Tres nuevas constituciones

[Friedrich Engels]

Tres nuevas constituciones

["Deutsche-Brüsseler-Zeitung" N.º 15 del 20 de febrero de 1848]

En efecto, nuestras predicciones sobre los triunfos inminentes de la burguesía se están cumpliendo con mayor rapidez de la que podíamos esperar. En menos de catorce días, tres monarquías absolutas se transforman en Estados constitucionales: Dinamarca, Nápoles y Cerdeña.

El movimiento en Italia se ha desarrollado con una rapidez notable. Los Estados Pontificios, Toscana y Cerdeña se pusieron sucesivamente a su cabeza; un país impulsaba al otro cada vez más lejos, un progreso traía siempre consigo un nuevo progreso. La Unión Aduanera italiana fue el primer paso hacia la constitución de la burguesía italiana, la cual se colocó decididamente al frente del movimiento nacional y entraba cada día más en colisión con Austria. La burguesía había alcanzado casi todo lo que bajo la monarquía absoluta podía alcanzarse, la constitución representativa se le convertía a diario en una necesidad más acuciante. Pero la conquista de las instituciones constitucionales: esa era justamente la dificultad para los burgueses italianos. Los príncipes no querían; los burgueses no podían hacerles frente con excesiva amenaza, para no arrojarlos de nuevo en brazos de Austria. Los italianos de la Unión Aduanera habrían podido esperar aún largo tiempo, cuando de repente les llegó ayuda de un lado totalmente inesperado: Sicilia se alzó: el pueblo de Palermo expulsó de la ciudad a las tropas reales con una audacia inaudita
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, los Abruzos, Apulia, Calabria intentaron una nueva insurrección, la misma Nápoles se preparaba para la lucha, y el sabueso sanguinario de Fernando, acosado por todos lados, sin esperanza de contar con tropas

austriacas, tuvo que ser el primero de todos los príncipes italianos en otorgar una constitución y una plena libertad de prensa. La noticia llega a Génova y Turín; ambas ciudades exigen que Cerdeña no se quede a la zaga de Nápoles; Carlos Alberto, demasiado implicado en el movimiento para poder retroceder, necesitado además de dinero a causa de los armamentos contra Austria, Carlos Alberto tiene que ceder a las muy enérgicas representaciones de los turineses y genoveses y otorgar igualmente una constitución. No está sujeto a la menor duda que Toscana seguirá, que Pío IX mismo tiene que hacer nuevas concesiones.

En las calles de Palermo ha obtenido la burguesía italiana su victoria decisiva. Ha vencido ahora; lo que venga solo puede ser ya la explotación de esta victoria en todas las direcciones y el aseguramiento de sus resultados frente a Austria.

Esta victoria de la burguesía italiana es a su vez una derrota para Austria. ¡Cómo debe haber rechinado de rabia el viejo Metternich, él, que veía venir de lejos la revolución napolitana, que una y otra vez solicitaba al Papa y a Toscana permiso de paso para sus tropas y que, no obstante, tenía que retener a sus panduros y croatas en el Po! Correo tras correo le llegaba de Nápoles, Fernando, Cocle y Del Carretto clamaban por ayuda, y Metternich, que en 1823 y 1831 había dominado tan omnipotentemente en Italia, no podía hacer nada. Tenía que contemplar tranquilamente cómo su último, su más fiable aliado en Italia era derrotado y humillado, cómo por una revolución todo el peso de Nápoles se arrojaba en la balanza contra Austria. ¡Y tenía ciento cincuenta mil hombres estacionados en el Po! Pero Inglaterra estaba allí, y el paso de los austriacos sobre el Po habría sido la señal para la ocupación de Venecia y el bombardeo de Trieste — y entonces los esbirros verdugos de Metternich tuvieron que quedarse quietos y, con el fusil al brazo, contemplar cómo se les perdía Nápoles.

El comportamiento de Inglaterra en todo el asunto italiano ha sido muy decente. Mientras las demás grandes potencias, Francia tanto como Rusia, han hecho todo lo posible para sostener a Metternich, Inglaterra, ella sola, se ha puesto del lado del movimiento italiano. La burguesía inglesa tiene el mayor interés en impedir una Unión Aduanera proteccionista austro-italiana y, en cambio, en hacer que se establezca en Italia una Unión Aduanera anti-austriaca, basada en la libertad de comercio. — Por eso apoya a la burguesía italiana, la cual necesita por ahora ella misma, para su desarrollo, de la libertad de comercio, y que por eso es la aliada natural de la burguesía inglesa.

Entretanto, Austria se está armando. Estos armamentos arruinan por completo sus finanzas. Austria no tiene dinero, se dirige a Rothschild para un empréstito; Rothschild declara que no quiere guerra y que, por tanto, no da dinero para sostener la guerra. ¿Qué banquero va a adelantar todavía dinero a la carcomida monarquía austriaca para una guerra en la que puede inmiscuirse un país como Inglaterra? Así pues, Metternich ya no puede contar con los burgueses. Se dirige al emperador de Rusia, quien desde hace un par de años, gracias a las minas de los Urales y del Altái y al comercio de cereales, se ha convertido igualmente en un gran capitalista, al zar blanco, que ya una vez socorrió a Federico Guillermo IV con quince millones de rublos de plata y que, en general, parece estar convirtiéndose en el Rothschild de todas las monarquías absolutas en proceso de hundimiento. El zar Nicolás debe haber otorgado setenta y cinco millones — a interés ruso, se entiende, y con buena garantía. Tanto mejor. Cuando el zar, además de sus gastos propios, tenga que cubrir también los costos de las monarquías prusiana y austriaca, cuando su dinero se despilfarre en armamentos infructuosos contra Italia, sus tesoros pronto se agotarán.

¿Se atreverá Austria a una guerra? Apenas lo creemos. Sus finanzas están desbaratadas; Hungría está en plena efervescencia, Bohemia no es segura; en el mismo campo de batalla, en Lombardía, las guerrillas brotarían por todas partes del suelo. Y, sobre todo, el miedo a Inglaterra retendrá a Metternich. Lord Palmerston es en este instante el hombre más poderoso de Europa; su decisión es la que decide el desenlace, y su decisión ha sido publicada esta vez con bastante claridad.

En el otro extremo de Europa, en Dinamarca, muere un rey. Su hijo, un rudo y jovial bebedor de aguardiente, convoca de inmediato una asamblea de notables, una comisión estamental, para deliberar sobre una constitución común para los ducados <de Schleswig y Holstein> y Dinamarca. Y para que los alemanes se pongan en ridículo en todas partes, ¡los ducados tienen que declarar que no quieren esa constitución, porque a través de ella serían arrancados de su patria común alemana!

Es realmente demasiado ridículo. Los ducados tienen considerablemente menos población que Dinamarca, y sin embargo se quiere que el número de sus representantes sea igual. Se quiere que su lengua goce de iguales derechos en la asamblea, en los protocolos, en todo. En suma, los daneses hacen a los alemanes todas las concesiones posibles, y los alemanes persisten en su insípida terquedad nacional. Los alemanes nunca han sido nacionales allí donde coincidían los intereses de la

nacionalidad y los intereses del progreso; siempre lo fueron allí donde la nacionalidad se volvía contra el progreso. Cuando se trataba de ser nacionales, hacían de cosmopolitas; cuando se trataba de no ser inmediatamente nacionales, eran nacionales hasta la insipidez. En todos los casos, se hicieron ridículos.

O bien los habitantes de los ducados son gente capaz y más avanzada que los daneses; entonces obtendrán en la cámara estamental la preponderancia sobre los daneses y no tienen de qué quejarse. O bien son unos dormilones alemanes y están a la zaga de los daneses en desarrollo industrial y político, y entonces ya es hora de que los daneses los tomen a remolque. Pero es realmente demasiado absurdo que estos bonachones de Schleswig-Holstein imploren la ayuda de los cuarenta millones de alemanes contra los daneses y [se] nieguen a situarse en un campo de batalla en el que luchan con las mismas ventajas que sus adversarios; es demasiado absurdo que apelen a la policía de la Confederación Alemana contra una constitución.

Para Prusia, la constitución danesa es un golpe similar al que la napolitana supone para Austria, aunque ella misma no sea más que la repercusión del fracasado experimento constitucional prusiano del 3 de febrero. El gobierno prusiano ve añadirse a sus muchos apuros la vecindad de un nuevo Estado constitucional; pierde a la vez a un fiel protegido y aliado.

Mientras Italia y Dinamarca han ingresado así en la fila de los Estados constitucionales, Alemania se queda atrás. Todos los pueblos avanzan, las naciones más pequeñas, más débiles, encuentran siempre en las complicaciones europeas un momento en el que, a pesar de sus grandes vecinos reaccionarios, pueden atrapar una institución moderna tras otra. Solo los cuarenta millones de alemanes no se mueven. Ciertamente ya no duermen, pero no hacen más que charlar y hacer política de café, todavía no actúan.

Pero si los gobiernos alemanes acaso cifraran grandes esperanzas en este miedo de la burguesía a la acción, se engañarían mucho. Los alemanes son los últimos, porque su revolución será completamente distinta de la siciliana. Los burgueses y pequeño-burgueses alemanes saben muy bien que detrás de ellos se alza un proletariado que crece a diario, y que al día siguiente de la revolución planteará exigencias muy distintas de las que ellos mismos desean. Los burgueses y pequeño-burgueses alemanes se comportan por eso de un modo cobarde, indeciso, vacilante, temen un choque no menos de lo que temen al gobierno.

Una revolución alemana es un asunto mucho más serio que una napolitana. En Nápoles solo se enfrentan Austria e Inglaterra; en una revolución alemana se enfrentan todo el Oriente y todo el Occidente. Una revolución napolitana ha alcanzado por sí misma su objetivo, tan pronto como se han conquistado instituciones burguesas decididas; una alemana no hace más que empezar propiamente cuando ha llegado a ese punto.

Por eso los alemanes tienen que encontrarse primero, ante todas las demás naciones, profundamente comprometidos, tienen que convertirse, aun más de lo que ya lo son, en la irrisión de toda Europa, tienen que ser
forzados
a hacer la revolución. Pero entonces también se alzarán, no los cobardes ciudadanos alemanes, sino los trabajadores alemanes; se levantarán para poner fin a toda la sucia y confusa economía oficial alemana y restaurar, mediante una revolución radical, el honor alemán.

Notas de F. E.

(1)
Palermo, con doscientos mil habitantes, venció a trece mil hombres; París, con un millón de habitantes, venció en la Revolución de Julio a siete mil u ocho mil hombres.