Después de los importantes acontecimientos realizados en Francia, la actitud adoptada por el pueblo belga y su gobierno reviste un interés mayor que en tiempos corrientes. Me apresuro, pues, a informar a vuestros lectores de lo ocurrido desde el viernes 25 de febrero.

La excitación y la inquietud eran generales en esta ciudad la tarde de aquel día. Corrían toda clase de rumores, pero nadie creía realmente nada. La estación del ferrocarril estaba abarrotada de una multitud de personas de todas las clases, ansiosas por la llegada de noticias. El embajador francés, ex marqués de Rumigny, se hallaba allí en persona. A las doce y media de la noche llegó el tren con las gloriosas noticias de la revolución del jueves, y toda la masa del pueblo prorrumpió en un súbito estallido de entusiasmo: ¡Vive la République! La noticia se propagó rápidamente por toda la ciudad. El sábado todo estaba tranquilo. El domingo, no obstante, las calles se llenaron de gente, y todos sentían curiosidad por ver qué pasos darían dos sociedades: la Association Démocratique y la Alliance.* Ambos cuerpos se reunieron por la noche. La Alliance, un grupo de radicales de la clase media, resolvió esperar, retirándose así del movimiento. La Association Démocratique, en cambio, tomó una serie de importantísimas resoluciones, mediante las cuales se puso a la cabeza del movimiento. Decidió reunirse a diario, en lugar de una vez por semana, y enviar una petición al ayuntamiento reclamando el armamento no solo de la Guardia Cívica de la clase media, sino de todos los ciudadanos por distritos. Al anochecer se produjeron algunos tumultos en las calles. El pueblo gritaba: «¡Vive la République!» y se aglomeraba en torno al Ayuntamiento. Se practicaron varias detenciones, pero ningún incidente de importancia.

Entre los detenidos se hallaban dos alemanes: un refugiado político, el señor Wolff, y un trabajador. Ahora bien, debéis saber que existía aquí, en Bruselas, una sociedad de trabajadores alemanes** en la que se discutían cuestiones políticas y sociales, y un periódico democrático alemán.* Los alemanes residentes en Bruselas eran conocidos por ser, en general, demócratas muy activos e intransigentes. Casi todos ellos eran miembros de la Asociación Democrática, y el vicepresidente de la sociedad alemana, el Dr. Marx, era también vicepresidente de la Asociación Democrática.

El gobierno, perfectamente consciente del estrecho sentimiento nacionalista que predomina entre cierta clase de la población de un país pequeño como Bélgica, se aprovechó al instante de estas circunstancias para difundir el rumor de que toda la agitación en favor de la República había sido urdida por los alemanes: hombres que nada tenían que perder, que habían sido expulsados de tres o cuatro países por sus torpezas y que pretendían ponerse al frente de la pretendida República belga. Esta preciosa noticia fue difundida el lunes por toda la ciudad, y en menos de un día toda la masa de la shopocracia, que constituye el grueso de la Guardia Cívica, alzó un clamor unánime contra los rebeldes alemanes que querían revolucionar su feliz patria belga.

Los alemanes habían fijado un lugar de reunión en un café, donde cada uno debía traer las últimas noticias de París. Pero el clamor de los shopócratas era tan grande, y los rumores sobre medidas gubernamentales contra los alemanes tan diversos, que se vieron obligados a renunciar incluso a este inocente medio de comunicarse entre sí.

Ya el domingo por la noche, la policía había logrado convencer al tabernero, propietario del local de la sociedad alemana, de que les negara el local para toda reunión futura.

Los alemanes se comportaron perfectamente durante estos días. Expuestos a las más mezquinas persecuciones de la policía, permanecieron, sin embargo, en su puesto. Asistían todas las noches a las reuniones de la Asociación Democrática. Se abstuvieron de toda aglomeración tumultuosa en las calles, pero demostraron, aun a riesgo personal, que en la hora del peligro no abandonarían a sus hermanos belgas.

Cuando, pasados unos días, la extraordinaria agitación del domingo y del lunes hubo cesado, cuando el pueblo hubo vuelto a su trabajo y el gobierno se hubo repuesto de su primer terror, comenzó entonces otra serie de persecuciones contra los alemanes. El gobierno publicó órdenes según las cuales todos los trabajadores extranjeros, desde el momento en que se quedaran sin trabajo, serían expulsados del país; y de la misma manera se trataría a todos los extranjeros, indistintamente, cuyos pasaportes no estuvieran en regla. Así, mientras tomaban estas medidas, instigaban, mediante los rumores que difundían, a los patronos contra todos los trabajadores extranjeros, e hicieron imposible que ningún alemán encontrara trabajo. Incluso aquellos que tenían trabajo lo perdieron, y desde ese momento quedaron expuestos a una orden de expulsión.

No sólo contra los trabajadores sin empleo, sino también contra mujeres, comenzaron sus persecuciones. Un joven demócrata alemán, que vivía, según la costumbre francesa y belga, con una dama francesa exactamente como viven los matrimonios —y cuya presencia en Bruselas parece haber importunado a la policía— se vio de repente expuesto a una serie de persecuciones dirigidas contra su compañera. Careciendo ésta de pasaporte —¿y quién había pensado antes en Bélgica en exigir pasaporte a una mujer?—, fue amenazada de expulsión inmediata; y la policía declaró que no se trataba de ella, sino de la persona con quien vivía. Siete veces en tres días se presentó el comisario de policía en su casa; ella tuvo que comparecer repetidas veces en su oficina, y fue enviada a la oficina central de policía, escoltada por un agente; y si no hubiese mediado un influyente demócrata belga, sin duda se habría visto obligada a marcharse.

Pero todo esto no es nada. Las persecuciones contra los trabajadores, la difusión de rumores de que tal o cual individuo sería detenido, o de que el martes por la noche se llevaría a cabo una redada general contra los alemanes en todas las casas públicas de la ciudad, todo esto no es nada comparado con lo que ahora he de relatar.

El viernes por la noche,* el Dr. Marx, entre otros, recibió una orden real en la que se le conminaba a abandonar el país en el plazo de veinticuatro horas. Se hallaba ocupado en preparar sus baúles para el viaje cuando, a la una de la madrugada, y a pesar de la ley que prohíbe violar el domicilio de un ciudadano desde la puesta hasta la salida del sol, diez agentes de policía, armados y encabezados por un comisario, irrumpieron en su casa, se apoderaron de él y lo condujeron a la cárcel del Ayuntamiento. No se adujo otra razón que la de que su pasaporte no estaba en regla, ¡aunque presentó al menos tres pasaportes y llevaba tres años residiendo en Bruselas! Se lo llevaron. Su esposa, presa de terror, corrió al instante a ver a un abogado belga que siempre ofrecía sus servicios a los extranjeros perseguidos —el mismo cuya amistosa intervención ya se ha mencionado—, M. Jottrand, presidente de la Asociación Democrática. A su regreso se encontró con un amigo belga, M. Gigot, que la acompañó a casa. A la puerta de la vivienda del Dr. Marx hallaron a dos de los policías que habían detenido a su marido. «¿Adónde han llevado a mi marido?», preguntó ella. «Pues si nos siguen, les enseñaremos dónde está.» La condujeron, junto con M. Gigot, al Ayuntamiento, pero en lugar de cumplir su promesa, los entregaron a ambos a la policía y fueron encarcelados. La señora Marx, que había dejado en casa a sus tres hijitos** al cuidado de una criada, fue llevada a una habitación donde se encontró con un grupo de prostitutas de la más baja calaña, con las que tuvo que pasar la noche. A la mañana siguiente la trasladaron a un cuarto donde permaneció tres horas sin fuego, tiritando de frío. M. Gigot estaba también detenido. Al señor Marx lo habían encerrado con un loco furioso, al que se veía obligado a forcejear a cada instante. A esta conducta infame se sumó el trato más brutal por parte de los carceleros.

Por fin, a las tres de la tarde, fueron conducidos ante el juez, quien muy pronto ordenó su liberación. ¿Y de qué se acusaba a la señora Marx y a M. Gigot? De vagabundería, ¡porque ninguno de los dos llevaba el pasaporte en el bolsillo!

También M. Marx fue liberado, aunque se le ordenó abandonar el país aquella misma noche. Así, después de haber sido encarcelado arbitrariamente durante dieciocho de las veinticuatro horas que le quedaban para arreglar sus asuntos; después de que no sólo él, sino también su esposa, estuvieran todo ese tiempo separados de sus tres hijos, de los cuales la mayor no ha cumplido aún los cuatro años, se le expulsó sin concederle un minuto para poner en orden sus asuntos.

M. Gigot, en el momento de su detención, acababa de salir de la cárcel el día anterior. Había sido detenido, junto con tres demócratas de Lieja, el lunes a las seis de la mañana en un hotel, acusado de vagabundería por carecer de pasaporte. El martes se ordenó ponerlos en libertad, pero contra toda ley fueron retenidos hasta el jueves. Uno de ellos, M. Tedesco, sigue aún en prisión, acusado de no se sabe qué. Tanto él como M. Wolff serán liberados o puestos a disposición del tribunal en el curso de esta semana.

Debo decir, sin embargo, que los trabajadores belgas y otros varios demócratas de esa nación, en particular M. Jottrand, se han portado extremadamente bien con los alemanes perseguidos. Se han mostrado muy por encima de mezquinos sentimientos de nacionalidad. Vieron en nosotros no a extranjeros, sino a demócratas.

He oído que se ha dictado orden de detención contra un obrero belga y valiente demócrata, M. de Guasco. Otro, M. Dassy, detenido el domingo pasado por rebelión, compareció ayer ante el tribunal; aún no se ha pronunciado sentencia.

A cada día y a cada hora espero mi orden de expulsión, si no algo peor, pues nadie puede predecir lo que este gobierno belgo-ruso se va a atrever a hacer. Me mantengo dispuesto a partir en cualquier momento. Tal es la situación de un demócrata alemán en este país libre que, como dicen los periódicos, nada tiene que envidiar a la República Francesa.

Salutación y Fraternidad.

Vuestro viejo amigo  
Bruselas, 5 de marzo

Karl Marx