"Neue Rheinische Zeitung"

La lucha italiana por la liberación y la causa de su actual fracaso

["Neue Rheinische Zeitung" Nr. 73, 12 de agosto de 1848]

* Con la misma rapidez con que en marzo los austríacos fueron expulsados de Lombardía, han regresado ahora victoriosos y ya han entrado en Milán.

El pueblo italiano no ha escatimado sacrificio alguno. Con sus bienes y su sangre estuvo dispuesto a llevar a término la obra emprendida y a conquistar su independencia nacional.

Pero al valor, al entusiasmo y a la capacidad de sacrificio no correspondieron en ningún momento quienes estaban al timón. Abierta o secretamente, hicieron todo, no para emplear los medios puestos en sus manos en la liberación de la brutal tiranía de Austria, sino para paralizar la fuerza del pueblo y restablecer cuanto antes el viejo estado de cosas en lo esencial.

El Papa <Pío IX>, trabajado y ganado cada día más por la política austro-jesuítica, puso al ministerio Mamiani todos los obstáculos de que, en unión con los «negros» y los «negro-amarillos», disponía. El propio ministerio pronunció ante ambas cámaras discursos muy patrióticos, pero no tuvo la energía necesaria para convertir su buena voluntad en hechos.

En Toscana, el gobierno se distinguió por hermosas palabras, pero por hechos aún menores. Sin embargo, el principal enemigo de la libertad italiana entre los príncipes autóctonos fue y es Carlos Alberto. Los italianos habrían debido repetir y atender a todas horas el dicho: «¡Dios nos proteja de nuestros amigos; de nuestros enemigos nos protegeremos nosotros mismos!» Al Borbón Fernando poco tenían que temerle; hacía tiempo que estaba desenmascarado. En cambio, a Carlos Alberto se le cantaban por doquier loas como «la spada d'Italia» (la espada de Italia) y se le ensalzaba como al héroe cuya punta de acero ofrecía la más segura garantía para la libertad y la independencia de Italia.

Sus emisarios recorrieron todas las comarcas de la Alta Italia y lo pintaron como el único hombre capaz de salvar a la patria y que la salvaría. Para que pudiera hacerlo, era desde luego necesaria la formación de un reino de la Alta Italia. Sólo así se pondrían en sus manos los poderes necesarios no ya para resistir a Austria, sino para expulsarla de Italia. La ambición que antaño lo había llevado a aliarse con los carbonarios, a los que más tarde traicionó, esa ambición se había despertado con más fuerza que nunca y le hacía soñar con una plenitud de poder y una magnificencia ante las cuales muy pronto palidecería el brillo de todos los demás príncipes de Italia. Creía poder confiscar todo el movimiento popular de 1848 en provecho de su miserable persona. Lleno de odio y desconfianza hacia todos los hombres verdaderamente liberales, se rodeó de gentes que estaban más o menos entregadas al absolutismo y proclives a fomentar la ambición real. Puso al frente del ejército a generales cuyo peso intelectual o cuyas opiniones políticas no tenía que temer, pero que no poseían ni la confianza de los soldados ni el talento requerido para dirigir la guerra con éxito. Pomposamente se llamaba a sí mismo el «libertador» de Italia, mientras imponía su yugo como condición a los que debía liberar. Las circunstancias le fueron favorables como rara vez a un hombre. Su avidez de poseer mucho, y a ser posible todo, le hizo perder al fin también lo que ya había conquistado. Mientras la anexión de Lombardía al Piamonte no estuvo completamente decidida, mientras aún existió la posibilidad de una forma republicana de gobierno, permaneció inmóvil en sus atrincheramientos frente a los austríacos, por débiles que fueran proporcionalmente en aquella época. Dejó que Radetzky, d'Aspre, Welden, etc., conquistaran una ciudad y fortaleza tras otra en las provincias venecianas, y no se movió. Venecia se le mostró digna de auxilio sólo cuando buscó refugio bajo su corona. Lo mismo sucedió con Parma y Módena. Entretanto, Radetzky se había reforzado y había tomado todas las medidas para el ataque y, frente a la incapacidad y ceguera de Carlos Alberto y sus generales, para la victoria decisiva. El desenlace es conocido. De ahora en adelante, los italianos no pueden ni pondrán ya su liberación en manos de un príncipe o de un rey; para salvarse, más bien tienen que apartar cuanto antes y por completo esa «spada d'Italia» como inútil. Si lo hubieran hecho antes, si hubieran enviado al retiro al rey con su sistema y todos sus partidarios y establecido una unión democrática entre ellos, probablemente no quedaría ahora ningún austríaco en Italia. En lugar de ello, no sólo han soportado en vano todos los padecimientos de una guerra conducida por sus enemigos con furia y barbarie, y han hecho en vano los más graves sacrificios, sino que además han sido entregados sin protección a toda la sed de venganza de los hombres de la reacción metternichiana-austríaca y de su soldadesca. Quien lea los manifiestos dirigidos por Radetzky a los habitantes de Lombardía, por Welden a las legaciones romanas, comprenderá que Atila con sus hordas de hunos aún habría de parecer a los italianos un ángel de clemencia. La reacción y la restauración son totales. El duque de Módena, llamado «il carnefice» (el verdugo), que había adelantado a los austríacos 1.200.000 florines para la conducción de la guerra, regresa igualmente. Los pueblos, con su magnanimidad, se han cavado ya tantas veces su propia fosa, que al fin deben volverse sensatos y aprender un poco de sus enemigos. Los modeneses dejaron que el duque, que bajo su anterior gobierno había encarcelado, ahorcado y fusilado a miles por sus tendencias políticas, siguiera tranquilamente su camino. En recompensa, ahora regresa para ejercer con redoblado placer su principesco oficio de sangre.

La reacción y la restauración son totales. Pero lo son sólo de modo interino. El espíritu revolucionario ha penetrado demasiado hondo en el pueblo como para que se lo pueda dominar a la larga. Milán, Brescia y otros lugares han mostrado en marzo lo que ese espíritu es capaz de hacer. El exceso de padecimientos conducirá a un nuevo levantamiento. Echando mano de las amargas experiencias de los últimos meses, Italia sabrá evitar nuevas ilusiones y asegurar su independencia bajo un estandarte democrático unitario.