La situación en Bélgica

[Friedrich Engels]

[La situación en Bélgica]

Del francés.

Bruselas, 18 de marzo

La burguesía belga le ha negado al pueblo, hace 14 días, la república; pero, en los últimos tiempos, es justamente ella la que toma providencias para asumir la iniciativa en el movimiento republicano. Aún no se atreve a proclamar la república, pero en todo Bruselas se cuchichea al oído: «¡Es seguro que Leopoldo tiene que irse; es seguro que solo la república puede salvarnos; pero necesitamos una república buena, una república sólida, sin organización del trabajo, sin sufragio universal, sin que los obreros metan baza!»

Esto ya es un progreso. Los apreciables ciudadanos de Bruselas, que hace apenas unos días no podían defenderse con la suficiente vehemencia de toda intención de seguir el ejemplo de la República Francesa, han sentido el contragolpe de la crisis financiera de París. Mientras aún clamaban contra la imitación política, ya sufrían la imitación financiera. Mientras aún entonaban himnos a la independencia y la neutralidad belgas, se encontraron con que la Bolsa de Bruselas se hallaba en la más completa y humillante dependencia de la Bolsa de París. El cordón de tropas que mantiene ocupada la frontera sur no ha impedido en modo alguno que la baja de los títulos bursátiles irrumpiera con redoble de tambores en el territorio garantizadamente neutral de Bélgica.

La consternación que reina en el mercado de Bruselas lo ha invadido todo, en efecto, sin excepción. La bancarrota diezma al comercio mediano y al pequeño comercio, los títulos de bolsa ya no encuentran compradores, las cotizaciones son puramente nominales, el dinero desaparece aún más rápido que en París, el comercio se estanca por completo y la mayoría de los fabricantes ya han despedido a sus obreros. He aquí algunos ejemplos de la desvalorización general: hace unos días, un comerciante ofreció en venta 150 acciones de la Sociedad del Ferrocarril del Dendre —efectos que antes de la revolución de febrero habían estado por encima de la par

en la Bolsa de Londres, a 100 francos por acción—. El primer día rechazó 45 francos, el segundo 35 francos; ¡el tercero las vendió a 10 francos por acción! Terrenos que se compraron hace dos años por seis mil francos ya no encuentran comprador ni por una tercera parte de esa suma.

Y en este instante de pánico general, el gobierno exige primero un anticipo de dos tercios de las contribuciones directas y luego un empréstito forzoso de cincuenta a sesenta millones, y de este modo infunde miedo y terror a los contribuyentes, que ya de por sí estaban descontentos a causa del constante crecimiento del presupuesto.

Unas condiciones semejantes han terminado por convencer a nuestros apreciables ciudadanos de que su entusiasmo por la monarquía no les ha reportado otra cosa que verse arrastrados de lleno por las contrariedades ocasionadas por la situación en Francia, sin poder extraer provecho alguno de las ventajas que allí se han conquistado. Ésa es la razón impulsora de su despertar republicano.

Entretanto, los obreros no están de ningún modo tranquilos. En Gante hubo disturbios durante varios días; aquí, anteayer, tras numerosas concentraciones de obreros, se llegó a una petición al rey, que Leopoldo se dignó recibir personalmente de las manos callosas que se la presentaron. Las manifestaciones de carácter más serio no se harán esperar. Cada día son expulsados numerosos grupos de obreros del proceso de trabajo. Basta con que el desarrollo de la crisis industrial continúe y con que los ánimos se acaloren un poco más en el seno de la clase obrera, para que la burguesía belga, exactamente igual que la de París, contraiga ya su «matrimonio de conveniencia» con la república.