CARLOS MARX DISCURSO SOBRE EL PROBLEMA DEL LIBRECAMBIO36 Señores: , La derogación de las leyes cerealistas en Inglaterra representa el mas grande triunfo conseguido por el librecambio en el siglo xix. En todos los países en que los industriales hablan de librecambio quieren referirse, principalmente, al librecambio de cereales y materias primas en general. Imponer aranceles protectores a los cereales extranjeros—dicen— es algo infame, equivale a especular con el hambre de los pueblos. Pan barato y salarios altos, cheap food, high wages: tal es, según ellos, la única y exclusiva finalidad perseguida por los freetraders en Inglaterra; en gracia a ella han gastado millones, y su entusiasmo se extiende ya a los hermanos del continente. En términos generales, si se aspira al libre* cambio es para aliviar la situación de la clase laboriosa. Pero he aquí, ¡cosa increíble!, que el pueblo, a quien a todo trance se quiere suministrar pan barato, da pruebas de una gran ingratitud. En Inglaterra, el pan barato tiene tan mala fama como el gobierno barato en Francia. El pueblo ve en esos hombres que se desvelan por él, en los Bowring, los Bright y consortes, sus mayores enemigos y los hipócritas más redomados. , Todo el mundo sabe que la lucha entre liberales y demócratas se llama, en Inglaterra, la lucha entre librecambistas y cartistas. Veamos ahora cómo los partidarios ingleses del librecambio ponían de manifiesto ante el pueblo los buenos sentimientos que los animaban. He aquí lo que decían a los obreros de las fábricas: Los aranceles sobre el trigo son un impuesto sobre el salario, impuesta que vosotros pagáis a los grandes terratenientes, los aristócratas medievales; si sufrís penuria, es por culpa de la carestía de los víveres de primera necesidad.

Los obreros, a su vez, preguntaban a los fabricantes: ¿Cómo se explica que en estos últimos treinta años, en que nuestra industria ha alcanzado su mayor desarrollo, nuestros salarios, en cambio, hayan descendido en una proporción mucho más rápida que la del alza del precio del trigo?

El impuesto que, según vosotros, abonamos a los terratenientes^ representa para el obrero 3 peniques semanales, aproximadamente. Sin embargo, el salario del tejedor manual ha bajado de 28 chelines por semana a 5, en el período que va de 1815 a 1843, y el salario del tejedor que trabaja a máquina registra, de 1823 a 1843, un descenso de 20 a 8 chelines a la semana.

Durante todo ese tiempo, la parte de impuesto que hemos abonado al terrateniente no ha excedido nunca de 3 peniques. Además, en 1843, cuando el pan se vendía muy barato y el comercio marchaba viento en popa, ¿qué nos decíais? Que si lo pasábamos mal teníamos nosotros la culpa por hacer demasiados hijos, porque nuestro matrimonio producía más que nuestra industria.

Esas eran vuestras palabras de aquellos días, y os lanzasteis a redactar las nuevas leyes sobre los pobres y a construir las casas de trabajo, las bastillas para los proletarios.

A esto replican los fabricantes: Tenéis razón, señores obreros; el salario no se determina solamente por el precio del trigo, sino también por la competencia entre la mano de obra que se ofrece para trabajar.

Pero no debéis perder de vista una cosa, y es que el suelo de nuestro país está formado exclusivamente por rocas y bancos de arena. ¡Y no vais a pensar que pueda cultivarse el trigo en macetas de flores! No cabe duda de que si, en vez de despilfarrar nuestro capital y nuestro trabajo en un suelo completamente estéril, renunciáramos a la agricultura para entregarnos exclusivamente a la industria, toda Europa abandonaría las fábricas e Inglaterra se convertiría toda ella en una gran ciudad fabril, a la que el resto de Europa serviría de campo para el trabajo agrícola.

Hablando en estos términos a sus propios obreros, el fabricante, a su vez, es interpelado por el pequeño comerciante, quien le dice: Mediante la derogación de las leyes cerealistas, arruinaríamos la agricultura, no cabe duda, pero ello no quiere decir que obligáramos a los demás países a abastecerse en‘nuestras fábricas, abandonando las suyas propias. x ¿Y cuál será el resultado? Sencillamente, que yo perderé la clientela que actualmente tengo en el campo y que el comercio interior se quedará sin mercado.

El fabricante, al oír esto, vuelve la espalda al obrero y contesta así al pequeño comerciante: No te preocupes de eso, y déjalo de mi cuenta. Después de suprimir los aranceles sobre el trigo, podremos importar trigo más barato. Logrado esto, bajaremos los salarios, que, simultáneamente, experimentarán un alza en los otros países de los que importemos cereales. De este modo, además de las ventajas con que ya contamos, tendremos la de pagar salarios más bajos, y con todas estas ventajas juntas no cabe duda de que obligaremos al continente a abastecerse en nuestro país. Pero, al llegar aquí, se mezclan en la discusión dos nuevos personajes: el arrendatario y el obrero agrícola.

¿Y nosotros?, dicen, ¿qué será de nosotros?

¿Vamos a descargar un golpe mortal sobre la agricultura, de la que vivimos? ¿Vamos a permitir que se nos prive de la base de nuestro sustento?

Por toda respuesta, la Anti-corn-law-league 5 se ha limitado a instituir premios para los tres mejores escritos dedicados a estudiar la saludable influencia que sobre la agricultura inglesa ejercerá la derogación de las leyes cerealistas.

Estos premios han sido adjudicados a los señores Hope, Morse y Greg, cuyas obras se han difundido en el campo en miles de ejemplares. Uno de los tres autores laureados se empeña en demostrar que la libre importación del trigo extranjero no redundará en perjuicio del arrendatario ni del obrero agrícola, sino que irá solamente en detrimento del terrateniente. El colono inglés, exclama este autor, no tiene nada que temer de la derogación de las leyes cerealistas, ya que ningún otro país podrá producir trigo de tan buena calidad y a precio tan bajo como Inglaterra. Por tanto, aunque descendiera el precio del trigo, ello no iría en perjuicio vuestro, ya que la baja afectaría solamente a la renta, haciéndola descender, y nunca a la ganancia industrial ni al salario, que se mantendrían incólumes. El segundo autor premiado, el señor Morse, sostiene, por el contrario, que el precio del trigo subirá como consecuencia de la derogación de las leyes cerealistas. Y se esfuerza enormemente en demostrar que los aranceles protectores jamás han asegurado al trigo un precio remunerador. Cita en apoyo de su aserto el hecho de que cuantas veces se importaba trigo del extranjero subía considerablemente, en Inglaterra, el precio del grano, el cual volvía a bajar en gran proporción cuando se importaba poco. El laureado autor se olvida de una cosa, y es que, lejos de ser la importación la causa del precio alto, era éste, el precio elevado, la causa de la importación.

A la inversa de su compañero de premio, el señor Morse afirma que toda subida en el precio del grano redunda en beneficio del arrendatario y del obrero, y no en beneficio del propietario de la tierra. El tercer laureado, el señor Greg, es un gran fabricante y su libro se dirige a la clase de los grandes arrendatarios, razón por la cual no podía atenerse a semejantes necedades. El lenguaje empleado por él es mucho más científico.

Reconoce que las leyes cerealistas sólo hacen subir la renta al elevar el precio del trigo y que elevan el precio del trigo por un camino solamente: el de imponer al capital la necesidad de invertirse en terrenos de calidad inferior, lo que se explica de un modo perfectamente natural. A medida que aumenta la población, y no pudiendo importarse trigo extranjero, no hay más remedio que echar mano de tierras menos fértiles, cuyo cultivo representa mayores gastos y cuyo producto sale, por consiguiente, más caro. El trigo es un producto de venta forzosa, lo que quiere decir que su precio se ajustará necesariamente al del grano cultivado en las tierras más costosas. La diferencia entre este precio y el costo de producción de las tierras mejores constituye la renta.

Por consiguiente, si, al derogarse las leyes cerealistas, baja el precio del trigo y desciende, a consecuencia de ello, la renta, será porque dejarán de cultivarse las tierras peores. Así, pues, la reducción de la renta determinará infaliblemente la ruina de una parte de los arrendatarios. Las anteriores observaciones eran necesarias para que se comprendiera el lenguaje del señor Greg.

Los pequeños arrendatarios, dice este autor, que no puedan seguir dedicándose a la agricultura encontrarán un medio de vida en la industria. Por lo que se refiere a los grandes arrendatarios, éstos saldrán ganando en la operación. Una de dos. O los propietarios de las tierras se ven obligados a vendérselas muy baratas, o concertarán con ellos contratos de arrendamiento a muy largo plazo. Y esto les permitirá invertir en las tierras grandes capitales, emplear maquinaria en mayor escala y economizar, de este modo, trabajo manual, el que, por otra parte, se abaratará a consecuencia del descenso general de los salarios, como resultado inmediato de la derogación de las leyes cerealistas.

El doctor Bowring ha santificado todos estos argumentos con una consagración religiosa, al gritar en un mitin público: ¡Jesucristo es el librecambio; el librecambio es Jesucristo! Fácilmente se comprende que toda esta hipocresía no servía, ni mucho menos, para hacer llegar el pan más barato a la boca de los obreros. Por otra parte, ¿cómo podían los obreros comprender la repentina filantropía de los fabricantes, que al mismo tiempo se dedicaban a luchar contra el proyecto de ley sobre la jornada de las diez horas, encaminado a reducir de doce horas a diez el tiempo diario de trabajo de los obreros fabriles?

Para darles una idea de cuál es la filantropía de estos industriales, les recordaré, señoras y señores, los reglamentos vigentes en todas las fábricas. Cada fabricante tiene para su uso particular un verdadero código, en que se establecen multas para sancionar todas las faltas, las voluntarias y las involuntarias. Por ejemplo, el obrero deberá pagar una multa si tiene la mala ocurrencia de sentarse en una silla, de murmurar, de hablar o de reírse, si llega unos cuantos minutos más tarde de la hora, si se rompe una pieza de la máquina, si los objetos fabricados no son de la calidad apetecida, etcétera. Las multas exceden siempre de la cuantía del daño realmente provocado por el obrero. Y, para dar a éste las máximas facilidades de que incurra en una de las penas sancionadas, se adelanta el reloj de la fábrica y se suministran al obrero materias primas defectuosas, con objeto de que él entregue piezas de mala calidad. Y se destituye al capataz o contramaestre que no demuestre ser lo bastante hábil para hacer que los casos de contravención se multipliquen.

Como ustedes ven, señores, esta legislación privada está hecha expresamente para dar nacimiento a las contravenciones, y las contravenciones se estimulan con objeto de sacar dinero. De este modo, el fabricante recurre a todos los medios a su alcance para reducir el salario nominal y explotar hasta los accidentes del trabajo que escapan al poder del obrero. Pues bien, estos industriales son los mismos filántropos empeñados en hacer creer a los obreros que están dispuestos a hacer enormes gastos con la única y exclusiva finalidad de mejorar la suerte de los trabajadores. Así, de una parte, escatiman y reducen del modo más mezquino el salario del obrero por medio de los reglamentos fabriles y, de otra parte, tratan de hacernos creer que están dispuestos a someterse a los mayores sacrificios para mejorar esos mismos salarios mediante la Liga contra las leyes de aranceles sobre el trigo.

Construyen con gran costo palacios en que la Liga establece, en cierto modo, su sede oficial; envían a todos los puntos de Inglaterra un ejército de misioneros encargados de predicar la religión del librecambio; imprimen y distribuyen gratis millares de folletos para ilustrar“al obrero acerca de sus propios intereses; gastan enormes sumas en ganar para su causa a la prensa; organizan un vasto aparato de administración para dirigir los movimientos librecambistas y despliegan en los mítines toda la plétora de su elocuencia. Fue en uno de estos mítines donde un obrero gritó: ¡Si los terratenientes vendieran nuestros huesos, seríais vosotros, los industriales, los primeros en comprarlos para triturarlos en un molino de vapor y convertirlos en harina!

Los obreros ingleses han comprendido perfectamente qué es lo que se ventila en la lucha entre los terratenientes y los capitalistas industriales. Saben perfectamente que se trataba de rebajar el precio del pan para rebajar los salarios y que la ganancia del capitalista aumentaría en la misma proporción en que disminuyera la renta.

Y, en este punto, se halla perfectamente de acuerdo con los obreros Ricardo, el apóstol de los librecambistas ingleses y el economista más descollante de este siglo.

He aquí lo que dice, en su famosa obra de Economía política: “Si, en vez de cosechar trigo en nuestro país, descubriésemos un nuevo mercado en el que pudiésemos adquirir este producto a mejor precio, los salarios tendrían que bajar y que aumentar las ganancias. La baja del precio de los productos agrícolas reduce los salarios, no sólo los de los obreros que trabajan en cultivar la tierra, sino también los de los empleados en la industria o en el comercio.” Y no creáis, señores, que el obrero le sea de todo punto indiferente no percibir más que 4 francos, al abaratarse el trigo, en vez de los 5 que antes percibía.

¿Acaso su salario no ha descendido, con respecto a la ganancia? ¿Y no es evidente que ha empeorado su situacióri social, comparada con la del capitalista? Pero no es esto sólo, sino que sale perdiendo, además, de hecho.

Cuando el precio del trigo era más alto y asimismo el salario, le bastaba con ahorrar un poco en el consumo del pan para poder procurarse otras satisfacciones. Desde el momento en que se abarate el pan y, como consecuencia de ello, descienda también la cuantía del salario, ya no podrá economizar casi nada en el pan para comprar otras cosas. Los obreros ingleses han hecho sentir a los librecambistas que no se dejan seducir por sus ilusiones y sus mentiras. Y si, a pesar de esto, se han prestado a aliarse a ellos en contra de los terratenientes fue, simplemente, para acabar con los últimos restos del feudalismo y no tener frente a sí más que un solo enemigo. Y los obreros no han errado en sus cálculos, pues los terratenientes, para vengarse de los industriales, han hecho causa común con los obreros, ayudándolos a llevar adelante la propuesta sobre la jornada de diez horas, que los obreros venían reclamando en vano desde hace treinta años y que fue votada inmediatamente después de abolirse los aranceles sobre los cereales.

En el congreso de los economistas, el doctor Bowring sacó del bolsillo una larga relación de todas las piezas de carne de res, jamón, tociño, pollos, etc., importadas en Inglaterra con destino, según él, al consumo de los obreros. Pero, desgraciadamente, se olvidó de decir una cosa, y es que en aquellos mismos momentos los obreros de Mánchester y de otras ciudades fabriles se veían lanzados a la calle por los inicios de la crisis.

En Economía política, por principio, no hay que fijarse nunca en las cifras de un solo año, para extraer de ellas leyes generales. Hay que tomar siempre el término medio de seis a siete años, que es el lapso de tiempo durante el cual la industria moderna pasa por las diferentes fases de prosperidad, superproducción, estancamiento y crisis, consumando su ciclo fatal.

No cabe duda de que, al bajar los precios de todas las mercancías, como consecuencia necesaria del librecambio, se podrá comprar por un franco mucho más cosas que antes. Y el franco del obrero vale tanto como cualquier otro. El librecambio, por tanto, resultará muy beneficioso para el obrero. Sólo hay un pequeño inconveniente con el que tropieza esto, y es a saber: que el obrero, antes de cambiar su franco por otras mercancías, ha empezado cambiando su trabajo por el capital. Si, en este cambio, siguiera recibiendo por el mismo trabajo el franco en cuestión y el precio de todas las demás mercancías bajase, el obrero saldría, indudablemente, beneficiado. La dificultad no está precisamente en demostrar que, descendiendo el precio de todas las mercancías, yo obtendría más artículos por el mismo dinero.

Los economistas se fijan siempre en el precio del trabajo en el momento en que se cambia por otras mercancías. Pero prescinden totalmente de aquel en que se opera el cambio entre el trabajo y el capital. Cuando suponga menos gastos el poner en movimiento la máquina que produce las mercancías, costarán también más baratas las cosas necesarias para entretener esta máquina llamada obrero. Si todas las mercancías cuestan menos, bajará también de precio el trabajo, que es igualmente una mercancía, y, como veremos más adelante, esta mercancía trabajo bajará de precio, proporcionalmente, mucho más que todas las otras mercancías. Si se dejara llevar de los argumentos de los economistas, el obrero se encontraría con que el franco se le había evaporado en el bolsillo y que sólo le restaban de él cinco centavos.

A esto os dirán los economistas: Sí, sí, convenimos en que la competencia entre los obreros, que indudablemente no disminuirá bajo el régimen del librecambio, no tardará en poner los salarios en consonancia con los bajos precios de las mercancías. Pero asimismo es evidente, por otra parte, que el bajo precio de las mercancías aumentará el consumo; y, a su vez, al aumentar el consumo aumentará también la producción, la mayor producción reclamará una demanda mayor de mano de obra y ésta traerá consigo un alza de los salarios.

Toda la anterior argumentación se reduce a sostener que el librecambio incrementa las fuerzas productivas. Si la industria va en aumento, si la riqueza, el poder productivo, el capital productivo, en una palabra, hace que aumente la demanda de trabajo, aumentarán también, consiguientemente, el precio del trabajo y, por tanto, los salarios. La condición más favorable para el obrero —se nos dice— es el incremento del capital. Y hay que convenir en que así es. Si el capital permanece estacionario, la industria no sólo se estancará, sino que declinará, y la primera víctima de ello serán los propios obreros. Estos se hundirán antes que el capitalista. Ahora bien, si el capital se incrementa, es decir, si se produce la situación que reconocemos ser la mejor para el obrero, ¿cuál será la suerte de éste? También, en estas condiciones, se hundirá el obrero. En efecto, el incremento del capital productivo implica la acumulación y la concentración de los capitales. La centralización de los capitales trae consigo una mayor división del trabajo y un empleo de maquinaria en mayor escala. La mayor división del trabajo acaba con la especialización del trabajador y acentúa la competencia entre los obreros, al sustituir esta especialidad por un tipo de trabajo que cualquiera está en condiciones de poder realizar. Y la competencia se agudiza tanto más cuanto que la división del trabajo permite a un solo obrero ejecutar la tarea de tres. Las máquinas, por su parte, logran el mismo resultado en escala mucho mayor. El incremento del capital productivo, al obligar a los capitalistas industriales a operar con recursos cada vez mayores, arruina a los pequeños industriales y los arroja a las filas del proletariado. Además, el tipo de interés disminuye a medida que los capitales se acumulan, con lo cual los pequeños rentistas, que ya no pueden vivir de sus rentas, no tienen más remedio que entregarse a la industria, para pasar a engrosar después el contingente de los proletarios.

Finalmente, cuanto más aumenta el capital productivo más obligados se ven a producir para un mercado cuyas necesidades desconocen, más se adelanta la producción al consumo, más impera la oferta sobre la demanda y trata de forzarla y más vemos, por consiguiente, cómo las crisis aumentan en rapidez y en intensidad. Y toda crisis, a su vez, acelera la centralización de los capitales e incrementa el proletariado. De este modo, a medida que aumenta el capital productivo se acrecienta, pero en proporciones mucho mayores, la competencia entre los obreros. La remuneración del trabajo disminuye para todos y la carga del trabajo aumenta para algunos.

En 1829 había en Mánchester 1.088 obreros hilanderos, que trabajaban en 36 fábricas. En 1941, había solamente 448 y tenían a su cargo 533.563 husos más que los 1.088 obreros de 1829. Suponiendo que el trabajo manual hubiese aumentado en proporción al poder productivo, el número de obreros había debido alcanzar la cifra de 1.848, lo que quiere decir que las mejoras de orden técnico privaron de trabajo a 1.100 obreros.

Conocemos de antemano la respuesta de los economistas. Estos hombres privados de trabajo —nos dicen los economistas— encontrarán ocupación para sus brazos en otro sitio. Es un argumento que el doctor Bowring no pudo por menos de emplear en el congreso de economistas, pero él mismo se encargó de refutarse.

En 1835, el doctor Bowring pronunció en la Cámara de los Comunes un discurso con motivo de los 50.000 tejedores londinenses que llevan ya muchísimo tiempo muriéndose de hambre, sin poder encontrar para sus brazos el nuevo empleo que los librecambistas les pintan en lontananza. Veamos los párrafos más salientes de este discurso del doctor Bowring. “La miseria de los tejedores manuales —dice el doctor Bowring— constituye la suerte inevitable de cualquier clase de trabajo que se aprende fácilmente y que puede, en cualquier momento, ser sustituido por medios más baratos. Como, en estos casos, es extraordinariamente grande la competencia entre los obreros, cualquier aflojamiento de la demanda provoca una crisis. Los tejedores manuales se hallan, en cierto modo, al borde mismo de la línea entre la vida y la muerte. Un paso más, y no pueden seguir viviendo. Cualquier conmoción, por pequeña que ella sea, los lanza a la hecatombe. Los avances de la técnica tienden a suprimir cada vez más el trabajo manual, lo que hace que infaliblemente provoquen, durante el período de transición, muchas penalidades temporales. El bienestar nacional se logra, necesariamente, a costa de muchos sufrimientos individuales. La industria sólo progresa a expensas de los que van a la zaga, y de todos los descubrimientos es el telar a vapor el que con mayor peso gravita sobre los tejedores manuales. El tejedor manual ha ido quedando fuera de combate en muchos artículos que antes se producían a mano, y no cabe duda de que saldrá también derrotado en muchas cosas que hoy se producen todavía por este medio.

’’Tengo en la mano —dice, más adelante— la correspondencia mantenida por el gobernador general con la compañía de las Indias orientales acerca de los tejedores del distrito de Dakka. El gobernador dice en sus cartas: hace algunos años, la compañía de las Indias orientales recibía de seis a ocho millones de piezas de algodón producidas en los telares del país. La demanda fue descendiendo gradualmente, hasta quedar reducida a un millón de piezas, sobre poco más o menos. En este momento, ha cesado casi por entero. Además, en 1800 la América del Norte importaba de la India casi 800.000 piezas de algodón. En 1830, no importaba ni siquiera 4.000. Por último, en 1800 se embarcaban para expedirlas a Portugal un^ millón de piezas de algodón. En cambio, en 1830, los envíos a este país quedaron reducidos a 20.000.

’’Los informes que poseemos de la miseria de los tejedores son espantosos. Ahora bien, ¿cuál ha sido la causa de esta miseria? ”La aparición en el mercado de los productos ingleses, la producción de tejidos por medio del telar de vapor. Un número enorme de tejedores han muerto de hambre; los demás han pasado a trabajar en otras actividades, sobre todo en los campos. Quien no estaba en condiciones de cambiar de trabajo quedaba condenado a muerte. En este momento, el distrito de Dakka se halla abarrotado de hilados y tejidos ingleses. La muselina de Dakka, célebre en el mundo entero por su belleza y por la solidez de su textura, ha quedado también eclipsada por la competencia de las máquinas inglesas. Seguramente que no sería fácil encontrar tal vez en toda la historia del comercio penalidades semejantes a las que de este modo se han visto obligadas a soportar clases enteras en las Indias orientales.” Lo que hace más notable y digno de atención este discurso del doctor Bowring es el hecho de que los datos en él aducidos son totalmente exactos y de que las frases con que trata de paliarlos presentan, en absoluto, el carácter hipócrita común a todos los sermones librecambistas. Para él, los obreros son, sencillamente, medios de producción que deben ser sustituidos por otros menos costosos. Aparenta ver en el trabajo de que habla un trabajo totalmente excepcional y en la máquina que ha hundido en la ruina a los tejedores una máquina también excepcional, be olvida de que todos los trabajos manuales pueden sufrir de un día para otro la misma suerte que el trabajo textil. . .

“El fin constante y la tendencia de todo perfeccionamiento introducido en el mecanismo son, en efecto, los de prescindir totalmente del trabajo del hombre o reducir el precio de éste, suplantando la acción de la mujer y del niño por la del obrero adulto o el trabajo del peón por el del obrero calificado. En la mayoría de los talleres de hilado a base de telares continuos, que los ingleses llaman throstle-mills, el trabajo de hilandería corre totalmente a cargo de muchachas de dieciséis años y aun menos. La introducción de la máquina automática en lugar de la mulljenny corriente 6trajo como consecuencia el despido de la mayoría de los hilanderos, reteniendo solamente a los niños y adolescentes. Estas palabras del más apasionado de los librecambistas, el doctor Ure, vienen a completar las confesiones del señor Bowring. Este habla de sufrimientos individuales y, al mismo tiempo, nos dice que estos sufrimientos individuales exterminan a clases enteras; nos habla de penalidades pasajeras en períodos de transición, pero, al mismo tiempo, no disimula que estas penalidades pasajeras fueron en la mayoría de los casos el paso de la vida a la muerte, y en los demás el paso de una situación mejor a otra peor. Y cuando, más adelante, nos asegura que las desgracias de estos obreros son inseparables de los avances de la industria y constituyen un mal necesario para el bienestar nacional, nos dice simplemente que el bienestar de la clase burguesa se halla necesariamente condicionado por los sufrimientos de la clase obrera.

Todo el consuelo que el señor Bowring prodiga a los obreros que perecen y, en general, toda la doctrina de la compensación que sientan los librecambistas se reduce a lo siguiente: Los miles de obreros condenados al hambre y a la ruina no debéis caer en la desolación. Podéis moriros tranquilamente. Pereceréis vosotros, pero nuestra clase no perecerá. Será siempre lo bastante numerosa para que el capital pueda diezmarla sin miedo a destruirla. Por lo demás, ¿cómo podría el capital encontrar una inversión útil si no dispusiera en todo momento de la materia explotable, de los obreros, susceptibles de ser explotados una y otra vez? Pero, además, ¿por qué plantear como un problema pendiente todavía de solución el del modo como la implantación del librecambio va a influir sobre la situación de la clase obrera? Todas las leyes establecidas por los economistas, desde Quesnay hasta Ricardo, se han formulado partiendo del supuesto de que dejen de existir las trabas que todavía entorpecen la libertad de comercio. Estas leyes van confirmándose a medida que se implanta el librecambio. La primera de ellas es la de que la competencia reduce el precio de toda mercancía al mínimo del costo de producción. Lo cual quiere decir que el salario mínimo constituye el precio natural del trabajo. ¿Y cuál es el salario mínimo? Exactamente lo necesario para producir lo estrictamente indispensable para el sustento del obrero, para que éste pueda alimentarse a duras penas y perpetuar su raza en la medida necesaria. ^ .

Lo cual no quiere decir que el obrero solo perciba este salario mínimo, ni tampoco que lo perciba siempre y bajo cualesquiera circunstancias. No; con arreglo a esta ley, la clase obrera será, a veces, más afortunada. Percibirá, en ocasiones, más del salario mínimo; sin embargo este superávit será, sencillamente, el suplemento de lo que habrá percibido por debajo del mínimo en los períodos de estancamiento industrial. Lo que significa que, en cierto lapso de tiempo, siempre periódico, dentro del ciclo que la industria recorre, pasando por las vicisitudes de prosperidad, superproducción, estancamiento y crisis y calculando todo lo que la clase obrera haya percibido por encima o por debajo de lo necesario, se llegará a la postre a la conclusión de que ha percibido, estrictamente, el mínimo que le correspondía; lo que vale tanto como afirmar que la clase obrera se mantendrá en pie como clase a costa de gran número de desgracias, miseria y cadáveres regados en el campo de batalla de la industria. Pero ¿qué importa? La clase sigue en pie y, mejor todavía, en número acrecentado. .

Y no es esto todo. Los progresos industriales se encargan de producir medios de vida menos costosos. Por ejemplo, el aguardiente viene a sustituir a la cerveza, el algodón suplanta a la lana y al lino y la patata pasa a ocupar el lugar del pan.

De este modo, el salario mínimo disminuye sin cesar, pues siempre se encuentra el medio de alimentar el trabajo con artículos menos caros y más miserables. El salario, que había comenzado haciendo trabajar al hombre para poder vivir, acaba imponiendo al hombre una vida de máquina. Su existencia no tiene más valor que el de una simple fuerza productiva, y el capitalista lo trata en consonancia con ello.

Esta ley de la mercancía trabajo, del salario mínimo, se comprueba en la medida en que se acredita como una verdad, como un hecho, la premisa de que parten los economistas, o sea el librecambio. Por tanto, una de dos: o se reniega de toda la Economía política basada en la premisa del librecambio o se reconoce que los obreros, bajo el régimen del librecambio, tienen necesariamente que sufrir todo el rigor de las leyes económicas.

Resumiendo: ¿qué es, pues, el librecambio, en el estado actual de la sociedad? La libertad del capital. Una vez que hayáis suprimido las contadas trabas nacionales que aún entorpecen el libre desarrollo del capital, no habréis hecho otra cosa que dejar a éste en plena libertad de acción. Mientras dejéis en pie la relación entre el trabajo asalariado y el capital, por muy favorables que sean las condiciones en que puedan cambiarse unas mercancías por otras, siempre habrá una clase explotadora y otra explotada. Le cuesta a uno realmente trabajo comprender la pretensión de los librecambistas, quienes se imaginan que un empleo más ventajoso del capital haría desaparecer el antagonismo entre capitalistas industriales y trabajadores asalariados. Por el contrario, lo que con ello se conseguirá será que resalte con claridad todavía mayor que ahora la contraposición entre estas dos clases.

Admitamos por un instante que se supriman las leyes cerealistas, los impuestos municipales y los aranceles aduaneros; es decir, que desaparezcan enteramente todas las circunstancias de orden accidental a las que el obrero pueda achacar la situación miserable en que se halla, y habremos desgarrado con ello otros tantos velos que ocultaban a sus ojos el verdadero enemigo. El obrero se convencerá, entonces, de que el capital, libre de sus trabas, lo sigue esclavizando, ni más ni menos que el capital sometido a los aranceles aduaneros.

Señores, no se dejen ustedes impresionar por la palabra libertad. ¿Libertad para qué? No se trata de la libertad de un individuo con respecto a otro. La libertad que se invoca es la que reclama el capital para poder aplastar al trabajador.

Se quiere que la libre concurrencia sea sancionada, además, por esta idea de libertad, que no es, en realidad, otra cosa que el producto de un estado de cosas basado en la libre concurrencia.

Hemos puesto de manifiesto lo que es la fraternidad nacida del librecambio entre las diferentes clases de una y la misma nación. No sería más fraternal, ni mucho menos, la fraternidad que el librecambio establecería entre las diferentes naciones de la tierra. Solamente a la burguesía se le podría ocurrir la idea de llamar fraternidad universal a la explotación en un plano cosmopolita. Todos los fenómenos destructores que la libre concurrencia provoca dentro de un país se reproducen en proporción aún más gigantesca en el mercado universal. Y no necesitamos perder más tiempo en examinar los sofismas que a este propósito pronuncian los librecambistas y que se hallan, sobre poco más o menos, a la altura de los argumentos de los tres autores premiados, de los señores Hope, Morse y Greg.

Se nos dice, por ejemplo, que el librecambio engendraría una división del trabajo sobre el plano internacional, que asignaría a cada país una producción en consonancia con sus ventajas naturales. Tal vez piensen ustedes, señores, que la producción de café y de azúcar es el destino natural reservado a las Indias occidentales. Pero he aquí que dos siglos antes la naturaleza, que no se preocupa para nada del comercio, no había hecho brotar allí ni un cafeto ni una caña de azúcar.

Y tal vez no pase ni medio siglo antes de que el café y el azúcar desaparezcan de aquellas tierras, pues las Indias orientales, con su producción más barata, se han encargado ya de combatir victoriosamente ese pretendido destino natural de las Indias occidentales. Estas Indias, con sus dones naturales, son ya hoy, para los ingleses, una carga tan pesada como los tejedores de Dakka, también destinados, al parecer, por la naturaleza desde los tiempos más remotos, a tejer a mano. Hay otra cosa que no debe perderse de vista nunca, y es que, al convertirse todo en monopolio, existen en nuestros días ciertas ramas industriales que dominan todas las demás y aseguran a los pueblos que más las explotan la dominación sobre el mercado universal. Así, vemos que, en el comercio internacional, el algodón tiene por sí solo mayor valor comercial que todas las demás materias primas juntas empleadas en fabricar vestidos. Y resulta verdaderamente ridículo ver a los librecambistas apuntar a las dos o tres especialidades de cada rama industrial para contrabalancear con ellas los productos de uso diario que salen más baratos en los países en que más desarrollada se halla la industria. No debe maravillarnos el que los librecambistas sean incapaces de comprender cómo puede enriquecerse un país a costa de otro, ya que esos mismos señores se niegan a comprender cómo, dentro de un país, puede una clase enriquecerse a expensas de otra.

Pero no vayan ustedes a creer, señores, que, al criticar la libertad de comercio, nos proponemos defender el sistema proteccionista. El ser enemigo del régimen constitucional no significa que se sea, por ese solo hecho, amigo del absolutismo.

Por lo demás, el sistema proteccionista es solamente un medio para crear en un pueblo la gran industria, es decir, para hacer depender a ese país del mercado universal, y, desde el momento en que se depende del mercado universal, se depende ya, en mayor o menor medida, del librecambio. Además, el proteccionismo contribuye a desarrollar la libre concurrencia dentro de un país. Por eso vemos que, en aquellos países en que la burguesía comienza a imponerse como clase, en Alemania, por ejemplo, hace grandes esfuerzos por implantar aranceles protectores. Estos derechos son, para ella, armas en contra del feudalismo y en contra del gobierno absoluto, un medio de concentrar sus fuerzas y de llevar a cabo el librecambio dentro del país mismo.

Pero, en general, en nuestros días, el sistema proteccionista es conservador, al paso que el librecambio es destructor. Este régimen desintegra las antiguas nacionalidades y lleva a sus últimas consecuencias el antagonismo entre la burguesía y el proletariado. En una palabra, el sistema de la libertad de comercio acelera la revolución social. En este sentido, exclusivamente, emito yo mi voto, señores, en favor del librecambio. Discurso pronunciado por Carlos Marx en la Asociación Democrática de Bruselas, en sesión pública de 9 de enero de 1848. Tomado de Karl Marx-Friedrich Engels, Historisck-kritische Gesamtausgabe, Sección primera, tomo VI, Berlín, 1932, págs. 435-447.