Nueva Gaceta Renana – Montesquieu LVI

Montesquieu LVI

["Nueva Gaceta Renana" nº 201 del 21 de enero de 1849]

*
Colonia, 20 de enero. El «honorable»
Joseph Dumont
hace que un anónimo, al que no paga él sino que le paga a él, y que tras la raya adoctrina a los
electores primarios
, dirija la siguiente apóstrofe a la «Nueva Gaceta Renana»:

«A la “Nueva Gaceta Renana”, el
órgano de la democracia
, le ha complacido tomar nota de los artículos publicados en este periódico bajo el título
“A los electores primarios”
y calificarlos de tomados a préstamo de la “Nueva Gaceta Prusiana”.

Frente a esta
mentira
, simplemente la declaración de que estos artículos se pagan
como anuncios
, de que los mismos, a excepción del primero, tomado de una correspondencia parlamentaria, han sido escritos en Colonia y su autor no ha visto hasta ahora la “Nueva Gaceta Prusiana”, y mucho menos la ha leído.»

Comprendemos qué importancia tiene para Montesquieu LVI dejar constancia de su
propiedad
. Comprendemos igualmente cuán importante es para el señor Dumont la declaración de que a él le
«pagan»
incluso por los pasquines y anuncios que, en interés de su propia clase, la
burguesía
, hace componer, imprimir y difundir.

En lo que concierne al anónimo, conoce el proverbio francés: «Les beaux esprits se rencontrent.» [«Los ingenios se encuentran.»] No es culpa suya si sus productos espirituales más propios se asemejan a los de la «Nueva Gaceta Prusiana» y de las «Uniones Prussianas» como un huevo a otro hasta el punto de la confusión.

Nosotros
nunca hemos leído
sus anuncios en la «Gaceta de Colonia», sino solo los pasquines salidos de la imprenta de Dumont, que nos fueron enviados de izquierda y de derecha y que honramos con una mirada fugaz,

pero ahora, mediante comparación, encontramos que esos mismos papeluchos desempeñan su papel simultáneamente como anuncio y como pasquín.

Para expiar nuestra falta contra el anónimo Montesquieu LVI, nos hemos impuesto la dura penitencia de leer de cabo a rabo todos sus anuncios en la «Gaceta de Colonia» y entregar su propiedad intelectual privada como «propiedad colectiva» al público alemán.

¡Aquí hay sabiduría!

Montesquieu LVI se ocupa preferentemente de la
cuestión social
. Ha encontrado el «camino más fácil, más sencillo» para su solución y elogia su píldora Morrison con el más untuoso, ingenuo e impúdico pathos de curandero:

«El camino más fácil, más sencillo, empero, para ello» (a saber, para la solución de la cuestión social) es: «aceptar la constitución otorgada el 5 de diciembre del año pasado, revisarla, hacer que luego sea jurada por todas las partes y fijarla así.
Ese es el único camino que nos conduce a la salvación. –
Quien, pues, lleve un corazón en el pecho para la miseria de sus hermanos pobres, quien quiera dar de comer a los hambrientos y vestir a los desnudos, … quien, en una palabra, quiera
resolver la cuestión social <En la “Gaceta de Colonia”: las cuestiones sociales>
… – que no elija a nadie que se pronuncie contra la constitución.»
(Montesquieu LVI.)

¡Votad por Brandenburg-Manteuffel-Ladenberg, y la
cuestión social
queda resuelta por el «camino más sencillo» y «más fácil»! ¡Votad por Dumont, Camphausen, Wittgenstein o también por dii minorum gentium [dioses de linaje inferior] como Compes, Mevissen y semejantes – y
la cuestión social
queda resuelta. ¡La «cuestión social» por
un voto
! ¡Quien «quiera dar de comer a los hambrientos y vestir a los desnudos», que vote por los Hansemann y Stupp! ¡Por cada voto una cuestión social menos! La aceptación de la constitución otorgada – voilà la solution du probleme social! [¡he ahí la solución de la cuestión social!]

No dudamos un solo instante de que no solo Montesquieu LVI, sino también sus patronos en la Asociación Ciudadana no esperarán a la aceptación, revisión, juramento y fijación de la constitución otorgada para «dar de comer a los hambrientos y vestir a los desnudos». Ya se han tomado, además, disposiciones al respecto.

Desde hace algunas semanas circulan aquí circulares en las que los capitalistas comunican a los maestros artesanos, tenderos, etc., que, en consideración de las circunstancias actuales y del crédito que vuelve a despertar, por razones filantrópicas los intereses se elevan del 4 al 5 por ciento. ¡Primera solución de la cuestión social!

El concejo municipal de esta ciudad ha redactado, en el mismo sentido, la
«cartilla del obrero»
para los desdichados que tienen que morirse de hambre – o vender sus brazos a la ciudad (véase el
nº 187 de la «Nueva Gaceta Renana»
). Se recordará que en esta carta otorgada a los obreros, el obrero que se ha quedado sin pan es obligado contractualmente a ponerse bajo
vigilancia policial
. ¡Segunda solución de la cuestión social!

En Colonia, poco después de los dolores de parto de marzo, el concejo municipal fundó un establecimiento de comidas a precios de costo, bien instalado, con magníficas salas caldeadas, etc.
Después
del otorgamiento de la constitución otorgada, ese local ha sido sustituido por otro, subordinado a la administración de pobres, donde no se caldea, faltan los utensilios de comida, donde no está permitido consumir los alimentos en el lugar, sino que se vende el cuartillo de un caldo innominado a 8 pfennigs. ¡Tercera solución de la cuestión social!

En Viena, los obreros, durante su dominación, custodiaron el banco, las casas y las riquezas de los burgueses que habían huido. A su regreso, esos mismos burgueses denunciaron a estos «ladrones» ante Windischgrätz para que fueran
colgados
. Los desempleados que se dirigieron al concejo municipal fueron metidos en el ejército contra Hungría. ¡Cuarta solución de la cuestión social!

En Breslau, el concejo municipal y el gobierno arrojaron tranquilamente a los miserables que tenían que buscar refugio en la casa de pobres, privándolos de los goces vitales físicamente más indispensables, en brazos del cólera, y solo tomaron nota de las víctimas de su cruel caridad cuando la epidemia les pisó a ellos mismos los talones. ¡Quinta solución de la cuestión social!

En la asociación berlinesa «Con Dios por el Rey y la Patria», un amigo de la constitución otorgada declaró que era penoso tener que seguir haciendo cumplidos al
«proletariado»
para imponer sus intereses y propósitos.

Esta es la solución de la «solución de la cuestión social».

«Los espías prusianos son tan peligrosos precisamente porque nunca se les paga, sino que siempre esperan ser pagados», dice nuestro amigo Heine. Y los burgueses prusianos son tan peligrosos precisamente porque nunca pagan, sino que siempre prometen pagar.

Los burgueses ingleses y franceses se dejan costar un día de elecciones un montón de dinero. Sus maniobras de soborno son mundialmente conocidas. ¡Los burgueses prusianos, «esos son la gente más lista»! Demasiado morales y sólidos para sacar la bolsa, pagan con la
«solución de la cuestión social»
. ¡Eso no cuesta nada! Pero Montesquieu LVI, al menos, paga, como

Dumont asegura oficiosamente, las tarifas de inserción a la «Gaceta de Colonia» y da la solución de las
«cuestiones sociales»
– gratis.

La parte práctica de las petits œuvres [pequeñas obras] de nuestro Montesquieu consiste, pues, en: ¡Votad por Brandenburg-Manteuffel-Ladenberg! ¡Elegid a Camphausen-Hansemann! ¡Mandadnos a Berlín, dejad que nuestras gentes se establezcan allí primero! ¡Esa es la
solución de la cuestión social
!

El inmortal
Hansemann
ha resuelto estas cuestiones. ¡Primero restablecimiento del orden, para restablecer el crédito. Luego, como en el año 1844, cuando «había que ayudar y se debía ayudar a mis queridos tejedores silesianos», pólvora y plomo para resolver la «cuestión social»!

¡Votad, pues, por los amigos de la constitución otorgada!

Pero Montesquieu LVI solo acepta la constitución otorgada para poder luego «revisarla» y «hacerla jurar».

¡Óptimo Montesquieu! Una vez que hayas aceptado la constitución, solo podrás revisarla sobre su propio fundamento, es decir, revisarla en la medida en que plazca al rey y a la segunda cámara compuesta de junkers rurales, barones de las finanzas, altos funcionarios y curas. Esta única revisión posible ya está indicada, con previsión, en la propia constitución otorgada. Consiste en el abandono del sistema constitucional y en la restauración de la vieja
organización estamental
cristiano-germánica.

Esa es la revisión que
después
de la aceptación de la constitución otorgada es únicamente posible y únicamente permitida, cosa que no puede haber escapado a la perspicacia de un Montesquieu.

La parte práctica de las petites œuvres de Montesquieu LVI desemboca, pues, en esto: ¡Votad por Hansemann-Camphausen! ¡Votad por Dumont-Stupp! ¡Votad por Brandenburg-Manteuffel! ¡Aceptad la constitución otorgada! ¡Elegid electores que acepten la constitución otorgada – y todo ello bajo el pretexto de resolver «la cuestión social»!

¡Qué diablos nos importa el pretexto, cuando de lo que se trata es de la constitución otorgada!

Pero nuestro Montesquieu, naturalmente, ha antepuesto a su instrucción práctica, para resolver «la cuestión social», la verdadera agudeza de su obra gigantesca, una parte teórica. Examinemos esta parte teórica.

El profundo pensador explica primero
qué son las «cuestiones sociales»
.

«¿Qué hay, pues, propiamente con la cuestión social?

El hombre debe y quiere vivir.

Para vivir necesita el hombre vivienda, vestido, alimento.

La naturaleza no produce vivienda y vestido en absoluto; el alimento crece silvestre solo escasamente y ni de lejos en medida suficiente.

El hombre, por consiguiente, tiene que procurarse por sí mismo estas necesidades.

Esto sucede mediante el trabajo.

El trabajo es, por tanto, la primera condición de nuestra vida; sin trabajo no podemos vivir.

Entre los primeros pueblos, cada cual se construía su propia choza, se confeccionaba su propio vestido con pieles de animales, recogía sus propios frutos para comer. Ese era el estado originario.

Pero cuando el hombre no necesita más que vivienda, vestido, alimento, cuando, pues, solo satisface sus necesidades
corporales
, se sitúa en el mismo nivel que el animal; pues esto lo hace también el animal.

El hombre, empero, es un ser superior al animal; necesita más para vivir: necesita alegría, debe elevarse a un valor moral. Pero esto solo puede hacerlo si vive en sociedad.

Tan pronto como los hombres vivieron en sociedad, empero, se instauró una relación completamente distinta. Pronto notaron que el trabajo era mucho más fácil si cada individuo hacía solo un trabajo determinado. Y así, uno confeccionaba vestidos, el segundo construía casas, el tercero procuraba alimento, y el primero daba al segundo lo que a este le faltaba. Así se formaron los distintos estamentos de los hombres completamente por sí solos, al convertirse uno en cazador, otro en artesano, el tercero en agricultor. Pero los hombres no se detuvieron ahí; pues la humanidad tiene que avanzar. Se hicieron invenciones. Se inventó el hilado y el tejido, la forja del hierro, el curtido de las pieles de animales. Cuantas más invenciones se hacían, tanto más variada se hacía la artesanía, tanto más fácil la agricultura, a la que la artesanía proporcionaba arado y laya. Todo se ayudaba, todo engranaba. Luego se entró en contacto con pueblos vecinos; un pueblo tenía lo que el otro carecía – y este poseía lo que aquel no tenía. Se intercambiaba esto. Así surgió el
comercio
y con él una nueva rama de la actividad humana. Así avanzó la cultura de etapa en etapa; de los primeros inventos torpes se llegó en siglos, finalmente, a los inventos de nuestra época.

Así se formaron entre los hombres las ciencias y las artes, y cada vez más rica, cada vez más variada se hizo la vida. El médico sanaba al enfermo, el párroco predicaba, el comerciante comerciaba, el campesino cultivaba el campo, el jardinero criaba flores, el albañil construía las casas, que el carpintero proveía de enseres domésticos, el molinero molía la harina, que el panadero cocía como pan – una cosa engranaba con la otra; nadie podía sostenerse solo, nadie procurarse por sí solo sus necesidades.

Estas son las relaciones sociales.»

Han surgido de un modo completamente natural, por sí mismas. Y si hacéis hoy una revolución que destruya por completo todas estas relaciones, si mañana volvéis a empezar a vivir de nuevo, las relaciones se volverán a formar exactamente igual a como son ahora. Desde hace milenios, en todos los pueblos de la tierra, ha sido siempre así. Cuando alguien establece, pues, una diferencia entre obreros y burguesía, eso es una gran mentira. Todos trabajamos, cada cual a su manera, cada cual según sus fuerzas y capacidades. El médico trabaja cuando visita al enfermo, el músico que toca para el baile, el comerciante que escribe sus cartas, todos trabajan, cada cual en su puesto.

¡He aquí sabiduría! ¡Quien tenga oídos para oír, que oiga!

¡De qué se trata, pues, propiamente con la cuestión fisiológica!

Todo ser corpóreo presupone un cierto peso, densidad, etc. Todo cuerpo orgánico se compone de toda suerte de componentes, cada uno de los cuales ejerce su propia función y en el que los órganos recíprocos se engranan unos con otros.

"Estas son las relaciones fisiológicas."

Montesquieu LVI., no se puede negar, posee un talento original para la simplificación de la ciencia. Una patente (sin garantía del gobierno) para Montesquieu LVI.

Los productos del trabajo sólo son producidos por el trabajo. Sin sembrar no hay cosecha, sin hilar no hay hilado, etc.

Europa se inclinará con admiración ante el genio gigantesco que ha sacado a la luz estas verdades en la misma Colonia, sin ayuda alguna de la "Neue Preußische Zeitung".

En el trabajo los hombres entran en relaciones determinadas unos con otros.

Tiene lugar una división del trabajo, más o menos diversificada.

Uno cuece pan, el otro forja, uno cava, el otro grita, Montesquieu LVI. escribe y Dumont imprime. ¡Adam Smith, reconoce a tu maestro!

Estos descubrimientos, pues, de que el trabajo y la división del trabajo son condiciones de vida de toda sociedad humana, capacitan a Montesquieu LVI. para la conclusión de que los "diferentes estamentos" son naturales, de que la diferencia entre "burguesía y proletariado" es una "gran mentira", de que las "relaciones sociales" existentes, por más que una "revolución" las destruya hoy por completo, "se volverán a formar exactamente igual a como son ahora", y de que, finalmente, es imperiosamente necesario elegir compromisarios en el sentido de Manteuffel y de la constitución otorgada, si es que se "lleva en el pecho un corazón para la necesidad de sus pobres hermanos" y se piensa hacerse partícipe del aprecio de Montesquieu LVI.

"¡¡¡Desde hace milenios, en todos los pueblos de la tierra, ha sido siempre así!!!"

En Egipto hubo trabajo y división del trabajo — y castas; en Grecia y Roma trabajo y división del trabajo — y libres y esclavos; en la Edad Media trabajo y división del trabajo — y señores feudales y siervos de la gleba, gremios, estamentos, etc. En nuestra época hay trabajo y división del trabajo — y clases, de las cuales una está en posesión de todos los instrumentos de producción y medios de vida, mientras que la otra sólo vive en tanto vende su trabajo, y sólo vende su trabajo en tanto la clase que da trabajo se enriquece mediante la compra de este trabajo.

¿No es, pues, más claro que el sol que "en todos los pueblos de la tierra, desde hace milenios, ha sido siempre así" como lo es hoy en día en Prusia, porque el trabajo y la división del trabajo existieron siempre en una u otra forma? ¿O acaso se muestra, a la inversa, que las relaciones sociales, las relaciones de propiedad, fueron derribadas constantemente precisamente por la índole siempre cambiada del trabajo y la división del trabajo?

En el año 1789 los burgueses no gritaron a la sociedad feudal: nobleza sigue siendo nobleza, siervo de la gleba sigue siendo siervo de la gleba, agremiado sigue siendo agremiado — ¡pues sin trabajo y división del trabajo no hay sociedad! ¡Sin inhalación de aire no hay vida! Inhalad, pues, el aire viciado y no abráis de ninguna manera las ventanas — así razona Montesquieu LVI.

Se precisa toda la osadía neciamente ingenua de un filisteo imperial alemán, envejecido en la brutal ignorancia, para, después de haber incrustado de modo superficial y torcido en la perezosa materia cerebral las primeras letras de la economía política — trabajo, división del trabajo —, opinar como un oráculo en cuestiones en las que nuestro siglo se rompe los dientes.

"¡Sin trabajo y división del trabajo no hay sociedad!

¡Por tanto!

Elegid amigos de la constitución prusiana otorgada, y sólo amigos de la constitución otorgada, como compromisarios."

Este epitafio brillará un día en grandes letras sobre los muros del espléndido mausoleo de mármol que la posteridad agradecida se verá obligada a erigir al solucionador de la cuestión social, Montesquieu LVI. (a no confundir con Enrique CCLXXXIV de Reuß-Schleiz-Greiz-Lobenstein-Eberswalde <alusión a Enrique LXXII, príncipe de Reuß-Lobenstein-Ebersdorf>).

Montesquieu LVI. no nos oculta "dónde está el nudo" y qué piensa hacer tan pronto como sea proclamado legislador.

"Para eso", nos instruye, "debe el Estado cuidar de que cada cual reciba tanta educación como para poder aprender algo decente en el mundo."

Montesquieu LVI. no ha oído hablar jamás de que bajo las relaciones existentes la división del trabajo pone en el lugar del trabajo complejo el simple, en el lugar de los adultos los niños, en el lugar de los hombres las mujeres, en el lugar del obrero autónomo los autómatas, y de que en la misma proporción en que se desarrolla la industria moderna, la educación del obrero deviene superflua e imposible. Remitimos al Montesquieu coloniense no a Saint-Simon ni a Fourier, sino a Malthus y a Ricardo. Que el buen hombre aprenda primero las primeras líneas fundamentales de las relaciones actuales antes de enmendarlas y — repartir oráculos.

"Por las personas que han empobrecido por enfermedad, por vejez, debe cuidar la comunidad."

Y si la comunidad misma empobrece, lo cual con los 100 millones de impuestos otorgados simultáneamente con la nueva constitución <Véase "El presupuesto de los Estados Unidos y lo cristiano-germánico", p. 157> y los epidémicos estados de sitio no puede dejar de ocurrir, ¿entonces qué, Montesquieu?

"Donde nuevos inventos o crisis comerciales destruyen ramas enteras de adquisición, debe el Estado acudir en ayuda y proveer consejo."

Por muy poco familiarizado que esté el Montesquieu coloniense con las cosas de este mundo, difícilmente puede habérsele ocultado que los "nuevos inventos" y las crisis comerciales son tan permanentes como los decretos ministeriales y los suelos jurídicos prusianos. Los nuevos inventos se introducen en Alemania, en especial, sólo cuando la competencia con los pueblos extranjeros convierte su introducción en una cuestión vital, ¡y las ramas de adquisición que surgen de nuevo habrán de arruinarse para acudir en ayuda de las que sucumben! Las ramas de adquisición que surgen de nuevo por inventos surgen precisamente porque producen más barato que las que sucumben. ¿Dónde diablos estaría la ventaja si tuvieran que sustentar a las que sucumben? Pero el Estado, el gobierno, sólo da, como es sabido, en apariencia. Primero hay que darle a él para que él dé. Pero ¿quién ha de darle, Montesquieu LVI.? ¿La rama de adquisición que sucumbe, para que sucumba aún más rápido? ¿O la que surge, para que ya al surgir se atrofie? ¿O las ramas de adquisición no tocadas por los nuevos inventos, para que quiebren por la invención de un nuevo impuesto? ¡Reflexiónalo maduramente, Montesquieu LVI.!

¡Y, sobre todo, las crisis comerciales, buen hombre! Cuando estalla una crisis comercial europea, el Estado prusiano no puede considerar nada más angustioso que cómo exprimir a las acostumbradas fuentes de impuestos, mediante ejecución, etc., las últimas gotas de agua. ¡El pobre Estado prusiano! Para que el Estado prusiano volviera inocuas las crisis comerciales, tendría que poseer, además del trabajo nacional, una tercera fuente de ingresos en las nubes. Ciertamente, si mediante altísimos deseos de Año Nuevo <Véase "Una felicitación de Año Nuevo">, órdenes militares de Wrangel o decretos ministeriales de Manteuffel se pudiera hacer brotar dinero de la tierra, la "denegación de impuestos" no habría arrojado un terror tan pánico entre los "leales súbditos" prusianos y la cuestión social habría sido solucionada también sin constitución otorgada.

Se sabe que la "Neue Preußische Zeitung" declaró a nuestro Hansemann comunista, porque pensaba abolir las exenciones fiscales. Nuestro Montesquieu, que jamás ha leído la "Neue Preußische Zeitung", llega por sí mismo en Colonia a la ocurrencia de declarar a cualquiera "comunista" y "republicano rojo" que amenace la constitución otorgada. ¡Así pues, votad por Manteuffel, o no sois sólo enemigos personales del trabajo y de la división del trabajo, sino también comunistas y republicanos rojos! Reconoced el novísimo "suelo jurídico" de Brüggemann, o — ¡renunciad al Code civil!

Figaro, tu n'aurais pas trouvé ça!

<Figaro, ¡eso no se te habría ocurrido a ti!

Beaumarchais, "Las bodas de Fígaro">

¡Mañana, más de Montesquieu LVI.!

["Neue Rheinische Zeitung" nº 202 del 22 de enero de 1849]

*

Colonia, 21 de enero. Montesquieu LVI. intenta endosar a los electores primarios el "caballo regalado", la constitución otorgada, con toda la astucia mezquinamente ladina de un chalán de caballos muy experimentado. Es el Montesquieu del mercado de caballos.

¡Quien no quiere la constitución otorgada, quiere la república, y no sólo la república a secas, sino la república roja! Desgraciadamente, en nuestras elecciones no se trata en modo alguno de república y república roja. Se trata simplemente de esto:

¿Queréis el viejo absolutismo junto con un sistema estamental recién reavivado — o queréis un sistema representativo burgués? ¿Queréis una constitución política que corresponda a las "relaciones sociales existentes" de siglos pasados, o queréis una constitución política que convenga a las "relaciones sociales existentes" de vuestro siglo?

En este asunto no se trata, pues, en modo alguno, de una lucha contra las relaciones burguesas de propiedad, tal como tiene lugar en Francia y se prepara en Inglaterra. Se trata más bien de la lucha contra una constitución política que pone en peligro las "relaciones burguesas de propiedad", al entregar el timón del Estado a los representantes de las "relaciones feudales de propiedad", al rey por la gracia de Dios, al ejército, a la burocracia, a los junkers rurales y a algunos barones de las finanzas y filisteos aliados con ellos.

Mediante la constitución otorgada, la cuestión social está solucionada en el sentido de estos señores. No hay duda.

¿Qué es la "cuestión social" en el sentido del funcionario? Es la afirmación de su sueldo y de su posición, hasta ahora situada por encima del pueblo.

¿Y qué es la "cuestión social" en el sentido de la nobleza y sus grandes terratenientes? Es la afirmación de las hasta ahora vigentes servidumbres feudales sobre la tierra, el acaparamiento de los puestos más lucrativos en el ejército y en lo civil por sus familias, y, finalmente, la recepción directa de limosnas de la caja del Estado. Aparte de estos intereses manifiestamente materiales y por ello "sagradísimos" de los señores "con Dios por el rey y la patria", para ellos se trata naturalmente también de la afirmación de las distinciones sociales que diferencian a su raza de la vil raza burguesa, campesina y plebeya. La vieja Asamblea Nacional fue precisamente dispersada porque osó poner la mano sobre estos "sagradísimos intereses". Lo que los señores entienden por "revisión" de la constitución otorgada es, como ya se indicó antes, ni más ni menos que la introducción del sistema estamental, es decir, de una forma de constitución política que representa los intereses "sociales" de la nobleza feudal, de la burocracia y de la monarquía por la gracia de Dios.

¡Otra vez! No cabe duda de que la «cuestión social» en el sentido de la nobleza y de la burocracia queda resuelta por la constitución otorgada; es decir, que a estos señores les regala una forma de gobierno que asegura la explotación del pueblo por estos semidioses.

Pero, ¿queda resuelta la «cuestión social» en el sentido de la
burguesía
por la constitución otorgada? En otros términos: ¿obtiene la burguesía una forma estatal en la que pueda administrar libremente los asuntos comunes de su clase, los intereses del comercio, de la industria, de la agricultura, emplear los fondos del Estado del modo más productivo, organizar la economía estatal de la manera más barata, proteger eficazmente el trabajo nacional hacia el exterior y abrir hacia el interior todos los manantiales de la riqueza nacional cegados por el légamo feudal?

¿Nos muestra la historia un solo ejemplo de que la burguesía, con un rey otorgado por la gracia de Dios, haya logrado jamás imponer una forma estatal política correspondiente a sus intereses materiales?

Para fundar la monarquía constitucional, en Inglaterra tuvo que expulsar dos veces a los Estuardo, en Francia a la dinastía hereditaria de los Borbones, en Bélgica al de Nassau.

¿De dónde proviene este fenómeno?

Un rey hereditario por la gracia de Dios no es un individuo aislado, es el representante en persona de la vieja sociedad dentro de la nueva sociedad. El poder estatal en manos del rey por la gracia de Dios es el poder estatal en manos de la vieja sociedad, que ya solo existe en ruinas; es el poder estatal en manos de los estamentos feudales, cuyos intereses se contraponen del modo más hostil a los intereses de la burguesía.

Pero la base de la constitución otorgada es precisamente el
«rey por la gracia de Dios»
.

Así como los elementos feudales de la sociedad ven en la monarquía por la gracia de Dios su
punta política
, la monarquía por la gracia de Dios ve en los estamentos feudales su
base social
, la conocida
«muralla del rey»
.

Por eso, cada vez que los intereses de los señores feudales y del ejército y la burocracia dominados por ellos se cruzan con los intereses de la burguesía, la monarquía agraciada por Dios se verá empujada siempre a un golpe de Estado y se preparará una crisis revolucionaria o contrarrevolucionaria.

¿Por qué fue expulsada la Asamblea Nacional? Solo porque defendía el interés de la burguesía contra el interés del feudalismo; porque quería abolir las relaciones feudales que entorpecían la agricultura, subordinar el ejército y la burocracia al comercio y a la industria, poner freno al despilfarro del tesoro estatal, suprimir los títulos nobiliarios y burocráticos.

En todas estas cuestiones se trataba
ante todo
e
inmediatamente
del
interés de la burguesía
.

Por consiguiente,
golpes de Estado
y
crisis contrarrevolucionarias
son las condiciones vitales de la monarquía por la gracia de Dios, que se ha visto forzada, por los acontecimientos de marzo o por otros sucesos, a humillarse y a adoptar a regañadientes la forma aparente de una monarquía burguesa.

En una forma estatal cuyo remate necesario son los golpes de Estado, las crisis contrarrevolucionarias y los estados de sitio, ¿puede jamás reavivarse el
crédito
?

¡Qué delirio!

La industria burguesa
tiene que
romper las cadenas del absolutismo y del feudalismo. Una revolución contra ambos demuestra precisamente que la industria burguesa ha alcanzado un punto culminante en el que tiene que conquistar una forma estatal adecuada a ella o perecer.

El sistema de tutela burocrática asegurado por la constitución otorgada es la
muerte
de la industria. ¡Considerad tan solo la administración prusiana de minas, los reglamentos fabriles, etc.! Cuando el fabricante inglés compara sus costos de producción con los del fabricante prusiano, colocará siempre en primer término la pérdida de tiempo que sufre el fabricante prusiano por la observancia obligada de las prescripciones burocráticas.

¿Qué refinador de azúcar no recuerda el tratado comercial de Prusia con Holanda en 1839? ¿Qué industrial prusiano no se ruboriza al recordar el año 1846, en que el gobierno prusiano, por su complacencia con el gobierno austríaco, cortó a toda una provincia la exportación a Galitzia, y el ministerio prusiano, cuando estallaba bancarrota tras bancarrota en Breslau, declaró asombrado no haber sabido que tuviera lugar una exportación tan considerable a Galitzia, etc.?

Hombres de la misma raza son puestos al timón del Estado por la constitución otorgada, como este mismo regalo proviene de las manos de esos hombres. Así que miradlo dos veces.

La aventura con Galitzia llama nuestra atención sobre otro punto.

Entonces el gobierno prusiano sacrificó, en alianza con Austria y Rusia, la industria y el comercio silesianos a la contrarrevolución. Esta maniobra se repetirá diariamente. El banquero de la contrarrevolución prusiano-austríaco-rusa, en quien la monarquía agraciada por Dios con sus murallas del rey buscará y tiene que buscar siempre su apoyo
exterior
, es
Inglaterra
. El adversario más peligroso de la industria alemana es ese mismo:
Inglaterra
. Creemos que estos dos datos hablan suficientemente.

En el interior, la industria paralizada por cadenas burocráticas, la agricultura por privilegios feudales; hacia el exterior, el comercio vendido a Inglaterra por la contrarrevolución: tales son los destinos de la riqueza nacional prusiana bajo la égida de la constitución otorgada.

El informe de la «Comisión de Hacienda» de la disuelta Asamblea Nacional ha arrojado suficiente luz sobre la administración del patrimonio estatal agraciada por Dios.

Entretanto, este informe solo señala, a modo de ejemplo, sumas que fueron sustraídas a la caja del Estado para apuntalar las vacilantes murallas del rey y cubrir de oro a los pretendientes extranjeros de la monarquía absoluta (Don Carlos). Estos dineros, sustraídos de los bolsillos de los demás ciudadanos del Estado para que la aristocracia lleve una vida conforme a su rango y se mantengan en pie los «sostenes» de la monarquía feudal, no son, sin embargo, más que algo accesorio al considerar el presupuesto estatal otorgado simultáneamente con la constitución Manteuffel. Ante todo, un
ejército fuerte
, para que la minoría domine a la mayoría; un ejército de funcionarios lo más numeroso posible, para que el mayor número posible sea enajenado del interés general por su interés privado; empleo de los fondos del Estado del modo más improductivo, para que la riqueza, como dice la «N[eue] Pr[eußische] Z[eitung]», no ensoberbezca a los
súbditos
; el máximo apartamiento posible de los fondos del Estado, en vez de su empleo industrial, para que el gobierno agraciado por Dios pueda enfrentarse al pueblo con independencia en momentos de crisis fáciles de prever: tales son los rasgos fundamentales de la economía estatal otorgada. Empleo de los impuestos para afirmar el poder estatal como fuerza opresora, independiente y santificada frente a la industria, el comercio y la agricultura, en lugar de
degradarlo
<En la “N.Rh.Ztg.”: degradarlo> a
herramienta
profana de la sociedad burguesa:
¡ese es el principio vital de la constitución prusiana otorgada!

Tal el donante, tal el regalo. Tal el actual gobierno prusiano, tal la constitución por él regalada. Para caracterizar la
hostilidad de este gobierno contra la burguesía
, basta con llamar la atención sobre su proyectada
ordenanza industrial
. El gobierno busca
retroceder al gremio
bajo el pretexto de
avanzar a la asociación
. La competencia obliga a producir cada vez más barato, por tanto, en escala cada vez mayor, es decir, con
mayor capital
, con una
división del trabajo cada vez más ampliada
y una
aplicación cada vez mayor de la maquinaria
. Cada nueva división del trabajo desvaloriza la vieja destreza del artesano, cada nueva máquina desplaza a centenares de obreros, cada trabajo en escala mayor, es decir, con mayor capital, arruina el pequeño taller y la pequeña explotación burguesa. El gobierno promete al artesanado asegurarlo, frente a la explotación fabril, mediante
instituciones gremiales feudales
; la destreza
adquirida
<En la “N.Rh.Ztg.”: la adquirida>, frente a la división del trabajo; el pequeño capital, frente al grande. O sea que la nación alemana, y en especial la prusiana, que solo a duras penas resiste el sucumbir por completo ante la competencia inglesa mediante el más extremo

esfuerzo, debería ser arrojada sin resistencia en sus brazos, ¡imponiéndosele una organización industrial que contradice a los medios de producción modernos y que ha sido hecha saltar por los aires por la industria moderna!

Somos ciertamente los últimos que quieren la dominación de la burguesía. Fuimos los primeros en alzar nuestra voz contra ella en Alemania, cuando los actuales «hombres de acción» se pavoneaban ufanos en riñas subalternas.

Pero clamamos a los obreros y a los pequeños burgueses: ¡Sufrid mejor en la moderna sociedad burguesa, que por su industria crea los medios materiales para la fundación de una nueva sociedad que os libere a todos, antes que retornéis a una forma social pretérita que, con el pretexto de salvar vuestras clases, precipita a toda la nación en la barbarie medieval!

Ahora bien, el gobierno agraciado por Dios tiene por
base social
, como hemos visto, estamentos y condiciones medievales. No se adecúa a la moderna sociedad burguesa. Tiene que intentar fabricar una sociedad a su imagen y semejanza. Es
pura consecuencia
que intente desplazar la libre competencia por el gremio, la hilatura a máquina por la rueca, el arado a vapor por la azada.

¿Cómo es posible, entonces, que bajo estas relaciones, la burguesía prusiana, en completa contradicción con sus predecesoras francesa, inglesa y belga, proclame a voz en grito la constitución otorgada (y con ella la monarquía por la gracia de Dios, la burocracia y el dominio de los junkers) como su shibboleth?

La parte comercial e industrial de la burguesía se echa en brazos de la contrarrevolución por miedo a la revolución. ¡Como si la contrarrevolución fuese otra cosa que la obertura de la revolución!

Además, hay una parte de la
burguesía
que, indiferente a los intereses de conjunto de su clase, persigue un interés particular, incluso hostil a esta.

Son los barones de las finanzas, los grandes acreedores del Estado, banqueros, rentistas, cuya riqueza crece en la misma medida que la pobreza del pueblo, y, por último, gentes cuyo negocio está montado sobre los viejos estados de cosas, por ejemplo, Dumont y su lumpenproletariado literario. Son profesores ambiciosos, abogados y personas por el estilo que solo pueden esperar obtener puestos considerables en un Estado donde es un negocio lucrativo traicionar al pueblo ante el gobierno.

Son fabricantes particulares que hacen buenos negocios con el gobierno, suministradores que obtienen sus cuantiosos porcentajes de la general

explotación del pueblo, filisteos cuya importancia se pierde en una gran vida política, concejales que bajo la protección de las instituciones existentes han fomentado sus sucios intereses privados a expensas de los públicos, comerciantes de aceite que por la traición a la revolución han llegado a excelencias y caballeros de la Orden del Águila, pañeros y especuladores ferroviarios en bancarrota que se han convertido en directores del banco r[eal] <alusión a Camphausen y Hansemann>, etc., etc.

«Estos son los amigos de la constitución otorgada.» Si la burguesía
tiene corazón en el pecho para estos sus pobres hermanos
y si quiere hacerse digna de la estima de Montesquieu LVI, entonces elija

electores en el sentido de la constitución otorgada.