["Neue Rheinische Zeitung" - Die Krisis und die Kontrerevolution]

Die Krisis und die Kontrerevolution

["Neue Rheinische Zeitung" Nr. 100 vom 12. September 1848]

Colonia
, 11 de septiembre. Léanse nuestras
siguientes correspondencias de Berlín y dígase si no hemos pronosticado con toda
exactitud el desarrollo de la crisis ministerial. Los viejos ministros dimiten; el plan del
ministerio de sostenerse mediante la disolución de la Asamblea de concertación, mediante
leyes marciales y cañones, parece no haber hallado el aplauso de la camarilla. La
junkería de Uckermark arde en deseos de un conflicto con el pueblo, de una repetición
de las escenas de junio de París en las calles de Berlín; pero jamás se batirá
por el ministerio Hansemann, se batirá por el
ministerio del príncipe
de Prusia
.
Se llama a Radowitz, a Vincke
y a otras personas de
parecida confianza, ajenas a la Asamblea de Berlín, desligadas frente a ella;
la flor y nata de la aristocracia terrateniente prusiana y westfaliana, asociada en
apariencia a algunos probos burgueses de la extrema derecha,
a un Beckerath y consortes, a quienes se encargan los prosaicos negocios mercantiles
del Estado: ése es el ministerio del príncipe de
Prusia con que se pretende agraciarnos. Entretanto se hacen circular centenares de
rumores, se hace llamar tal vez a Waldeck o a Rodbertus, se
desorienta a la opinión pública, entre tanto se hacen los preparativos militares y se
sale a la palestra abiertamente cuando llega la hora.

Marchamos hacia una lucha decisiva. Las crisis simultáneas de Fráncfort y
Berlín, los últimos acuerdos de una y otra asamblea obligan a la contrarrevolución a
librar su última batalla. Si en Berlín se osa pisotear el principio constitucional del gobierno
de la mayoría, si se enfrentan los 219 votos de la
mayoría con el doble de cañones, si se osa escarnecer a la mayoría
no sólo en Berlín, sino también en Fráncfort, mediante un ministerio

imposible frente a una y otra asamblea...

si de este modo se provoca la guerra civil entre Prusia y Alemania, los
demócratas saben lo que tienen que hacer
.

["Neue Rheinische Zeitung" Nr. 101 vom 13. September 1848]

Colonia
, 12 de septiembre. Mientras el nuevo ministerio del Reich, según ayer
comunicábamos, es confirmado también por otros sectores, y acaso ya al mediodía de hoy tengamos
la noticia de su definitiva constitución, en Berlín continúa la crisis
ministerial. La crisis sólo es soluble por dos vías:

Bien un ministerio Waldeck, reconocimiento de la autoridad de la Asamblea
Nacional alemana, reconocimiento de la soberanía popular;

Bien un ministerio Radowitz-Vincke, disolución de la Asamblea de Berlín, aniquilamiento
de las conquistas revolucionarias, pseudoconstitucionalismo o incluso... la Dieta
Unida.

No nos ocultemos la verdad: el conflicto que ha estallado en Berlín no es un conflicto
entre los concertadores y los ministros, es un conflicto entre la
Asamblea, que por vez primera se presenta como
constituyente
, y la

Corona
.

Todo gira en torno a la cuestión de si se tiene el valor de disolver la Asamblea o
no.

Pero ¿tiene la Corona el derecho de disolver la Asamblea?

En los Estados constitucionales, la Corona tiene ciertamente el derecho de disolver las
cámaras legislativas convocadas sobre la base de la constitución, en caso de colisión,
y de apelar al pueblo mediante nuevas elecciones.

¿Es la Asamblea de Berlín una cámara constitucional, legislativa?

No. Ha sido convocada para la "concertación de la constitución del Estado prusiano con la
Corona", no sobre la base de una constitución, sino de una
revolución
. No tenía que recibir
en modo alguno su mandato de la Corona ni de sus ministros responsables, sino sólo de sus
electores y de sí misma. La Asamblea era soberana en cuanto expresión legítima de la revolución,
y el mandato que el señor Camphausen le expidió, junto con la Dieta Unida, en la ley electoral del 8 de
abril, no era más que un
piadoso
deseo
, sobre el cual la Asamblea tenía que decidir.

La Asamblea se plegó al comienzo, más o menos, a la teoría de la concertación. Ha
visto cómo en ello la han estafado los ministros y la camarilla. Ha llevado finalmente a
cabo un acto de soberanía

, se ha
presentado por un instante como Asamblea constituyente, y no ya como Asamblea de concertación.

Como Asamblea soberana
para
Prusia
tenía pleno derecho
a hacerlo.

Pero una asamblea soberana no puede ser disuelta por nadie, ni está sometida a las órdenes
de nadie.

Pero incluso como mera asamblea de concertación, incluso según la propia teoría del señor Camphausen,
se alza
con iguales derechos
al lado de la Corona. Ambas partes
estipulan

un tratado de Estado, ambas partes participan por igual en la soberanía; ésa es
la teoría del 8 de abril, la teoría Camphausen-Hansemann, es decir, la
teoría
oficial
reconocida por la propia Corona.

Si la Asamblea está
en pie de igualdad
con la Corona,
la Corona no tiene derecho

a disolver la Asamblea
.

De lo contrario, la Asamblea, consecuente, tendría también el
derecho
a
destronar al rey
.

La disolución de la Asamblea sería, pues, un
golpe de Estado
. Y cómo se responde a
los golpes de Estado lo han mostrado el 29 de julio de 1830 y el 24 de febrero de 1848.

Se dirá que la Corona puede apelar de nuevo a los mismos electores. Pero
¿quién ignora que
hoy
los electores elegirían una asamblea completamente distinta,
una asamblea que andaría con muchas menos contemplaciones frente a la Corona?

Se sabe: después de la disolución de esta Asamblea sólo es posible la apelación a
electores completamente distintos
de los del 8 de abril, no son posibles otras elecciones
que las practicadas bajo la tiranía del sable.

No nos hagamos, pues, ilusiones:

Si la Asamblea vence, si impone el ministerio de la izquierda, el poder de la
Corona junto a la Asamblea queda quebrantado, el rey ya no es más que el servidor asalariado del
pueblo, volvemos a la mañana del 19 de marzo... a no ser que el ministerio Waldeck nos
traicione como tantos otros antes que él.

Si la Corona vence, si impone el ministerio del príncipe de Prusia, la
Asamblea será disuelta, el derecho de asociación suprimido, la prensa amordazada, se
decretará una ley electoral con censo, tal vez incluso, como se ha dicho, se invocará de nuevo la
Dieta Unida... todo bajo la protección de la dictadura militar, de los cañones y de las
bayonetas.

Quién de las dos partes venza, dependerá de la actitud del pueblo, singularmente de la actitud
del partido democrático. ¡Elijan los demócratas!

Nos hallamos en el 25 de julio. ¿Se osará dictar
las ordenanzas que se fraguan en Potsdam? ¿Se provocará al pueblo a dar, en
un solo
día, el salto del 26 de julio al 24 de febrero?

Buena voluntad no falta ciertamente, pero ¡el valor, el valor!

["Neue Rheinische Zeitung" Nr. 102 vom 14. September 1848]

Colonia
, 13 de septiembre. La crisis de Berlín ha avanzado un paso más:
el conflicto con la Corona
, que ayer aún sólo podía calificarse de inevitable,
se ha producido realmente
.

Nuestros lectores encontrarán más abajo la respuesta del rey a la solicitud de dimisión de los
ministros. Mediante esa carta, la propia Corona pasa al primer plano, toma partido
por los ministros, se planta frente a la Asamblea.

Va todavía más lejos: forma un ministerio al margen de la Asamblea, llama a

Beckerath
, que en Fráncfort se sienta en la extrema derecha y de quien todo
el mundo sabe de antemano que en Berlín nunca podrá contar con una mayoría.

El escrito del rey está refrendado por el señor
Auerswald
. El señor Auerswald
responda de empujar así a la Corona para cubrir su
vergonzosa retirada, de pretender, en un mismo aliento, esconderse detrás del principio constitucional
frente a la Cámara y pisotear el principio constitucional, al
comprometer a la Corona y provocar a la República
.

¡El principio constitucional! gritan los ministros. ¡El principio constitucional! grita
la derecha. ¡El principio constitucional! gime el eco hueco de la "Kölnische
Zeitung".

"¡El principio constitucional!" ¿Son tan insensatos esos señores de creer realmente
que se puede sacar al pueblo alemán de las tempestades del año 1848, del
derrumbamiento de todas las instituciones históricamente heredadas, que amenaza sobrevenir cada día,
con la carcomida división de poderes a la Montesquieu-Delolme, con
frases gastadas y ficciones desenmascaradas hace ya mucho tiempo?

"¡El principio constitucional!" ¡Pero precisamente los señores que quieren salvar a toda costa
el principio constitucional tendrían que ver ante todo que, en una situación provisional,
sólo se puede salvar mediante la energía!

"¡El principio constitucional!" Pero ¿acaso el voto de la Asamblea de Berlín, las
colisiones entre Potsdam y Fráncfort, los disturbios, las tentativas reaccionarias, las
provocaciones de la soldadesca no han mostrado

hace ya mucho
que, a despecho de todas las frases, seguimos aún en
terreno revolucionario
,
que la ficción de que ya estamos en el terreno de la
monarquía constitucional
constituida
y acabada no conduce más que a colisiones que ya ahora han llevado el
"principio constitucional" al borde del abismo?

Todo estado provisional surgido de una revolución exige una dictadura, y por cierto
una dictadura enérgica. Se lo hemos reprochado a Camphausen desde el primer momento:
que no actuó dictatorialmente, que no destruyó y eliminó de inmediato los restos de las viejas
instituciones. Mientras, pues, el señor Camphausen se mecía en ensoñaciones
constitucionales, el partido derrotado reforzaba las posiciones en la
burocracia y en el ejército, e incluso se atrevía aquí y allá a la lucha abierta. La
Asamblea fue convocada para concertar la constitución. Se alzó con iguales derechos al lado
de la Corona. ¡Dos poderes equiparados en una interinidad! Precisamente la división de
poderes, con la que el señor Camphausen pretendía "salvar la libertad", precisamente esa división de
poderes tenía que conducir, en una interinidad, a colisiones. Detrás de la Corona
se escondía la contrarrevolucionaria camarilla de la nobleza, del ejército, de la
burocracia. Detrás de la mayoría de la Asamblea estaba la burguesía. El
ministerio intentaba mediar. Demasiado débil para defender resueltamente los intereses de la burguesía y de los campesinos
y para derribar de un golpe el poder de la nobleza, la burocracia y los jefes militares;
demasiado torpe para no herir por doquier a la burguesía con sus
medidas financieras, no consiguió otra cosa que hacerse imposible ante todos los partidos
y provocar la colisión que precisamente quería evitar.

En toda situación no constituida no rige este o aquel principio,
sino únicamente el salut public, el bien público. El ministerio sólo podía evitar
la colisión de la Asamblea con la Corona reconociendo únicamente el principio
del bien público, aun a riesgo de
entrar él mismo
en colisión con la Corona. Pero ha
preferido mantenerse como ministerio "posible" en Potsdam. No ha vacilado nunca
en aplicar contra la democracia medidas de bien público (mesures de
salut public), medidas dictatoriales. Pues ¿qué otra cosa fue la aplicación
de las viejas leyes a delitos políticos, aun cuando el señor Märker ya había reconocido
que esos artículos del Landrecht tenían que ser derogados? ¿Qué otra cosa fueron las
detenciones en masa en todas las partes del reino?

En cambio, ¡bien se ha guardado el ministerio de intervenir contra la contrarrevolución por razones
de bien público!

Y precisamente de esta tibieza del ministerio frente a la contrarrevolución, cada día más amenazante, surgió la necesidad de que la Asamblea misma dictase medidas de bien público. Si la Corona, representada por los ministros, era demasiado débil, la Asamblea misma debía intervenir. Así lo hizo en la resolución del 9 de agosto. Lo hizo aún de manera muy suave: solo dio una advertencia a los ministros. Los ministros no le prestaron atención.

Pero ¿cómo habrían podido atenderla? La resolución del 9 de agosto pisotea el principio constitucional, es una extralimitación del poder legislativo contra el ejecutivo, destruye la división y el control recíproco de los poderes, tan necesario en interés de la libertad, ¡convierte la Asamblea de Acuerdo en Convención Nacional!

Y ahora, un fuego graneado de amenazas, un llamamiento atronador al miedo de los pequeñoburgueses, una vasta perspectiva de gobierno del terror con guillotina, impuesto progresivo, confiscación y bandera roja.

¡La Asamblea de Berlín, una Convención! ¡Qué ironía!

Pero los señores no andan del todo descaminados. Si el gobierno continúa como hasta ahora, en no mucho tiempo tendremos una Convención —no solo para Prusia, sino para toda Alemania—, una Convención a la que incumbirá sofocar por todos los medios la guerra civil de nuestras veinte Vendées y la inevitable guerra rusa. ¡Ahora, ciertamente, apenas estamos en la parodia de la Constituyente!

Mas ¿cómo han mantenido los señores ministros, que apelan al principio constitucional, ese principio?

El 9 de agosto dejan que la Asamblea se disuelva tranquilamente en la buena fe de que los ministros ejecutarán la resolución. Ni se les pasa por la cabeza anunciar a la Asamblea su negativa, y menos aún, dimitir de su cargo.

Reflexionan durante todo un mes y, por fin, cuando amenazan varias interpelaciones, comunican a la Asamblea escuetamente: se sobreentiende que no ejecutarán la resolución.

Cuando, a continuación, la Asamblea imparte a los ministros la instrucción de ejecutar la resolución pese a todo, se atrincheran tras la Corona, provocan una ruptura entre la Corona y la Asamblea y provocan con ello la república.

¡Y estos señores hablan todavía del principio constitucional!

Resumamos:

Ha sobrevenido la colisión inevitable entre dos poderes equiparados en un régimen provisional. El ministerio no supo dirigir el gobierno con bastante energía, omitió adoptar las necesarias medidas de bien público. La Asamblea no hizo más que cumplir con su deber al instar al ministerio a cumplir el suyo. El ministerio hace pasar esto por una lesión de la Corona y compromete a la Corona incluso en el momento de su dimisión. Corona y Asamblea se enfrentan. El "acuerdo" ha conducido a la separación, al conflicto. Tal vez decidan las armas.

Quien tenga más valor y consecuencia, vencerá.

["Neue Rheinische Zeitung" Nr. 104 del 16 de septiembre de 1848]

**Colonia, 15 de septiembre. La crisis ministerial ha entrado de nuevo en una nueva fase; no por la llegada y los vanos esfuerzos del imposible señor Beckerath, sino por la revuelta militar en Potsdam y Nauen. El conflicto entre democracia y aristocracia ha estallado en el seno de la Guardia misma: los soldados ven en la resolución de la Asamblea del 7 su liberación de la tiranía de los oficiales, cursan mensajes de agradecimiento a la Asamblea, le tributan vivas.

Con esto, a la contrarrevolución se le ha arrebatado la espada de las manos. Ahora no se osará disolver la Asamblea, y si no se procede a ello, no queda más remedio que ceder, ejecutar la resolución de la Asamblea y llamar a un ministerio Waldeck.

La revuelta de los soldados de Potsdam probablemente nos ahorra una revolución.