DE PARÍS A BERNA * [Die Neue Zeit, t. 1, núms.

1 y 2, año XVII, 1898-1899]

El Sena y el Loira La belle France! 2 Sí, no cabe duda, los franceses tienen un país muy bello y con razón se sienten orgullosos de él. .

¿Qué país de Europa podría compararse a Francia en riqueza, en variedad de talentos y productos, en universalidad? ¿España? Las dos terceras partes de su superficie se hallan convertidos en páramos por la incuria o por la naturaleza, y la faja atlántica de la península, Portugal, no le pertenece. .

¿Italia? Desde que las rutas comerciales del mundo pasan por el océano y los vapores cruzan el Mediterráneo, Italia es un país abandonado. - ¿Inglaterra? Inglaterra lleva ochenta años entregada por entero al comercio y la industria, envuelta en humo de carbón y dedicada a la ganadería y es un país que vive bajo un espantoso cielo plomizo y donde no se da el vino.

¿Y Alemania? Por el Norte, planicies de arena; por el Sur, la barrera granítica de los Alpes que la separa del mediodía europeo; país pobre en viñedos, el país de la cerveza, el aguardiente de trigo y el pan de centeno, el país de los ríos cegados por la arena y las revoluciones. ¡En cambio, Francia! Bañada por tres mares y cruzada por cinco grandes ríos que fluyen hacia tres vertientes; en el Norte un clima casi alemán y belga, en el Sur casi italiano; en el Norte el trigo, en el Sur el maíz y el arroz; en el Norte la colza, en el Sur el olivo; en el Norte el cáñamo, en el Sur la seda, y casi en todas partes vino, ¡Y qué vinos! ¡Cuán diferentes unos de otros, el burdeos del borgoña, el borgoña de los vinos de gran cuerpo de Saint Georges, Liinel y Frontignan en el Sur, y éstos del burbujeante champañal ¡Qué variedades de vinos blancos y tintos, del Petit Mácon o el Chablis al Chambertin, al Cháteaux Larose, al Sauterne, al Roussilloner, al Ai Mousseux! ¡Y cuando uno piensa que cada uno de estos vinos produce un tipo de embriaguez diferente y que con sólo unas cuantas botellas hacen pasar a quien los bebe desde la cuadrilla de Musard hasta la Marsellesa, desde la loca alegría del cancán hasta la fiebre ardorosa de la revolución y que, a ¡La hermosa Francial [696]

por último, con una botella de champaña se siente uno de nuevo transportado a la más jubilosa alegría del carnaval del mundo! Sólo Francia tiene un París, una ciudad en la que la civilización europea se despliega en su más completa floración, donde viene a confluir toda la red nerviosa de la historia de Europa, y de la que a intervalos rítmicos parten las sacudidas eléctricas que hacen estremecer a todo un mundo. Una ciudad cuya población sabe hermanar como jamás ningún otro pueblo la pasión del goce con la pasión de la acción histórica, cuyos habitantes saben vivir como el más refinado epicúreo ateniense y morir como el más imperturbable espartano, Alcibíades y Leónidas en una pieza; una ciudad que es realmente, como ha dicho Louis Blanc, el corazón y el cerebro del mundo.

Cuando uno contempla París desde uno de los lugares elevados de la ciudad o desde Montmartre o la terraza de Saint-Cloud, 'o recorre los alrededores de la capital, piensa uno que Francia sabe lo que posee con París y que la nación ha derrochado sus mejores fuerzas para cuidar y mimar a su ciudad por antonomasia. La ciudad, orgullosa, parece tenderse como una odalisca sobre su diván con destellos de bronce en las tibias colinas cubiertas de viñedos por entre las que serpentea el Sena. ¿Dónde, en el mundo entero, habrá una vista como la que se ofrece desde los dos ferrocarriles de Versalles mirando hacia el verde valle, con sus incontables aldeas y villas, y dónde encontrar pueblecitos y pequeñas ciudades tan encantadoramente emplazadas, tan limpias y tan coquetas, trazadas con tanto gusto, como Suresnes, Saint-Cloud, Sévres, Montmorency, Enghien, y tantas y tantas más? Por cualquier salida que nos alejemos de París, cualquier camino que sigamos al azar, por donde quiera que vayamos, nos encontraremos con los mismos hermosos alrededores, con el mismo gusto en el modo de aprovechar la tierra, con la misma gracia y la misma limpieza. Y una vez más hay que decirlo: todo ello se debe a la reina de las ciudades, que ha sabido crearse este emplaza. miento maravilloso.

Claro está que para crear un París hacía falta también una Francia, y sólo cuando conoce uno la exuberante riqueza del espléndido país que es Francia comprende cómo ha podido surgir, gracias a él, este París radiante, maravilloso, incomparable. No se da uno cuenta de ello, cier. tamente, cuando desciende desde el Norte, cruzando en tren los grises campos de Flandes y Artois o las colinas sin bosques ni viñedos de la Picardía. Por todas partes tierras de trigo y praderas, cuya monotonía se ve solamente interrumpida de vez en cuando por los valles pantanosos de los ríos o por lejanas colinas cubiertas de maleza; hay que llegar a Pontoise y entrar en el círculo de la atmósfera parisina para comenzar a percibir algo de la “bella Francia”. Comprende uno un poco mejor a París cuando entra a la capital por los fructíferos valles de la Lorena, por las colinas de creta de la Champaña, coronadas de viñas, o siguiendo el hermoso valle del Marne; y se le comprende todavía más si se viaja por la Normandía y si, haciendo el viaje de Rouen a París, se siguen y cruzan a trechos las sinuosidades del Sena. Tal parece como si este río respirase la atmósfera de París hasta su misma desembocadura; las aldeas, las ciudades, las colinas que baña a su paso recuerdan todos a los alrededores de París, con la circunstancia de que conforme va uno acercándose al centro de Francia todo se hace más hermoso, más exuberante, más gracioso. Pero cuando yo comprendí de verdad cómo era posible París, fue cuando recorrí el camino que discurre a lo largo del Loira, cruzando luego los montes para internarme en los valles de Bor. goña, cubiertos de viñedos.

Había conocido a París en los dos últimos años de la monarquía, en los tiempos en que la burguesía vivía en sus glorias, disfrutando plenamente de su poderío, en que el comercio y la industria se desenvolvían con. bastante holgura, en que la grande y la pequeña juventud burguesa tenía todavía dinero para gozar y despilfarrar y en que incluso una parte de los obreros vivía sin grandes aprietos y podía participar de la alegría y la despreocupación generales. Encontré de nuevo a París entregado a la fugaz borrachera de la luna de miel republicana, en marzo y en abril, cuando los obreros, aquellos locos llenos de. esperanza, ponían a disposición de la República, sin pensar para nada en el futuro, “tres meses de miseria”,3% cuando no comían en todo el día más que pan seco y patatas y al anochecer plantaban en los bulevares árboles de la libertad, ardían de entusiasmo y cantaban jubilosos la Marsellesa, mientras los burgueses se pasaban el día encerrados en sus casas y trataban de aquietar con faroles de colores la cólera del pueblo. ; Volví —y no, ciertamente, por mi voluntad, sino por obra y gracia de Hecker— en el mes de octubre. Entre el París de entonces y el de ahora se interponían el 15 de mayo y el 25:de junio, la más tremenda lucha que jamás haya visto el mundo, se interponían un mar de sangre y quince mil cadáveres. «Las granadas de Cavaignac habían hecho saltar en añicos la insuperable alegría de París; habían enmudecido la Marsellesa y el Chant du départ,s12 y sólo la burguesía musitaba todavía entre dientes su “Mourir pour la patrie” 213 Los obreros, sin pan y sin armas, rechinaban los dientes y apretaban los puños; en la escuela del estado de sitio, la licenciosa: república había aprendido enseguida a ser honesta, virtuosa, prudente y moderada (sage et moderée). : «Pero París estaba muerto, ya no era París. Por las aceras sólo se paseaban los burgueses y los soplones al servicio de la policía; los bailes y los teatros, vacíos; los granujas parisinos, embutidos en el uniforme de la Guardia Móvil, vendidos a la honesta república por 30 sous? al día, y cuanto más estúpidos se volvían, más los festejaba la burguesía. En una palabra, volvía a ser el París de 1847, pero sin el espíritu, sin la vida, sin el fuego ni el fermento que en aquellos días ponían en todo los obreros. París estaba. muerto, y el hermoso cadáver resultaba tanto más espantoso cuanto más bello era.

No me encontraba a gusto en este París muerto, Tenía que huir de allí, a donde fuera. Por el momento, a Suiza. Como 'no tenía mucho b Monedas chicas de cobre, dinero, decidí hacer el viaje a pie. Pero no por el camino más corto, pues no es fácil separarse de Francia, Una buena mañana, me puse en camino y, al azar, me dirigí en derechura hacia el Sur. Apenas salí de los suburbios, me extravié en el dé. dalo de las aldeas; era natural, Por último, di con la gran calzada que lleva a Lyon. La seguí un trecho, apartándome a ratos de ella para trepar a las colinas. Desde las alturas se contemplan vistas maravillosas del Sena, río arriba y río abajo, de París y Fontainebleau. En la lejanía se ve el río serpentear en el ancho valle, flanqueado a ambos lados por colinas cubiertas de viñedos y, al fondo, las montañas azules detrás de las cuales fluye el Marne.

Pero no me proponía marchar directamente hacia Borgoña; quería ver antes las tierras bañadas por el Loira. Así pues, al segundo día me aparté de la gran calzada y me dirigí por los montes hacia Orleans. Como es natural, volví a perderme entre las aldeas, ya que sólo podía guiarme por el sol y por las indicaciones de los campesinos, aislados del mundo y que no saben lo que queda a su derecha ni a su izquierda. Pernocté en una aldea cualquiera, cuyo nombre nunca acerté a descifrar en el patois * aldeano, como a quince leguas de París, en la divisoria de aguas entre el Sena y el Loira.

Forma esta divisoria fluvial una ancha cadena de montañas que corre del Sudeste al Noroeste. A ambos lados, se ven numerosas entradas de valles regados por pequeños ríos o arroyos. En lo alto, sobre la ventosa meseta, crecen sólo el trigo, la cebada, el trébol y las legumbres y hortalizas; en las paredes de las barrancas, en cambio, se ven por todas partes vides. Los contrafuertes de los valles orientados hacia el Este están casi todos cubiertos por grandes masas de bloques de caliza que los geó. logos ingleses llaman bolderstones 4 y que se encuentran comúnmente en los terrenos de colinas de la era secundaria y terciaria. Los imponentes bloques azules, entre los que crecen la maleza verde y árboles jóvenes, forman un contraste bastante pintoresco con los prados del valle y las faldas cubiertas de viñedos de la ladera contraria. Poco a poco, fui bajando a uno de estos pequeños valles bañados por ríos y lo recorrí durante un trecho. Llegué por último a una calzada y di con: gentes de quienes podía inquirir dónde me encontraba. Estaba cerca de Malesherbes, a mitad de camino entre París y Orleans. Orleans quedaba muy lejos, al Oeste; mi meta inmediata era Nevers, por lo que, escalando la próxima montaña, marché directamente hacia el Sur. Desde lo alto se disfrutaba una hermosa vista: entre las boscosas montañas se veía la bonita villa de Malesherbes; en las vertientes, numerosas al. deas y arriba, en una cima, el castillo de Cháteaubriand. Y lo que más me gustó de todo: allá en frente, al otro lado de una estrecha cañada, un camino departamental que conducía directamente hacia el Sur. En Francia existen, en efecto, tres clases de calzadas: las del Estado, que antes se llamaban calzadas reales y ahora reciben el nombre de nacionales, hermosas carreteras anchas que unen entre sí a las ciudades e Dialecto, d Roca de acantilado, más importantes. Estas calzadas nacionales, que en los suburbios de París son, no sólo verdaderas calzadas artísticas, sino incluso de lujo, espléndidas carreteras, de sesenta y más pies de ancho, bordeadas de olmos y adoquinadas en el centro, van empeorando, haciéndose más estrechas y sin árboles, a medida que nos alejamos de París, y que las calzadas pierden importancia. A trechos son tan malas, que al cabo de dos horas de lluvia no muy fuerte apenas son transitables para los peatones. Las cal. zadas de segunda clase son las departamentales, que constituyen cami. nos de rango secundario; se costean con fondos de los departamentos y son menos anchos y hermosos que las calzadas nacionales. Por último, los de tercera clase son los grandes caminos vecinales (chemins de grande communication), costeados con los recursos cantonales; éstos son caminos estrechos y modestos, pero conservados a veces en mejor estado que las grandes calzadas.

Crucé a campo traviesa directamente hacia mi calzada departamental y ví, con gran alegría, que marchaba en la más perfecta línea recta en dirección al Sur. Las aldeas y las hospederías escaseaban; después de varias horas de marcha llegué a una alquería, donde con la mayor amabilidad me dieron algo de comer y de beber. En pago de ello, dibujé a los chicos de la casa algunas figuras en un papel, asegurándoles con el mayor aplomo: “Éste es el general Cavaignac, este otro Luis Napoleón, aquél Armand Marrast, el de más allá Ledru-Rollin, tan parecidos como si estuviesen hablando”. Los campesinos contemplaron con el mayor respeto los caricaturescos trazos, me dieron las gracias con gran contento y enseguida clavaron los fidelísimos retratos en la pared. Pude enterarme por aquellas buenas gentes de que marchaba por la carretera de Malesherbes a Cháteauneuf en el Loira, ciudad ésta de la que distaba aún unas doce leguas.

Pasé por Puyseaux y otra villa cuyo nombre he olvidado, y llegué, ya tarde, de noche, a Bellegarde, pueblo muy lindo y bastante grande, donde pernocté. El camino por la meseta, que en muchos lugares produce vino, se me hizo bastante monótono.

A la mañana siguiente salí para Cháteauneuf, distante de allí unas cinco leguas, y desde Cháteauneuf, siguiendo el Loira, por la calzada nacional de Orleans a Nevers.

Bajo los floridos almendros De las verdes riberas del Loira.

¡Cuán dulce y agradable es soñar, Alí donde he encontrado mi amor! 312 Así cantan más de un apasionado joven alemán y más de una dulce doncella germánica en las suaves letras de Helmina de Chezy y con la pegadiza melodía de Carlos María de Weber. Pero quien vaya al Loira buscando floridos almendros y el dulce romanticismo del amor, como era moda en Dresde allá por el año veinte, se verá terriblemente desilusionado. DE “PARÍS A BERNA 701 Desde Cháteauneuf hasta Dampierre, pasando por les Bordes, no ve uno apenas nada del romántico Loira. La calzada discurre a unas dos o tres leguas del río por las alturas, y sólo de vez en cuando se ve a lo lejos relucir el agua del río. Es una comarca rica en viñedos, en trigo y en frutales; hermosas praderas descienden hacia el río; sin embargo, resulta bastante monótono la vista del valle desnudo de boscaje y circundado sólo por ondulantes colinas. En medio de la carretera y cerca de algunas casas de campesinos, me encontré con una caravana formada por cuatro hombres, tres mujeres y varios niños, que llevaban consigo tres carretas muy cargadas y tiradas por asnos. Cocinaban la comida de mediodía junto al camino, en una gran hoguera. Me acerqué a ellos. No me había equivocado: hablaban alemán, en el más duro acento del dialecto nórdico. Les dirigí la palabra; se mostraron encantados de escuchar en medio de Francia su len. gua natal, Eran alsacianos de la comarca de Estrasburgo; todos los veranos se internaban en Francia de aquel modo, para ganarse la vida tejiendo cestos. Como les preguntara si podían vivir con aquel trabajo, me contestaron, en su dialecto: “Con dificultad, si hay que comprar muchas cosas; a veces, tenemos que mendigar”. Vi que un hombre muy viejo salía con grandes trabajos de una de las carretas que llevaban, donde tenía su cama. Aquellas pobres gentes se parecían mucho a una tribu de gitanos, con sus ropas recibidas de limosna, cada prenda de una clase distinta. Y, sin embargo, tenían cierto aire apacible y no se cansaban de hablarme de sus correrías; pero en medio de la más agradable de las charlas, la madre y la hija, una dulce criatura de ojos azules, por poco se van a las manos, tirándose de sus 'enmarañados cabellos rojos. Hube de maravillarme viendo con qué facilidad la intimidad y la campechanía alemanas se traslucían por debajo de aquellas condiciones de vida y aquel atuendo gitanesco; les di los buenos días y reanudé la marcha, acompañado un trecho por uno de los gitanos, que antes de comer se permitía la satis. facción de una cabalgata a lomos de un asno flaco y huesudo. Al anochecer llegué a Dampierre, una aldeíta cerca del Loira. El Go. bierno hizo que unos 300 o 400 trabajadores de París, restos de los antiguos Talleres Nacionales,915 levantaran aquí un dique para contener las aguas del río y prevenir las inundaciones. Eran obreros de todas clases, desde aurífices, carniceros, zapateros y ebanistas hasta el trapero de los bulevares parisinos. Me encontré con una veintena de ellos en la hospedería donde pasé aquella noche. Un robusto carnicero, que había ascendido ya hasta el puesto de una especie de capataz, me habló con gran entusiasmo de la empresa: me dijo que los hombres ganaban de 30 a 100 sous diarios, según lo que trabajasen, y que no resultaba difícil sacar de 40 a 60 sous, con tal de ser un poco hábil. Se mostró dispuesto a incorporarme inmediatamente a su brigada; me dijo que me adaptaría enseguida al trabajo y que era seguro que a la segunda semana ganaría ya 50 sous por día, que podía hacer mi suerte y que habría allí labor para seis meses por lo menos. Me entraron ganas de cambiar de trabajo por un mes o dos, trocando la pluma por la pala, pero la cosa no era fácil, pues no tenía documentos.

Estos obreros parisinos conservaban todos su vieja jovialidad. Trabajaban diez horas al día, entre chanzas y risas, en las horas libres se divertían cuanto podían y por la noche se dedicaban a lo que llamaban déniaisere a las muchachas campesinas. Pero se les notaba completamente desmoralizados por su aislamiento en una pequeña aldea. No se veía en ellos ni rastro de contacto con los intereses de su clase, con los problemas políticos diarios, que tan de cerca afectan a los obreros. Me parece que ya ni leían los periódicos. Toda su actividad política se limitaba a ponerse los unos a los otros apodos de. personajes; a uno, un zopenco alto y fuerte, lo llamaban Caussidiére, a otro, que trabajaba muy mal, tenía el genio agrio y se emborrachaba, le pusieron de mote Guizot, y por ahí adelante. El fatigoso trabajo, las condiciones de vida relativamente buenas, pero sobre todo la separación de París y el confinamiento en un tranquilo y apartado rincón de Francia, había reducido notablemente el horizonte visual de aquellos hombres. A pesar de que sólo llevaban allí dos meses, empezaban ya a aldeanizarse. : A la mañana siguiente llegué a Gien, entrando por fin en el valle del Loira. Gien es un villorrio de calles estrechas con un bonito malecón y un puente sobre el Loira, cuya anchura, en este lugar, apenas llega a la del Meno en Francfort. La corriente del río es. comúnmente, .bastante superficial y aparece llena de bancos de arena. De Gien a Briare, el camino va siguiendo el valle como a un cuarto de milla del Loira. La orientación de. la calzada es la del Sudeste y el paisaje va tomando, poco a poco, un carácter meridional, Bordean la carretera olmos, fresnos, acacias 'o castaños. Verdeantes praderas y feraces campos, entre cuyos rastrojos se veía crecer una cosecha complementaria del más jugoso trébol, largas filas de álamos, forman el paisaje del fondo del valle; al otro lado del río, en la esfumada lejanía, una sucesión de colinas; del lado de acá, pegando a la carretera, otra cadena de lomas todas ellas plantadas de viñedos. En esta parte, el valle del Loira no es impresionantemente bello o romántico, como suele creerse, pero produce una impresión agradabilísima; la riquísima vegetación es testimonio de la dulzura del clima, al que debe su feracidad esta comarca, Ni en las zonas más fértiles de Alemania se ve nunca una riqueza de vegetación comparable a la que florece en el trecho de Gien a Briare. Antes de dejar el Loira, dos palabras sobre los habitantes de la comarca que acabo de recorrer y sobre sus costumbres. Las aldeas que se encuentran a cuatro o cinco horas de París no tienen punto de comparación con las del resto de Francia. Su disposición, el tipo de construcción de las casas y el modo de vida de sus habitantes se hallan demasiado influidas por el espíritu de la gran metrópoli de la que viven. El verdadero campo comienza a unas diez leguas de París, en las colinas apartadas, donde empezamos a ver verdaderas casas de campesinos. Rasgo característico de toda la comarca que se recorre hasta e Desatontar, entrar en el Loira y adentrarse en la Borgoña es que el campesino procura ocultar todo lo posible la entrada de su casa de la carretera. En las alturas, todas las alquerías se hallan circundadas por un muro; se cruza éste por un portón, y, una vez en el patio, cuesta trabajo encontrar la puerta de la casa, situada generalmente en la parte de atrás. La mayoría de los campesinos tienen aquí vacas y caballos; razón por la cual las casas de los labradores son bastante espaciosas; en el Loira, por el contrario, donde predominan los cultivos hortícolas y ni siquiera los campesinos acomodados disponen de mucho ganado, ya que la ganadería se halla reservada a los grandes propietarios de tierras o arrendatarios, las casas campesinas van empequeñeciendo y son, a veces, tan diminutas que resulta difícil comprender cómo puede acomodarse en ellas una familia de labradores con su ajuar y sus aperos. Y también en ellas vemos que la entrada aparece situada en el lado contrario al del camino; en las aldeas casi las únicas casas a las que se entra directamente desde la carretera son las tabernas y las tiendas. l Los campesinos de esta región llevan en su mayoría, a pesar de su pobreza, una vida bastante holgada. Casi todos producen, por lo menos en los valles, su vino propio, bueno y barato (este año, se vendía a ra. zón de dos o tres sous la botella); el pan es.en todas partes, con excepción de las altas cumbres, excelente pan de trigo canteal; tienen además, magníficos quesos y frutas, que en toda Francia, como es bien sabido, se acompañan de pan. Como todos los aldeanos, comen poca carne; en cambio, toman mucha leche, sopas de verduras y legumbres y, en general, una alimentación vegetal de calidad excelente. El campesino del norte de Alemania, aun los de posición bastante más acomodada, no vive ni la tercera parte de bien que el de Francia, en esta zona situada entre el Sena y el Loira. , Estos campesinos son gentes joviales, bondadosas y muy hospitalarias; amables y complacientes con el extranjero y, aunque se expresen en el peor fatois, auténticos franceses, de una exquisita cortesía. No obstante su agudo sentido de la propiedad con respecto al terruño que sus padres conquistaron de manos de los nobles y de los curas, siguen conservando no pocas virtudes patriarcales, sobre todo en las aldeas alejadas de las grandes. vías de comunicación. l , : Pero el campesino es siempre un campesino, y sus condiciones de vida se imponen por doquier, a pesar de todo. Pese a las virtudes probadas que adornan al campesino francés y a la situación relativamente holgada en que vive comparado con el del otro lado del Rin, el campesino-€s, lo mismo en Francia que en Alemania, el bárbaro en medio de la civilización.

Su aislamiento en una aldea apartada del mundo, con una población poco numerosa que sólo se renueva de generación en generación; el trabajo pesado y monótono que le ata al terruño casi tanto como la servi. dumbre de la gleba y que no varía jamás de padres a hijos; la estabilidad y la monotonía de las condiciones de vida; el horizonte tan limitado, dentro del cual la familia constituye el factor social más importante y decisivo para él: todo ello reduce la perspectiva del campesino dentro de los límites más estrechos que en la sociedad moderna puedan existir. Los grandes movimientos de la historia pasan de largo delante de él y lo arrastran de vez en cuando, pero sin que llegue a tener nunca ni la menor idea acerca de la naturaleza de las fuerzas que los mueven, de sus orígenes o de sus metas.

En la Edad Media y en los siglos xvm y xvim discurría, paralelo al movimiento de los vecinos de las ciudades, un movimiento campesino; pero este movimiento levantaba siempre reivindicaciones reaccionarias y, sin lograr grandes resultados para los campesinos mismos, limitábase a apoyar a las ciudades en las luchas de emancipación. En la primera revolución francesa, los campesinos actuaron revolucionariamente en tanto se lo permitió su interés privado inmediato y tangible, mientras no se les aseguró el derecho de propiedad sobre el terruño que venían cultivando en condiciones feudales, la definitiva abolición del feudalismo y la expulsión de sus tierras de los ejércitos extranjeros. Una vez logrado esto, se volvieron con toda la furia de la ciega avaricia en contra del movimiento de las grandes ciudades, que jamás llegaron a comprender, y sobre todo en contra de París. Hubieron de dirigirse contra los tercos campesinos innumerables proclamas del Comité de Salud Pública, innumerables decretos de la Convención y, sobre todo, los dictados acerca de las tasas máximas y los acaparadores,$% además de columnas móviles y guillotinas ambulantes. Y, sin embargo, el régi. men del Terror, que expulsó a los ejércitos extranjeros y ahogó la guerra civil, a ninguna clase favoreció tanto como a ésta. Cuando Napoleón derrocó el régimen burgués del Directorio, restableció la paz, consolidó y sancionó en el Code civil,*17 las nuevas relaciones posesorias de los campesinos y alejó cada vez más de las fronteras a los ejércitos extranjeros, los campesinos se unieron a él con gran entusiasmo y se convirtieron en su gran puntal. Pues el campesino francés es nacionalista hasta el fanatismo; la France representa para él algo muy alto, sobre todo a partir del momento en que ha pasado a ser propietario hereditario de un pedazo de Francia; no conoce a los extranjeros más que bajo la forma de asoladores ejércitos de invasión que le han inferido daños sin cuento. De ahí el nacionalismo tan arraigado del campesino francés y su odio sin límites contra Pétranger.* Y de ahí también la pasión con que marchó a la guerra en los años 1814 y 1815. Al regresar los Borbones en 1815 y cuando la aristocracia expulsada volvió a reivindicar las tierras que había perdido en la revolución, los campesinos vieron amenazadas todas sus conquistas revolucionarias. Eso explica su odio contra la monarquía de los Borbones y su júbilo cuando la revolución de Julio les devolvió la seguridad de su propiedad y la bandera tricolor. Pero, a partir de la revolución de Julio, los campesinos dejaron de tomar parte en los intereses generales del país. Sus deseos estaban ya £ El extranjero.

colmados, sus propiedades no se veían ya amenazadas, y en la Mairieg de la aldea volvía a flotar la bandera bajo la que ellos y sus padres habían triunfado durante un cuarto de siglo, Sin embargo, como siempre, no disfrutaron mucho los frutos de su victoria, Los burgueses comenzaron enseguida a explotar con: todas sus fuerzas a sus aliados campesinos. Ya bajo la Restauración habían comenzado a madurar los frutos de la parcelación y de la divisibilidad de la tierra, el endeudamiento de los campesinos y la hipoteca de sus parcelas; y, después de 1830, estos resultados comenzaron a manifestarse de un modo cada vez más general y más amenazador. Pero la presión que el gran capital ejercía sobre el campesino siguió siendo para éste una relación puramente privada entre él y su acreedor; el campesino no veía ni podía ver que estas relaciones privadas más y más generalizadas, convertidas más y más en regla general, iban convirtiéndose por ello en una relación de clase, entre la clase de los grandes capitalistas y la de los pequeños propietarios de la tierra. No era ya el mismo caso de las cargas feudales, cuyo nacimiento hacía mucho tiempo que había caído en el olvido, cuyo sentido se había perdido de largo tiempo atrás, que no reclamaban ya una contraprestación por los servicios prestados y que se habían convertido desde tiempos muy lejanos en un simple gravamen que pesaba sobre una de las partes. El caso de las deudas hipotecarias era distinto. Aquí, el propio campesino, o cuando mucho su padre, había recibido la suma del préstamo, contante y sonante, en monedas de oro de cinco francos; la escritura de deuda y el registro hipotecario le recordaba a cada paso el origen de la carga; los intereses que se ve obligado a pagar, incluyendo los pagos accesorios para el usurero, constantemente renovados, son cargas burguesas, modernas, que gravitan en forma igual o semejante sobre todos los deudores; la opresión de estas deudas reviste una forma perfectamente moderna, a tono con nuestro tiempo, y aquí el campesino se ve estrujado y arruinado con arreglo a los mismos principios jurídicos al amparo de los cuales se le garantiza su propiedad. Su mismo Código civil, su Biblia moderna, se convierte para él en un látigo. El campesino no puede ver en el registro hipotecario una relación de clase, ni puede reclamar su supresión sin poner en peligro al propio tiempo su misma propiedad. La presión de la usura, en vez de empujarle al movimiento, sembraba en él la confusión. De donde únicamente puede esperar un alivio es de la reducción de los impuestos.

Cuando en febrero del presente año se hizo una revolución en la que por vez primera presentó el proletariado sus propias reivindicaciones, los campesinos no comprendieron absolutamente nada de lo que ocurría. El único sentido que la República tenía para ellos era —ya lo hemos dicho— la reducción de los impuestos y, aquí y allá, tal vez algo de doctrina nacional, de guerra de conquista y del Rin como frontera. Pero cuando, a la mañana siguiente del derrocamiento de Luis Felipe, estalló en París la guerra entre el proletariado y la burguesía, al repercutir sog£ Ayuntamiento. bre el campo la paralización del comercio y la industria y al bajar todavía más los precios de los productos de los campesinos, ya de suyo depreciados por las abundantes cosechas de aquel año y haciéndose invendibles, y sobre todo, cuando la batalla de Junio sembró el pánico y el terror hasta en los más apartados rincones de Francia, se levantó entre los campesinos un clamor general de fanática furia contra el París revolucionario y contra los parisinos, siempre descontentos. Y era natural. ¿Qué sabía el terco y limitado campesino de proletariado y burguesía, de república democrático-social, de organización del trabajo, cosas cuya condición fundamental y cuyas causas jamás podían llegar a darse en su. aldea? j Y cuando, aquí y allá y a través de los turbios canales de la prensa burguesa, comenzó a tener una vaga intuición de lo que se estaba ventilando en París, cuando los burgueses lanzaron por el campo la famosa frase dirigida contra los obreros de París: “ce sont les partageurs”,A son los que quieren que se reparta toda la propiedad, toda la tierra, se redobló el clamor de la furia, y ya la indignación de los campesinos no podía contenerse. He hablado con cientos de campesinos en las más diversas comarcas de Francia y he visto que todos ellos se dejaban llevar del mismo fanatismo contra París y, sobre todo,' contra los obreros parisinos. “¡Ojalá que ese maldito París saltara mañana hecho añicos!”, tal era la más suave de las maldiciones que se escuchaban. de sus labios. Se explica que los sucesos ocurridos este año hayan venido a recrudecer y a justificar entre los campesinos su inveterado desprecio por las gentes de la ciudad. Los campesinos, el campo —piensan estas cabezas— deben sal. var a Francia; el campo lo produce todo, las ciudades viven gracias a nuestro. trigo, se visten con nuestro lino y nuestra lana; a nosotros nos corresponde, por tanto, implantar el debido orden de cosas; los campesinos debemos tomar el asunto en nuestras manos: tal era la eterna canción que, de un modo más.o menos claro, más o menos conciente, resonaba a través de las confusas conversaciones de los campesinos. ¿Y, cómo quieren salvar a Francia, cómo quieren tomar el asunto en sus manos? Sencillamente, eligiendo presidente de la república a Luis Napoleón Bonaparte, que no es más que un gran nombre que lleva sobre sus hombros un enano aturdido, necio y vanidoso. No he hablado con ningún campesino en quien el entusiasmo por Luis Napoleón no fuese tan grande como su odio hacia París. A esto se limita la política de los campesinos franceses: a estas dos pasiones y a su estúpida y bestial estupefacción ante la conmoción reinante en Europa.. Y los campesinos disponen de más de seis millones de votos, es decir, de más de las dos terceras partes de todo el censo electoral de Francia, Es cierto que el Gobierno provisional no ha sabido captar los intereses de los campesinos por la revolución, que cometió un error imperdonable e irreparable con el recargo de 45 centimes sobre el impuesto territorial, que gravita principalmente sobre los campesinos. Pero, aunh Son los que predican el reparto, que hubiese logrado retener a los campesinos para la causa de la revolución durante un par de meses, al llegar el verano habrían desertado de este campo. La actual posición de los campesinos ante la revolución de 1848 no es el resultado de tales o cuales errores e infracciones fortuitos; es algo natural, inherente a la propia situación de vida, a la posición social del pequeño propietario de tierra. El proletariado fran. cés, antes de poder llevar a cabo sus reivindicaciones, tendrá que reprimir previamente una guerra general de los campesinos, guerra que sólo se logrará diferir durante breve tiempo aunque se eche mano, incluso, del recurso de sofocar todas las deudas hipotecarias. Hay que haber convivido durante dos semanas casi exclusivamente con campesinos, y con campesinos de casi todas las regiones del país y tenido ocasión de observar en todas partes la misma tozuda limitación, la misma perfecta ignorancia de todas las relaciones urbanas, industriales y comerciales, la misma ceguera en materia de política, la misma confusión en todo lo que se sale de los horizontes de la aldea, el mismo empeño por aplicar la pauta de las relaciones campesinas a los más formidables problemas de la historia; en una palabra, hay que haber conocido a los campesinos franceses, y haberlos conocido precisamente en 1848, para recibir toda la abrumadora impresión que en uno provoca esta terca e inconmovible estupidez.

Borgoña Briare es una viejísima villa situada en la desembocadura del canal que une al Loira-con el Sena. Allí me orienté acerca del camino que debía seguir y me pareció mejor pasar a Suiza por Auxerre, en vez de seguir la ruta de Nevers. Dejé, pues, la cuenca. del Loira y me dirigí por los montes hacia la Borgoña. - l Los fértiles paisajes del valle del Loira van desapareciendo poco a poco, muy lentamente. Va uno subiendo imperceptiblemente y a las cinco o seis millas de Briare, en Saint-Sauveur y Saint-Fargeau, se llega a las faldas de aquella montañosa tierra, cubiertas de bosques y dedicada a la ganadería. La cima de los montes entre el Loira y el Yonne es aquí más alta, y todo este lado occidental del departamento del Yonne aparece bastante cubierto de montañas, En la comarca de Toucy, a seis leguas de Auxerre, escuché por vez primera el característico, amplio y candoroso dialecto borgoñón, lengua que tanto aquí como en toda la Borgoña propiamente dicha ofrece un carácter amable y grato, mientras que en las tierras altas del Franco Condado reviste un tono pesado, tosco, casi doctoral. Es como el ingenuo dialecto austríaco, al irse trocando poco a poco en la tosca habla de la Alta Baviera. La lengua borgoñona acentúa siempre, con pronunciación curiosamente no francesa, la sílaba anterior a la que en buen francés debe llevar el acento principal, con lo que el jámbico francés se convierte en un francés troqueico, torciendo con ello y de un modo muy curioso la sutil acentuación que el francés culto sabe dar a sus palabras. Pero, como queda dicho, en la Borgoña propiamente dicha el dialecto borgoñón suena muy agradablemente y en labios de una muchacha bonita cobra incluso su encanto: Mais, má foi, monsieur, je vous demande ún peu...i Si valen comparaciones, los borgoñones son algo así, diríamos, como los austríacos de Francia. Ingenuos, bondadosos y sumamente accesibles, con mucho ingenio heredado, dentro de las condiciones de vida en que se desenvuelven, y con ideas siempre ingenuamente cómicas acerca de todo lo que se sale de ellas, exageradamente torpes en las condiciones no usuales y siempre alegres, con alegría a toda prueba: así son estas buenas gentes, casi iguales los unos a los otros. Hay que perdonarles a los buenazos y amables campesinos borgoñones, antes que a cualquiera otros, su nulidad política y su entusiasmo por Luis Napoleón. Por lo demás, no cabe duda de que por las venas de los borgoñones corre una mezcla de sangre alemana más abundante que por las de los franceses que viven más al Oeste; tienen el pelo y la tez más claros, son un poco más altos, sobre todo las mujeres, no brillan tanto por su espíritu crítico y sus chistes mordaces se ven desplazados por un humorismo más suave y, a veces, por un leve tinte de campechanía. No obstante, sigue acusándose en ellos, con gran fuerza, el sentido francés de la alegría, y nadie le gana al borgoñón en cuanto a despreocupación y ligereza. La comarca montañosa del Oeste del departamento del Yonne vive principalmente de la ganadería. Pero el francés es en todas partes un mal ganadero, y estos bueyes borgoñones producen la impresión de ser flacos y menudos. Además de la ganadería, se cultivan mucho los cereales y en todas partes se come un excelente pan de trigo. Las casas campesinas presentan aquí un carácter ya más alemán; son más grandes y reúnen bajo un solo techo la vivienda, el pajar y los establos; pero también en esta región vemos cómo las puertas aparecen la mayoría de las veces desviadas del camino o colocadas de espaldas a él. En la larga vertiente que, camino abajo, lleva a Auxerre vi los primeros viñedos de vino de Borgoña, muchos de ellos cargados todavía con los racimos de la riquísima cosecha del año 48. En algunas viñas se veían, incluso, más uvas que hojas.

Auxerre es una pequeña villa, con calles empinadas, no muy hermosa por dentro, con un bonito pretil sobre el Yonne y algunos rudimentos de esos bulevares sin los que es imposible concebir ni una sola capital departamental francesa. En épocas corrientes, esta pequeña ciudad permanecerá completamente tranquila y muerta, y no cabe duda de que el prefecto del Yonne debía de costear con poco dinero los bailes obligatorios de gala y las cenas ofrecidas a los notables de la localidad en el rei. i “Pero, por favor, señor, dígame usted...” nado de Luis Felipe. Pero, cuando yo la vi, Auxerre lucía la animación que sólo puede permitirse una vez al año.

El ciudadano Denjoy, representante del pueblo, se escandalizaba mucho en la Asamblea Nacional de que en el banquete democrático-social de Toulouse todo el local se hallara decorado de rojo; pues bien, si el bueno de Denjoy hubiese venido conmigo a Auxerre se habría desmayado de pánico. Era, no ya un local, sino toda una ciudad decorada de rojo. ¡Y qué rojo! El color rojo de sangre, un color indubitable, escandaloso, teñía los muros y las escaleras de las casas, las blusas de las mujeres y las camisas de los hombres; arroyos de un líquido color rojo oscuro corrían a los lados de las calles y cubrían el pavimento, y unos hombres barbudos, mal encarados y embarrados de rojo transportaban de un sitio a otro de la ciudad, en grandes tinas, un fluido de espantable aspecto, negruzco y rojizo, Parecía campar allí por sus respetos la república roja, con todos sus espantos; diríase que la guillotina movida al vapor había elevado en Auxerre su trono permanente; los buveurs de sangre3 de los que el Journal des Débats 318 cuenta leyendas tan espantables, festejaban en Áuxerre, al parecer, sus canibalescas orgías. Pero la república roja de Auxerre no podía ser más inofensiva: era la república roja de las fiestas de la vendimia borgoñona. Los bebedores de sangre que ingurgitaban con tal voluptuosidad el más noble producto de esta república roja no eran sino los más honestos de los republicanos, los grandes y pequeños burgueses llegados de París. Y no cabe duda de que el honorable ciudadano Denjoy,de haber estado aquí, se habría unido a la celebración general, aun a riesgo de pasar por rojo. ¡Qué ganas le entraban a uno de tener los bolsillos llenos de dinero en esta república roja de Borgoña! La vendimia de 1848 fue algo tan fabuloso que no hubo cubas bastantes para guardar el vino. ¡Y qué cali. dad la del vino de esta cosecha! Mejor que la del 46 e incluso que la del 34. De todas partes afluían los campesinos para comprar al malbarato, a 2 francos la feuillette * de 140 litros de excelente vino de Borgoña; por todas las puertas de la ciudad entraban carros y más carros cargados de toneles vacíos, a pesar de lo cual no se daba abasto. Yo mismo pude ver cómo un vinatero de Auxerre derramaba en plena calle varias barricas del 47, de un vino magnífico, para envasar en ellas el vino de la nueva cosecha, que ofrecía mejores perspectivas a la especulación. Y me aseguraron que aquel tratante en vinos había dejado correr en unas cuantas semanas hasta cuarenta grandes toneles (fúts).

Después de degustar en Auxerre varios vasos grandes del vino viejo y del nuevo, crucé el Yonne para internarme en las montañas de la orilla derecha. La calzada discurre a lo largo del valle; yo tomé, sin embargo, el camino viejo, pero más corto, que va por los montes. El cielo amenazaba lluvia, me sentía cansado y me quedé a dormir en la primera aldea, a unos cuantos kilómetros de Auxerre.

A la mañana siguiente, me puse de nuevo en camino, muy temprano y bajo el más espléndido sol del mundo. El camino serpenteaba por 3 Bebedores de sangre, * Barril, vieja medida francesa para el vino. entre viñedos, en lo alto de una cima bastante elevada. Pero la fatiga de la ascensión me fue compensada con creces por la maravillosa vista. Tenía ante mí todo el terreno escalonado de colinas hasta el Yonne, luego el verde valle del río, salpicado de álamos y praderas, de pequeñas aldeas y alquerías; más allá, la villa de Auxerre, de color gris pétreo, reclinada contra la ladera de la montaña; por doquier aldeas, y por todas partes, hasta donde llegaba la vista, viñedos y más viñedos y el reluciente y tibio resplandor del sol, allá, a lo lejos, filtrado por entre el sutil polvillo del otoño, derramado sobre esta gran caldera en la que el sol de agosto hace fermentar uno de los más nobles vinos de la tierra. No sé qué es lo que presta su peculiar encanto a estos paisajes franceses, en los que no parece dibujarse ninguna clase de rasgos extraordi. nariamente bellos. No es, indudablemente, este o aquel detalle, sino que es el todo, el conjunto, lo que les imprime un sello de saciedad, de plenitud como rara vez se encontrará en otras partes. El Rin y el Mosela despliegan ante nosotros agrupaciones de rocas de mayor belleza, Suiza presenta mayores contrastes, Italia exhibe mayor colorido, pero ningún país tiene comarcas que ofrezcan un conjunto tan armónico y tan cabal como Francia. La mirada se pasea aquí con extraordinaria fruición desde las anchas y frondosas praderas que esmaltan el valle hasta las altas cimas igualmente cubiertas con exuberante verdor de viñedos y hasta las incontables aldeas y villas que asoman por entre el follaje de los huertos frutales. En ninguna parte se verá una mancha calva o un lugar inhóspito que turbe la vista; por ningún sitio una roca pelada y áspera cuyas paredes sean inaccesibles a la vegetación. Por donde quiera, una frondosa riqueza vegetal, un verdor saciado de plenitud, matizado a trechos de tonos otoñialmente bronceados, todo ello realzado por los rayos de un sol que aún a mediados de octubre es todavía lo bastante cálido para que ninguna uva de la viña quede sin madurar, Habiendo andado un poco más, se ofreció a mis ojos otra vista, no menos hermosa. Allá abajo, en una estrecha cañada, se veía Saint-Bris, una pequeña villa, que vive también exclusivamente del vino. Los mismos detalles de más arriba, sólo que más apretados. Abajo, en el valle, praderas y huertos en torno a la villa, en derredor, trepados a las paredes de la caldera, viñedos; sólo por la parte del Norte se divisaban algunas tierras sin labraro verdes prados cubiertos de trébol. En las calles de Saint-Bris encontramos el mismo tráfago que en Auxerre; -por todas partes cubas y lagares, y todos los habitantes, entre risas y chanzas, Ocupados en pisar la uva, en envasar el mosto en las barricas o en transportarlo por las calles en grandes tinas. Mezclado con aquella algarabía, se celebraba el mercado; en las calles más anchas se estacionaban las carretas de los campesinos con legumbres, trigo y otros productos del campo; los campesinos, con sus capuchas blancas, y las aldeanas, con sus pañuelos de percal atados a la cabeza, en apretados corros, charlaban, gritaban, reían entre los vendimiadores; y era tal el tráfago y la batahola, me la pequeña villa de Saint-Bris parecía, por el ruido, una gran ciudad.

DE PARÍS A BERNA 711 A la salida de Saint-Bris, volvía a subir el camino por las laderas de una montaña. La subida, sin embargo, me resultó la mar de placentera. Todo el mundo estaba allí entregado a la vendimia, y una vendimia en la Borgoña es bastante más divertida, incluso, que las del Rin. A cada paso tropezaba con los grupos más jubilosos, las uvas más dulces y las muchachas más bonitas; pues aquí, donde se encuentra una pequeña villa a cada tres horas de camino y donde los habitantes están, gracias al comercio del vino, en tratos con los del resto del mundo, reina ya una cierta civilización, y nadie se asimila esta civilización más aprisa que las muchachas casaderas, que son las primeras y más avisadas en aprovecharse de ella. A ninguna de estas muchachas francesas se le ocurriría cantar aquellos versos que dicen: ¡Ah, si yo fuese tan bonita Como aquella muchacha de la aldea!

Luciría un sombrerito amarillo Y una cinta de color de rosa,31% Por el contrario, éstas saben muy bien que deben toda la expansión de sus encantos a la ciudad, al hecho de verse exentas de los trabajos rudos, a la civilización y a sus cien recursos y artes cosméticas para mantenerse bellas y arregladas; saben muy bien que las muchachas campesinas, aun cuando no hayan heredado de sus padres la complexión huesuda que es el orgullo de la raza germánica, pero que tanto aterra a los franceses, se convierten en su mayoría, a fuerza de trabajar en los campos bajo el ardiente sol o la implacable lluvia, por falta de arreglos y la ausencia de recursos para el cuidado del cuerpo y con sus vestidos, sin duda muy honrosos, pero desmañados y de mal gusto, en una especie de espantapájaros, de colores llamativos y chillones. Los gustos son distintos; a nuestros compatriotas alemanes se les van más los ojos detrás de las aldeanas, y puede que no carezcan de razón, pues la verdad es que hay que sentir respeto ante el paso de granadero de una recia moza acostumbrada a cuidar del ganado, y sobre todo ante su puños; y hay que hacer todo el honor que merece al vestido de tablero de ajedrez color verde prado y rojo de fuego que envuelve su vigoroso talle; sí, no se puede menos de sentir respeto ante la lisa tiesura que va desde su cuello hasta sus talones y que le da, vista por detrás, todo el aspecto de una tabla cubierta de percal. Pero los gustos, como decimos, son distintos, razón por la cual deberá perdonarme aquella parte de mis compatriotas que difieren del mío, aunque no por ello sea el suyo menos honroso, si les digo que estas campesinas borgoñonas de Saint-Bris y Vermenton, tan lavaditas, tan peinaditas y tan esbeltas de talle, producen en mí una impresión bastante más agradable que aquella especie de becerros de búfalo, sucias como Dios las ha echado al mundo, con el pelo enmarañado y las caderas anchas y recias, que abundan entre el Sena y el Loira, quienes se le quedan mirándo a uno fijamente cuando lía un cigarro y escapan dando alaridos si se las aborda para preguntarles en buen francés por el camino. Sin dificultad se me creerá, pues, si digo que más de una vez me senté en la hierba con los hombres y las muchachas vendimiadores, Comiendo uvas, bebiendo vino, charlando y riendo, en aquel trecho de mi camino, ladera arriba y que, con el estado de espíritu que llevaba, lo mismo hubiese podido trepar en igual espacio de tiempo al Blocksberg y hasta al pico de la Jungfrau. "Tanto más cuanto que, tratándose de uvas, puede uno atracarse hasta sesenta veces al día y encuentra uno, en cada viñedo a que llega, excelentes pretextos para sentarse a conversar con estos campesinos de ambos sexos que se pasan el tiempo riendo y bromeando como si fuesen nuestros mejores amigos. Pero, todo tiene su término, y así lo tuvo también esta ladera de la Borgoña. Era ya de tarde cuando pasé a la otra vertiente, por el delicioso valle del Cure, un pequeño afluente del Yonne, rumbo a la pequeña ciudad de Vermanton, enclavado en un lugar aún más hermoso que Saint-Bris. Pero poco después de Vermanton acaban los bellos paisajes. Se acerca uno poco a poco a la alta cima del Faucillon, que divide aquí las cuencas fluviales del Sena, el Ródano y el Loira. Desde Vermanton sube el camino durante varias horas, se pasa por una meseta larga y yerma, en la que el centeno, la avena y el sarraceno han expulsado ya en mayor o menor medida al trigo.!

1 Al llegar aquí, se interrumpe el manuscrito,