Wien und Frankfurt

["Neue Rheinische Zeitung" Nr. 244 del 13 de marzo de 1849]

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Colonia, 12 de marzo. El día 15 del mes en curso, la Dieta de Kremsier quería pasar a la deliberación del proyecto de constitución terminado por la comisión. Con ello había llegado para las bestias del estado de sitio imperiales y reales el momento de arrojar a la cara de la Dieta la constitución "por la gracia de Dios", que tenían preparada desde hacía tiempo, y de poner fin a toda la farsa de representación popular de Kremsier, hasta entonces tolerada.

Todo el ardid del otorgamiento ya había sido puesto en limpio el verano del año anterior entre los contrarrevolucionarios ungidos y no ungidos en Schönbrunn (Viena), Potsdam-Berlín, Londres (donde Metternich, como araña cruciforme de la Santa Alianza, se sienta en el centro de la red lentamente tejida alrededor de los pueblos que se alzan por la libertad) y París. El que el rey de Potsdam lo pusiera por obra en primer término dependió exclusivamente de las circunstancias en Prusia, que permitieron semejante paso antes que en Austria.

En noviembre, la Austria oficial arrojó a los pies de los de la Paulskirche la cabeza ensangrentada de Robert Blum. La pulcra pareja gemela de comisarios imperiales, Welcker y Mosle, había regresado unos días antes de la antecámara de Windischgrätz y del atiborramiento en Olmütz cubierta de tanta ignominia, que cualquier otro, salvo los honorables Welcker y Mosle, se habría metido antes unas cuantas balas en la cabeza que atreverse a mirar a los ojos a ningún ser humano sobre la tierra. En lugar de ello, esta pareja diplomática de hermanos aún se jactaba de sus periplos de aquí para allá <Véase "El informe de la Comisión de Fráncfort sobre los asuntos austríacos">.

La mayoría de la Asamblea Nacional estaba "satisfait", satisfecha, del mismo modo que la Cámara francesa bajo Luis Felipe, ante las mayores infamias y las pruebas más flagrantes de corrupción, se declaraba también satisfait, satisfecha.

Bien podía salpicar la sangre del asesinado Robert Blum el rostro de los de la Paulskirche. Sus mejillas enrojecían, ciertamente, pero no de vergüenza, ni de furia, ni del más profundo estallido de ira, sino con el color del regodeo y la satisfacción. Por supuesto, se enviaron nuevos comisarios imperiales a Austria. Pero el resultado por ellos obtenido fue meramente una duplicación del escarnio que ya de antemano se había acumulado desde aquel lado sobre los llamados diputados nacionales y la Alemania por ellos traicionada.

"¡No importa, to es uno!", fue y siguió siendo la consigna también de aquellos señores.

Recuérdese que poco antes de los actos de violencia del gobierno prusiano, Bassermann, Simson y, naturalmente, el "noble" señor Gagern, etc., se hallaban en Berlín como comisarios imperiales.

Y de nuevo tenemos comisarios imperiales en Austria, en Olmütz, mientras aquí, como en Berlín, se dispersa la Dieta y se otorga al pueblo una constitución "por la gracia de Dios" por medio de croatas, sereschanes, hucules, etc.

Siempre que se debía aniquilar la libertad del pueblo, se presentaban, como buitres que husmean de antemano la carroña, comisarios de la llamada autoridad central. Su órgano del olfato siempre se ha acreditado.

Ahora, por fin, la charca de ranas de Fráncfort debería caer en la cuenta de que el turno le llegará pronto. Sus pecados se expiarán sobre ella misma. Sobre la placa conmemorativa que se erigirá en el lugar de su funesta actividad leerá el caminante: "Pereció por su propia culpa, por cobardía, estupidez de profesores y mezquindad vuelta crónica, en parte bajo la risa burlona que enfría la venganza, en parte bajo la indiferencia total del pueblo".

Una parte de esos míseros malhechores se atreve todavía, sin embargo, en la actualidad a jactarse de los "derechos fundamentales" salidos de la fábrica de Fráncfort, y a creerse algo por ello, como por una gran hazaña. Con los "derechos fundamentales" se batían, como los escolásticos de la Edad Media, con una locuacidad de comadres, mientras que el "poder fundamental" de la Santa Alianza y de sus compinches se organizaba cada vez más ingente y se reía cada vez más y más fuerte de la cháchara profesoral y filistea sobre los derechos fundamentales. Aquéllos fijaban sus "derechos fundamentales" en un pedazo de papel; éstos, los señores de la contrarrevolución, escribían su "poder fundamental" sobre espadas afiladas, cañones y gabanes rojos eslavos.

Tan pronto como el pueblo alemán, en alguna parte de las patrias germánicas, hacía uso o parecía querer hacer uso de su derecho fundamental originario, el de la insurrección contra la tiranía feudal o pequeñoburguesa-constitucional, Fráncfort enviaba a toda prisa "tropas del Reich" para castigar y ablandar al pueblo mediante acuartelamientos, saqueos, matanzas y excesos militares de todo tipo, y para mantener bien a punto los instrumentos de la contrarrevolución, es decir, para cebarlos debidamente a costa del pueblo y de sus "derechos fundamentales" y fortalecerlos para nuevas proezas heroicas.

En tales casos, los señores de Fráncfort poseían siempre el necesario poder, pues lo recibían prestado de las filas del arriba mencionado "poder fundamental" de nuestros clementes padres de la patria.

Así, no es de admirar que la charca de ranas de Fráncfort tenga que enmudecer impotente y contemplar sin fuerza a los señores ungidos, cada vez que proclaman sus "derechos fundamentales", y ello incluso cuando los derechos fundamentales de los señores "por la gracia de Dios" vayan directamente dirigidos contra ella misma.

Así, y por tanto, tendrá que contemplar también tranquilamente cómo ahora el Tamerlán austríaco <Emperador Francisco José I> ha otorgado a sus amados "súbditos", entre los cuales hay un número considerable de alemanes, 13 derechos fundamentales por la gracia de Dios y de Sofía, y, con este golpe, ha propinado a los héroes de Fráncfort otra contundente bofetada. ¡Y con todo derecho!