Carta al redactor del periódico "La Réforme"

Karl Marx

[Carta al redactor del periódico "La Réforme"]

Del francés.

["La Réforme" del 8 de marzo de 1848]

Señor Redactor:

En la actualidad, el gobierno belga se sitúa política y completamente del lado de la Santa Alianza. Su furia reaccionaria golpea a los demócratas alemanes con una brutalidad inaudita. Si no tuviéramos el corazón tan apesadumbrado, porque las persecuciones recaen tan especialmente sobre nosotros, nos divertiríamos de buena gana con lo ridículo que resulta el ministerio Rogier al acusar a algunos alemanes de querer imponer la república a los belgas contra su voluntad. Pero en el caso particular de que se trata, lo ridículo cede, sin embargo, ante lo odioso.

Ante todo, señor mío, conviene saber que casi todos los periódicos de Bruselas están redactados por franceses, que en su mayoría huyeron de Francia para escapar a las penas infamantes que les amenazaban en su patria. Estos franceses tienen el mayor interés en defender ahora la independencia de Bélgica, que todos ellos habían traicionado en 1833. El rey, el ministerio y sus partidarios se han servido de estos periódicos para afianzar la opinión de que una revolución belga de espíritu republicano no es otra cosa que una francesada, y que toda la agitación democrática que actualmente se percibe en Bélgica proviene de alemanes exaltados.

Los alemanes no niegan en absoluto haberse aliado abiertamente con los demócratas belgas, y lo han hecho sin exaltación alguna. A ojos del fiscal, con ello azuzaban a los obreros contra los burgueses, hacían sospechoso a los belgas a su tan amado rey alemán y abrían las puertas de Bélgica a una invasión francesa.

Después de haber recibido, el 3 de marzo a las cinco de la tarde, la orden de abandonar el reino de Bélgica en el plazo de veinticuatro horas, y cuando aún estaba ocupado en los preparativos de viaje esa misma noche, un comisario de policía, acompañado de diez agentes, irrumpió en mi domicilio, registró toda la casa y finalmente me detuvo con el pretexto de que carecía de documentos. Prescindiendo por completo de los documentos en toda regla que el señor Duchâtel me había entregado al expulsarme de Francia, estaba en posesión del pasaporte de expulsión belga que me habían hecho llegar unas horas antes.

No le habría informado a usted, señor mío, de mi detención y de las brutalidades que he sufrido, si ello no estuviera vinculado a un suceso que difícilmente se puede imaginar incluso en Austria.

Inmediatamente después de mi detención, mi mujer se dirigió a casa del presidente de la Sociedad Democrática de Bélgica, el señor Jottrand, para instarle a que emprendiera las gestiones necesarias. A su regreso, encuentra en casa, ante la puerta, a un agente de policía que, con exquisita cortesía, le explica que no tiene más que seguirle si desea ver al señor Marx. Mi mujer acepta el ofrecimiento con la mejor disposición. Es conducida a la comisaría, y el comisario le declara, para empezar, que el señor Marx no está allí. Luego le pregunta con brusquedad quién es, qué se le había perdido en casa del señor Jottrand y si lleva consigo sus documentos. Un demócrata belga, el señor Gigot, que había seguido a mi mujer y al agente hasta la comisaría, se indigna ante las preguntas tan absurdas como insolentes del comisario, y es reducido al silencio por agentes que lo agarran y lo arrojan a la cárcel. Con el pretexto de vagabundería, mi mujer es conducida a la cárcel del ayuntamiento y encerrada, junto con prostitutas callejeras, en una sala oscura. A las once de la mañana, en pleno día, es conducida al despacho del juez de instrucción, escoltada por toda una patrulla de gendarmes. Durante dos horas se la mantiene en régimen de incomunicación y aislamiento, a pesar de la más enérgica protesta por todas partes. Allí permanece, expuesta a toda la inclemencia de la estación y a las conversaciones más desvergonzadas de los gendarmes.

Finalmente comparece ante el juez de instrucción, quien se muestra de lo más asombrado de que la policía, en su solicitud, no haya detenido también a los niños pequeños. El interrogatorio no podía ser otra cosa que un simulacro de declaración, y todo el crimen de mi mujer consiste en que, a pesar de pertenecer a la aristocracia prusiana, comparte las convicciones democráticas de su marido.

No quiero entrar en todos los detalles de este asunto escandaloso. Sólo quiero mencionar que, después de nuestra liberación, las veinticuatro horas acababan justo de expirar, y que tuvimos que partir sin poder llevarnos siquiera lo más necesario.

Karl Marx

Vicepresidente de la Sociedad Democrática de Bruselas