["Neue Rheinische Zeitung" - [Hungría]]

[Hungría]

["Neue Rheinische Zeitung" Nr. 301 vom 19. Mai 1849]

*
Colonia
, 18 de mayo. En el momento en que la guerra magiar, por la efectiva invasión de los rusos, se torna en guerra europea, nos vemos obligados a suspender nuestros informes sobre su ulterior desarrollo. Sólo nos queda ya presentar a nuestros lectores, en una breve ojeada, el desarrollo de esta grandiosa guerra revolucionaria de la Europa oriental.

Se recordará cómo ya antes de la revolución de Febrero, en el otoño de 1847, la Dieta de Presburgo, dirigida por Kossuth, adoptó una serie de acuerdos revolucionarios; cómo decretó la enajenabilidad de la propiedad territorial, la libertad de movimiento de los campesinos, la redención de las cargas feudales, la emancipación de los judíos, la igualdad tributaria de todas las clases; cómo concedió a los croatas y eslavonios, en los asuntos internos, el uso oficial de su propia lengua y, por último, al exigir un ministerio responsable separado para Hungría, dio el primer paso hacia la separación de Hungría el mismo día en que en París comenzaba la revolución de Febrero (22 de febrero).

Estalló la revolución de Febrero. Con ella se quebró la resistencia del Gobierno de Viena a las reivindicaciones de los húngaros. El 16 de marzo, al día siguiente de la revolución de Viena, se concedió el ministerio húngaro independiente, con lo que la vinculación de Hungría con Austria quedó reducida a la mera unión personal.

Ahora, la revolución magiar, devenida independiente, avanzó con rapidez. Se abolieron todos los privilegios políticos, se introdujo el sufragio universal, se suprimieron gratuitamente todas las cargas feudales, prestaciones personales y diezmos mediante indemnización por el Estado, se impuso la unión con Transilvania, se forzó el nombramiento de Kossuth como ministro de Hacienda y la destitución del rebelde ban Jellachich.

Entretanto, el Gobierno austriaco se recobraba de nuevo. Mientras el pretendido ministerio responsable en Viena permanecía impotente, la camarilla de la corte de Innsbruck se alzaba tanto más poderosa, apoyándose en el ejército imperial en Italia, en las concupiscencias nacionales de los checos, croatas y serbios, en la empedernida cerrazón de los campesinos rutenos.

El 17 de junio estalló la insurrección serbia en el Banato y la Bácska, azuzada por dinero y emisarios de la corte. El 20, Jellachich tuvo audiencia con el emperador en Innsbruck y fue nuevamente nombrado ban. De regreso a Croacia, Jellachich retiró la obediencia al ministerio húngaro y, el 25 de agosto, le declaró la guerra.

La traición de la camarilla habsbúrgica quedó patente a plena luz del día. Una vez más intentaron los húngaros hacer retornar al emperador al camino constitucional. Enviaron a Viena una diputación de 200 miembros de la Dieta; el emperador respondió con evasivas. Creció la excitación. El pueblo exigió garantías e impuso un cambio de ministerio. Los traidores que se sentaban también en el ministerio de Pest fueron removidos, y Kossuth fue nombrado presidente del Consejo de Ministros el 20 de septiembre. Pero ya cuatro días después, el representante del emperador, el palatino archiduque Esteban, huyó a Viena, y el 26 el emperador promulga el conocido manifiesto a los húngaros, mediante el cual deponía al ministerio por rebelde, nombraba gobernador de Hungría al devorador de magiares Jellachich y atentaba contra las conquistas revolucionarias más esenciales de Hungría.

El manifiesto, no refrendado por ningún ministro húngaro, fue declarado nulo y sin efecto por Kossuth.

Entre tanto, Jellachich, favorecido por la desorganización y la traición que imperaban en todo el cuerpo de oficiales y el estado mayor, nominalmente húngaro pero en realidad antiguo imperial, había avanzado hasta Stuhlweissenburg. Allí lo batió el ejército húngaro, a pesar de sus jefes traidores, y lo empujó hasta territorio austriaco, hasta los muros de Viena. El emperador y el viejo traidor Latour deciden enviarle refuerzos y reconquistar Hungría con tropas alemanas y eslavas. Entonces estalla la revolución vienesa del 6 de octubre, que pone fin, por el momento, a los proyectos imperiales y reales.

Kossuth acude inmediatamente en auxilio de los vieneses con un cuerpo magiar. En el Leita, la indecisión de la Dieta de Viena, la traición de sus propios oficiales y la mala organización de su ejército, compuesto en gran parte por el landsturm, le impiden entrar de inmediato. Al fin se ve obligado a arrestar a unas cuantas docenas de oficiales, conducirlos a Pest y hacer fusilar a algunos, y se atreve entonces al

ataque. Demasiado tarde: Viena ya había caído, y sus indisciplinados milicianos del landsturm fueron rechazados en Schwechat por las tropas regulares austriacas.

La tregua entre los imperiales y los magiares duró aún seis semanas. Mientras ambos ejércitos hacían todos los esfuerzos para reforzarse, la camarilla de Olomouc ejecutó su golpe largamente preparado: hizo abdicar al idiota Fernando, que se había comprometido y desgastado con concesiones a la revolución, y colocó en el trono al niño Francisco José, hijo de Sofía, como su instrumento. Apoyándose en la constitución húngara, la Dieta de Pest rechazó este cambio de monarca.

A mediados de diciembre se abrió por fin la guerra. El ejército imperial había cercado a Hungría casi por completo. El ataque se produjo por todos lados.

Desde Austria avanzaron tres cuerpos de ejército al mando personal del mariscal de campo Windischgrätz, con un efectivo de por lo menos 90.000 hombres al sur del Danubio. Desde Estiria, Nugent marchaba con unos 20.000 hombres por la orilla izquierda del Drava; desde Croacia, Dahlen con 10.000 hombres por la orilla derecha del Drava hacia el Banato. En el propio Banato luchaban varios regimientos fronterizos, la guarnición de Temesvár, el landsturm serbio y el cuerpo auxiliar serbio de Knicanin, en total 30.000-40.000 hombres a las órdenes de Todorovich y Rukavina. En Transilvania se hallaban Puchner con 20.000-25.000 hombres y Malkowski, que había invadido desde la Bucovina, con 10.000-15.000. Por último, desde Galitzia penetró Schlick con un cuerpo de 20.000-25.000 hombres contra el alto Theiß.

El ejército imperial ascendía, pues, en total a un mínimo de 200.000 hombres de tropas regulares, en su mayoría avezadas a la guerra, sin contar los milicianos del landsturm y los guardias nacionales eslavos, rumanos y sajones que en el sur y en Transilvania tomaban parte en la lucha.

A estas colosales fuerzas, Hungría podía oponer un ejército de acaso 80.000-90.000 hombres de tropas instruidas, entre ellos 24.000 veteranos ex imperiales, y además 50.000-60.000 hombres de honvéds y landsturm todavía completamente desorganizados; un ejército cuyos jefes eran, en su mayor parte, traidores como los oficiales que Kossuth había hecho arrestar en el Leita.

Pero mientras en Austria, mantenida a raya por la fuerza, por el momento no se podía extraer ningún recluta más, mientras Austria estaba arruinada financieramente y casi sin dinero, los magiares disponían aún de recursos grandiosos. El entusiasmo de los magiares por la libertad, acrecentado todavía por el orgullo nacional, crecía día a día y ponía a disposición de Kossuth una cifra inaudita de combatientes para un pueblo pequeño de 5 millones; la plancha de billetes de banco húngara le proporcionaba una fuente inagotable de dinero, y todos los magiares aceptaban esos asignados nacionales como moneda de plata contante. Las fábricas de fusiles y cañones funcionaban a pleno rendimiento. Al ejército sólo le faltaban armas, instrucción y buenos jefes, y todo eso podía conseguirse en pocos meses. Se trataba, pues, únicamente de ganar tiempo, de atraer a los imperiales al interior del país, donde serían fatigados por una incesante guerra de guerrillas y debilitados por haber de dejar fuertes guarniciones y otros destacamentos.

De ahí el plan de los húngaros: retirarse lentamente al interior, ejercitar a los reclutas en continuos combates y, en caso de extrema necesidad, interponer entre ellos y el enemigo la línea del Theiß con sus infranqueables pantanos, ese foso natural trazado en torno al núcleo del país magiar.

Según todos los cálculos, los húngaros deberían poder sostenerse en la zona entre Presburgo y Pest durante dos o tres meses incluso contra la superioridad de las fuerzas austriacas. Pero sobrevino entonces una intensa helada que cubrió todos los ríos y todos los pantanos durante varios meses con una capa de hielo transitable incluso para la artillería pesada. Con ello desaparecieron todas las ventajas del terreno favorables a la defensa, todas las trincheras construidas por los magiares se volvieron inútiles y quedaron expuestas a ser flanqueadas. Así ocurrió que el ejército húngaro fue rechazado, en apenas veinte días, de Ödenburg y Presburgo a Raab, de Raab a Moor, de Moor a Pest, que tuvo que evacuar la propia Pest y replegarse realmente ya al comienzo de la campaña detrás del Theiß.

Mientras esto ocurría con el ejército principal, sucedía otro tanto con los demás cuerpos. En el sur, Nugent y Dahlen avanzaban cada vez más contra Esseg, ocupada por los magiares, y los serbios se aproximaban cada vez más a la línea del Maros; en Transilvania, Puchner y Malkowski se unían en Maros-Vásárhely; en el norte, Schlick descendía de los Cárpatos hasta el Theiß y establecía su enlace con Windischgrätz por Miskolcz.

Los austriacos parecían haber acabado prácticamente con la revolución magiar. Dos tercios de Hungría y tres cuartas partes de Transilvania estaban a su espalda, y los húngaros habían sido derrotados a la vez en el frente, en ambos flancos y en la retaguardia. Unas cuantas leguas más de avance, y todos los cuerpos imperiales se daban la mano en un círculo que se estrechaba cada vez más, en el que Hungría era aplastada como entre los anillos de una boa constrictor.

Ahora se trataba de que, mientras en el frente el Theiß constituía un foso insuperable para el enemigo por el momento, se abriera una salida por algún lado.

Esto se logró por dos lados: en Transilvania gracias a Bem, en Eslovaquia gracias a Görgey. Ambos realizaron operaciones con las que se acreditaron como los más geniales jefes militares de la época.

Bem llegó el 29 de diciembre a Klausenburg, el único punto de Transilvania que aún estaba en manos de los magiares. Rápidamente concentró los refuerzos que traía consigo, los restos de las derrotadas tropas magiares y székely, marchó contra Maros-Vásárhely, batió a los austriacos y persiguió primeramente a Malkowski a través de los Cárpatos hasta la Bucovina y de allí a Galitzia, donde avanzó hasta cerca de Stanislawow. Luego se volvió rápidamente hacia Transilvania y empujó a Puchner hasta a pocas leguas de Hermannstadt. Unos cuantos combates, un par de rápidas marchas en todas direcciones, y toda Transilvania estaba en sus manos, salvo dos ciudades, Hermannstadt y Kronstadt, y éstas estaban perdidas si no se llamaba a los rusos al país. El peso que los 10.000 soldados auxiliares rusos echaron en la balanza obligó a Bem a replegarse al país székely. Allí organizó el levantamiento de los székelys, y logrado esto, entretuvo a Puchner, que había avanzado hasta Schäßburg, con el landsturm székely, rebasó su posición, marchó directamente sobre Hermannstadt, batió a los rusos expulsándolos, derrotó a Puchner que acudía en su auxilio, marchó a Kronstadt y entró aquí sin disparar un tiro.

Con esto quedaba conquistada Transilvania y libre la retaguardia del ejército magiar. La línea natural de fortificación que formaba el Theiß hallaba ahora su continuación y complemento en la cadena montañosa de los Cárpatos y de los Alpes transilvanos, desde la Zips hasta las fronteras del Banato.

Al mismo tiempo, Görgey llevaba a cabo una marcha triunfal similar en el noroeste de Hungría. Partido de Pesth con un cuerpo de ejército hacia Eslovaquia, durante dos meses mantuvo en jaque a los cuerpos de los generales Götz, Csorich y Simunich, que operaban contra él desde tres lados, y finalmente, cuando su posición se hizo insostenible frente a la superioridad enemiga, se abrió paso a través de los Cárpatos hacia Eperies y Kaschau. Aquí se encontró a la espalda de Schlick, obligándole a abandonar rápidamente su posición y toda su base de operaciones y a replegarse sobre el ejército principal de Windischgrätz, mientras él mismo marchaba a lo largo del Hernad hacia el Theiß y se unía a la fuerza principal magiar.

Esta fuerza principal, a cuyo frente se hallaba ahora Dembinski, había cruzado igualmente el Theiß y había batido al enemigo en todos los puntos.

Había avanzado hasta Hatvan, a 6 millas de Pesth, cuando la mayor concentración de las fuerzas enemigas la obligó a emprender de nuevo la retirada. Tras una enconada resistencia en Kapolna, Maklar y Poroszló, volvió a cruzar el Theiß, justo en el mismo momento en que Görgey llegaba al Theiß, a la altura de Tokaj. La unión de ambos cuerpos de ejército dio la señal para un nuevo y grandioso avance de los húngaros. Reclutas recién instruidos llegaron del interior y reforzaron el ejército de operaciones de los magiares. Se formaron legiones polacas y alemanas, surgieron o fueron atraídos jefes capaces, y en lugar de la masa sin jefes y desorganizada de diciembre, los imperiales se encontraron de repente frente a un ejército concentrado, valiente, numeroso, bien organizado y excelentemente dirigido.

En tres cuerpos de ejército avanzaron los magiares sobre el Theiß. El ala derecha (Görgey) marchó hacia el norte, rodeó a la división Ramberg, que le había seguido antes, a la altura de Eperies, y la empujó apresuradamente a través de Rimaszombat contra el ejército principal imperial. Éste fue batido por Dembinski en Erlau, en Gyöngyös, en Gödöllö y en Hatvan, y se replegó precipitadamente hasta las inmediaciones de Pesth. El ala izquierda (Vetter), finalmente, expulsó a Jellachich de Kecskemét, Szolnok y Czegled, le batió en Jászberény y le obligó igualmente a replegarse bajo los muros de Pesth. Allí se encontraban ahora los imperiales a lo largo del Danubio, desde Pesth hasta Waitzen, cercados por los magiares en un amplio semicírculo.

Para no exponer Pesth al bombardeo desde Ofen, los húngaros recurrieron a su probado medio de desalojar a los austriacos de esta posición más mediante maniobras que mediante un ataque frontal abierto. Görgey tomó Waitzen y arrojó a los austriacos más allá del Gran y del Danubio, batió a Wohlgemuth entre Gran y Neutra y, con ello, liberó Komorn, sitiada por los imperiales. Los imperiales, amenazados en su línea de retirada, tuvieron que decidirse a una retirada apresurada; Welden, el nuevo comandante en jefe, se replegó en dirección a Raab y Preßburg, y Jellachich, para aplacar a sus croatas, altamente díscolos, tuvo que marchar apresuradamente con ellos Danubio abajo hacia Eslavonia.

En su retirada, que más bien se asemejó a una huida salvaje, Welden (especialmente su retaguardia al mando de Schlick) y Jellachich sufrieron aún reveses considerables. Mientras el cuerpo de este último se abre paso penosa y lentamente a través de los condados de Tolna y Baranya, Welden ha logrado concentrar los restos de su ejército en Preßburg. Restos que no poseen en absoluto una capacidad de resistencia seria.

Simultáneamente con estas sorprendentes victorias de los magiares contra el ejército principal austriaco, Moritz Perczel avanzó desde Szegedin y Tolna hacia Peterwardein, la liberó, tomó posesión de la Bácska y penetró en el Banato, para tender allí la mano a Bem, que avanzaba desde Transilvania. Bem ha tomado ya Arad y sitia Temesvár; Perczel se encuentra en Werschetz, justo en la frontera turca, de modo que en un par de días el Banato estará conquistado. Al mismo tiempo, los székely cubren los pasos fortificados de Transilvania, el Landsturm los pasos montañosos de la Alta Hungría, y Görgey se halla con una considerable fuerza militar en el paso de Jablunka, en la frontera moravo-gallega.

En suma, unos pocos días más, y el victorioso ejército magiar, empujando ante sí los restos de los poderosos ejércitos austriacos, entraría triunfante en Viena y destruiría para siempre la monarquía austriaca.

La separación de Hungría de Austria había sido ya decidida el 14 de abril en Debreczin; la alianza con los polacos estaba abiertamente declarada desde mediados de enero y se había hecho realidad mediante la entrada de 20[.000] a 30.000 polacos en el ejército húngaro. La alianza con los austro-alemanes, que existía ya desde la revolución vienesa del 6 de octubre y en la batalla de Schwechat, fue igualmente sostenida y mantenida por las legiones alemanas en el ejército húngaro, así como por la necesidad estratégica y política para los magiares de procurar reconocimiento a su declaración de independencia mediante la toma de Viena y la revolucionarización de Austria.

Así, la guerra magiar perdió muy pronto el carácter nacional que tuvo al principio, y precisamente mediante el paso aparentemente más nacional, mediante la declaración de independencia, adquirió un carácter definitivamente europeo. La alianza con los polacos para la liberación de ambos países, la alianza con los alemanes para la revolucionarización de la Alemania oriental, sólo obtuvieron un carácter definido, una base sólida, cuando Hungría se separó de Austria y declaró con ello disuelta la monarquía austriaca. Hungría independiente, Polonia restaurada, la Austria alemana convertida en foco revolucionario de Alemania, Lombardía e Italia independientes por sí mismas: con la ejecución de estos planes quedaba destruido todo el sistema estatal de Europa oriental, desaparecida Austria, disuelta Prusia, Rusia empujada de vuelta a las fronteras de Asia.

La Santa Alianza tuvo, pues, que emplearlo todo para oponer un dique a la amenazante revolución de Europa oriental. Los ejércitos rusos se precipitaron hacia la frontera de Transilvania y Galitzia. Prusia ocupó la frontera bohemio-silesiana e hizo conducir a los rusos a través de su

territorio hasta Prerau, y en pocos días el primer cuerpo de ejército ruso se hallaba en suelo moravo.

Los magiares, sabiendo bien que en pocas semanas tendrían que vérselas con numerosas fuerzas frescas, no han marchado sobre Viena tan rápidamente como se esperaba al principio. Tan poco como Pesth podían tomar Viena mediante un ataque frontal sin tener que bombardearla, y eso no les estaba permitido. Se vieron de nuevo obligados, como en Pesth, a tomarla mediante un movimiento envolvente, y para ello se necesitaba tiempo, se necesitaba la certeza de no estar amenazados en el flanco y la retaguardia. Pero justamente aquí eran los rusos quienes les amenazaban por la retaguardia, mientras que, por el otro lado, en caso de una amenaza directa sobre Viena, eran de esperar fuertes destacamentos momentáneos del ejército de Radetzky.

En lugar de avanzar rápidamente sobre Viena, los húngaros han obrado, pues, muy cuerdamente, contentándose con hacer retroceder a los imperiales cada vez más fuera de Hungría, cercarlos en un gran arco desde los Pequeños Cárpatos hasta las estribaciones de los Alpes Estirios, destacar un fuerte cuerpo hacia el Jablunka, fortificar y cubrir los pasos montañosos de Galitzia, atacar Ofen y acelerar la nueva leva de 250.000 hombres, particularmente en los reconquistados condados occidentales. De este modo, aseguran su flanco y su retaguardia y reúnen un ejército que no tiene por qué temer ni al refuerzo ruso ni al otrora tan colosal ejército imperial. De este glorioso ejército negro y amarillo, 200.000 hombres entraron en Hungría y apenas 50.000 han regresado; el resto ha caído, está herido, enfermo, capturado o se ha pasado al enemigo.

Los rusos amenazan ciertamente con ejércitos aún mucho más colosales. 120.000, según otros 170.000 hombres, deben invadir. Según el "Triester Freihafen", el ejército móvil de operaciones ascendería a mucho más de 500.000 hombres. Pero se conocen las exageraciones rusas, se sabe que de las cifras indicadas sólo la mitad figura en los registros de tropa y que de la cifra de los registros de tropa, a su vez, no está realmente presente ni la mitad. Si la ayuda rusa, una vez deducidas las tropas necesarias para la ocupación de Polonia, aporta un efectivo real de 60[.000] a 70.000 hombres, Austria puede alegrarse. Y con este número acabarán los magiares.

La guerra magiar de 1849 se asemeja mucho a la guerra polaca de 1830/31. Pero justamente por ello se diferencia de ella en que tiene ahora a su favor todas las posibilidades que Polonia tuvo entonces en su contra. Se sabe que Lelewel insistió entonces sin éxito, en primer lugar, en vincular a la masa de la población a la revolución

mediante la emancipación de los campesinos y los judíos y, en segundo lugar, en implicar a las tres potencias repartidoras en la guerra mediante la insurrección de toda la vieja Polonia, en hacer la guerra
europea. Lo que en Polonia no se impuso hasta que fue
demasiado
tarde,
los magiares lo inician con ello
. La revolución social en el interior, la destrucción del feudalismo fue la primera medida en Hungría; la implicación de Polonia y Alemania en la guerra fue la segunda, y con ello la guerra europea estaba ahí. Con la entrada del primer
cuerpo
ruso en suelo alemán ha comenzado, con la entrada del primer batallón francés en suelo alemán tomará su giro decisivo.

Al haberse vuelto europea la guerra húngara, entra en interacción con todos los demás momentos del movimiento europeo. Su curso no sólo repercute en Alemania, repercute también en Francia e Inglaterra. No es de esperar que la burguesía inglesa tolere la transformación de Austria en una provincia rusa; es seguro que el pueblo francés no se quedará mirando tranquilamente cómo la contrarrevolución se le echa encima cada vez más. Cualquiera que sea el resultado de las elecciones en Francia, el ejército se ha declarado en todo caso por la revolución, y el ejército decide por el momento. Si el ejército quiere la guerra —y la quiere—, entonces la guerra está ahí.

Y llegará. La revolución en París, ya sea a través de las elecciones, ya sea a través de la confraternización del ejército con el partido revolucionario, que ya ha tenido lugar en las urnas, está a las puertas. Y mientras en el sur de Alemania se forma el núcleo de un ejército revolucionario alemán y se impide a Prusia participar activamente en la campaña húngara, Francia está a punto de participar activamente en la lucha. Pocas semanas, tal vez pocos días serán decisivos, y el ejército revolucionario francés, el magiar-polaco y el alemán celebrarán pronto su fiesta de confraternización en el campo de batalla, bajo los muros de Berlín.