"Neue Rheinische Zeitung" — La Revolución de Junio
(Desarrollo del levantamiento en París)

La "Kölnische Zeitung"
sobre la Revolución de Junio

Política exterior alemana

145-153

La Revolución de Junio

[Desarrollo del levantamiento en París]

["Neue Rheinische Zeitung" Nº 31, del 1 de julio de 1848]

** Poco a poco se va pudiendo abarcar con la mirada la Revolución de Junio; los informes se completan, los hechos pueden empezar a separarse de los rumores y de las mentiras, el carácter del levantamiento se destaca con claridad cada vez mayor. Y cuanto más se logra comprender los acontecimientos de las cuatro jornadas de Junio en su conexión, tanto más asombran las dimensiones colosales del levantamiento, el heroico valor, la organización rápidamente improvisada, la unanimidad de los insurgentes.

El plan de batalla de los obreros, trazado al parecer por Kersausie, amigo de Raspail y antiguo oficial, era el siguiente:

Los insurgentes avanzaban en cuatro columnas, con movimiento concéntrico hacia el Ayuntamiento.

La primera columna, cuya base de operaciones eran los arrabales de Montmartre, La Chapelle y La Villette, marchaba desde las barreras Poissonnière, Rochechouart, Saint-Denis y La Villette hacia el sur, ocupaba los bulevares y se aproximaba al Ayuntamiento por las calles Montorgueil, Saint-Denis y Saint-Martin.

La segunda columna, que tenía por base los faubourgs du Temple y Saint-Antoine, habitados casi exclusivamente por obreros y cubiertos por el canal Saint-Martin, avanzaba por las calles du Temple y Saint-Antoine, por los muelles de la orilla norte del Sena y por todas las calles paralelas de los barrios intermedios hacia el mismo centro.

La tercera columna, con el faubourg Saint-Marceau, avanzaba por la calle Saint-Victor y los muelles de la orilla sur del Sena hacia la isla de la Cité.

La cuarta columna, apoyada en el faubourg Saint-Jacques y en la zona de la Escuela de Medicina, avanzaba por la calle Saint-Jacques, igualmente hacia la Cité. Desde aquí, ambas columnas reunidas penetraban por la orilla derecha del Sena y tomaban el Ayuntamiento por la espalda y por el flanco.

El plan se apoyaba, pues, con razón, en los barrios exclusivamente habitados por obreros, que rodean en semicírculo toda la mitad oriental de París y que se ensanchan a medida que se avanza hacia el este. Se trataba, primero, de limpiar de enemigos el este de París, y luego, por ambas orillas del Sena, marchar contra el oeste y sus centros, las Tullerías y la Asamblea Nacional.

Estas columnas debían ser apoyadas por una multitud de cuerpos volantes, que operaban por cuenta propia junto a ellas y entre ellas, levantaban barricadas, ocupaban las calles pequeñas y mantenían las comunicaciones.

Para el caso de una retirada, las bases de operaciones estaban fuertemente atrincheradas y convertidas de modo técnico en formidables fortalezas: así el Clos Saint-Lazare, así el faubourg y el barrio de Saint-Antoine y el faubourg Saint-Jacques.

Si este plan tenía un defecto, era el de haber dejado completamente desatendida la mitad occidental de París para el comienzo de las operaciones. Aquí se encuentran, a ambos lados de la calle Saint-Honoré, en los Halles y en el Palais-National, varios barrios especialmente adecuados para motines, con calles muy estrechas y tortuosas y habitados predominantemente por obreros. Habría sido importante crear aquí un quinto foco de insurrección, para aislar así el Ayuntamiento y también para mantener ocupada a una gran masa de tropas en este baluarte avanzado. La victoria del levantamiento dependía de que se penetrase lo antes posible en el centro de París y de que se asegurara la conquista del Ayuntamiento. No podemos saber hasta qué punto le fue imposible a Kersausie organizar allí la insurrección. Pero es un hecho que jamás ha triunfado un levantamiento que no supiera apoderarse desde el primer momento de ese centro de París que linda con las Tullerías. Recordamos tan sólo el levantamiento con motivo del entierro del general Lamarque, que también avanzó hasta la calle Montorgueil, pero que luego fue rechazado de nuevo.

Los insurgentes avanzaron según su plan. Comenzaron inmediatamente por separar su terreno —el París de los obreros— del París de los burgueses mediante dos obras principales: las barricadas de la Porte Saint-Denis y las de la Cité. De las primeras fueron desalojados; las últimas las mantuvieron. La primera jornada, el día 23, fue un mero preludio. El plan de los insurgentes se destacó ya con claridad (como la "Neue Rheinische Zeitung" lo comprendió también desde el principio con toda exactitud, véase el nº 26, hoja extraordinaria <Véase "Detalles sobre el 23 de junio" >), sobre todo después de los primeros combates de avanzadillas de la mañana. El bulevar Saint-Martin, que cruza la línea de operaciones de la primera columna, se convirtió en escenario de violentas luchas, que aquí terminaron con el triunfo, condicionado en parte por la localidad, del "orden".

Los accesos a la Cité fueron cortados: a la derecha, por un cuerpo volante que se estableció en la calle Planche-Mibray; a la izquierda, por las columnas tercera y cuarta, que ocuparon y fortificaron los tres puentes meridionales de la Cité. Aquí se entabló igualmente un combate muy violento. El "orden" logró apoderarse del puente Saint-Michel y avanzar hasta la calle Saint-Jacques. Hasta la tarde, se jactó de que la revuelta estaba sofocada.

Si el plan de los insurgentes se había destacado ya con claridad, el del "orden" lo estaba más. Su plan consistía, por el momento, únicamente en sofocar la insurrección con todos los medios a su alcance. Esta intención la anunció a los insurgentes con balas de cañón y metralla.

Pero el gobierno creía tener enfrente a una banda tosca de revoltosos vulgares, que actuaba sin plan. Después de haber despejado las calles principales al caer la tarde, declaró que la revuelta estaba vencida y ocupó los barrios conquistados con tropas de la manera más negligente.

Los insurgentes supieron aprovechar magníficamente esta negligencia para iniciar la gran batalla después de los combates de avanzadillas del día 23. Es, en general, admirable la rapidez con que los obreros se apropiaron del plan de operaciones, la uniformidad con que se ayudaban entre sí, la habilidad con que sabían utilizar un terreno tan complicado. Esto sería del todo inexplicable si los obreros no hubiesen estado ya organizados de manera bastante militar y divididos en compañías en los Talleres Nacionales, de modo que les bastó trasladar su organización industrial a su actividad guerrera para formar de inmediato un ejército enteramente articulado.

En la mañana del 24, el terreno perdido no sólo había sido enteramente vuelto a ocupar, sino que se había ganado terreno nuevo. La línea de los bulevares hasta el bulevar du Temple permaneció, ciertamente, en poder de las tropas, y con ello la primera columna quedó separada del centro; pero, en cambio, la segunda columna, partiendo del barrio de Saint-Antoine, avanzó hasta casi cercar el Ayuntamiento. Estableció su cuartel general en la iglesia de Saint-Gervais, a trescientos pasos del Ayuntamiento, conquistó el claustro de Saint-Merry y las calles circundantes; penetró hasta mucho más allá del Ayuntamiento y lo aisló casi por completo, en conexión con las columnas de la Cité. Sólo quedó abierto un acceso: los muelles de la orilla derecha. En el sur, el faubourg Saint-Jacques estaba de nuevo totalmente ocupado, las comunicaciones con la Cité restablecidas, la Cité reforzada y el paso a la orilla derecha preparado.

No había, pues, tiempo que perder; el Ayuntamiento, centro revolucionario de París, estaba amenazado y tenía que caer si no se tomaban las medidas más enérgicas.

["Neue Rheinische Zeitung" Nº 32, del 2 de julio de 1848]

** La asustada Asamblea Nacional nombró dictador a Cavaignac, y éste, acostumbrado desde Argel a intervenir "enérgicamente", supo lo que había que hacer.

De inmediato, diez batallones avanzaron a lo largo del ancho muelle de l'École hacia el Ayuntamiento. Cortaron las comunicaciones de los insurgentes de la Cité con la orilla derecha, aseguraron el Ayuntamiento y permitieron incluso ataques contra las barricadas que lo rodeaban.

La calle Planche-Mibray y su prolongación, la calle Saint-Martin, fueron despejadas y mantenidas limpias constantemente por la caballería. El puente de enfrente, Notre-Dame, que conduce a la Cité, fue barrido por artillería pesada, y entonces Cavaignac avanzó directamente contra la Cité para proceder allí "enérgicamente". El principal puesto de los insurgentes, la "Belle Jardinière" (la "Bella Jardinera", conocida casa de vestidos), fue primero deshecho a cañonazos y luego incendiado con cohetes; la rue de la Cité fue conquistada también a cañonazos; tres puentes hacia la orilla izquierda fueron tomados al asalto, y los insurgentes, en la orilla izquierda, fueron rechazados decididamente. Entretanto, los catorce batallones que se hallaban en la plaza de Grève y en los muelles liberaron el Ayuntamiento, ya sitiado, y la iglesia de Saint-Gervais quedó reducida de cuartel general a avanzada perdida de los insurgentes.

La calle Saint-Jacques no sólo fue atacada con artillería desde la Cité, sino también tomada de flanco desde la orilla izquierda. El general Damesme avanzó a lo largo del Luxemburgo hacia la Sorbona, conquistó el Barrio Latino y envió sus columnas hacia el Panteón. La plaza del Panteón había quedado convertida en una fortaleza terrible. La calle Saint-Jacques había sido tomada hacía ya tiempo cuando el "orden" encontró todavía aquí un baluarte inexpugnable. Ataques de cañón y a bayoneta resultaron vanos hasta que, finalmente, el agotamiento, la falta de municiones y la amenaza de incendio por parte de los burgueses obligaron a rendirse a los mil quinientos obreros cercados por todas partes. Al mismo tiempo, la plaza Maubert cayó, tras larga y valerosa resistencia, en manos del "orden", y los insurgentes, desalojados de sus posiciones más sólidas, se vieron obligados a abandonar toda la orilla izquierda del Sena.

Entretanto, la posición de las tropas y de las guardias nacionales en los bulevares de la orilla derecha del Sena fue utilizada también para actuar hacia ambos lados. Lamoricière, que aquí mandaba, hizo barrer por la artillería pesada y por rápidos ataques de tropas las calles de los faubourgs Saint-Denis y Saint-Martin, el bulevar du Temple y la mitad de la calle du Temple. Pudo vanagloriarse de haber alcanzado hasta la tarde brillantes éxitos: había aislado y semicercado a la primera columna en el Clos Saint-Lazare, había rechazado a la segunda y, avanzando por los bulevares, había metido en ella una cuña.

¿Cómo había conquistado Cavaignac estas ventajas?

En primer lugar, mediante la enorme superioridad numérica que pudo desplegar contra los insurgentes. El día 24 no sólo tenía a su disposición los veinte mil hombres de la guarnición de París, los veinte a veinticinco mil de la guardia móvil y los sesenta a ochenta mil de la guardia nacional disponible, sino también la guardia nacional de todo el contorno de París y de muchas ciudades más alejadas (de veinte a treinta mil hombres) y, además, de veinte a treinta mil soldados llamados apresuradamente de las guarniciones vecinas. En la mañana del 24 disponía ya de mucho más de cien mil hombres, que hasta la tarde se incrementaron aún en la mitad. ¡Y los insurgentes sumaban, a lo sumo, cuarenta a cincuenta mil hombres!

En segundo lugar, por los medios brutales que empleó. Hasta entonces, solo una vez se había disparado con cañones en las calles de París: en el Vendemiaire de 1795, cuando Napoleón dispersó a los insurrectos en la Rue Saint Honoré con metralla. Pero contra barricadas, contra casas, jamás se había empleado artillería, y menos aún granadas y cohetes incendiarios. El pueblo no estaba preparado para ello; estaba inerme frente a eso, y el único remedio, el incendio, repugnaba a su sentimiento noble. Hasta entonces, el pueblo no había tenido la menor idea de una tal guerra a la argelina en pleno París. Por eso retrocedió, y su primer repliegue decidió su derrota.

El 25, Cavaignac avanzó con fuerzas aún mucho mayores. Los insurrectos estaban limitados a un único barrio, los Faubourgs Saint Antoine y du Temple; además, poseían aún dos puestos

avanzados, el Clos St. Lazare y una parte del barrio de St. Antoine hasta el puente de Damiette.

Cavaignac, que había atraído de nuevo de 20.000 a 30.000 hombres de refuerzo, junto con importantes parques de artillería, hizo atacar primero los puestos avanzados aislados de los insurrectos, en particular el Clos St. Lazare. Aquí, los insurrectos se habían atrincherado como en una ciudadela. Tras doce horas de cañoneo y lanzamiento de granadas, Lamoricière logró por fin expulsar a los insurrectos de sus posiciones y ocupar el Clos; sin embargo, solo lo consiguió después de haber posibilitado un ataque de flanco desde las calles Rochechouart y Poissonnière, y después de haber hecho cañonear las barricadas el primer día con 40 piezas de artillería y el segundo con aún más.

Otra parte de su columna penetró por el Faubourg Saint Martin en el Faubourg du Temple, pero no logró gran éxito; una tercera avanzó por los bulevares hacia la Bastilla, pero tampoco llegó muy lejos, pues aquí una serie de las más terribles barricadas solo sucumbió tras larga resistencia a un violento cañoneo. Aquí las casas fueron terriblemente destruidas.

La columna de Duvivier, que atacaba desde el Ayuntamiento, hizo retroceder cada vez más a los insurrectos bajo un fuego incesante de cañones. La iglesia de St. Gervais fue tomada, la calle Saint Antoine fue limpiada hasta bien lejos del Ayuntamiento, y mediante varias columnas que avanzaban a lo largo del muelle y de sus calles paralelas se tomó el puente de Damiette, por medio del cual los insurrectos del barrio de St. Antoine se apoyaban en los de las islas de St. Louis y de la Cité. El barrio de Saint Antoine estaba flanqueado, y a los insurrectos solo les quedaba la retirada hacia el Faubourg, la cual llevaron a cabo en medio de encarnizados combates con una columna que avanzaba por los muelles hasta la desembocadura del canal St. Martin y desde allí, a lo largo del canal, por el Boulevard Bourdon. Unos pocos que quedaron aislados fueron masacrados; solo unos pocos fueron hechos prisioneros.

Mediante esta operación, el barrio de St. Antoine y la plaza de la Bastilla fueron conquistados. Hacia la tarde, la columna de Lamoricière logró conquistar por completo el Boulevard Beaumarchais y efectuar su unión con las tropas de Duvivier en la plaza de la Bastilla.

La conquista del puente de Damiette permitió a Duvivier expulsar a los insurrectos de la isla de St. Louis y de la antigua isla Louvier. Lo hizo con un derroche encomiable de barbarie argelina. En pocos barrios de la ciudad se empleó la artillería pesada con un éxito tan devastador como precisamente en la isla de St. Louis.
Pero, ¿qué importaba
eso? Los insurrectos fueron expulsados
o masacrados, y el "orden" triunfó entre los escombros manchados de sangre.

En la orilla izquierda del Sena quedaba aún por conquistar un puesto. El puente de Austerlitz, que al este del canal St. Martin une el Faubourg St. Antoine con la orilla izquierda del Sena, estaba fuertemente barricado y dotado, en la orilla izquierda, donde desemboca en la plaza Valhubert, frente al Jardín de Plantas, de una fuerte cabeza de puente. Esta
cabeza de puente, tras la caída del Panteón y de la plaza Maubert, la última trinchera de los insurrectos en la orilla izquierda, fue tomada tras una defensa encarnizada.

Para el día siguiente, el 26, a los insurrectos solo les queda, pues, su última
fortaleza, el Faubourg St. Antoine y una parte del Faubourg du Temple. Ambos Faubourgs no son muy
aptos para los combates callejeros; tienen calles bastante anchas y casi completamente rectas,
que dejan un excelente campo de acción a la artillería. Por el lado occidental
están magníficamente cubiertos por el canal St. Martin, pero por el norte están completamente
abiertos. Aquí, cinco o seis calles completamente rectas y anchas descienden directamente al corazón
del Faubourg Saint Antoine.

Las principales fortificaciones se habían instalado en la plaza de la Bastilla y en la calle más importante
de todo el barrio, la calle del Faubourg St. Antoine. Aquí se erigieron barricadas de una
solidez notable, en parte hechas de grandes adoquines de sillería, en parte armadas con vigas.
Formaban un ángulo hacia adentro, en parte para debilitar el efecto de los cañonazos,
en parte para ofrecer un frente de defensa más amplio, que abría un fuego cruzado. En las casas
se habían abierto brechas en las medianerías, poniendo así en comunicación cada vez toda una serie de casas,
de modo que los insurrectos, según la necesidad del momento, podían abrir un fuego de tiradores sobre las
tropas o replegarse tras sus barricadas. Los
puentes y muelles del canal, así como las calles paralelas del canal, estaban igualmente
fuertemente atrincherados. En suma, los dos Faubourgs aún ocupados semejaban una completa
fortaleza, en la que las tropas debían conquistar sangrientamente cada palmo de terreno.

El 26 por la mañana, la lucha debía reanudarse. Cavaignac, sin embargo, tenía pocas ganas de enviar a sus
tropas a este laberinto de barricadas. Amenazó con un bombardeo.
Los morteros y obuses estaban emplazados. Se parlamentó. Mientras tanto,
Cavaignac hizo minar las casas próximas —lo que, debido a la
brevedad del tiempo y al canal que cubría una de las líneas de ataque, solo pudo hacerse en muy
limitada medida— e hizo establecer desde las casas ya ocupadas

también comunicaciones interiores con las casas contiguas
mediante aberturas en las medianerías.

Las negociaciones fracasaron; la lucha recomenzó. Cavaignac hizo
atacar al general Perrot desde el Faubourg du Temple, y al general Lamoricière desde la plaza de
la Bastilla. En ambos puntos se cañoneó fuertemente contra las barricadas. Perrot avanzó
bastante rápidamente, tomó el resto del Faubourg du Temple y llegó en algunos puntos incluso
hasta el Faubourg St. Antoine. Lamoricière avanzó más lentamente. Las primeras barricadas
resistieron a sus cañones, aunque las primeras casas del arrabal fueron incendiadas por sus
granadas. Parlamentó de nuevo. Con el reloj en la mano, espera
el minuto en que tendrá el placer de reducir a escombros el barrio más populoso de París.
Entonces, por fin, capitula una parte de los insurrectos,
mientras que la otra, atacada en sus flancos, se retira de la ciudad tras una breve lucha.

Tal fue el fin de la batalla de las barricadas de junio. Fuera de la ciudad se produjeron todavía
combates de tiradores, pero carentes de toda importancia. Los insurrectos fugitivos
fueron dispersados por los alrededores y son capturados uno a uno por la caballería.

Hemos dado esta exposición puramente militar del combate para probar a nuestros lectores
con qué heroica bravura, con qué unanimidad, con qué disciplina y con qué pericia militar lucharon los obreros de París.
40.000 de ellos lucharon cuatro días contra una fuerza cuatro veces superior, y faltó un pelo
para que resultasen vencedores. Faltó un pelo para que pusieran pie en el centro de París,
tomaran el Ayuntamiento, instauraran un gobierno provisional y duplicaran su
número, tanto a partir de los barrios conquistados como de las guardias móviles, que entonces solo necesitaban
un impulso para pasarse a sus filas.

Periódicos alemanes afirman que esta fue la batalla decisiva entre la república roja y la
república tricolor, entre obreros y burgueses. Estamos convencidos de que esta batalla
no decide
nada más que la descomposición de los vencedores en sí mismos.
Por lo demás, el curso de toda la cuestión prueba que los obreros, en un plazo no muy
largo, deben vencer, incluso si consideramos la cosa desde un punto de vista puramente militar.
Si 40.000 obreros parisinos lograron ya tan enorme cosa contra una superioridad numérica
cuádruple, ¡qué no logrará la masa total de los obreros parisinos cuando actúe unánime
y concertadamente!

Kersausie
está capturado y, en este momento, probablemente ya fusilado.
Fusilarlo pueden los burgueses, pero no quitarle la gloria de haber sido

él quien primero organizó la lucha callejera
. Fusilarlo pueden, pero ningún poder en la tierra impedirá
que sus invenciones sean utilizadas en el futuro en todas las luchas callejeras.
Fusilarlo pueden, pero no impedir que su nombre perdure en la historia como el del

primer comandante de barricadas
.