La situación comercial

["Neue Rheinische Zeitung" Nr. 239 vom 7. März 1849]

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Köln
, 6. März.
Un inglés nunca es más desdichado que cuando no sabe qué hacer con su dinero. He ahí el secreto de todas las grandes especulaciones, de todas las empresas lucrativas; pero también el secreto de todas las quiebras, de todas las crisis monetarias y de toda la miseria comercial.

En los años 1840, 1841, etc., fueron los nuevos mercados asiáticos los que, aparte del tráfico ordinario con el continente europeo, absorbieron en particular el comercio de exportación inglés. Fabricantes y exportadores tenían todos los motivos para saludar con un clamoroso hurra a Sir Henry Pottinger en la Bolsa de Manchester. Pero los buenos tiempos se desvanecieron rápidamente. Cantón, Bombay y Calcuta se vieron pronto saturados de mercancías invendibles, y el capital, que por aquel lado ya no encontraba salida, buscó para variar una vez más ocupación en el interior, lanzándose a la construcción de ferrocarriles y abriendo con ello a la especulación un campo en el que ésta no tardó en entregarse a sus desenfrenos más inauditos.

Según un cálculo moderado, el total de las empresas puede estimarse en 600 millones, y quizá se habría ido aún más lejos, de no haber movido al Banco de Inglaterra a elevar el descuento en medio por ciento el 16 de octubre de 1845 el fracaso de la cosecha de patatas en Inglaterra, en Irlanda y en varias regiones del continente, el alto precio del algodón y la consiguiente disminución de la venta de artículos manufactureros, así como, finalmente, la propia especulación ferroviaria exagerada.

Ante el temor supersticioso que el británico profesa a la omnipotencia de su Banco, este pequeño aumento del descuento, o, en otras palabras, esta desconfianza de los directores del Banco, provocó de inmediato una reacción en la actividad anterior, de modo que se produjo un desaliento general, y a la prosperidad aparente siguieron de inmediato la restricción del crédito y numerosas quiebras. Por consiguiente, se habría desencadenado de inmediato una de esas grandes crisis comerciales, como las de 1825 y 1836, si la abolición de las leyes de los cereales, decretada poco después, no hubiese acudido de repente en auxilio de la confianza decadente y estimulado de nuevo el espíritu de empresa.

En efecto, el mundo comercial se prometió tanto de las consecuencias inmediatas de la gran medida, que no le fue difícil olvidar la miseria apenas desencadenada. La solución del conflicto de Oregón, que auguraba la continuación del comercio americano, sumamente floreciente hasta entonces, y las victorias británicas en el Punjab, que aseguraban la tranquilidad de Indostán, contribuyeron naturalmente a levantar de nuevo los ánimos; y aunque se viese que a la mala cosecha de 1845 seguía otra análoga en 1846, aunque por doquier se tuviese que cargar con las existencias de épocas pasadas y se pagase el dinero para el giro de los negocios al 12 y al 15 por ciento, no por ello dejó de ponerse en movimiento tan ininterrumpido todas las hilanderías de Lancashire y Yorkshire, como si las malas cosechas, las especulaciones ferroviarias y los mercados saturados fuesen de pronto puras bagatelas que pudiesen despacharse en un instante.

No obstante, toda esta gloria no había de durar mucho más, pues mientras en septiembre de 1847 el Dr. Bowring exponía con tan altisonante patetismo en el Congreso librecambista de Bruselas las maravillosas consecuencias de la abolición de las leyes de los cereales <Véase tomo 4, págs. 294 y 303/304>, ya en Londres se observaba que tampoco «la medida omnipotente de Sir Robert Peel» era capaz de salvar al país de la catástrofe largo tiempo temida. Hubo que doblegar la cerviz, y las casas londinenses que, como Reid Irving y Cía., poseían casi un millón de libras esterlinas en bienes raíces en la isla Mauricio, abrieron, en el desordenado estado de aquella parte de las colonias inglesas, la danza de las quiebras y se derrumbaron arrastrando consigo a derecha e izquierda a varias casas más pequeñas de las Indias Orientales y Occidentales.

Los matadores de los distritos fabriles comprendieron al mismo tiempo que se habían equivocado respecto a las consecuencias de la abolición de las leyes de los cereales. Los negocios se estancaban en todas las partes del mundo y el pánico se propagó en el mismo instante por la City de Londres, igual que por las bolsas de Liverpool, Manchester, Leeds, etc.

La crisis de octubre de 1845, diferida por toda suerte de acontecimientos, acabó pues por estallar en septiembre de 1847. Se había acabado la confianza. El ánimo se había venido abajo. El Banco de Inglaterra dejó caer los bancos del interior del país; los bancos del interior retiraron el crédito a comerciantes y fabricantes. Banqueros y exportadores restringieron sus negocios con el continente, y el comerciante del continente presionó a su vez al fabricante que le era tributario; el fabricante se resarció naturalmente con el mayorista y el mayorista repercutió sobre el boutiquier <pequeño comerciante>. Unos se pegaban a otros y la penuria de la crisis comercial fue sacudiendo paulatinamente al mundo entero, desde los gigantes de la City londinense hasta el último tendero alemán.

¡Esto era antes del 24 de febrero de 1848! Inglaterra había vivido los peores días en los cuatro últimos meses de 1847. Con los especuladores ferroviarios se había hecho tabla rasa; en el comercio de géneros coloniales, desde el 10 de agosto hasta el 15 de octubre quebraron 20 de las primeras casas londinenses, con una masa de 5 millones y un dividendo aproximado del 50 por ciento, y en los distritos fabriles la miseria alcanzó su punto culminante cuando en Manchester, el 5 de noviembre, de 175 hilanderías sólo 78 trabajaban a jornada completa y 11.000 obreros estaban en la calle.

Así concluyó el año 1847. Al continente le estaba reservado sentir en el transcurso de 1848 las consecuencias tardías de esta crisis inglesa — consecuencias que, naturalmente, esta vez resultaron tanto más sensibles cuanto que las convulsiones políticas no contribuían precisamente a compensar las consecuencias de la extravagancia inglesa.

Llegamos ahora al punto más interesante de la historia comercial reciente, a saber, la influencia que las revoluciones ejercieron sobre el comercio.

Las listas de exportación del comercio inglés nos suministran las mejores ilustraciones al respecto, pues su contenido, dada la posición dominante que Inglaterra ocupa en el comercio mundial, no es más que el estado político-comercial expresado en cifras o, mejor dicho, la capacidad de pago de las distintas naciones expresada en cifras.

Así pues, cuando vemos que la exportación cae en abril de 1848 en 1.467.117 libras esterlinas y en mayo en 1.122.009, y que la suma total de la exportación de 1847 fue de 51.005.798 libras esterlinas y en 1848 sólo de 46.407.939, se podría ciertamente sacar de ahí conclusiones muy desfavorables para las revoluciones, y tanto más fácilmente podría sostenerse esa idea cuanto que la exportación en enero y febrero de 1848, es decir, inmediatamente antes del estallido de la revolución, se mostró realmente más favorable que en 1847 en 294.763 libras esterlinas.

No obstante, esta opinión sería absolutamente errónea; pues, en primer lugar, el aumento de las exportaciones de enero y febrero, precisamente los dos meses que median entre el punto culminante de la crisis y la revolución, se explica fácilmente por el hecho de que los americanos, a cambio de sus enormes envíos de trigo a Inglaterra, adquirieron entonces más artículos manufactureros británicos que nunca antes, cubriendo de ese modo, al menos por el momento, el déficit que de otro modo se habría producido. Además, en la historia comercial inglesa encontramos las pruebas más contundentes de que la exportación no se reduce inmediatamente después de la crisis, sino sólo cuando la crisis ha tenido tiempo de extenderse también por el continente.

Así pues, el aumento de la exportación de los dos primeros meses de 1848 no debe desconcertarnos en modo alguno, y podemos pasar tranquilamente a considerar el déficit total de todo el año.

Este déficit, como ya hemos señalado, fue, en comparación con 1847, de 4.597.859 libras esterlinas, disminución ciertamente considerable que, en manos de los reaccionarios, que se comportan en política como perros ladradores y en el comercio como viejas, se ha convertido en un argumento contra la revolución del que se hace un uso en todo caso demasiado eficaz ante todos los no iniciados.

Nada más fácil, sin embargo, que derribar las falaces construcciones de ese partido, pues basta con repasar las listas de exportación de los últimos 30 años para demostrar que la disminución de las exportaciones de 1848, surgida de las influencias combinadas de una crisis comercial y de una revolución, no guarda proporción alguna con los déficits de exportación de años anteriores.

Tras la crisis comercial de 1825, en la que la suma de las exportaciones fue de 38.870.851 libras esterlinas, la exportación cayó en 1826 a 31.536.724 libras esterlinas. Se redujo, pues, en 7.334.127 libras esterlinas. Tras la crisis de 1836, en la que se exportó por valor de 53.368.572 libras esterlinas, la exportación bajó en 1837 a 42.070.744 libras esterlinas. Fue, por tanto, 11.297.828 libras esterlinas menor. ¡Nada puede ser más contundente que esto!

Después de dos crisis comerciales, provenientes ciertamente de modo más exclusivo de la sobreproducción de artículos manufactureros, pero que, por su magnitud, no pueden compararse en absoluto con la última transcurrida, la exportación se redujo, pues, en el doble del déficit de 1848, año al que precedieron una saturación de los mercados asiáticos, dos malas cosechas, una especulación como nunca la había visto el mundo, y que, con sus revoluciones, sacudió a la vieja Europa hasta el último rincón.

En verdad, ¡1848 ha sido todavía un año muy benigno para el comercio! Las revoluciones han contribuido a que aquí y allá se estancase el tráfico, a que la venta fuese difícil y peligrosa y a que muchos sucumbiesen bajo el peso de sus obligaciones; pero en el transcurso del pasado año se habrían encontrado las mismas dificultades bajo Luis Felipe para descontar en París míseras 20.000 o 30.000 francos que bajo la República; habríamos tenido nuestras quiebras en el sur de Alemania, en el Rin, en Hamburgo y en Berlín tanto sin revoluciones como con ellas; y el comercio italiano se habría visto deprimido lo mismo bajo Pío que bajo los héroes de Milán, Roma y Palermo.

Ridículo es, por tanto, atribuir el renacimiento del comercio a la victoria momentánea de la contrarrevolución. Los franceses no pagan en las subastas de lana de Londres la lana un 25 por ciento más cara porque algunos ministros de Luis Felipe estén de nuevo al timón; no, deben pagar más porque necesitan la lana, y la necesitan más, su demanda crece, precisamente porque en los últimos años bajo Luis Felipe había descendido sobremanera. Este movimiento de la demanda se manifiesta en toda la historia comercial.

Y los ingleses no trabajan de nuevo todo el día en todas las minas, en todas las fraguas, en todas las hilanderías, en todos sus puertos, porque un príncipe Windischgrätz mande fusilar sumariamente a los vieneses; no, trabajan porque los mercados de Cantón, de Nueva York y de San Petersburgo quieren ser provistos de manufacturas, porque California abre un nuevo mercado que a la especulación le parece inagotable, porque a las malas cosechas de 1845 y 1846 siguieron dos buenas cosechas en 1847 y 1848, porque colgaron de un clavo las especulaciones ferroviarias, porque el dinero volvió a sus canales regulares, y trabajarán hasta que llegue una nueva — crisis comercial.

Ante todo, no debemos olvidar que no fueron en modo alguno los países monárquicos los que en los últimos años dieron la principal ocupación a la industria inglesa. El país que, casi sin interrupción, acudió con los encargos más colosales de artículos ingleses, y que también en este momento sabe vaciar mediante sus pedidos los mercados de Manchester, de Leeds, de Halifax, de Nottingham, de Rochdale y de todas esas grandes plazas de depósito de la industria moderna, y animar los mares con sus barcos —, ese país es un país republicano, son los Estados Unidos de Norteamérica. Y esos Estados

florecen precisamente ahora en mayor grado, cuando todos los Estados monárquicos del mundo se derrumban a una.

Pero si algunas
ramas industriales
alemanas se han levantado en cierto modo en los últimos tiempos, lo deben únicamente al
periodo de prosperity
inglés <periodo de auge>. Por toda la historia comercial podrían saber los alemanes que no poseen una historia comercial propia, que tienen que pagar los platos rotos de las crisis inglesas, mientras que en los periodos de sobreproducción ingleses les caen unas cuantas migajas de porcentajes. A sus gobiernos cristiano-germánicos, empero, no les deben más que una bancarrota acelerada.