"Neue Rheinische Zeitung" –

[Posen]

["Neue Rheinische Zeitung" Nr. 285 vom 29. April 1849, Zweite Ausgabe]

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Colonia, 28 de abril. Nuestros lectores nos agradecerán que de vez en cuando nos ocupemos del «brillo y el poder» de nuestra real casa de los Hohenzollern y de la simultánea y maravillosa prosperidad de los principales puntales de su noble trono: la caballería de chinches de la Marca, transplantada a todas las provincias.

En esta instructiva investigación, nos dirigimos hoy a la parte polaca de nuestra patria chica. Ya el verano pasado, con ocasión de la gloriosa pacificación y reorganización de Polonia con metralla y piedra infernal, examinamos las mentiras judeo-alemanas sobre la «población predominantemente alemana» en las ciudades, la «gran propiedad territorial alemana» en el campo y el mérito regio-prusiano en el fomento de la prosperidad general. Los lectores de la «Neue Rheinische Zeitung» recordarán
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«Die Polendebatte in Frankfurt»
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cómo supimos por los censos oficiales y las pruebas presentadas por el arzobispo de Gnesen y Posen al ministro burgués de transición Camphausen, que las comarcas incluidas en las líneas de demarcación prusianas no estaban habitadas en su mitad por alemanes, sino apenas en una sexta parte, mientras que las falaces estadísticas del gobierno prusiano aumentaban gradualmente la supuesta población alemana a medida que la marcha de la contrarrevolución parecía hacer posible una nueva partición y una nueva reducción de la parte polaca; que los pardillos nacionales alemanes y los hacedores de dinero del Parlamento charca de Francfort, en estos recuentos, seguían contando a los judíos polacos como alemanes, a pesar de que esta raza, la más sucia de todas, no puede guardar relación de parentesco con Francfort ni por su jerga ni por su ascendencia, sino, a lo sumo, por su furia de lucro; que ciertamente un número relativamente muy reducido de pequeños propietarios territoriales alemanes se había anidado en algunos distritos, y ello como resultado de una pérfida especulación prusiana sobre la miseria polaca, ya que, según la orden del gabinete de 1833, todos los bienes subastados solo podían venderse a junkers colineros prusianos, a quienes el gobierno adelantaba el dinero para ello; que, en fin, las bondades y los méritos del paternalismo de los Hohenzollern consistieron en que, tras la revolución de marzo, por cobardía se hicieron las más hermosas promesas de una «reorganización nacional»; luego, a medida que crecía la contrarrevolución, se iba apretando cada vez más el cuello al país mediante una partición cinco veces repetida y cada vez mayor; después se hizo depender la reorganización de la «pacificación» y la entrega de las armas, y, cuando ésta se hubo producido, se soltó por último a «Mi glorioso ejército» sobre el país inerme y confiado, para, en unión con los judíos, saquear iglesias, incendiar aldeas, matar a los polacos a baquetazos en las plazas públicas o quemarlos con piedra infernal, y, tras tomarse venganza por haber creído en las «promesas de marzo», proclamar sobre aquel campo de cadáveres la gloria de Dios y de Su Cristiana y Germánica Majestad.

Ésta fue la obra de amor de la «reorganización» prusiana en Posen. Dirijamos ahora nuestra atención al origen de la gran propiedad territorial prusiana, los dominios y señoríos. Su historia no nos instruirá menos sobre el «brillo y el poder» de la Casa de Hohenzollern y el valor de su amada caballería de bellacos.

En 1793, los tres ladrones coronados se repartieron el botín polaco según el mismo derecho con que tres salteadores de caminos se reparten la bolsa de un caminante indefenso. Posen y Prusia Meridional recibieron entonces a los Hohenzollern por señores heredados exactamente del mismo modo que la provincia del Rin los recibió por señores heredados en 1815: por el derecho del tráfico de seres humanos y de la venta de almas. Tan pronto como se abolya este derecho del tráfico de seres humanos y de la venta de almas, los polacos, lo mismo que los renanos, trazarán una raya roja sobre el título de propiedad de su heredado Gran Duque de Hohenzollern.

Lo primero con que el padre de la patria Hohenzollern manifestó su gracia prusiana en la Polonia robada fue la confiscación de los antiguos bienes de la corona y de la iglesia polacas. En términos generales, no tenemos la menor objeción que hacer a tal confiscación; antes bien, esperamos que pronto les toque el turno a otros bienes de la corona. Pero preguntamos: ¿a qué fines se destinaron los bienes así confiscados? ¿En interés de la «prosperidad general» del país, por la cual el paternalismo brandeburgués veló tan graciosamente en la obra de pacificación y reorganización de 1848? ¿En interés del pueblo, del sudor y la sangre del cual procedían aquellos bienes? Ya lo veremos.

El entonces ministro Hoym, que desde hacía 20 años administraba la provincia de Silesia con total independencia de toda inspección y había utilizado este poder para las más junkerianas estafas y exacciones, fue recompensado por sus méritos ante Dios, el rey y la patria con la administración de Prusia Meridional. Hoym propuso a su señor y maestro, en interés del «brillo y el poder» de la casa y para fundar un junkerismo colinero, brillante y poderoso, adicto a él, regalar la mayor cantidad posible de los bienes eclesiásticos y de starostía confiscados a los llamados «hombres meritorios». Y así se hizo. Una multitud de caballeros de la maleza, favoritos de las amantes reales, criaturas de los ministros, secuaces a quienes se quería tapar la boca, fueron obsequiados con las mayores y más ricas propiedades del país robado, injertando así a los polacos «intereses alemanes» y «una propiedad territorial predominantemente alemana».

Para no excitar la codicia real, Hoym había tenido la precaución de declarar al rey estos bienes solo por la cuarta o sexta parte de su valor, a veces aún más bajo; temía, y probablemente no sin razón, que el rey, si llegase a conocer el verdadero valor de los bienes, pensaría antes en su propio bolsillo de padre de la patria que en cualquier otra cosa. Durante los cuatro años de administración de Hoym tras la «pacificación», de 1794 a 1798, se regalaron de esta manera: en el distrito administrativo de Posen, 22; en el distrito de la cámara de Kalisch, antes de Petrikau, 19; en el distrito de Varsovia, 11; en total, 52 porciones de bienes mayores y menores, que en suma contenían nada menos que doscientas cuarenta y una fincas individuales. Al rey se le había declarado su valor en 3 1/2 millones de táleros, pero su verdadero valor ascendía a más de veinte millones de táleros.

¡Los polacos sabrán a quién tienen que sacar esos veinte millones de táleros, robados según el derecho del tráfico de seres humanos, los mil millones polacos, en la próxima revolución!

Solo en el distrito de Kalisch, los bienes regalados abarcaban, por su superficie, más de un tercio del total de las posesiones reales y eclesiásticas, y sus réditos, incluso según las miserables estimaciones de la donación de 1799, ascendían únicamente por año a 247.000 táleros.

En el distrito administrativo de Posen, el señorío de Owinsk, con sus extensos bosques, fue regalado al comerciante de galanterías Tresckow, mientras que la vecina starostía de Szrin, que no tenía ni un árbol, fue declarada dominio estatal y ahora tenía que comprar su madera, a expensas del Estado, en los bosques de Tresckow.

En otros distritos, por último, las fincas fueron expresamente eximidas en las escrituras de donación de los impuestos ordinarios, y precisamente «por todos los tiempos», de modo que ningún rey prusiano tendría jamás el derecho de imponer un nuevo tributo.

Ahora veremos de qué manera y a qué «hombres meritorios» se regalaron los bienes robados. La magnitud de estos méritos de los junkers de la col nos obliga, sin embargo, a tratar este capítulo, por razón de su conexión, en un artículo aparte.