Discursos en la conmemoración de Bruselas

Karl Marx/Friedrich Engels

[Discursos en la conmemoración de Bruselas
del 22 de febrero de 1848, en el segundo aniversario
de la insurrección de Cracovia de 1846]

[Discurso de Karl Marx]

¡Señores!

Hay en la historia analogías sorprendentes. El jacobino de 1793 se ha convertido en el comunista de nuestros días. Cuando Rusia, Austria y Prusia se repartieron Polonia en 1793, las tres potencias se apoyaron en la Constitución de 1791, que condenaron unánimemente por sus principios supuestamente jacobinos.

¿Y qué había proclamado la Constitución polaca de 1791? Nada más que la monarquía constitucional: el poder legislativo en manos de los representantes del país, libertad de prensa, libertad de conciencia, publicidad de los procesos judiciales, abolición de la servidumbre, etc. ¡Y todo esto se llamaba entonces jacobinismo puro! Veis, pues, señores, que la historia ha avanzado. Lo que entonces era jacobinismo se ha convertido hoy en liberalismo, y precisamente en su forma más moderada.

Las tres potencias han marchado con la historia. Cuando en 1846 incorporaron Cracovia a Austria y despojaron a los polacos de los últimos restos de su independencia nacional, calificaron de comunismo todo aquello que antes habían llamado jacobinismo.

Pero, ¿en qué consiste entonces el comunismo de la revolución de Cracovia? ¿Fue comunista porque quería restaurar la nacionalidad polaca? Con igual razón podría decirse que la guerra que la coalición europea libró contra Napoleón para salvar a las naciones fue una guerra comunista, y que el Congreso de Viena estuvo compuesto por comunistas coronados. ¿O fue comunista la revolución de Cracovia porque quería instaurar un gobierno democrático? Nadie acusará de veleidades comunistas a los ciudadanos millonarios de Berna y Nueva York.

El comunismo niega la necesidad de la existencia de las clases; quiere abolir todas las clases, todas las diferencias de clase. Los revolucionarios de Cracovia sólo querían eliminar las distinciones políticas entre las clases; querían dar derechos iguales a las distintas clases.

Pero, en definitiva, ¿en qué sentido fue comunista esta revolución de Cracovia?

¿Acaso porque intentó romper las cadenas del feudalismo, liberar la propiedad sujeta a censo y transformarla en propiedad libre, en propiedad moderna?

Si se dijera a los propietarios franceses: «¿Sabéis lo que quieren los demócratas polacos? Los demócratas polacos quieren introducir en su país la forma de propiedad que ya existe entre vosotros», los propietarios franceses responderían: «Hacen muy bien». Pero si se dice a los propietarios franceses, como hace el señor Guizot: «Los polacos quieren abolir esa propiedad que vosotros erigisteis mediante la revolución de 1789 y que aún hoy subsiste entre vosotros», entonces clamarán: «¡Qué! ¡Son, pues, revolucionarios, comunistas! ¡Hay que aniquilar a esos miserables!». La abolición de los gremios, de las corporaciones, la introducción de la libre competencia se llama ahora en Suecia
comunismo.
El
Journal des Débats
va todavía más lejos: abolir la renta que un derecho corrompido concede a doscientos mil electores lo llama abolición de una fuente de ingresos, lo llama destrucción de propiedad legítimamente adquirida, lo llama comunismo. Sin duda, también la revolución de Cracovia quería abolir una propiedad muy determinada. Pero, ¿qué clase de propiedad? Aquella que en el resto de Europa no puede destruirse, como tampoco puede destruirse el Sonderbund en Suiza — porque ni uno ni otro fenómeno existen ya.

Nadie negará que en Polonia la cuestión política está ligada a una cuestión social. Desde siempre la una es inseparable de la otra.

¡Preguntádselo a los reaccionarios! ¿Acaso lucharon durante la Restauración únicamente contra el liberalismo político y el inevitable volterianismo que arrastraba consigo?

Un escritor reaccionario muy célebre ha confesado abiertamente que la más sublime metafísica de un de Maistre y de un de Bonald se reducía en última instancia a una cuestión de dinero, ¿y acaso toda cuestión de dinero no es, de manera inmediata, una cuestión social? Los hombres de la Restauración no ocultaban que, para volver a la política de los buenos tiempos antiguos, era necesario restaurar la buena propiedad antigua, la propiedad feudal, la propiedad moral. Todo el mundo sabe que el deber de fidelidad al monarca no es concebible sin diezmos y prestaciones personales.

Retrocedamos aún más. En 1789, la cuestión política de los derechos del hombre encerraba en sí la cuestión social de la libre competencia.

¿Y de qué se trata en Inglaterra? ¿Han luchado los partidos políticos en todas las cuestiones, desde el proyecto de reforma electoral hasta la abolición de las leyes cerealeras, por otra cosa que por cambios de la propiedad, por cuestiones de propiedad, por cuestiones sociales?

Incluso aquí, en Bélgica, ¿es la lucha entre liberalismo y catolicismo otra cosa que la lucha entre el capital industrial y la gran propiedad territorial?

Y las cuestiones políticas que se debaten desde hace diecisiete años, ¿no son, en el fondo, cuestiones sociales?

Así pues, sea cual fuere el punto de vista que se adopte, liberal, radical o incluso aristocrático, ¡nadie puede ya reprochar a la revolución de Cracovia haber ligado una cuestión social a una cuestión política!

Los hombres que estaban al frente del movimiento revolucionario en Cracovia estaban profundamente convencidos de que sólo una Polonia democrática podía ser independiente, y que una democracia polaca era imposible sin la abolición de los derechos feudales, sin un movimiento agrario que transformase a los campesinos sujetos a censo en propietarios libres, en propietarios modernos. Sustituid al autócrata ruso por aristócratas polacos; con ello no habréis hecho más que naturalizar el despotismo. Exactamente del mismo modo, los alemanes, en su guerra contra la dominación extranjera, cambiaron un solo Napoleón por treinta y seis Metternichs.

Aunque el señor feudal polaco no tenga ya sobre sí a un señor feudal ruso, el campesino polaco no por ello deja de tener un señor feudal por encima — sólo que un señor libre en lugar de un señor esclavizado. Esta transformación política no habría cambiado nada en su situación social.

La revolución de Cracovia ha dado a toda Europa un ejemplo glorioso, porque identificó la causa de la nación con la causa de la democracia y de la liberación de la clase oprimida.

Aunque por el momento esta revolución haya sido sofocada por las manos sangrientas de asesinos a sueldo, ahora se alza gloriosa y triunfante en Suiza y en Italia. Encuentra confirmados sus principios en Irlanda, donde el partido limitado estrictamente a objetivos nacionales se ha hundido en la tumba con O'Connell, mientras que el nuevo partido nacional se consagra ante todo a las reformas y a la democracia.

De nuevo es Polonia la que ha tomado la iniciativa, pero ya no la Polonia feudal, sino la Polonia democrática; y desde ese momento, su liberación se ha convertido en causa de honor de todos los demócratas de Europa.

[Discurso de Friedrich Engels]

¡Señores!

La insurrección cuyo aniversario celebramos hoy ha fracasado. Después de algunos días de heroica resistencia, Cracovia fue tomada, y el sangriento espectro de Polonia, que se había alzado por un instante ante los ojos de sus asesinos, ha vuelto a descender a la tumba.

La revolución de Cracovia terminó con una derrota, una derrota muy lamentable. Rindamos el último honor a los héroes caídos, lamentemos su fracaso, testimoniemos nuestra simpatía a los veinte millones de polacos cuyas cadenas se han hecho más estrechas a causa de este fracaso.

Pero, señores, ¿es eso todo lo que tenemos que hacer? ¿Basta con verter una lágrima ante la tumba del desdichado país y jurar a sus opresores un odio implacable, pero hasta ahora poco eficaz?

¡No, señores! El aniversario de Cracovia no es sólo un día de duelo, es para nosotros, los demócratas, un día de alegre ánimo; pues la derrota encierra en sí la victoria, y los frutos de esta victoria nos son seguros, mientras que las consecuencias de la derrota no duran más que un corto tiempo.

Esta victoria es la victoria de la joven Polonia democrática sobre la vieja Polonia aristocrática.

En efecto, la última lucha de Polonia contra sus opresores extranjeros fue precedida por una lucha oculta, secreta, pero decisiva, en el interior de Polonia: la lucha de los polacos oprimidos contra los opresores polacos, la lucha de la democracia polaca contra la aristocracia polaca.

Comparad 1830 con 1846, comparad Varsovia con Cracovia. En 1830, la clase dominante en Polonia era tan egoísta, estrecha de miras y cobarde en la corporación legislativa como abnegada, entusiasta y valiente en el campo de batalla.

¿Qué quería la aristocracia polaca en 1830? Mantener frente al zar los derechos que había conquistado. Limitó la insurrección al pequeño territorio que el Congreso de Viena había tenido a bien llamar Reino de Polonia; refrenó el impulso de las demás provincias polacas; no tocó la embrutecedora servidumbre de los campesinos ni la vergonzosa situación de los judíos.

Si la aristocracia tuvo que hacer concesiones al pueblo en el curso de la insurrección, no las hizo sino cuando ya era demasiado tarde, cuando la insurrección ya estaba perdida.

Digámoslo abiertamente: la insurrección de 1830 no fue ni una revolución nacional (excluyó a tres cuartas partes de Polonia), ni una revolución social o política; no cambió nada en la situación interna del pueblo; fue una revolución conservadora.

Pero en medio de esta revolución conservadora, en medio del gobierno nacional, hubo un hombre que atacó violentamente las opiniones estrechas de miras de la clase dominante. Propuso medidas verdaderamente revolucionarias, ante cuya audacia retrocedieron los representantes aristocráticos en el parlamento; al llamar a las armas a toda la vieja Polonia, al convertir así la guerra por la independencia de Polonia en una guerra europea, al emancipar a los judíos y a los campesinos, al hacer participar a los campesinos en la propiedad de la tierra, al restaurar Polonia sobre la base de la democracia y la igualdad, quiso hacer de la causa nacional la causa de la libertad, quiso identificar el interés de todos los pueblos con el del pueblo polaco. ¿Tengo que nombrar a este hombre, cuyo genio concibió este plan tan grandioso y sin embargo tan simple? Este hombre fue Lelewel.

En 1830, la mayoría aristocrática, cegada por sus intereses, rechazó tenazmente estas propuestas. Pero estas ideas, maduradas y desarrolladas por la experiencia de quince años de servidumbre, esas mismas ideas las vimos inscritas en la bandera de la insurrección de Cracovia. En Cracovia —y esto era evidente— los hombres no tenían ya mucho que perder. Allí no había aristócratas; allí cada paso que se dio llevaba el sello de aquella audacia democrática, casi diría proletaria, que nada tiene que perder sino su miseria, y un mundo entero, una patria entera que ganar.

Allí no hubo vacilación, ni escrúpulos; se atacó a las tres potencias al mismo tiempo; se proclamó la libertad de los campesinos, la reforma agraria, la emancipación de los judíos, sin preocuparse ni por un instante de si con ello se podía herir este o aquel interés aristocrático.

La revolución de Cracovia no quiso restaurar la vieja Polonia ni conservar lo que los gobiernos extranjeros habían dejado subsistir de las viejas instituciones polacas; no fue ni reaccionaria ni conservadora.

No, aún más enemiga que de los opresores extranjeros se mostró frente a Polonia: frente a la vieja, bárbara, feudal y aristocrática Polonia, levantada sobre la servidumbre de la mayoría del pueblo. Lejos de restaurar esa vieja Polonia, quiso derribarla desde sus cimientos y erigir sobre sus ruinas, con una clase completamente nueva, con la mayoría del pueblo, una Polonia nueva, moderna, civilizada y democrática, digna del siglo XIX, un verdadero puesto avanzado de la civilización.

La diferencia entre 1830 y 1846 —el gigantesco progreso que se cumplió en el seno del desdichado, sangrante y desgarrado país; la aristocracia polaca, completamente aislada del pueblo polaco, se arroja en brazos de los opresores de la patria; el pueblo polaco se decidió irrevocablemente por la causa de la democracia; y por fin vemos en Polonia, como también entre nosotros, la lucha de clases (la lucha de una clase contra otra) como la fuerza motriz de todo progreso social—; en esto reside la victoria de la democracia que la revolución de Cracovia confirma, éste es el resultado que aún dará frutos cuando la derrota de los insurgentes esté vengada desde hace mucho.

Sí, señores míos, gracias a la insurrección de Cracovia la causa originariamente nacional de Polonia se ha convertido en la causa de todos los pueblos, la cuestión originaria de la simpatía se ha convertido en una cuestión que interesa a todos los demócratas. Hasta 1846 teníamos un crimen que vengar; de ahora en adelante tenemos aliados que apoyar, y obraremos en consecuencia.

Y en particular nuestra Alemania debe congratularse de este estallido de las pasiones democráticas en Polonia. Estamos inmediatamente ante una revolución democrática; tendremos que luchar contra las hordas bárbaras de Austria y de Rusia. Antes de 1846 podíamos dudar sobre qué partido tomaría Polonia en caso de una revolución democrática en Alemania. La revolución de Cracovia ha eliminado toda duda. De ahora en adelante, el pueblo alemán y el pueblo polaco están irrevocablemente aliados. Tenemos los mismos enemigos, los mismos opresores, pues el gobierno ruso gravita sobre nosotros lo mismo que sobre los polacos. La primera condición para la liberación tanto de Alemania como de Polonia es la subversión del estado político actual en Alemania, es el derrocamiento de Prusia y de Austria, es el rechazo de Rusia más allá del Dniéster y del Dviná.

La alianza de las dos naciones no es, pues, en modo alguno, un bello sueño, una ilusión seductora; no, señores míos, es una necesidad ineludible que brota de los intereses comunes de ambas naciones y que la revolución de Cracovia ha convertido en necesidad. El pueblo alemán apenas ha llegado hasta ahora, en causa propia, más que a pronunciar palabras; por sus hermanos polacos realizará actos. Y así como nosotros, los demócratas alemanes aquí reunidos, tendemos la mano a los demócratas polacos, así el pueblo alemán entero celebrará su alianza con el pueblo polaco en el campo de la primera batalla que ganemos juntos contra nuestros opresores.