«Neue Rheinische Zeitung» — El debate sobre Polonia en Frankfurt

El 27 de julio de 1848, tras un debate de tres días, la Asamblea Nacional en la Paulskirche de Fráncfort resolvió incorporar, es decir, anexar, la mayor parte de la porción de Polonia ocupada por Prusia a la Confederación Germánica. En la serie de artículos que aquí se reproduce, la *Neue Rheinische Zeitung* sometió el debate a una crítica mordaz y reiteró su posición estratégica, según la cual Polonia, como la «nación necesaria», debía ser restablecida como Estado reunificado e independiente, imponiéndolo mediante una guerra revolucionaria contra la Rusia zarista, lo cual, a su vez, era inseparable de la constitución de Alemania, Hungría e Italia como repúblicas.

Medio siglo después, Franz Mehring, en su prólogo a la edición en tres volúmenes de escritos de Marx y Engels, expuso el contexto histórico de estos artículos de actualidad en 1848 y formuló algunas observaciones críticas al respecto. Véase el artículo «La cuestión polaca» en nuestro archivo.

El informe de la comisión criticado por Engels, el informe oral de Stenzel al respecto, así como las intervenciones de los diputados en el debate, pueden consultarse en línea en la copia digitalizada de la Bayerische Staatsbibliothek:

Stenographischer Bericht über die Verhandlungen der deutschen constituirenden Nationalversammlung zu Frankfurt am Main. Publicado por acuerdo de la Asamblea Nacional a través de la comisión de redacción y por encargo de la misma por Franz Wigard, Frankfurt a. M., vol. 2, 1848, pp. 1124-1129.

Red.

El debate sobre Polonia en Frankfurt

Escrito por Friedrich Engels

[«Neue Rheinische Zeitung» núm. 70 del 9 de agosto de 1848]

[«Neue Rheinische Zeitung» núm. 73 del 12 de agosto de 1848]

[«Neue Rheinische Zeitung» núm. 81 del 20 de agosto de 1848]

[«Neue Rheinische Zeitung» núm. 82 del 22 de agosto de 1848]

[«Neue Rheinische Zeitung» núm. 86 del 26 de agosto de 1848]

[«Neue Rheinische Zeitung» núm. 90 del 31 de agosto de 1848]

[«Neue Rheinische Zeitung» núm. 91 del 1 de septiembre de 1848]

[«Neue Rheinische Zeitung» núm. 93 del 3 de septiembre de 1848]

[«Neue Rheinische Zeitung» núm. 96 del 7 de septiembre de 1848]

[«Neue Rheinische Zeitung» núm. 70 del 9 de agosto
1848]

Colonia
, 7 de agosto. La Asamblea de Fráncfort, cuyos debates, incluso en los momentos más excitados, jamás perdieron el carácter de una auténtica
bonhomía alemana, por fin se ha remontado a propósito de la cuestión de Posen. Aquí, donde la metralla prusiana y las dóciles resoluciones de la Dieta Federal le habían preparado el terreno, aquí tenía que adoptar una resolución decisiva; no cabía mediación posible; debía salvar el honor de Alemania o, una vez más, mancillarlo. La Asamblea ha correspondido a nuestras expectativas; ha sancionado las siete particiones de Polonia, ha echado sobre sus propios hombros la infamia de 1772, 1794 y 1815, descargando de ella los hombros de los príncipes alemanes.

¡Y más aún! La Asamblea de Fráncfort ha declarado que las siete particiones de Polonia fueron otros tantos beneficios prodigados a los polacos. ¿Acaso la irrupción violenta de la raza judeo-germánica no elevó a Polonia a una altura de cultura, a un grado de ciencia de los que antes el país no tenía ni la menor idea? ¡Polacos ciegos e ingratos! ¡Si no os hubieran repartido, vosotros mismos tendríais que suplicar a la Asamblea de Fráncfort la gracia de ser repartidos!

El párroco Bonavita Blank, en el monasterio de Paradies cerca de Schaffhausen, amaestraba urracas y estorninos para que entraran y salieran volando. Les había cortado la mitad inferior del pico, de modo que no podían buscar su alimento por sí mismos, sino que sólo podían recibirlo de su mano. Los filisteos, que desde lejos veían volar a los pájaros sobre los hombros del reverendo y tratarlo con confianza, admiraban su elevada cultura y ciencia. — Los pájaros, dice su biógrafo, lo
amaban
como a su
bienhechor
.

¡Y los polacos, atados, mutilados, marcados a fuego, no quieren amar a sus bienhechores!

No podemos describir mejor los beneficios otorgados a los polacos por medio del prusianismo que examinando el informe de la comisión de derecho internacional del erudito historiógrafo, el señor
Stenzel
, informe que sirve de base al debate.

El informe relata primero, en el estilo más corriente de los documentos diplomáticos, la formación del Gran Ducado de Posen en 1815 mediante «incorporación» y «unión». Después vienen las promesas hechas al mismo tiempo por Federico Guillermo III a los posnanios: mantenimiento de la nacionalidad, la lengua y la religión, nombramiento de un estatúder nativo, participación en la famosa constitución prusiana.

Es bien sabido lo que se ha cumplido de estas promesas. La libertad de comercio entre los tres fragmentos de Polonia, que el Congreso de Viena pudo acordar tanto más tranquilamente cuanto más irrealizable era, nunca entró en vigor, naturalmente.

Ahora viene la proporción de la población. El señor Stenzel calcula que en 1843 vivían en el Gran Ducado 790.000 polacos, 420.000 alemanes y casi 80.000 judíos, en total casi 1.300.000 habitantes.

A la afirmación del señor Stenzel se oponen las afirmaciones polacas, entre otras la del arzobispo Przyluski, según las cuales hay mucho más de 800.000 polacos, y descontando a los judíos, funcionarios y soldados, apenas 250.000 alemanes viven en Posen.

Atengámonos, sin embargo, a la afirmación del señor Stenzel. Es más que suficiente para nuestros fines. Admitamos, para ahorrarnos todo debate ulterior, que viven 420.000 alemanes en Posen. ¿Quiénes son estos alemanes, elevados a medio millón mediante la inclusión de los judíos?

Los eslavos son un pueblo predominantemente agrícola, poco apto para el ejercicio de los oficios urbanos, tal como hasta ahora eran posibles en los países eslavos. El tráfico comercial en su primera y más tosca fase, cuando era todavía mero regateo, se abandonó a los judíos buhoneros. Cuando la cultura y la población aumentaron, cuando se hizo sentir la necesidad de los oficios urbanos y de la concentración urbana, llegaron
alemanes
a los países eslavos. Los alemanes, que en general alcanzaron su máximo florecimiento en la pequeña burguesía de las ciudades imperiales medievales, en el lento comercio interior de caravanas y el limitado comercio marítimo, en la industria artesanal gremial de los siglos XIV y XV, demostraron su vocación de convertirse en los filisteos de la historia universal, sobre todo por el hecho de que hasta el día de hoy constituyen el núcleo de la pequeña burguesía de toda Europa oriental y septentrional, e incluso de América. En Petersburgo,

Moscú, Varsovia y Cracovia, en Estocolmo y Copenhague, en
Pest, Odesa y Jassy, en Nueva York y Filadelfia, los artesanos, tenderos y pequeños intermediarios son en gran parte, a menudo en su mayor parte, alemanes o de origen alemán. En todas estas ciudades hay barrios donde se habla exclusivamente alemán; algunas ciudades, como Pest, son incluso casi enteramente alemanas.

Esta inmigración alemana ha proseguido casi ininterrumpidamente, sobre todo en los países eslavos, desde los siglos XII y XIII. A partir de la Reforma, además, las persecuciones sectarias empujaron de vez en cuando a masas enteras de alemanes hacia Polonia, donde fueron acogidos con los brazos abiertos. En otros países eslavos, en Bohemia, Moravia, etc., la población eslava fue diezmada por las guerras de conquista de los alemanes y la población alemana aumentó por la invasión.

La situación es la más clara precisamente en Polonia. Los pequeñoburgueses alemanes, que están asentados allí desde hace siglos, jamás se han considerado políticamente como pertenecientes a Alemania, de igual modo que los alemanes de América del Norte, la «colonia francesa» de Berlín o los 15.000 franceses de Montevideo no se consideran como pertenecientes a Francia. En la medida en que era posible en las épocas de descentralización de los siglos XVII y XVIII, se convirtieron en polacos, polacos de habla alemana, y habían renunciado por completo desde mucho tiempo atrás a toda vinculación con la madre patria.

Pero, ¡han traído cultura, ilustración y ciencia, comercio e industria a Polonia! — Ciertamente, han traído el pequeño comercio y los oficios gremiales; con su consumo y el limitado tráfico que establecieron, han elevado en algún grado la producción. Acerca de una gran ilustración y ciencia, no se ha oído hablar mucho en toda Polonia hasta 1772, ni desde entonces en la Polonia austríaca y rusa; de la prusiana hablaremos más en detalle. En cambio, los alemanes en Polonia han impedido la formación de ciudades polacas con una burguesía polaca; han dificultado la centralización, el medio político más poderoso para el rápido desarrollo de un país, con su idioma diferente, con su aislamiento respecto de la población polaca, con sus mil veces diferentes privilegios y constituciones jurídicas urbanas. Casi cada ciudad tenía su propio derecho; más aún, en las ciudades mixtas a menudo existía y aún existe un derecho diferente para los alemanes, para los polacos y para los judíos. Los polacos de origen alemán han permanecido en el nivel más ínfimo de la industria; no han acumulado grandes capitales, ni han sabido apropiarse de la gran industria, ni se han apoderado de las extensas

relaciones comerciales. Hubo de llegar a Varsovia el inglés Cockerill para que la industria pudiera echar raíces en Polonia. El comercio al por menor, la artesanía y, a lo sumo, el comercio de cereales y la manufactura (tejeduría, etc.) en la escala más reducida: ésa era toda la actividad de los polacos de origen alemán. Y en los méritos de los polacos de origen alemán tampoco debe olvidarse que importaron a Polonia el filisteísmo alemán, la estrechez de miras pequeñoburguesa alemana, que reúnen en sí los malos atributos de ambas naciones sin los buenos.

El señor Stenzel pretende despertar la simpatía de los alemanes por los polacos de origen alemán:

«Cuando los reyes […] se volvieron cada vez más impotentes, sobre todo en el siglo XVII, y los campesinos polacos nativos ya no podían ser protegidos contra la más dura opresión de la nobleza, también decayeron las aldeas y ciudades alemanas, muchas de las cuales cayeron en posesión de la nobleza. Sólo las ciudades reales más grandes rescataron una parte de sus antiguas libertades» (léase: privilegios).

¿Acaso exige el señor Stenzel que los polacos hubieran debido proteger mejor a los «alemanes» (por lo demás, también «nativos») (léase: polacos de origen alemán) que a sí mismos? ¡Se comprende por sí mismo que los extranjeros inmigrados a un país no pueden exigir más que compartir los días buenos y malos con la población originaria!

Vengamos ahora a los beneficios que los polacos deben específicamente al gobierno prusiano.

En 1772, Federico II robó el distrito del Netze y al año siguiente se construyó el canal de Bromberg, que estableció una navegación interior entre el Oder y el Vístula.

«Las tierras, antes disputadas durante siglos entre Polonia y Pomerania, convertidas en páramos por innumerables devastaciones y vastas ciénagas, fueron ahora desbrozadas y pobladas por numerosos colonos.»

La primera partición de Polonia no fue, pues, un robo. Federico II sólo se apoderó de un territorio «disputado durante siglos». Pero ¿desde hacía cuánto tiempo no existía ya una Pomerania independiente que hubiera podido disputar ese territorio? ¿Desde cuántos largos siglos no había sido ya realmente disputado a los polacos? Y, en general, ¿qué pinta esa teoría herrumbrosa y podrida de las «disputas» y los «derechos reivindicados», que era suficientemente buena en los siglos XVII y XVIII para encubrir la desnudez de los intereses comerciales y de redondeo territorial, qué pinta en el año 1848, en el que todo derecho y toda injusticia históricos han perdido el suelo bajo los pies?

Por lo demás, el señor Stenzel debería tener en cuenta que, según esta doctrina de trastos viejos, la frontera del Rin entre Francia y Alemania «viene siendo disputada desde hace milenios», ¡y que los polacos podrían hacer valer pretensiones sobre la soberanía feudal de la provincia de Prusia e incluso de Pomerania!

Basta. El distrito del Netze se hizo prusiano y, con ello, dejó de ser «disputado». Federico II lo hizo colonizar por alemanes, y así surgieron los tan gloriosamente mencionados en el asunto de Posen «hermanos del Netze». La germanización desde el Estado comienza en el año 1773.

«Los judíos en el Gran Ducado son, según todos los datos fidedignos, enteramente alemanes y quieren seguir siéndolo... La tolerancia religiosa que en otro tiempo predominaba en Polonia, así como varias cualidades que faltaban a los polacos, han proporcionado a los judíos desde hace siglos una esfera de influencia profundamente incisiva» (en los bolsillos de los polacos, a saber) «en Polonia. Por regla general dominan ambas lenguas, aunque en sus familias, como desde jóvenes sus hijos, hablan alemán.»

La inesperada simpatía y el reconocimiento que los judíos polacos han encontrado últimamente en Alemania ha alcanzado aquí su expresión oficial. Denostados, hasta donde llega la influencia de la feria de Leipzig, como la encarnación más acabada del chalaneo, la roñosería y la suciedad, de pronto se han convertido en hermanos alemanes; el bonachón de Michel los estrecha contra su corazón con lágrimas de ternura, y el señor Stenzel los reclama en nombre de la nación alemana como alemanes que, además, quieren ser alemanes.

¿Y por qué no habrían de ser los judíos polacos alemanes auténticos? ¿Acaso no hablan «en sus familias, como desde jóvenes sus hijos, alemán»? ¡Y vaya alemán, por añadidura!

Por lo demás, hacemos notar al señor Stenzel que por esta vía puede reclamar para Alemania toda Europa y media América, incluso una parte de Asia. Como es sabido, el alemán es la lengua mundial judía. Tanto en Nueva York como en Constantinopla, en Petersburgo como en París «los judíos hablan en sus familias, como desde jóvenes sus hijos, alemán», y en parte un alemán todavía más clásico que los aliados «tribalmente afines» de los hermanos del Netze, los judíos de Posen.

El informe sigue ahora presentando las circunstancias de las nacionalidades de la manera más imprecisa posible y del modo más favorable a la supuesta medio millón de alemanes compuesta por alemanes de Polonia, hermanos del Netze y judíos. La propiedad territorial campesina de los alemanes sería mayor que la de los campesinos polacos (ya veremos cómo se produce eso). Desde la primera partición de Polonia, el odio entre polacos y alemanes, en particular los prusianos, ha llegado al máximo.

«Prusia, sobre todo, perturbó del modo más sensible las viejas costumbres <En la "Neue Rheinische Zeitung": justicias> y las instituciones consuetudinarias de los polacos mediante la introducción de sus ordenamientos estatales y administrativos particularmente rígidos» (¡vaya alemán!) «y su estricta aplicación.»

De qué modo tan prodigioso las medidas «rígidamente reglamentadas» y «estrictamente aplicadas» de la loable burocracia prusiana no solo perturbaron las viejas costumbres y las instituciones consuetudinarias, sino toda la vida social, la producción industrial y agrícola, el tráfico mercantil, la minería, en suma, todas las relaciones sociales sin excepción, de eso tienen maravillas que contar no solo los polacos, sino también los demás prusianos, y muy en particular nosotros, los renanos. Pero el señor Stenzel no habla aquí siquiera de la burocracia de 1807 a 1848, sino de la de 1772 a 1806, de los funcionarios del más genuino prusianismo de raigambre, cuya vileza, venalidad, codicia y brutalidad salieron tan brillantemente a la luz en las traiciones de 1806. Estos funcionarios habrían protegido a los campesinos polacos contra la nobleza y habrían cosechado pura ingratitud; ciertamente, los funcionarios habrían tenido que sentir «que todo, incluso dar e imponer cosas buenas, no compensa la pérdida de la independencia nacional».

También nosotros conocemos el modo en que los funcionarios prusianos, hasta en los últimos tiempos, acostumbraban a «darlo e imponerlo todo». ¿Dónde está el renano que no haya tenido que habérselas con funcionarios viejo-prusianos recién importados, que no haya tenido ocasión de admirar este incomparable y entremetido afán de saberlo todo mejor, este desvergonzado inmiscuirse en todo, esta amalgama de estrechez de miras e infalibilidad, esta grosería apodíctica! Entre nosotros, ciertamente, los señores viejo-prusianos pronto se desgastaban las aristas más duras; no tenían a su disposición hermanos del Netze, ni inquisición secreta, ni derecho territorial, ni apaleamiento reglamentario, y de la falta de esto último más de uno murió de pena. Pero cómo habrán campeado en Polonia, donde podían apalear y hacer inquisición en secreto a su antojo, eso no hace falta que nos lo describan.

Basta, el despotismo arbitrario prusiano supo hacerse tan querido que «ya después de la batalla de Jena se manifestó el odio de los polacos mediante un levantamiento general y la expulsión de los funcionarios prusianos». Con ello, la administración funcionarial llegó de momento a su fin.

Pero en 1815 volvió bajo una forma algo modificada. El «reformado», «cultivado», «incorruptible», «mejor» funcionariado probó fortuna con estos polacos de pelo hirsuto.

«Tampoco con la erección del Gran Ducado de Posen pudo restablecerse un buen entendimiento, ya que... el rey de Prusia no podía acceder entonces de ningún modo a organizar una sola provincia de manera enteramente autónoma y a hacer de su Estado, en cierto modo, un Estado federal.»

¡Así pues, según el señor Stenzel, el rey de Prusia «no podía acceder de ningún modo» a mantener sus propias promesas y los Tratados de Viena!

«Cuando en el año 1830 las simpatías de la nobleza polaca por el levantamiento de Varsovia suscitaron inquietudes y desde entonces se trabajó de manera planificada para eliminar paulatinamente, por medio de varias disposiciones (!), en particular mediante la compra, el desmembramiento y el reparto de fincas caballerescas polacas entre alemanes, ante todo a la nobleza polaca, el encono de esta contra Prusia fue en aumento.»

«¡Mediante varias disposiciones!» Mediante la prohibición de vender tierras subastadas a polacos y otras medidas de ese jaez, que el señor Stenzel cubre con el manto del amor.

¡Qué dirían los renanos si entre nosotros el gobierno prusiano hubiera prohibido igualmente vender tierras judicialmente enajenadas a renanos! Pretextos sobrados habría habido: para fundir la población de las provincias viejas y las nuevas; para hacer partícipes a los nativos de las provincias viejas de las bondades del parcelamiento y de la legislación renana; para inducir a los renanos a aclimatar también su industria en las viejas provincias mediante la inmigración, etc. ¡Razones bastantes para agraciarnos también a nosotros con «colonos» prusianos! ¡Cómo consideraríamos a una población que, con la competencia excluida, comprara nuestro suelo a precios irrisorios y, además, fuera apoyada en ello por el Estado; una población que nos fuera impuesta expresamente con el propósito de aclimatar entre nosotros el aguardiente del entusiasmo por Dios, el rey y la patria!

¡Y nosotros aún somos alemanes, hablamos la misma lengua que las provincias viejas! Pero en Posen, estos colonos eran enviados sistemáticamente, con inexorable regularidad, a los dominios, a los bosques, a las parceladas fincas caballerescas polacas, para desplazar a los polacos nativos y a su lengua de su propio país y para formar una provincia genuinamente prusiana que debía superar en fanatismo blanquinegro incluso a Pomerania.

Y para que los campesinos prusianos en Polonia no quedaran sin superiores naturales, se envió tras ellos a la flor y nata de la caballería prusiana, a un Tresckow, a un Lüttichau, quienes compraron allí igualmente fincas caballerescas a precios irrisorios y con anticipos del Estado.

Sí, después del levantamiento polaco de 1846 se formó toda una sociedad por acciones en Berlín, bajo la graciosa protección de altas, altísimas y todavía más altas personas, que tenía por objeto comprar fincas polacas para caballeros alemanes. Los hambrientos tragones de la nobleza de Brandeburgo y Pomerania preveían que el proceso polaco arruinaría a un montón de dueños de fincas caballerescas polacas, que sus fincas serían malbaratadas en breve a precio de ganga. ¡Qué pasto tan nutritivo para algún don Ranudo uckermarkés que se ahoga en deudas! ¡Una hermosa finca caballeresca casi gratis, campesinos polacos a quienes apalear y, encima, el mérito de haber puesto en deuda consigo al rey y a la patria... ¡qué brillante perspectiva!

Así surgió la tercera inmigración alemana a Polonia: campesinos prusianos y nobleza prusiana, que se establecieron por doquier en Posen y que, apoyados por el gobierno, acudieron con la intención manifiesta, no de germanizar, sino de apomeranizar. Si los burgueses alemanes de Polonia tenían la excusa de haber contribuido un poco a levantar el comercio, si los hermanos del Netze podían ufanarse de haber convertido algunos pantanos en tierra cultivable, a esta última invasión prusiana le faltó todo pretexto. Ni siquiera habían introducido el parcelamiento consecuentemente; la nobleza prusiana seguía los pasos a los campesinos prusianos.

["Neue Rheinische Zeitung" nº 73 del 12 de agosto de 1848]

** Colonia, 11 de agosto. Hemos examinado en el primer artículo la «base histórica» del informe Stenzel, en lo que atañe a la situación de Posen antes de la revolución. Hoy nos ocupamos de la historia del señor Stenzel sobre la revolución y la contrarrevolución en Posen.

«El pueblo alemán, siempre lleno de compasión por todo desgraciado» (mientras la compasión no cueste nada), «había sentido siempre profundamente la gran injusticia cometida por sus príncipes contra los polacos.»

Ciertamente, «sentido profundamente» en el silencioso corazón alemán, donde los sentimientos se alojan tan «hondo» que nunca estallan en hechos. Ciertamente, «compasión» mediante unas limosnas en 1831, mediante banquetes benéficos y bailes polacos, mientras se trataba de bailar, beber champán y cantar «¡Aún no está perdida Polonia!» a beneficio de los polacos. Pero hacer realmente algo serio, hacer realmente un sacrificio alguna vez —¡dónde se ha visto eso propio de la causa de los alemanes!

«Los alemanes tendieron sinceramente la mano fraterna, para expiar lo que sus príncipes habían delinquido antes.»

Ciertamente, si frases conmovedoras y charlas indolentes de café pudieran «expiar» algo, ningún pueblo aparecería en la historia tan puro como precisamente los alemanes.

«Pero en el mismo instante en que los polacos aceptaron» (a saber, la mano fraterna tendida), «ya se separaron los intereses y los objetivos de ambas naciones. Los polacos solo pensaban en la restauración de su antiguo reino, al menos en la extensión territorial anterior a la primera partición en el año 1772.»

¡Verdaderamente, solo el entusiasmo irreflexivo, confuso y a humo de pajas, que desde siempre ha sido uno de los principales adornos del carácter nacional alemán, pudo lograr que los alemanes se mostraran sorprendidos por la exigencia de los polacos! Los alemanes querían «expiar» la injusticia cometida contra Polonia. ¿Con qué comenzó esta injusticia? Por no hablar de traiciones anteriores, ciertamente con la primera partición de 1772. ¿Cómo había que «expiar» esto? Sin duda solo restableciendo el statu quo anterior a 1772, o, cuando menos, entregando los alemanes a los polacos aquello que les habían robado desde 1772. ¿Pero el interés de los alemanes se oponía a ello? Bien, si hablamos de intereses, ya no puede hablarse más de sentimentalidades acerca de «expiar», etc., háblese entonces el lenguaje de la práctica fría y despiadada, y ahórrensenos frases de brindis y sentimientos de generosidad.

Por lo demás, los polacos no han "pensado" en absoluto, en primer lugar, "solo" en la restauración de la Polonia de 1772. Lo que los polacos hayan "pensado", nos importa, en general, bien poco. Ellos exigían, por de pronto, solo la reorganización de toda Posen y hablaban de ulteriores eventualidades solo para el caso de una guerra germano-polaca contra Rusia.

En segundo lugar, "los intereses y fines de ambas naciones se separaban" solo mientras los "intereses y fines" de la Alemania revolucionada, en el plano del derecho internacional, siguieron siendo exactamente los mismos que los de la vieja Alemania absolutista. Alianza rusa, al menos paz con Rusia a cualquier precio, si ese es el "interés y fin" de Alemania, en Polonia todo tiene que seguir, ciertamente, como estaba. Pero más tarde veremos cuán idénticos son los intereses reales de Alemania con los de Polonia.

Ahora viene un pasaje amplio, confuso, embarazoso, en el que el señor Stenzel se explaya sobre la razón que asistía a los alemanes-polacos cuando querían, ciertamente, hacer justicia a los polacos, pero al mismo tiempo seguir siendo prusianos y alemanes. Que ese "ciertamente" haga imposible el "pero" y el "pero" el "ciertamente", es algo que, naturalmente, no le importa al señor Stenzel.

A esto se une una narración histórica igualmente amplia y confusa, en la que el señor Stenzel trata de demostrar en detalle que, con los "intereses y fines de ambas naciones que se separan" y con la exasperación mutua que por ello se acrecentaba constantemente, un choque sangriento era inevitable. Los alemanes se aferraban al interés "nacional", los polacos al mero interés "territorial". Es decir, los alemanes exigían la división del Gran Ducado según las nacionalidades, los polacos querían todo su antiguo territorio para sí.

Esto tampoco es cierto. Los polacos exigían la reorganización, pero declaraban al mismo tiempo estar completamente de acuerdo con la cesión de los distritos fronterizos mixtos, allí donde la mayoría fuese alemana y quisiera ser incorporada a Alemania. Solo que no se debía hacer a la gente alemana o polaca según el arbitrio de los funcionarios prusianos, sino según su propia voluntad.

La misión de Willisen, prosigue el señor Stenzel, tenía que fracasar, naturalmente, ante la resistencia (fingida, inexistente en parte alguna) de los polacos a la cesión de los distritos predominantemente alemanes. El señor Stenzel tenía a su disposición para su examen las declaraciones de Willisen sobre los polacos y las de los polacos sobre Willisen. Estas declaraciones impresas prueban lo contrario. ¡Pero eso es lo que pasa cuando, como dice el señor Stenzel, "se es un hombre que desde hace muchos años se ocupa de historia y se ha impuesto el deber de no decir nada falso y de no ocultar nada verdadero"!

Con la misma fidelidad que no oculta nada verdadero, el señor Stenzel pasa por alto con ligereza el canibalismo perpetrado en Posen, la vil ruptura de la fe jurada en la Convención de Jaroslawiec, las matanzas de Trzemeszno, Miloslaw y Wreschen, la devastadora furia de una soldadesca digna de la Guerra de los Treinta Años, sin mencionar de ello ni una sola sílaba.

El señor Stenzel llega ahora a las cuatro nuevas particiones de Polonia por el gobierno prusiano. Primero se desgajó el distrito del Netze junto con otros cuatro círculos (14 de abril); a ello se añadieron todavía algunas partes de otros círculos, con una población total de 593.390 cabezas, y se las hizo admitir en la Confederación Germánica (22 de abril). Luego se tomó adicionalmente la ciudad y fortaleza de Posen junto con el resto de la orilla izquierda del Warthe —otros 273.500 almas, es decir, en conjunto más del doble de lo que, incluso según datos prusianos, residen alemanes en toda Posen. Esto ocurrió por orden del gabinete del 26 de abril (en la "Neue Rheinische Zeitung" erróneamente: 29 de abril), y ya el 2 de mayo tuvo lugar la admisión en la Confederación Germánica. El señor Stenzel gimotea ahora ante la asamblea cuán absolutamente necesario es que Posen quede en manos alemanas, Posen, una importante, poderosa fortaleza, donde viven más de 20.000 alemanes (de los cuales la mayoría son judíos polacos), a quienes pertenecen 2/3 de toda la propiedad territorial, etc. Que Posen esté en medio de un país puramente polaco, que haya sido germanizado por la fuerza y que los judíos polacos no sean alemanes, eso es de lo más indiferente para personas que "nunca informan de lo falso y nunca silencian lo verdadero", ¡para historiadores de la fuerza de un señor Stenzel!

En fin, por razones militares no se podía dejar Posen de las manos. Como si no se hubiera podido arrasar esta fortaleza, que según Willisen es uno de los mayores errores estratégicos, y fortificar en su lugar Breslau. Pero se habían invertido en ella diez millones (dicho sea de paso, tampoco es cierto, apenas cinco millones), y es naturalmente más ventajoso conservar la cara obra de arte, y de paso 20 a 30 millas cuadradas de tierra polaca.

Pero una vez se tiene la "ciudad y fortaleza" de Posen, se presenta la ocasión más natural de tomar aún más.

"Mas para mantener la fortaleza, se verá uno obligado a asegurarle también los accesos desde Glogau, Küstrin y Thorn, así como un distrito de fortaleza hacia el este" (que solo necesitaba ser de 1.000 a 2.000 pasos, como el de Maestricht frente a Bélgica y Limburgo). "Con ello", prosigue sonriente el señor Stenzel, "se mantiene al mismo tiempo la posesión imperturbada del canal de Bromberg, pero también tendrán que ser incorporadas a la Confederación Germánica numerosas franjas en las que la población polaca es predominante".

Por todas estas razones, el conocido filántropo Pfuel von Höllenstein ha emprendido también dos nuevas particiones de Polonia, con lo que todos los deseos del señor Stenzel quedan satisfechos y tres cuartas partes de todo el Gran Ducado son incorporadas a Alemania. El señor Stenzel reconoce este procedimiento con tanta mayor gratitud cuanto que él, el historiador, en esta potenciada renovación de las Cámaras de Reunión de Luis XIV, tiene que ver manifiestamente que los alemanes han aprendido a aprovechar las lecciones de la historia.

Los polacos, opina el señor Stenzel, deben consolarse con que su parte es más fértil que el territorio incorporado, con que tienen mucha menos propiedad territorial que los alemanes y con que "ningún imparcial negará que el campesino polaco se encontrará en una situación mucho más tolerable bajo un gobierno alemán que el alemán bajo uno polaco"!! De lo cual la historia suministra curiosas pruebas.

Por último, el señor Stenzel grita a los polacos que también el pedacito que les ha quedado les bastará para prepararse, mediante el ejercicio de todas las virtudes ciudadanas,

"dignamente para el momento que el futuro les oculta todavía y que ellos, de manera muy excusable, tratan quizá de atraer con demasiada impaciencia.

'Hay', exclama con gran acierto uno de sus conciudadanos más perspicaces, 'una corona que también es digna de excitar vuestra ambición, ¡es la corona cívica!'. Un alemán puede añadir: ¡No brilla, pero es sólida!"

"¡Es sólida!" Pero aún más "sólidas" son las verdaderas razones de las renovadas cuatro particiones de Polonia por el gobierno prusiano.

¡Honrado ciudadano alemán! ¿Crees que las particiones se han emprendido para salvar a tus hermanos alemanes de la dominación polaca? ¿Para asegurarte en la fortaleza de Posen un baluarte contra todo ataque? ¿Para garantizar las rutas de Küstrin, Glogau y Bromberg, para asegurar el canal del Netze? ¡Qué engaño!

Se te ha engañado vilmente. Las nuevas particiones de Polonia se han hecho por ninguna otra razón que para llenar las cajas del Estado prusiano.

Las primeras particiones de Polonia hasta 1815 fueron un robo de tierras a mano armada, las particiones de 1848 son un robo.

¡Y ahora presta atención, honrado ciudadano alemán, a cómo se te ha engañado!

Tras la tercera partición de Polonia, Federico Guillermo II confiscó las tierras de los starostei polacos y los bienes pertenecientes al clero católico en beneficio del Estado. En particular, los bienes de la Iglesia constituían "una parte muy considerable de toda la propiedad territorial", como decía la propia declaración de toma de posesión del 28 de julio (en la "Neue Rheinische Zeitung" erróneamente: marzo) de 1796. Estos nuevos dominios fueron administrados o arrendados por cuenta real y eran tan extensos que para su administración tuvieron que erigirse 34 oficinas de dominios y 21 inspecciones superiores de bosques. A cada una de estas oficinas de dominios pertenecía una multitud de localidades; p. ej., a las 10 oficinas de la regencia de Bromberg, juntas, 636, y a la sola oficina de dominios de Mogilno, 127 localidades.

Además, Federico Guillermo II confiscó en 1796 los bienes y bosques del convento de monjas de Owinsk y los vendió al comerciante von Tresckow (antepasado del valeroso jefe de banda prusiano Tresckow de la última guerra de héroes); estos bienes consisten en 24 localidades junto con molinos y 20.000 fanegas de bosque, por valor de al menos 1.000.000 de táleros.

Además, las oficinas de dominios de Krotoschin, Rozdrazewo, Orpiszewo y Adelnau, por valor de al menos 2 millones de táleros, fueron cedidas en 1819 al príncipe de Thurn und Taxis como indemnización por la regalía de correos en varias provincias que recayeron en Prusia.

Federico Guillermo II había asumido la totalidad de los bienes con el pretexto de administrarlos mejor. A pesar de ello, sin embargo, estos bienes, propiedad de la nación polaca, han sido regalados, cedidos, vendidos, y el dinero de la venta ha fluido a la caja del Estado prusiano.

Las oficinas de dominios de Gnesen, Skorzencin, Trzemeszno han sido disueltas y enajenadas.

Quedan, pues, aún 27 oficinas de dominios y las inspecciones superiores de bosques en manos del gobierno prusiano, con un valor de capital de al menos veinte millones de táleros. Estamos dispuestos a demostrar, con el mapa en la mano, que estos dominios y bosques se encuentran todos —con muy pocas o ninguna excepción— en la parte incorporada de Posen. Para salvar este rico tesoro de toda reversión a la nación polaca, tenía que ser admitido en la Confederación Germánica; y como él no podía ir a la Confederación Germánica, la Confederación Germánica tenía que ir a él, y se incorporaron 3/4 de Posen.

Esta es la verdadera razón de las cuatro famosas particiones de Polonia en dos meses. No las reclamaciones de esta o aquella nacionalidad, no las pretendidas razones estratégicas han decidido: la ubicación de los dominios, la codicia del gobierno prusiano, ella sola, ha determinado la línea fronteriza.

Mientras los ciudadanos alemanes derramaban lágrimas de sangre por los ficticios sufrimientos de sus pobres hermanos en Posen, mientras se entusiasmaban por la seguridad de la Marca Oriental alemana, mientras se dejaban enardecer contra los polacos por informes mentirosos sobre barbaries polacas, el gobierno prusiano operaba en total silencio y ponía a salvo su rebaño. El entusiasmo alemán, sin fundamento ni sentido, no ha servido más que para encubrir el acto más sucio de la historia moderna.

¡Así, honrado ciudadano alemán, se la juegan tus ministros responsables!

Pero, en realidad, podías saberlo de antemano. Donde está implicado el señor Hansemann, nunca se trata de la nacionalidad alemana, de la necesidad militar y otras frases huecas semejantes, sino siempre de pago en efectivo y ganancia clara.

["Neue Rheinische Zeitung" Nr. 81 vom 20. August 1848]

Colonia, 19 de agosto. Hemos seguido el informe del señor Stenzel, base del debate, en sus detalles. Hemos demostrado cómo falsifica la historia antigua y moderna de Polonia y de los alemanes en Polonia, cómo tergiversa toda la cuestión, cómo el historiador Stenzel no solo se ha hecho culpable de falsificación intencionada, sino también de crasa ignorancia.

Antes de entrar en el debate mismo, tenemos que echar todavía una mirada a la cuestión polaca.

La cuestión de Posen, considerada por sí misma, carece enteramente de sentido, de posibilidad de solución. Es un fragmento de la cuestión polaca, y solo en y con esta puede ser resuelta. La frontera entre Alemania y Polonia solo podrá determinarse cuando Polonia vuelva a existir.

Pero, ¿puede Polonia volver a existir? ¿Lo hará? En el debate se ha negado esto.

Un historiador francés ha dicho: *Il y a des peuples nécessaires*: hay pueblos necesarios. A estos pueblos necesarios pertenece en el siglo XIX, incondicionalmente, el pueblo polaco.

Ahora bien, la existencia nacional de Polonia no es necesaria para nadie más que precisamente para nosotros, los alemanes.

¿En qué se apoya, para empezar, el poder de la reacción en Europa desde 1815, e incluso, en parte, desde la primera revolución francesa? En la Santa Alianza ruso-prusiano-austríaca. ¿Y qué mantiene unida a esta Santa Alianza? El reparto de Polonia, del que los tres aliados obtuvieron provecho.

La brecha que las tres potencias trazaron a través de Polonia es el lazo que las encadena entre sí; el robo común las ha hecho solidarias la una con la otra.

Desde el momento en que se cometió el primer despojo contra Polonia, Alemania cayó en la dependencia de Rusia. Rusia ordenó a Prusia y Austria que siguieran siendo monarquías absolutas, y Prusia y Austria tuvieron que obedecer. Los esfuerzos, de por sí flojos y timoratos, particularmente de la burguesía prusiana, por conquistar el poder, fracasaron completamente ante la imposibilidad de desprenderse de Rusia, ante el respaldo que Rusia ofrecía a la clase feudal-absolutista en Prusia.

A ello se sumó que, desde el primer intento de opresión de los aliados, los polacos no solo lucharon insurreccionalmente por su independencia, sino que se alzaron al mismo tiempo revolucionariamente contra sus propias condiciones sociales internas.

El reparto de Polonia se había llevado a cabo mediante la alianza de la gran aristocracia feudal en Polonia con las tres potencias repartidoras. No fue un progreso, como afirma el ex poeta señor Jordan; fue el último recurso de la gran aristocracia para salvarse de una revolución, fue reaccionario de cabo a rabo.

La consecuencia de la primera partición fue, muy naturalmente, una alianza de las restantes clases, es decir, de la nobleza, de la burguesía de las ciudades y, en parte, de los campesinos, tanto contra los opresores de Polonia como contra la gran aristocracia del propio país. Hasta qué punto comprendían ya entonces los polacos que su independencia hacia el exterior era inseparable del derrocamiento de la aristocracia y de la reforma agraria en el interior, lo demuestra la Constitución de 1791.

Los grandes países agrícolas entre el mar Báltico y el mar Negro solo pueden salvarse de la barbarie patriarcal-feudal mediante una revolución agraria que transforme a los campesinos siervos o sujetos a prestaciones personales en propietarios libres de la tierra, una revolución que es exactamente la misma que la francesa de 1789 en el campo. La nación polaca tiene el mérito de haber sido la primera en proclamarlo entre todos sus pueblos vecinos agrícolas. El primer intento de reforma fue la Constitución de 1791; en la insurrección de 1830, Lelewel declaró la revolución agraria como el único medio para salvar el país, pero fue reconocida por la Dieta demasiado tarde; en las insurrecciones de 1846 y 1848 fue proclamada abiertamente.

Desde el día de su opresión, los polacos actuaron revolucionariamente y con ello ataron a sus opresores tanto más firmemente a la contrarrevolución. Obligaron a sus opresores a mantener el estado de cosas patriarcal-feudal no solo en Polonia, sino también en sus demás países. Y particularmente desde el levantamiento de Cracovia de 1846, la lucha por la independencia de Polonia es al mismo tiempo la lucha de la democracia agraria —la única posible en Europa Oriental— contra el absolutismo patriarcal-feudal.

Así pues, mientras ayudemos a oprimir a Polonia, mientras mantengamos forjada una parte de Polonia a Alemania, mientras tanto permaneceremos forjados a Rusia y a la política rusa, mientras tanto no podremos quebrar a fondo el absolutismo patriarcal-feudal en nuestro propio país. La restauración de una Polonia democrática es la primera condición de la restauración de una Alemania democrática.

Pero la restauración de Polonia y su regulación fronteriza con Alemania no solo es necesaria, sino que es, con mucho, la más soluble de todas las cuestiones políticas que han surgido en Europa Oriental desde la revolución. Las luchas de independencia de los pueblos de todas las estirpes que están abigarradamente entremezclados al sur de los Cárpatos son de una naturaleza completamente distinta, costarán mucha más sangre, confusión y guerra civil que la lucha de independencia polaca y la fijación de la frontera entre Alemania y Polonia.

Se sobreentiende que no se trata de la restauración de una Polonia ficticia, sino de la restauración de un Estado sobre una base viable. Polonia debe tener al menos la extensión de 1772, debe poseer no solo los territorios, sino también las desembocaduras de sus grandes ríos, y debe poseer al menos una gran franja costera en el mar Báltico.

Todo esto podía garantizárselo Alemania y, con ello, asegurar al mismo tiempo sus intereses y su honor si, después de la revolución, en su propio interés, hubiera tenido el valor de exigir a Rusia, con las armas en la mano, la devolución de Polonia. Que, dada la mezcla de alemán y polaco en la frontera y particularmente en la costa, ambas partes tuvieran que ceder mutuamente algo, que algunos alemanes tuvieran que hacerse polacos, algunos polacos alemanes, se entendía por sí mismo y no habría planteado dificultad alguna.

Pero después de la media revolución alemana no se tuvo el valor de actuar tan decididamente. Pronunciar discursos pomposos sobre la liberación de Polonia, recibir a los polacos que pasaban en las estaciones de ferrocarril y ofrecerles las más ardientes simpatías del pueblo alemán (¿a quién no se las han ofrecido ya?) —eso se dejaba oír—; pero iniciar una guerra con Rusia, poner en cuestión todo el equilibrio europeo y, para colmo, entregar cualquier jirón del territorio robado —¡sí, como si uno no conociera a sus alemanes!—

¿Y qué era la guerra con Rusia? La guerra con Rusia era la ruptura completa, abierta y real con todo nuestro ignominioso pasado, era la liberación y unificación reales de Alemania, era la restauración de la democracia sobre las ruinas del feudalismo y del breve sueño de dominación de la burguesía. La guerra con Rusia era el único camino posible para salvar nuestro honor y nuestros intereses frente a nuestros vecinos eslavos y, particularmente, frente a los polacos.

Pero éramos filisteos y seguimos siendo filisteos. Hicimos unas cuantas docenas de revoluciones, pequeñas y grandes, a las que nosotros mismos temíamos aún antes de que estuvieran acabadas. Después de habernos llenado la boca de palabras, no llevamos absolutamente nada a cabo. La revolución, en lugar de ampliar nuestro horizonte, lo estrechó. Con la más pusilánime, limitada y mezquina filisteidad se trataron todas las cuestiones y con ello, naturalmente, se volvieron a comprometer nuestros intereses reales. Desde el punto de vista de esta mezquina filisteidad, la gran cuestión de la liberación de Polonia se redujo a la minúscula frase sobre la reorganización de una parte de la provincia de Posen; nuestro entusiasmo por los polacos se transformó en metralla y piedra infernal.

La única solución posible, la única que habría salvaguardado el honor de Alemania, los intereses de Alemania, lo repetimos, era la guerra con Rusia. No se osó hacerla, y lo inevitable ha ocurrido: la soldadesca de la reacción, derrotada en Berlín, levantó de nuevo su cabeza en Posen; bajo la apariencia de salvar el honor y la nacionalidad de Alemania, plantó la bandera de la contrarrevolución y aplastó a los revolucionarios polacos, nuestros aliados —y la estafada Alemania aclamó por un momento a sus victoriosos enemigos—. Se consumó el nuevo reparto de Polonia, y solo le faltaba la sanción de la Asamblea Nacional alemana.

Aún le quedaba a la Asamblea de Fráncfort un camino posible para reparar la cosa: habría tenido que excluir toda Posen de la Confederación Alemana y declarar la cuestión fronteriza como abierta, hasta que se pudiera negociar sobre ella *d'égal à égal* (como igual con igual) con la Polonia restaurada.

¡Pero eso habría sido pedir demasiado a nuestros profesores, abogados y pastores de la Asamblea Nacional de Fráncfort! La tentación era demasiado grande: ellos, los tranquilos ciudadanos que nunca habían disparado un fusil, debían, por medio del levantarse y permanecer sentados, conquistar para Alemania un país de 500 millas cuadradas, incorporar a 800.000 hermanos del Neze, alemanes-polacos, judíos y polacos, aunque fuera a costa del honor y de los intereses reales y duraderos de Alemania —¡qué tentación!—. Cayeron en ella, confirmaron el reparto de Polonia.

Por qué razones, lo veremos mañana.

["Neue Rheinische Zeitung" nº 82 del 22 de agosto de 1848]

Colonia, 21 de agosto. Pasamos por alto la cuestión previa de si los diputados de Posen deben co-deliberar y votar, y vamos directamente al debate sobre la cuestión principal.

El señor Stenzel, el ponente, lo abrió con un discurso terriblemente confuso y difuso. Se presenta como historiador y hombre concienzudo, habla de fortalezas y reductos, cielo e infierno, simpatías y corazones alemanes; se remonta al siglo XI para probar que la nobleza polaca siempre oprimió a los campesinos; utiliza algunos datos dispersos de la historia polaca como disculpa para un torrente interminable de los lugares comunes más triviales sobre nobleza, campesinos, ciudades, beneficios de la monarquía absoluta, etc.; disculpa en un lenguaje abrupto y embarazoso el reparto de Polonia; expone las disposiciones de la Constitución del 3 de mayo de 1791 en una confusión tan abigarrada que los miembros que hasta ahora no las conocían, ahora menos que nunca saben a qué atenerse; está a punto de pasar al Gran Ducado de Varsovia cuando es interrumpido por el grito estridente: «¡Esto va demasiado lejos!» y por el presidente.

El gran investigador histórico, completamente desconcertado, continúa con las siguientes conmovedoras palabras:

«Seré breve. Ahora se pregunta: ¿Qué queremos hacer? Esta pregunta es muy natural» (! literalmente). «La nobleza quiere restaurar el reino. Afirma ser democrática. No dudo de que lo diga con honestidad. Pero, señores míos, es natural (!) que algunos estamentos se hagan grandes ilusiones. Creo plenamente en la sinceridad, pero si príncipes y condes han de pasar al pueblo, entonces no sé cómo se llevará a cabo la fusión» (¡qué le importa eso tampoco al señor Stenzel!). «Eso es imposible en Polonia, etc.».

El señor Stenzel hace como si en Polonia nobleza y aristocracia fueran exactamente lo mismo. La *Histoire de Pologne* de Lelewel, que él mismo citó, el *Débat entre la révolution et la contrerévolution en Pologne* de Mieroslawski y una multitud de otros escritos más recientes podrían enseñar algo mejor al «hombre que se ocupa de la historia desde hace años». La mayoría de los «príncipes y condes» de los que habla el señor Stenzel son precisamente aquellos contra los que lucha la propia democracia polaca.

Por lo tanto, opina el señor Stenzel, hay que dejar caer a la nobleza con sus ilusiones y fundar una Polonia para el campesino (golpeando un pedazo de Polonia tras otro a Alemania).

«Tiendan más bien las manos a los pobres campesinos, para que estos asciendan, para que quizás (!) logren restaurar una Polonia libre, pero no solo restaurarla, sino también conservarla. ¡Eso, señores míos, es lo principal!».

Y entre los gritos de júbilo de los charlatanes nacionales del centro: «¡Muy bien!», «¡Excelente!», el historiador ebrio de victoria abandona la tribuna. Presentar la nueva partición de Polonia como una beneficencia para los campesinos polacos: tan sorprendente e insensato giro tenía que conmover hasta las lágrimas, por supuesto, a la masa de bonhomía y amor a la humanidad congregada en el centro de la Asamblea.

Sigue el señor Goeden, de Krotoszyn, un polaco‑alemán de pura cepa. Tras él sube a la tribuna el señor Senff, de Inowroclaw, un hermoso ejemplar modélico de hermano del Netze, sin doblez alguna, que se había hecho inscribir contra la moción de la comisión y que habló a favor de ella, de modo que un orador contrario a la moción fue estafado en su turno de palabra.

La manera como se presentan aquí los señores hermanos del Netze es la comedia más divertida del mundo y muestra una vez más de lo que es capaz un auténtico prusiano. Todos sabemos que los codiciosos agentes turbios judío‑prusianos de Posen combatían a los polacos en la más íntima armonía con la burocracia, con el cuerpo de oficiales real‑prusiano y con la aristocracia terrateniente de Brandeburgo y Pomerania; en suma, con todo lo reaccionario, con todo lo viejo‑prusiano. La traición a Polonia fue el primer alzamiento de la contrarrevolución, y nadie fue más contrarrevolucionario que precisamente los señores hermanos del Netze.

Y véase ahora a estos maestros de escuela y funcionarios furibundamente prusianos, con Dios por el rey y por la patria, aquí en Fráncfort, cómo declaran que su traición contrarrevolucionaria a la democracia polaca es una revolución, una revolución real y auténtica en nombre de la soberana hermandad del Netze; cómo pisotean el derecho histórico y exclaman sobre el supuesto cadáver de Polonia: ¡Sólo el que vive tiene razón!

Pero así es el prusiano: a orillas del Spree, por la gracia de Dios; a orillas del Warta, pueblo soberano; en el Spree, motín de la plebe; en el Warta, revolución; en el Spree, derecho histórico «que no tiene fecha alguna» (dicho de Lichnowski; véase pág. 351); en el Warta, derecho del hecho vivo que data de ayer… ¡y, a pesar de todo, sin doblez, honrado y leal en el fiel corazón prusiano!

Escuchemos al señor Goeden.

«Por segunda vez hemos de defender una causa que es de tal importancia, de tal trascendencia para nuestra patria, que, si no se hubiera acreditado por sí misma como absolutamente jurídica para nosotros (!), sería necesario hacerla tal (!!). Nuestro derecho hunde sus raíces menos en el pasado que en los *cálidos latidos*» (y sobre todo en los culatazos) «del *presente*.»

«El campesino y el burgués polacos se sintieron, mediante la» (prusiana) «toma de posesión, colocados en un estado de seguridad y bienestar como jamás habían conocido.» (Sobre todo desde las guerras polaco‑prusianas y las particiones de Polonia, no.)

«El quebrantamiento de la justicia que entraña la partición de Polonia ha sido plenamente expiado por la humanidad de su» (del alemán) «pueblo» (y especialmente por los palos de los funcionarios prusianos), «por su laboriosidad» (sobre propiedad territorial polaca robada y regalada) «y, en abril de este año, también por su *sangre*.»

¡La sangre del señor Goeden, de Krotoszyn!

«¡La *revolución* es nuestro derecho, y en virtud de ella estamos aquí!»

«Los títulos de nuestra legítima incorporación a Alemania no consisten en pergaminos amarillentos; no hemos sido adquiridos por matrimonio, ni por herencia, ni por compra o trueque; somos alemanes y pertenecemos a nuestra patria porque a ello nos impulsa una voluntad racional, jurídica, *soberana*, una voluntad condicionada por nuestra situación geográfica, nuestra lengua y costumbres, nuestro número (!), nuestra propiedad, pero sobre todo por nuestro sentir alemán y nuestro amor a la patria.»

«Nuestros derechos son tan seguros, tan profundamente enraizados en la *conciencia moderna del mundo*, ¡que ni siquiera hace falta un corazón alemán para tener que reconocerlos!»

¡Viva la voluntad soberana de la hermandad judío‑prusiana del Netze, fundada en la conciencia moderna del mundo, apoyada en la revolución de metralla y enraizada en los cálidos latidos del presente bajo la ley marcial! ¡Viva la germanidad de los sueldos de la burocracia posnanesa, del robo de bienes eclesiásticos y de starostías y de los adelantos en metálico à la Flottwell!

Tras el declamatorio caballero de la legitimación superior, llega el desvergonzado hermano del Netze. Para el señor Senff, de Inowroclaw, incluso la moción Stenzel es todavía demasiado cortés con los polacos, y por eso propone una redacción algo más grosera. Con el mismo descaro con que se había inscrito, bajo ese pretexto, como orador contra la moción, declaró que era una injusticia que clama al cielo excluir a los posnaneses de la votación:

«Creo que los diputados de Posen están llamados con mayor razón a votar, pues se trata precisamente de los derechos más importantes de quienes nos han enviado aquí.»

El señor Senff aborda luego la historia de Polonia desde la primera partición y la enriquece con una serie de falsificaciones intencionadas y mentiras flagrantes, ante las cuales el señor Stenzel parece el chapucero más lamentable. Todo lo soportable que existe en Posen debe su origen al gobierno prusiano y a los hermanos del Netze.

«Surgió el Gran Ducado de Varsovia. Los funcionarios prusianos fueron sustituidos por polacos, y en 1814 apenas quedaba rastro de lo bueno que el gobierno prusiano había hecho por esas provincias.»

El señor Senff tiene razón. Ni de la servidumbre de la gleba, ni de los pagos presupuestarios de distritos polacos a instituciones educativas prusianas, por ejemplo para la Universidad de Halle, ni de las extorsiones y brutalidades de los funcionarios prusianos que ignoraban el polaco, «quedaba rastro alguno». Pero Polonia aún no estaba perdida, pues Prusia volvió a prosperar por gracia de Rusia, y Posen retornó a Prusia.

Quien quiera saber algo más concreto sobre esto, que lea la memoria de Flottwell de 1841. Hasta 1830, el gobierno no hizo absolutamente *nada*. ¡Flottwell encontró sólo *cuatro* millas de calzada en todo el Gran Ducado! ¿Y hemos de enumerar los beneficios de Flottwell? El señor Flottwell, burócrata astuto, intentó sobornar a los polacos con construcciones de calzadas, navegabilidad de ríos, desecación de pantanos, etc., etc.; pero no los sobornó con dinero del gobierno prusiano, sino con *su propio dinero*. Todas aquellas mejoras se realizaron principalmente con fondos privados o de los distritos; y si el gobierno aportó aquí y allá algunos fondos, éstos no representaban más que la mínima parte de las sumas que extraía de la provincia en impuestos y del producto de los dominios nacionales y eclesiásticos polacos. Además, los polacos deben al señor Flottwell no sólo la persistencia de la suspensión de la elección de los consejeros territoriales por los distritos (desde 1826), sino, muy especialmente, la lenta expropiación de los terratenientes polacos mediante la compra, por el gobierno, de señoríos subastados, que sólo se revendían a alemanes bienintencionados (orden del gabinete de 1833). Un último beneficio de la administración Flottwell fue la mejora de la enseñanza. Pero ésta era, a su vez, una medida de prusianización. Las escuelas superiores debían prusianizar a los jóvenes nobles y a los futuros clérigos católicos; las inferiores, a los campesinos, mediante maestros prusianos. Lo que se pretendía con las instituciones educativas lo reveló, en un arrebato de indiscreción, el presidente de la regencia de Bromberg, el señor Wallach; escribe al presidente superior, el señor Beurmann, que ¡la lengua polaca es un *obstáculo principal* para la difusión de la cultura y el bienestar entre la población rural! Ciertamente, muy correcto, cuando el maestro de escuela no entiende polaco. — Por lo demás, quienes pagaban esas escuelas eran, de nuevo, los propios polacos, pues, en primer lugar, los institutos más numerosos e importantes, aunque no precisamente los que servían a la prusianización, fueron fundados y dotados con contribuciones privadas o por los estamentos provinciales, y, en segundo lugar, incluso las escuelas de prusianización se sostenían con las rentas de los conventos secularizados el 31 de marzo de 1833, y la caja del Estado sólo concedió 21.000 táleros anuales durante diez años. — Por lo demás, el señor Flottwell reconoce que todas las reformas partieron de los propios polacos. Que los mayores beneficios del gobierno prusiano consistieron en la percepción de considerables rentas e impuestos y en la utilización de los jóvenes para el servicio militar prusiano, lo calla el señor Flottwell no menos que el señor Senff.

En resumen, todos los beneficios del gobierno prusiano se reducen a la colocación de suboficiales prusianos en la región de Posen, ya sea como instructores de instrucción, maestros de escuela, gendarmes o recaudadores de impuestos.

No podemos detenernos en las demás sospechas infundadas contra los polacos ni en los datos estadísticos falsos del señor Senff. Baste decir que el señor Senff habla sólo para hacer odiosos a los polacos ante la Asamblea.

Sigue el señor Robert Blum. Como de costumbre, ofrece un discurso llamado «só‑li‑do», es decir, un discurso que contiene más sentimiento que razones y más declamación que sentimiento, y que, por lo demás, como pieza declamatoria —hemos de confesarlo— no produce mayor efecto que la conciencia moderna del mundo del señor Goeden de Krotoszyn. Polonia, el baluarte contra la barbarie nórdica — si los polacos tienen vicios, la culpa la tienen sus opresores — el viejo Gagern declara que la partición de Polonia es la pesadilla que oprime nuestra época — los polacos aman con ardor a su patria, y nosotros podríamos tomar ejemplo de ello — peligros que amenazan desde Rusia —– y si ahora en París triunfase la república roja y quisiera liberar Polonia por la fuerza de las armas, ¿qué entonces, señores? — Seamos imparciales, etc., etc.

Sentimos lástima por el señor Blum, pero cuando se despoja a todas esas hermosas cosas de su oropel declamatorio, no queda más que la más trivial charlatanería de café, aunque —lo reconocemos de buen grado— una charlatanería a gran escala y en obra sublime. Incluso cuando el señor Blum opina que la Asamblea Nacional debería proceder en Schleswig, Bohemia, el Tirol italiano, las provincias bálticas rusas y Alsacia, consecuentemente, con arreglo al mismo principio que en Posen, ésa es una razón que sólo vale frente a las mentiras nacionalitarias irreflexivas y la cómoda inconsecuencia de la mayoría. Y cuando opina que Alemania sólo puede negociar decentemente sobre Posen con una Polonia ya existente, no se lo negaremos, pero sí hemos de señalar que esa única razón fundada de su discurso ha sido expuesta cien veces y mucho mejor por los propios polacos, mientras que en boca del señor Blum se dispara, como flecha retórica roma, con «moderación y dulzura indulgente», sin fruto, contra el endurecido pecho de la mayoría.

El señor Blum tiene razón cuando dice que las metrallas no son argumentos, pero no la tiene —y él lo sabe— cuando, pretendidamente imparcial, se sitúa en un punto de vista «moderado» superior. Piense el señor Blum sobre la cuestión polaca…

[...] no verlo claro es su propia culpa. Pero que él 1. crea que puede imponerse ante la mayoría, siquiera que esta pida un informe al poder central, y 2. que se imagine que mediante el informe de esos ministros del poder central que en ocasión del 6 de agosto se doblegaron tan ignominiosamente ante las apetencias de soberanía prusianas..., mediante el informe de esos ministros va a obtener lo más mínimo, eso es grave para el señor Blum. Quien quiere sentarse en la “izquierda decidida”, el primer requisito es que deponga toda indulgencia clemente y que renuncie a imponer ante la mayoría cosa alguna, por mínima que sea.

Por lo demás, en la cuestión polaca, como siempre, casi toda la izquierda se deshace en declamaciones o incluso en fantásticas ensoñaciones, sin entrar ni remotamente en el material fáctico, en el contenido práctico de la cuestión. Y sin embargo, justamente aquí el material era tan abundante y los hechos tan contundentes. Para ello hace falta, ciertamente, estudiar la cuestión, cosa de la que uno puede ahorrarse, naturalmente, una vez que ha pasado por el purgatorio de las elecciones y ya no es responsable ante nadie.

Sobre las pocas excepciones volveremos en el curso del debate. Mañana dedicaremos unas palabras al señor Wilhelm Jordan, que no es ninguna excepción, sino que esta vez, literalmente y por buenas razones, corre con la gran manada.

["Neue Rheinische Zeitung" Nr. 86 del 26 de agosto de 1848]

** Köln, 25 de agosto. ¡Por fin abandonamos, gracias a Dios, la monótona llanura arenosa de la cotidiana charlatanería política para adentrarnos en las sublimes regiones alpinas del gran debate! ¡Por fin escalamos aquella cumbre que raja las nubes, donde las águilas anidan, donde el hombre mira cara a cara lo divino, desde donde contempla despreciativamente a los gusanos que allá abajo, muy abajo, bregan con los escasos argumentos del común entendimiento humano! ¡Por fin, después de las escaramuzas de un Blum con un Stenzel, un Goeden, un Senff von Inowroclaw, se abre la gran batalla en la que héroes ariostescos siembran el campo llano con las astillas de lanza de su espíritu!

Respetuosamente se abren las filas de los combatientes y, espada en alto, se precipita el señor Wilhelm Jordan, de Berlín.

¿Quién es el señor Wilhelm Jordan, de Berlín?

El señor Wilhelm Jordan, de Berlín, era, en la época de florecimiento del literatismo alemán, literato en Königsberg. Se celebraban asambleas semiprohibidas en el Böttchershöfchen; el señor Wilhelm Jordan acudió, leyó un poema: “El barquero y su dios”, y fue expulsado.

El señor Wilhelm Jordan, de Berlín, fue a Berlín. Allí se celebraban asambleas de estudiantes. El señor Wilhelm Jordan leyó un poema: “El barquero y su dios”, y fue expulsado.

El señor Wilhelm Jordan, de Berlín, fue a Leipzig. También allí había alguna que otra reunión inocente. El señor Wilhelm Jordan leyó un poema: “El barquero y su dios”, y fue expulsado.

El señor Wilhelm Jordan publicó, además, varios escritos: un poema, “Glocke und Kanone”; una colección de canciones populares lituanas, entre ellas productos de fabricación propia, en especial canciones polacas de su propia pluma; traducciones de George Sand; una revista, la inconcebible “begriffene Welt”, etc., al servicio del muy renombrado señor Otto Wigand, quien aún no ha llegado tan lejos como su original francés, el señor Pagnerre; asimismo, una traducción de la “Histoire de Pologne” de Lelewel, con prefacio entusiasmado por Polonia, etc.

La revolución llegó. En un lugar de la Mancha, cuyo nombre no quiero acordarme (palabras iniciales de la novela Don Quijote, de Cervantes) — en un lugar de la Mancha alemana, la Marca de Brandenburgo, donde crecen los Don Quijotes, en un lugar cuyo nombre no logro rememorar—, el señor Wilhelm Jordan, de Berlín, se presentó como candidato a la Asamblea Nacional Alemana. Los campesinos del distrito eran apaciblemente constitucionales. El señor Wilhelm Jordan pronunció varios discursos penetrantes, llenos de la más constitucional bonhomía. Los entusiasmados campesinos eligieron diputado al gran hombre. Apenas llegado a Fráncfort, el noble irresponsable se sienta en la izquierda “decidida” y vota con los republicanos. Los campesinos que, en su calidad de electores, habían engendrado a este Don Quijote parlamentario, le envían un voto de censura, le recuerdan sus promesas, le revocan. Pero el señor Wilhelm Jordan se siente tan poco ligado a su palabra como un rey, y continúa, en cada ocasión, haciendo resonar en la Asamblea su “Glocke und Kanone”.

Cada vez que el señor Wilhelm Jordan subía a la tribuna de la Paulskirche, en el fondo se limitaba a recitar un poema: “El barquero y su dios”, —con lo cual no se dice que mereciera ser expulsado.

Escuchemos el último repique de campanas y el más reciente estruendo de cañones del gran Wilhelm Jordan sobre Polonia.

“Creo más bien que tenemos que elevarnos al punto de vista de la historia universal, desde el cual ha de examinarse el asunto de Posen en su significado como episodio del gran drama polaco.”

De un tirón nos alza el poderoso señor Wilhelm Jordan muy por encima de las nubes, hasta el nevado y celestial Chimborazo del “punto de vista de la historia universal”, y nos abre la más inconmensurable de las perspectivas.

Aunque antes se recrea todavía un instante en el terreno cotidiano de la deliberación “especial”, y por cierto con no poca fortuna. Algunas muestras:

“Más tarde, el distrito del Netze —vino a Prusia por el tratado de Varsovia (es decir, la primera partición de Polonia) y desde entonces ha permanecido en poder de Prusia, si se quiere prescindir de la breve existencia intermedia del Ducado de Varsovia.”

Aquí, el señor Jordan habla del distrito del Netze por contraposición al resto de Posen. Él, el caballero del punto de vista histórico-universal, el conocedor de la historia polaca, el traductor de Lelewel, ¿a qué fuente sigue? A ninguna otra que al discurso del señor Senff von Inowroclaw. La sigue hasta el punto de olvidar por completo que también la otra parte, la de la Gran Polonia, “vino a Prusia en 1794 y desde entonces, si se quiere prescindir de la breve existencia intermedia del Ducado de Varsovia, ha permanecido en poder de Prusia”. Pero sobre esto no había hablado el hermano del Netze, Senff, y por eso el “punto de vista de la historia universal” no sabe otra cosa sino que la región de Posen “vino a Prusia” recién en 1815.

“Además, los distritos occidentales de Birnbaum, Meseritz, Bornst, Fraustadt han sido siempre, desde tiempo inmemorial, como ya se puede deducir de los nombres de esas ciudades, alemanes en su abrumadora mayoría de habitantes.”

Y el distrito de Miedzychod, señor Jordan, ¿era “desde tiempo inmemorial”, como ya se puede deducir del nombre, “polaco” en su abrumadora mayoría de habitantes? ¿No es cierto, señor Jordan?

Pero el distrito de Miedzychod no es otro que el distrito de Birnbaum. La ciudad se llama en polaco Miedzychod.

¡Qué apoyo encontrarán estas cámaras de reunión etimológicas del “punto de vista de la historia universal” en el cristiano-germánico señor Leo! Por no hablar de que Milán, Lieja, Ginebra, Copenhague, “como ya se puede deducir de los nombres, son alemanas desde tiempo inmemorial”, ¿no descubre acaso el “punto de vista de la historia universal”, “ya por los nombres”, la alemanidad inmemorial de Haimons-Eichicht, Welsch-Leyden, Jenau y Kaltenfelde? Ciertamente, el punto de vista histórico-universal se verá en apuros para encontrar en el mapa esos nombres alemanes inmemoriales, y deberá agradecer tan solo al señor Leo, que los ha fabricado él mismo, si llega a enterarse de que se trata de Le Quesnoi, Lyon, Génova y Campo Freddo.

¿Qué dirá el punto de vista de la historia universal cuando los franceses reclamen próximamente Colonia, Coblenza, Maguncia y Fráncfort (Cologne, Coblence, Mayence et Francfort) como tierra francesa desde tiempo inmemorial, y entonces, ay del punto de vista histórico-universal!

Mas no nos detengamos más en estas petites misères de la vie humaine <pequeñas miserias de la vida humana>, que ya les han ocurrido también a otros más grandes. Sigamos al señor Wilhelm Jordan, de Berlín, a las regiones superiores de su vuelo. Dice de los polacos que se los “quiere tanto más cuanto más lejos se está de ellos y cuanto menos se los conoce, y tanto menos cuanto más de cerca se los trata”, y que, por tanto, “esa simpatía no descansa tanto en una ventaja real del carácter polaco como en un cierto idealismo cosmopolita”.

Mas, ¿cómo explicará el punto de vista de la historia universal que los pueblos de la tierra tengan “cariño” a otro pueblo, no “cuando se alejan de él” ni cuando “se le acercan”, sino que con rara unanimidad desprecian, explotan, escarnecen y pisotean a ese pueblo? Ese pueblo son los alemanes.

El punto de vista de la historia universal dirá que esto descansa en un “materialismo cosmopolita”, y con eso queda a salvo.

Pero sin hacer caso de tan pequeñas objeciones, el águila histórico-universal bate sus alas cada vez más audaz, cada vez más alto, hasta que por fin, en el éter puro de la idea que es en y para sí, prorrumpe en el siguiente himno heroico-histórico-universal-hegeliano:

“Bien se puede siempre dar la razón a la historia que, en su marcha prefijada por la necesidad, aplasta con pie de hierro, implacable, a una nacionalidad que ya no tiene fuerza bastante para mantenerse entre naciones de igual rango; pero sería inhumano y bárbaro cerrarse a toda compasión ante el espectáculo de la larga pasión de un pueblo así, y bien lejos estoy de tal insensibilidad.” (¡Dios os lo recompensará, noble Jordan!) “Una cosa es sentirse conmovido por una tragedia, y otra muy distinta pretender, por decirlo así, revertir esa tragedia. Justamente la férrea necesidad a la que sucumbe el héroe es lo que convierte su destino en verdadera tragedia; e intervenir en la marcha de ese destino, querer detener y hacer girar una vez más hacia atrás, por compasión humana, la rueda de la historia que sigue rodando...”

... eso significaría exponerse uno mismo al peligro de ser aplastado por ella. ¡Querer restaurar Polonia solo porque su ocaso nos llena de justa aflicción: eso lo llamo yo una sentimentalidad imbécil!”

¡Qué plenitud de pensamiento! ¡Qué profundidad de sabiduría! ¡Qué lenguaje arrebatado! Así habla el punto de vista de la historia universal, cuando ha corregido a posteriori sus discursos estenografiados.

Los polacos tienen la alternativa: si quieren representar una “verdadera tragedia”, entonces deben dejarse triturar humildemente bajo el pie de hierro y la rueda rodante de la historia, y decir a Nicolás: ¡Señor, hágase tu voluntad!; o bien quieren rebelarse e intentar a su vez poner una vez el “férreo pie de la historia” sobre la nuca de sus opresores, en cuyo caso no representan ninguna “verdadera tragedia”, y el señor Wilhelm Jordan, de Berlín, ya no puede interesarse por ellos. Así habla el punto de vista de la historia universal estéticamente formado por el profesor Rosenkranz.

¿En qué consistía la inexorable, la férrea necesidad que aniquiló momentáneamente a Polonia? En la decadencia de la democracia nobiliaria basada en la servidumbre, es decir, en el surgimiento de una gran aristocracia dentro de la nobleza. Eso fue un progreso, en la medida en que era el único camino para salir del estado caduco de la democracia nobiliaria. ¿Cuál fue la consecuencia? Que el férreo pie de la historia, es decir, los tres autócratas del Oriente, aplastaron a Polonia. La aristocracia se vio obligada a aliarse con el extranjero para acabar con la democracia nobiliaria. La aristocracia polaca siguió siendo hasta hace poco, y en parte hasta hoy, la fiel aliada de los aplastadores de Polonia.

¿Y dónde reside la inexorable, la férrea necesidad de que Polonia vuelva a liberarse? En que la dominación de la aristocracia en Polonia, que desde 1815, al menos en Posen y Galitzia, y aun parcialmente en la Polonia rusa, no ha cesado, está hoy tan caduca y socavada como lo estaba en 1772 la democracia de la pequeña nobleza; en que la instauración de la democracia agraria no sólo se ha convertido para Polonia en una cuestión de vida política, sino también social; en que la fuente de existencia del pueblo polaco, la agricultura, se arruina si el campesino siervo o sujeto a prestación personal no se convierte en propietario libre de tierra; en que la revolución agraria es imposible sin la conquista simultánea de la existencia nacional, de la posesión de la costa del Báltico y de las desembocaduras de los ríos polacos.

¡Y a esto lo llama el señor Jordan de Berlín detener la rueda de la historia que sigue girando y querer hacerla retroceder una vez más!

Ciertamente, la vieja Polonia de la democracia nobiliaria está muerta y enterrada desde hace mucho, y ese señor Jordan es el único que puede pretender de alguien que deshaga la «verdadera tragedia» de aquella Polonia; pero ese «héroe» del drama ha engendrado un hijo robusto, cuyo trato más cercano podría atemorizar a más de un literato berlinés atildado; y ese hijo, que apenas se dispone a representar su drama y echar mano a la «rueda de la historia que sigue girando», pero cuya victoria es segura… ese hijo es la Polonia de la democracia campesina.

Un poco de pompa literaria ya gastada, un poco de desprecio del mundo postizo y afectado —lo que en Hegel era una audacia, en el señor Jordan se convierte en una necedad barata y manida—; en suma, un poco de campana y un poco de cañón, ruido y humo vertidos en malas frases, y además una confusión y una ignorancia inauditas acerca de las relaciones históricas más usuales: ¡a eso se reduce todo el punto de vista histórico-universal!

¡Viva el punto de vista histórico-universal con su mundo conceptualizado!

["Neue Rheinische Zeitung" Núm. 90 del 31 de agosto de 1848]

*Colonia*, 26 de agosto. El segundo día de batalla ofrece un espectáculo aún más grandioso que el primero. Cierto es que nos falta un Wilhelm Jordan de Berlín cuyos labios cautiven el corazón de todos los oyentes; pero conformémonos: un Radowitz, un Wartensleben, un Kerst y un Rodomont-Lichnowski tampoco son de despreciar.

El señor *Radowitz* sube primero a la tribuna. El jefe de la derecha habla breve, resuelto, calculador. No más declamación que la justamente necesaria. Falsas premisas, pero conclusiones apretadas y rápidas, extraídas de esas premisas. Apelación al *miedo* de la derecha. Sangre fría y certeza del éxito, basadas en la cobardía de la mayoría. Un desprecio profundo por toda la asamblea, a derecha e izquierda. Estos son los rasgos fundamentales del corto discurso que ha pronunciado el señor Radowitz, y comprendemos muy bien el efecto que estas pocas palabras, gélidas y sin pompa, tenían que producir en una asamblea acostumbrada a oír los ejercicios retóricos más pomposos y huecos. El señor Wilhelm Jordan de Berlín sería feliz si con todo su mundo de imágenes «conceptualizadas» y no conceptualizadas hubiera producido siquiera la décima parte del efecto logrado por el señor Radowitz con su corto discurso, en el fondo también completamente vacío.

El señor Radowitz no es un «carácter», no es un hombre honrado y de convicciones sólidas, pero es una figura de contornos afilados y definidos, de la que basta leer un solo discurso para conocerlo por entero.

Jamás hemos ambicionado el honor de ser órgano de una izquierda parlamentaria cualquiera. Por el contrario, dados los múltiples y diversos elementos de que se ha formado el partido democrático en Alemania, hemos considerado como una necesidad imperiosa vigilar a los demócratas más agudamente que a nadie. Y ante la falta de energía, de decisión, de talento y de conocimientos que, con muy pocas excepciones, encontramos en los líderes de todos los partidos, ha de alegrarnos hallar en el señor Radowitz al menos a un *adversario* a la altura.

Después del señor Radowitz, el señor Schuselka. A pesar de todas las advertencias precedentes, una conmovedora apelación al corazón. Exposición infinitamente prolija, interrumpida por raras objeciones históricas y, aquí y allá, por algo de entendimiento práctico austríaco. En conjunto, la impresión es fatigante.

El señor Schuselka ha ido a Viena, adonde también fue elegido para la Dieta imperial. Allí está en su lugar. Si en Fráncfort se sentaba en la izquierda, allí pasa al centro; si en Fráncfort podía desempeñar cierto papel, en Viena hace fiasco con su primer discurso. Tal es el destino de todas esas celebridades literarias, filosóficas y politicastras que no han utilizado la revolución más que para procurarse posiciones; ponedlas un instante sobre un terreno verdaderamente revolucionario, y en un santiamén han desaparecido.

Sigue el otrora conde *v. Wartensleben*. El señor Wartensleben se presenta como un hombre honrado, tranquilo y rebosante de benevolencia; cuenta anécdotas de su marcha como miliciano a la frontera polaca en 1830, se convierte en Sancho Panza espetando a los polacos refranes: «Más vale gorrión en mano que ciento volando», y consigue deslizar con toda inocencia la pérfida observación:

«¿A qué se debe el que ni siquiera se hayan encontrado funcionarios polacos que quisieran hacerse cargo de la reorganización en la parte que había de cederse? Temo que se temen a sí mismos, sienten que no están aún tan avanzados como para poder organizar tranquilamente a la población, y por ese motivo sólo alegan como pretexto que es el amor a la patria hacia Polonia lo que les impide poner siquiera el germen de un feliz resurgimiento.»

En otras palabras: los polacos llevan ochenta años luchando, sacrificando su vida y su fortuna sin cesar, por una causa que ellos mismos consideran imposible y absurda.

Finalmente, el señor Wartensleben comparte la opinión del señor Radowitz.

El señor Janiszewski, de Posen, miembro del Comité Nacional de Posen, sube a la tribuna.

El discurso del señor Janiszewski es la primera pieza de verdadera elocuencia parlamentaria que se pronuncia desde la tribuna de la Paulskirche. Por fin oímos a un orador que no se limita a buscar el aplauso de la sala, que habla el lenguaje de la pasión real y viva, y que precisamente por ello produce un efecto completamente distinto al de todos los oradores que le precedieron. La apelación de Blum a la conciencia de la asamblea, el rimbombante barato de Jordan, la fría consecuencia de Radowitz, la llana prolijidad de Schuselka, desaparecen por igual ante este polaco que defiende la existencia de su nación y reclama su buen derecho. Janiszewski habla excitado, violento, pero no declama; no hace más que exponer los hechos, con la justa indignación sin la cual es imposible pintar correctamente tales hechos, y que resulta doblemente justa tras las desvergonzadas deformaciones que se han vertido en el debate hasta ahora. Su discurso, que constituye en realidad el punto central del debate, refuta todos los ataques anteriores contra los polacos, repara todos los errores de los amigos de los polacos, reconduce el debate a su único terreno práctico y correcto, y de antemano corta de raíz los argumentos más sonoros a los oradores posteriores de la derecha.

«Os habéis tragado a los polacos, ¡pero no los digeriréis, por Dios!»

Este contundente resumen del discurso de Janiszewski perdurará, así como el orgullo con el que, frente a todas las lisonjas pedigüeñas de los amigos de los polacos, declara:

«No vengo a ustedes como un mendigo, vengo con mi buen derecho; no apelo a las simpatías, sino únicamente a la justicia.»

Después del señor Janiszewski, el señor director Kerst de Posen. Después del polaco que lucha por la existencia, por la libertad social y política de su pueblo, el maestro de escuela prusiano inmigrado a Posen, que lucha por su sueldo. Después de la hermosa, indignada pasión del oprimido, la llana desvergüenza del burócrata que medra con la opresión.

La partición de Polonia, «que hoy se llama una infamia», era en su momento «un acontecimiento completamente normal».

«El derecho de los pueblos a separarse según nacionalidades es un derecho nuevecito y en ninguna parte reconocido… En política sólo decide la situación de posesión fáctica.»

Tales son algunas de las frases contundentes en las que el señor Kerst basa su argumentación. Luego siguen las contradicciones más burdas:

«Con Posen ha venido a Alemania una franja de tierra, ciertamente de predominio polaco» — y no mucho después: «En lo que respecta a la parte polaca de Posen, ésta no ha solicitado la unión con Alemania y, por lo que sé, señores, ustedes no están dispuestos a acoger esa parte contra su voluntad.»

A ello se enlazan datos estadísticos sobre las condiciones de la población; datos según los célebres censos de los hermanos de la red, conforme a los cuales sólo cuentan como polacos los que no entienden alemán, y como alemanes todos los que chapurrean algo de alemán. Y, por último, un cálculo sumamente artificioso en el que recuenta que, en la votación de la Dieta provincial de Posen, la minoría de 17 contra 26 que votó a favor de la unión con Alemania era en realidad la mayoría.

«Según la ley provincial, ciertamente sería necesario que la mayoría hubiese de ser de 2/3 para que tuviera capacidad resolutoria. Ahora bien, 17 no son, desde luego, 2/3 completos de 26, ¡pero la fracción que falta es tan pequeña que, en una cuestión tan seria, no puede tomarse en consideración!»

Es decir: ¡si la minoría es 2/3 de la mayoría, entonces es, «según la ley provincial», la mayoría! La vieja Prusia condecorará al señor Kerst por este descubrimiento. — Pero, en realidad, la cosa es así: Para hacer una proposición, se necesitaban 2/3 de los votos a favor. La admisión en la Confederación Germánica era una de esas proposiciones. Así pues, la admisión no estaba legalmente propuesta hasta que 2/3 de la asamblea, 2/3 de 43 votantes, se pronunciaran a favor. En lugar de ello, casi 2/3 votaron en contra. Pero ¿de qué sirve? ¡17 son casi «2/3 de 43»!

Que los polacos no sean una nación tan «culta» como los ciudadanos del «Estado de la inteligencia» es muy comprensible cuando el Estado de la inteligencia les da a tales maestros del cálculo por profesores.

El señor *Clemens* de Bonn hace la acertada observación de que al gobierno prusiano no le ha importado germanizar Posen, sino prusianizarlo, y compara los intentos de prusianización de Posen con los intentos análogos en Renania.

El señor *Ostendorf* de Soest. El hijo de la tierra roja lee un repertorio de trivialidades políticas y de politicastrerías, se explaya en posibilidades, probabilidades y conjeturas que van de una cosa a otra, del señor Jordan a los franceses, de la república roja a los pieles rojas de Norteamérica, con los que pone a los polacos al mismo nivel, como hacen los hermanos de la red con los yanquis. ¡Audaz paralelismo, digno de la tierra roja! El señor Kerst, el señor Senff, el señor Goeden convertidos en colonos de los bosques con cabaña de troncos, rifle y pala… ¡qué incomparable comedia!

El señor
Franz Schmidt
de Löwenberg sube a
la tribuna. Habla con calma y sin pompa, lo cual es tanto más de reconocer cuanto que el señor
Schmidt pertenece a un estamento que, por lo demás, ama la declamación sobre todas las cosas,
el estamento de los clérigos católico-alemanes. El señor Schmidt, cuyo discurso, después del de Janiszewski,
es en todo caso el mejor, por ser el más contundente y el mejor informado de todo el debate, el señor
Schmidt demuestra a la comisión cómo detrás de su aparente despliegue de erudición
(cuyo contenido hemos examinado <Véase
págs. 319-331
>) se
oculta la ignorancia más ilimitada acerca de las relaciones realmente existentes.
El señor Schmidt ha vivido durante años en el Gran Ducado de Posen y le demuestra a la
comisión, incluso para el pequeño distrito que conoce más de cerca, los más burdos
desatinos. Muestra cómo la comisión, precisamente en todos los puntos decisivos, ha
dejado sin esclarecimiento a la Asamblea, cómo la exhorta directamente a decidir a ciegas, sin material alguno,
sin ningún conocimiento de la causa. Exige ante todo esclarecimiento sobre la situación fáctica
de las cosas. Demuestra cómo las propuestas de la comisión están en contradicción con sus
propios presupuestos; cita la memoria de Flottwell y le exige a éste, que también está presente como diputado,
que se presente si dicho documento es falso. Denuncia por último ante el público cómo los
confabulados se allegaron a Gagern y pretendieron moverlo a una rápida conclusión del debate mediante
la falsa noticia de una insurrección estallada en Posen. Gagern lo niega ciertamente,
pero el señor Kerst se ha jactado de ello en voz alta.

La mayoría se ha vengado del señor Schmidt por este discurso valiente
cuidando de falsearlo en los informes
estenográficos. En un pasaje, el señor Schmidt ha corregido por tres veces el absurdo intercalado,
y no obstante, ha permanecido en la impresión. Tambores contra
Schlöffel <Véase
"La Asamblea de Frankfurt", pág.
16
>, violencia abierta contra Brentano, falsificación contra Schmidt; ¡en verdad, los
señores de la derecha son unos finos críticos!

El señor Lichnowski clausura la sesión. Pero a este amigo nos lo reservamos para
el próximo artículo; ¡a un orador del calibre del señor Lichnowski no se lo despacha de cualquier manera!

["Neue Rheinische Zeitung" núm. 91 del 1 de septiembre de 1848]

Colonia
, 31 de agosto. Sube a la tribuna, con porte caballerosamente galante
y sonrisa complacida, el bel homme <hombre hermoso> de la
Asamblea, el Bayardo alemán sin miedo y sin tacha, el ex príncipe (artículo 6 de los derechos

fundamentales) de
Lichnowski
. Con el acento más puro
del teniente prusiano y con desdeñosa despreocupación recita las
pocas virutas de pensamiento que tiene que comunicar a la Asamblea.

El hermoso caballero constituye en este debate un momento absolutamente necesario. Quien
aún no se haya convencido suficientemente con los señores Goeden, Senff y Kerst
de qué gentes tan respetables son los polacos alemanes, puede ver en el caballero Lichnowski
qué fenómeno tan antiestético es –a pesar de la figura agraciada– el eslavo
aprusianado. El señor Lichnowski es el pariente tribal de los polacos alemanes, completa las
actas con su mera aparición en la tribuna. El slachcic <noble polaco> de la Wasserpolackei,
absorbido por el junker plantacolas prusiano, nos suministra un ejemplo vivo de lo que el
amoroso gobierno prusiano se propone hacer con la nobleza posnense. El señor Lichnowski, pese a todas
sus aseveraciones, no es ningún alemán, es un polaco "reorganizado"; tampoco habla alemán,
sino prusiano.

El señor Lichnowski comienza con la aseveración de su caballerosa simpatía por los
polacos, le hace cumplidos al señor Janiszewski, reivindica para los polacos "la gran poesía
del martirio" y luego cambia repentinamente de tono: ¿Por qué han disminuido estas simpatías?
¡Porque en todas las insurrecciones y revoluciones "los polacos estuvieron en primera línea en
las barricadas"! Éste es ciertamente un crimen que no volverá a presentarse tan pronto como los polacos
estén "reorganizados"; por lo demás, podemos dar al señor Lichnowski la tranquilizadora
seguridad de que también entre la "emigración polaca", también entre la nobleza polaca
en el exilio, tan degradada según él, hay gentes que se mantuvieron completamente
incontaminadas de todo contacto con las barricadas.

Ahora viene una escena divertida.

Lichnowski
: "¡Los señores de la izquierda, que pisotean los
pergaminos amarillentos, han invocado de manera llamativa el derecho
histórico. No hay ningún derecho, una fecha, para la causa polaca que pueda reclamar más que otra.
Para el derecho histórico no hay una fecha no." (Grandes risas en la izquierda.)

"Para el derecho histórico no hay una fecha no." (Grandes risas en
la izquierda.)

Presidente
: "Señores míos, dejen que el orador termine la frase,
no lo interrumpan."

Lichnowski
: "El derecho histórico no tiene un fecha no." (Risas en la
izquierda.)

Presidente
: "Ruego que no se interrumpa al orador,
¡pido silencio!" (Agitación.)

Lichnowski
: "¡No hay para el derecho histórico una fecha" (bravo y
jovialidad en la izquierda) "que, frente a una fecha anterior, pudiera
reivindicar un derecho mayor!"

¿No teníamos razón al decir que el noble caballero no habla alemán, sino
prusiano?

El derecho histórico, que no tiene un fecha no, encuentra un terrible adversario en nuestro
noble paladín:

"Si retrocedemos más en la historia, encontramos" (en Posen) "muchos círculos que eran
silesios y alemanes; si retrocedemos aún más, llegamos a la época en que Leipzig y
Dresde fueron construidas por eslavos, y luego llegamos a Tácito, y Dios
sabe a dónde nos conducirían los señores si entráramos en este tema."

Mucho tiene que andar mal en el mundo. Las fincas de la caballería prusiana tienen que estar
irremediablemente hipotecadas, los acreedores judíos tienen que haberse vuelto terriblemente apremiantes,
los vencimientos de las letras de cambio tienen que estar precipitándose,
la subasta, la prisión corporal, la destitución del servicio por contraer deudas temerarias,
todos estos horrores de la pálida penuria financiera tienen que amenazar a la caballería prusiana con
la ruina inexorable, para que se haya llegado al punto de que un Lichnowski combata el mismo
derecho histórico por el cual él se ganó las espuelas de caballero en la mesa redonda de Don Carlos.

¡Por cierto, Dios sabe a dónde conducirían los señores alguaciles a la esmirriada caballería
si quisiéramos entrar en el tema del derecho histórico de las deudas! Y sin embargo, ¿no son las
deudas la mejor, la única cualidad disculpante de los paladines prusianos?

Pasando a su tema, el bel homme opinó que, frente a los polacos alemanes, no se debía "presentarse
con la imagen confusa de un futuro de Polonia que yace en las más lejanas tinieblas
(!)"; opina que los polacos no se conformarían con Posen:

"Si yo tuviera el
honor
de ser polaco, pensaría todas las mañanas y
todas las noches en restaurar el viejo reino de Polonia."

Pero como el señor Lichnowski no "tiene el honor", como es tan sólo un waterpolaco reorganizado,
piensa "todas las mañanas y todas las noches" en cosas totalmente distintas, menos patrióticas.

"Para ser honesto, debo decir que algunos cientos de miles de polacos tienen que convertirse en alemanes,
lo cual, dicho con franqueza, tampoco sería una desgracia para ellos según las
circunstancias actuales."

Al contrario, ¡qué hermoso sería que el
gobierno prusiano estableciese un nuevo semillero para dejar crecer aún más la madera
de la que se cortan los Lichnowski!

De la misma manera amablemente despreocupada, calculada en el fondo para las damas de la
galería, pero aún suficientemente buena para la Asamblea misma, el caballero que se atusa el bigote
sigue charlando un rato más y termina luego:

"Ya no tengo nada más que decir, decidan ahora; acojan entre nosotros a 500.000 alemanes
o entréguenlos, ... pero entonces borren también la canción de nuestro viejo
cantor popular: 'Hasta donde suena la lengua alemana y canta Dios en el cielo'.
¡Borren esta canción!"

Es ciertamente una lástima que el viejo Arndt, en su canción, no haya pensado en los judíos
polacos y su alemán. Pero, felizmente, nuestro paladín de la Alta Silesia está aquí. ¿Quién no conoce
las viejas obligaciones de la nobleza para con los judíos, venerables en el curso de los siglos? De lo
que el viejo plebeyo pasó por alto, de eso se acuerda el caballero Lichnowski.

Hasta donde un judío polaco chapurrea el alemán,
presta con usura, falsifica moneda y peso;
¡hasta ahí llega la patria del señor Lichnowski!

["Neue Rheinische Zeitung" núm. 93 del 3 de
septiembre de 1848]

Colonia
, 2 de septiembre. El tercer día del debate muestra una fatiga
general. Los argumentos se repiten sin mejorar, y si el primer
honorable orador, el ciudadano
Arnold Ruge
, no presentase su rico tesoro de nuevas razones,
el informe estenográfico se quedaría completamente dormido.

Pero el ciudadano Ruge conoce también sus méritos mejor que cualquier otro. Promete:

"Toda
mi
pasión,
que tengo, y
todos
mis
conocimientos
, que poseo, los voy a aplicar."

Hace una propuesta que no es, sin embargo, una propuesta común, ninguna propuesta en general,
sino la propuesta única y correcta, la
verdadera
propuesta, la propuesta absoluta:

"
No hay absolutamente nada más que proponer ni que sea admisible
. Se puede hacer otra cosa,
señores míos, pues le está dado al hombre apartarse de lo correcto.

Por el hecho de apartarse de lo correcto, por eso el
hombre tiene una voluntad libre... pero por eso no deja de ser correcto lo correcto.
Y en nuestro caso, lo que propongo es lo único
correcto,
lo que puede hacerse." (El ciudadano Ruge sacrifica, pues, esta vez su "voluntad libre" a lo "correcto".)

Examinemos más de cerca la pasión, los conocimientos y lo único correcto del ciudadano Ruge.

"La supresión de Polonia es una vergonzosa injusticia, porque fue reprimido un valioso desarrollo
de la nación que ha contraído grandes méritos en torno a la familia de pueblos europeos
y que había desarrollado una fase de la existencia medieval, el espíritu caballeresco,
hasta una figura esplendorosa. La república nobiliaria fue interrumpida por el despotismo
en la realización de su propia (!) superación interna, que habría sido posible
mediante la constitución iniciada en la época revolucionaria."

La nacionalidad sur-francesa no estaba en la Edad Media más emparentada con la nor-francesa de lo que hoy lo está la polaca con la rusa. La nación sur-francesa, vulgarmente provenzal, no sólo tuvo en la Edad Media un «valioso desarrollo», sino que incluso se halló a la cabeza del desarrollo europeo. Fue la primera de todas las naciones modernas en poseer una lengua culta. Su arte poética sirvió de modelo entonces insuperable a todos los pueblos románicos, e incluso a los alemanes e ingleses. En la formación de la caballería feudal rivalizó con los castellanos, los nor-franceses y los normandos ingleses; en la industria y el comercio no cedió en nada a los italianos. No sólo desarrolló «una fase de la existencia medieval» hasta «una forma esplendorosa», sino que incluso hizo surgir un reflejo del antiguo helenismo en lo más profundo de la Edad Media. La nación sur-francesa no sólo se ha ganado, pues, grandes, sino infinitos «méritos para con la familia de los pueblos europeos». Sin embargo, fue, como Polonia, primero dividida entre el norte de Francia e Inglaterra, y luego totalmente subyugada por los nor-franceses. Desde las guerras albigenses hasta Luis XI, los nor-franceses, que en cultura estaban tan por detrás de sus vecinos del sur como los rusos por detrás de los polacos, libraron incesantes guerras de subyugación contra los sur-franceses y terminaron con el sometimiento de todo el país. La «república nobiliaria» sur-francesa (denominación enteramente correcta para su época de florecimiento) «fue interrumpida por el despotismo» (Luis XI) «para realizar su propia superación interior», la cual habría sido por lo menos tan posible mediante el desarrollo de la burguesía de las ciudades como la de la polaca mediante la Constitución de 1791.

Durante siglos, los sur-franceses lucharon contra sus opresores. Pero el desarrollo histórico fue inexorable. Después de trescientos años de lucha, su hermosa lengua había sido rebajada a patois, y ellos mismos se habían convertido en franceses. Trescientos años duró el despotismo nor-francés sobre el Mediodía de Francia, y sólo entonces repararon los nor-franceses su opresión —aniquilando los últimos restos de independencia sur-francesa. La Constituyente destruyó las provincias independientes; el puño de hierro de la Convención hizo de los habitantes del sur de Francia, por primera vez, franceses, y a cambio de su nacionalidad les dio la democracia. Pero a esos trescientos años de opresión se les aplica literalmente lo que el ciudadano Ruge dice de los polacos:

«El despotismo de Rusia no ha liberado a los polacos; la destrucción de la nobleza polaca y el destierro de tantas familias nobles de Polonia, todo eso no ha fundado en Rusia democracia alguna, ninguna existencia humana».

Y, sin embargo, nunca se ha tildado de «vergonzosa injusticia» la opresión del sur de Francia por los nor-franceses. ¿A qué se debe esto, ciudadano Ruge? O la opresión del sur de Francia es una vergonzosa injusticia, o la opresión de Polonia no lo es. El ciudadano Ruge puede elegir.

Pero ¿en qué reside ahora la diferencia entre polacos y sur-franceses? ¿Por qué el Mediodía de Francia fue remolcado como lastre inerme por los nor-franceses hasta la completa aniquilación de su nacionalidad, mientras que Polonia tiene todas las perspectivas de ponerse muy pronto a la cabeza de todas las tribus eslavas?

El Mediodía de Francia se convirtió —en virtud de relaciones sociales que no podemos desarrollar aquí— en la parte reaccionaria de Francia. Su oposición contra el Norte de Francia se transformó muy pronto en oposición contra las clases progresivas de toda Francia. Se convirtió en el principal baluarte del feudalismo y ha seguido siendo hasta hoy la fuerza de la contrarrevolución en Francia.

Polonia, en cambio, se convirtió, en virtud de las relaciones sociales que hemos desarrollado más arriba (N.º 81 <Véanse págs. 331-335>), en la parte revolucionaria de Rusia, Austria y Prusia. Su oposición contra sus opresores era al mismo tiempo oposición contra la alta aristocracia dentro de la propia Polonia. Incluso la nobleza, que en parte se asentaba aún en el terreno feudal, se adhirió con una abnegación sin precedentes a la revolución democrático-agraria. Polonia se había convertido ya en el hogar de la democracia de Europa oriental, cuando Alemania todavía andaba a tientas en la más ramplona ideología constitucional y en la más exaltada ideología filosófica.

En esto, y no en el esplendoroso desarrollo de una caballería hace tiempo sepultada, reside la garantía, la inevitabilidad de la restauración de Polonia.

Pero el señor Ruge tiene aún un segundo argumento en favor de la necesidad de una Polonia independiente dentro de la «familia de los pueblos europeos»:

«La violencia ejercida sobre Polonia, esa violencia ha dispersado a los polacos por toda Europa; han sido arrojados por doquier con su ira por la injusticia sufrida… el espíritu polaco se ha humanizado y purificado en Francia, en Alemania (!?): la emigración polaca se ha convertido en la propaganda de la libertad» (N.º 1). «… Los eslavos se han vuelto capaces de ingresar en la gran familia de los pueblos europeos» (¡la «familia» es inevitable!) «porque… su emigración ejerce un verdadero apostolado de la libertad» (N.º 2). «… ¡Todo el ejército ruso (!!) está infectado por las ideas de la época moderna a través de esos apóstoles de la libertad, los polacos» (N.º 3). «… Respeto la actitud honorable que los polacos han manifestado en toda Europa para hacer propaganda, por la fuerza, de la libertad» (N.º 4). «… Serán honrados en la historia, mientras ésta pueda hablar, por haber sido los paladines» (N.º 5), «donde lo han sido (!!!) … Los polacos son el elemento de la libertad» (N.º 6), «que fue arrojado en el mundo eslavo; ellos han conducido el congreso eslavo de Praga hacia la libertad» (N.º 7), «ellos han actuado en Francia, Rusia y Alemania. Los polacos son, pues, un elemento actuante también en la cultura actual, actúan bien, y porque actúan bien, porque son necesarios, no están muertos en modo alguno.»

El ciudadano Ruge debe demostrar que los polacos 1) son necesarios y 2) no están muertos. Lo hace diciendo: «Porque son necesarios, no están muertos en modo alguno».

Extráigase del largo pasaje precedente, que dice siete veces lo mismo, las pocas palabras: Polacos — elemento — libertad — propaganda — cultura — apostolado, y véase lo que queda de toda esa ampulosidad.

El ciudadano Ruge debe demostrar que la restauración de Polonia es necesaria. Lo demuestra del siguiente modo: Los polacos no están muertos, al contrario, están muy vivos, actúan bien, son los apóstoles de la libertad en toda Europa. ¿Cómo han llegado a eso? La violencia, la vergonzosa injusticia cometida contra ellos, los ha dispersado por toda Europa con su ira por la injusticia sufrida, su justa ira revolucionaria. Esta ira la han «purificado» en el destierro, y esta ira purificada los ha capacitado para el apostolado de la libertad y los ha puesto «en primera línea en las barricadas». ¿Qué se sigue de ello? Suprimid la vergonzosa injusticia, la violencia ejercida, restableced Polonia, y entonces desaparecerá la «ira», ya no podrá ser purificada, los polacos regresarán a casa y dejarán de ser los «apóstoles de la libertad». Si sólo la «ira por la injusticia sufrida» los hace revolucionarios, la eliminación de la injusticia los hará reaccionarios. Si la reacción contra la opresión es lo único que mantiene vivos a los polacos, suprimid la opresión y estarán muertos.

El ciudadano Ruge demuestra, pues, exactamente lo contrario de lo que quiere demostrar; sus razones llevan a la conclusión de que Polonia, en interés de la libertad y de la familia de los pueblos europeos, *no debe ser restaurada*.

Por lo demás, arroja una luz singular sobre los «conocimientos» del ciudadano Ruge el hecho de que, al hablar de Polonia, sólo mencione la emigración, y sólo vea a la emigración en las barricadas. Estamos muy lejos de querer menospreciar a la emigración polaca, que ha demostrado su energía y su valor en el campo de batalla y en dieciocho años de conspiración por Polonia. Pero no podemos negarlo: quien conoce la emigración polaca sabe que estuvo muy lejos de ser tan apostólicamente libertaria y tan ávida de barricadas como el ciudadano Ruge, de buena fe, repite de lo que dice el ex príncipe Lichnowski. La emigración polaca ha resistido con firmeza, ha sufrido mucho y ha trabajado mucho por la restauración de Polonia. Pero ¿acaso los polacos en la misma Polonia han hecho menos? ¿Acaso no han desafiado peligros mayores, no se han expuesto a las mazmorras de Moabit y del Spielberg <monte con la ciudadela cerca de Brünn>, al knut y a las minas siberianas, a las matanzas de Galitzia y a los shrapnels prusianos? Pero todo eso para el señor Ruge no existe. Tampoco ha advertido que los polacos no emigrados han asimilado mucho más la cultura general europea, han reconocido mucho mejor las necesidades de Polonia, que habitaban constantemente, que casi toda la emigración, con excepción de Lelewel y Mierosławski. El ciudadano Ruge atribuye toda la inteligencia que existe en Polonia o, para hablar en su lenguaje, que «ha llegado a los polacos y se ha derramado sobre los polacos», a su estancia en el extranjero. Hemos demostrado en el número [81] <Véanse págs. 331-335> que los polacos no necesitaban buscar el conocimiento de las necesidades de su país ni en los exaltados políticos franceses, que desde febrero han naufragado en sus propias frases, ni en los profundos ideólogos alemanes, que todavía no han encontrado ocasión de naufragar; que la propia Polonia era la mejor escuela para aprender lo que Polonia necesita. El mérito de los polacos consiste en haber sido los primeros en reconocer y difundir la democracia agraria como la única forma posible de liberación para todas las naciones eslavas, y no, como se imagina el ciudadano Ruge, en haber «trasladado a Polonia y Rusia frases generales como “el gran pensamiento de la libertad política, que maduró en Francia, e incluso (!) la filosofía que ha surgido en Alemania” (y en la que el señor Ruge se ha sumergido)».

¡Dios nos guarde de nuestros amigos, que de nuestros enemigos nos guardaremos nosotros! —pueden exclamar los polacos después de este discurso del ciudadano Ruge. Pero desde siempre ha sido la mayor desgracia de los polacos ser defendidos por sus amigos no polacos con los peores argumentos del mundo.

Dice mucho en favor de la izquierda de Francfort que, con pocas excepciones, estuviera completamente entusiasmada con el discurso sobre Polonia del ciudadano Ruge, un discurso en el que se lee:

«No queremos, señores, dividirnos sobre si nos referimos a la monarquía democrática, a la monarquía democratizada (!) o a la democracia pura; en el fondo todos queremos lo mismo: ¡la libertad, la libertad del pueblo, el dominio del pueblo!»

¿Y nosotros vamos a entusiasmarnos con una izquierda que se deja arrebatar cuando se le dice que quiere, «en el fondo, lo mismo» que la derecha, que el señor Radowitz, el señor Lichnowski, el señor Vincke y el restante estamento de la caballería, gordo o flaco? ¿Con una izquierda que ya no se conoce a sí misma de puro entusiasmo, que todo lo olvida en cuanto oye un par de esas huecas palabras de efecto como «libertad del pueblo» y «dominio del pueblo»?

Pero dejemos a la izquierda y volvamos al ciudadano Ruge.

«Aún no ha pasado sobre el globo terráqueo una revolución mayor que la Revolución de 1848.»

«Es la más humana en sus principios» —porque esos principios han surgido del encubrimiento de los intereses más contrapuestos.

«La más humana en sus decretos y proclamas» —porque éstos son un compendio de las exaltaciones filantrópicas y de las sentimentales frases de fraternidad de todos los cabezas huecas de Europa.

"«La más humana en su existencia»: a saber, en las matanzas y barbaries de Posen, en los estragos incendiarios de Radetzky, en las canibalescas crueldades de los vencedores de junio en París, en las carnicerías de Cracovia y Praga, en el dominio general de la soldadesca; en suma, en todas las infamias que hoy, 1 de septiembre de 1848, constituyen la «existencia» de esta revolución y que han costado más sangre en cuatro meses que 1793 y 1794 juntos.

¡El «humanitario» ciudadano Ruge!

["Neue Rheinische Zeitung" Nr. 96 del 7 de septiembre de 1848]

Colonia, 6 de septiembre. Hemos seguido al «humanitario» ciudadano Ruge en el camino de sus investigaciones históricas sobre la necesidad de Polonia. Hasta ahora el ciudadano Ruge ha hablado del mal pasado, de la época del despotismo, ha redactado los acontecimientos de la sinrazón; ahora llega al presente, al glorioso año 1848, a la revolución, ahora pisa tierra patria, ahora redacta la «razón de los acontecimientos».

«¿Cómo puede realizarse la liberación de Polonia? Puede realizarse por medio de tratados en los que participen las dos grandes naciones civilizadas de Europa, las cuales, junto con Alemania, la Alemania liberada, tienen que formar necesariamente una nueva triple alianza, porque piensan lo mismo y, en general, quieren lo mismo.»

Ahí tenemos, en una frase audaz, toda la razón de los acontecimientos para la política exterior. ¡Alianza entre Alemania, Francia e Inglaterra, que las tres «piensan lo mismo y, en general, quieren lo mismo», nuevo juramento de Rütli entre los modernos tres suizos Cavaignac, Leiningen y John Russell! Ciertamente, Francia y Alemania, con la ayuda de Dios, han retrocedido entretanto de nuevo hasta tal punto que sus gobiernos, en cuanto a principios políticos generales, «piensan lo mismo» que la Inglaterra oficial, esa inconmovible roca contrarrevolucionaria en el mar.

Pero los países no sólo «piensan» lo mismo, sino que también «quieren, en general, lo mismo». Alemania quiere Schleswig, e Inglaterra no se lo quiere ceder; Alemania quiere aranceles protectores, e Inglaterra quiere libertad comercial; Alemania quiere unidad, e Inglaterra le desea desmembramiento; Alemania quiere ser independiente, e Inglaterra aspira a someterla industrialmente..., pero ¿qué importa? «En general», ¡quieren «lo mismo»! Y Francia, Francia promulga leyes arancelarias contra Alemania, su ministro Bastide se burla del maestro de escuela Raumer, que representa allí a Alemania..., luego es evidente que quiere, «en general», ¡lo mismo que Alemania! En efecto, Inglaterra y Francia demuestran de la manera más contundente que quieren lo mismo que Alemania, ¡amenazándola, Inglaterra por Schleswig, Francia por Lombardía, con la guerra!

El ciudadano Ruge tiene la ingenuidad ideológica de creer que naciones que tuvieran en común ciertas representaciones políticas celebrarían, sólo por ello, una alianza. El ciudadano Ruge sólo tiene, en general, dos colores en su paleta política: blanco y negro, esclavitud y libertad. Para él, el mundo se divide en dos grandes mitades: naciones civilizadas y bárbaros, libres y siervos. La línea fronteriza de la libertad, que hace seis meses se hallaba más allá del Rin, coincide ahora con la frontera rusa, y a este progreso se le llama la revolución de 1848. Bajo esta forma confusa se refleja el movimiento actual en la cabeza del ciudadano Ruge. He ahí la traducción pomerana del grito de combate de las barricadas de febrero y marzo.

Traduciendo del pomerano al alemán, resulta que las tres naciones civilizadas, los tres pueblos libres, son aquellos en los que, bajo formas y en grados de desarrollo diversos, impera la burguesía, mientras que los «esclavos y siervos» son los pueblos que se hallan bajo el dominio del absolutismo patriarcal-feudal. Por libertad entiende el feroz <salvaje> republicano y demócrata Arnold Ruge el liberalismo más trivial, «superficial», la dominación de la burguesía, a lo sumo con algunas formas seudodemocráticas... ¡éste es el quid de la cuestión!

Porque en Francia, Inglaterra y Alemania impera la burguesía, son por ello aliadas naturales: así razona el ciudadano Ruge. ¿Y qué si los intereses materiales de los tres países corren en sentidos diametralmente opuestos; si la libertad comercial con Alemania y Francia es una condición vital ineludible para la burguesía inglesa; si los aranceles protectores contra Inglaterra son una condición vital ineludible para la burguesía francesa y alemana; si entre Alemania y Francia se dan a su vez relaciones semejantes en muchos aspectos; si esta triple alianza desembocara en la práctica en el sojuzgamiento industrial de Francia y Alemania? — «¡Egoísmo estrecho, almas de mezquinos tenderos!», refunfuña el pensador pomerano Ruge en su barba rubia.

El señor Jordan ha hablado en su discurso de la trágica ironía de la historia universal. El ciudadano Ruge ofrece un ejemplo contundente de ella. Él, así como toda la izquierda más o menos ideológica, ve sus más caras y predilectas ensoñaciones, sus supremos esfuerzos de pensamiento <esfuerzos de pensamiento> fracasar ante la clase de la cual es representante. Su proyecto filantrópico-cosmopolita fracasa ante las almas de mezquinos tenderos, y él se ve precisamente obligado, sin saberlo ni quererlo, a representar a esas almas de tenderos de manera más o menos ideológicamente tergiversada. El ideólogo piensa y el tendero dirige. ¡Trágica ironía de la historia universal!

El ciudadano Ruge expone ahora cómo Francia «ha dicho que los tratados de 1815 están ciertamente rotos, pero que quiere reconocer el estado territorial tal como es actualmente». «Esto es muy exacto [en el informe taquigráfico: importante]», pues lo que hasta ahora nadie ha buscado en el manifiesto de Lamartine, lo encuentra el ciudadano Ruge en él: es la base de un nuevo derecho de gentes. Lo desarrolla del siguiente modo:

«De esta relación con Francia tiene que surgir el nuevo derecho histórico (!) (n.° 1). El derecho histórico es el derecho de los pueblos» (! n.° 2). «Es, en el caso del que hablamos (?), el nuevo derecho de gentes» (! n.° 3). «Ésta es la única concepción correcta del derecho histórico» (! n.° 4). «Cualquier otra concepción del derecho histórico» (! n.° 5) «es absurda. No hay otro derecho de gentes» (! n.° 6). «El derecho histórico» (n.° 7) «es el derecho» (¡por fin!), «que la historia trae consigo y el tiempo sanciona, al» (¿quién?) «derogar, romper los tratados existentes y poner otros nuevos en su lugar».

En una palabra: ¡el derecho histórico es... la redacción de la razón de los acontecimientos!

Así está escrito al pie de la letra en los Hechos de los Apóstoles de la unidad alemana, en los informes taquigráficos de Fráncfort, pág. 1186, primera columna. ¡Y se quejan de que la «Neue Rheinische Zeitung» critique al señor Ruge con signos de exclamación! Pero, naturalmente, ante este vertiginoso torbellino de derecho histórico y derecho de gentes, a la izquierda bonachona tenía que írsele la vista y el oído, y tenía que deshacerse en admiración cuando el filósofo de Pomerania le gritaba al oído con certeza apodíctica: «El derecho histórico es el derecho que la historia trae consigo y el tiempo sanciona», etc.

Pues la «historia» siempre «ha traído consigo» exactamente lo contrario de lo que el «tiempo» había «sancionado», y la sanción del «tiempo» consistió siempre precisamente en echar por tierra lo que la «historia había traído consigo».

Ahora presenta el ciudadano Ruge la proposición «única acertada y admisible»:

«Encomendar al Poder central que, en unión con Inglaterra y Francia, promueva un congreso para la restauración de una Polonia libre e independiente, en el que serán llamadas a participar, por medio de enviados, todas las potencias interesadas.»

¡Qué sentimientos tan probos, tan bonachones! ¡Lord John Russell y Eugène Cavaignac han de restaurar Polonia; la burguesía inglesa y la francesa han de amenazar a Rusia con una guerra para imponer la libertad de Polonia, que en este momento les tiene completamente sin cuidado! ¡En esta época de confusión y enredo generales, en que cada noticia tranquilizadora que hace subir un octavo por ciento los cursos se ve frustrada por seis golpes perturbadores, de lucha de la industria con la bancarrota lenta, de paralización del comercio, en que el proletariado sin ocupación tiene que ser sostenido con sumas de dinero insoportables para que no se vea arrastrado a un combate general y último de desesperación..., los burgueses de las tres naciones civilizadas han de crear todavía una nueva dificultad! ¡Y qué dificultad! ¡Una guerra con Rusia, que desde febrero es el aliado más íntimo de Inglaterra! ¡Una guerra con Rusia, una guerra que, como todo el mundo sabe, sería la caída de la burguesía alemana y francesa! ¿Y para obtener qué ventajas? Ninguna. ¡En verdad, esto es más que ingenuidad pomerana!

Pero el ciudadano Ruge jura que la «solución pacífica» de la cuestión polaca es posible. ¡Cada vez mejor! ¿Y por qué? Porque ahora se trata de esto: «Lo que los Tratados de Viena quieren tiene que realizarse y ejecutarse realmente ahora... Los Tratados de Viena querían el derecho de todas las naciones contra la gran nación de los franceses,... querían la restauración de la nación alemana.»

Ahora se explica por qué el señor Ruge «quiere en general lo mismo»... que la derecha. La derecha también quiere la ejecución de los Tratados de Viena.

Los Tratados de Viena son el resumen de la gran victoria de la Europa reaccionaria sobre la Francia revolucionaria. Son la forma clásica en que la reacción europea imperó durante quince años, bajo el período de la Restauración. Restablecen la legitimidad, la monarquía por la gracia de Dios, la nobleza feudal, la dominación de los curas y la legislación y administración patriarcales. Pero, como la victoria fue conquistada con ayuda de la burguesía inglesa, alemana, italiana, española y, sobre todo, francesa, también hubo que hacer concesiones a la burguesía. Mientras los príncipes, la nobleza, los curas y los burócratas se repartían los bocados suculentos del botín, a la burguesía se la despachó con letras de cambio sobre el futuro, que nunca se pagaron y que nadie tenía la intención de pagar. Y en lugar de considerar el contenido real y práctico de los Tratados de Viena, el señor Ruge cree que estas vanas promesas son el contenido propio de los mismos, ¡y que la práctica reaccionaria no es más que una interpretación abusiva!

En verdad, hay que ser de una naturaleza notablemente bonachona para creer, después de 33 años, después de las revoluciones de 1830 y 1848, en el pago de estas letras, para imaginarse que las frases sentimentales en que están envueltas las falsas promesas de Viena tienen todavía algún sentido en 1848.

¡El ciudadano Ruge como Don Quijote de los Tratados de Viena!

Finalmente, el ciudadano Ruge revela a la asamblea el profundo secreto: las revoluciones de 1848 habrían sido provocadas únicamente por el hecho de que en 1846 se rompieron en Cracovia los Tratados de 1815. ¡Para escarmiento de todos los déspotas!

En suma, el ciudadano Ruge no ha cambiado en ningún punto desde que nos encontramos con él por última vez en el terreno literario. Siguen siendo las mismas frases que ha memorizado y repetido desde que, en los «Hallische Jahrbücher» y los «Deutsche Jahrbücher», hacía de portero de la filosofía alemana; la misma confusión, el mismo caos de puntos de vista, la misma falta de pensamiento; el mismo talento para exponer las ideas más huecas y disparatadas en forma pomposa; la misma carencia de «conocimientos» y, en particular, las mismas pretensiones al aplauso del filisteo alemán, que en su vida ha oído nada semejante.

Con esto concluimos nuestro resumen del debate sobre Polonia. Exigir que nos detengamos en el señor Löw de Posen y en los demás grandes espíritus que aún siguen sería pedir demasiado.

Todo el debate deja una impresión melancólica. ¡Tantas largas arengas y tan poco contenido, tan poco conocimiento del asunto, tan poco talento! El peor debate de la antigua o actual Cámara francesa o de la Cámara de los Comunes inglesa contiene más ingenio, más conocimiento de causa, más contenido real que esta conversación de tres días sobre uno de los temas más interesantes de la política moderna. Todo podía haberse sacado de ella, y la Asamblea Nacional no ha hecho al respecto más que pura cháchara de taberna.

¡En verdad, jamás ni en lugar alguno ha sesionado una asamblea como ésta!

Las resoluciones son conocidas. Se han conquistado las 3/4 partes de Posen; se las ha conquistado no por la violencia ni por la «laboriosidad alemana» ni por el «arado», sino mediante la cháchara de taberna, las estadísticas mentirosas y las resoluciones medrosas.

«¡Os habéis tragado a los polacos, pero, por Dios, no los digeriréis!»