"Neue Rheinische Zeitung" - El partido democrático

El partido democrático

["Neue Rheinische Zeitung" núm. 2 del 2 de junio de 1848]

Colonia, 1 de junio. Es un requisito habitual para todo nuevo órgano de la opinión pública: entusiasmo por el partido cuyos principios profesa, confianza incondicional en su fuerza, disposición constante, sea para cubrir el principio con el poder fáctico, sea para embellecer la debilidad fáctica con el brillo del principio. No responderemos a esta exigencia. No trataremos de dorar las derrotas sufridas con engañosas ilusiones.

El partido democrático ha sufrido derrotas; los principios que proclamó en el momento de su triunfo han sido puestos en tela de juicio, el terreno que realmente ha conquistado se le disputa palmo a palmo; ya ha perdido mucho, y pronto se planteará la cuestión de qué le queda aún.

Lo que nos importa es que el partido democrático tome conciencia de su posición. Se preguntará por qué nos dirigimos a un partido, por qué no fijamos más bien la mirada en la meta de los afanes democráticos, en la prosperidad del pueblo, en la salvación de todos sin distinción.

Es éste el derecho y la costumbre de la lucha, y sólo de la lucha de los partidos, no de compromisos aparentemente sabios, de un fingido ir juntos en medio de opiniones, intereses y fines contrapuestos, puede nacer la salvación de la nueva época.

Exigimos del partido democrático que tome conciencia de su posición. Esta exigencia brota de las experiencias de los últimos meses. El partido democrático se ha entregado demasiado al vértigo de la primera embriaguez del triunfo. Ebrio de alegría por el hecho de que al fin se le permitiera proclamar su principio en voz alta y sin tapujos, se imaginó que bastaba con proclamarlo para tener de inmediato la seguridad de su realización. Después de su primera victoria y de las concesiones inmediatamente ligadas a ella, no ha ido más allá de esa proclamación. Pero mientras ella fue generosa con sus ideas y abrazó como hermano a todo aquel que, de momento, no se atrevía a alzar la voz en contra, actuaban los otros, a quienes el poder había sido dejado o entregado. Y su actividad no ha sido desdeñable. Reteniendo sus principios y dejándolos aflorar sólo en la medida en que se dirigían contra el viejo estado de cosas derribado por la revolución, limitando con cautela el movimiento allí donde el interés del nuevo orden jurídico en formación, el restablecimiento del orden externo, podía servir de pretexto, haciendo concesiones aparentes a los amigos del viejo orden para contar con mayor seguridad con ellos para la ejecución de sus planes, y levantando luego paulatinamente su propio sistema político en sus rasgos fundamentales, han logrado ganar una posición intermedia entre el partido democrático y los absolutistas, avanzando por un lado, haciendo retroceder por el otro, progresistas a un tiempo —contra el absolutismo— y reaccionarios —contra la democracia.

Es éste el partido de la burguesía sensata y moderada, por el que el partido popular se dejó burlar en su primera embriaguez, hasta que al fin, cuando se le rechazó con desprecio, cuando se le denunció como agitador y se le imputaron toda suerte de tendencias reprobables, se le abrieron los ojos, hasta que reparó en que, en el fondo, no había alcanzado nada más que lo que los señores de la burguesía consideran compatible con su bien entendido interés. Puesto en contradicción consigo mismo por una ley electoral antidemocrática, derrotado en las elecciones, ve ahora ante sí una doble representación, de la cual difícil sería decir cuál de las dos se opone con mayor decisión a sus exigencias. Con esto se ha desvanecido, desde luego, su entusiasmo, y ha cedido el lugar al sobrio reconocimiento de que una poderosa reacción ha llegado al poder, y, cosa notable, antes incluso de que se haya llegado a acción alguna en el sentido de la revolución.

Por indudable que todo esto sea, sería peligroso que ahora el partido democrático, bajo el amargo sentimiento de la primera derrota, en parte por él mismo causada, se dejara determinar a retornar a aquel funesto idealismo, por desgracia tan afín al carácter alemán, en virtud del cual un principio que no puede ser llevado inmediatamente a la vida se encomienda al lejano porvenir, mientras que para el presente se abandona a la inofensiva elaboración de los «pensadores».

Debemos prevenir directamente contra esos amigos hipócritas que, si bien se declaran de acuerdo con el principio, dudan de su viabilidad porque el mundo no está aún maduro para ello, y que en modo alguno tienen la intención de madurarlo, sino que prefieren, en esta mala existencia terrenal, entregarse ellos mismos al destino general de la maldad. Si ésos son los criptorrepublicanos que tanto teme el consejero áulico Gervinus, le damos la razón de todo corazón: esos individuos son peligrosos.