"Neue Rheinische Zeitung" – El discurso del trono

El discurso del trono

["Neue Rheinische Zeitung" Nº 234 del 1 de marzo de 1849]

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Colonia, 28 de febrero. El discurso del trono, comunicado ayer por la tarde con gran consternación y disgusto de la "Kölnische Zeitung" prematuramente a los lectores de la "Neue Rheinische Zeitung", ha resultado ser auténtico. Un solo pasaje fue modificado aún durante la noche, el relativo al estado de sitio de Berlín. El ministerio Brandenburg ha roto así la punta, el aguijón, de su discurso.

El pasaje comunicado por nosotros ayer por la tarde en su versión original dice:

"Para restablecer el imperio de las leyes, ha tenido que imponerse el estado de sitio sobre la capital y sus alrededores inmediatos. El mismo no puede ser levantado hasta que la seguridad pública, aún amenazada, para la cual esa medida era indispensable, no esté protegida de forma duradera por leyes enérgicas. Los proyectos de tales leyes les serán remitidos sin demora."

Este pasaje, aunque se lo ha disimulado, delata todo el secreto del discurso del trono. Traducido al alemán, dice: los estados de sitio excepcionales serán levantados tan pronto como el estado de sitio general sea impuesto por leyes a todo el reino e introducido en nuestras costumbres constitucionales. La ronda de estas leyes "fuertes" será abierta por una legislación de septiembre sobre las asociaciones y la prensa. <En la "N.Rh.Ztg." sigue aquí el texto del discurso del trono>

["Neue Rheinische Zeitung" Nº 235 del 2 de marzo de 1849]

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Colonia, 1 de marzo. Ante todo, constatémoslo: el discurso del trono tiene la plena aprobación de la "Kölnische Zeitung". En las acciones del gobierno mencionadas en el discurso del trono encuentra algo que objetar, en el discurso del trono mismo, absolutamente nada.

"El discurso del trono del rey es precisamente — un discurso del trono constitucional" — así comienza el astuto periódico su reimpresión del discurso del trono, repetida en forma de artículo de fondo parafraseante.

"¡Un discurso del trono constitucional!" En efecto, quien esperaba un "discurso recién salido del corazón del rey", una inoportuna efusión moral del corazón como la de entonces ante la Dieta Unida, o una rodomontada a lo Brandenburg-Wrangel, tintineante de espuelas y retorcida de bigotes, a ése este documento tiene que parecerle "constitucional" en exceso.

Una cosa es cierta: Manteuffel se ha descargado de su tarea mucho mejor que Camphausen, para no hablar de la "talentosa declamación" de 1847. El ministro burgués dio un documento en lenguaje y contenido burgués-ramplón, tropezoso, aburrido. El ministro noble se somete con la mayor bonhomía del mundo a la aburrida forma constitucional, para, en esta forma, en lenguaje fluido y ligero, burlarse de las cámaras y de todo el constitucionalismo.

En lo que concierne al contenido serio del discurso del trono, éste ha quedado reducido a casi nada por el ya mencionado enmascaramiento del pasaje sobre el mantenimiento del estado de sitio. Este era el único pasaje en el que el ministerio se presentaba ante las cámaras de manera honrada, abierta.

Para tomar en serio el resto del discurso del trono, hay que ser la "Kölnische Zeitung" o también la "National-Zeitung" de Berlín. Quien osa contemplar tales acciones principales y de Estado constitucionales como la representada anteayer en Berlín sólo con venerable recelo y solemne dignidad, ése, en su inocencia, no podrá jamás comprender cómo se puede abusar de algo tan sagrado para un frívolo juego de ingenio. Pero a quien toda la comedia constitucional le importa tan poco como al señor Manteuffel, no será de tan mal gusto como para tomar au sérieux <en serio> el documento que el ministro, por labios agraciados por Dios, hizo exponer anteayer al devoto público de la Sala Blanca.

Creemos hacer un favor al señor Manteuffel si llamamos la atención del público alemán, desgraciadamente demasiado poco acostumbrado a los ejercicios ingeniosos del ingenio, sobre la correcta comprensión de su discurso del trono.

Esperáis que Manteuffel se jacte de su contrarrevolución felizmente ejecutada, que amenace a las cámaras con bala en el fusil, espadas afiladísimas, etc., al estilo de una torpe naturaleza de sargento mayor a lo Wrangel. Al contrario. Con algunas frases ligeras, lanzadas al descuido, Manteuffel pasa por encima de ello como de algo que se sobreentiende por sí mismo:

"Acontecimientos que todos vosotros, señores diputados de la primera y segunda cámara, tenéis frescos en la memoria, me obligaron en diciembre del año pasado a disolver la asamblea convocada para acordar la Constitución. Al mismo tiempo — convencido de la imperiosa necesidad de restablecer por fin un sólido estado de derecho público — he otorgado al país una Constitución, mediante cuyo contenido se han cumplido fielmente las promesas por mí hechas en marzo del año pasado."

El señor Manteuffel habla como si se hubiera tratado de la bagatela más insignificante, del reemplazo de un viejo abrigo por uno nuevo, del nombramiento de un supernumerario o de la detención de un agitador. El traslado violento, la suspensión, la disolución de una asamblea soberana, los estados de sitio, el régimen del sable, en resumen, todo el golpe de Estado se reduce a "acontecimientos que todos vosotros tenéis frescos en la memoria". Exactamente como el caballeresco Ban Jellachich narraría con la más graciosa despreocupación cómo sus Capas Rojas asaron vivos a los habitantes de éste o aquel pueblo.

¡Y ni qué decir del "cumplimiento fiel de mis promesas hechas en marzo del año pasado" mediante la llamada Constitución otorgada! ¿Y consideráis al astuto Manteuffel tan limitado como para que haya dicho eso realmente en serio? ¡Allons donc! <¡Vamos, anda!>

Tal comienzo sorprende. Pero hay que saber aprovechar este primer asombro, haciendo seguir cosas aún más asombrosas. Eso lo sabe el señor Manteuffel:

"Desde entonces, la tensión en la que se encontraba aún hace pocos meses una gran parte del país ha cedido a un estado de ánimo más tranquilo. La confianza, antes tan profundamente sacudida, retorna paulatinamente. El comercio y la industria comienzan a recuperarse de la parálisis que amenazaba con abatirlos."

¡Cómo se habrán quedado mirando los buenos diputados al oír este pasaje! ¡El comercio y la industria se recuperan! ¿Y por qué no? El mismo Manteuffel que puede otorgar una Constitución, ¿por qué no iba a poder otorgar también el auge del "comercio y la industria"? El aplomo con que Manteuffel emite esta colosal afirmación es realmente admirable. Mais nous marchons de surprise en surprise: <Pero vamos de sorpresa en sorpresa:>

"Sabéis, señores, que me he reservado una revisión de la Constitución. Ahora os toca a vosotros poneros de acuerdo entre vosotros y con mi gobierno."

¡Sí, claro, señores, "poneos de acuerdo"! ¡Esa es precisamente la gracia, que dos cámaras tales, como Manteuffel se las ha otorgado "a Mi pueblo", jamás pueden "ponerse de acuerdo entre sí"! ¿Para qué si no se ha inventado la primera cámara? Y, señores, si llegarais a poneros de acuerdo entre vosotros, lo que no es en absoluto de esperar, entonces os toca primero poneros de acuerdo con "Mi gobierno" — ¡y de que ahí no llegaréis a nada os responde Manteuffel!

Así pues, señores diputados de la primera y segunda cámara, ya estáis suficientemente ocupados con la revisión constitucional. Después de que "Yo" he conocido por experiencia cómo ya un acuerdo entre dos contratantes no llega a producirse, he considerado oportuno intentarlo esta vez con el acuerdo de tres factores inconciliables. Si no llegáis a un acuerdo hasta el día del Juicio Final sin producir siquiera una jota, Manteuffel se compromete a hacerse colaborador de la "National-Zeitung".

¡Conque "poneos de acuerdo", señores!

Pero si, contra todo cálculo humano, resolvierais eso que por decoro no puede llamarse de otro modo que vuestra tarea, no por ello habréis avanzado un solo paso. Para ese caso, "Mi gobierno" ha promulgado una docena de leyes "para la ejecución de la Constitución", las cuales despojan a esta Constitución hasta de la última apariencia liberal. Entre ellas se encuentran, entre otras, dos ordenanzas gremiales dignas del año 1500 y que a una representación tan ventajosamente combinada como la vuestra pueden causarle diez años de quebraderos de cabeza.

"Todos estos decretos os serán presentados sin demora para su aprobación."

¡Conque "aprobad", señores!

Pero entonces "Mi gobierno" os remitirá sin demora proyectos relativos al estado de sitio — leyes de septiembre, Gagging Laws, leyes de supresión de clubes, etc. Hasta que hayáis "aprobado" éstos — a lo que esperemos no se llegue nunca —, naturalmente continuará el estado de sitio.

Con esto, creéis, ¿han terminado vuestros trabajos? — Al contrario; lo principal viene ahora:

"Además, tendréis que ocuparos de la deliberación de diversas leyes — en parte necesarias para la ejecución de la Constitución —, cuyos proyectos os serán remitidos poco a poco. Recomiendo a vuestra más cuidadosa consideración especialmente los proyectos de la nueva ordenanza municipal, de la nueva ordenanza de círculos, distritos y provincias, de la ley de instrucción pública, de la ley sobre el patronato eclesiástico, de la ley del impuesto sobre la renta, de la ley del impuesto territorial, así como de las leyes sobre la redención de las cargas reales y la abolición gratuita de algunas de ellas y sobre la creación de bancos de rentas."

Con estos diversos trabajos, señores, los cuales forman en conjunto cerca de tres docenas de leyes orgánicas con varios miles de artículos, tendréis, si Dios quiere, tanto que hacer que tanto la revisión constitucional como la aprobación de las leyes provisionales y el debate de los proyectos presentados quedarán despachados cada uno como máximo hasta la mitad. Si llegáis a tanto, habréis realizado algo sobrehumano. Entre tanto, el estado de sitio continúa en todas partes y se introduce también allí donde aún no existe (¿quién nos impide poner a toda Prusia "por distritos" en estado de sitio?); entre tanto, sigue en vigor la llamada Constitución otorgada con las leyes complementarias otorgadas, se mantiene la chapucera ordenanza municipal, la representación de círculos, distritos y provincias hasta ahora existente, la falta de libertad de la instrucción pública, la exención del impuesto territorial de la alta nobleza y las prestaciones personales de los campesinos.

Pero para que no podáis quejaros, se os presentarán, además de todos estos trabajos imposibles de realizar, dos presupuestos — el de 1849 y el de 1850. ¿Saltaréis de vuestros escaños, enfurecidos por tanto trabajo? Señores diputados de la primera y segunda cámara, tanto mejor. "Mi gobierno" continuará entonces recaudando los impuestos hasta ahora existentes por toda la eternidad sobre la base de la llamada Constitución otorgada. De todos modos, aún quedan algunos fondos de los 25 millones que concedió la Dieta Unida, y si "Mi gobierno" necesitara más, ya sabrá lo que ha de hacer.

Pero si quisierais seguir las huellas de la disuelta Asamblea Nacional, entonces, señores, os recuerdo que la "organización, capacidad bélica y abnegación" del ejército prusiano "se han acreditado en serias pruebas" — y especialmente en la gran batida contra los conciliadores en noviembre del año pasado.

¡Y ahora, señores diputados de la primera y de la segunda Cámara! Después de haberse cuidado de que, dada la composición de ambas Cámaras, no puedan ustedes entenderse
entre sí
y de que, dada la composición de «Mi Gobierno», no puedan entenderse
con éste
; después de habérseles presentado, además, semejante embrollo de materiales que, aun prescindiendo de todo lo demás, jamás lograrían ustedes rematar nada; después de haber quedado así garantizado el mantenimiento del despotismo burocrático-feudal-militar: ¡atiendan ahora a lo que la patria espera de ustedes!

«¡Señores diputados de la primera y de la segunda Cámara! Con confianza espera hoy la patria del concurso de sus representantes con Mi Gobierno el afianzamiento del restablecido orden legal, para que pueda disfrutar de las libertades constitucionales y de su tranquilo desarrollo. La protección de sus libertades y del orden legal —estas dos condiciones fundamentales del bienestar público— será siempre objeto de Mi solicitud concienzuda. Cuento para ello con el apoyo de ustedes. ¡Quiera la actividad de ustedes servir, con la ayuda de Dios, para acrecentar el honor y la gloria de Prusia, cuyo pueblo, en íntima unión con sus príncipes, ha superado ya felizmente más de un tiempo difícil, y para deparar a la patria más cercana lo mismo que a la más amplia un porvenir pacífico y próspero!»

¡Éste es el discurso del trono del ciudadano Manteuffel. Y hay gentes a las que les falta hasta tal punto todo gusto, que declaran una comedia tan lograda por un
«discurso constitucional del trono»!

¡En verdad, si algo pudiera mover al señor Manteuffel a deponer su cartera, sería semejante desconocimiento de sus mejores intenciones!