“Nueva Gaceta Renana” – La cuestión del mensaje

La cuestión del mensaje

[“Neue Rheinische Zeitung” nº 8 del 8 de junio de 1848]

Colonia, 7 de junio. La Asamblea de Berlín ha decidido, pues, dirigir un mensaje al rey a fin de brindar al ministerio la oportunidad de exponer sus puntos de vista, de justificar su gestión hasta ahora. No ha de ser un mensaje de agradecimiento al viejo estilo de las Dietas, ni siquiera una muestra de respeto: Su Majestad, según confesión de Sus muy altos «responsables», no brinda sino el motivo «más oportuno», el «mejor», para poner en «conformidad» los principios de la mayoría con los del ministerio.

Si, de este modo, en el fondo la persona del rey es un simple medio de intercambio —nos remitimos de nuevo a las propias palabras del presidente del Consejo—, un signo de valor que solo sirve de intermediario para el negocio propiamente dicho, para la forma de la negociación no es en modo alguno indiferente. En primer lugar, con ello los representantes de la voluntad popular entran directamente en contacto con la corona, y de ahí puede derivarse muy fácilmente, ya en el propio debate sobre el mensaje, un reconocimiento de la teoría de la conciliación, una renuncia a la soberanía popular. En segundo lugar, no se querrá hablar al jefe de Estado necesitado de respeto del mismo modo que si uno se dirigiera directamente a los ministros. Uno se expresará con mayor reserva, insinuando más que hablando con franqueza, y luego sigue dependiendo de la decisión del ministerio si considera compatible con su permanencia una censura leve. Los puntos espinosos, aquellos en que las contradicciones aparecen del modo más crudo, posiblemente ni se tocarán o se rozarán solo superficialmente. El temor a una ruptura prematura con la corona, acompañada tal vez de consecuencias peligrosas, se dejará suscitar aquí fácilmente y encontrará una capa en la protesta de que no se quiere anticipar la discusión de fondo, más detallada, que vendrá después sobre cada una de las cuestiones.

Así, la veneración sincera, sea hacia la persona del monarca, sea hacia el principio monárquico en general, y luego el recelo de ir demasiado lejos, el miedo a tendencias anárquicas, brindarán al ministerio en el debate sobre el mensaje ventajas inestimables, y el señor Camphausen pudo con razón llamar a esta ocasión la «más oportuna», la «mejor», para ganar una mayoría fuerte.

Ahora habrá que preguntarse si los representantes del pueblo están dispuestos a asumir esta posición de obediente dependencia. Ya la Asamblea constituyente ha cedido mucho al no haber llamado a rendir cuentas por iniciativa propia a los ministros por su gobierno provisional hasta ahora; esa hubiera tenido que ser su primera tarea; pues supuestamente ha sido convocada tan pronto precisamente para apoyar las disposiciones del gobierno en la voluntad popular indirecta. Por supuesto, ahora que se ha reunido parece que solo existe para «acordar con la corona una constitución que sea, esperémoslo, duradera».

Pero en vez de proclamar desde un principio su verdadera misión mediante una actitud semejante, la Asamblea ha tolerado la humillación de verse forzada por los ministros a tener que aceptar un informe de cuentas. De modo llamativo, ni uno solo de sus miembros ha opuesto a la moción de formar una comisión del mensaje la exigencia de que el ministerio compareciera ante la Cámara *sin* una «oportunidad» especial y con el único fin de responder por su gestión oficial anterior. Y sin embargo, este era el único argumento contundente contra un mensaje; frente a todas las demás razones, los ministros estaban por completo en su derecho.