OLONIAy 3 0 DE M ARZO. LA TRA ICIO N DE RAM ORINO HA DADO
sus frutos. El ejército piamontés ha sido totalmente derrota
do cerca de Novara y rechazado hacia Borgomanero, al pie
de los Alpes. Los austríacos han ocupado Novara, Vercelli y Trino y
tienen expedito el camino hacia Turín.
No poseemos, hasta ahora, mayores detalles. Pero desde luego
puede asegurarse que la victoria de los austríacos no habría sido
posible sin la intervención de Ramorino, que les permitió deslizar
se entre las diversas divisiones piamontesas y aislar a una parte de
ellas.
No cabe duda de que también Carlos Alberto ha traicionado. Si
lo ha hecho solamente por mediación de Ramorino o también de
otros modos, lo sabremos más tarde.
Ramorino es el mismo aventurero que, después de una carrera
más o menos equívoca en la guerra polaca de 1830-1831443 y en la
campaña de Saboya de 1833,444 el mismo día en que las cosas toma
ban un cariz un tanto serio, desapareció con todos los fondos del
ejército y que, más tarde, en Londres, facilitó al ex duque de Brauns443 Véase supra, nota 183.
444 Campaña de Saboya de 1833: esta campaña militar, organizada por el demócrata bur
gués y revolucionario Giuseppe Mazzini, contaba, entre las filas del ejército que llevó a cabo
dicha campaña, con emigrantes italianos, alemanes y polacos, todos ellos voluntarios. Los
revolucionarios penetraron Saboya desde Suiza, pero las tropas del Piamonte respondieron
al ataque, haciéndolos desarmar en Suiza.

chweig, por i 200 libras esterlinas, un plan para la conquista de Ale
mania.
El solo hecho de que pudiera darse un puesto a este granuja es
indicio de que Carlos Alberto, que teme a los republicanos de Génova y Turín más que a los austríacos, maquinaba ya desde el primer
momento la traición.
No cabe duda de que, después de esta derrota, se espera una
revolución y la proclamación de la República en Turín, como lo
indica el que se trate de prevenirse contra ella mediante la abdica
ción de Carlos Alberto en la persona de su hijo mayor.a
La derrota de los piamonteses tiene mayor importancia que
todas las farsas del emperador de Alemania juntas. Es la derrota de
toda la revolución italiana. Vencido el Piamonte, les llegará el tur
no a Roma y a Florencia.
Pero, si no son engañosos todos los indicios, esta derrota de la
revolución italiana servirá precisamente de señal para el estallido
de la revolución europea. A medida que va sintiéndose más sojuz
gado por la propia contrarrevolución dentro del país, el pueblo
francés ve cómo avanza hacia sus fronteras la contrarrevolución
armada del exterior. A la victoria de junio y a la dictadura de
Cavaignac en París correspondió la marcha victoriosa de Radetzky
hasta el Mincio; a la presidencia de Bonaparte, a Barrot y a la ley
sobre los clubes445 corresponden ahora la victoria de Novara y la
marcha de los austríacos sobre los Alpes. París está maduro para
una nueva revolución. Saboya, que desde hace un año prepara su
separación del Piamonte y su incorporación a Francia y se ha resis
tido a tomar parte en la guerra, se echará en brazos de los france
ses, y Barrot y Bonaparte tendrán que rechazarla. Génova, y tal vez
a Víctor Manuel II.
Una propuesta de ley del ministerio Faucher, del 26 de enero de 1849, de la Asamblea
Constituyente francesa acerca del derecho de reunión, dice en su primer parágrafo: “Los clu
bes están prohibidos”. Faucher sostiene la propuesta, cuyo proyecto es rápidamente redacta
do para su discusión. La Asamblea desechó esta apresurada propuesta y el 27 de enero LedruRollin, apoyado por 230 diputados, firmó una propuesta para cambiar de ministerio, ante
ciertas transgresiones constitucionales.

Turín si llega a tiempo, proclamarán la República e invocarán la
ayuda de Francia. Y Odilón Barrot les contestará gravemente que
sabrá proteger la integridad del territorio de Cerdeña.
Pero, si el gobierno no quiere enterarse de ello, el pueblo de París
sí sabe que Francia no puede tolerar la presencia de los austríacos
en Turín y en Génova. Y no la tolerará. Contestará a los italianos
con un levantamiento victorioso, al que se sumará el ejército fran
cés, el único ejército de Europa que desde el 24 de febrero446 no ha
pisado el campo de batalla.
El ejército francés arde en deseos de cruzar los Alpes para medir
sus fuerzas con los austríacos. No está acostumbrado a enfrentarse
a una revolución que le promete nueva fama y nuevos laureles y
que levanta la bandera de guerra contra la coalición. El ejército fran
cés no es “el glorioso ejército” del Hohenzollern.447
La derrota de los italianos es amarga. Ningún pueblo, si excep
tuamos a los polacos, se ha visto tan ignominiosamente oprimido
como éste bajo el poder de enemigos muy superiores en fuerzas;
ninguno ha intentado tantas veces y con tanta valentía sacudir el
yugo de la opresión. Y una y otra vez ha tenido este desventurado
pueblo que sucumbir nuevamente ante sus opresores, cosechando
nuevas derrotas como fruto de todos sus esfuerzos y de todas sus
luchas. Pero si el descalabro provoca, esta vez, el desencadenamien
to de una revolución en París y de la guerra en Europa, cuyos pre
sagios se manifiestan en todas partes; si la derrota sirve de acicate
para un nuevo movimiento a lo largo de todo el continente, movi
miento que esta vez tendrá otro carácter que el del año pasado; si
así sucede, hasta los italianos tendrán razones para dar por bien
empleado lo ocurrido.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 260, 31 de marzo de 1849]
446 El 24 de febrero de 1848 fue derrocada la monarquía de Luis Felipe de Orleáns.
447 Ante mi glorioso ejército: palabras que el rey prusiano Federico Guillermo IV dirigió a
sus tropas la mañana del 19 de marzo de 1848, un día después de iniciados los sucesos de
Berlín.

Colonia, i de abril. Según los últimos informes que llegan de
Italia, la derrota de los piamonteses en Novara no es, ni mucho
menos, tan decisiva como se anunciaba en el despacho telegráfico
cursado a París. Los piamonteses han sido derrotados, han sido cor
tadas sus comunicaciones con Turín y se los ha arrojado a la mon
taña. Eso es todo.
Si Piamonte fuese una república y el gobierno de Turín un
gobierno revolucionario, con el valor necesario para poner en
acción recursos revolucionarios, no se habría perdido nada. Pero lo
que hace que se pierda la independencia italiana no es la invencibi
lidad de las armas austríacas, sino la cobardía de la monarquía piamontesa.
¿Qué les ha dado la victoria a los austríacos? El que la traición
de Ramorino permitiera dislocar a dos divisiones de las tres restan
tes para que estas tres, aisladas, fuesen batidas por la superioridad
de fuerzas de los austríacos. Estas tres divisiones han sido ahora
rechazadas hasta las faldas de los Alpes del Valais.
Fue un error enorme, desde el primer momento, el que los pia
monteses sólo opusieran a los austríacos un ejército regular y se
empeñaran en hacerles una guerra normal, burguesa, honesta. Un
pueblo que quiere conquistar su independencia no puede limitarse
a los recursos de la guerra usual. Levantamiento en masa, guerra
revolucionaria, guerrillas: he allí el único medio con que un pueblo
pequeño puede ganar la guerra a otro grande, con que un ejército
menos fuerte puede ponerse en condiciones de resistir a otro más
fuerte y mejor organizado.
Así lo demostraron los españoles en 1807-[1812],448 y así lo
demuestran todavía hoy los húngaros.
Chrzanowski fue derrotado en Novara y quedó cortado de
Turín. Radetzky se hallaba a nueve millas de esta capital. En una
monarquía, como Piamonte, aunque sea constitucional, quedaba
decidida con esto la campaña y ya sólo restaba acudir a Radetzky
En las guerras de liberación nacional del pueblo español contra el ejército napoleóni
co se siguió la táctica de la “guerrilla” contra los ejércitos regulares.

para solicitar de éste las condiciones de paz. Pero en una república
esa derrota no habría decidido nada. La derrota de Chrzanowski
habría podido ser incluso una suerte para Italia, de no haber sido
por la inevitable actitud de las monarquías, que jamás tienen el
valor de recurrir a los medios revolucionarios extremos, pues su
cobardía se lo impide.
Si Piamonte fuese una república que no tuviese que preocupar
se para nada de las tradiciones monárquicas, se habría abierto ante
él un camino que habría conducido toda la campaña a un muy dis
tinto resultado.
Chrzanowski había sido rechazado hacia Biella y Borgomanero.
En aquella región, donde los Alpes suizos ya no permiten seguir
retirándose y donde los dos o tres angostos valles hacen punto
menos que imposible cualquier dispersión del ejército, resultaba
fácil concentrar las tropas y hacer infructuosa mediante una intré
pida marcha la victoria lograda por Radetzky.
Si los jefes del ejército piamontés tuviesen arrojo revoluciona
rio, si supieran que en Turín actuaba un gobierno revolucionario
dispuesto a todo, su modo de proceder sería muy sencillo.
Después de la batalla de Novara, había en las proximidades del
lago Maggiore de 30 000 a 40 000 hombres del ejército de Piamon
te. Este cuerpo de ejército, concentrado en dos días, podía lanzarse
sobre la Lombardía, donde no hay más de 12 000 austríacos; podía
ocupar las plazas de Milán, Brescia y Cremona, organizar el levan
tamiento general, derrotar uno tras otro a los cuerpos austríacos
enviados desde territorio veneciano y hacer saltar por los aires, de
este modo, toda la base de operaciones de Radetzky.
Radetzky, en vez de marchar sobre Turín, se habría visto obliga
do a virar en redondo inmediatamente para retirarse hacia la Lom
bardía, perseguido por las masas piamontesas levantadas en armas
y apoyadas, como es natural, por la insurrección de los lombardos.
Esta guerra, una guerra verdaderamente nacional, como la que
los lombardos libraron en marzo de 1848 y con la que lograron arro
jar a Radetzky al otro lado del Oglio y del Mincio, habría lanzado a

la lucha a toda Italia e infundido una gran energía a los romanos y
los toscanos.
Mientras Radetzky, entre el Po y el Tessino, se paraba a cavilar
si debía avanzar o retroceder, podían los piamonteses y lombardos
marchar hasta las puertas de Venecia, levantar el cerco de esta ciu
dad, atraerse a La Marmora y a las tropas romanas, inquietar y debi
litar al mariscal austríaco con innumerables bandadas de guerri
llas, poner en dispersión y, por último, derrotar a sus tropas.
Lombardía sólo aguardaba el avance de los piamonteses y acabó
levantándose sin esperar a más. Sólo las ciudades austríacas tenían
a raya a las ciudades lombardas. Diez mil piamonteses habían lle
gado ya a suelo de Lombardía; de haber sido 20 000 o 30 000, habrían
impedido la retirada de Radetzky.
Pero el levantamiento en masa y la insurrección general del pue
blo son recursos ante los cuales retrocede asustada una monarquía.
Sólo la República echa mano de ellos, como lo prueba el año 1793.
Son recursos cuyo empleo presupone el terrorismo revolucionario, y
¿dónde está el monarca capaz de decidirse a esto?
Así pues, lo que ha perdido a los italianos no es precisamente la
derrota de Novara y Vigevano, sino la moderación y la cobardía a
que una monarquía tiene necesariamente que uncirse. La derrota
de Novara sólo implicaba un prejuicio estratégico: cortaba a los pia
monteses de Turín y dejaba el camino abierto hacia esta ciudad a
los austríacos. Pero este perjuicio habría sido de todo punto insig
nificante si la derrota hubiese desencadenado inmediatamente la
verdadera guerra revolucionaria, si el resto del ejército italiano se
hubiese convertido en seguida en núcleo de un levantamiento
nacional en masa, si la honesta guerra estratégica de un ejército se
hubiese transformado en la guerra de un pueblo, como la que los
franceses sostuvieron en 1793.
Claro está que todo esto, la guerra revolucionaria, el levanta
miento en masa, el terrorismo, son cosas a las que jamás podrá ave
nirse una monarquía. Ésta antes pacta con su peor enemigo, pero
un enemigo igual a ella, que entenderse con el pueblo.

Carlos Alberto puede ser o no traidor, lo cierto es que su Coro
na, la monarquía, habría bastado para hundir a Italia.
Pero sí era traidor, no cabe duda. En todos los periódicos fran
ceses hemos podido leer la noticia del gran complot contrarrevolu
cionario europeo urdido entre todas las grandes potencias, del plan
de campaña de la contrarrevolución para imponer por fin el yugo
a todos los pueblos europeos. Rusia e Inglaterra, Prusia y Austria,
Francia y Cerdeña han firmado esta nueva Santa Alianza.449
Carlos Alberto tenía la orden de lanzarse a la guerra contra Aus
tria, dejarse derrotar y dar pie con ello a los austríacos para resta
blecer el “orden5 en el Piamonte, en Florencia y en Roma, otorgan
do en todas partes, graciosamente, constituciones basadas en la ley
marcial. En pago de ello se entregarían a Carlos Alberto Parma y
Piacenza, los rusos pacificarían a Hungría, Francia se convertiría en
Imperio, y volverían a reinar en Europa el orden y la paz. He aquí,
según las noticias de los periódicos franceses, el gran plan de la con
trarrevolución, plan que explica la traición de Ramorino y la derro
ta de los italianos.
Pero la victoria de Radetzky ha asestado un nuevo golpe a la
monarquía. La batalla de Novara y la consiguiente paralización de
los piamonteses demuestran que nada puede entorpecer más a un
pueblo que la monarquía, llegado el caso extremo en que aquél
necesite poner en tensión todas sus fuerzas. Si Italia no quiere hun
dirse arrastrada por la monarquía, lo primero que tiene que hacer
es acabar con la monarquía en Italia.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 261,1 de abril de 1849. 2a edi
ción]
Nueva Santa Alanza: en 1848-1849 se dio, de parte de las fuerzas contrarrevoluciona
rias de Europa, una serie de intentos por reprimir los movimientos revolucionarios de la
misma manera que lo había hecho la vieja Santa Alianza en 1815. Sin embargo, no fue posi
ble la conclusión de un nuevo tratado, similar al de entonces.
Acerca de la Santa Alianza, véase supra, nota 173.

i*
[Colonia, 4 de abril]. Por fin podemos ver claros y manifiestos
ante nosotros los acontecimientos de la campaña del Piamonte has
ta el momento de la victoria de los austríacos en Novara.
Mientras hacía correr deliberadamente el falso rumor de que se
mantendría a la ofensiva y se replegaría sobre el Adda, Radetzky
concentró calladamente todas sus tropas en torno a Sant Angelo y
a Pavía. La traición del partido reaccionario-austriaco de Turín
había puesto en su conocimiento hasta el último de los planes y
disposiciones de Chrzanowski y le había permitido informarse en
su totalidad acerca del dispositivo de su ejército, habiendo conse
guido, en cambio, engañar a los piamonteses en cuanto a las posi
ciones que ocupaba el suyo. Así se explica el emplazamiento de las
tropas del Piamonte a los dos lados del Po, encaminado exclusiva
mente a avanzar desde todas partes sobre Milán y Lodi, simultánea
mente y en movimiento concéntrico.
No obstante esto, si en el centro del ejército piamontés se hubie
se opuesto una resistencia seria, habrían sido inconcebibles los rápi
dos triunfos alcanzados ahora por Radetzky. De haberle salido al
paso en Pavía el cuerpo de ejército de Ramorino, habría habido
tiempo suficiente para disputarle el cruce del río Tessino, mientras
llegaban refuerzos. Entre tanto, podían haber entrado en juego tam
bién las divisiones estacionadas en la orilla derecha del Po y cerca
de Arona; el ejército piamontés, emplazado paralelamente al Tessi
no, cubría a Turín y se bastaba y sobraba para poner en fuga a las
tropas de Radetzky. Claro está que para ello había que contar con
que Ramorino cumpliría con su deber.
No lo hizo. Permitió a Radetzky cruzar el Tessino, y con ello se
rompió el centro piamontés y quedaron aisladas las divisiones
emplazadas al otro lado del Po. La suerte de la campaña, en rigor,
estaba ya decidida.
Ahora Radetzky emplazó entre el Tessino y el Agogna sus
6o ooo o 70 000 hombres, con 120 cañones, y tomó de flanco a las
cinco divisiones piamontesas colocadas a lo largo del Tessino.
Rechazó con su enorme superioridad de fuerzas a las cuatro más

cercanas, a las que derrotó en Mortara, Garlasco y Vigevano el día
21, tomó Mortara, obligando con ello a los piamonteses a replegar
se sobre Novara, y amagó a la única vía de comunicación que les
quedaba libre hacia Turín, la que partía Novara, pasando por Vercelli y Chivasso.
Pero, en realidad, los piamonteses habían perdido ya esta calza
da. Para poder concentrar sus tropas y, sobre todo, para poder uti
lizar a la división Saroli, emplazada en la extrema ala izquierda en
torno a Arona, tenían que hacer de Novara el nudo de sus opera
ciones, pudiendo por lo demás ocupar nuevas posiciones detrás del
Sesia.
Por eso, ya prácticamente cortados de Turín, no les quedaba más
remedio que aceptar la batalla cerca de Novara o lanzarse a la Lombardía, organizar una guerra popular y dejar a Turín confiada a su
suerte, a las reservas y a las guardias nacionales. En este caso,
Radetzky se habría guardado mucho de seguir avanzando.
Ahora bien, para ello era necesario que en el mismo Piamonte
estuviese preparada la insurrección en masa, y no era así. La guardia
nacional burguesa estaba armada; pero la masa del pueblo carecía de
armas, aunque clamase a gritos por las que había en los arsenales.
La monarquía no se había atrevido a apelar a la misma fuerza
irresistible que había salvado a Francia en 1793.
Los piamonteses hubieron de aceptar, pues, la batalla de Nova
ra, a pesar de ser tan desfavorable su situación y tan grande la supe
rioridad de fuerzas del enemigo.
Cuarenta mil piamonteses (diez brigadas) con una artillería
relativamente débil se enfrentaron a todo el poderío austríaco, unos
60 000 hombres por lo menos, con 120 cañones.
El ejército piamontés se colocó a ambos lados de la cabeza de
Mortara, bajo los muros de Novara.
El ala izquierda, al mando de Durando, dos brigadas, se apoya
ba en una posición bastante fuerte, La Bicocca.
El centro, mandado por Bes, tres brigadas, tenía como punto de
apoyo una alquería llamada La Cittadella.

El ala derecha, al mando de Perrone, tres brigadas, se apoyaba
sobre la meseta de Corte Nuove (calzada de Vercelli).
Se formaron dos cuerpos de reserva, uno integrado por dos bri
gadas al mando del duque de Génova, detrás del ala izquierda, el
otro compuesto por una brigada y las guardias, detrás del ala dere
cha y mandado por el duque de Saboya, el actual rey.
El emplazamiento de los austríacos no aparece tan claro, a juz
gar por su boletín de operaciones.
El segundo cuerpo de ejército austriaco, al mando de d’Aspre,
abrió la batalla, atacando al ala izquierda de los piamonteses; tras él
marchaban el tercer cuerpo de ejército, mandado por Appel, el cuer
po de reserva y el cuarto cuerpo. Los austriacos lograron desplegar
en batalla toda su línea de combate y descargar al mismo tiempo
un ataque concéntrico sobre todos los puntos del dispositivo piamontés, y su superioridad de fuerzas arrolló al enemigo.
La clave de la posición de los del Piamonte era La Bicocca; si los
austriacos lograban apoderarse de ella, el centro y el ala izquierda
de los piamonteses quedarían encerrados entre la ciudad (no forti
ficada), sin otro recurso que dispersarse o rendirse.
De allí que los austriacos lanzaran su ataque principal contra el
ala izquierda de los piamonteses, apoyada principalmente en La
Bicocca. En este sector se peleó con gran violencia, pero sin que
durante mucho tiempo se obtuvieran resultados.
También fue objeto de vivos ataques el centro. Por varias veces
perdieron los piamonteses La Cittadella, que otras tantas fue recu
perada por Bes.
Cuando los austriacos se dieron cuenta de que tropezaban allí
con fuerte resistencia, volvieron a lanzar su esfuerzo principal con
tra el ala izquierda de los piamonteses. Las dos divisiones de éstos
fueron rechazadas hasta La Bicocca, que, al fin, fue tomada por asal
to. El Duque de Saboya se lanzó con sus reservas sobre los austria
cos, pero inútilmente. La superioridad de fuerzas de los imperiales
era demasiado grande, la posición estaba ya perdida y, con ello, deci
dida ya la suerte de la batalla. La única retirada que les quedaba

libre a los piamonteses era la retirada hacia los Alpes, hacia Biella y
Borgomanero.
Y a esta batalla, preparada por la traición y ganada por la supe
rioridad de fuerzas, la llama la Gaceta de Colonia, que durante lar
go tiempo venía suspirando por una victoria de los austríacos,
una batalla que brillará por siempre en la historia de la guerra [!], pues la
victoria lograda por el viejo Radetzky es el resultado de movimientos com
binados tan hábilmente y de una bravura verdaderamente tan grandiosa,
que no se había visto nada parecido desde los días de Napoleón, el gran demo
nio de las batallas [!!!].
Hay que reconocer que Radetzky o, mejor dicho, Hess, su jefe
de estado mayor, supo urdir muy bien su complot con Ramorino.
Y también es verdad que, desde la traición de Grouchy en Waterloo, no se había visto una infamia tan grandiosa como esta de
Ramorino. Pero si hay que comparar con alguien a Radetzky, no es
precisamente con Napoleón, “el demonio de las batallas” (!), sino
con Wellington: a los dos les costaron siempre sus victorias, más
dinero contante que pericia y valentía.
No entraremos, por el momento, en las demás mentiras propa
ladas ayer noche por la Gaceta de Colonia: la de que los diputados
demócratas de Turín emprendieron la huida, la de que los lombar
dos “se condujeron como un hatajo de cobardes” , etc., etc. Los últi
mos acontecimientos se han encargado ya de desmentirlas. Estas
mentiras solo revelan una cosa: la alegría que le produce a la Gace
ta de Colonia el que la gran Austria haya derrotado, y además valién
dose de la traición, al pequeño Piamonte.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 263, 4 de abril de 1849]