"Neue Rheinische Zeitung" — El debate de la contestación en Berlín

El debate de la contestación en Berlín

["Neue Rheinische Zeitung" N.º 259, del 30 de marzo de 1849]

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Colonia, 25 de marzo. Confesamos a nuestros lectores que sólo con repugnancia podemos decidirnos a examinar con detenimiento los debates de la llamada segunda cámara de Berlín. Los debates de la disuelta Asamblea de la Concordia, por insignificantes y desvaídos que fueran, tenían al menos el interés de la actualidad; trataban de asuntos que no ejercían influjo alguno sobre los destinos de Europa, de leyes a las que de antemano no cabía atribuir duración alguna; pero se ocupaban precisamente de nuestros intereses más inmediatos, ofrecían un espejo fiel de la creciente reacción en Prusia. Los debates de la actual cámara, en cambio, no tienen otro fin que legalizar la contrarrevolución ya consumada. No se trata del presente —se lo ha excluido mediante la prohibición de las interpelaciones—, se trata del pasado, del interregno provisorio del 5 de diciembre al 26 de febrero, y si la cámara no reconoce incondicionalmente ese interregno, se la disolverá, y su actividad habrá sido una vez más en vano.

¡Y se pretende que uno se interese por semejantes deliberaciones, mientras en Hungría e Italia la revolución y la contrarrevolución miden sus fuerzas con las armas en la mano, mientras los rusos están en la frontera oriental y Francia se prepara para una nueva revolución que estremecerá al mundo!

El debate de la contestación, para colmo, pertenece a lo más árido que recordamos haber leído jamás. Todo el debate gira naturalmente en torno al reconocimiento o no reconocimiento de la llamada constitución octroyada. ¿Y qué importa que esta cámara, elegida bajo el estado de sitio y bajo el efecto aplastante de una contrarrevolución llevada a cabo con éxito, que delibera en un rincón de Berlín bajo el estado de sitio y no puede rechistar si no quiere ser disuelta —qué importa que semejante asamblea reconozca o no ese documento? ¡Como si con reconocerlo o no se cambiase lo más mínimo en la marcha de la revolución europea, que triturará como polvo todas las constituciones hoy vigentes, octroyadas o no octroyadas!

Lo único que ofrece interés en todo el debate es la petulancia aniñada de la derecha y el cobarde desmoronamiento de la izquierda.

Los señores monárquicos son incorregibles. Apenas su causa vuelve a estar, por el momento, un poco mejor gracias a la ayuda de la soldadesca obediente, ya creen haber regresado a la vieja tierra prometida y entonan un tono que en desvergüenza supera todo cuanto ha producido el Estado policial.

Los señores de la izquierda, en cambio, rebajan sus pretensiones en la misma medida en que la derecha eleva las suyas. En todos sus discursos se percibe ese quebrantamiento que es consecuencia de amargos desengaños, ese abatimiento del ex miembro de aquella misma asamblea que primero dejó empantanarse a la revolución y después, hundiéndose en el pantano por ella misma creado, se fue a pique con el doloroso grito: ¡El pueblo no está aún maduro!

Incluso los miembros más resueltos de la izquierda, en vez de enfrentarse directamente a toda la asamblea, no abandonan la esperanza de llegar a algo en la cámara y por la cámara y de alcanzar una mayoría para la izquierda. En lugar de adoptar en el parlamento una posición extraparlamentaria —la única honorable en una cámara semejante—, hacen una concesión tras otra en gracia a la posibilidad parlamentaria; en lugar de ignorar en lo posible el punto de vista constitucional, buscan con verdadero afán la ocasión de coquetear con él por amor a la paz.

El debate general gira en torno al reconocimiento o no reconocimiento de la llamada constitución. La izquierda, que se consideraba a sí misma como la continuación de la mayoría que negó los impuestos en la ex Asamblea de la Concordia, debía comenzar con la protesta más enérgica contra el golpe de fuerza del 5 de diciembre. ¿Y qué hace? ¡Se declara dispuesta a reconocer la disolución de la Asamblea Nacional como un hecho que ya no puede modificarse, a abandonar la disputa de principios sobre la validez jurídica del bastardo octroyado, a cubrir con el manto del amor todos los puntapiés e insultos, y a pasar de inmediato a la revisión!

La derecha rechaza, naturalmente, esta cobarde oferta con el desprecio que merece y obliga a la izquierda a entrar en la disputa de principios.

Está bien empleado a la izquierda. ¿Por qué se figuran también los señores que han de conseguir algo allí donde no hay nada que conseguir? ¿Por qué se hacen la ilusión de estar llamados a imponer por vía parlamentaria lo que sólo puede imponerse revolucionariamente, con la fuerza de las armas? Pero, claro está, los señores han
«ascendido por la vida parlamentaria a la altura»
de la que el diputado Waldeck nos cuenta cosas tan hermosas, la altura donde empieza el esprit de corps <espíritu de casta> y la energía revolucionaria —s'il y en avait <si algo de ello tenía>— se evapora.

El primer orador del abigarrado partido que se denomina izquierda es el señor
v. Berg
. Pero que nadie crea reencontrar al vivaz y pequeño abate del año anterior, que tan bien sabía irritar con toda suerte de agudezas picantes a los señores de la derecha. El señor Berg ya no se presenta como
abate
, se presenta como pastor.

Opina que habría sido deseable redactar el proyecto de contestación de modo que «la mayor mayoría posible pudiera pronunciarse en favor de él». La cámara habría debido mostrar al país «que sus representantes están dispuestos a no sacrificar el bien del país a
meras luchas de principios
». Al final el señor Berg echó de menos en el proyecto «el
espíritu de conciliación que nos
(?)
impregna
», la aspiración a «un entendimiento». Profetiza a la cámara que con el debate de la contestación no «
fundamentará la paz,
la
esperanza de un futuro mejor
en la patria».

¡En verdad! ¿Acaso los electores de Jülich y Düren han enviado al señor Berg a Berlín para que declare que la lucha por el derecho del pueblo a darse a sí mismo su constitución es una mera «lucha de principios», para que predique en tono de púlpito «conciliación» y «entendimiento», para que desvaríe sobre la «paz» donde lo que está en juego es la
guerra
?

A usted, señor capellán Berg, no se le eligió por ser predicador, sino por ser
negador de los impuestos
. Su elección no se hizo en interés de la
paz
, sino que fue desde el principio una
declaración de guerra
contra el golpe de Estado. No para ofrecer conciliación ni entendimiento, sino para
protestar
, fue enviado usted a Berlín. ¡Y ahora, cuando es diputado, declara usted la lucha entre la soberanía popular y el «pleno poder de la corona» como una mera y estéril lucha de principios!

La mayoría de los señores negadores de los impuestos han sido reelegidos, no porque toda su actuación de mayo a noviembre de 1848 satisficiera a los electores, sino porque con la resolución de negar los impuestos <Véase «¡¡¡No más impuestos!!!»> habían pisado terreno revolucionario, porque cabía esperar que los puntapiés con que el gobierno los ha obsequiado les hubieran abierto por fin los ojos acerca de cómo hay que comportarse frente a la corona y al gobierno para conseguir algo. Se abrigaba la esperanza de que cada uno de ellos hubiera avanzado con ello al menos un escalón más hacia la izquierda.

En lugar de eso, se demuestra que el castigo de noviembre ha dado fruto. En lugar de más a la izquierda, los señores han avanzado más a la derecha. Con el más bienintencionado patetismo plañidero predican conciliación y entendimiento. Declaran que quieren olvidar y perdonar los maltratos recibidos, ofrecen la paz. Está bien que se les rechace con carcajadas desdeñosas.

Sigue el señor conde
Renard
, señor feudal de Silesia.

El señor Renard se figura que en marzo no se derribó nada, sino que meramente se añadió un nuevo momento. La corona sigue siendo corona, sólo que entra como «momento determinante» la representación
estamental
(!) con la voz
consultiva
del pueblo. Por lo demás, todo sigue como antes. (En efecto, esto es justamente lo que se nos quiere octroyar y revisar por la gracia de Dios, por el rey y la patria.) El diputado tiene «que representar la constitución del pueblo en su totalidad, es decir, al pueblo
con
el príncipe, pero no al pueblo
contra
el príncipe». (Entonces, ¿para qué está aún ahí el príncipe, si los diputados ya lo «representan»?) Tras esta nueva teoría del Estado, el señor Renard comunica a la cámara lo siguiente: ella no está en absoluto ahí «para
regatear
y
chalancar
con la corona» —es decir, para ponerse de acuerdo— «para disputar sobre palabras o,
si se quiere, incluso sobre derechos
»; gobierno y cámara no son en modo alguno «los abogados de dos partes litigantes». Quien entienda su mandato de otro modo, ese «lleva la guerra civil a las teorías».

El señor Renard habla con suficiente claridad. En los profanos Estados constitucionales, la cámara gobierna mediante su comité, el ministerio, y el rey no tiene más derecho que el de decir amén y firmar. Así ocurría también entre nosotros en el tiempo de la tribulación, en los tiempos de Camphausen, Hansemann y Pfuel. Pero en la monarquía constitucional prusiana por la gracia de Dios es justamente al revés: la corona gobierna mediante sus ministros, ¡y ay de las cámaras si intentan hacer otra cosa que decir amén a las efusiones del ungido del Señor!

«La prueba más clara —continúa el señor Renard— de que no existe ninguna escisión entre la corona y el pueblo la brinda el momento actual, en que con entusiasmo general resuena en todas las provincias la
cuestión alemana
... El entusiasmo... se refiere en una gran parte a la dignidad, a la grandeza de nuestra dinastía hereditaria por la gracia de Dios, de la
caballeresca
y» (especialmente en la Champaña, junto a Jena y el 18 de marzo de 1848) «
victoriosa estirpe
de los Zollern (Hilaridad y bravos.)»

De ese entusiasmo daba testimonio, ese mismo 19 de marzo en que el señor Renard pronunciaba estas palabras, el «percat» lanzado por cinco mil gargantas al emperador alemán en el Gürzenich; daba testimonio pocos días después el rechazo del imperio hereditario prusiano en Fráncfort; daba testimonio ayer la mayoría mendicante de Fráncfort, con cuatro votos enteros, en favor del emperador hereditario en general.

No —exclama por último Renard, que, por lo demás, no es ningún zorro [juego de palabras: en alemán «Fuchs» significa «zorro», en francés «renard»]—:

«¡Nadie podrá, ni lo conseguirá, matar con cáustico veneno la
vida fresca
de la herida que aspira a curarse, ni convertir la hendidura que, en todo caso» (¡así que sí!) «haya surgido en un abismo insalvable!»

¡Honradísimo Renard! ¡Ojalá no consigan nunca los malintencionados «matar con cáustico veneno la vida fresca de la herida» infligida en la primavera del año pasado a tu bolsa rebosante de privilegios feudales, «que ahora aspira a curarse» mediante la recurrente gracia de Dios, ni «convertir la hendidura que, en todo caso, haya surgido» entre tus ingresos y tus gastos «en un abismo insalvable»!

El señor Jacoby sube a la tribuna. También el señor Jacoby, aunque se presenta con más decisión que Berg y es más claro y preciso en su razonamiento, no puede dejar de diplomatear. El reconocimiento de la constitución en la contestación no vendría
al caso
, porque no debería hacerse
de pasada
, ni sería oportuno, porque la constitución aún no está revisada, ni definitivamente sancionada ni jurada. ¡Como si el reconocimiento de semejante constitución pudiera alguna vez venir al caso y ser oportuno!

También él «no quiere renovar la vieja disputa» sobre la disolución de la Asamblea de Acuerdo; si fue un acto salvador o el punto final y el objetivo de una conspiración diplomática, quiere «dejarlo a la historia imparcial». La «historia imparcial» registrará que las gentes que hablaban tan alto cuando tenían la mayoría, ahora que están en minoría, se presentan con la humildad de escolares castigados.

«En lo que respecta al reconocimiento de la constitución por el pueblo, tengo que oponer a ello que esta nuestra Asamblea es el único órgano legítimo, el único facultado para tal reconocimiento.»

No, señor Jacoby, ésa no es en absoluto su Asamblea. Su Asamblea no es más que el órgano, surgido en su mayor parte por las maquinaciones del gobierno, de los electores elegidos sobre la base de la llamada ley electoral otorgada mediante la famosa «Independencia». Su

Asamblea puede reconocer la constitución; eso no sería más que un reconocimiento de la constitución otorgada por la propia constitución otorgada. El pueblo se preocupará poco de ello y la «historia imparcial» tendrá que registrar dentro de poco que esa llamada constitución, a pesar de su reconocimiento —si es que éste llega a producirse—, fue pisoteada en el curso de la revolución europea y ha desaparecido sin que se sepa cómo.

El señor Jacoby lo sabe probablemente tan bien como nosotros; la derecha de la cámara sabe también que él lo sabe; ¡a qué viene, pues, toda esta pamplina sobre la base legal, y más aún cuando se quiere dejar en duda la base legal de la Asamblea disuelta!

El señor Scherer, abogado y diputado por Düsseldorf-Elberfeld, se horroriza sobremanera ante el proyecto de discurso de d'Ester. Opina que la diputación que entregara al rey tal discurso debería «llevar a la insurrección armada en su séquito». ¡Cuando se lleva a la insurrección armada en el séquito, señor Scherer, se habla a los reyes de un modo muy distinto!

Este proyecto «arroja la antorcha al país»; ¡pero el señor Scherer cree que «no prenderá, sino que sólo
redundará en perjuicio de sus portadores
»!

No se puede hablar más claro. El señor Scherer da a la izquierda el bienintencionado consejo de que retire el proyecto, pues de lo contrario se sabrá cómo detenerlos una mañana, a pesar del artículo de inviolabilidad. ¡Muy humano, señor Scherer!

Ahora se levanta el señor
Waldeck
. Lo encontramos sin cambios: de izquierda, pero no más a la izquierda de lo que conviene cuando uno quiere mantenerse
posible
. El señor Waldeck comienza expresando su disgusto por el hecho de que la derecha quiera siempre echarle a él la fatal disputa sobre el golpe de estado de noviembre. El señor Waldeck y «su partido» se han «pronunciado con suficiente claridad sobre el hecho de que esta disputa de principios no debería haberse suscitado en absoluto». En su opinión, «la Asamblea está de acuerdo» (¡y eso ya es grave!) «sobre lo que ha de hacer con la constitución», a saber, revisarla. El señor Waldeck expone ahora de nuevo por qué la disputa de principios es superflua y apela una vez más al mejor sentimiento de la derecha: «¿No pueden ustedes
muy bien dejar en reposo
esta cuestión durante este tiempo? ... Ustedes no pierden nada con su opinión;
respeten
, empero,
las opiniones de los demás
!»

¡Digno lenguaje de un «representante del pueblo» dispersado a la fuerza, dirigido a esa misma mayoría que se frota las manos de alegría cuando piensa en la lograda dispersión!

«¡Respete usted las opiniones de los demás!» ¡El gran hombre implora
respeto
!

Pero luego, cuando el trabajo constitucional esté terminado, «espera» el ministro del futuro, «¡entonces esta Asamblea, a través de la vida parlamentaria, habrá alcanzado realmente la altura necesaria para poder reconocer bien las consecuencias de una declaración semejante» (sobre la validez de la constitución)!!

¡En verdad! ¿No están ya nuestros flamantes paladines de la tribuna, que apenas cuentan con siete meses de práctica parlamentaria, tan prematuramente juiciosos y sabios como si hubieran ocupado durante cincuenta años los escaños de St. Stephens y hubieran pasado por todas las cámaras parisinas desde la Introuvable de 1815 hasta la Introuvable del 24 de febrero!

Pero es cierto. Nuestros paladines de la tribuna han engullido en su breve carrera tanta autosuficiencia parlamentaria, se han despojado de tal modo de toda energía revolucionaria —si jamais il y en avait <si es que alguna vez la tuvieron>—, como si hubieran envejecido en el patetismo de los parlamentos.

Después del señor Waldeck se presenta su antigua excelencia, el antaño omnipotente señor von
Bodelschwingh
.

Al igual que el señor Manteuffel, también su antiguo superior se ha vuelto constitucional «por orden de Su Majestad». Es de lo más divertido oír al último primer ministro del absolutismo defender la monarquía constitucional.

El señor Bodelschwingh, antes de febrero, solía ser considerado el mejor orador del ministerio de entonces. En la Dieta Unida aún había sabido salir del paso con la mayor habilidad. Pero cuando se lee su actual discurso, uno se asusta, en interés propio, de la estupidez y la insipidez de esta extraña perorata. El señor Bodelschwingh se ha vuelto constitucional por orden; pero, aparte de esto, ha seguido siendo, no sabemos si por orden o sin ella, exactamente el mismo de antes. Se disculpa diciendo que ha vivido «en retiro rural»; pero realmente se diría que se ha hecho
enterrar
durante todo el año.

Confiesa que el proyecto de discurso, sumamente inocente, de la izquierda le «ha ilustrado sobre sus opiniones de una manera y en una medida de la que, antes de su aparición en la cámara, no tenía ni la menor idea».

Quel bonhomme! <¡Qué simplón!> Cuando el señor Bodelschwingh todavía gobernaba Prusia, sus numerosos espías, a costa de nuestro dinero, debieron de informarle sorprendentemente mal, para que ahora pueda creer que cosas semejantes han brotado de repente de la tierra desde entonces.

La izquierda había declarado que no estaba aquí sobre la base de la carta otorgada de estado de sitio, sino sobre la base del sufragio universal. ¿Qué responde el señor Bodelschwingh?

«Si derivamos nuestro escaño del derecho electoral universal, no necesitamos todas esas formalidades» (de la verificación de poderes). «Sólo necesitamos ir a la plaza del mercado y decir: ¡Elegidme! No sé cuántas partículas del derecho electoral universal consideran ustedes necesarias para pretender la entrada en esta casa. Tomen cuantas quieran; de este modo sería fácil conseguir suficientes votos; con el reconocimiento de este derecho, el espacio de esta casa se llenaría pronto de tal modo que no podríamos permanecer aquí; por mi parte, al menos, abandonaría mi escaño cuanto antes, con gusto.»

Si un campesino de Westfalia o si el señor von Bodelschwingh, en la época en que aún era ministro, hubiera sacado a la luz esta profunda reflexión sobre el sufragio universal, no nos sorprendería. En este sentido, el pasaje anterior tiene el interés de demostrar cómo se podía ser primer ministro prusiano y dirigir toda la burocracia examinada sin «tener la menor idea» de las cuestiones más inmediatas de interés europeo. Pero que, después de que en Francia el sufragio universal haya funcionado ya dos veces, después de que lo que la izquierda llama sufragio universal haya funcionado dos veces en Prusia e incluso haya otorgado al propio señor Bodelschwingh su escaño en la cámara... ¡que uno pueda todavía solazarse en tan fabulosas fantasías sobre el sufragio universal, para eso hay que haber sido un ministro prusiano antediluviano! Pero no olvidemos que el señor Bodelschwingh estaba enterrado y no ha resucitado hasta ahora para entrar en la cámara «por orden de Su Majestad».

Después dice:
«Aunque no somos en absoluto de la opinión de que esta constitución sólo obtenga su validez mediante la revisión, confiamos, sin embargo, plenamente en que la corona no retirará su sanción a los deseos (!) ... de las cámaras ... con la conciencia de que no necesitamos regatear ni litigar con el gobierno como si estuviéramos frente a enemigos, sino con la convicción de que estamos frente a la corona, la cual, como nosotros, no tiene en vista más que el bien de la patria ... en los días buenos y malos, mantengámonos firmemente unidos con nuestros príncipes. Fundamentos del temor de Dios, del respeto a la ley, del sentido común, etc.»

El señor Bodelschwingh creía estar hablando todavía en la Dieta Unida. Se mantiene, antes y ahora, en el terreno de la confianza. ¡Pero el hombre tiene razón! El sufragio universal, como lo llama la izquierda, ha producido, mediante los artículos de independencia, la elección indirecta y las maniobras de Manteuffel, una cámara que no tendría por qué avergonzarse en absoluto de ser llamada «Alta Dieta Unida».

Después de un insignificante discurso del diputado Schulze-Delitzsch, hace su aparición su antigua excelencia el señor conde Arnim. El señor Arnim no ha dormido el último año como el señor Bodelschwingh. Sabe lo que quiere.

Dice que es claro por qué queremos reconocer ahora mismo la constitución en bloque.
«¿Pues es tan seguro que la tarea de la revisión conduzca a un resultado? ¿Y si no? ¿Qué rige entonces como ley fundamental? Precisamente porque nos encontramos en el caso de que es incierto un acuerdo entre los tres poderes sobre los puntos de la revisión, precisamente por eso nos importa que también para este caso el pueblo tenga una constitución.»

¿Está claro? Ésta es ya la segunda insinuación velada en esta única sesión.

El diputado d'Ester habla aún contra el proyecto de la comisión. El discurso de d'Ester es, con mucho, el mejor que ha pronunciado la izquierda en este debate general. La audacia y vivacidad con que el diputado por Mayen ataca a los señores de la derecha produce una grata impresión en medio de este debate triste y árido. Pero ni siquiera d'Ester puede hablar sin concesiones diplomáticas y tortuosidades parlamentarias. Dice, por ejemplo, que también él está completamente de acuerdo en que la revolución debe ser concluida. Si en el diputado tal frase puede ser quizá excusable por consideraciones parlamentarias, el miembro del comité central democrático jamás debió pronunciar algo semejante, y el hombre que acto seguido inició con Vincke el debate sobre el respectivo «grado de cultura» no debió dar la impresión de ser capaz de una simpleza así. Además, nadie se lo cree.

Al final, el diputado
Riedel
entona todavía un canto de triunfo por el hecho de que «la corona haya retomado el derecho de legislación». Un bravo irónico le hace notar que ha hablado de más. Se asusta y añade: «¡Provisionalmente, por supuesto!»

¡Tercera insinuación velada para los señores diputados!

Se pasa al debate especial. Lo dejamos para mañana.