Das Exfürstentum

["Neue Rheinische Zeitung" nº 140 del 11 de noviembre de 1848]

De la República de Neuchâtel
, 7 de noviembre. Le interesará a usted tener noticias, por una vez, de un pequeño país que hasta hace poco disfrutaba aún de las bendiciones del dominio prusiano, pero que fue el primero de todos los territorios sometidos a la corona de Prusia en hacer ondear la bandera de la revolución y en expulsar al paternal gobierno prusiano. Hablo del antiguo «Principado de Neuenburg y Vallendis», donde el señor Pfuel, actual primer ministro, hizo sus primeros estudios administrativos como gobernador y fue depuesto por el pueblo en mayo de este año, antes aún de poder cosechar laureles en Posen y de poder recoger votos de desconfianza en Berlín como premier. El pequeño país ha adoptado ahora el nombre más orgulloso de «République et Canton de Neuchâtel», y no está lejano el tiempo en que en Berlín el último fusilero de la guardia de Neuchâtel cepille su casaca verde. He de confesar que me produjo una humorística satisfacción, cinco semanas después de mi huida de la Santa Hermandad prusiana, poder pasear de nuevo sin ser molestado por un suelo que de jure sigue siendo prusiano.

La República y Cantón de Neuchâtel se encuentra, por lo demás, manifiestamente en un estado mucho más confortable que antaño el Principado de Neuenburg y Vallendis; pues en las recientes elecciones para el Consejo Nacional suizo los candidatos republicanos obtuvieron más de 6.000 votos, mientras que los candidatos de los realistas, de los bédouins <beduinos (pastores nómadas y mercaderes árabes del desierto); aquí en el sentido de: predicadores errantes en el desierto>, como aquí se los llama, apenas reunieron 900. También en el Gran Consejo sesionan casi exclusivamente republicanos, y sólo un pequeño pueblo de montaña dominado por los aristócratas,

Les Ponts, ha enviado a Neuchâtel como su representante al ex consejero de Estado regio-prusiano-principesco-neuenburgués Calame, quien hace unos días tuvo que prestar a la República el juramento de fidelidad. En lugar del viejo monárquico «Constitutionnel Neuchâtelois» aparece ahora —en La Chaux-de-Fonds, la localidad más grande, más industrial y más republicana del cantón— un «Républicain Neuchâtelois», que está redactado en un pésimo francés suizo del Jura, pero por lo demás nada mal.

La industria relojera del Jura y la manufactura de encajes del valle del Travers, las principales fuentes de vida del pequeño país, empiezan también a marchar de nuevo mejor, y los montagnards recobran paulatinamente su antigua alegría, pese a la nieve de un pie de altura que ya cubre la región. Entretanto, los bédouins andan por ahí cabizbajos, exhibiendo en vano en pantalón, blusa y gorra los colores prusianos y suspirando inútilmente por el retorno del honorable Pfuel y de los decretos que comenzaban: «Nous Frédéric-Guillaume par la grâce de Dieu!». Los colores prusianos, gorras negras con ribetes blancos, en lo alto del Jura, a 3.500 pies sobre el nivel del mar, están tan abatidos, son objeto de sonrisas tan equívocas como entre nosotros en el Rin; —de no verse las banderas suizas y los grandes carteles: «République et Canton de Neuchâtel», uno podría creerse en casa. Por lo demás, me complace poder informar que los
obreros alemanes
han desempeñado un papel decisivo y muy honorable en la revolución de Neuchâtel, como en todas las revoluciones de 1848. A cambio de ello, reciben también en la más plena medida el odio de los aristócratas.