«Neue Rheinische Zeitung» — La «Kölnische Zeitung» sobre la lucha magiar

La «Kölnische Zeitung» sobre la lucha magiar

[«Neue Rheinische Zeitung» núm. 225, del 18 de febrero de 1849]

*
Colonia, 17 de febrero.

«He hallado ya el fundamento,
donde mi áncora eternamente se aferra»
– canta el valeroso Schwanbeck con el himnario protestante. El héroe de la virtud, indignado, pese a la «nota austríaca» y al «sentimiento de la más honda indignación», sale por fin también en la
primera página
de la «Köln[ische] Z[ei]t[un]g» en defensa de Windischgrätz.

Escúchese:

«La llamada prensa democrática en Alemania ha tomado partido por los magiares en la lucha austro-húngara… ¡Cosa bastante extraña, ciertamente! Los demócratas alemanes, del lado de esa casta de la alta nobleza para la que su propia nación, a pesar del siglo XIX, no ha dejado de ser la misera contribuens plebs <pobre población contribuyente (sobre todo campesinos)>, ¡los demócratas alemanes del lado de los más arrogantes opresores del pueblo!»

No recordamos con exactitud si ya hemos llamado la atención del público sobre una peculiar propiedad del valeroso Schwanbeck, a saber: que tiene la costumbre de formular únicamente conclusiones sin premisas. La frase anterior es una de esas conclusiones, cuya premisa no ha visto la luz del mundo.

Y aunque los magiares fuesen una «casta de la alta nobleza» de los «más arrogantes opresores del pueblo», ¿qué probaría eso? ¿Es Windischgrätz, el asesino de Robert Blum, por ello un ápice mejor? ¿Acaso los caballeros de la «monarquía unitaria», los enemigos especiales de Alemania y amigos de Schwanbeck, es decir, los
Windischgrätz, Jellachich, Schlick, etc., se proponen
suprimir
la «casta de la alta nobleza» e introducir la libertad de la propiedad territorial campesina? ¿Luchan los croatas y los checos, por ventura, por la parcelación renana y por el Code Napoléon?

Cuando en 1830 los polacos se alzaron contra Rusia, ¿se habló acaso de que aquí estuviera a la cabeza sólo una «casta de la alta nobleza»? Se trataba entonces, ante todo, de expulsar a los extranjeros. Toda Europa simpatizaba con la «casta de la alta nobleza», que, ciertamente, inició el movimiento; porque la república nobiliaria polaca fue siempre un enorme progreso frente al despotismo ruso. ¿Y acaso el censo francés, el monopolio de los 250.000 electores de 1830, no era en el fondo una servidumbre política de la misera contribuens plebs tan grande como la dominación nobiliaria polaca?

Supongamos que la revolución húngara de marzo hubiera sido una revolución puramente nobiliaria. ¿Tiene por ello derecho la monarquía «unitaria» austríaca a oprimir a la nobleza húngara, y con ello a los campesinos húngaros, del mismo modo que oprimió a la nobleza gallega y,
a través de ella
(véanse las deliberaciones de la Dieta de Lemberg de 1818), a los campesinos gallegos? Pero, desde luego, el gran Schwanbeck no está obligado a saber que la mayor parte de la nobleza húngara, exactamente igual que la mayor parte de la nobleza polaca, se compone de meros proletarios, cuyo privilegio aristocrático se reduce a que no se les pueden aplicar palizas a bastonazos.

Pero el gran Schwanbeck está aún mucho menos obligado a saber que Hungría es el único país en el que las cargas feudales que pesaban sobre el campesino han dejado de existir por completo, legal y fácticamente, desde la revolución de marzo. El gran Schwanbeck declara a los magiares como una «casta de la alta nobleza», como los «más arrogantes opresores del pueblo», como «aristócratas» – ¡y ese mismo gran Schwanbeck no sabe, o no quiere saber, que los
magnates
magiares, los Esterhazy, etc., desertaron apenas comenzada la guerra y acudieron a Olmütz a rendir homenaje, y que precisamente los oficiales «de la alta nobleza» del ejército magiar, desde el comienzo de la lucha hasta hoy, han ejercido a diario una nueva traición a la causa de su nación! ¿O por qué se halla aún hoy la mayoría de la Cámara de Representantes con Kossuth en Debreczin, mientras que allí sólo se encuentran once magnates?

Hasta aquí el Schwanbeck de la
primera
página, el Schwanbeck ditirambista de cabecera. Pero el hombre de la tercera página, el hombre que ha asaltado seis veces Leopoldstadt, tomado cuatro veces Eszek y cruzado varias veces el Theiss, el Schwanbeck estratega, tenía que tomarse también su desquite.

«Pero entonces la guerra tomó un curso lamentable, verdaderamente lastimoso. Sin detenerse, casi sin lucha, los magiares se retiraron de todas sus posiciones; sin resistencia, abandonaron incluso su ciudad real fortificada, retrocedieron ante los croatas de Jellachich hasta detrás del Theiss.»

«Casi sin lucha» – es decir, después de haber detenido a los austríacos
durante dos meses enteros
desde el Leitha hasta el Theiss, se retiraron «casi sin lucha». ¡El buen Schwanbeck, que juzga la grandeza de un general no por sus resultados
materiales
, sino por la cantidad de hombres que ha dejado que le maten!

«Sin resistencia, abandonaron su ciudad real fortificada.» Ahora bien, es preciso saber que Ofen está, ciertamente, fortificada por el lado oeste, pero no por el lado este. El Danubio estaba helado, de modo que los austríacos pudieron marchar al otro lado con caballos y carros, ocupar Pesth y, desde allí, cañonear a la indefensa Ofen.

Si Deutz no estuviese fortificado y el Rin estuviese helado, y si, en consecuencia, un ejército francés cruzase el Rin por Wesseling y Worringen y emplazase 100 cañones frente a Colonia desde Deutz, entonces el audaz Schwanbeck daría sin duda al coronel Engels el consejo de defender Colonia hasta el último hombre. ¡Valiente Schwanbeck!

Los magiares «retrocedieron ante los croatas de Jellachich hasta detrás del Theiss». ¿Y acaso nos negará el gran Schwanbeck que esos «croatas» constan de 250.000 a 300.000 hombres, incluyendo los cuerpos de Windischgrätz, Jellachich, Götz, Csorich, Simunich, Nugent, Todorovich, Puchner, etc., etc., y las tropas irregulares en el Drava y en el Banato? ¿Y todo eso son «los croatas de Jellachich»? Por lo demás, es fácil de comprender que un Schwanbeck, que es él mismo pariente tribal de los croatas y poco versado en historia y geografía, se entusiasme con los croatas.

Pero, desde luego: «… también nosotros estamos muy lejos de ver en los partes oficiales del cuartel general austríaco
precisamente un Evangelio
». Al contrario, Schwanbeck encuentra de cuando en cuando en los partes, por ejemplo en los de Schlick,

«una
laguna
que el lector tiene que llenar con
toda clase de conjeturas
, y
a fin de cuentas no es de extrañar
(!!) que dichas conjeturas
resulten más inquietantes de lo que debieran
(!!!). También a Puchner lo tenemos bajo la sospecha de que suele redactar sus boletines
algo demasiado color de rosa
. Según ellos, se hallaría en la más hermosa carrera de victorias contra el “general rebelde”. De repente leemos,
con el mayor asombro por nuestra parte
(!), una proclama suya en la que conjura por todo lo del mundo a sajones y valacos a que no pierdan el ánimo; y entonces nos encontramos al derrotado Bem de improviso ante Hermannstadt, en medio del país sajón, y los pobres alemanes (!!) no saben al fin ayudarse de otro modo que buscando protección entre los rusos.
Aquí hay
un
pequeño conflicto entre los
partes oficiales
y
los acontecimientos
, que no puede achacarse sino a la
inexactitud
(!!) de los primeros.»

El ciudadano Schwanbeck confiesa que los boletines austríacos, y tras ellos la «Kölnische Zeitung», han mentido del modo más descarado acerca de los supuestos avances de los austríacos; y cuando la mentira ya no puede negarse, el amigo de la verdad Schwanbeck llama a eso: «¡un pequeño conflicto entre los partes oficiales y los acontecimientos!»

«Pero si en modo alguno consideramos los informes del ejército austríaco como oráculos, con ello los boletines de victoria magiares no han ganado lo más mínimo a nuestros» (ocupados con los referidos «pequeños conflictos») «ojos. Están dictados por la
fantasía
y se leerían con bastante agrado si no fueran tan
espantosamente ridículos
.»

Estos «boletines» son tan «espantosamente ridículos» que hasta ahora no han aseverado nada que el gran Schwanbeck no tenga que admitir en el fondo. ¿O es que Tokaj está en manos de Schlick? ¿Ha cruzado un solo austríaco el Theiss por Szolnok? ¿Han avanzado los imperiales, en catorce días, un solo paso más?

El boletín austríaco número 22, que nos llega justo ahora (véase más abajo), ahorrará al ciudadano Schwanbeck la molestia de responder. Nos aclara que los austríacos no han llegado aún siquiera al punto que afirmaban los boletines 20 y 21.

«No hay remedio: la guerra en Hungría avanza a pasos agigantados hacia su fin.» Eso está claro. Schwanbeck ya lo dijo una vez hace catorce días: «La guerra en Hungría toca a su fin. Parturiunt montes, nascetur ridiculus mus. <Los montes están de parto, y nacerá un ridículo ratón.>» Esto fue el mismo día en que por primera vez hizo entrar victoriosos a los austríacos en Debreczin. Desde entonces han transcurrido catorce días y, pese a que los magiares «han fanfarroneado terriblemente», los austríacos siguen sin cruzar el Theiss, y mucho menos están en Debreczin.

«Que las partidas de Bem se hayan hinchado, con las bandadas de fugitivos húngaros que afluyen de todas partes, hasta formar un ejército al que las escasas fuerzas imperiales en Transilvania no están a la altura, no puede extrañar a nadie.»

En absoluto. Pero lo que sí puede extrañarnos es que se pueda hablar de «bandadas de fugitivos húngaros que afluyen de todas partes», mientras los húngaros tienen ocupada la línea del Theiss y del Marosz y el ciudadano
Schwanbeck, a pesar de las oraciones más fervorosas, no puede hacer pasar ni un solo imperial al otro lado; y, además, que «bandadas de fugitivos» formen de pronto un ejército, sin que los ejércitos que los persiguen estén al mismo tiempo presentes para desalojarlos de cada nueva posición. Pero, desde luego, el gran Schwanbeck cree que los húngaros, una vez derrotados en su nebulosa fantasía, echarían a correr inmediatamente desde el Danubio hasta el Aluta, sin volver la vista atrás para ver si son perseguidos o no.

El ciudadano Schwanbeck se ha erigido en el Carnot del siglo XIX al descubrir la nueva maniobra de cómo
bandadas de fugitivos
que afluyen de todas partes pueden formar de repente un
ejército victorioso
.

Este nuevo ejército victorioso podría ciertamente acarrear serias complicaciones. Entre tanto, dice Schwanbeck:

«Ya veremos
de qué manera pronunciará aquí Rusia su veto
.»

El valeroso Schwanbeck, que aquí llama en auxilio a Rusia contra los magiares, es el mismo Schwanbeck que el 22 de marzo del año pasado publicó un artículo de indignación moral contra el emperador de Rusia, declarando entonces que si Rusia se inmiscuía en nuestros asuntos (y el asunto magiar es, sin duda, asunto nuestro), él, Schwanbeck, lanzaría un grito ante el cual
el trono del zar se estremecería
. Es el mismo Schwanbeck que desde siempre ha tenido en la «Köln. Ztg.» el cometido de salvar el renombre liberal del periódico mediante un odio a los rusos aplicado a tiempo y un librepensamiento obligado y astuto en los inofensivos países de Europa oriental. Pero las complicaciones de Europa oriental parecen aburrirle, y para poder entregarse por entero a su «sentimiento de la más honda indignación» por la nota austríaca, llama a los rusos a Transilvania para que pongan fin a la lucha.

La mejor respuesta a todo el artículo, moralizante, windischgrätziano y vocinglero, es… el boletín del ejército número 22, que el lector encontrará más abajo. Para que el Schwanbeck, en parte ilimitadamente ignorante en geografía y estrategia hasta en la frase final de su artículo, y en parte dependiente de la «Neue Rheinische Zeitung», sepa a qué atenerse con ese boletín, ofrecemos al mismo tiempo el comentario correspondiente.