[Karl Marx]

[Persecuciones de los extranjeros en Bruselas]

Del francés.

["La Réforme" del 12 de marzo de 1848]

El domingo 27 de febrero, la Sociedad Democrática de Bruselas celebró su primera sesión pública desde la noticia de la proclamación de la República Francesa. Se sabía de antemano que asistiría un gran número de obreros, firmemente resueltos a apoyar activamente todas las medidas que la Sociedad considerase oportunas.

El gobierno, por su parte, había hecho correr el rumor de que el rey Leopoldo estaba dispuesto a abdicar en cuanto el pueblo lo desease. Era una trampa para inducir a los demócratas belgas a no emprender nada decisivo contra un rey tan bueno, a quien nada complacería más que desembarazarse de la carga de la dignidad real, siempre que se le concediera honrosamente una pensión decorosa.

Al mismo tiempo, el gobierno del rey tenía preparada una lista completa de las personas cuya detención, por perturbadoras del orden público, había previsto y juzgado conveniente para aquella misma noche. Con el jefe de la Seguridad Pública, el señor Hody, se había acordado poner en esa lista a los extranjeros como principales instigadores de un supuesto motín, tanto para encubrir la detención de los belgas conocidos como republicanos decididos, como para excitar los ánimos nacional‑sentimentales. Esto explica también por qué Su Excelencia el señor Rogier, que es tan poco belga como S. M. el rey Leopoldo francés, promulgó más tarde una orden que inculcaba a todas las autoridades la vigilancia más severa sobre los franceses y los alemanes, es decir, sobre los compatriotas de Rogier y sobre los compatriotas de Leopoldo. Por toda su redacción, este decreto recuerda las leyes de sospechosos.

Este plan, tan bien meditado, fue tanto más pérfido y brutal en su ejecución cuanto que las personas detenidas se habían abstenido de toda provocación la noche del 27 de febrero.

Es como si se hubiese querido divertirse deteniendo a estas personas para maltratarlas e injuriarlas a placer.

Apenas detenidas, llovieron puñetazos, puntapiés y sablazos. Se les escupió a la cara, a estos *republicanos*. Se les maltrató ante los ojos del filántropo Hody, que gozaba dando a los extranjeros una prueba de todo su poder.

Como no se podía presentar nada incriminatorio contra ellos, no habría quedado otra salida que ponerlos en libertad. ¡Pero no! ¡Seis días se les mantuvo en el calabozo! Luego se seleccionó a los extranjeros entre los presos y se los trasladó en carros celulares directamente a la estación. Allí se los encerró de nuevo en carros celulares, cada uno en una celda aislada, y así se los expidió a Quiévrain, donde los gendarmes belgas los recibieron y los arrastraron hasta la frontera francesa.

Cuando, por fin, en suelo libre, volvieron lentamente en sí, no encontraron en sus bolsillos otra cosa que los documentos de expulsión expedidos el día anterior a la detención. Uno de los expulsados, el señor Allard, es francés.

Al mismo tiempo, el gobierno del rey de la más absoluta insignificancia proclamaba en la Cámara de Diputados que el *Reino* de Bélgica, incluidas las dos Flandes, era la mejor de todas las *Repúblicas* posibles, que poseía una policía modelo, dirigida por un hombre como el señor Hody, que reunía en una sola persona al antiguo republicano, al fourierista y al partidario reconvertido de Leopoldo. La Cámara lloró de emoción, y los periódicos católicos y liberales cayeron en éxtasis ante las virtudes domésticas del rey Leopoldo y las virtudes de estadista de su lacayo Rogier.

El pueblo belga es republicano. Sólo son partidarios de Leopoldo la gran burguesía, la aristocracia terrateniente, los jesuitas, los funcionarios y los antiguos franceses expulsados de Francia, que ahora ocupan en Bélgica los puestos dirigentes de la administración y de la prensa.

Metternich está entusiasmado de tener a un Coburgo, enemigo nato de la revolución francesa, precisamente en el lugar adecuado, en la frontera de Francia. Sin embargo, olvida que los Coburgo de hoy apenas desempeñan ya otro papel que en las cuestiones matrimoniales.