El comienzo del fin en Austria

Friedrich Engels

El comienzo del fin en Austria

["Deutsche-Brüsseler-Zeitung" Nº 8, 27 de enero de 1848]

«A mí y a Metternich aún nos aguanta», decía el difunto emperador Francisco. Si Metternich no quiere dejar a su emperador por embustero, debe morir lo antes posible.

La abigarrada monarquía austriaca, heredada y robada a pedazos, ese caos organizado de diez lenguas y naciones, ese compuesto sin plan de las costumbres y leyes más contradictorias, empieza por fin a desmoronarse.

El honrado burgués alemán ha tributado desde hace años la más alta admiración al director de esta máquina estatal estancada, al cobarde fullero y asesino alevoso Metternich. Talleyrand, Luis Felipe y Metternich, tres cabezas sumamente mediocres, y por ello sumamente adecuadas para nuestra época mediocre, son tenidos por el burgués alemán como los tres dioses que desde hace treinta años han hecho bailar la historia universal como una comedia de títeres manejados con hilitos. Fiel a su propia experiencia cotidiana, el honrado burgués toma la historia por un complot de taberna y una intriga de mujerzuelas a escala algo mayor.

Cierto es que sobre ningún país ha pasado la marejada tempestuosa de la Revolución, la triple invasión napoleónica, con menos huella que sobre Austria. Cierto es que en ningún país se han conservado el feudalismo, el patriarcalismo y la abyecta pequeñoburguesía bajo la protección del paternal bastón de avellano tan impolutos y armoniosos como en Austria. Pero, ¿acaso es mérito de Metternich?

¿En qué se basa el poder, la tenacidad, la estabilidad de la casa de Austria?

Cuando en la última mitad de la Edad Media, Italia, Francia, Inglaterra, Bélgica, la Alemania del Norte y del Oeste se fueron desprendiendo sucesivamente de la barbarie feudal, cuando la industria se desarrolló, el comercio se extendió, las ciudades prosperaron y los burgueses adquirieron significación política, una parte de Alemania quedó rezagada respecto al desarrollo de Europa occidental. La civilización burguesa seguía las costas marítimas y el curso de los grandes ríos. Las regiones interiores, sobre todo las altas montañas estériles e intransitables, siguieron siendo la sede de la barbarie y del feudalismo. En particular, fueron las tierras interiores de la Alemania meridional y de los eslavos del sur donde esta barbarie se concentró. Protegidas por los Alpes frente a la civilización italiana, por las montañas de Bohemia y Moravia frente a la civilización de la Alemania del Norte, estas regiones interiores tuvieron además la fortuna de constituir la cuenca del único río reaccionario de Europa. El Danubio, lejos de arrastrarlas hacia la civilización, las puso más bien en relación con una barbarie aún mucho más vigorosa.

Cuando en Europa occidental, a consecuencia de la civilización burguesa, se desarrollaron las grandes monarquías, las regiones interiores del alto Danubio tuvieron que unirse igualmente en una gran monarquía. Ya la defensa lo exigía. Aquí, en el centro de Europa, se asociaron los bárbaros de todas las lenguas y naciones bajo el cetro de la casa de Habsburgo. Aquí encontraron en Hungría un respaldo de barbarie compacta.

El Danubio, los Alpes, las rocosas murallas de Bohemia, ésas son las razones de existencia de la barbarie austriaca y de la monarquía austriaca.

Si la casa de Habsburgo apoyó durante algún tiempo a los burgueses contra la nobleza, a las ciudades contra los príncipes, ésa fue la única condición bajo la cual una gran monarquía era en absoluto posible. Cuando más tarde volvió a apoyar a los pequeños burgueses, éstos, en el resto de Europa, frente a la gran burguesía, ya se habían vuelto reaccionarios. Tanto en una como en otra ocasión apoyó a los pequeños burgueses con una intención decididamente reaccionaria. Sólo que ahora este recurso falla.

Así fue la casa de Austria, desde el principio, la representante de la barbarie, de la estabilidad de la reacción en Europa. Su poder se basaba en la necedad del patriarcalismo atrincherado tras montañas intransitables, en la inaccesible brutalidad de la barbarie. Una docena de naciones, cuyas costumbres, caracteres e instituciones constituían los más chillones contrastes, se mantenían unidas en virtud de su común aversión a la civilización.

Por eso la casa de Austria era invencible mientras la barbarie de sus súbditos permaneciera intacta. Por eso sólo la amenazaba un peligro: la penetración de la civilización burguesa.

Pero este único peligro era inevitable. La civilización burguesa podía ser bloqueada durante algún tiempo, podía ser adaptada y subordinada por algún tiempo a la barbarie austriaca. Pero tarde o temprano tenía que vencer a la barbarie feudal, y con ello quedaba roto el único lazo que había mantenido unidas a las más diversas provincias.

De ahí la política austriaca pasiva, vacilante, cobarde, sucia y pérfida. Austria ya no puede presentarse, como antes, abiertamente brutal, decididamente bárbara, porque cada año tiene que hacer concesiones a la civilización, cada año está menos segura de sus propios súbditos. Cada paso decidido provocaría un cambio en casa o en los vecinos fronterizos; cada cambio sería una brecha en los diques tras los cuales Austria se protege penosamente contra las crecientes inundaciones de la civilización moderna; la primera víctima de cada modificación sería la propia casa de Austria, que se sostiene y cae con la barbarie. Si en 1823 y 1831 Austria pudo aún dispersar a cañonazos a los rebeldes piamonteses, napolitanos y de la Romaña, en 1846, en Galitzia, ya tuvo que poner en movimiento a un elemento revolucionario aún no desarrollado, los campesinos, y en 1847 tuvo que hacer detenerse a sus tropas en Ferrara y refugiarse en una conspiración en Roma. ¡La Austria contrarrevolucionaria emplea medios revolucionarios: ésa es la señal más segura de que su fin se acerca!

Cuando las insurrecciones italianas de 1831, cuando la revolución polaca de 1830 fueron sofocadas, cuando los burgueses franceses habían depositado caución por su buena conducta, entonces pudo el emperador Francisco marcharse en paz a la tumba; los tiempos parecían bastante miserables como para aguantar incluso a su vástago hidrocéfalo.

Frente a las revoluciones, el imperio del idiota coronado estaba, de momento, aún seguro. Pero ¿quién lo aseguraba contra las causas de las revoluciones?

Mientras la industria siguió siendo industria doméstica, mientras cada familia campesina, o al menos cada aldea, producía por sí misma los productos industriales que necesitaba, sin llevar gran cosa al comercio, la industria misma era feudal y encajaba perfectamente con la barbarie austriaca. Mientras no pasó de simple manufactura, de industria rural, producía pocos artículos del interior para la exportación, generaba poco comercio exterior, existía sólo en algunos distritos y se dejaba adaptar fácilmente al statu quo austriaco. Si la manufactura, incluso en Inglaterra y Francia, generaba poca gran burguesía, en la Austria apartada y poco poblada a lo sumo podía generar una modesta clase media, y aun ésta sólo aquí y allá. Mientras subsistió el trabajo manual, Austria permaneció segura.

Pero se inventaron las máquinas, y las máquinas arruinaron el trabajo manual. Los precios de los productos industriales cayeron tan rápida y tan profundamente, que primero la manufactura y, poco a poco, incluso la vieja industria doméstica feudal se fueron a pique.

Austria se atrincheró contra las máquinas tras un consecuente sistema prohibitivo. Pero en vano. Precisamente el sistema prohibitivo trajo las máquinas a Austria. Bohemia impulsó la industria algodonera, Lombardía la hilatura de la seda con máquinas; Viena empezó incluso a fabricar máquinas.

Las consecuencias no se hicieron esperar. Los obreros manufactureros quedaron sin pan. Toda la población de los distritos manufactureros fue arrancada de su modo de vida ancestral. De los antiguos pequeño-burgueses surgieron grandes burgueses que mandaban sobre centenares de obreros, al igual que sus vecinos principescos y condales mandaban sobre centenares de campesinos sujetos a prestación personal. Los campesinos de servidumbre perdieron, con el derrumbe de la vieja industria, antiguas ramas de ingresos y adquirieron, con la nueva industria, nuevas necesidades. La explotación feudal de la agricultura ya no fue posible junto a la industria moderna. La redención de las prestaciones personales se convirtió en una necesidad. La posición feudal de los campesinos frente al señor territorial se hizo insostenible. Las ciudades prosperaron. Los gremios se volvieron gravosos para los consumidores, inútiles para los agremiados, insoportables para los industriales. Hubo que admitir la competencia bajo cuerda. La situación de todas las clases de la sociedad cambió por completo. Las viejas clases pasaron cada vez más a segundo plano ante las dos nuevas clases, la burguesía y el proletariado; la agricultura perdió peso frente a la industria, el campo retrocedió ante las ciudades.

Ésas fueron las consecuencias de las máquinas en algunas regiones de Austria, sobre todo en Bohemia y Lombardía. Éstas repercutieron más o menos en toda la monarquía, socavaron por doquier la vieja barbarie y, con ello, los fundamentos de la casa de Austria.

Mientras en la Romaña, en 1831, los apaleados soldados austriacos respondían con metralla al grito de «Viva l’Italia» (¡Viva Italia!), en Inglaterra se estaban construyendo los primeros ferrocarriles. Al igual que las máquinas, los ferrocarriles se convirtieron de inmediato en una necesidad para todos los países europeos. Austria tuvo que adoptarlos, de grado o por fuerza. Para no dar nuevo poder a la burguesía ya en crecimiento, el gobierno los construyó él mismo. Pero cayó de Escila en Caribdis. Sólo evitó la formación de poderosas sociedades anónimas de burgueses pidiéndoles prestado el dinero para construir los ferrocarriles, empeñándose con Rothschild, Arnstein y Eskeles, Sina, etc.

A los efectos de los ferrocarriles escapó aún menos la casa de Austria.

Las divisorias montañosas que separaban la monarquía austriaca del mundo exterior, que separaban Bohemia de Moravia y de Austria, Austria de Estiria, Estiria de Iliria, Iliria de Lombardía, caen ante los ferrocarriles. Los muros de granito tras los cuales cada provincia había conservado una nacionalidad particular, una limitada existencia local, dejan de ser una barrera. Los productos de la gran industria, de las máquinas, penetran de improviso y casi sin costos de transporte en los rincones más apartados de la monarquía, aniquilan el viejo trabajo manual, sacuden la barbarie feudal. El comercio de las provincias entre sí, el comercio con el extranjero civilizado, adquiere una importancia jamás conocida. El Danubio, que corre hacia atrás, deja de ser la arteria vital del imperio; los Alpes y la Selva de Bohemia ya no existen; la nueva arteria va de Trieste a Hamburgo, Ostende y El Havre, mucho más allá de las fronteras del imperio, en pleno centro, a través de las paredes montañosas, hasta las lejanas costas del Mar del Norte y del Océano. La participación en los intereses generales del Estado, en los acontecimientos del mundo exterior, se convierte en una necesidad. La barbarie local desaparece. Los intereses se separan aquí, se funden allí. Las nacionalidades se escinden en un lugar para enlazarse en otro, y del caótico amasijo de provincias extrañas entre sí se desprenden determinados grupos más amplios con tendencias e intereses comunes.

«A mí y a Metternich aún nos aguanta». Ha aguantado la Revolución Francesa, Napoleón y las jornadas de julio. Pero no aguanta el vapor. El vapor se ha abierto paso a través de los Alpes y la Selva de Bohemia, el vapor le ha escamoteado al Danubio su papel, el vapor ha hecho trizas la barbarie austriaca y con ello le ha quitado a la casa de Habsburgo el suelo bajo los pies.

El público europeo y americano tiene en este momento el placer de ver cómo Metternich y toda la casa de Habsburgo son aplastados entre las ruedas de la máquina de vapor, cómo la monarquía austríaca es despedazada por sus propias locomotoras. Es un espectáculo sumamente divertido. En Italia se rebelan los vasallos, y Austria no se atreve a pestañear; la peste liberal se apodera de Lombardía, y Austria vacila, titubea, tiembla ante sus propios súbditos. En Suiza, los más antiguos rebeldes contra Austria, los suizos primitivos, se colocan bajo la soberanía de Austria; son atacados, pero Austria tiembla ante la audaz palabra de Ochsenbein: «Donde un soldado austríaco pise Suiza, arrojo veinte mil hombres sobre Lombardía y proclamo la república italiana» — y Austria va a mendigar en vano auxilio a las despreciadas cortes de Múnich, Stuttgart y Karlsruhe. En Bohemia, los Estados deniegan cincuenta mil florines de impuestos; Austria quiere recaudarlos de todos modos, y necesita tanto sus tropas en los Alpes que, por primera vez desde que Austria existe, tiene que ceder ante los Estados y renunciar a los cincuenta mil florines. En Hungría, la Dieta prepara propuestas revolucionarias y está segura de la mayoría; y Austria, que necesita a los húsares húngaros en Milán, Módena y Parma, ¡Austria misma le hace a la Dieta propuestas revolucionarias, aun sabiendo muy bien que esas propuestas son su propia muerte! Esta inquebrantable Austria, este eterno baluarte de la barbarie, ya no sabe hacia dónde volverse. Tiene la erupción cutánea más horrible: si se rasca por delante, le pica por detrás, y si se rasca por detrás, le pica por delante.

Y con este cómico rascarse, la casa de Austria estira la pata.

Si el viejo Metternich no sigue con presteza a su «probo» Francisco, podrá aún vivir para ver cómo su monarquía imperial, penosamente mantenida unida, se desmorona y va a parar, en su mayor parte, a manos de los burgueses; podrá vivir lo inenarrable: que los «sastres burgueses» y los «tenderos burgueses» en el Prater ya no se descubran ante él y le llamen lisa y llanamente señor Metternich. Un par de sacudidas más, un par de costosos armamentos, y Charles Rothschild compra toda la monarquía austríaca.

Contemplamos con verdadero placer la victoria de los burgueses sobre el imperio austríaco. Sólo deseamos que sean burgueses bien vulgares, bien sucios, bien judíos los que compren este venerable imperio. Un gobierno tan repugnante, tan propenso a los bastonazos, tan paternalista, tan piojoso, merece sucumbir ante un adversario igualmente piojoso, de greña sucia, hediondo. El señor Metternich puede estar seguro de que más adelante desplojaremos a este adversario con la misma falta de piedad con que él será desplojado por ese adversario en breve.

Para nosotros, los alemanes, la caída de Austria tiene todavía un significado especial. Es Austria la que nos ha granjeado la reputación de ser los opresores de naciones extranjeras, los mercenarios de la reacción en todos los países. Bajo la bandera austríaca, los alemanes mantienen a Polonia, Bohemia, Italia en la servidumbre. A la monarquía austríaca le debemos que, desde Siracusa hasta Trento, desde Génova hasta Venecia, los alemanes sean odiados como despreciables lansquenetes del despotismo. Quien haya sido testigo del odio mortal, de la sed de venganza sangrienta y del todo justificada que reina en Italia contra los tedeschi <alemanes>, tiene que alimentar por ello un odio inextinguible contra Austria y celebrar con aplausos cuando este baluarte de la barbarie, esta columna de ignominia para Alemania, se derrumba.

Tenemos sobradas razones para esperar que los alemanes se venguen de Austria por la infamia con que ha cubierto el nombre alemán. Tenemos sobradas razones para esperar que sean alemanes quienes derriben a Austria y remuevan los obstáculos en el camino de la libertad eslava e italiana. Todo está preparado; la víctima propiciatoria yace ahí y espera el cuchillo que ha de degollarla. Ojalá que esta vez los alemanes no dejen pasar el momento, que tengan la valentía de pronunciar la palabra que ni el propio Napoleón se atrevió a pronunciar — la palabra:

La dynastie de Habsbourg a cessé de régner!

<¡La dinastía de los Habsburgo ha dejado de reinar!>

F. E.