La Asociación de Marzo de Fráncfort y la «Neue Rheinische Zeitung»

["Neue Rheinische Zeitung", núm. 248, del 17 de marzo de 1849]

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Colonia, 15 de marzo.

Volvemos una vez más sobre la desdichada Asociación de Marzo, ese adecuado parto tardío de la «revolución de marzo». Se nos reprocha que «perjudicamos la causa de la libertad» al socavar la Asociación de Marzo. ¿Acaso no denunciamos ya en diciembre de 1848, para espanto de la «Kölnische Zeitung», a la Asociación de Marzo como instrumento inconsciente de la contrarrevolución? ¿No habíamos, pues, confiado ya hace tiempo a la «Asociación de Marzo» nuestras opiniones sobre la «Asociación de Marzo»? Si la Asociación de Marzo fuese una organización del partido de la revolución, o aunque solo fuese un fruto consecuente y fresco del motín de marzo, estaríamos dispuestos a aceptar de ella una torpeza, como lo fue sin discusión su especulación con los anuncios <Véase «Der Märzverein»>. La Asociación de Marzo carece, en primer lugar, de eficacia, a menos que las direcciones constituyan tal eficacia; es, además, un portal esperanzado entre los constitucionales (que son para nosotros partidarios de la reacción peores que el club del caballero von Radowitz) y algunos demócratas realmente honrados, cuya vista se ha dejado nublar por la bruma reconciliadora del Imperio. La indecisión será siempre la que, de manera muy propia, posea la mayoría en esa Asociación Comercial Central <juego de palabras que alude a las fuerzas sustentadoras de la Asociación Central de Marzo>; tal vez él incitará al pueblo al descontento, pero en el momento decisivo lo traicionará y después lamentará su error.

¡Pues que viva la Asociación Comercial, «pero también muy bien para nosotros»! Su sensibilidad en otros aspectos no nos conmueve, y la prensa libre parece ser entendida por esos señores liberales todavía solo como su conquista privada. El señor Eisenmann, por ejemplo, se declaró abiertamente, en la misma sesión de la Asociación de Marzo en que se mencionó a la «Neue Rheinische Zeitung» como modelo de «auténtico desgarramiento alemán», constitucional por los siglos de los siglos y adversario del republicanismo. De modo que, por necedad unitaria, se pretendería exigirnos que apoyemos el órgano de un hombre que, sea lo que sea y aunque se vaya al diablo, es en cualquier caso un mentecato nacional alemán. Por cortesía, acompañaríamos a esos señores todo lo lejos que quisieran, si no consistiera precisamente su tarea de Fráncfort en ser «inamovibles». Hay entre esos señores amigos pensantes de la historia. Difícilmente puede habérseles escapado que no solo en Alemania, sino en todas partes y en todos los tiempos, los feuillants, pese a todas las asociaciones de marzo, siempre han tenido que ser eliminados ya antes del estallido de la verdadera revolución. ¿De qué sirve a los partidarios de la república social que ese mismo Vogt, fallido Barrot imperial del Reich alemán, se convierta en el Bonaparte contra el cual ha tronado «en primera fila» a la manera pequeñouniversitaria?