"Neue Rheinische Zeitung" - El debate berlinés sobre la revolución

El debate berlinés sobre la revolución

["Neue Rheinische Zeitung" nº 14, del 14 de junio de 1848]

Colonia
, 13 de junio. La
Asamblea de Acuerdo se ha pronunciado por fin con claridad. Ha
desautorizado la revolución y reconocido la teoría del acuerdo.

El estado de cosas sobre el que debía pronunciarse era el siguiente:

El 18 de marzo, el rey prometió una constitución, introdujo la
libertad de prensa con fianzas y se pronunció, en una serie de propuestas, en el sentido
de que la unidad de Alemania debía alcanzarse mediante la absorción de Alemania en
Prusia.

Ésas fueron las concesiones del 18 de marzo, reducidas a su verdadero contenido. Que los
berlineses se dieran por satisfechos con ellas, que se dirigieran al palacio para
agradecérselo al rey, demuestra con la mayor claridad la necesidad de la revolución
del 18 de marzo. No sólo el Estado, también los ciudadanos del Estado tenían que ser
revolucionados. El súbdito sólo podía ser despojado de su condición en una sangrienta
lucha de liberación.

El conocido «malentendido» provocó la revolución. En efecto, se produjo un
malentendido. El ataque de los soldados, la prolongación del combate durante dieciséis
horas, la necesidad del pueblo de forzar la retirada de las tropas: todo ello prueba
suficientemente que el pueblo había
malentendido
por completo las concesiones del 18 de marzo.

Los resultados de la revolución fueron: de un lado, el armamento del pueblo, el
derecho de asociación, la soberanía popular conquistada de hecho; del otro, el
mantenimiento de la monarquía y el ministerio Camphausen-Hansemann, es decir, el gobierno de los
representantes de la alta burguesía.

Así pues, la revolución había tenido dos series de resultados que necesariamente
tenían que divergir. El pueblo había vencido, se había conquistado libertades de
naturaleza decididamente democrática; pero el dominio inmediato no pasó a sus manos,
sino a las de la gran burguesía.

En una palabra, la revolución no estaba consumada. El
pueblo había consentido la formación de un ministerio de grandes burgueses, y los
grandes burgueses demostraron sus tendencias de inmediato ofreciendo una alianza a la
antigua nobleza prusiana y a la burocracia. Arnim, Canitz, Schwerin entraron en el ministerio.

La alta burguesía, antirrevolucionaria desde siempre, concertó —por miedo al pueblo,
es decir, a los obreros y a la ciudadanía democrática— una alianza ofensiva y defensiva
con la reacción.

Los partidos reaccionarios unidos comenzaron su lucha contra la democracia
poniendo en cuestión la revolución
. La victoria del pueblo fue negada; la famosa
lista de los «diecisiete militares muertos» fue fabricada; los combatientes de las barricadas
fueron denigrados de todas las maneras posibles. Y no fue suficiente. El ministerio hizo
realmente que se reuniera la Dieta Unida, convocada antes de la revolución, y que se
fabricara
post festum
<con posterioridad> la transición legal del absolutismo a la
constitución. Con ello negó de plano la revolución. Además inventó la
teoría del acuerdo; con ello negó de nuevo la revolución y negó al mismo tiempo la
soberanía popular.

Así pues, la revolución fue realmente puesta en cuestión, y pudo serlo porque
había sido sólo una media revolución, sólo el comienzo de un largo movimiento
revolucionario.

No podemos entrar aquí a examinar por qué y en qué medida el dominio momentáneo
de la alta burguesía en Prusia es una etapa de transición necesaria hacia la democracia,
y por qué la alta burguesía, apenas ascendida al trono, se pasó de inmediato a la
reacción. Nos limitamos por ahora a consignar el hecho.

La Asamblea de Acuerdo tenía que pronunciarse ahora sobre si reconocía o no la
revolución.

Pero reconocer la revolución en estas circunstancias significaba reconocer el
lado democrático de la revolución frente a la alta burguesía, que quería
confiscarla.

Reconocer la revolución significaba en ese momento, precisamente, reconocer el carácter
a medias

de la revolución, y con ello el movimiento democrático dirigido contra una parte de los
resultados de la revolución. Significaba reconocer que Alemania se encuentra en un
movimiento revolucionario en el que el ministerio Camphausen, la teoría del acuerdo,
las elecciones indirectas, el dominio de los grandes capitalistas y los productos

de la Asamblea misma pueden ser, ciertamente, puntos de tránsito inevitables,
pero de ningún modo resultados finales.

El debate en la Cámara sobre el reconocimiento de la revolución fue conducido por ambas
partes con gran amplitud y gran interés, pero con notablemente poco ingenio. Pocas lecturas
más desagradables pueden imaginarse que esta difusa negociación, interrumpida a cada
momento por el ruido o por sutilezas reglamentarias. En lugar de la gran pasión de la lucha de
partidos, una fría tranquilidad de ánimo que amenaza a cada instante con descender al
tono de la conversación; en lugar de la cortante agudeza de la argumentación, una amplia
y confusa palabrería que divaga de una cosa a otra; en lugar de respuestas contundentes,
aburridos sermones morales sobre la esencia y la naturaleza de la eticidad.

Tampoco la izquierda se ha distinguido especialmente en este debate. La mayoría de sus
oradores se repiten unos a otros; ninguno se atreve a ir decididamente al cuerpo de la cuestión
y a presentarse abiertamente como revolucionario. Temen chocar en todas partes, ofender,
asustar. Si los combatientes del 18 de marzo no hubieran demostrado más energía y
pasión en la lucha que los señores de la izquierda en el debate, la situación en Alemania
sería grave.

["Neue Rheinische Zeitung" nº 15, del 15 de junio de 1848]

Colonia
, 14 de junio. El diputado
Berends
de Berlín abrió el
debate presentando la moción siguiente:

«La Asamblea declara, en reconocimiento de la revolución, que los
combatientes del 18 y 19 de marzo han contraído méritos ante la patria.»

La forma de la moción —la redacción lacónica a la antigua romana, retomada por la gran
revolución francesa— era del todo apropiada.

Tanto más inapropiada, en cambio, fue la manera en que el señor
Berends
desarrolló su
moción. No habló revolucionariamente, sino conciliatoriamente. Tenía que representar
la ira de los combatientes de las barricadas insultados ante una asamblea de reaccionarios, y
disertó de manera completamente tranquila y seca, como si hablara todavía como maestro de la
Asociación de Artesanos de Berlín. Tenía que defender un asunto completamente simple,
completamente claro, y su desarrollo es lo más confuso que se puede leer.

El señor
Berends
comienza así:

«¡Señores! El reconocimiento de la revolución está enteramente en la naturaleza
de la cosa (!). Nuestra Asamblea misma es un reconocimiento hablado del gran
movimiento que ha recorrido todos los países civilizados de Europa. La Asamblea ha
surgido de esta revolución, de modo que su existencia es, de hecho, el reconocimiento
de la revolución.»

En primer lugar. No se trata en absoluto de reconocer «el gran movimiento que ha recorrido
todos los países civilizados de Europa» en general como un hecho; eso sería superfluo
y vacío. Se trata, más bien, de reconocer la lucha callejera berlinesa, que se hace pasar
por una asonada, como una revolución auténtica, real.

En segundo lugar. La Asamblea de Berlín es, ciertamente, por un lado un
«
reconocimiento
de la revolución», en la medida en que sin la lucha callejera berlinesa no
se habría llegado a ninguna constitución «acordada», sino, a lo sumo, a una
constitución otorgada. Pero por la manera de su convocatoria, por el mandato que le
dieron la Dieta Unida y el ministerio, se ha convertido igualmente en una
negación
de la
revolución. Una asamblea que se sitúa «sobre el terreno de la revolución» no acuerda,
decreta.

En tercer lugar. La Asamblea ya había reconocido la teoría del acuerdo en la
votación sobre el mensaje <Véase «La cuestión del mensaje»>, ya había
renegado de la revolución en la votación contra la marcha a la tumba de los caídos. Ha
renegado de la revolución al seguir «sesionando» en general al lado de la Asamblea de
Fráncfort.

Así pues, la moción del señor Berends ya había sido rechazada dos veces de hecho. Tanto
más debía fracasar esta vez, en que la Asamblea debía pronunciarse abiertamente.

Puesto que la Asamblea era una vez reaccionaria, puesto que estaba claro que el pueblo ya
no tenía nada que esperar de ella, estaba en interés de la izquierda que la minoría
a favor
de la moción fuera lo más pequeña posible y abarcara sólo a los miembros
más decididos.

Así pues, el señor
Berends
no tenía por qué guardarse nada. Debía
presentarse de la manera más decidida y revolucionaria posible. En lugar de aferrarse a la
ilusión de que la Asamblea era constituyente y quería serlo, de que la Asamblea se
situaba
sobre el terreno de la revolución, debía declararle que ella ya había
renegado indirectamente de la revolución, y exhortarla a hacerlo ahora abiertamente.

Pero no sólo él, sino los oradores de la izquierda en general no han seguido esta
política, la única adecuada para el partido democrático. Se entregaron a la ilusión
de poder persuadir a la Asamblea para que diera un paso revolucionario. Hicieron, por tanto,
concesiones, suavizaron, hablaron de reconciliación y con ello
ellos mismos
renegando de la revolución.

El señor
Berends
prosigue ahora, con muy fría mentalidad y lenguaje muy
envarado, explayándose sobre las revoluciones en general y sobre la revolución berlinesa en
particular. En el curso de sus disquisiciones llega a la objeción de que la revolución fue
superflua porque el rey ya lo había otorgado todo de antemano. Responde:

«Ciertamente, Su Majestad el Rey había
otorgado
mucho
... pero, ¿se había alcanzado con esta concesión la satisfacción del pueblo? ¿Se
nos dio la garantía de que esta promesa se hiciera realmente verdad? Yo
creo
que esa
garantía ... ¡sólo se alcanzó después del combate! ... Está fundado que
una tal transformación del Estado sólo puede nacer y fundarse sólidamente en
grandes catástrofes de la lucha. Un gran hecho no había sido aún otorgado el 18 de marzo:
el armamento del pueblo... Sólo cuando el pueblo estuvo armado se sintió seguro
frente a la posibilidad de malentendidos... La lucha es,
pues
(!), ciertamente
una especie de acontecimiento natural
(!), pero un acontecimiento necesario...
la catástrofe en la que la transformación de la vida del Estado se hace realidad, se hace
verdad.»

De esta larga, confusa y prolija disquisición, plagada de repeticiones, se desprende
con toda claridad que el señor
Berends
no tiene, en modo alguno, claridad sobre los
resultados y la necesidad de la revolución. De sus resultados sólo conoce la «garantía»
de las promesas del 18 y el «armamento del pueblo»; su necesidad la construye por vía
filosófica, exponiendo nuevamente la «garantía» en un estilo más elevado y
asegurando, finalmente, que ninguna revolución puede realizarse sin revolución.

La revolución fue necesaria, lo que sin duda quiere decir sólo que fue necesaria para
alcanzar lo que ahora hemos alcanzado. La necesidad de la revolución está en relación
directa con sus resultados. Pero como el señor
Berends
no tiene claridad sobre los
resultados, tiene que recurrir naturalmente a enfáticas protestas para construir su
necesidad.

¿Cuáles fueron los resultados de la revolución? En modo alguno la «garantía» de
las promesas del 18, sino más bien el derrocamiento de esas promesas.

El 18 se había prometido: una monarquía en la que nobleza, burocracia, milicia y curas
mantuvieran el mango de la sartén, pero permitiendo a la alta burguesía el control mediante
una constitución otorgada y libertad de prensa con fianzas. Para el
pueblo, banderas alemanas, flota alemana, servicio militar federal alemán en lugar del prusiano.

La revolución derribó todos los poderes de la monarquía absoluta: la nobleza, la
burocracia, los militares y los curas. Llevó a la alta burguesía a

finalmente al dominio. Dio al pueblo el arma de la libertad de prensa sin cauciones, el derecho de asociación, y, al menos en parte, también el arma material, el mosquete.

Pero éste no es aún el resultado principal. El pueblo que ha combatido y vencido en las barricadas es un pueblo completamente distinto del que el 18 de marzo desfiló ante el palacio para ser instruido, mediante ataques de dragones, sobre el significado de las concesiones obtenidas. Es capaz de cosas muy distintas, se enfrenta al gobierno de manera muy diferente. La conquista más importante de la revolución es *la revolución misma*.

«Puedo decirlo como berlinés: nos ha causado un *doloroso sentimiento* (¡nada más!) ... ver escarnecido este combate ... Me remito a las palabras del señor presidente del Consejo de Ministros, quien ... manifestó que era tarea de un gran pueblo y de todos los representantes obrar *con clemencia* por *la reconciliación*. *Reclamo esa clemencia* al solicitar, como representante de Berlín, el reconocimiento del 18 y el 19 de marzo. El pueblo de Berlín se ha comportado en todo el período posterior a la revolución, en conjunto, ciertamente de forma muy honorable y digna. Puede ser que se hayan producido excesos aislados ... y por eso *creo* que *es el momento* de que la Asamblea declare, etc., etc.»

A esta conclusión cobarde, que reniega de la revolución, sólo nos queda añadir que, tras semejante motivación, la proposición merecía ser rechazada.

["Neue Rheinische Zeitung" nº 16 del 16 de junio de 1848]

Colonia, 14 de junio. La primera enmienda que se opuso a la proposición de Berends debió su efímera existencia al diputado señor Brehmer. Era una declaración ampulosa y bienintencionada en la que se reconocía: 1º la revolución, 2º la teoría del acuerdo, 3º a todos aquellos que habían contribuido al cambio acontecido, y 4º la gran verdad de que

*No son corceles ni jinetes*
*Quienes defienden la empinada cumbre*
*Donde se asientan los príncipes,*

con lo cual, finalmente, la revolución misma había sido expresada en una forma genuinamente prusiana. El bueno del profesor superior señor Brehmer quería complacer a todos los partidos, y todos ellos no quisieron saber nada de él. Su enmienda fue desechada sin discusión, y el señor Brehmer se retiró con toda la resignación de un filántropo decepcionado.

El señor Schulze (de Delitzsch) se dirigió a la tribuna. El señor Schulze es también un admirador de la revolución, pero un admirador no tanto de los combatientes de las barricadas como de las gentes de la mañana siguiente, del llamado «pueblo» a diferencia de los «combatientes». Desea que se reconozca además especialmente «la actitud del pueblo *después* del combate». Su entusiasmo no conoció límites cuando oyó hablar

«de la moderación y la sensatez del pueblo cuando ya no tenía enfrente a ningún adversario (!) ... de la seriedad, de la reconciliación del pueblo ... de su actitud frente a la dinastía ... vimos que el pueblo era bien consciente de estar, en aquellos instantes, *viendo a la historia misma cara a cara*»!!

El señor Schulze no se entusiasma tanto por la actividad revolucionaria del pueblo *en* el combate como por su inactividad, en absoluto revolucionaria, *después* del combate.

Reconocer la magnanimidad del pueblo después de la revolución sólo puede significar dos cosas:

O bien significa insultar al pueblo, pues sería un insulto reconocer como un mérito que, *después* de la victoria, no cometa infamias.

O bien significa reconocer el relajamiento del pueblo tras la victoria de las armas, que da a la reacción la oportunidad de rehacerse.

«Unir ambas cosas», el señor Schulze ha expresado su «admiración elevada a entusiasmo» por el hecho de que el pueblo, primero, se haya comportado decentemente y, segundo, haya dado a la reacción la oportunidad de recuperarse.

La «actitud del pueblo» consistió en ocuparse, lleno de entusiasmo, en «ver a la historia misma cara a cara», allí donde debería haber *hecho* la historia; en que, a fuerza de «actitud», «moderación», «sensatez», «profunda seriedad» e «imborrable unción», no llegó a impedir que los ministros escamoteasen una tras otra las libertades conquistadas; en que declaró la revolución terminada en lugar de continuarla. ¡Qué distinta fue la conducta de los vieneses, que golpe a golpe doblegaron a la reacción y ahora han conquistado una Dieta *constituyente* en lugar de una Dieta de *concertación*!

El señor Schulze (de Delitzsch) reconoce, pues, la revolución bajo la condición de no reconocerla. Por esto se le tributó un estruendoso bravo.

Tras un breve interludio reglamentario, el propio señor Camphausen aparece en escena. Señala que, según la proposición de Berends, «la Asamblea debe pronunciarse sobre una *idea*, emitir un juicio». Para el señor Camphausen, la revolución no es más que una *«idea»*. Por tanto, *«deja»* a la Asamblea decidir si desea hacerlo. En cuanto al fondo mismo, en su opinión «tal vez no exista una divergencia de opinión de importancia», de acuerdo con el hecho bien conocido de que cuando dos ciudadanos alemanes riñen, en el fondo siempre están de acuerdo.

«Si se quiere repetir que ... se ha iniciado un período que *debe tener como consecuencia* las transformaciones más considerables» (que, por tanto, no ha tenido todavía), «nadie puede estar más de acuerdo que yo.»

«Si, en cambio, se quiere expresar que el Estado y el poder estatal han perdido su fundamento jurídico, que ha tenido lugar un *derrocamiento violento del poder existente* ... entonces protesto contra semejante interpretación.»

El señor Camphausen buscaba hasta ahora su principal mérito en haber anudado de nuevo el hilo roto de la legalidad; ahora sostiene que nunca estuvo roto. Podrán los hechos abofetearle; el dogma de la transmisión legal ininterrumpida del poder desde Bodelschwingh hasta Camphausen no puede preocuparse de los hechos.

«Si se quiere insinuar que nos hallamos a la entrada de estados como los que conocemos por la historia de la revolución inglesa del siglo XVII, de la francesa del siglo XVIII, estados cuyo fin es que el poder pasa a manos de un dictador»,

entonces el señor Camphausen también debe protestar.

Nuestro reflexivo amigo de la historia no podía, naturalmente, dejar pasar la ocasión de colocar, a propósito de la revolución berlinesa, esas reflexiones que el burgués alemán tanto más gusta de oír cuanto más a menudo las ha leído en Rotteck. La revolución berlinesa no puede haber sido una revolución ya por el hecho de que, de lo contrario, se habría visto forzada a producir un Cromwell o un Napoleón, contra lo cual protesta el señor Camphausen.

Finalmente, el señor Camphausen permite a sus concertadores «expresar sus *sentimientos* por las víctimas de un *choque fatal*», pero observa que aquí «lo esencial y mucho depende de la expresión», y desea que todo el asunto se remita a una comisión.

Después de un nuevo incidente reglamentario, aparece por fin un orador que sabe remover corazones y entrañas, porque va al fondo del asunto. Es Su Reverencia el señor pastor Müller, de Wohlau, que interviene en favor de la adición de Schulze. El señor pastor no quiere «entretener mucho tiempo a la Asamblea, sino sólo traer a colación *un punto muy esencial*».

A este fin, el señor pastor somete a la Asamblea la siguiente pregunta:

«La proposición nos ha llevado al terreno *moral*, y si no la tomamos en su *superficie*» (¿cómo se hace para tomar una cosa *en su superficie*?), «sino en su *profundidad*» (hay una profundidad vacía, así como hay una amplitud vacía), «no podremos dejar de reconocer, por difícil que sea esta consideración, que se trata ni más ni menos que del reconocimiento moral de la insurrección; y pregunto por tanto: *¿Es moral una insurrección o no lo es?*»

No se trata de una cuestión política de partido, sino de algo infinitamente más importante: de un problema teológico-filosófico-moral. Lo que la Asamblea tiene que acordar con la Corona no es una Constitución, sino un sistema de filosofía moral. «¿Es moral una insurrección o no lo es?» De esto depende todo. Y, ¿qué respondió el señor pastor a la Asamblea, sin aliento por la tensión?

«*¡Pero yo creo que no estamos en el caso de tener que decidir aquí ese elevado principio moral!*»!!

El señor pastor ha ido al fondo del asunto sólo para declarar que no puede encontrar fondo alguno.

«Ha sido objeto de reflexión de muchos hombres *profundos*, y sin embargo no han llegado a ninguna *decisión determinante*. Tampoco nosotros alcanzaremos esa claridad en el curso de un debate rápido.»

La Asamblea está como fulminada. El señor pastor le plantea un problema moral con cortante agudeza y con toda la seriedad que el asunto requiere; se lo plantea para explicarle a continuación que el problema es insoluble. Los concertadores, en esa situación angustiosa, debieron sentirse como si estuvieran realmente ya «en el terreno de la revolución».

Pero no era más que una simple maniobra de cura de almas del señor pastor para conducir a la Asamblea a la penitencia. Tiene preparada una gotita de bálsamo para los contritos:

«*Creo que hay todavía un tercer punto de consideración que debe tenerse en cuenta: ¡Aquellas víctimas del 18 de marzo actuaron en un estado que no permite una decisión moral!*»!!

Los combatientes de las barricadas eran inimputables.

«*Pero si me preguntáis si los considero moralmente justificados, respondo enérgicamente: ¡Sí!*»

Preguntamos nosotros: Si la palabra de Dios del campo se hace elegir para ir a Berlín sólo para aburrir a todo el público con su casuística moralizante, ¿es eso *moral* o es *no moral*?

El diputado Hofer protesta contra todo ello en su calidad de campesino de Pomerania.

«¡Pues, ¿quién ha sido el militar? ¿No han sido nuestros hermanos e hijos? ¡Considerad bien la impresión que causará cuando el padre, a orillas del mar» (en wendo *po more*, es decir, Pomerania) «oiga cómo ha sido tratado aquí su hijo!»

El ejército puede haberse comportado como quiera, puede haberse prestado a ser instrumento de la traición más infame — no importa, ¡eran nuestros muchachos de Pomerania y por eso tres hurras para ellos!

Diputado Schultz de Wanzleben: Señores, los berlineses deben ser reconocidos. Su valor ha sido ilimitado. No sólo han vencido el miedo a los cañones.

«¡Qué quiere decir el miedo a ser destrozado por la metralla, si se considera en cambio el peligro de ser castigado, como *autor de desórdenes callejeros*, con duras penas, tal vez infamantes! ¡El valor que requiere emprender *este* combate es tan sublime que ni siquiera el valor frente a las bocas abiertas de los cañones puede comparársele!»

Los alemanes, pues, no hicieron ninguna revolución antes de 1848 porque tenían miedo del comisario de policía.

El ministro Schwerin sube a la tribuna para declarar que dimitirá si se acepta la propuesta de Berends.

Elsner y Reichenbach hablan contra la adición de Schulze.

Dierschke observa que la revolución debe ser reconocida porque «la lucha de la libertad moral aún no ha concluido» y porque la Asamblea también ha sido «convocada por la libertad moral».

Jacoby exigió «pleno reconocimiento de la revolución con todas sus consecuencias». Su discurso fue el mejor de toda la sesión.

Por fin nos alegramos, después de tanta moral, tedio, indecisión y reconciliación, de ver subir a la tribuna a nuestro
Hansemann
. Ahora oímos por fin algo decidido, algo con pies y cabeza —pero no, también el señor Hansemann se presenta hoy con suavidad, mediador. Tiene sus razones para ello, no hace nada sin tener sus razones. Ve que la asamblea vacila, que la votación es incierta, que aún no se ha encontrado la enmienda adecuada. Quiere que el debate se aplace.

Con este fin pone todas sus fuerzas en hablar con la mayor dulzura posible. El hecho está ahí, es indiscutible. Sólo que unos lo llaman revolución, otros «grandes hechos». No debemos

«olvidar que aquí no ha tenido lugar una revolución como en París, como antes en Inglaterra, sino que aquí ha tenido lugar una
transacción

entre la corona y el pueblo» (¡una extraña transacción con metralla y balas de fusil!). «Precisamente porque nosotros» (los ministros) «no ponemos objeción alguna en cierto sentido a la esencia de la cosa, pero, por otra parte, la expresión debe elegirse de modo que la base del gobierno sobre la cual estamos se mantenga en lo posible»,

por eso convendría aplazar el debate, para que los ministros puedan deliberar.

¡Lo que debe haberle costado a nuestro Hansemann hacer tales giros y confesar que la «base» sobre la que se sostiene el gobierno es tan débil que podría ser derribada por una «expresión»! Sólo le compensó el placer de poder volver a convertir el asunto en cuestión de gabinete.

El debate fue, pues, aplazado.

["Neue Rheinische Zeitung" Nº 17 del 17 de junio de 1848]

Colonia
, 14 de junio. —
Segundo día
. — El debate comienza de nuevo con largas negociaciones reglamentarias. Una vez eliminadas, sube a la tribuna

el señor
Zachariä
. Él tiene que proponer la enmienda que ha de sacar a la asamblea del apuro. La gran palabra ministerial se ha encontrado. Dice así:

«La asamblea, considerando que la elevada significación de los grandes acontecimientos de marzo, a los cuales, en unión con la aprobación real» (que fue ella misma un «acontecimiento de marzo», aunque no «grande») «debemos el actual estado de derecho público, que también el mérito de los que lucharon por la misma» (es decir, por la aprobación real) «es indiscutible (!!), y que, por lo demás, la asamblea no considera que su tarea consista en emitir juicios» (¡la asamblea ha de declarar que no tiene juicio!), «sino en
pactar la constitución con la corona
, pasa al orden del día.»

Esta proposición confusa, inconsistente, que hace reverencias en todas direcciones, de la que el señor Zachariä se jacta diciendo que «cada cual, incluso el señor Berends, encontrará en ella
todo
lo que haya podido pretender
en el buen sentido con que él la ha presentado
», esta papilla agridulce es, pues, la «expresión» sobre cuya «base» «se sostiene» y puede sostenerse el ministerio Camphausen.

El señor pastor
Sydow
, de Berlín, animado por el éxito de su colega Müller, sube también al púlpito. La cuestión moral le ronda la cabeza. Lo que Müller no pudo,
él
lo podrá resolver.

«Señores, permítanme decir en este momento mismo» (después de haber predicado ya media hora) «aquello a lo que me impulsa el sentido del deber: si el debate continúa, en mi opinión, nadie debe callar hasta haberse desembarazado de su deber de conciencia. (¡Bravo!)

Permítanme una observación personal.
Mi opinión
sobre una revolución es (¡al grano!, ¡al grano!) que, donde quiera que ocurre una revolución, ésta no es más que el síntoma de la culpa en ambos lados, tanto en los gobernantes como en los gobernados. Ésta» (esta trivialidad, la manera más barata de despachar el asunto) «es la
concepción moral superior
de la cosa, y (!) no nos anticipemos al
juicio cristiano-moral
de la nación.» (¿Para qué creen, pues, los señores que están aquí?) (Agitación. ¡Al orden del día!)

«Pero, señores —prosigue el impávido paladín de la concepción moral superior y del juicio cristiano-moral que no debemos anticipar de la nación—, no soy de la opinión de que no puedan venir tiempos en que la legítima defensa política (!) de un pueblo irrumpa con la necesidad de un fenómeno natural, y... entonces opino que
cada cual
puede participar en ello de una
manera plenamente moral
. (¡Gracias a la casuística, estamos salvados!)
Ciertamente, también posiblemente de
manera inmoral
, ¡eso queda entonces librado a su conciencia!»!!

Los combatientes de las barricadas no pertenecen ante la pretendida Asamblea Nacional, pertenecen ante el confesionario. Con esto el asunto queda despachado.

El señor pastor
Sydow
declara aún que tiene «valor», se explaya largamente sobre la soberanía popular desde el punto de vista de la concepción moral superior, es interrumpido tres veces más por un ruido impaciente y regresa a su escaño con la gozosa conciencia de haberse desembarazado de su deber de conciencia. El mundo sabe ahora cuál es la opinión del pastor Sydow y cuál no es.

El señor
Plönnis
declara que se debe abandonar el asunto. Una declaración acosada hasta el agotamiento por tantas enmiendas y subenmiendas, por tantos debates y tiras y aflojas, ya no tiene valor alguno. El señor Plönnis tiene razón. Pero no podía hacer peor servicio a la asamblea que llamando la atención sobre esta circunstancia, sobre esta prueba de la cobardía de tantos miembros de ambos lados.

El señor
Reichensperger
, de Tréveris:

«No estamos aquí para construir teorías y
decretar historia
, debemos, en lo posible,
hacer historia
.»

¡De ninguna manera! Al aceptar el orden del día motivado, la asamblea resuelve que, por el contrario, está aquí para
hacer que la historia no haya ocurrido
. Ciertamente, también una manera de «hacer historia».

«Recuerdo el dicho de Vergniaud de que la revolución está a punto de devorar a sus propios hijos.»

¡Lamentablemente no! ¡Está más bien a punto de ser devorada por sus propios hijos!

El señor
Riedel
ha descubierto que bajo la proposición Berends «
no se debe entender solamente
lo que las palabras dicen sin más,
sino que oculta una lucha de principios». ¡Y esta víctima de la «concepción moral superior» es consejero íntimo de archivo y profesor!

De nuevo avanza hacia la escena un reverendísimo señor pastor. Es el señor

Jonas
, el predicador de las damas berlinesas. Parece realmente haber tomado la asamblea por un auditorio de hijas de las clases cultivadas. Con toda la pretenciosa ampulosidad de un auténtico schleiermacheriano, predica una interminable serie de los más triviales lugares comunes sobre la importantísima diferencia entre revolución y reforma. Antes siquiera de concluir la introducción de su sermón, fue interrumpido tres veces; por fin prorrumpió con la gran frase:

«La revolución es algo que contradice de manera directa nuestra actual conciencia religiosa y moral. Una revolución es un acto que, ciertamente, era considerado grande y magnífico en la antigüedad griega y romana, pero en el cristianismo...» (Interrupción violenta. Confusión general. Esser, Jung, Elsner, el presidente e innumerables voces se mezclan en el debate. Por fin, el popular predicador de púlpito vuelve a tomar la palabra.)

«En todo caso, niego a la asamblea el derecho a votar sobre principios religiosos y morales; sobre tales cosas ninguna asamblea puede votar» (¿y el consistorio, el sínodo?). «Querer decretar o declarar que la revolución es un elevado modelo moral o cualquier otra cosa» (así que, en general, cualquier cosa), «esto me parece exactamente como si la asamblea quisiera acordar que existe un Dios o que no existe, o que hay varios.»

Ahí lo tenemos. El predicador de damas ha vuelto a situar felizmente la cuestión en el terreno de la «concepción moral superior», y ahora pertenece, desde luego, sólo a los concilios protestantes, a los fabricantes de catecismos del sínodo.

¡Gracias a Dios! Después de toda esta humareda moralizante sube por fin a la tribuna nuestro Hansemann. Con este espíritu práctico estamos completamente a salvo de la «concepción moral superior». El señor
Hansemann
elimina todo el punto de vista moral con una sola observación despectiva:

«¿Tenemos, pregunto yo a ustedes, suficiente holgura para enzarzarnos en tales luchas de principios?»

El señor Hansemann recuerda que ayer un diputado habló de obreros sin pan. El señor Hansemann aprovecha esta observación para un hábil giro. Habla de la penuria de la clase obrera, lamenta su miseria y pregunta:

«¿Cuál es la causa de la penuria general? Creo... cada uno lleva en sí el sentimiento de que aún no se ha dado ninguna certidumbre para algo estable mientras no estén ordenadas nuestras condiciones de derecho público.»

El señor Hansemann habla aquí con toda el alma. ¡La confianza debe ser restablecida! exclama — y el mejor medio para restablecerla es la negación de la revolución. Y a continuación el orador del ministerio, que «no ve ninguna reacción», se extiende en una pavorosa descripción de la importancia de las disposiciones amistosas de la reacción.

«Les conjuro a promover la concordia entre
todas las clases
» (¡infligiendo un insulto a las clases que hicieron la revolución!); «les conjuro a promover la concordia entre el pueblo y el ejército; piensen que sobre el ejército descansan nuestras esperanzas de mantener nuestra independencia» (¡en Prusia, donde todo el mundo es soldado!); «piensen en cuán difíciles son las circunstancias en que nos encontramos —no necesito extenderme más sobre ello, el
lector atento de periódicos
» (y eso son ciertamente todos los señores) «reconocerá

que estas circunstancias son difíciles,
sumamente difíciles
. En este momento, hacer una declaración que sembraría una
semilla de discordia
en el país, no lo considero oportuno... Por eso, señores,

reconcilien
ustedes a los partidos, no planteen ninguna cuestión con la que
provoquen a los adversarios
, pues
eso ocurriría ciertamente
. La aprobación de la proposición
podría tener las más tristes consecuencias
.»

¡Cómo habrán sonreído los reaccionarios al ver cómo el, por lo demás, tan resuelto Hansemann no sólo a la asamblea, sino incluso a sí mismo se infundía miedo con sus palabras!

Esta apelación al miedo de los grandes burgueses, abogados y maestros de escuela de la cámara surtió más efecto que todas las frases sentimentales sobre la «concepción moral superior». La suerte estaba echada. D'Ester se lanzó aún al combate para frustrar el efecto, pero en vano; el debate fue cerrado y, por 196 votos contra 177, se adoptó el orden del día motivado de Zachariä.

De este modo, la asamblea pronunció sobre sí misma la sentencia de que no tiene juicio.