"Neue Rheinische Zeitung" - El Poder Central alemán y Suiza

El Poder Central alemán y Suiza

["Neue Rheinische Zeitung" n.º 153 del 26 de noviembre de 1848]

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Colonia
, 24 de noviembre. En las comedias del siglo pasado, sobre todo en las francesas, nunca falta un criado que divierte al público recibiendo a cada instante golpes, empujones y, en las escenas de especial efecto, hasta puntapiés. El papel de ese criado no es ciertamente grato, pero aún es envidiable comparado con un papel que es fijo en nuestro teatro imperial de Fráncfort: el del ministro imperial de Asuntos Exteriores. Los criados de la comedia tienen al menos un medio para vengarse: tienen ingenio. ¡Pero el ministro imperial!

Seamos justos. El año 1848 no le depara rosas a ningún ministro de Asuntos Exteriores. Palmerston y Nesselrode hasta ahora se han sentido felices de que los hayan dejado tranquilos. El fogoso Lamartine, que con sus manifiestos conmovía hasta las lágrimas a solteronas y viudas alemanas, ha tenido que escabullirse avergonzado, con las alas rotas y desplumadas. Su sucesor, Bastide, que hace todavía un año, en el "National" y en la oscura "Revue nationale", como trompetero oficial de guerra, derramaba la más virtuosa indignación contra la política cobarde de Guizot, derrama ahora cada noche silenciosas lágrimas sobre la lectura de sus œuvres complètes de la veille <obras completas de la víspera (de la Revolución)> y sobre el amargo pensamiento de que día a día se hunde más en el Guizot de la república honesta. Todos estos ministros tienen, sin embargo, un consuelo: si en lo grande les ha ido mal, en lo pequeño —en cuestiones danesas, sicilianas, argentinas, valacas y otras apartadas— han podido tomarse la revancha. Incluso el ministro prusiano de Asuntos Exteriores, el señor Arnim, al firmar el desagradable armisticio danés, tuvo la satisfacción de no ser solo el burlado, sino también de burlar a alguien, ¡y ese alguien era… el ministro imperial!

En efecto, el ministro imperial de Asuntos Exteriores es el único de todos que ha desempeñado un papel puramente pasivo, que ha recibido golpes sin haber asestado uno solo. Ha sido, desde los primeros días de su entrada en el cargo, el cordero expiatorio elegido, sobre el cual todos los colegas de los Estados vecinos derramaban su bilis, en quien se tomaban venganza de los pequeños sufrimientos de la vida diplomática, en los que también a ellos les había tocado su parte. Puesto que fue golpeado y atormentado, no abrió su boca, como un cordero que es llevado al matadero. ¿Dónde hay alguien que pueda decir que el ministro imperial le haya torcido un solo pelo? En verdad, la nación alemana jamás olvidará al señor Schmerling por haberse atrevido a retomar con tal resolución y consecuencia las tradiciones del viejo Sacro Imperio Romano.

¿Hemos de certificar aún el heroísmo paciente desplegado por el señor von Schmerling mediante un registro de sus éxitos diplomáticos? ¿Hemos de volver al viaje del señor Max Gagern de Fráncfort a Schleswig, esa digna contrapartida de antaño del «Viaje de Sofía de Memel a Sajonia»? ¿Hemos de sacar a relucir de nuevo toda la edificante historia del armisticio danés? ¿Vamos a entrar en la fracasada oferta de mediación en el Piamonte y en el viaje de estudios diplomáticos del señor Heckscher a expensas del Reich? No es necesario. Los hechos son demasiado recientes y contundentes para que baste con mencionarlos.

Pero todo tiene sus límites, y al final también el más paciente ha de mostrar alguna vez que tiene pelos en los dientes, dice el filisteo alemán. Fiel a esta máxima de una clase a la que nuestros señores estadistas declaran la gran mayoría bien pensante de Alemania, el señor von Schmerling sintió finalmente también la necesidad de mostrar que tiene pelos en los dientes. El cordero expiatorio buscó un chivo expiatorio y creyó haberlo encontrado por fin en Suiza. Suiza —apenas dos millones y medio de habitantes, republicanos por añadidura, el refugio desde el cual Hecker y Struve invadieron Alemania y perturbaron gravemente al nuevo Sacro Imperio Romano—, ¿cabe hallar una ocasión mejor y al mismo tiempo más inofensiva para demostrar que la «gran Alemania» tiene pelos en los dientes?

Inmediatamente se dirigió una nota «enérgica» al Vorort de Berna con motivo de las maquinaciones de los refugiados. El Vorort de Berna, sin embargo, respondió a la «gran Alemania» en nombre de la «pequeña Suiza» con igual energía, en la conciencia de su buen derecho. Pero esto no intimidó en modo alguno al señor Schmerling. Los pelos le crecieron sobre los dientes con asombrosa rapidez, y ya el 23 de octubre se redactó una nueva nota, aún más «enérgica», y se entregó al Vorort el 2 de noviembre. Aquí el señor Schmerling amenazaba ya a la díscola Suiza con la vara. El Vorort, aún más rápido de reflejos que el ministro imperial, respondió ya dos días después con la misma calma y firmeza que antes, y el señor Schmerling, por tanto, pondrá en vigor sus «precauciones y medidas» contra Suiza. Ya está ocupado en ello con el mayor celo, como ha declarado en la Asamblea de Fráncfort.

Si esta amenaza fuera una farsa imperial corriente, de las que ya hemos visto tantas este año, no diríamos ni una palabra al respecto. Pero como a nuestros Don Quijotes imperiales o, mejor dicho, a nuestros Sanchos imperiales de la administración de Asuntos Exteriores no se les puede atribuir suficiente desatino en su ínsula Barataria, fácilmente puede ocurrir que esta diferencia suiza nos enrede en toda clase de nuevas complicaciones. Quidquid delirant reges… <todo desvarío de los príncipes, los griegos deben expiarlo. Horacio, «Epístolas», libro primero, epístola III>.

Examinemos, pues, más de cerca la nota imperial a Suiza.

Es sabido que los suizos hablan mal el alemán y no lo escriben mucho mejor. Pero la nota de respuesta del Vorort es, en cuanto al estilo, una obra maestra de redondez goetheana frente al alemán escolar, torpe y siempre falto de expresión del ministerio imperial. El diplomático suizo (según se dice, el canciller federal Schieß) parece haber mantenido deliberadamente su lengua especialmente pura, fluida y culta, para formar ya en este sentido un contraste irónico con la nota del Regente imperial, que uno de los capotes rojos de Jellachich no habría estilizado ciertamente peor. Hay frases en la nota imperial que son absolutamente incomprensibles, y otras de una desigualdad consumada, como se verá más adelante. ¿Pero no están estas frases escritas precisamente «en el lenguaje de la rectitud que el gobierno del Regente imperial se impondrá siempre como deber en el tráfico internacional»?

No le va mejor al señor Schmerling en cuanto al contenido. Ya en el primer párrafo recuerda «el hecho de que, durante varias semanas, en la Dieta se debatió la nota alemana del 30 de junio del corriente año, antes de que se diera respuesta alguna, en un tono que, en aquel tiempo, habría hecho imposible la estancia de un representante de Alemania en Suiza». (He aquí una muestra del estilo.)

El Vorort es de buen natural como para probar al «gobierno del Regente imperial», según los protocolos de la Dieta, que esos debates que duraron «varias semanas» se reducen a una sola y breve negociación en un solo día. Se ve cómo nuestro ministro imperial, en vez de consultar los documentos, prefiere confiar en el tesoro de su confusa memoria. Hallaremos aún más pruebas de ello.

El gobierno del Regente imperial, por otra parte, puede hallar en esta amabilidad del Vorort, en la prontitud con que éste ayuda a su débil memoria, una prueba de los «sentimientos de buena vecindad» de Suiza. En verdad, si se hubiera atrevido a hablar en una nota de manera análoga de los debates parlamentarios ingleses, ¡la seca insolencia de Palmerston le habría mostrado la puerta de muy distinta manera! Los embajadores prusiano y austríaco en Londres pueden contarle lo que se debatió públicamente sobre sus respectivos Estados y notas sin que a nadie se le ocurriera que su estancia en Londres se hubiera vuelto imposible. ¡Estos escolares pretenden enseñar derecho internacional a Suiza y ni siquiera saben que de las deliberaciones de las asambleas soberanas solo les incumbe lo que se decide, no lo que se habla! Estos lógicos afirman en la misma nota que «Suiza sabrá que los ataques a la libertad de prensa no pueden partir de Alemania» (imprimir estas líneas en la «N[eue] Rhein[ische] Z[eitung]» es ya suficiente para ironizarlas amargamente) ¡y pretenden incluso inmiscuirse en la libertad de debate del entonces supremo órgano suizo!

«No se trata de una controversia de principios. No se trata del derecho de asilo, ni de la libertad de prensa. Suiza sabrá que los ataques a estos derechos no pueden partir de Alemania. Ha declarado repetidas veces que no tolerará el abuso de los mismos, ha reconocido que el derecho de asilo no puede convertirse en un negocio para Suiza» (¿qué quiere decir eso?), «en un estado de guerra para Alemania» (¡el derecho de asilo, un estado de guerra, vaya alemán!) «y que debe haber una diferencia entre un cobijo para perseguidos y una guarida para salteadores de caminos.»

¡«Guarida para salteadores de caminos»! ¿Acaso Rinaldo Rinaldini y todos los capitanes de bandoleros de los Abruzos, publicados por Gottfried Basse en Quedlinburg, se han trasladado con sus bandas al Rin para saquear, en ocasión propicia, el Alto País de Baden? ¿Está Karl Moor en camino desde los bosques de Bohemia? ¿Acaso Schinderhannes dejó también un sobrino que, como «sobrino de su tío», quiera continuar la dinastía desde Suiza? ¡Lejos de ello! Struve, que está en la cárcel de Baden, la señora Struve y los pocos obreros que cruzaron la frontera sin armas, esos son los «salteadores de caminos» que tenían o aún deben tener sus «guaridas» en Suiza. El poder imperial, no satisfecho con los prisioneros en quienes puede vengarse, se despoja de todo decoro hasta el punto de arrojar insultos al otro lado del Rin a los que han escapado felizmente.

«Suiza sabe que no se le exigen persecuciones de prensa, que no se habla de los periódicos y hojas volantes, sino de sus autores, los cuales, junto a la frontera, día y noche, mediante la introducción masiva de escritos incendiarios, libran una rastrera guerra de contrabando contra Alemania.»

¡«Introducción»! ¡«Escritos incendiarios»! ¡«Rastrera guerra de contrabando»! Las expresiones se vuelven cada vez más cultas, más diplomáticas… pero ¿no se ha impuesto el gobierno del Regente imperial «el lenguaje de la rectitud como un deber»?

Y, en efecto, su lenguaje es de una singular «rectitud». No exige de Suiza persecuciones de prensa; no habla de los «periódicos y hojas volantes», sino de «sus autores». A estos se les quiere cortar el oficio. Pero, honrado «gobierno del Regente imperial», cuando en Alemania se procesa a un periódico, por ejemplo, a la «Neue Rheinische Zeitung», ¿se trata del periódico, que está en manos de todo el mundo y ya no puede ser sustraído a la circulación, o de los «autores», a quienes se encarcela y se lleva ante los tribunales? ¡Este buen gobierno no exige persecuciones contra la prensa, sino solo contra los autores de la prensa! ¡Piel honrada! ¡Maravilloso «lenguaje de la rectitud»!

Estos instigadores «libran contra Alemania una baja guerra de contrabando mediante la importación masiva de escritos incendiarios». Este crimen de los «salteadores de caminos» es verdaderamente imperdonable, tanto más cuanto que «ocurre de día y de noche», y que Suiza lo tolere constituye una escandalosa violación del derecho de gentes.

Desde Gibraltar se introducen de contrabando en España cargamentos enteros de mercancías inglesas, y los curas españoles declaran que los ingleses libran desde allí «una baja guerra de contrabando contra la Iglesia católica mediante la importación de escritos incendiarios evangélicos», por ejemplo, biblias españolas de la Sociedad Bíblica. Los fabricantes de Barcelona maldicen igualmente la baja guerra de contrabando que desde allí se libra contra la industria española mediante la importación de calicós ingleses. Pero que el embajador español se queje una sola vez, y Palmerston le contestaría: Thou blockhead <Du Dummkopf>, ¡precisamente por eso nos apoderamos de Gibraltar! Todos los demás gobiernos han tenido hasta ahora demasiado tacto, gusto y ponderación para quejarse en notas del contrabando. Pero el ingenuo gobierno del Regente imperial habla hasta tal punto el «lenguaje de la franqueza» que declara con la mayor candidez que Suiza ha violado el derecho de gentes cuando los guardias fronterizos de Baden no vigilan como es debido.

«Suiza, por último, tampoco puede albergar dudas acerca de que el derecho del extranjero a precaverse contra tal desafuero no puede depender de que las autoridades suizas carezcan del poder o de la voluntad de prohibirlo.»

El gobierno del Regente imperial parece estar completamente «a oscuras acerca de que el derecho» de Suiza a dejar en paz a todo aquel que se someta a las leyes del país, aunque libre, mediante importaciones, etc., una baja guerra de contrabando, etc., «no puede depender de que las autoridades alemanas carezcan del poder o de la voluntad» de «prevenir» ese contrabando. El gobierno del Regente imperial debería tomar a pecho la respuesta de Heine al hamburgués que se lamentaba ante él del gran incendio:

Procurad mejores leyes,

y mejores bombas de incendios —

<H. Heine, Deutschland. Ein Wintermärchen, Caput XXI>

y ya no tendrá necesidad de hacerse ridículo en lo sucesivo mediante la franqueza de su lenguaje.

«Solo hay disputa sobre los hechos», prosigue, de modo que por fin oiremos, aparte de la baja guerra de contrabando, algunos otros hechos significativos. Estamos impacientes.

«El Alto Vorort exige, invocando su desconocimiento, que se le proporcione la prueba precisa de acontecimientos que puedan corroborar las acusaciones elevadas contra las autoridades suizas.»

Evidentemente, una exigencia muy razonable por parte del Alto Vorort. ¿Y el gobierno del Regente imperial accederá con la mejor disposición a esta justa demanda?

De ningún modo. Escúchese solamente:

«Pero un procedimiento contradictorio entre gobiernos sobre cosas de notoriedad pública no está en la costumbre de los pueblos.»

Ahí tenéis una ruda lección de derecho de gentes para la arrogante pequeña Suiza, que cree poder tratar al gobierno del Regente imperial de la gran Alemania con la misma impertinencia que antaño a la pequeña Dinamarca. Debería tomar ejemplo del armisticio danés y volverse más modesta. De lo contrario, podría correr la misma suerte.

Cuando un Estado vecino reclama la extradición de un vulgar delincuente, se accede a un procedimiento contradictorio, por muy «notorio» que sea el crimen. Pero el procedimiento contradictorio, o mejor dicho la mera prueba de la culpabilidad que Suiza exige antes de proceder —no contra vulgares delincuentes que han cruzado la frontera, ni contra refugiados, no, contra sus propios funcionarios surgidos de elecciones populares democráticas—, ¡esa prueba «no está en la costumbre de los pueblos»! En verdad, el «lenguaje de la franqueza» no se desmiente un solo instante. No se puede confesar de manera más franca que no se tiene ninguna prueba que aducir.

Y ahora sigue una lluvia de preguntas en la que se enumeran todos esos hechos de notoriedad pública.

«¿Duda alguien de las maquinaciones de los agitadores alemanes en Suiza?»

Ciertamente nadie, como tampoco de las maquinaciones del señor Schmerling en Fráncfort. Que los refugiados alemanes en Suiza, en su mayoría, «maquinan» algo, está claro. La única cuestión es qué maquinan, y evidentemente el propio señor Schmerling no lo sabe, de lo contrario lo diría.

«¿Duda alguien de la prensa de los refugiados?»

Ciertamente nadie. Pero el señor Schmerling mismo declara que los ataques contra la libertad de prensa no pueden venir de Alemania. Y si vinieran, Suiza sabría en verdad rechazarlos. Pues, ¿qué significa esta pregunta? Si la traducimos del «lenguaje de la franqueza» al alemán, no significa más que esto: Suiza debe abolir la libertad de prensa para los refugiados. A un autre, Monsieur de Schmerling! <Erzählen Sie das einem anderen, Herr von Schmerling>.

«¿Debe Alemania probar ante Europa las peregrinaciones a Muttenz?»

Ciertamente no, astuto «gobierno del Regente imperial». Pero probar que esas peregrinaciones fueron la causa de la incursión de Struve o, eventualmente, de cualquier otra empresa que dé más motivo de queja contra Suiza, no sería ninguna vergüenza para el gobierno del Regente imperial, aunque le causaría tantas más dificultades.

El Vorort tiene nuevamente la amabilidad de hacer más de lo que «está en la costumbre de los pueblos» y de recordar al señor Schmerling que las peregrinaciones a Muttenz estaban dedicadas precisamente a Hecker, que Hecker estaba en contra de la segunda incursión, que incluso se marchó a América para disipar toda duda sobre sus intenciones, y que entre los peregrinos había miembros destacados de la Asamblea Nacional alemana. El Vorort es lo bastante delicado, incluso frente a la nota poco delicada del señor Schmerling, para no mencionar la última y más contundente razón: a saber, que los «peregrinos» volvieron a Alemania y allí el gobierno del Regente imperial pudo haberles pedido cuentas en cualquier momento por cualquier acto punible, por todas sus «maquinaciones» en Muttenz. Que eso no haya ocurrido demuestra del mejor modo que el gobierno del Regente imperial no tiene datos que incriminen a los peregrinos, y que, por tanto, mucho menos puede hacer un reproche a las autoridades suizas a ese respecto.

«¿O las asambleas en el Birsfeld?»

El «lenguaje de la franqueza» es una cosa hermosa. Quien, como el gobierno del Regente imperial, ha convertido ese lenguaje «en un deber en el tráfico internacional», solo necesita probar que en general se han celebrado asambleas, o incluso asambleas de refugiados en el Birsfeld, para poder reprochar a las autoridades suizas una grave violación del derecho de gentes. Otros mortales, ciertamente, tendrían que probar primero qué es lo que ha ocurrido en esas asambleas contrario al derecho de gentes. Pero se trata, por supuesto, de «hechos de notoriedad pública», tan notorios que, apuesto, no hay tres lectores de la N[euen] Rh[einischen] Z[ei]t[un]g que sepan siquiera de qué asambleas habla el señor Schmerling.

«¿O los aprestos de los perturbadores, a los que a lo largo de la frontera, en Rheinfelden, Zurzach, Gottlieben y Laufen, se permite entregarse a su ser?»

¡Gracias a Dios! Finalmente nos enteramos de algo más concreto sobre las «maquinaciones» de los refugiados. Hemos sido injustos con el señor von Schmerling al pensar que no sabía qué maquinaban los refugiados. No solo sabe lo que maquinan, sabe también dónde maquinan. ¿Dónde maquinan? En Rheinfelden, Zurzach, Gottlieben y Laufen, a lo largo de la frontera. ¿Qué maquinan? ¡«Su ser»!

«¡Se entregan a su ser!» ¡Colosal violación de todo el derecho de gentes — su ser! ¿Y qué hace el gobierno del Regente imperial para no violar el derecho de gentes — acaso «su mal ser»?

Pero el señor v. Schmerling habla de «aprestos». Y como entre las ciudades donde los refugiados, para espanto de todo el Reich, se entregan a su ser, varias pertenecen al cantón de Argovia, el Vorort lo toma como ejemplo. Va nuevamente más allá de lo que se le pide, hace nuevamente más de lo que «está en la costumbre de los pueblos», y se ofrece a probar mediante un «procedimiento contradictorio» que entonces vivían en el cantón de Argovia solo 25 refugiados, que de ellos solo 10 participaron en la segunda expedición franca de Struve y que incluso esos cruzaron hacia Alemania sin armas. Aquello eran los «aprestos» en su totalidad. Pero ¿qué significa eso? Los otros 15, los que se quedaron, eran precisamente los más peligrosos. ¡Evidentemente se quedaron solo para seguir «entregándose a su ser» sin interrupción!

He ahí las graves acusaciones del «gobierno del Regente imperial» contra Suiza. No sabe aducir nada más, y tampoco lo necesita, puesto que «no está en la costumbre de los pueblos», etc. Si Suiza es lo bastante desvergonzada para no haberse dejado aplastar aún por estas acusaciones, las «resoluciones» y «medidas» del gobierno del Regente imperial no dejarán de surtir el efecto aplastante. El mundo está impaciente por saber cómo estarán constituidas esas resoluciones y medidas, tanto más impaciente cuanto que el señor Schmerling las conduce con el mayor secreto y no quiere comunicar siquiera a la Asamblea de Fráncfort nada más detallado. Sin embargo, la prensa suiza ya ha demostrado que todas las represalias que el señor Schmerling pueda adoptar han de repercutir de forma mucho más perjudicial sobre Alemania que sobre Suiza, y según todas las informaciones, los suizos aguardan con el mayor humor las «medidas y resoluciones» del gobierno del Regente imperial. Si los señores ministros de Fráncfort conservarán el mismo humor, especialmente cuando medien notas inglesas y francesas, es algo que debemos esperar. Solo una cosa es segura: el asunto terminará como la guerra danesa — con una nueva deshonra, que esta vez solo afectará a la Alemania oficial.