Friedrich Engels

[Proudhon]

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París.
Ayer hablábamos de los montagnards y de los socialistas, de la candidatura Ledru-Rollin y de la candidatura Raspail, de la “Réforme” y del “Peuple” del ciudadano Proudhon. Prometimos volver sobre Proudhon.

¿Quién es el ciudadano Proudhon?

El ciudadano Proudhon es un campesino del Franco Condado que ha pasado por diversos ramos de actividad y diversos estudios. Atrajo por vez primera la atención pública con un folleto publicado en 1842: “¿Qué es la propiedad?”. La respuesta decía: “La propiedad es el robo”.

La réplica sorprendente chocó a los franceses. El gobierno de Luis Felipe, el austère (severo) Guizot, que carece de órgano para el calembour, fue lo bastante estrecho de miras como para llevar a Proudhon ante los tribunales. Pero en vano. Ante cualquier jurado francés, una paradoja tan picante hace contar con la absolución. Y así ocurrió. El gobierno se cubrió de ridículo y Proudhon se hizo célebre.

En cuanto al libro mismo, correspondía en todas sus partes al resumen arriba indicado. Cada capítulo se resumía en una paradoja singular, en un modo que los franceses no habían visto hasta entonces.

Por lo demás, contenía en parte disertaciones jurídico-morales, en parte económico-morales, cada una de las cuales pretendía demostrar que la propiedad desemboca en una contradicción. En lo que atañe a los puntos jurídicos, puede concederse, en la medida en que nada hay más fácil que demostrar que toda la jurisprudencia, en general, desemboca en puras contradicciones. En lo que concierne a las disertaciones económicas, contienen poco de nuevo, y lo que

contienen de nuevo se basa en cálculos falsos. La regla de tres aparece por doquier lastimosamente maltratada.

Sin embargo, los franceses no pudieron acabar con el libro. A los juristas les resultaba demasiado económico, a los economistas demasiado jurídico, y a ambos demasiado moral. Après tout —decían al fin—, c’est un ouvrage remarquable. <No obstante, decían al fin, es una obra notable.>

Pero Proudhon aspiraba a triunfos mayores. Después de varios pequeños escritos caídos en el olvido, apareció por fin en 1846 su Philosophie de la misère, en dos voluminosos tomos. En esta obra, que había de fundar su fama para siempre, Proudhon aplicaba un método filosófico hegeliano gravemente maltratado a una economía política singularmente mal comprendida, y trataba de fundamentar, mediante toda suerte de saltos transcendentales, un nuevo sistema socialista de la libre asociación de los trabajadores. Este sistema era tan nuevo que en Inglaterra, bajo el nombre de Equitable Labour Exchange Bazaars u Offices, ya se había ido a la bancarrota diez veces en diez ciudades distintas diez años antes.

Esta obra pesada, pedante, voluminosa, en la que al fin no sólo todos los economistas habidos hasta entonces, sino también todos los socialistas habidos hasta entonces, se llevaban las mayores groserías, no causó la menor impresión en los frívolos franceses. Este modo de hablar y de razonar no se les había presentado aún y les gustaba mucho menos que las curiosas paradojas de la obra anterior de Proudhon. Cierto es que tampoco aquí faltaban paradojas por el estilo (así, Proudhon se declaraba muy seriamente “enemigo personal de Jehová”), pero estaban como sepultadas bajo el bagaje pretendidamente dialéctico. Los franceses volvieron a decir: C’est un ouvrage remarquable, y lo dejaron de lado. En Alemania, la obra fue acogida, naturalmente, con gran veneración.

Marx publicó entonces un escrito de refutación tan ingenioso como a fondo (Misère de la philosophie, réponse à la Philosophie de la misère, de M. Proudhon. Par Karl Marx, Bruxelles et Paris 1847), que en mentalidad y lenguaje es mil veces más francés que la pretenciosa monstruosidad de Proudhon.

En cuanto al contenido real de ambos escritos de Proudhon en materia de crítica de las relaciones sociales existentes, se puede decir, después de haberlos leído ambos, con la conciencia tranquila, que se reduce a cero.

En lo concerniente a sus propuestas de reforma social, tienen, como ya se ha dicho, la ventaja de haberse acreditado espléndidamente en Inglaterra, ya hace bastante tiempo, mediante múltiples bancarrotas.

Éste era Proudhon antes de la revolución. Mientras él se ocupaba aún en sacar adelante el diario “Le Représentant du peuple” sin capital, por medio de un cálculo que, por su desprecio de la regla de tres, no tiene parangón, los obreros de París se pusieron en movimiento, echaron a Luis Felipe y fundaron la república.

En virtud de la república, Proudhon se convirtió primero en “ciudadano”; en virtud de la elección de los obreros de París a favor de su honesto nombre socialista, se convirtió luego en representante del pueblo.

Con ello, la revolución había arrojado al ciudadano Proudhon de la teoría a la práctica, del rincón del enfurruñamiento a la palestra pública. ¿Cómo se comportó el autodidacta testarudo y altanero que había tratado con igual desprecio a todas las autoridades anteriores a él, juristas, académicos, economistas y socialistas, que había declarado toda la historia anterior como una pamema y se había erigido a sí mismo, por así decirlo, en nuevo mesías… cómo se comportó cuando él mismo debía contribuir a hacer historia?

Para honra suya hemos de decir que empezó por sentarse en la extrema izquierda, entre los mismos socialistas y votando con los mismos socialistas que tan profundamente despreciaba y a los que había atacado con tanta vehemencia tachándolos de ignorantes y arrogantes cabezas huecas.

Desde luego se quiere saber que en las reuniones de partido de la Montaña renovó con fresca violencia sus viejos y violentos ataques contra los adversarios de antaño, que los declaró a todos y cada uno de ellos ignorantes y charlatanes que no entendían ni el abecé de lo que hablaban.

Con gusto lo creemos. Incluso creemos de buena gana que las paradojas económicas proudhonianas, expuestas con la seca pasión y la convicción del doctrinarismo, pusieron en no pocos aprietos a los señores montagnards. Los menos entre ellos son teóricos de la economía y se apoyan más o menos en el pequeño Louis Blanc; y el pequeño Louis Blanc, aunque es una cabeza mucho más significativa que el infalible Proudhon, es de una naturaleza demasiado intuitiva como para poder acabar con la pedantesca pretensión económica, la extraña trascendencia y la aparente lógica matemática de Proudhon. Además, pronto tuvo que huir, y su grey, desorientada en el campo de la economía, quedó abandonada, sin protección, a las despiadadas garras del lobo Proudhon.

Que Proudhon, a pesar de todos estos triunfos, es un economista sumamente débil, es cosa que huelga repetir. Sólo que su lado débil no se halla precisamente en la esfera de la mayoría de los socialistas franceses.

Sin embargo, el mayor triunfo que jamás vivió, lo alcanzó Proudhon en la tribuna de la Asamblea Nacional. Con ocasión —ya no recuerdo cuál— tomó la palabra y enfureció a los burgueses de la asamblea durante hora y media con una serie ininterrumpida de auténticas paradojas proudhonianas, cada cual más descabellada que la anterior, pero todas calculadas para chocar del modo más grosero con los sentimientos más sagrados y queridos de los oyentes. Y todo ello expuesto con su seca indiferencia profesoral, en el dialecto apagado y profesoral del Franco Condado, en el estilo más seco e imperturbable del mundo… el efecto, el baile de San Vito de los furiosos burgueses, no estuvo nada mal. <Véase “Discurso de Proudhon contra Thiers”.>

Pero aquél fue también el punto culminante de la actividad pública de Proudhon. Entretanto, continuó trabajando a los obreros en favor de su teoría beatífica por medio del “Représentant du Peuple”, que salía adelante poco a poco y tras amargas experiencias con la regla de tres, y que pronto se transformó en liso y llano “Peuple”, así como en los clubs. No dejó de tener éxito. On ne le comprend pas, decían los obreros, mais c’est un homme remarquable. <No se le comprende, decían los obreros, pero es un hombre notable.>

Escrito a principios de diciembre de 1848.