 a 1523 se sucedió un levantamiento campesino local tras otro en la Selva Negra y en la Alta Suabia. Desde la primavera de 1524, esos levantamientos adquieren un carácter sistemático. En abril de ese año, los campesinos de la abadía de Marchthal se negaron a las prestaciones personales y a los tributos; en mayo, los campesinos de Sankt-Blasien se negaron a los gravámenes de servidumbre; en junio, los campesinos de Steinheim, cerca de Memmingen, declararon que no querían pagar ni diezmos ni otros gravámenes; en julio y agosto se alzaron los campesinos de Turgovia, y fueron vueltos a la tranquilidad en parte por la mediación de los zuriqueses y en parte por la brutalidad de la Confederación, que hizo ejecutar a varios. Finalmente, en el landgraviato de Stühlingen estalló un levantamiento más decidido, que puede considerarse como el comienzo inmediato de la guerra de los campesinos.

Los campesinos de Stühlingen se negaron de pronto a las prestaciones al landgrave, se agruparon en fuertes tropeles y, bajo el mando de Hans Müller de Bulgenbach, marcharon el 24 de agosto de 1524 hacia Waldshut. Allí fundaron, en comunidad con los burgueses, una hermandad evangélica. Los burgueses se adhirieron tanto más a la unión cuanto que simultáneamente estaban en conflicto con el gobierno de la Austria Anterior por las persecuciones religiosas contra Balthasar Hubmaier, su predicador, amigo y discípulo de Thomas Münzer. Se impuso, pues, una contribución federal de tres kreuzer semanales —una suma enorme para el valor del dinero de entonces—, se enviaron emisarios a Alsacia, al Mosela, a todo el Alto Rin y a Franconia para incorporar a los campesinos en todas partes a la liga, y se proclamó como fin de la misma la supresión del dominio feudal, la destrucción de todos los castillos y monasterios y la eliminación de todos los señores excepto el emperador. La bandera de la liga era la tricolor alemana.

El levantamiento ganó rápidamente terreno en todo el actual Alto País de Baden. Un pánico terror se apoderó de la nobleza de la Alta Suabia, cuyas fuerzas militares estaban casi todas ocupadas en Italia, en la guerra contra Francisco I de Francia. No le quedó más remedio que alargar el asunto mediante negociaciones y, entretanto, reunir dinero y reclutar tropas, hasta ser bastante fuerte para castigar a los campesinos por su osadía con «quemar y abrasar, saquear y asesinar». A partir de ahora comenzó aquella traición sistemática, aquella consecuente violación de la palabra y perfidia, por la que se distinguieron la nobleza y los príncipes durante toda la guerra de los campesinos y que, frente a los campesinos descentralizados y difícilmente organizables, fue su arma más poderosa. La Liga Suaba, que abarcaba a los príncipes, a la nobleza y a las ciudades imperiales del Suroeste de Alemania, se interpuso, pero sin garantizar concesiones positivas a los campesinos. Estos permanecieron en movimiento. Hans Müller de Bulgenbach recorrió del 30 de septiembre hasta mediados de octubre la Selva Negra hasta Urach y Furtwangen, elevó su tropa a 3.500 hombres y tomó con ellos posición cerca de Ewatingen (no lejos de Stühlingen). La nobleza no disponía de más de 1.700 hombres, y aun éstos estaban desperdigados. Se vio obligada a entrar en un armisticio, que efectivamente se concertó en el campamento de Ewatingen. Se prometió a los campesinos un arreglo amistoso, bien directamente entre las partes, bien por mediación de árbitros, y una investigación de las quejas por el tribunal territorial de Stockach. Tanto las tropas nobiliarias como los campesinos se dispersaron.

Los campesinos se pusieron de acuerdo en 16 artículos, cuya aprobación debía exigirse al tribunal de Stockach. Eran muy moderados. Abolición del derecho de caza, de las prestaciones personales, de los impuestos gravosos y de los privilegios señoriales en general, protección contra las detenciones arbitrarias y contra los tribunales parciales que juzgaban a su capricho; no exigían nada más.

La nobleza, en cambio, en cuanto los campesinos regresaron a sus casas, exigió de inmediato el pago de todas las prestaciones en litigio, hasta que el tribunal decidiera. Los campesinos se negaron, naturalmente, y remitieron a los señores al tribunal. El conflicto estalló de nuevo; los campesinos volvieron a juntarse, los príncipes y señores concentraron sus tropas.

Esta vez el movimiento fue otra vez más lejos, hasta más allá del Breisgau y adentrándose profundamente en Wurtemberg. Las tropas al mando de Georg Truchseß von Waldburg, el Alba de la guerra de los campesinos, los observaban, batían destacamentos aislados de refuerzo, pero no osaban atacar al grueso. Georg Truchseß negociaba con los jefes campesinos y concertó aquí y allá algunos acuerdos.

A fines de diciembre comenzaron las negociaciones ante el tribunal territorial de Stockach. Los campesinos protestaron contra la composición del tribunal, formado exclusivamente por nobles. Una carta imperial de nombramiento les fue leída como respuesta. Las negociaciones se alargaron; entretanto, la nobleza, los príncipes y las autoridades de la Liga Suaba se armaban. El archiduque Fernando, que además de los actuales países hereditarios austriacos gobernaba también Wurtemberg, la Selva Negra de Baden y el sur de Alsacia, ordenó la máxima severidad contra los campesinos rebeldes. Debía capturárseles, torturárseles y matárseles sin piedad, se los debía aniquilar del modo que fuera más cómodo, sus bienes y haberes debían ser quemados y arrasados, y sus mujeres e hijos expulsados del país. Se ve cómo los príncipes y señores guardaban el armisticio y lo que entendían por mediación amistosa e investigación de las quejas. El archiduque Fernando, a quien la casa Welser de Augsburgo había adelantado dinero, se armaba a toda prisa; la Liga Suaba decretó un contingente de dinero y tropas a suministrar en tres plazos.

Estos levantamientos hasta ahora mencionados coinciden con la estancia de cinco meses de Thomas Münzer en el Alto País. Ciertamente, no existen pruebas directas de la influencia que ejerció sobre el estallido y la marcha del movimiento, pero esta influencia está indirectamente constatada por completo. Los revolucionarios más decididos entre los campesinos son en su mayoría discípulos suyos y representan sus ideas. Los Doce Artículos, así como la Carta de Artículos de los campesinos del Alto País, le son atribuidos por todos los contemporáneos, aunque es seguro que por lo menos los primeros no los redactó él. Incluso en su viaje de regreso a Turingia, divulgó un escrito decididamente revolucionario dirigido a los campesinos insurrectos.

Al mismo tiempo intrigaba el duque Ulrich, expulsado de Wurtemberg desde 1519, para recuperar con ayuda de los campesinos la posesión de su país. Es un hecho que desde su expulsión buscó utilizar al partido revolucionario y lo apoyó continuamente. Su nombre aparece envuelto en la mayoría de los disturbios locales ocurridos entre 1520 y 1524 en la Selva Negra y en Wurtemberg, y ahora se armaba directamente para una invasión a Wurtemberg desde su castillo de Hohentwiel. Sin embargo, fue sólo utilizado por los campesinos, nunca tuvo influencia sobre ellos, y aún menos gozó de su confianza.

Así transcurrió el invierno, sin que por ninguno de los dos bandos se llegara a nada decisivo. Los señores principescos se mantenían ocultos, el levantamiento campesino ganaba en extensión. En enero de 1525 todo el país entre el Danubio, el Rin y el Lech estaba en plena efervescencia, y en febrero se desencadenó la tormenta.

Mientras la tropa de la Selva Negra y Hegau, al mando de Hans Müller de Bulgenbach, conspiraba con Ulrich de Wurtemberg y en parte tomó parte en su vana expedición a Stuttgart (febrero y marzo de 1525), los campesinos del Ried, aguas arriba de Ulm, se alzaron el 9 de febrero, se reunieron en un campamento protegido por pantanos cerca de Baltringen, plantaron la bandera roja y formaron, bajo la dirección de Ulrich Schmid, la tropa de Baltringen. Eran de 10 a 12.000 hombres fuertes.

El 25 de febrero se concentró en el Schussen la tropa del Alta Algovia, de 7.000 hombres, ante el rumor de que se aproximaban tropas contra los descontentos que también aquí habían aparecido. Los de Kempten, que durante todo el invierno habían estado en conflicto con su arzobispo, se juntaron el 26 y se unieron a ellos. Las ciudades de Memmingen y Kaufbeuren se sumaron, bajo condiciones, al movimiento; pero ya aquí se puso de manifiesto la ambigüedad de la posición que las ciudades adoptaban en esta lucha. El 7 de marzo se adoptaron en Memmingen los doce artículos de Memmingen para todos los campesinos del Alta Algovia.

A raíz de un mensaje de los algovios, se formó junto al lago de Constanza, al mando de Eitel Hans, la tropa del Lago. También esta tropa se reforzó rápidamente. El cuartel general se hallaba en Bermatingen.

Asimismo, en el Allgäu inferior, en la comarca de Ochsenhausen y Schellenberg, en los dominios de Zeil y Waldburg, feudos del Truchseß, se levantaron los campesinos, y precisamente ya en los primeros días de marzo. Esta tropa del Allgäu inferior acampó, con 7.000 hombres, cerca de Wurzach.

Estas cuatro tropas adoptaron todas los Artículos de Memmingen, que por lo demás eran mucho más moderados que los de los hegauenses, y que también en los puntos relativos a la conducta de las tropas armadas hacia la nobleza y los gobiernos mostraban una falta notable de decisión.

La guerra de los campesinos en Alemania. V

La decisión, cuando llegó, llegó sólo en el curso de la guerra, después de que los campesinos hubieron hecho experiencias sobre el modo de obrar de sus enemigos.

Al mismo tiempo que estas tropas se formó una sexta junto al Donau. De toda la comarca desde Ulm hasta Donauwörth, de los valles de Iller, Roth y Biber acudieron los campesinos a Leipheim y allí levantaron un campamento. De 15 localidades acudió todo hombre apto para las armas, de 117 llegaron refuerzos. El jefe de la tropa de Leipheim era Ulrich Schön, su predicador Jakob Wehe, el párroco de Leipheim.

Así, a principios de marzo, se hallaban sobre las armas, en seis campamentos, de 30 a 40.000 campesinos insurrectos de la Alta Suabia. El carácter de estas tropas campesinas era muy mezclado. ¡El partido revolucionario — el partido de Münzer — se hallaba en todas partes en minoría! No obstante, constituía en todas partes el núcleo y sostén de los campamentos campesinos. La masa de los campesinos siempre estaba dispuesta a llegar a un acuerdo con los señores, con tal que se le garantizasen las concesiones que esperaba arrancarles con su actitud amenazadora. Además, cuando la cosa se prolongó y los ejércitos de los príncipes se acercaron, los campesinos se cansaron de la guerra, y aquellos a quienes todavía les quedaba algo que perder se volvieron en gran parte a sus casas. A esto se añadió que a las tropas se había adherido en masa el lumpemproletariado vagabundo, que dificultaba la disciplina, desmoralizaba a los campesinos y con frecuencia también desertaba en masa. Esto explica ya por qué las tropas campesinas en un principio se mantuvieron en todas partes a la defensiva, se desmoralizaron en los campamentos y, aun prescindiendo de su insuficiencia táctica y de la rareza de buenos jefes, no estaban en modo alguno a la altura de los ejércitos de los príncipes.

Mientras aún se estaban reuniendo las tropas, el duque Ulrich, con tropas mercenarias y algunos campesinos hegauenses, invadió desde Hohentwiel el Würtemberg. La Liga Suaba estaba perdida si los campesinos avanzaban ahora desde el otro lado contra las tropas del Truchseß de Waldburg. Pero, dada la actitud meramente defensiva de las tropas, el Truchseß logró pronto concertar un armisticio con los campesinos de Baltringen, Allgäu y el Lago, entablar negociaciones y fijar un plazo para el arreglo del asunto el domingo Judica (2 de abril). Mientras tanto, pudo marchar contra el duque Ulrich, ocupar Stuttgart y obligarlo a abandonar de nuevo el Würtemberg ya el 17 de marzo. Luego se volvió contra los campesinos; pero en su propio ejército se sublevaron los lansquenetes y se negaron a marchar contra aquellos. El Truchseß logró también aplacarlos, y entonces marchó hacia Ulm, donde se reunían nuevos refuerzos. En Kirchheim unter Teck dejó un campamento de observación.

La Liga Suaba, que por fin tenía las manos libres y había reunido sus primeros contingentes, se quitó ahora la máscara y declaró que «había decidido combatir con las armas y con la ayuda de Dios aquello que los campesinos por propia voluntad se habían propuesto».

Entretanto, los campesinos habían observado estrictamente el armisticio. Para la negociación del domingo Judica habían formulado sus exigencias, los célebres Doce Artículos. Pedían la elección y la destitución de los clérigos por las comunidades, la abolición del pequeño diezmo y la aplicación del grande a fines públicos, previa deducción del salario del párroco, la abolición de la servidumbre personal, del derecho de pesca y de caza y del laudemio de muerte, la limitación de las excesivas corveas, impuestos y censos, la restitución de los bosques, pastos y privilegios arrebatados violentamente a las comunidades y a los particulares, y la eliminación de la arbitrariedad en la justicia y la administración. Se ve que el partido moderado, conciliador, aun pesaba mucho entre las tropas campesinas. El partido revolucionario ya antes, en la «Carta de los Artículos», había formulado su programa. Esta carta abierta a todas las comunidades campesinas las exhorta a ingresar en la «unión y hermandad cristianas» para eliminar todas las cargas, ya sea por la bondad, «lo que no es probable», ya por la violencia, y amenaza a todos los que se nieguen con el «anatema mundano», es decir, con la exclusión de la sociedad y de todo trato con los miembros de la unión. Todos los castillos, monasterios y casas de clérigos deben ser puestos igualmente bajo el anatema mundano, a menos que la nobleza, los clérigos y los monjes los abandonen voluntariamente, se instalen en casas comunes como las demás gentes y se adhieran a la unión cristiana. — En este manifiesto radical, que evidentemente fue redactado antes de la insurrección de la primavera de 1525, se trata, pues, ante todo de la revolución, de la derrota completa de las clases aún dominantes, y el «anatema mundano» designa únicamente a los opresores y traidores, a quienes se debe dar muerte, a los castillos que deben ser incendiados, a los monasterios y casas de clérigos que deben ser confiscados y cuyos tesoros han de convertirse en dinero.

Pero antes de que los campesinos llegaran a presentar sus Doce Artículos a los árbitros convocados, les llegó la noticia de la violación del armisticio por la Liga Suaba y de la aproximación de las tropas. Al punto tomaron sus medidas. Se celebró una asamblea general de los campesinos de Allgäu, Baltringen y el Lago en Gaisbeuren. Las cuatro tropas fueron refundidas y se organizaron cuatro nuevas columnas con ellas; se decidió la confiscación de los bienes eclesiásticos, la venta de sus alhajas en beneficio de la caja de guerra y el incendio de los castillos. Así, junto a los Doce Artículos oficiales, la Carta de los Artículos se convirtió en la regla de su conducción de la guerra, y el domingo Judica, el día fijado para la conclusión de la paz, en la fecha de la insurrección general.

La excitación creciente por doquier, los continuos conflictos locales de los campesinos con la nobleza, la noticia del levantamiento, siempre en aumento desde hacía seis meses, en la Selva Negra y de su propagación hasta el Danubio y el Lech, bastan ciertamente para explicar la rápida sucesión de los alzamientos campesinos en dos tercios de Alemania. Pero el hecho de que a la cabeza del movimiento se hallaran hombres que lo habían organizado mediante emisarios anabaptistas y de otro tipo lo prueba el hecho de la simultaneidad de todos los alzamientos parciales. En la última mitad de marzo ya habían estallado disturbios en el Würtemberg, en el bajo Neckar, en el Odenwald, en la Baja Franconia y en la Franconia Media; pero en todas partes se señalaba de antemano el dos de abril, el domingo Judica, como el día del estallido general, y en todas partes el golpe decisivo, el levantamiento en masa, tuvo lugar en la primera semana de abril. También los campesinos de Allgäu, Hegau y el Lago llamaron el 1 de abril, a toque de rebato y mediante asambleas de masas, a todos los hombres aptos para las armas al campamento, e iniciaron, al mismo tiempo que los de Baltringen, las hostilidades contra los castillos y monasterios.

En Franconia, donde el movimiento se agrupaba en torno a seis centros, el levantamiento estalló en todas partes en los primeros días de abril. Cerca de Nördlingen se formaron por esta época dos campamentos campesinos, con cuya ayuda el partido revolucionario de la ciudad, cuyo jefe era Anton Forner, obtuvo la preponderancia e impuso el nombramiento de Forner como alcalde, así como la adhesión de la ciudad a los campesinos. En el Ansbach los campesinos se alzaron en todas partes del 1 al 7 de abril, y el levantamiento se extendió de aquí hasta Baviera. En el territorio de Rothenburg los campesinos estaban ya sobre las armas desde el 22 de marzo; en la ciudad de Rothenburg el 27 de marzo el dominio de los patricios fue derrocado por los pequeños burgueses y los plebeyos bajo Stephan von Menzingen; pero como precisamente las prestaciones de los campesinos constituían aquí los ingresos principales de la ciudad, también el nuevo gobierno se mostró muy vacilante y equívoco frente a los campesinos. En el obispado de Würzburg se sublevaron a principios de abril los campesinos y las pequeñas ciudades en general, y en el obispado de Bamberg la insurrección general obligó al obispo en cinco días a ceder. Por último, en el norte, en la frontera de Turingia, se concentró la fuerte tropa campesina de Bildhausen.

En el Odenwald, donde Wendel Hipler, un noble y antiguo canciller de los condes de Hohenlohe, y Georg Metzler, mesonero de Ballenberg, cerca de Krautheim, estaban al frente del partido revolucionario, la tormenta estalló ya el 26 de marzo. Los campesinos acudieron de todos lados hacia el Tauber. También 2.000 de Orenbach, procedentes del campamento ante Rothenburg, se unieron a ellos. Georg Metzler asumió la capitanía, y después de haber llegado todos los refuerzos, el 4 de abril marchó hacia el monasterio de Schönthal en el Jaxt, donde se le unieron los del valle del Neckar. Estos, acaudillados por Jäcklein Rohrbach, mesonero de Böckingen cerca de Heilbronn, habían proclamado la insurrección el domingo Judica en Flein, Sontheim, etc., mientras que al mismo tiempo Wendel Hipler, con un número de conjurados, tomaba por sorpresa Oehringen y arrastraba al movimiento a los campesinos de los alrededores. En Schönthal las dos columnas campesinas, reunidas en la «tropa brillante», adoptaron los Doce Artículos y organizaron incursiones contra castillos y monasterios. La tropa brillante contaba con unos 8.000 hombres, cañones y 3.000 arcabuces. También Florian Geyer, un caballero franconio, se unió a ella y formó la tropa negra, un cuerpo de élite reclutado especialmente entre la milicia territorial de Rothenburg y Oehringen.

El gobernador de Würtemberg en Neckarsulm, conde Ludwig de Helfenstein, inició las hostilidades. Mandó acuchillar sin más a todos los campesinos que cayeran en sus manos. La tropa brillante marchó contra él. Estas matanzas, así como la noticia acabada de llegar de la derrota de la tropa de Leipheim, de la ejecución de Jakob Wehe y de las crueldades del Truchseß, exasperaron a los campesinos. El de Helfenstein, que se había refugiado en Weinsberg, fue atacado allí. El castillo fue asaltado por Florian Geyer, la ciudad tomada tras larga lucha, y el conde Ludwig, junto con varios caballeros, hecho prisionero. Al día siguiente, 17 de abril, Jäcklein Rohrbach, con los hombres más resueltos de la tropa, celebró un juicio sobre los prisioneros e hizo pasar por las picas a catorce de ellos, con el de Helfenstein a la cabeza — la muerte más infamante que podía infligirles. La toma de Weinsberg y la venganza terrorista de Jäcklein contra el de Helfenstein no dejaron de surtir efecto sobre la nobleza. Los condes de Löwenstein ingresaron en la unión campesina; los de Hohenlohe, que ya se habían adherido antes pero que aún no habían prestado ayuda, enviaron inmediatamente la artillería y pólvora solicitadas.

Los capitanes deliberaron sobre si no debían tomar a Götz von Berlichingen por capitán, «ya que éste podría atraerles a la nobleza». La propuesta halló acogida; pero Florian Geyer, que en este estado de ánimo de los campesinos y los capitanes vio el comienzo de una reacción, se separó entonces de la tropa con su tropa negra, recorrió por su cuenta primero la comarca del Neckar, luego la de Würzburg, y destruyó por doquier los castillos y nidos de clérigos.

El resto de la tropa se dirigió ahora primeramente contra Heilbronn. En esta poderosa ciudad libre del Imperio, como en casi todas partes, se enfrentaban a la gente honorable una oposición burguesa y una oposición revolucionaria. Esta última, en inteligencia secreta con los campesinos, abrió las puertas durante un tumulto ya el 17 de abril a G. Metzler y a Jäcklein Rohrbach. Los jefes campesinos tomaron posesión de la ciudad con sus gentes, la cual fue admitida en la fraternidad

Der deutsche Bauernkrieg. V

y aportó 1.200 florines en dinero, así como una bandera de voluntarios. Sólo el clero y las posesiones de los caballeros de la Orden Teutónica fueron sometidos a exacción. El 22, los campesinos volvieron a partir, después de haber dejado una pequeña guarnición. Heilbronn debía convertirse en el centro de las distintas tropas, las cuales, en efecto, enviaron delegados y deliberaron sobre una acción común y las reivindicaciones comunes de las comunidades campesinas. Pero la oposición burguesa y la gente honorable, que se había aliado con ella desde la entrada de los campesinos, tenían ahora nuevamente la preponderancia en la ciudad, impedían todos los pasos enérgicos y sólo aguardaban la aproximación de los ejércitos de los príncipes para traicionar definitivamente a los campesinos.

Los campesinos se dirigieron hacia el Odenwald. El 24 de abril, Götz von Berlichingen —que pocos días antes se había ofrecido primero al elector del Palatinado, después a los campesinos y luego de nuevo al elector— tuvo que ingresar en la fraternidad evangélica y asumir el mando supremo de la tropa resplandeciente (por oposición a la tropa negra de Florian Geyer). Pero, al mismo tiempo, era prisionero de los campesinos, quienes lo vigilaban con desconfianza y lo ataban al consejo de los capitanes, sin el cual nada podía hacer. Götz y Metzler marcharon ahora con la masa de los campesinos por Buchen hacia Amorbach, donde permanecieron del 30 de abril al 5 de mayo e insurreccionaron todo el territorio de Maguncia. En todas partes se obligó a la nobleza a unirse, y así se respetaron sus castillos; sólo los monasterios fueron incendiados y saqueados. La tropa se había desmoralizado visiblemente; los hombres más enérgicos se habían marchado con Florian Geyer o con Jäcklein Rohrbach, pues también éste se había separado después de la toma de Heilbronn, evidentemente porque él, el verdugo del conde de Helfenstein, no podía seguir en una tropa que quería pactar con la nobleza. Este empeño en un entendimiento | con la nobleza era ya de por sí un signo de desmoralización. Poco después, Wendel Hipler propuso una muy adecuada reorganización de la tropa: que se tomase a sueldo a los lansquenetes que se ofrecían a diario y no se renovase el contingente cada mes, como hasta entonces, licenciando a los viejos y reclutando otros nuevos, sino que se mantuviese a la gente que ya estaba bajo las armas y que poseía alguna práctica. Pero la asamblea de la comunidad rechazó ambas propuestas; los campesinos se habían vuelto arrogantes y consideraban toda la guerra como una expedición de saqueo en la que la competencia de los lansquenetes no podía convenirles y en la que debían quedar en libertad de marcharse a casa en cuanto tuvieran los bolsillos llenos. En Amorbach se llegó incluso hasta el punto de que Hans Berlin, consejero de Heilbronn, logró hacer aprobar entre los capitanes y consejeros de la tropa la «Declaración de los doce artículos», un documento en el que se quebraban hasta las últimas puntas de los doce artículos y se ponía en boca de los campesinos un lenguaje servilmente suplicante, mediante

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la cual esta vez la cosa fue demasiado lejos para los campesinos; rechazaron la Declaración en medio de gran alboroto y se atuvieron a los artículos primitivos.

Entretanto, en el territorio de Wurzburgo se había producido un viraje decisivo. El obispo, que al estallar el primer levantamiento campesino a principios de abril se había retirado a la fortaleza de Frauenberg, cerca de Wurzburgo, y que había escrito a todas partes, en vano, pidiendo ayuda, se había visto finalmente obligado a ceder por el momento. El 2 de mayo se inauguró una dieta territorial en la que también estuvieron representados los campesinos. Pero antes de que pudiera obtenerse resultado alguno, se interceptaron cartas que ponían de manifiesto las maniobras traicioneras del obispo. La dieta se disolvió en el acto y empezaron las hostilidades entre los ciudadanos y campesinos insurrectos y las tropas del obispo. El obispo mismo huyó el 5 de mayo a Heidelberg; al día siguiente ya llegaron a Wurzburgo Florian Geyer y la tropa negra, y con ellos las tropas francas del Tauber, formadas por campesinos de Mergentheim, Rothenburg y Ansbach. El 7 de mayo entró también Götz von Berlichingen con la tropa resplandeciente y comenzó el asedio del Frauenberg.

En el Limpurg y en la región de Ellwangen y Hall se formó otra tropa, la de Gaildorf o tropa clara común, ya a fines de marzo y principios de abril. Actuó con gran violencia, insurreccionó toda la comarca, incendió numerosos monasterios y castillos, entre otros el castillo de Hohenstaufen, obligó a todos los campesinos a marchar con ella y a todos los nobles, incluso a los Schenken de Limpurg, a ingresar en la fraternidad cristiana. A principios de mayo hizo una incursión en Wurtemberg, pero fue inducida a retirarse. El particularismo de la pequeña estadidad alemana no permitía entonces, como tampoco en 1848, que los revolucionarios de distintos territorios actuasen en común. Los de Gaildorf, limitados a un pequeño territorio, tuvieron necesariamente que disolverse una vez hubieron vencido toda resistencia en ese territorio. Pactaron con la ciudad de Gmünd y, dejando sólo 500 hombres armados, se disolvieron.

En el Palatinado se habían formado, en ambas orillas del Rin, tropas campesinas hacia fines de abril. Destruyeron muchos castillos y monasterios, y el 1 de mayo tomaron Neustadt an der Hardt, después de que los de Bruchrain, que habían cruzado el río, hubieran forzado ya el día anterior a Espira a concertar un tratado. El mariscal de Habern nada podía hacer contra ellos con las escasas tropas del elector, y el 10 de mayo el elector tuvo que firmar un tratado con los campesinos insurrectos, en el cual les garantizaba la reparación de sus agravios en una dieta territorial.

En Wurtemberg, finalmente, el levantamiento había estallado ya temprano en distintas comarcas. En el Alpe de Urach, ya en febrero los campesinos habían formado una liga contra los curas y los señores, y a fines de marzo se alzaron los campesinos de Blaubeuren, Urach, Münsingen, Balingen y Rosenfeld. Los de Gaildorf irrumpieron por Göppingen, Jäcklein Rohrbach por Brackenheim, los restos de la tropa derrotada de Leipheim por Pfullingen en territorio wurtenbergués e insurreccionaron a la población rural. También en otras comarcas estallaron graves disturbios. Ya el 6 de abril, Pfullingen tuvo que capitular con los campesinos. El gobierno del archiduque de Austria se encontraba en la mayor confusión. No tenía dinero alguno y muy pocas tropas. Las ciudades y los castillos estaban en pésimas condiciones y carecían tanto de guarnición como de municiones. Hasta el Asperg se hallaba casi sin defensa.

El intento del gobierno de concentrar contra los campesinos las levas de las ciudades decidió su momentánea derrota. El 16 de abril, la leva de Bottwar se negó a marchar y, en vez de dirigirse a Stuttgart, se encaminó al Wunnenstein, cerca de Bottwar, donde formó el núcleo de un campamento de burgueses y campesinos que rápidamente aumentó. Ese mismo día estalló el levantamiento en el Zabergau; el monasterio de Maulbronn fue saqueado y un buen número de monasterios y castillos quedaron completamente devastados. Del vecino Bruchrain acudieron refuerzos a los campesinos del Gau.

Al frente de la tropa del Wunnenstein se puso Matern Feuerbacher, consejero de Bottwar, uno de los dirigentes de la oposición burguesa, pero suficientemente comprometido para tener que marchar con los campesinos. Con todo, se mantuvo siempre muy moderado, impidió la ejecución del reglamento de artículos contra los castillos y trató por todas partes de mediar entre los campesinos y la burguesía moderada. Impidió la unión de los wurtenbergueses con la tropa resplandeciente y más tarde indujo también a los de Gaildorf a retirarse de Wurtemberg. Debido a sus tendencias burguesas fue destituido ya el 19 de abril, pero al día siguiente se le nombró nuevamente capitán. Era imprescindible, y cuando incluso Jäcklein Rohrbach acudió el 22 con 200 hombres decididos a unirse a los wurtenbergueses, no le quedó más remedio que dejarlo en su puesto, limitándose a vigilar sus actos de cerca.

El 18 de abril intentó el gobierno parlamentar con los campesinos del Wunnenstein. Los campesinos insistieron en que el gobierno debía aceptar los doce artículos, a lo que los plenipotenciarios, naturalmente, no podían acceder. Entonces la tropa se puso en movimiento. El 20 se hallaba en Lauff en, donde los emisarios del gobierno fueron rechazados por última vez. El 22 se encontraba, con 6.000 hombres, en Bietigheim, amenazando Stuttgart. Aquí, el concejo había huido en su mayor parte y se había puesto al frente de la administración un comité ciudadano. En la burguesía existían las mismas divisiones en partidos —gente honorable, oposición burguesa y plebeyos revolucionarios— que en todas partes. Estos últimos abrieron las puertas a los campesinos el 25 de abril, y Stuttgart fue ocupado en el acto. Aquí se llevó a cabo plenamente la organización de la tropa cristiana resplandeciente, como se denominaban ahora los insurrectos de Wurtemberg, y se fijaron reglas precisas para la soldada, el reparto del botín y la manutención. Una bandera de habitantes de Stuttgart, al mando de Theus Gerber, se unió a ellos.

El 29 de abril, Feuerbacher marchó con toda la tropa contra los de Gaildorf, que habían irrumpido en Wurtemberg por Schorndorf, incorporó a toda la comarca a la liga y con ello indujo a los de Gaildorf a retirarse. Impidió así que, al mezclarse con los desconsiderados de Gaildorf, el elemento revolucionario de su tropa, al frente del cual se hallaba Rohrbach, recibiese un refuerzo peligroso. Desde Schorndorf se dirigió, al recibir noticia de que el Truchseß se aproximaba, al encuentro de éste, y el 1 de mayo acampó cerca de Kirchheim unter Teck.

Hemos descrito con esto el nacimiento y el desarrollo del levantamiento en aquella parte de Alemania que tenemos que considerar como el terreno del primer grupo de las tropas campesinas. Antes de ocuparnos de los demás grupos (Turingia y Hesse, Alsacia, Austria y los Alpes), tenemos que relatar la campaña del Truchseß, en la que éste, al principio en solitario y más tarde apoyado por distintos príncipes y ciudades, aniquiló a este primer grupo de insurrectos.

Habíamos dejado al Truchseß en Ulm, adonde se había dirigido a fines de marzo, tras dejar en Kirchheim unter Teck un cuerpo de observación al mando de Dietrich Spät. El cuerpo del Truchseß, que no sumaba en total 10.000 hombres —de ellos 7.200 de infantería— después de incorporar los refuerzos de la Liga concentrados en Ulm, era el único ejército disponible para una guerra ofensiva contra los campesinos. Los refuerzos acudieron a Ulm con gran lentitud, en parte por las dificultades del reclutamiento en territorios insurrectos, en parte por la penuria de dinero de los gobiernos, y en parte porque en todas partes las escasas tropas eran más que imprescindibles para guarnecer fortalezas y castillos. Ya hemos visto cuán pocas tropas tenían disponibles los príncipes y ciudades que no pertenecían a la Liga de Suabia. De los éxitos que Jorge Truchseß cosechara con su ejército de la Liga dependía, pues, todo.

El Truchseß se dirigió primeramente contra la tropa de Baltringen, que entretanto había comenzado a devastar castillos y monasterios en las cercanías de Ried. Los campesinos, que al aproximarse las tropas de la Liga se habían replegado al Ried, fueron arrojados de las ciénagas mediante una maniobra envolvente, pasaron el Danubio y se echaron a los desfiladeros y bosques del Alpe de Suabia. Aquí, donde la caballería y la artillería, que constituían la fuerza principal del Truchseß, no podían hostigarlos, éste emprendió una nueva maniobra envolvente, marchando por Biberach hacia la retaguardia de los campesinos, que se habían instalado en el monte Baltringen. En el camino destruyó varias columnas campesinas y tomó Biberach, cuya guarnición capituló. Al acercarse a Baltringen, los campesinos evacuaron la posición y se retiraron al Ried. Desde allí el Truchseß, cuyo ejército había sido reforzado mientras tanto por tropas del Palatinado y de las ciudades de la Alta Suabia, los arrojó de nuevo mediante una hábil maniobra envolvente, los derrotó completamente en la batalla de Wurzach y los dispersó. La tropa de Baltringen quedó prácticamente disuelta.

Mientras tanto, Dietrich Spät, que con su pequeño cuerpo de ejército observaba en Kirchheim unter Teck los movimientos de los campesinos de Wurtemberg, había tenido que retirarse ante fuerzas superiores y se dirigió a Göppingen. Allí fue cercado por los de Gaildorf y socorrido por el Truchseß, que acababa de regresar de la campaña contra los de Baltringen y se dirigía contra la tropa resplandeciente. La unión de ambas tropas campesinas no pudo ser impedida; pero, después de un sangriento combate cerca de Böblingen, el 12 de mayo, en el que los campesinos se batieron con el mayor valor, la tropa de Wurtemberg fue derrotada y se disolvió casi por completo. Feuerbacher huyó a la Selva Negra, desde donde pasó más tarde a Suiza. La tropa de Gaildorf también fue derrotada poco después en las cercanías de Würzburg por las tropas del obispo y por las que regresaban de la campaña, y se dispersó.

Jäcklein Rohrbach, tras permanecer algún tiempo en Heilbronn, había abandonado la ciudad con su gente para acudir en apoyo de sus compañeros de Wurtemberg. Al tener noticia de la derrota de Böblingen, marchó al Neckargau, atravesó el Odenwald y alcanzó a la tropa de Götz von Berlichingen, que acababa de ser reforzada por la tropa del valle del Tauber y se dirigía a Wurzburgo. Pero allí todas las tentativas de tomar la fortaleza de Frauenberg fracasaron. Los príncipes, entre tanto, habían acudido con apremio. El elector del Palatinado, el obispo, el elector de Tréveris y un ejército de la Liga de Suabia se aproximaban. Los campesinos, que no pudieron resistir, fueron derrotados el 2 de junio en Königshofen y al día siguiente en Giebelstadt, quedando aniquilados casi por completo. Florian Geyer, con la tropa negra, se había separado ya antes del grueso del ejército y, después de combatir denodadamente, fue rechazado hacia el valle del Tauber y finalmente acorralado y muerto cerca de Hall. Jäcklein Rohrbach fue capturado y quemado vivo. Götz von Berlichingen se salvó gracias a su nombre y a sus relaciones con los príncipes, y más tarde volvió a estar en servicio de los Habsburgo.

En la Selva Negra, donde entretanto se había formado una nueva tropa campesina bajo el mando de Hans Müller de Bulgenbach, la lucha se prolongó todavía algún tiempo. Esta tropa, de unos 6.000 hombres, había logrado incluso poner sitio a la ciudad de Friburgo, y la tomó después de una heroica resistencia de los ciudadanos. Pero, al conocer la noticia de la derrota de los campesinos de Wurtemberg, se retiró a los montes. Las tropas de los príncipes, que se habían desembarazado de los demás insurrectos, pudieron ahora dirigirse contra este último resto de los vencidos. La tropa de la Selva Negra fue derrotada y dispersada en varias acciones. Hans Müller de Bulgenbach fue apresado y ejecutado en Lauffenburg. La guerra de los campesinos en Suabia y Franconia había terminado.

fuerza del ejército de la Liga, nada pudo contra ella y el Truchsess no la persiguió más. Marchó contra los de Leipheim, que estaban con 5.000 hombres en Leipheim, con 4.000 en el valle del Mindel y con 6.000 en Illertissen, insurreccionando toda la comarca, destruyendo conventos y castillos y disponiéndose a marchar contra Ulm con las tres columnas juntas. También aquí parecía haberse extendido ya una desmoralización entre los campesinos y haberse aniquilado la fiabilidad militar de la tropa; pues Jakob Wehe intentó desde el principio parlamentar con el Truchsess. Pero éste, teniendo ahora tras sí fuerza suficiente de tropas, no se prestó a nada, sino que atacó el 4 de abril al grueso principal en Leipheim y lo dispersó por completo. Jakob Wehe y Ulrich Schön, así como otros dos jefes campesinos, fueron capturados y decapitados; Leipheim capituló, y con unas cuantas incursiones por los alrededores quedó sometido todo el distrito.

Un nuevo motín de los lansquenetes, provocado por la exigencia de saqueo y de una paga extra, detuvo de nuevo al Truchsess hasta el 10 de abril. Luego marchó hacia el suroeste contra los de Baltringen, que entretanto habían invadido sus señoríos de Waldburg, Zeil y Wolfegg y asediaban sus castillos. También aquí encontró a los campesinos disgregados y los batió el 11 y el 12 de abril en combates sucesivos, que disolvieron igualmente por completo la tropa de Baltringen. El resto se replegó a la tropa del lago bajo el mando del cura Florian. Contra ésta se volvió ahora el Truchsess. La tropa del lago, que entretanto no sólo había realizado incursiones, sino que también había atraído a las ciudades de Buchhorn (Friedrichshafen) y Wollmatingen a la confraternización, celebró el 13 un gran consejo de guerra en el convento de Salem y decidió marchar contra el Truchsess. Inmediatamente se tocó a rebato por todas partes, y 10.000 hombres, a los que aún se sumaron los derrotados de Baltringen, se reunieron en el campamento de Bermatingen. Sostuvieron el 15 de abril un combate favorable con el Truchsess, que no quiso poner aquí en juego a su ejército en una batalla decisiva y prefirió parlamentar, tanto más cuanto que se enteró de que también se aproximaban los del Allgäu y los de Hegau. Concluyó, pues, el 17 de abril en Weingarten con los campesinos del lago y los de Baltringen un tratado aparentemente bastante favorable para ellos, que los campesinos aceptaron sin reparos. Consiguió además que los delegados del Alto y Bajo Allgäu aceptaran igualmente este tratado, y luego marchó hacia Wurtemberg.

La astucia del Truchsess lo salvó aquí de una perdición segura. Si no hubiera sabido embaucar a los débiles, limitados y en su mayor parte ya desmoralizados campesinos, así como a sus jefes en su mayoría incapaces, medrosos y corruptibles, con su pequeño ejército se habría visto cercado entre cuatro columnas que sumaban en total por lo menos 25.000 a 30.000 hombres y

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perdido irremediablemente. Pero la limitación, siempre inevitable en las masas campesinas, de sus enemigos le hizo posible desembarazarse de ellos justo en el momento en que podían haber puesto fin a toda la guerra, al menos para Suabia y Franconia, de un solo golpe. Los campesinos del lago cumplieron el tratado —con el que finalmente, como era natural, fueron estafados— con tal rigor que más tarde empuñaron las armas contra sus propios aliados, los de Hegau; los del Allgäu, envueltos en la traición por sus jefes, se desvincularon de ella ciertamente de inmediato, pero entretanto el Truchsess ya había salido del peligro.

Los de Hegau, aunque no incluidos en el Tratado de Weingarten, dieron acto seguido una nueva prueba de la ilimitada estrechez local y del obstinado provincialismo que arruinaron toda la guerra campesina. Después de que el Truchsess negociara vanamente con ellos y marchara hacia Wurtemberg, lo persiguieron y permanecieron constantemente en su flanco; pero no se les ocurrió unirse con la tropa cristiana resplandeciente de Wurtemberg, precisamente porque los de Wurtemberg y el valle del Neckar también les habían negado ayuda una vez. Por ello, cuando el Truchsess se hubo alejado lo bastante de su patria, dieron tranquilamente media vuelta y marcharon contra Friburgo.

Dejamos a los de Wurtemberg bajo Matern Feuerbacher en Kirchheim unter Teck, desde donde el cuerpo de observación dejado por el Truchsess al mando de Dietrich Spät se había retirado a Urach. Tras un intento fallido contra Urach, Feuerbacher se dirigió a Nürtingen y escribió a todas las tropas insurrectas vecinas pidiendo refuerzos para la batalla decisiva. En efecto, llegaron considerables refuerzos tanto de la Baja Wurtemberg como del Gäu. En particular, los campesinos del Gäu, que se habían agrupado en torno a los restos de los de Leipheim, retrocedidos hasta el este de Wurtemberg, y que habían insurreccionado todo el alto valle del Neckar y del Nagold hasta Böblingen y Leonberg, avanzaron en dos fuertes columnas y se unieron el 5 de mayo en Nürtingen con Feuerbacher. A la altura de Böblingen topó el Truchsess con las tropas unidas. Su número, su artillería y su posición lo hicieron vacilar; según su método habitual, inició en seguida negociaciones y concertó un armisticio con los campesinos. Apenas los hubo puesto seguros con esto, los atacó el 12 de mayo durante el armisticio y los forzó a una batalla decisiva. Los campesinos opusieron larga y valerosa resistencia, hasta que finalmente Böblingen fue entregada al Truchsess por la traición de la burguesía. El ala izquierda de los campesinos quedó así privada de su punto de apoyo y fue batida y rodeada. Con ello quedó decidida la batalla. Los indisciplinados campesinos cayeron en

La guerra campesina en Alemania. V

desorden y pronto en salvaje huida; los que no fueron aniquilados o capturados por los jinetes de la Liga arrojaron las armas y se apresuraron a volver a casa. La «tropa cristiana resplandeciente» y, con ella, toda la insurrección de Wurtemberg, quedó completamente disuelta. Theus Gerber escapó a Eßlingen, Feuerbacher huyó a Suiza, Jäcklein Rohrbach fue capturado y arrastrado encadenado hasta Neckargartach, donde el Truchsess lo hizo amarrar a un poste, amontonar leña a su alrededor y asarlo así vivo a fuego lento, mientras él mismo se deleitaba bebiendo con sus caballeros en aquel espectáculo caballeresco.

Desde Neckargartach apoyó el Truchsess, mediante una incursión en el Kraichgau, las operaciones del príncipe elector del Palatinado. Éste, que entretanto había reunido tropas, al tener noticia de los éxitos del Truchsess rompió de inmediato el tratado con los campesinos, atacó el 23 de mayo el Bruchrain, tomó e incendió Malsch tras encarnizada resistencia, saqueó una serie de aldeas y ocupó Bruchsal. Al mismo tiempo, el Truchsess atacó Eppingen y capturó al jefe local del movimiento, Anton Eisenhut, a quien el príncipe elector, junto con una docena de otros jefes campesinos, hizo ejecutar de inmediato. Con esto, el Bruchrain y el Kraichgau quedaron pacificados y tuvieron que pagar alrededor de 40.000 florines de tributo de guerra.

Los dos ejércitos del Truchsess —reducido a 6.000 hombres por las batallas anteriores— y del príncipe elector (6.500 hombres) se unieron ahora y marcharon contra los de la Selva Alta.

La noticia de la derrota de Böblingen había sembrado el terror por todas partes entre los insurrectos. Las ciudades imperiales libres, en la medida en que habían caído bajo la opresiva mano de los campesinos, volvieron a respirar de pronto. Heilbronn fue la primera en dar pasos para reconciliarse con la Liga Suaba. En Heilbronn residían la cancillería campesina y los delegados de las diversas tropas para discutir las propuestas que debían presentarse al emperador y al Imperio en nombre de todos los campesinos insurrectos. En estas negociaciones, que debían tener un resultado general válido para toda Alemania, se puso de manifiesto una vez más que ningún estamento por sí solo, tampoco el de los campesinos, estaba lo bastante desarrollado para reorganizar desde su punto de vista la totalidad de las condiciones alemanas. De inmediato se vio que para este fin era necesario ganar a la nobleza y muy particularmente a la burguesía. Wendel Hipler asumió así la dirección de las negociaciones. | Wendel Hipler, de entre todos los jefes del movimiento, era quien más acertadamente comprendía las relaciones existentes. No era un revolucionario de largo alcance como Münzer, ni un representante de los campesinos como Metzler o Rohrbach. Su experiencia múltiple, su conocimiento práctico de la posición de los distintos estamentos entre sí le impedían representar a uno de los estamentos implicados en el movimiento con exclusión de los demás. Exactamente igual que Münzer, como representante de la clase que se hallaba completamente fuera del vínculo social oficial hasta entonces existente, de los comienzos del proletariado, fue impulsado al presentimiento del comunismo, así también Wendel Hipler, el representante, por así decirlo, del término medio de todos los elementos progresivos de la nación, llegó al presentimiento de la moderna

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sociedad burguesa. Los principios que representaba, las reivindicaciones que formulaba, no eran ciertamente lo inmediatamente posible, pero eran el resultado necesario, algo idealizado, de la disolución en curso de la sociedad feudal, y los campesinos, tan pronto como se pusieron a hacer proyectos de ley para todo el Imperio, se vieron obligados a aceptarlos.

Así, la centralización exigida por los campesinos adquirió aquí en Heilbronn una forma más positiva, una forma que, ciertamente, era por completo diferente de la representación que de ella tenían los campesinos. Así, por ejemplo, fue determinada más concretamente en la instauración de la unidad de moneda, medida y peso, en la supresión de las aduanas interiores etc., en suma, en reivindicaciones que concernían mucho más al interés de los burgueses urbanos que al de los campesinos. Así se hicieron a la nobleza concesiones que se aproximan mucho a las modernas redenciones y que desembocaban en la transformación final de la propiedad territorial feudal en propiedad burguesa. En suma, tan pronto como las reivindicaciones de los campesinos fueron resumidas en una «reforma imperial», tuvieron que subordinarse, no a las reivindicaciones momentáneas, sino a los intereses definitivos de los burgueses.

Mientras esta reforma imperial aún se debatía en Heilbronn, el autor de la «Declaración de los doce artículos», Hans Berlin, viajaba ya al encuentro del Truchsess para negociar en nombre del patriciado y la burguesía sobre la entrega de la ciudad. Movimientos reaccionarios en la ciudad apoyaron la traición, y Wendel Hipler tuvo que | huir con los campesinos. Fue a Weinsberg, donde intentaba reunir los restos de los de Wurtemberg y los escasos hombres movilizables de los de Gaildorf. Pero la aproximación del príncipe elector del Palatinado y del Truchsess lo expulsó también de allí, y así tuvo que dirigirse a Wurzburgo para poner en movimiento a la tropa clara y resplandeciente. Las tropas de la Liga y del príncipe elector sometieron entretanto toda la comarca del Neckar, obligaron a los campesinos a prestar nuevo juramento de vasallaje, incendiaron muchas aldeas y apuñalaron o ahorcaron a todos los campesinos fugitivos de que pudieron echar mano. Weinsberg fue reducida a cenizas en venganza por la ejecución de Helfenstein.

Las tropas reunidas ante Wurzburgo habían sitiado entretanto el Frauenberg y el 15 de mayo, antes aún de que se hubiera abierto brecha, intentaron un valeroso pero vano asalto a la fortaleza. 400 de los mejores hombres, en su mayoría de la partida de Florian Geyer, quedaron muertos o heridos en los fosos. Dos días después, el 17, llegó Wendel Hipler e hizo un

La guerra campesina en Alemania. V

Kriegsrath halten. Er schlug vor, nur 4000 Mann vor dem Frauenberg zu lassen, und mit der ganzen, an 20 000 Mann starken Hauptmacht unter den Augen des Truchseß bei Krautheim an der Jaxt ein Lager zu beziehen, auf das sich alle Verstärkungen konzentriren könnten. Der Plan war vortrefflich; nur durch Zusammenhalten der Massen und durch Ueberzahl konnte man hoffen, das jetzt an 13000 Mann starke fürstliche Heer zu schlagen. Aber schon war die Demoralisation und Entmuthigung unter den Bauern zu groß geworden, um noch irgend eine energische Aktion zuzulassen. Götz von Berlichingen, der bald darauf offen als Verräther auftrat, mag auch dazu beigetragen haben den Haufen hinzuhalten, und so wurde der Hipler'sche Plan nie ausgeführt. Statt dessen wurden die Haufen, wie immer, zersplittert. Erst am 23. Mai setzte sich der helle lichte Haufe in Bewegung, nachdem die Franken versprochen hatten schleunigst zu folgen. Am 26. wurden die in Würzburg lagernden markgräflich-anspachschen Fähnlein heimgerufen durch die Nachricht, daß der Markgraf die Feindseligkeiten gegen die Bauern eröffnet habe. Der Rest des Belagerungsheers, nebst Florian Geyers schwarzer Schaar, nahm Position bei Heidingsfeld, nicht weit von Würzburg. |
 Der helle lichte Haufe kam am 24. Mai in Krautheim an, in einem wenig schlagfertigen Zustand. Hier hörten viele, daß ihre Dörfer inzwischen dem Truchseß gehuldigt hatten, und nahmen dies zum Vorwand um nach Hause zu gehn. Der Haufe zog weiter nach Neckarsulm, und unterhandelte am 28. mit dem Truchseß. Zugleich wurden Boten an die Franken, Elsasser und Schwarzwald-Hegauer mit der Aufforderung zu schleunigem Zuzug geschickt. Von Neckarsulm marschirte Götz auf Oehringen zurück. Der Haufe schmolz täglich zusammen; auch Götz von Berlichingen verschwand während des Marsches; er war heimgeritten, nachdem er schon früher durch seinen alten Waffengefährten Dietrich Spät mit dem Truchseß wegen seines Uebertritts unterhandelt hatte. Bei Oehringen, in Folge falscher Nachrichten über das Herannahen des Feindes, ergriff plötzlich ein panischer Schreck die rath- und muthlose Masse; der Haufen lief in voller Unordnung auseinander, und nur mit Mühe konnten Metzler und Wendel Hipler etwa 2000 Mann zusammenhalten, die sie wieder auf Krautheim führten. Inzwischen war das fränkische Aufgebot, 5000 Mann stark, herangekommen, aber durch einen von Götz offenbar in verrätherischer Absicht angeordneten Seitenmarsch über Löwenstein nach Oehringen, verfehlte es den hellen Haufen, und zog auf Neckarsulm. Dies Städtchen, von einigen Fähnlein des hellen lichten Haufens besetzt, wurde vom Truchseß belagert. Die Franken kamen in der Nacht an und sahen die Feuer des bündischen Lagers; aber ihre Führer hatten nicht den Muth, einen Ueberfall zu wagen, und zogen sich nach Krautheim zurück, wo sie endlich den Rest des hellen lichten Haufens fanden. Neckarsulm ergab sich, als kein Entsatz kam, am 29. an die Bündischen, der Truchseß ließ sofort dreizehn Bauern hinrichten und zog dann sengend und brennend, plündernd und mordend, den Haufen entgegen. Im ganzen Neckar-, Kocher- und Jagsttal bezeichneten Schutthaufen und an den Bäumen aufgehangne Bauern seinen Weg.

Bei Krautheim stieß das bündische Heer auf die Bauern, die sich durch eine Flankenbewegung des Truchseß gezwungen, auf Königshofen an der Tauber zurückgezogen. Hier faßten sie, 8000 Mann mit 32 Kanonen Position. Der Truchseß | näherte sich ihnen hinter Hügeln und Wäldern versteckt, ließ Umgehungskolonnen vorrücken, und überfiel sie am 2. Juni mit solcher Uebermacht und Energie, daß sie trotz der hartnäckigsten, bis in die Nacht fortgesetzten Gegenwehr mehrerer Kolonnen, vollständig geschlagen und aufgelöst wurden. Wie immer, trug auch hier die bündische Reiterei, „der Bauern Tod", hauptsächlich zur Vernichtung des Insurgentenheers bei, indem sie sich auf die durch Artillerie, Büchsenfeuer und Lanzenangriffe erschütterten Bauern warf, sie vollständig zersprengte und einzeln niedermachte. Welche Art von Krieg der Truchseß mit seinen Reitern führte, beweist das Schicksal der 300 Königshof'er Bürger, die beim Bauernheer waren. Sie wurden während der Schlacht bis auf fünfzehn niedergehauen, und von diesen fünfzehn wurden nachträglich noch vier enthauptet.

Nachdem er so mit den Odenwäldern, Neckarthalern und Niederfranken fertig geworden, pacificirte der Truchseß durch Streifzüge, Verbrennung ganzer Dörfer und zahllose Hinrichtungen, die ganze Umgegend und zog dann gegen Würzburg. Unterwegs erfuhr er, daß der zweite fränkische Haufe unter Florian Geyer und Gregor von Burg-Bernheim bei Sulzdorf stand, und sofort wandte er sich gegen diesen.

Florian Geyer, der seit dem vergeblichen Sturm auf den Frauenberg hauptsächlich mit den Fürsten und Städten, namentlich mit Rothenburg und dem Markgrafen Casimir von Anspach, wegen ihres Beitritts zur Bauernverbrüderung unterhandelt hatte, wurde durch die Nachricht der Königshofener Niederlage plötzlich abgerufen. Mit seinem Haufen vereinigte sich der anspachsche unter Gregor von Burg-Bernheim. Dieser Haufe hatte sich erst neuerdings gebildet. Der Markgraf Casimir hatte in echt Hohenzollerscher Weise den Bauernaufstand in seinem Gebiet theils durch Versprechungen, theils durch drohende Truppenmassen im Schach zu halten gewußt. Er hielt vollständig Neutralität gegen alle fremde Haufen, solange sie keine anspachschen Unterthanen an sich zogen. Er suchte den Haß der Bauern hauptsächlich auf die geistlichen Stifter zu lenken, durch deren schließliche Confiskation er sich zu bereichern gedachte. Dabei rüstete er fortwährend und wartete die Ereignisse ab. Kaum war die Nachricht | von der Schlacht bei Böblingen eingetroffen, als er sofort die Feindseligkeiten gegen seine rebellischen Bauern eröffnete, ihnen die Dörfer plünderte und verbrannte und viele von ihnen hängen und niedermachen ließ. Die Bauern jedoch zogen sich rasch zusammen, und schlugen ihn, unter Gregor von Burg-Bernheim, am 29. Mai bei Windsheim. Während sie ihn noch verfolgten, erreichte sie der Ruf der bedrängten Odenwälder, und sofort wandten sie sich nach Heidingsfeld, und von dort mit Florian Geyer wieder nach Würzburg (2. Juni). Hier ließen sie, stets ohne Nachricht von den Odenwäldern, 5000 Bauern zurück und zogen mit 4000 Mann — der Rest war auseinandergelaufen — den Uebrigen nach. Durch falsche Nachrichten über den Ausfall der Schlacht bei Königshofen sicher gemacht, wurden sie bei Sulzdorf vom Truchseß überfallen und total geschlagen. Wie gewöhnlich richteten die Reiter und Knechte des Truchsessen ein furchtbares Blutbad an. Florian Geyer hielt den Rest seiner schwarzen Schaar, 600 Mann, zusammen und schlug sich durch nach dem Dorf Ingolstadt. Zweihundert Mann besetzten die Kirche und den Kirchhof, 400 das Schloß. Die Pfälzer hatten ihn verfolgt, eine Kolonne von 1200 Mann nahm das Dorf und zündete die Kirche an; was nicht in den Flammen unterging, wurde niedergemacht. Dann schössen die Pfälzer Bresche in die baufällige Mauer des Schlosses, und versuchten den Sturm. Zweimal von den Bauern, die hinter einer inneren Mauer gedeckt standen, zurückgeschlagen, schössen sie auch diese zweite Mauer zusammen, und versuchten dann den dritten Sturm, der auch gelang. Die Hälfte von Geyers Leuten wurde zusammengehauen; mit den letzten Zweihundert entkam er glücklich. Aber sein Zufluchtsort wurde schon am nächsten Tage (Pfingstmontag) entdeckt; die Pfälzer umzingelten den Wald, in dem er versteckt lag, und hieben den ganzen Haufen nieder. Nur 17 Gefangne wurden während dieser zwei Tage gemacht. Florian Geyer hatte sich mit wenigen der Entschlossensten wieder durchgeschlagen und wandte sich nun zu den Gaildorfern, die wieder an 7000 Mann stark zusammengetreten waren. Aber als er hinkam fand er sie, in Folge der niederschlagenden Nachrichten von allen Seiten, größtentheils wieder aufgelöst. Er | machte noch den Versuch, die Versprengten in den Wäldern zu sammeln, wurde aber am 9. Juni bei Hall von Truppen überrascht und fiel fechtend.

Der Truchseß, der schon gleich nach dem Sieg von Königshofen den Belagerten auf dem Frauenberg Nachricht gegeben hatte, rückte nun auf Würzburg. Der Rath verständigte sich heimlich mit ihm, so daß das bündische Heer in der Nacht des 7. Juni die Stadt nebst den darin befindlichen 5000 Bauern umzingeln und am nächsten Morgen in die vom Rath geöffneten Thore ohne Schwertstreich einziehen konnte. Durch diesen Verrath der Würzburger „Ehrbarkeit" wurde der letzte fränkische Bauernhaufe entwaffnet und sämmtliche Führer gefangen. Der Truchseß ließ sogleich 81 enthaupten. Hier in Würzburg trafen nun nach einander die verschiedenen fränkischen Fürsten ein; der Bischof von Würzburg selbst, der von Bamberg, und der Markgraf von Brandenburg-Anspach. Die gnädigen Herren vertheilten unter sich die Rollen. Der Truchseß zog mit dem Bischof von Bamberg, der jetzt sofort den mit seinen Bauern abgeschlossenen Vertrag brach, und sein Land den wüthenden Mordbrennerhorden des bündischen Heeres preisgab. Der Markgraf Casimir verwüstete sein eignes Land. Deiningen wurde verbrannt; zahllose Dörfer wurden geplündert oder den Flammen preisgegeben; dabei hielt der Markgraf in jeder Stadt ein Blutgericht ab. In Neustadt an der Aisch ließ er achtzehn, in Markt Bergel dreiundvierzig Rebellen enthaupten. Von da zog er nach Rothenburg, wo die Ehrbarkeit bereits eine Contrerevolution gemacht und Stephan von Menzingen verhaftet hatte. Die Rothenburger Kleinbürger und Plebejer mußten jetzt schwer dafür büßen, daß sie sich den Bauern gegenüber so zweideutig benommen, daß sie ihnen bis ganz zuletzt alle Hülfe abgeschlagen, daß sie in ihrem lokalbornirten Eigennutz auf Unterdrückung der ländlichen Gewerbe zu Gunsten der städtischen Zünfte bestanden und nur widerwillig die aus den Feudalleistungen der Bauern fließenden städtischen Einkünfte aufgegeben hatten. Der Markgraf ließ ihrer sechszehn köpfen, voran natürlich Menzingen. — Der Bischof von Würzburg durchzog in gleicher Weise sein Gebiet, überall plündernd, verwüstend und sengend. Er ließ auf seinem Siegeszug 256 Rebellen hinrichten und krönte sein Werk, bei | seiner Rückkehr nach Würzburg, durch die Enthauptung von noch dreizehn Würzburgern.

Im Mainzischen stellte der Statthalter, Bischof Wilhelm von Straßburg, die Ruhe ohne Widerstand her. Er ließ nur vier hinrichten. Das Rheingau, das ebenfalls erregt gewesen, wo aber längst Alles nach Hause gegangen war, wurde nachträglich von Frowin von Hutten, Ulrichs Vetter, überfallen und durch Hinrichtung von zwölf Rädelsführern vollends „beruhigt". Frankfurt, das auch bedeutende revolutionäre Bewegungen erlebt hatte, war Anfangs durch Nachgiebigkeit des Raths, später durch angeworbne Truppen im Zaum gehalten worden. In der Rheinpfalz hatten sich seit dem Vertragsbruch des Kurfürsten wieder an 8000 Bauern zusammengerottet und von neuem Klöster und Schlösser verbrannt; aber der Trierer Erzbischof zog dem Marschall von Habern zu Hülfe und schlug sie schon am 23. Mai bei Pfedersheim. Eine Reihe von Grausamkeiten (in Pfedersheim allein wurden 82 hingerichtet) und die Einnahme von Weissenburg am 7. Juli beendeten hier den Aufstand.

Von sämmtlichen Haufen blieben jetzt nur noch zwei zu besiegen: die Hegau-Schwarzwälder und die Allgäuer. Mit beiden hatte der Erzherzog Ferdinand intriguirt. Wie Markgraf Casimir und andre Fürsten den Aufstand zur Aneignung der geistlichen Ländereien und Fürstenthümer, so suchte er ihn zur Vergrößerung der östreichischen Hausmacht zu benutzen. Er hatte mit dem allgäuer Hauptmann Walter Bach und mit dem Hegauer Hans Müller

de Bulgenbach para que los campesinos se declarasen partidarios de la unión con Austria; pero, aunque ambos jefes eran venales, nada más pudieron obtener de las mesnadas, fuera de que los del Algovia concertasen con el archiduque un armisticio y observasen la neutralidad frente a Austria.

Los de Hegau, en su retirada de Wurtemberg, habían destruido cierto número de castillos y habían atraído refuerzos de las tierras del margrave de Baden. El 13 de mayo marcharon sobre Friburgo, la batieron a partir del 18 y, después de capitular la ciudad, entraron en ella el 23 con las banderas desplegadas. De allí se dirigieron sobre Stockach y Radolfzell y mantuvieron durante largo tiempo una guerra pequeña, sin resultado, contra las guarniciones de estas ciudades. Éstas, lo mismo que la nobleza y las ciudades de los alrededores, invocando el tratado de Weingarten, pidieron ayuda a los campesinos del lago, y los antiguos rebeldes de las mesnadas del lago se alzaron, 5000 hombres fuertes, contra sus aliados. Tan grande era la mezquindad localista de estos campesinos. Sólo 600 se negaron, quisieron unirse a los de Hegau y fueron pasados a cuchillo. Los de Hegau, sin embargo, movidos por el sobornado Hans Müller de Bulgenbach, ya habían levantado el asedio y, cuando Hans Müller huyó poco tiempo después, en su mayor parte se habían dispersado ya. El resto se atrincheró en la Steige de Hilzingen, donde el 16 de julio fue batido y aniquilado por las tropas que entre tanto se habían vuelto disponibles. Las ciudades suizas mediaron un tratado para los de Hegau, el cual, sin embargo, no impidió que Hans Müller, a pesar de su traición, fuese detenido en Laufenburg y decapitado. En Breisgau, también Friburgo (el 17 de julio) se apartó de la liga de los campesinos y envió tropas contra ellos; pero también aquí, ante la debilidad de las fuerzas principescas, se llegó el 18 de septiembre a un tratado en Offenburg, en el cual quedó incluido el Sundgau. Las ocho asociaciones de la Selva Negra y los de Klettgau, que aún no estaban desarmados, fueron incitados de nuevo a la insurrección por la tiranía del conde de Sulz, y batidos en octubre. El 13 de noviembre, los de la Selva Negra fueron forzados a un tratado, y el 6 de diciembre cayó Waldshut, el último baluarte de la insurrección en el Alto Rin.

Los del Algovia, desde la retirada del Truchsess, habían reanudado su campaña contra los conventos y castillos y ejercido enérgicas represalias por las devastaciones de los confederados. Tenían enfrente pocas tropas, que sólo emprendían alguna que otra pequeña incursión, pero nunca podían seguirlos a los bosques. En junio estalló en Memmingen, que se había mantenido bastante neutral, un movimiento contra el patriciado, el cual fue reprimido únicamente gracias a la proximidad casual de algunas tropas de la Liga, que [40] todavía pudieron socorrer a tiempo al patriciado. Schap-

peler, el predicador y dirigente del movimiento plebeyo, huyó a

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Sankt Gallen. Los campesinos se presentaron entonces ante la ciudad y se disponían a iniciar el cañoneo de brecha cuando supieron que el Truchsess se aproximaba desde Wurzburgo. El 27 de junio marcharon a su encuentro en dos columnas, por Babenhausen y Obergünzburg. El archiduque Fernando intentó una vez más ganar a los campesinos para la casa de Austria. Apoyándose en el armisticio que había concertado con ellos, instó al Truchsess a no continuar su avance contra ellos. La Liga Suaba, sin embargo, le ordenó atacarlos, limitándose a no incendiar ni arrasar; mas el Truchsess era demasiado listo para renunciar a su principal y más decisivo medio de guerra, aun en el caso de que le hubiera sido posible contener a los lansquenetes, llevados de exceso en exceso desde el lago de Constanza hasta el Meno. Los campesinos tomaron posiciones tras el Hier y el Leubas, con cerca de 23 000 hombres. El Truchsess se situó frente a su línea, con 11 000. Las posiciones de ambos ejércitos eran fuertes; la caballería no podía actuar en el terreno que tenían delante, y si bien los lansquenetes del Truchsess superaban a los campesinos en organización, recursos militares y disciplina, los del Algovia contaban en sus filas con gran número de soldados veteranos y capitanes experimentados, y disponían de numerosa artillería bien servida. El 19 de julio, los confederados abrieron un cañoneo que prosiguió en ambos bandos el día 20, aunque sin resultado. El 21 llegó Georg von Frundsberg con 300 lansquenetes para unirse al Truchsess. Conocía a muchos de los capitanes campesinos que habían servido a sus órdenes en las campañas de Italia, y entabló negociaciones con ellos. La traición triunfó donde los recursos militares no bastaban. Walter Bach, algunos otros capitanes y maestros artilleros se dejaron comprar. Hicieron prender fuego a todo el repuesto de pólvora de los campesinos y movieron a la mesnada a que intentase una maniobra envolvente. Pero no bien habían abandonado su fuerte posición, cayeron en la emboscada que el Truchsess les había tendido de acuerdo con Bach y los demás traidores. Tanto menos pudieron defenderse cuanto que sus capitanes, los traidores, los habían abandonado con el pretexto de un reconocimiento y se hallaban ya camino de Suiza. Dos de las columnas de campesinos fueron completamente dispersadas; la tercera, al mando del [83] Knopf de Leubas, pudo aún retirarse en orden. Volvió a tomar posición en el Kohlenberg, junto a Kempten, donde el Truchsess la cercó. Tampoco aquí se atrevió a atacarla: le cortó los suministros y buscó desmoralizarla haciendo incendiar unas 200 aldeas de la comarca. El hambre y el espectáculo de sus viviendas en llamas decidieron por fin a los campesinos a rendirse (25 de julio). Más de veinte fueron ejecutados inmediatamente. El Knopf de Leubas, el único jefe de esta mesnada que no había traicionado su bandera, huyó a

La guerra campesina en Alemania. VI

Bregenz; pero allí fue detenido y, tras una larga prisión, ahorcado.
Con esto terminó la guerra de los campesinos suabo-francona.

VI.

Así que estallaron los primeros movimientos en Suabia, Thomas Münzer se había apresurado a volver a Turingia y, desde fines de febrero o principios de marzo, había fijado su residencia en la ciudad libre imperial de Mühlhausen, donde su partido era más fuerte. Tenía en sus manos los hilos de todo el movimiento; sabía qué tormenta general estaba a punto de desencadenarse en el sur de Alemania, y se había propuesto convertir Turingia en el centro del movimiento para el norte de Alemania. El terreno que halló era extraordinariamente fecundo. La misma Turingia, sede principal del movimiento de la Reforma, se hallaba excitada en sumo grado, y tanto la miseria material de los campesinos oprimidos como las doctrinas revolucionarias religiosas y políticas que circulaban, habían preparado también las comarcas vecinas —Hesse, Sajonia y la región del Harz— para un alzamiento general. Sobre todo en Mühlhausen, toda la masa de la pequeña burguesía se había ganado para la tendencia extrema de Münzer y apenas podía esperar el momento de hacer valer su superioridad numérica frente al altivo patriciado. El mismo Münzer, para no anticiparse al momento preciso, se vio obligado a actuar de modo apaciguador; pero su discípulo Pfeifer, que allí dirigía el movimiento, se había comprometido ya de tal modo que no pudo contener el estallido, y ya el 17 de marzo de 1525, antes del alzamiento general en el sur de Alemania, Mühlhausen hizo su revolución. El viejo concejo patricio fue derrocado y el gobierno puesto en manos del recién elegido «Concejo perpetuo», cuyo presidente era Münzer.

Es lo peor que puede acontecerle al jefe de un partido extremo verse forzado a tomar el gobierno en una época en que el movimiento no está aún maduro para la dominación de la clase que él representa y para la realización de las medidas que la dominación de esa clase exige. Lo que él *puede* hacer no depende de su voluntad, sino de la altura a que ha sido llevado el antagonismo de las distintas clases y del grado de desarrollo de las condiciones materiales de existencia, de las relaciones de producción y de intercambio, sobre las cuales descansa, en cada caso, el grado de desarrollo de los antagonismos de clase. Lo que él *debe* hacer, lo que su propio partido le exige, no depende tampoco de él, pero tampoco

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del grado de desarrollo de la lucha de clases y de sus condiciones; está atado a sus doctrinas y reivindicaciones anteriores, las cuales a su vez no brotan de la posición momentánea que ocupan las clases sociales unas frente a otras ni del estado momentáneo, más o menos fortuito, de las relaciones de producción y de intercambio, sino de su mayor o menor penetración en los resultados generales del movimiento industrial y político. Se encuentra así, necesariamente, ante un dilema insoluble: lo que puede hacer contradice toda su actuación anterior, sus principios y los intereses inmediatos de su partido; y lo que debe hacer resulta irrealizable. En una palabra: se ve forzado a representar no a su partido, a su clase, sino a la clase para cuya dominación el movimiento está justamente maduro. Tiene que realizar, en interés del movimiento mismo, los intereses de una clase ajena a él, y despachar a su propia clase con frases y promesas, con la afirmación de que los intereses de aquella clase ajena son los intereses de ella misma. Quien cae en esta falsa posición está irremisiblemente perdido. Y en el tiempo más reciente aún hemos visto ejemplos de ello: nos basta recordar la posición que en el último gobierno provisional francés ocuparon los representantes del proletariado, aunque ellos mismos sólo representaban una fase muy subordinada en el desarrollo del proletariado. Quien, tras las experiencias del gobierno de febrero —para no hablar de nuestros nobles gobiernos provisionales alemanes y regencias imperiales—, pueda todavía hacer cábalas con los cargos públicos, ha de ser o desmesuradamente limitado o bien no pertenecer al partido revolucionario extremo más que de palabra.

La posición de Münzer a la cabeza del Concejo perpetuo de Mühlhausen era, sin embargo, mucho más arriesgada aún que la de cualquier regente revolucionario moderno. No sólo el movimiento de aquel momento, sino todo su siglo, no estaba maduro para llevar a la práctica las ideas que él mismo apenas comenzaba a vislumbrar confusamente. La clase que él representaba, lejos de estar plenamente desarrollada y ser capaz de subyugar a la sociedad entera, apenas estaba en trance de formarse. La transformación social que flotaba ante su fantasía se hallaba aún tan poco fundada en las condiciones materiales existentes, que éstas, muy al contrario, estaban preparando un orden social que era precisamente lo contrario del orden social por él soñado. Y a pesar de todo, seguía atado a sus prédicas anteriores sobre la igualdad cristiana y la comunidad evangélica de bienes: al menos tenía que intentar ponerlas en práctica. Quedaron proclamadas la comunidad de todos los bienes, la obligación igual de todos para el trabajo y la abolición de toda autoridad. En la realidad, sin embargo, Mühlhausen siguió siendo una ciudad libre imperial, con una constitución ligeramente democrática, con un senado emanado del sufragio universal, que se hallaba bajo el control del foro, y con una asistencia a los pobres en especie, improvisada a toda prisa. La subversión social, que tan espantosa parecía a los burgueses protestantes coetáneos, en realidad no fue más allá de un débil e inconsciente ensayo de anticipar precipitadamente la sociedad burguesa posterior.

El propio Münzer parece haber sentido el vasto abismo entre sus teorías y la realidad inmediata que tenía ante sí, un abismo que menos podía ocultársele cuanto más deformadas debían reflejarse sus geniales concepciones en las toscas cabezas de la masa de sus partidarios. Se lanzó con un celo inaudito incluso en él a la difusión y organización del movimiento; escribió cartas y despachó mensajeros y emisarios en todas direcciones. Sus escritos y prédicas respiran un fanatismo revolucionario que asombra incluso en comparación con sus obras anteriores. El humor ingenuo y juvenil de los panfletos münzerianos prerrevolucionarios ha desaparecido por completo; el lenguaje reposado, discursivo, del pensador, que antes no le era ajeno, ya no aparece. Münzer es ahora por entero un profeta de la revolución; atiza sin cesar el odio contra las clases dominantes, azuza las pasiones más salvajes y no habla ya sino en los giros violentos que el delirio religioso y nacional ponía en boca de los profetas del Antiguo Testamento. Por el estilo en que ahora tenía que forjarse se advierte el nivel de formación del público sobre el cual debía actuar.

El ejemplo de Mühlhausen y la agitación de Münzer surtieron rápidos efectos en la lejanía. En Turingia, en el Eichsfeld, en el Harz, en los ducados sajones, en Hesse y Fulda, en la Alta Franconia y en el Vogtland, por todas partes se alzaban campesinos, se agrupaban en tropas e incendiaban castillos y conventos. Münzer era reconocido más o menos como jefe de todo el movimiento, y Mühlhausen continuó siendo el punto central, mientras que en Erfurt triunfaba un movimiento puramente burgués y el partido allí dominante observaba permanentemente una actitud equívoca frente a los campesinos.

En Turingia, los príncipes estaban al principio tan desconcertados e impotentes ante los campesinos como en Franconia y Suabia. Solo en los últimos días de abril logró el landgrave de Hesse reunir un cuerpo de tropas —el mismo landgrave Felipe, de cuya piedad tanto saben encomiar las historias protestantes y burguesas de la Reforma y de cuyas infamias contra los campesinos oiremos en seguida una palabrita. El landgrave Felipe sometió pronto, mediante un par de rápidas expediciones y una actitud resuelta, la mayor parte de su territorio, concentró nuevas levas y se dirigió a continuación al territorio del abad de Fulda, su señor feudal hasta entonces. El 3 de mayo derrotó a la tropa campesina de Fulda en el Frauenberg, sometió todo el país y aprovechó la ocasión no solo para emanciparse de la soberanía del abad, sino incluso para convertir la abadía de Fulda en feudo de Hesse —naturalmente, con reserva de su posterior secularización. Luego tomó Eisenach y Langensalza y, unido a las tropas de los ducados sajones, marchó contra el foco principal de la rebelión, contra Mühlhausen. Münzer concentró sus fuerzas —unos 8.000 hombres con algunas piezas de artillería— cerca de Frankenhausen. La tropa turingia distaba mucho de poseer la capacidad combativa que una parte de las tropas de la Alta Suabia y de Franconia desplegó frente al Truchsess; estaba mal armada y mal disciplinada, contaba con pocos soldados veteranos y carecía de todo jefe. El propio Münzer no poseía manifiestamente el menor conocimiento militar. Sin embargo, los príncipes consideraron adecuado aplicar también aquí la táctica que tantas veces había servido al Truchsess para vencer: la perfidia. El 16 de mayo entablaron negociaciones, concertaron un armisticio y luego cayeron de improviso sobre los campesinos, antes aún de que hubiera expirado la tregua.

Münzer se hallaba con los suyos en la montaña llamada todavía hoy Schlachtberg, atrincherado tras una fortaleza de carros. El desaliento entre la tropa iba ya en gran aumento. Los príncipes prometieron amnistía si la tropa quería entregarles a Münzer vivo. Münzer mandó formar un círculo y debatir las propuestas de los príncipes. Un caballero y un clérigo se pronunciaron por la capitulación; Münzer los hizo conducir a ambos inmediatamente al interior del círculo y decapitar. Este acto de energía terrorista, acogido con júbilo por los revolucionarios resueltos, dio de nuevo cierta cohesión a la tropa; pero a la postre esta se habría dispersado en gran parte sin resistencia si no se hubiese advertido que los lansquenetes de los príncipes, después de haber rodeado toda la montaña, avanzaban en columnas cerradas, a pesar de la tregua. Rápidamente se formó el frente tras los carros, pero ya las balas de cañón y de arcabuz penetraban entre los campesinos medio inermes y deshabituados al combate, ya los lansquenetes habían llegado a la fortaleza de carros. Tras breve resistencia, la línea de carros fue rota, los cañones de los campesinos fueron capturados y ellos mismos, dispersados. Huyeron en salvaje desorden, para caer con tanta mayor seguridad en manos de las columnas envolventes y de la caballería, que hicieron entre ellos una carnicería inaudita. De ocho mil campesinos, más de cinco mil fueron muertos; el resto entró en Frankenhausen, y al mismo tiempo que ellos los jinetes de los príncipes. La ciudad fue tomada. Münzer, herido en la cabeza, fue descubierto en una casa y hecho prisionero. El 25 de mayo se rindió también Mühlhausen; Pfeifer, que había permanecido allí, escapó, pero fue detenido en el territorio de Eisenach.

Münzer fue torturado en presencia de los príncipes y luego decapitado. Marchó al patíbulo con el mismo valor con que había vivido. Cuando fue ejecutado tenía veintiocho años a lo sumo. También Pfeifer fue decapitado; pero, aparte de estos dos, otros innumerables. En Fulda, el varón de Dios Felipe de Hesse había comenzado su tribunal de sangre; él y los príncipes sajones hicieron ejecutar a espada, entre otros, a 24 insurrectos en Eisenach, a 41 en Langensalza, a 300 después de la batalla de Frankenhausen, a más de 100 en Mühlhausen, a 26 en Görmar, a 50 en Tüngeda, a 12 en Sangerhausen, a 8 en Leipzig, para no hablar de mutilaciones y de otros medios más suaves, ni de saqueos e incendios de aldeas y ciudades.

Mühlhausen tuvo que renunciar a su libertad imperial y fue incorporado a los territorios sajones, exactamente igual que la abadía de Fulda al landgraviato de Hesse.

Los príncipes pasaron a continuación a través del bosque de Turingia, donde campesinos francones del campamento de Bildhausen se habían unido a los turingios e incendiado muchos castillos. Ante Meiningen se llegó a un combate; los campesinos fueron derrotados y se retiraron hacia la ciudad. Esta les cerró de pronto las puertas y amenazó con atacarlos por la espalda. La tropa, puesta en aprietos por esta traición de sus aliados, capituló con los príncipes y se dispersó aún durante la negociación. El campamento de Bildhausen se había dispersado ya hacía tiempo, y con la desbandada de esta tropa quedó aniquilado el último resto de los insurrectos de Sajonia, Hesse, Turingia y la Alta Franconia.

En Alsacia el levantamiento estalló más tarde que en la orilla derecha del Rin. Solo hacia mediados de abril se sublevaron los campesinos del obispado de Estrasburgo, y poco después los de la Alta Alsacia y el Sundgau. El 18 de abril una tropa de campesinos de la Baja Alsacia saqueó el monasterio de Altorf; otras tropas se formaron cerca de Ebersheim y Barr, así como en el valle del Willer y en el valle del Urbis. Pronto se concentraron en la gran tropa de la Baja Alsacia y organizaron la toma de ciudades y villas, así como la destrucción de los monasterios. En todas partes se requirió al tercer hombre para el ejército. Los doce artículos de esta tropa son considerablemente más radicales que los suabo‑francones.

Mientras una columna de los de la Baja Alsacia se concentraba a comienzos de mayo en St. Hippolyte y, tras un vano intento de ganar esta ciudad, se apoderaba el 10 de mayo de Bergheim, el 13 de Rappoltsweiler y el 14 de Reichenweier, mediante acuerdo con los burgueses, una segunda columna, al mando de Erasmus Gerber, salió para tomar por sorpresa Estrasburgo. El intento fracasó, y la columna se dirigió entonces hacia los Vosgos, destruyó el monasterio de Maursmünster y puso sitio a Zabern, que se rindió el 13 de mayo. De aquí marchó hacia la frontera lorenesa y sublevó la parte limítrofe del ducado, al tiempo que fortificaba los puertos de montaña. Cerca de Herbitzheim, en el Saar, y de Neuburg se formaron grandes campamentos; en Saargemünd se fortificaron 4.000 campesinos alemanes‑loreneses; finalmente, dos tropas avanzadas —la tropa de Kolben en los Vosgos, cerca de Stürzelbronn, y la tropa de Kleeburg cerca de Weissenburg— cubrían el frente y el flanco derecho, mientras que el flanco izquierdo se apoyaba en los de la Alta Alsacia.

Estos, en movimiento desde el 20 de abril, habían obligado a Sulz, el 10 de mayo, a Gebweiler, el 12, y a Sennheim y sus alrededores, el 15, a fraternizar con los campesinos. El gobierno austríaco y las ciudades imperiales vecinas se aliaron desde luego contra ellos, pero eran demasiado débiles para ofrecerles resistencia seria, y menos aún para atacarlos. De este modo, a excepción de unas pocas ciudades, toda Alsacia se hallaba a mediados de mayo en manos de los insurrectos.

Pero ya se aproximaba el ejército que debía quebrar la audacia sacrílega de los campesinos alsacianos. Eran franceses quienes llevaban a cabo aquí la restauración del dominio nobiliario. El duque Antonio de Lorena se puso en movimiento ya el 6 de mayo con un ejército de 30.000 hombres, entre ellos la flor de la nobleza francesa y tropas auxiliares españolas, piamontesas, lombardas, griegas y albanesas. El 16 de mayo tropezó en Lupstein con 4.000 campesinos, a los que derrotó sin esfuerzo, y ya el 17 obligó a capitular a Zabern, ocupada por los campesinos. Pero aún durante la entrada de los loreneses en la ciudad y el desarme de los campesinos, la capitulación fue violada; los campesinos inermes fueron asaltados por los lansquenetes y pasados a cuchillo en su mayor parte. Las demás columnas de la Baja Alsacia se dispersaron, y el duque Antonio marchó entonces contra los de la Alta Alsacia. Estos, que se habían negado a acudir a Zabern en auxilio de los de la Baja Alsacia, fueron atacados ahora en Scherweiler por todo el poder de los loreneses. Se defendieron con gran denuedo, pero la enorme superioridad numérica —30.000 contra 7.000— y la traición de un número de caballeros, especialmente del Vogt de Reichenweier, hicieron inútil toda bravura. Fueron completamente derrotados y dispersados. El duque pacificó a continuación toda Alsacia con la acostumbrada crueldad. Solo el Sundgau se vio libre de su presencia. Mediante la amenaza de hacerle entrar en el país, el gobierno austríaco llevó aquí a comienzos de junio a sus campesinos a la conclusión del tratado de Ensisheim. Pero el propio gobierno rompió en seguida este tratado e hizo ahorcar en masa a los predicadores y jefes del movimiento. Los campesinos emprendieron a raíz de ello un nuevo levantamiento, que terminó finalmente con la inclusión de los campesinos del Sundgau en el tratado de Offenburg (18 de septiembre).

Ahora nos resta relatar la guerra de los campesinos en los países alpinos austríacos. Estas regiones, así como el arzobispado colindante de Salzburgo, se hallaban desde la stara prawa en permanente oposición al gobierno y a la nobleza, y las doctrinas reformadas habían encontrado aquí también un terreno propicio. Persecuciones religiosas y exacciones fiscales arbitrarias hicieron estallar también aquí el levantamiento.

La ciudad de Salzburgo, apoyada por los campesinos y los mineros, ya desde 1522 venía sosteniendo un conflicto con el arzobispo a causa de sus privilegios urbanos y del ejercicio de la religión. A finales de 1524, el arzobispo atacó por sorpresa la ciudad con lansquenetes mercenarios, la aterrorizó con los cañones de la fortaleza y persiguió a los predicadores heréticos. Al mismo tiempo, decretó nuevos y agobiantes impuestos, con lo que exasperó a toda la población. En la primavera de 1525, coincidiendo con la insurrección de Suabia-Franconia y Turingia, se alzaron de repente los campesinos y los mineros de todo el territorio, se organizaron en bandas bajo los capitanes Praßler y Weitmoser, liberaron la ciudad y sitiaron el castillo de Salzburgo. Al igual que los campesinos de Alemania occidental, formaron una liga cristiana y condensaron sus reivindicaciones en artículos, que aquí fueron catorce.

También en Estiria, Alta Austria, Carintia y Carniola, donde nuevos impuestos, aduanas y decretos ilegales habían herido gravemente al pueblo en sus intereses más inmediatos, los campesinos se levantaron en la primavera de 1525. Tomaron varios castillos y derrotaron en Gayssern al vencedor de la stara prawa, el viejo capitán de campaña Dietrichstein. Aunque las falaces promesas del gobierno lograron apaciguar a una parte de los insurrectos, la masa permaneció unida y se juntó con los salzburgueses, de modo que toda la región de Salzburgo y la mayor parte de la Alta Austria, Estiria, Carintia y Carniola quedaron en manos de los campesinos y los mineros.

En el Tirol habían encontrado también las doctrinas reformadas gran número de partidarios; aquí, incluso más que en los demás países alpinos de Austria, habían actuado con éxito emisarios de Müntzer. El archiduque Fernando persiguió también allí a los predicadores de la nueva doctrina y atentó, asimismo, contra los privilegios de la población mediante nuevas y arbitrarias regulaciones financieras. La consecuencia fue, como en todas partes, el levantamiento en la primavera del mismo año 1525. Los insurrectos, cuyo capitán en jefe era un partidario de Müntzer, Geismaier —el único talento militar significativo entre todos los jefes campesinos—, tomaron multitud de castillos y actuaron, sobre todo en el sur, en la región del Adigio, con gran energía contra los curas. También los habitantes del Vorarlberg se alzaron y se unieron a los algovianos.

El archiduque, acosado por todas partes, hizo concesión tras concesión a los rebeldes, a los que poco antes había pretendido exterminar a sangre y fuego, con saqueos y asesinatos. Convocó a las dietas de los territorios hereditarios y, hasta que se reunieran, pactó un armisticio con los campesinos. Entretanto, se armaba con todas sus fuerzas para poder hablarles cuanto antes de otro modo a los facinerosos.

Naturalmente, el armisticio no se mantuvo mucho tiempo. En los ducados, Dietrichstein, a quien se le acababa el dinero, empezó a imponer contribuciones de guerra. Además, sus tropas eslavas y magiares se permitían las más desvergonzadas crueldades con la población. Los estirios, pues, volvieron a alzarse, cayeron por sorpresa en la noche del 2 al 3 de julio sobre el capitán de campaña Dietrichstein en Schladming y pasaron a cuchillo a todo aquel que no hablaba alemán. El propio Dietrichstein fue hecho prisionero; en la mañana del 3, los campesinos constituyeron un tribunal de jurados y condenaron a muerte a 40 nobles checos y croatas de entre los cautivos. Fueron decapitados de inmediato. Esto surtió efecto; el archiduque aprobó en el acto todas las reivindicaciones de los estamentos de los cinco ducados (Alta y Baja Austria, Estiria, Carintia y Carniola).

También en el Tirol se aceptaron las reivindicaciones de la dieta y con ello se pacificó el norte. El sur, sin embargo, manteniéndose en sus exigencias originarias frente a las resoluciones diluidas de la dieta, permaneció en armas. Sólo en diciembre pudo el archiduque restablecer aquí el orden por la fuerza. No dejó de mandar ejecutar a un buen número de instigadores y cabecillas de la rebelión que cayeron en sus manos.

Contra Salzburgo avanzaron en agosto 10 000 bávaros al mando de Georg von Frundsberg. Esta imponente fuerza militar, así como las querellas que habían estallado entre los campesinos, movieron a los salzburgueses a concertar un tratado con el arzobispo, que se concluyó el 1 de septiembre y fue aceptado también por el archiduque. Pero los dos príncipes, que entretanto habían reforzado suficientemente sus tropas, rompieron muy pronto este tratado, empujando con ello a los campesinos de Salzburgo a un nuevo levantamiento. Los insurrectos resistieron durante el invierno; en la primavera se les unió Geismaier y emprendió una brillante campaña contra las tropas que avanzaban por todos lados. En una serie de combates brillantes derrotó —en mayo y junio de 1526— primero a los bávaros, luego a los austriacos, a las tropas de la Liga de Suabia y a los lansquenetes del arzobispado de Salzburgo, impidiendo durante largo tiempo la reunión de los distintos cuerpos de ejército. Entre tanto, aún halló tiempo para sitiar Radstadt. Por último, cercado por la superioridad numérica por todos lados, tuvo que retirarse, se abrió paso y condujo los restos de su cuerpo a través de los Alpes austriacos hasta territorio veneciano. La república de Venecia y Suiza ofrecieron al infatigable jefe campesino puntos de apoyo para nuevas intrigas; durante un año más intentó arrastrarlas a una guerra contra Austria, que debía brindarle ocasión para un nuevo levantamiento campesino. Pero en el curso de estas negociaciones le alcanzó la mano de un asesino; el archiduque Fernando y el arzobispo de Salzburgo no estuvieron tranquilos mientras Geismaier siguiera con vida: pagaron a un bandido, y éste logró eliminar del mundo al peligroso rebelde en 1527.

VII.

Con la retirada de Geismaier a territorio veneciano había llegado a su fin el último epílogo de la guerra campesina. Los campesinos habían sido puestos de nuevo en todas partes bajo la sujeción de sus señores eclesiásticos, nobles o patricios; los tratados concertados aquí y allá con ellos fueron rotos; las cargas anteriores se vieron incrementadas con las enormes contribuciones de guerra que los vencedores impusieron a los vencidos. El intento revolucionario más grandioso del pueblo alemán terminó con una derrota ignominiosa y una presión momentáneamente duplicada. A la larga, sin embargo, la situación de la clase campesina no empeoró por la represión del levantamiento. Lo que la nobleza, los príncipes y los curas podían exprimir de ellos año tras año, ya se lo exprimían con seguridad antes de la guerra; el campesino alemán de entonces tenía en común con el proletario moderno que su participación en los productos de su trabajo se limitaba al mínimo de medios de subsistencia necesario para su manutención y para la reproducción de la raza campesina. Por término medio, pues, ya no se les podía sacar nada más. Ciertamente, muchos campesinos medios más acomodados quedaron arruinados, multitud de siervos fueron forzados a la servidumbre personal, comarcas enteras de tierras comunales fueron confiscadas, un gran número de campesinos se vieron arrojados a la vagabundería o entre los plebeyos de las ciudades a causa de la destrucción de sus viviendas, la devastación de sus campos y el desorden general. Pero las guerras y las devastaciones eran fenómenos cotidianos de aquella época y, en general, la clase campesina estaba demasiado al fondo para que su situación pudiera empeorar de un modo duradero a consecuencia del aumento de los impuestos. Las guerras de religión posteriores y, por último, la guerra de los Treinta Años, con sus repetidas y masivas devastaciones y despoblaciones, afectaron a los campesinos mucho más gravemente que la guerra campesina; en particular la guerra de los Treinta Años destruyó la parte más importante de las fuerzas productivas empleadas en la agricultura y, a causa de ello y de la simultánea destrucción de muchas ciudades, redujo durante largo tiempo a los campesinos, plebeyos y burgueses arruinados a una miseria semejante a la irlandesa en su forma más atroz.

Quien más sufrió las consecuencias de la guerra campesina fue el clero. Sus monasterios y fundaciones fueron incendiados, sus objetos preciosos saqueados, vendidos al extranjero o fundidos; sus provisiones habían sido consumidas. En todas partes había sido el que menos resistencia pudo oponer y, al mismo tiempo, todo el peso del odio popular había caído sobre él con la mayor dureza. Los demás estamentos, príncipes, nobleza y ciudadanía, incluso sentían una secreta alegría por la penuria de los odiados prelados. La guerra campesina había hecho popular la secularización de los bienes eclesiásticos en beneficio de los campesinos; los príncipes laicos y, en parte, las ciudades se dispusieron a llevar a cabo esa secularización en provecho propio, y pronto, en los países protestantes, los obispados de los prelados pasaron a manos de los príncipes o de la honorabilidad. Pero también el dominio de los príncipes eclesiásticos había sido atacado, y los príncipes laicos supieron explotar el odio popular también en este sentido. Así hemos visto cómo el abad de Fulda fue degradado de señor feudal a servidor de Felipe de Hesse. Así obligó la ciudad de Kempten al príncipe-abad a venderle, por un precio irrisorio, una serie de valiosos privilegios que éste poseía en la ciudad.

La nobleza también había sufrido considerablemente. La mayoría de sus castillos habían sido destruidos, varias de las familias más distinguidas estaban arruinadas y sólo podían hallar una existencia al servicio de los príncipes. Su impotencia frente a los campesinos había quedado patente; en todas partes había sido derrotada y forzada a capitular; sólo los ejércitos de los príncipes la habían salvado. Tenía que ir perdiendo cada vez más su importancia como estamento inmediato del Imperio y caer bajo la sujeción de los príncipes.

En conjunto, las ciudades tampoco obtuvieron ventaja alguna de la guerra campesina. El dominio de la honorabilidad quedó restablecido casi en todas partes; la oposición de la ciudadanía quedó quebrantada por largo tiempo. La vieja rutina patricia se perpetuó así, encadenando el comercio y la industria en todos los sentidos, hasta la Revolución Francesa. Los príncipes, además, hicieron responsables a las ciudades de los éxitos momentáneos que, durante la lucha, habían alcanzado en su seno el partido burgués o el plebeyo. Ciudades que ya antes pertenecían a los territorios de los príncipes fueron gravadas con pesadas contribuciones de guerra, despojadas de sus privilegios y sojuzgadas sin protección bajo la codiciosa arbitrariedad de los príncipes (Frankenhausen, Arnstadt, Schmalkalden, Wurzburgo, etc., etc.), incorporadas a territorios principescos (por ejemplo, Mühlhausen), o puestas en una dependencia moral respecto de príncipes vecinos, como muchas ciudades imperiales francónias.

En semejantes circunstancias, quienes únicamente sacaron provecho del desenlace de la guerra de los campesinos fueron los príncipes. Ya vimos, al comienzo mismo de nuestra exposición, cómo el deficiente desarrollo industrial, comercial y agrícola de Alemania imposibilitaba toda centralización de los alemanes en nación, cómo sólo permitía una centralización local y provincial y cómo, por tanto, los representantes de esta centralización en medio de la disgregación, los príncipes, constituían el único estamento al que todo cambio de las relaciones sociales y políticas existentes tenía que resultarle necesariamente favorable. El grado de desarrollo de la Alemania de entonces era tan bajo y, al mismo tiempo, tan desigual en las distintas provincias, que junto a los principados seculares aún podían subsistir soberanías eclesiásticas, repúblicas urbanas y condes y barones soberanos; pero ese desarrollo impulsaba al mismo tiempo, aunque de manera muy lenta y lánguida, hacia la centralización provincial, es decir, hacia la subordinación de los demás estamentos del Imperio bajo los príncipes. De ahí que, al término de la guerra de los campesinos, sólo los príncipes pudieran haber ganado. Y así ocurrió de hecho. Ganaron no sólo relativamente, por el debilitamiento de sus competidores —el clero, la nobleza, las ciudades—; ganaron también absolutamente, al alzarse con los spolia opima de todos los demás estamentos. Los bienes eclesiásticos se secularizaron en provecho suyo; una parte de la nobleza, semiarruinada o arruinada por completo, tuvo que someterse paulatinamente a su soberanía; las contribuciones de guerra impuestas a las ciudades y a las comunidades campesinas afluyeron a su fisco, el cual, con la supresión de tantos privilegios urbanos, obtuvo además un campo de acción mucho más libre para sus apreciadas operaciones financieras.

La disgregación de Alemania, cuya agudización y consolidación fue el principal resultado de la guerra de los campesinos, fue también, al mismo tiempo, la causa de su fracaso.

Hemos visto cuán disgregada estaba Alemania, no sólo en innumerables provincias independientes, casi totalmente extrañas unas a otras, sino también cómo la nación, en cada una de esas provincias, se descomponía en una múltiple articulación de estamentos y fracciones estamentales. Aparte de príncipes y clérigos, encontramos en el campo a la nobleza y a los campesinos; en las ciudades, a patricios, burgueses y plebeyos: todos ellos estamentos cuyos intereses eran mutuamente del todo extraños, cuando no se entrecruzaban y contraponían. Por encima de todos estos intereses complicados se alzaban, además, los del emperador y los del Papa. Hemos visto con cuánta torpeza, de modo incompleto y desigual según las localidades, estos intereses diversos se agruparon finalmente en tres grandes bloques; cómo, pese a tan trabajosa agrupación, cada estamento se oponía a la dirección que las circunstancias imprimían al desarrollo nacional, obraba por cuenta propia y, con ello, no sólo entraba en colisión con todos los estamentos conservadores, sino también con todos los demás estamentos que estaban en la oposición, y tenía que sucumbir finalmente. Así ocurrió con la nobleza en la sublevación de Sickingen, con los campesinos en la guerra de los campesinos, con los burgueses en toda su mansa Reforma. Así, incluso campesinos y plebeyos, en la mayoría de las regiones de Alemania, no llegaron a una acción común y se estorbaron mutuamente. Hemos visto también de qué causas brotaron esta disgregación de la lucha de clases y la derrota completa del movimiento revolucionario y la derrota a medias del movimiento burgués, que de ella se derivaron.

De qué modo la disgregación local y provincial, y la estrechez de miras local y provincial que de ella se sigue necesariamente, arruinaron todo el movimiento; de qué modo ni los burgueses, ni los campesinos, ni los plebeyos llegaron a una actuación concentrada, nacional; de qué modo los campesinos, por ejemplo, obraban por cuenta propia en cada provincia, negaban siempre su ayuda a los campesinos insurrectos de las vecinas y, por ello, eran aniquilados uno tras otro en combates aislados por ejércitos que, en la mayoría de los casos, no igualaban ni a la décima parte de la masa total insurrecta: todo ello quedará claro para cualquiera a partir de la exposición precedente. Los distintos armisticios y pactos de las diferentes partidas con sus adversarios constituyen otros tantos actos de traición a la causa común, y la única agrupación posible de las diversas partidas, no según la mayor o menor comunidad de su propia acción, sino según la comunidad del adversario concreto frente al que sucumbían, es la prueba más contundente del grado de extrañamiento recíproco de los campesinos de distintas provincias.

También aquí se ofrece por sí misma la analogía con el movimiento de 1848-1850. También en 1848 colisionaron entre sí los intereses de las clases que estaban en la oposición y cada una obró por su cuenta. La burguesía, demasiado desarrollada para poder soportar por más tiempo el absolutismo feudal-burocrático, aún no era bastante poderosa para poder subordinar de inmediato a los suyos las aspiraciones de otras clases. El proletariado, harto débil para poder contar con saltar por encima del período burgués y con conquistar pronto su propia dominación, había conocido ya demasiado, bajo el absolutismo, las dulzuras del régimen burgués y estaba en general demasiado desarrollado para poder ver, siquiera por un momento, su propia emancipación en la emancipación de la burguesía. La masa de la nación, los pequeño-burgueses, los compañeros de los pequeño-burgueses (los artesanos) y los campesinos, fue abandonada por su aliado por ahora aún natural, la burguesía, por considerarla ya demasiado revolucionaria, y, en algunos lugares, por el proletariado, por considerarla aún no bastante avanzada; dividida a su vez en su propio seno, tampoco ella llegó a nada, y se oponía a diestra y siniestra a sus co-opositores. En fin, la estrechez de miras local no pudo ser mayor entre los campesinos de 1525 de lo que fue entre todas las clases que participaron en el movimiento de 1848. Las cien revoluciones locales y las otras tantas reacciones locales que se las anudaron y que se llevaron a cabo con igual falta de trabas, el mantenimiento de la fragmentación en minúsculos Estados, etc., etc., son pruebas que hablan verdaderamente un lenguaje bastante alto. Quien después de las dos revoluciones alemanas de 1525 y de 1848 y de sus resultados pueda aún desvariar sobre la república federativa, no merece ir a otro sitio que al manicomio.

Pero ambas revoluciones, la del siglo XVI y la de 1848-1850, son, pese a todas las analogías, muy esencialmente distintas entre sí. La revolución de 1848 demuestra, si no el progreso de Alemania, sí al menos el progreso de Europa.

¿Quién sacó provecho de la revolución de 1525? Los príncipes. — ¿Quién sacó provecho de la revolución de 1848? Los grandes príncipes, Austria y Prusia. Detrás de los pequeños príncipes de 1525 estaban, encadenándolos por medio del impuesto, los pequeños filisteos; detrás de los grandes príncipes de 1850, detrás de Austria y Prusia, están, sojuzgándolos rápidamente por medio de la deuda pública, los modernos grandes burgueses. Y detrás de los grandes burgueses están los proletarios.

La revolución de 1525 fue un asunto local alemán. Ingleses, franceses, bohemios, húngaros, ya habían pasado por sus guerras campesinas cuando los alemanes hicieron la suya. Si Alemania ya estaba disgregada, Europa lo estaba aún mucho más. La revolución de 1848 no fue un asunto local alemán, fue una pieza singular de un gran acontecimiento europeo. Sus causas impulsoras, a lo largo de todo su decurso, no están comprimidas en el estrecho recinto de un solo país, ni siquiera en el de un solo continente. Es más, los países que fueron el escenario de esta revolución son precisamente los que menos participaron en su gestación. Son, en mayor o menor medida, materias primas, conscientes o sin voluntad, que van siendo remodeladas en el decurso de un movimiento en el que ahora toma parte el mundo entero, un movimiento que, bajo las relaciones sociales existentes, ciertamente no puede aparecérsenos sino como un poder ajeno, aunque en última instancia no sea más que nuestro propio movimiento. La revolución de 1848 a 1850 no puede, por tanto, terminar como la de 1525.
Friedrich Engels.