El «Débat social» del 6 de febrero sobre la Association démocratique

[ Karl Marx ]

El «Débat social» del 6 de febrero sobre la Association démocratique

[«Deutsche-Brüsseler-Zeitung», núm. 13, del 13 de febrero de 1848]

El «Débat social» del 6 de febrero defiende la Association démocratique de Bruselas y sus sociedades filiales. Nos permitimos algunas observaciones sobre la manera de su defensa.

Puede que sea del interés del partido radical belga demostrar a los católicos cómo actúan contra su propio interés al acusar al partido radical belga. Puede que sea del interés del partido radical belga distinguir entre el bajo y el alto clero, y devolver al clero en general, en cumplidos, lo que dice de verdades a una parte del mismo. No comprendemos nada de esto. Sólo nos asombra que el «Débat» haya podido pasar por alto que los ataques de los periódicos católicos flamencos contra las associations démocratiques se reprodujeron de inmediato en la «Indépendance», y la «Indépendance», que sepamos, no es un periódico católico.

El «Débat social» declara que los belgas, mediante las asociaciones democráticas, reclaman reformas políticas.

Comprendemos que el «Débat» olvide por un instante el carácter cosmopolita de la Association démocratique. Tal vez ni siquiera lo haya olvidado. Sólo ha recordado que una sociedad que se esfuerza por fomentar la democracia en todos los países actuará ante todo sobre el país en el que reside.

El «Débat social» no se contenta con decir lo que los belgas quieren con las asociaciones democráticas; va más lejos, dice lo que los belgas no quieren con ellas, lo que, por tanto, no se puede querer si se pertenece a la asociación que los belgas han fundado para reclamar reformas políticas. ¡Avis aux étrangers! <¡Advertencia al extranjero!>

«Las reformas políticas que los belgas quieren reclamar mediante las asociaciones democráticas —dice el «Débat»— no son esas utopías a las que ciertos demócratas se entregan en países donde las instituciones sociales no dejan esperar reforma eficaz alguna, donde, por tanto, es tan razonable pensar en castillos en el aire como en el modesto bienestar de los pueblos ya libres. Quien nada tiene, hace igualmente bien en soñar de golpe con millones que con cien táleros de renta o de ganancia.»

El «Débat» habla aquí manifiestamente de los comunistas.

Quisiéramos preguntarle si el «modesto bienestar» de la «libre» Inglaterra se manifiesta en que el impuesto de pobres crece más rápidamente que la población.

Quisiéramos preguntarle si por «el modesto bienestar de los pueblos libres» entiende la miseria flamenca.

Quisiéramos sonsacarle el secreto de cómo piensa sustituir el salario por 100 táleros de ganancia o de renta. ¿O acaso entiende por «el modesto bienestar de los pueblos libres» el modesto bienestar de los libres capitalistas y terratenientes?

Quisiéramos, por último, preguntarle si la Association démocratique de Bruselas le ha encargado desmentir a los utopistas que no creen en «la modesta dicha de los pueblos libres».

Pero el «Débat social» no habla manifiestamente de comunistas en general, sino de comunistas alemanes, los cuales, porque el desarrollo político de su patria no les permite fundar ni una alliance alemana ni una association libérale alemana, se arrojan desesperados en brazos del comunismo.

Observamos al «Débat» que el comunismo proviene de Inglaterra y de Francia, no de Alemania.

Que el comunismo alemán es el adversario más decidido de todo utopismo y que, lejos de excluir el desarrollo histórico, se funda más bien en él: esta seguridad se la devolvemos por ahora al «Débat social» a cambio de la suya.

Alemania se ha quedado rezagada en el desarrollo político, le queda por recorrer un largo desarrollo político. Seríamos los últimos en negarlo. Pero creemos, por otra parte, que un país de más de cuarenta millones de habitantes, cuando prepara una revolución, no buscará la medida de su movimiento en el radicalismo de los pequeños países libres.

¿Entiende el «Débat» por comunismo el poner de relieve los antagonismos de clase y la lucha de clases? Entonces, no es el comunismo lo comunista, sino la economía política, la sociedad burguesa.

Sabemos que Robert Peel ha profetizado que el antagonismo de clase de la sociedad moderna ha de estallar en una crisis terrible. Sabemos que el propio Guizot, en su «Histoire de la civilisation», cree no representar sino determinadas formas de la lucha de clases. Pero Peel y Guizot son utopistas. Realistas son los hombres que consideran ya el mero enunciado de hechos sociales como una infracción contra una benévola prudencia vital.

El «Débat social» es libre de admirar e idealizar a Norteamérica y a Suiza.

Le preguntamos si alguna vez podría introducirse en Europa la constitución política de Norteamérica sin grandes transformaciones sociales. Creemos, por ejemplo, y que el «Débat» nos perdone la osadía, que la Carta inglesa, para ser planteada no por algunos entusiastas aislados del sufragio universal, sino por un gran partido nacional, presupuso una prolongada unión de los obreros ingleses como clase; que esa Carta se persigue con una intención completamente distinta y ha de acarrear consecuencias sociales por completo diferentes de las que jamás persiguieron o jamás acarrearon la constitución de América y la de Suiza. A nuestros ojos, son utopistas quienes separan las formas políticas de su base social y las presentan como dogmas generales, abstractos.

De la manera en que el «Débat social» intenta defender la Association démocratique eliminando al mismo tiempo a «ciertos demócratas» que no se contentan con el «modesto bienestar de los pueblos libres», da una prueba adicional cuando aborda las discusiones sobre el librecambio en la asociación.

«Seis sesiones —dice el «Débat»— se consagraron a la discusión de esta cuestión interesante, y muchos obreros de los diversos talleres de nuestra ciudad expusieron aquí razones que no habrían estado fuera de lugar en el famoso congreso de los economistas celebrado en Bruselas el pasado mes de septiembre.»

Antes, el «Débat social» observa que la asociación votó casi por unanimidad el librecambio absoluto entre todos los pueblos como un objetivo de la democracia.

Después, en el mismo número, el «Débat» trae un discurso del señor Le Hardy de Beaulieu completamente trivial, recogido de entre los más degenerados desperdicios de las tabernas del librecambio inglés.

Y finalmente se celebra a Cobden.

Después de esta exposición del «Débat social», ¿dudará alguien de que la asociación votó por gran mayoría el librecambio en el sentido del congreso de los economistas, en el sentido de los librecambistas burgueses?