Francia: Acontecimientos políticos

[Friedrich Engels]

[Frankreich: Politische Vorgänge]

La «mayoría satisfecha» — El plan de «reforma» de Guizot — Extrañas opiniones del señor Garnier-Pagès — Banquete democrático en Chalon — Discurso del señor Ledru-Rollin — Un congreso democrático — Discurso del señor Flocon — La «Réforme» y el «National»

Escrito a principios de enero de 1848.

[«The Northern Star», n.º 533, del 8 de enero de 1848]

Las cámaras francesas han vuelto a reunirse, y muy pronto tendremos el placer de observar el efecto que el movimiento reformista ha ejercido sobre los 225 miembros «satisfechos» de la mayoría. Veremos si también ellos se sentirán satisfechos con la manera en que Guizot, en la cuestión suiza, ha expuesto a Francia a la burla de toda Europa. Pues bien, estos miembros de la mayoría, gordos, corruptores y corrompidos, especuladores, tramposos, chupasangres y cobardes, son las personas idóneas para tragarse incluso eso —para decir «amén» a la jugarreta que Palmerston, como represalia por los matrimonios españoles, hizo a su honorable colega Guizot—, para declarar que Francia jamás ha sido tan grande, tan gloriosa, tan respetada y tan «satisfecha» como precisamente ahora.

Y justamente en este momento, todos los periódicos de París, desde el «Débats» hasta la «Réforme», discuten, con la franqueza que las circunstancias actuales permiten, lo que podría suceder a la muerte de Louis-Philippe. Por temor a que la mayoría pueda fragmentarse, el «Débats» lanza cada día la advertencia de que, cada vez que se produzca este inevitable acontecimiento, será la señal para que todos los partidos políticos se agrupen, que entonces el «republicanismo», el «comunismo», el «anarquismo», el «terrorismo», etc., irrumpirán de sus cuevas subterráneas para sembrar en todas partes la devastación, el terror y la aniquilación; que Francia estará perdida —la libertad, la seguridad y la propiedad se habrán perdido—, a menos que los amigos del orden (el señor Guizot y Compañía, naturalmente) las mantengan a raya con mano firme; que esta peligrosa situación puede presentarse cualquier día y que, si no se apoya al señor Guizot, todo estará perdido. — Los otros periódicos, «La Presse», el «Constitutionnel» y el «Siècle», dicen que sucederá precisamente lo contrario, que todos los horrores de una revolución sangrienta inundarán el país si, inmediatamente después de la muerte del rey, no se sustituye a este detestable farsante de Guizot por uno de sus héroes políticos, sea el señor de Girardin, el señor Thiers o el señor Odilon Barrot. Los periódicos radicales, como veremos poco a poco, tratan la cuestión desde otro punto de vista.

Así, incluso el «Débats» reconoce indirectamente que la Francia «satisfecha» no espera más que el momento oportuno para demostrar su descontento de una manera que el «Débats», con su asustada fantasía burguesa, se pinta del modo más ridículo. Sin embargo, eso no perturba en absoluto a los «satisfechos» doscientos veinticinco. Ellos tienen su propia lógica. Si el pueblo está satisfecho, no hay motivo para cambiar el sistema. Si está descontento, entonces precisamente su descontento es una razón más para aferrarse al sistema; pues, si se cediera tan solo un centímetro, todos los horrores de la revolución estallarían de repente. Hágase lo que se haga, estos burgueses sacarán siempre la conclusión de que ellos son los que mejor gobiernan el país.

No obstante, Guizot llevará a cabo una pequeña reforma. Añadirá a las listas electorales las «capacidades», es decir, todas las personas que posean un título académico, juristas, doctores y charlatanes por el estilo. ¡Realmente, una reforma magnífica! Pero esto bastará para desarmar a los «conservadores progresistas», o como quiera que se llamen ahora —pues, a falta de otra ocupación, cambian continuamente de nombre—, la «oposición conservadora». Además, será un duro golpe del destino para el señor Thiers, quien, mientras había enviado a su lugarteniente, el señor Duvergier de Hauranne, a un banquete reformista, preparaba en secreto su propio plan de reforma, con el que quería sorprender a las cámaras, pero que es completamente idéntico al que ahora propondrá su rival Guizot. En las cámaras habrá, en general, muchos gritos, chillidos y alboroto; pero difícilmente creo que el señor Guizot tenga que temer nada serio de parte de sus fieles doscientos veinticinco.

Hasta aquí, los círculos oficiales. Entretanto, continuaban los banquetes reformistas y la disputa entre el «National» y la «Réforme». La oposición unida, es decir, el centro izquierda (el partido del señor Thiers), la izquierda (el partido del señor Odilon Barrot) y los «radicales sensatos» (el «National»), organizaron los banquetes de Castres, Montpellier, Neubourg y otros; los ultrademócratas (la «Réforme») dieron el banquete de Chalon. El orador principal de los banquetes de Montpellier y Neubourg fue el señor Garnier-Pagès, hermano del conocido demócrata del mismo nombre, fallecido hace algunos años <Étienne-Joseph-Louis Garnier-Pagès>. Pero el señor Garnier-Pagès, el joven, dista mucho de parecerse a su hermano; le falta por completo esa energía, ese valor y ese espíritu intransigente que aseguraron al difunto dirigente de la democracia francesa una posición tan destacada. En Neubourg, el señor Garnier-Pagès, el joven, formuló afirmaciones que demuestran que desconoce por completo la situación real de la sociedad y, en consecuencia, también el medio para mejorarla. Mientras toda democracia moderna se basa en el gran hecho de que la sociedad moderna está dividida irrevocablemente en dos clases —la burguesía, es decir, los poseedores de todos los medios de producción y de todos los productos, y el proletariado, que no posee más que su trabajo, del cual vive—, y que esta última clase es oprimida social y políticamente por la primera; mientras en todos los países es el objetivo reconocido de los demócratas modernos transferir el poder político de la burguesía a la clase obrera, que representa la inmensa mayoría del pueblo, el señor Garnier-Pagès, ante todos estos hechos, formula la audaz afirmación de que la división del pueblo en burguesía y clase obrera no existe en absoluto, que es un invento malicioso del señor Guizot, que solo sirve para dividir al pueblo; que él, a pesar de Guizot, reconoce que todos los franceses son iguales, que todos participan de la misma vida y que para él, en Francia, no hay más que ¡ciudadanos franceses! Según el señor Garnier-Pagès, pues, la monopolización de todos los instrumentos de producción en manos de la burguesía, que abandona a los obreros a la tierna misericordia de las leyes económicas del salario y reduce la parte de los obreros al nivel más bajo de subsistencia, ¡es también un invento del señor Guizot! Según su concepción, toda esta lucha desesperada entre el trabajo y el capital, que se desarrolla ahora en todos los países civilizados del mundo, una lucha cuyas diversas fases están marcadas por asociaciones, trade unions, asesinatos, insurrecciones y revueltas sangrientas —una lucha cuya realidad está atestiguada por la muerte de los proletarios fusilados en Lyon, Preston, Langenbielau y Praga—, ¡no se ha librado sobre una base mejor que la de una afirmación mentirosa de un profesor francés! ¿Qué significan, pues, las palabras del señor Garnier-Pagès sino: «¡Dejad que los capitalistas sigan monopolizando todas las fuerzas productivas; dejad que los obreros continúen viviendo en el futuro con un mero salario de hambre, pero dadles, como compensación por sus sufrimientos, el título de ciudadano!»? ¡Oh, sí, el señor Pagès tal vez consentiría, bajo ciertas circunstancias y con ciertas restricciones, en otorgar al pueblo el derecho de sufragio; pero que no se le ocurra al pueblo que podría beneficiarse de ese regalo y tomar medidas que cambiaran por completo el modo de producción actual y la distribución de la riqueza, y que, con el tiempo, dieran a todo el pueblo el poder sobre las fuerzas productivas del país y pusieran fin a todos los «empleadores» individuales! La «Réforme» tenía toda la razón cuando llamó a este honorable señor un radical burgués.

Los ultrademócratas, como dije antes, solo celebraron un banquete; pero éste fue un éxito extraordinario y valió por una docena de banquetes del partido de la coalición. Más de 2000 ciudadanos participaron en la comida en Chalon-sur-Saône. También el «National» había sido invitado, pero, significativamente, no acudió. En consecuencia, los hombres de la «Réforme» tuvieron completamente las manos libres. El señor Ledru-Rollin, a quien el «National» había señalado como el dirigente del partido ultrademocrático, aceptó aquí esa posición. Expuso su posición y la de su partido dando un brillante esbozo de las diversas fases de la democracia francesa desde 1789. Luego se justificó frente a los ataques del «National», atacó a su vez a este periódico y propuso formar, con representantes de todas las partes de Francia, un jurado de demócratas compuesto por igual número de miembros de ambos partidos. Este jurado debería decidir entre la «Réforme» y el «National».

«Y ahora», dijo, «una vez arreglado este asunto interno, ¿no sería bueno que la democracia francesa entrara en relación con las democracias de otros países? En este momento está en marcha en Europa un gran movimiento entre todos los desheredados que sufren en el alma o son atormentados por el hambre. Éste es el momento de consolarlos, de fortalecerlos y de entrar en relación con ellos. ¡Celebremos ahora, tras el fracaso del congreso de los reyes, un congreso de los demócratas de todas las naciones! En Europa hay una república que precisamente ahora ha asegurado en su territorio el ascenso de la democracia: es Suiza, un país digno de recibir a los demócratas de todas las naciones en su suelo libre. Por tanto, ciudadanos, quisiera concluir uniendo mi brindis: “¡A la unidad de la revolución francesa!” con este otro: “¡A la alianza de las democracias de todos los países!”».

Este discurso suscitó grandes aplausos, y también los merecía. Nos hemos alegrado cordialmente del éxito oratorio del señor Ledru-Rollin en Chalon.

Nos hemos alegrado cordialmente, pero debemos al mismo tiempo elevar una protesta contra una expresión imprudente, empleada seguramente sin intención ofensiva. El señor Ledru-Rollin dice que ha llegado el momento de que los demócratas franceses consuelen y fortalezcan a los sufridos obreros de otras naciones. Estamos seguros de que los demócratas de ningún país necesitan consuelo, venga de quien venga. Admiran el orgullo revolucionario de los demócratas franceses, pero reivindican también para sí el derecho a ser igualmente orgullosos e independientes. Los cuatro millones de chartistas ingleses son ciertamente lo bastante fuertes para hacer su trabajo solos. Por mucho que nos alegremos de que la democracia francesa acoja con entusiasmo la idea de un congreso democrático y de una alianza de todas las democracias, esperamos ante todo una completa reciprocidad e igualdad. Toda alianza que no reconociera esta igualdad como su fundamento sería en sí misma antidemocrática. Sin embargo, conocemos demasiado bien el sentir profundamente democrático de los hombres de la «Réforme» para dudar de su plena coincidencia con nosotros; solo deseamos que, en interés de nuestra causa común, dejen caer ciertas expresiones que distan mucho de reflejar su verdadera opinión y que constituyen una herencia de la época en que el «National» representaba él solo a la democracia francesa.

En el mismo banquete, el señor Flocon pronunció un discurso en honor al brindis «Los derechos del hombre y del ciudadano». Leyó la Declaración de la Convención Nacional sobre los derechos del hombre y del ciudadano, la cual, según afirmó, es hasta el día de hoy una imagen fiel de los auténticos principios democráticos. A lo que él llamaba el verdadero principio francés, opuso el actual sistema del dominio del dinero, que sitúa al hombre por debajo del ganado, porque los hombres existen en cantidad sobreabundante y el hombre cuesta más de lo que produce cuando no se necesita su trabajo. A este sistema lo denominó, por el país donde se desarrolló primero, el sistema inglés.

«Pero considerad —dijo— que al mismo tiempo que el principio inglés se introduce en la madre patria de la Revolución, el pueblo inglés se esfuerza por sacudir este yugo y escribe en sus banderas la gloriosa divisa: ¡Libertad, Igualdad, Fraternidad! Así, precisamente la nación que fue la primera en traer la verdad al mundo y que ha vuelto a caer en las tinieblas y la ignorancia, por uno de esos dolorosos virajes de los que la historia ofrece más de un ejemplo, se vería pronto obligada a mendigar de sus vecinos las tradiciones revolucionarias que ella misma no supo conservar. ¿Llegará también entre nosotros a ese punto? ¡No, nunca, mientras haya demócratas como vosotros y asambleas como ésta! ¡No, nunca sostendremos el armazón carcomido de esas instituciones inglesas que los propios ingleses ya no quieren sostener! (¡No, no!) ¡En marcha, pues —a tus tiendas, oh Israel! ¡Que cada cual se agrupe en torno a su bandera! ¡Que cada cual mantenga su fe! Aquí, a nuestro lado, la democracia con sus 25 millones de proletarios, a los que ha de liberar y a los que da la bienvenida con los nombres de ciudadanos, hermanos, hombres iguales y libres; allí, la oposición bastarda con sus monopolios y la aristocracia del dinero. Ellos hablan de rebajar el censo electoral a la mitad. ¡Nosotros, en cambio, proclamamos los derechos del hombre y del ciudadano!» (Nutridos y prolongados aplausos que terminaron con el canto del *Chant du départ* por toda la asamblea.)

Lamentamos no disponer de más espacio para publicar todavía algunos de los discursos pronunciados en este banquete brillante y plenamente democrático.

Por fin, la «Réforme» ha obligado al «National» a sostener una polémica con ella. La «Réforme», al haber declarado su adhesión a los principios que el señor Garnier-Pagès proclamó en el banquete de Montpellier en un discurso sobre la Revolución francesa, ponía al mismo tiempo en tela de juicio los derechos del hombre, tal como lo había hecho el propio señor Garnier, quien sacrificaba los intereses de la democracia al señor Odilon Barrot y a la oposición burguesa, para que estos pudieran presentarse como representantes de los principios de la Revolución. Esto provocó al fin una respuesta del «National», en la que a su vez se atacaba a Ledru-Rollin. Los principales puntos de la acusación contra el «National» eran los siguientes: 1. Su defensa de las fortificaciones en torno a París, con lo que la herencia de la Revolución quedó entregada a la violencia de 1.200 cañones. 2. Su silencio con el que respondió el año pasado a un panfleto del señor Carnot, en el que este exhortaba a los demócratas a unirse al centro izquierda y a la izquierda, a fin de acceder lo antes posible a cargos estatales, dejando de lado por el momento el principio republicano y abogando por una ampliación del derecho de sufragio dentro de los límites de la Carta. Aproximadamente por la misma época, el señor Garnier-Pagès, el joven, había proclamado principios similares; en el panfleto se subrayaba que no era expresión de la opinión de un individuo, sino de un partido de la Cámara. La «Réforme» atacó tanto el discurso del señor Garnier como el panfleto del señor Carnot (hijo del célebre miembro de la Convención que fue también ministro de la Guerra republicano <Lazare-Nicolas Carnot>) e intentó provocar una declaración del «National». El «National», sin embargo, continuó callando. La «Réforme» declaró con razón que la política propuesta por los dos diputados no conduciría a otra cosa que a colocar enteramente al partido democrático bajo la influencia de los señores Thiers y Barrot y a liquidarlo como partido independiente. 3. El hecho de que el «National», durante el movimiento de los banquetes reformistas, haya seguido aplicando en la práctica la política propuesta por el señor Carnot. 4. Sus maliciosos y calumniosos ataques contra los comunistas, mientras que al mismo tiempo no era capaz de proponer ningún medio útil ni eficaz contra la miseria de los obreros.

La disputa duró al menos una semana. Por último, el «National» se retiró de la controversia, que había llevado de manera muy poco apropiada. Ha sido, pues, derrotado en toda regla; sin embargo, para disimular su derrota, aceptó finalmente la propuesta del señor Ledru relativa a un jurado democrático.

No podemos sino aprobar plenamente la actuación de la «Réforme» en este asunto. Ha salvado el honor, la independencia y la fuerza de la democracia francesa como partido autónomo. Ha afirmado los principios de la Revolución, que estaban en peligro por el rumbo seguido por el «National». Ha hecho valer los derechos de la clase obrera frente a todas las usurpaciones de la burguesía. Ha desenmascarado a esos radicales burgueses —que quieren hacer creer al pueblo que no hay opresión de clase—, que se niegan a ver la terrible guerra civil de clase contra clase en la sociedad moderna y que no tienen para los obreros más que palabras vacías. La «Réforme», al mantener esta disputa hasta obligar a su altivo adversario a romper el silencio, a vacilar, a retractarse, a explicarse y, finalmente, a retirarse —la «Réforme», podemos decirlo, ha prestado un gran servicio a la democracia.