La insurrección revolucionaria en el Palatinado y en Baden

Friedrich Engels

[“Der Bote für Stadt und Land” n.º 110, del 3 de junio de 1849]

Kaiserslautern, 2 de junio. Los periódicos alemanes contrarrevolucionarios tratan de desacreditar de todas las maneras la revolución palatina y badense. No se avergüenzan de afirmar que la tendencia de toda la insurrección se reduce a «vender el Palatinado, Baden y, de rechazo, toda Alemania a los franceses». De este modo intentan resucitar el viejo odio contrarrevolucionario a los franceses de los llamados buenos tiempos y creen que así podrán desviar las simpatías de nuestros hermanos del norte y del este de Alemania. Pero estos sucios periódicos de embustes, que acusan al Palatinado y Baden de haberse vendido a Francia, son casualmente los mismos que defienden la invasión rusa en Hungría, la marcha de los rusos a través de Prusia e incluso la nueva Santa Alianza entre Rusia, Austria y Prusia. Como prueba, mencionemos tan solo uno de esos periódicos: la “Kölnische Zeitung”.

Así pues, ¡que los rusos avancen sobre territorio alemán, sobre territorio prusiano, para aplastar la libertad húngara, no es traición a la patria! ¡Que el rey de Prusia concierte una alianza con croatas y rusos para dejar que los cascos de los cosacos pisoteen el último resto de la libertad alemana, no es traición a la patria! ¡Que todos nosotros, que toda Alemania, desde el Niemen hasta los Alpes, sea entregada y vendida por déspotas cobardes al emperador ruso, no es traición a la patria! Pero cuando el Palatinado se alegra de las simpatías del pueblo francés y, sobre todo, del alsaciano; cuando no rechaza con necia autocomplacencia la expresión de esa solidaridad; cuando envía gentes a París para informarse acerca de la disposición de Francia, acerca del nuevo giro que tomará la política de la república francesa… ¡sí, eso es traición a la patria, eso es alta traición, eso significa vender Alemania a Francia, al «enemigo hereditario», al «enemigo del Reich»! Así discurren los periódicos contrarrevolucionarios.

Por supuesto, señores míos «por la gracia de Dios», todo eso lo han hecho tanto el Palatinado como Baden, y ninguno de ellos se avergonzará de sus actos. Ciertamente, si eso es traición a la patria, entonces todo el pueblo palatino y badense es un pueblo de dos millones y medio de traidores a la patria. El pueblo palatino y badense no ha hecho ciertamente una revolución para ponerse, en la gran lucha que se avecina entre el Occidente libre y el Oriente despótico, del lado de los déspotas. Tanto el pueblo palatino como el badense ha hecho su revolución porque no quiere ser cómplice de las infamias asesinas de la libertad con las que Austria, Prusia y Baviera se han cubierto de oprobio desde hace meses, porque no se ha dejado emplear también para la servidumbre de sus hermanos. El ejército palatino y badense se ha adherido incondicionalmente al movimiento; ha jurado renunciar a la fidelidad a los príncipes perjuros y se ha puesto, como un solo hombre, del lado del pueblo. Ni los ciudadanos ni los soldados quieren combatir en las filas de croatas y cosacos contra la libertad. Si los déspotas de Olomouc, Berlín y Múnich aún encuentran soldados que hayan caído lo bastante bajo como para ponerse al mismo nivel que baskires, panduros, croatas y demás chusma de saqueo, y luchar bajo una sola bandera con semejantes hordas bárbaras, tanto peor. Lo lamentaremos, pero no trataremos a esos mercenarios como hermanos alemanes, los trataremos como cosacos y baskires, y poco nos importará que los encabece un ex Ministro de Guerra del Reich traidor.

Pero es en general ridículo hablar de «traición a la patria» y de otras cazas de demagogos en los tiempos actuales, cuando está a las puertas la guerra europea, la guerra popular. Dentro de pocas semanas, quizás dentro de pocos días, las masas de ejércitos del Occidente republicano y del Oriente sojuzgado se precipitarán unas contra otras para librar la gran batalla en suelo alemán. Alemania —a esto la han llevado los príncipes y la burguesía—, Alemania ni siquiera será preguntada si lo consiente. Alemania no hace la guerra; sin su consentimiento y sin que pueda impedirlo, la guerra le es impuesta. Ésta es, gracias a los regentes de marzo, a las cámaras de marzo y no menos a la Asamblea Nacional de marzo, la gloriosa posición de Alemania en la inminente guerra europea. De intereses alemanes, de libertad alemana, de unidad alemana, de bienestar alemán, no puede hablarse en absoluto cuando se trata de la libertad o la opresión, del bien o del mal de toda Europa. Aquí cesan todas las cuestiones de nacionalidad, aquí solo hay una cuestión: ¿queréis ser libres o queréis ser rusos? ¡Y aún hablan los periódicos contrarrevolucionarios de «traición a la patria», como si en esa Alemania, que muy pronto será entregada como terreno sin voluntad a los dos ejércitos contendientes, quedase todavía algo que traicionar!

Ciertamente, el año pasado las cosas estaban de otro modo. El año pasado, los alemanes habrían podido emprender la lucha contra la opresión rusa, liberar a los polacos y, con ello, llevar la guerra a territorio ruso y a costa de Rusia. Ahora, por el contrario, gracias a nuestros príncipes, la guerra se hace en nuestro suelo, a nuestra costa; ahora las cosas están de tal manera que la guerra europea por la libertad se convierte, para Alemania, al mismo tiempo en una guerra civil en la que alemanes combaten contra alemanes.

¡Esto se lo debemos a la traición de nuestros príncipes y a la debilidad de nuestros representantes del pueblo, y si hay algo que sea traición a la patria, es esto!

En resumen: en la gran lucha por la libertad que se extiende por toda Europa, el Palatinado y Baden se situarán del lado de la libertad contra la servidumbre, de la revolución contra la contrarrevolución, del pueblo contra los príncipes, de la Francia, la Hungría y la Alemania revolucionarias contra la Rusia, Austria, Prusia y Baviera absolutistas; y si los señores llorones llaman a esto traición a la patria, en todo el Palatinado y en todo Baden no cantará un gallo por ello.