Una palabra a la «Riforma»

Friedrich Engels

Una palabra a la «Riforma»

[*Deutsche-Brüsseler-Zeitung* núm. 16, del 24 de febrero de 1848]

La «Riforma» de Lucca responde a uno de esos conocidos artículos infames que la *Augsburger Zeitung* suele publicar por encargo de la cancillería cortesana de Viena.

El sucio pasquín del Lech no sólo había ensalzado hasta el cielo la fidelidad de los 518.000 soldados austríacos a su hidrocéfalo Fernando, sino que también había afirmado que todos esos soldados –bohemios, polacos, eslovacos, croatas, heiduques, valacos, húngaros, italianos, etc.– suspiraban por la unidad de Alemania y de buen grado darían su vida por ella,
tan pronto como fuese la voluntad del emperador
.

¡Como si no fuera ésa precisamente la desgracia: que Alemania, mientras exista Austria, corra el riesgo de ver defendida su unidad por heiduques, croatas y valacos; como si la unidad de Alemania, mientras viva Austria, fuese otra cosa que la unidad de Alemania con croatas, valacos, magiares e italianos!

La «Riforma» responde muy acertadamente a la «Allgemeine» a su mentirosa afirmación de que Austria defiende en Lombardía los intereses de la nación alemana, y concluye con un llamamiento a los alemanes, poniendo en paralelo el movimiento italiano de 1848 con las guerras alemanas de liberación de 1813 y 1815.

La «Riforma» ha creído evidentemente hacer con ello un cumplido a los alemanes; de lo contrario, no habría equiparado, contra su más profunda convicción, el movimiento progresivo italiano de hoy con aquellas guerras reaccionarias a las que Italia debe precisamente su sojuzgamiento bajo Austria, a las que Alemania debe la restauración, en lo posible, de la antigua confusión, fragmentación y tiranía, y a las que Europa entera debe los infames tratados de 1815.

La «Riforma» puede creernos: Alemania está completamente ilustrada acerca de las guerras de liberación, tanto por las consecuencias de las guerras mismas como por el vergonzoso fin que han tenido todos los héroes de aquella época «gloriosa». Sólo los periódicos pagados por el gobierno aún pregonan a pleno pulmón la alabanza de aquel tiempo ebrio de estupidez; el público se ríe de ello y hasta la cruz de hierro se sonroja de vergüenza.

Son precisamente esos periódicos, precisamente esos exaltados francófobos de 1813, quienes, frente a los italianos, levantan los mismos clamores que antes frente a los franceses, quienes entonan himnos de alabanza a Austria, a la Austria cristiano-germánica, y predican la cruzada contra la perfidia latina y la frivolidad latina… ¡pues los italianos son tan latinos como los franceses!

¿Quieren los italianos un ejemplo de la simpatía que pueden esperar de los probos fanfarrones de la época de la liberación, de las ideas que estos visionarios de rizos rojos se forjan acerca de la nación italiana? Citaremos únicamente la conocida canción de A[ugust] A[dolf] L[udwig] Follen:

Cante quien quiera las maravillas de aquella tierra,
donde resuenan mandolinas y guitarras,
y en el follaje oscuro relumbra la naranja dorada;
yo alabo la ciruela púrpura alemana
y la manzana de Borsdorf en el frondoso árbol,

y como este desvarío poético de un eterno abstemio sigue desvariando. Luego vienen las representaciones más ridículas de bandidos, puñales, montañas que vomitan fuego, perfidia latina, infidelidad de las mujeres italianas, chinches, escorpiones, veneno, víboras, asesinos a sueldo, etc., que el virtuoso amigo de las ciruelas ve pulular por docenas en todos los caminos de Italia, y al final, el entusiasta filisteo da gracias a su Dios por encontrarse en el país del amor y la amistad, de la reyerta a taburete limpio, de las hijas de pastor de ojos azules y fieles, de la honradez y la bonhomía, en suma, en el país de la fidelidad alemana.

Tales fantasmagorías supersticiosas de novela se forjan de Italia los héroes de 1813, a la que, por supuesto, nunca han visto.

La «Riforma», y los hombres del movimiento italiano en general, pueden creerlo sin más: la opinión pública en Alemania está decididamente del lado de los italianos. El pueblo alemán tiene un interés tan grande en la caída de Austria como el pueblo italiano. Acoge con aplauso unánime cada progreso de los italianos, y, así lo esperamos, no faltará, llegado el momento, en el campo de batalla para poner fin de una vez por todas a toda la gloria austríaca.

F. Engels