Las nuevas autoridades - Progresos en Suiza

[_"Neue Rheinische Zeitung"_ núm. 143, del 15 de noviembre de 1848]

**Berna, 9 de noviembre. Desde anteayer se hallan aquí reunidas las nuevas autoridades legislativas federales, el Consejo Nacional suizo y el Consejo de los Estados. La ciudad de Berna ha hecho todo lo posible para recibirlos con el mayor esplendor y brillantez. Música, desfiles festivos, salvas de cañón y repique de campanas, iluminación, nada faltó. Las sesiones se inauguraron anteayer mismo. El Consejo Nacional, elegido por sufragio universal y según la población (Berna ha enviado veinte diputados, Zúrich doce, los cantones más pequeños de dos a tres cada uno), está compuesto en su abrumadora mayoría por liberales de tinte radical. El partido radical decidido está muy fuertemente representado; el conservador cuenta solo con seis o siete votos sobre más de cien. El Consejo de los Estados, compuesto por dos diputados por cada cantón entero y uno por cada semicantón, se asemeja bastante a la última Dieta en composición y carácter. Los cantones primitivos han vuelto a enviar a él a algunos auténticos sonderbundistas, y, como consecuencia de la elección indirecta, el elemento reaccionario está ya representado en los Estados, aunque en minoría decidida, con más fuerza que en el Consejo Nacional. En general, el Consejo de los Estados no es sino la Dieta rejuvenecida por la supresión de los mandatos imperativos y de la invalidez de los medios votos, y relegada a segundo plano por la creación del Consejo Nacional. Desempeña el papel ingrato del Senado o de la Cámara de los Pares, del freno a la supuesta fogosa fiebre innovadora del Consejo Nacional, del heredero de la madura sabiduría y la cuidadosa reflexión de los padres. Esta digna y grave autoridad comparte ya desde ahora la suerte de sus hermanas de Inglaterra y América, y antaño de Francia; antes incluso de haber dado señales de vida, la prensa la mira por encima del hombro y la olvida ante el Consejo Nacional. Casi nadie habla de ella, y cuando haga hablar de sí, tanto peor para ella.

El Consejo Nacional, aunque debía representar a toda la «nación» suiza, ha dado ya en la primera sesión una muestra, no precisamente de espíritu cantonal, pero sí de genuina desunión y mezquindad suizas. Para elegir un presidente, hubo que votar tres veces, aunque solo tres candidatos, y los tres además berneses, fueron tomados seriamente en consideración. Eran los señores Ochsenbein, Funk y Neuhaus; los dos primeros representantes de los viejos radicales berneses, el tercero representante del partido viejo liberal, semiconservador. Finalmente fue elegido el señor Ochsenbein con 50 votos de 93, o sea una mayoría sumamente ajustada. Que los zuriqueses y otros moderados opusieran al señor Ochsenbein al sabio y experimentadísimo Neuhaus, se comprende; pero que el señor Funk, que pertenece exactamente al mismo matiz que Ochsenbein, fuera puesto en competencia con él y mantenido en dos votaciones, eso demuestra cuán poco se han organizado y disciplinado aún los partidos. En todo caso, los radicales han alzado la victoria en el primer torneo de los partidos con la elección de Ochsenbein. En la elección del vicepresidente, emprendida a continuación, ¡no se alcanzó la mayoría absoluta hasta la quinta vez! El grave y experimentado Consejo de los Estados, por el contrario, eligió ya en la primera votación, casi por unanimidad, al moderado zuriqués Furrer como su presidente. Estas dos elecciones indican ya suficientemente cuán diverso es el espíritu de las dos cámaras y cuán pronto se separarán y entrarán en conflictos.

El próximo objeto interesante del debate será la elección de la ciudad federal. Interesante para los suizos, porque muchísimos de ellos tienen en ello un interés material; para el extranjero, porque precisamente este debate mostrará con la mayor claridad hasta qué punto se ha desgastado el viejo patriotismo local, la estrechez cantonal. Berna, Zúrich, Lucerna compiten con el mayor encarnizamiento. Berna quisiera compensar a Zúrich con la Universidad federal y a Lucerna con el Tribunal Supremo federal, pero en vano. Berna es, en todo caso, la única ciudad adecuada: como punto de transición de la Suiza alemana a la francesa, como capital del cantón más grande, como centro emergente de todo el movimiento suizo. Ahora bien, para llegar a ser algo, Berna ha de tener también la universidad y el tribunal federal. ¡Pero hágaselo entender alguien a los suizos fanatizados por su ciudad cantonal! Es muy posible que el más radical Consejo Nacional vote por la radical Berna, y el grave Consejo de los Estados por la grave, altamente sabia y prudentísima Zúrich. Entonces sí que serán caros los buenos consejos.

En Ginebra reina desde hace tres semanas gran agitación. En las elecciones para el Consejo Nacional, los patricios y burgueses reaccionarios, que desde sus villas mantienen a los pueblos de los alrededores de Ginebra en una dependencia casi feudal, impusieron con sus campesinos a los tres candidatos. Pero la mesa anuló las elecciones porque se habían depositado más papeletas de las repartidas. Solo esta anulación calmó a los obreros revolucionarios de Saint-Gervais, que ya recorrían las calles en grupos gritando: «¡Aux armes! <¡A las armas!>». La actitud de los obreros durante los ocho días siguientes fue tan amenazadora, que los burgueses prefirieron no votar en absoluto antes que provocar una revolución con las obligadas escenas de terror, ya anunciadas. Tanto más cuanto que el gobierno amenazó con presentar su dimisión si los candidatos reaccionarios volvían a imponerse. Entretanto, los radicales cambiaron su lista de candidatos, pusieron en ella nombres menos ásperos, recuperaron la agitación descuidada y alcanzaron en la nueva elección de 5.000 a 5.500 votos, casi mil más que los que habían tenido los reaccionarios en la anterior. Los tres candidatos reaccionarios casi no obtuvieron votos; el que más tuvo fue aún el general Dufour, que llegó a 1.500. Ocho días después tuvieron lugar las elecciones para el Gran Consejo. La ciudad eligió a 44 radicales; el campo, que ha de elegir 46 grandes consejeros, a casi puros reaccionarios. La «Revue de Genève» discute todavía con los periódicos burgueses si estos 46 son todos reaccionarios o si media docena votará por el gobierno radical. Pronto se verá. La confusión en Ginebra puede ser grande; pues si el gobierno, que aquí es elegido directamente por el pueblo, tiene que dimitir, en la nueva elección podría ocurrir fácilmente como en la segunda elección del Consejo Nacional, y a una mayoría reaccionaria del Gran Consejo oponerse un gobierno radical. Por lo demás, es seguro que los obreros ginebrinos solo esperan una ocasión para asegurar, mediante una nueva revolución, las conquistas amenazadas de 1847.

Considerándolo todo en conjunto, Suiza ha realizado progresos considerables en comparación con los primeros años cuarenta. Pero en ninguna clase es este progreso tan llamativo como en los obreros. Mientras que en la burguesía, y sobre todo en las viejas familias patricias, el viejo espíritu de peluca, estrecho y local, domina todavía de manera bastante general y a lo sumo ha adoptado formas más modernas, los obreros suizos se han desarrollado notablemente. Antes se mantenían separados de los alemanes y se pavoneaban con el más absurdo orgullo nacional del «suizo libre», despotricaban contra los «fremden Chaibe» <«bribones extranjeros»> y permanecían indiferentes a todo el movimiento de la época. Ahora esto ha cambiado. Desde que el trabajo va peor, desde que Suiza se ha democratizado, y sobre todo desde que en lugar de las pequeñas insurrecciones se han producido revoluciones y batallas europeas, como las batallas de junio en París y de octubre en Viena, los obreros suizos han participado más y más en el movimiento político y socialista, se han hermanado con los obreros extranjeros, en especial con los alemanes, y han colgado en el clavo su «fryes Schwyzerthum» <su «libre helvetismo»>. En la Suiza francesa y en muchas regiones de la Suiza alemana, alemanes y suizos alemanes están juntos sin distinción alguna en las mismas asociaciones obreras, y asociaciones cuya mayoría consta de suizos han decidido adherirse a la organización, proyectada y en parte realizada, de las asociaciones democráticas alemanas. Mientras los más radicales entre los radicales de la Suiza oficial sueñan a lo sumo con la república helvética una e indivisible, no es raro oír expresar a obreros suizos la opinión de que toda la independencia de la pequeña Suiza bien pronto se irá al diablo en la tormenta europea que se prepara. ¡Y esto lo dicen con toda sangre fría e indiferencia, sin una palabra de pesar, estos traidores a la patria proletarios! La participación en favor de los vieneses era grande en todos los suizos que he visto, pero entre los obreros rayaba en el verdadero fanatismo. Del Consejo Nacional, del Consejo de los Estados, del putsch clerical de Friburgo no se oía una palabra; pero Viena, Viena estaba en boca de todos, desde la mañana hasta la noche. Era como si los suizos tuvieran de nuevo, como en los tiempos anteriores a Tell, a Viena por capital, como si volvieran a ser austríacos. Cientos de rumores fueron difundidos, discutidos, puestos en duda, creídos, derribados de nuevo; se examinaron todos los casos posibles; y cuando por fin se confirmó definitivamente la noticia de la derrota de los heroicos obreros y estudiantes vieneses, de la superioridad de fuerzas y de la barbarie de Windischgrätz, esta produjo en aquellos obreros suizos la impresión de que en Viena se había decidido su propia suerte, de que la causa de su propio país había sucumbido. Ciertamente, este estado de ánimo no es aún general, pero se extiende cada día más entre el proletariado suizo, y el que exista ya en muchos lugares constituye, para un país como Suiza, un progreso inmenso.