Revolución en París

[Friedrich Engels]

Revolución en París

["Deutsche-Brüsseler-Zeitung" Nr. 17 vom 27. Februar 1848]

El año 1848 se presenta bien. Apenas ha pasado la revolución siciliana con su larga cola de constituciones, París vive una insurrección victoriosa.

Los diputados de la oposición se habían comprometido públicamente a defender el derecho de reunión, mediante una audaz manifestación, contra Guizot, Duchâtel y Hébert.

Todos los preparativos estaban hechos. El local estaba listo y esperaba a los invitados del banquete. De repente, llegado el momento de actuar, los fanfarrones de la izquierda, con el señor Odilon Barrot a la cabeza, retrocedieron cobardemente, como siempre.

El banquete fue cancelado. Pero el pueblo de París, excitado por los grandes charlatanes de la Cámara, furioso por la cobardía de estos tenderos y, al mismo tiempo, descontento por una persistente desocupación general, el pueblo de París no se dejó cancelar.

El martes al mediodía <22 de febrero de 1848> todo París estaba en las calles. Las masas gritaban: «¡Abajo Guizot, viva la reforma!». Desfilaron ante el palacio de Guizot, que las tropas protegían con dificultad; no obstante, los cristales fueron rotos a pedradas.

Pero las masas desfilaron también ante la casa de Odilon Barrot, gritaron «¡Abajo Barrot!» y a él también le rompieron los cristales. ¡El señor Barrot, el cobarde instigador de toda la revuelta, mandó a pedir al gobierno una guardia de seguridad!

Las tropas permanecían allí mirando tranquilamente. Sólo la Guardia Municipal repartió mandobles, y con la mayor brutalidad. La Guardia Municipal es un cuerpo compuesto en su mayoría por alsacianos y loreneses, es decir, semialemanes, que reciben tres francos y medio al día y tienen un aspecto muy rollizo y bien alimentado. La Guardia Municipal es el cuerpo de soldados más infame que existe, peor que la gendarmería, peor que la antigua Guardia Suiza; si el pueblo vence, lo pasará mal.

Hacia el anochecer, el pueblo comenzó a oponer resistencia. Se levantaron barricadas, se asaltaron puestos de guardia y se les prendió fuego. Un espía de la policía fue acuchillado en la plaza de la Bastilla. Las armerías fueron saqueadas.

A las cinco se tocó generala para la Guardia Nacional. Pero acudieron muy pocos, y los que acudieron gritaban: «¡Abajo Guizot!».

Por la noche se restableció la calma. Se tomaron las últimas barricadas y la revuelta parecía terminada.

Sin embargo, el miércoles por la mañana el levantamiento recomenzó con renovada fuerza. Una gran parte del centro de París, la situada al este de la rue Montmartre, fue fuertemente barricada; desde las once, las tropas ya no se atrevieron a penetrar en ella. La Guardia Nacional acudió en gran número, pero sólo para disuadir a las tropas de todo ataque contra el pueblo y para gritar: «¡Abajo Guizot, viva la reforma!».

Había en París 50.000 soldados, desplegados según el plan de defensa del mariscal Gérard y que ocupaban todos los puntos estratégicos. Pero estos puntos eran tantos que todas las tropas estaban ocupadas en ellos y, por ello mismo, obligadas a la inactividad. Aparte de la Guardia Municipal, casi no se disponía de soldados para la ofensiva. El excelente plan de Gérard fue de inestimable utilidad para la revuelta; paralizó a las tropas y les facilitó esa pasividad a la que ya de por sí eran proclives. Los fuertes destacados sólo perjudicaron también al gobierno. Hubo que mantenerlos guarnecidos, sustrayendo así también una fuerte porción de tropas del campo de lucha. En un bombardeo no pensó nadie. En general, nadie se acordó siquiera de que existían las fortificaciones. ¡Una prueba más de lo estériles que son todos los planes defensivos frente al levantamiento masivo de una gran ciudad!

Hacia el mediodía, en las filas de la Guardia Nacional arreció de tal manera el clamor contra el ministerio, que varios coroneles mandaron decir a las Tullerías que no respondían de sus legiones si el ministerio continuaba.

A las dos, el viejo Luis-Felipe se vio obligado a dejar caer a Guizot y a formar un nuevo ministerio. Apenas se anunció esto, la Guardia Nacional se fue jubilosa a sus casas e iluminó sus viviendas.

Pero el pueblo, los obreros, los *únicos* que habían levantado las barricadas, que habían combatido contra la Guardia Municipal, que se habían arrojado contra las balas, las bayonetas y los cascos de los caballos, los obreros no tenían ninguna gana de batirse sólo por el señor Molé y el señor Billault. Prosiguieron la lucha. Mientras el bulevar de los Italianos rebosaba júbilo y alegría, en la rue Sainte-Avoie y en la de Rambuteau se tiroteaba violentamente. La lucha duró hasta bien entrada la noche y prosiguió el jueves por la mañana. De que los obreros participaron en general en este combate da testimonio el arrancamiento de los rieles en todos los ferrocarriles de los alrededores de París.

La burguesía ha hecho su revolución, ha derribado a Guizot y, con él, el dominio exclusivo de los grandes bolsistas. Ahora, empero, en el segundo acto de la lucha, ya no se enfrenta una parte de la burguesía con la otra; ahora, el proletariado se enfrenta a la burguesía.

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Acabamos de recibir la noticia de que el pueblo ha vencido y ha proclamado la república. Confesamos que no esperábamos este brillante éxito del proletariado parisino.

Tres miembros del gobierno provisional pertenecen al partido democrático resuelto, cuyo órgano es la *Réforme*. El cuarto es un obrero <Albert>, por primera vez en cualquier país del mundo. Los demás son Lamartine, Dupont de l’Eure y dos hombres del *National*.

El proletariado francés, con esta gloriosa revolución, se ha colocado de nuevo a la cabeza del movimiento europeo. ¡Honor a los obreros de París! Han dado al mundo un empuje que todos los países sentirán uno tras otro; pues la victoria de la república en Francia es la victoria de la democracia en toda Europa.

Nuestra época, la época de la democracia, alborea. Las llamas de las Tullerías y del Palais Royal son la aurora del proletariado. La dominación burguesa se derrumbará ahora por doquier o será derribada.

Es de esperar que Alemania siga el ejemplo. Ahora o nunca se erguirá de su humillación. Si los alemanes poseen alguna energía, algún orgullo, algún valor, dentro de cuatro semanas también podremos gritar:

«¡Viva la república alemana!»