Los rusos en Transilvania

* Colonia, 26 de febrero. Diez mil rusos están en Transilvania.

Núm. 232, 27 de febrero de 1849

Neue Rheinische Zeitung.

Ya no cabe negarlo; todo silencio y encubrimiento se ha hecho imposible; el hecho está ahí, la propia Wiener Offizielle Zeitung lo confiesa.

Ésas eran, pues, las formidables victorias de los mercenarios imperiales, éste es el resultado de todos los pomposos boletines de Welden, Windischgrätz, Schlick y Puchner: ¡que la inmensa y poderosa Austria, para acabar con los cuatro millones y medio de magiares, tiene que llamar en su auxilio a los rusos!

Al tomar este nuevo giro los asuntos húngaros, arrojemos una vez más una mirada de conjunto sobre el estado de la guerra, tal como lo presentan las últimas noticias.

El territorio ocupado en este momento por los magiares bajo Kossuth forma un gran cuadrilátero de 70 a 90 millas de longitud y 30 a 40 de anchura, limitado al norte y al oeste por el Theiß, al este por los Karpathen y al sur por el Marosz. Abarca, en una superficie de 2.500 millas cuadradas, las llanuras de Hungría central y las comarcas montañosas de Transilvania. Además, Komorn, en el Donau superior, sigue en manos de los húngaros.

En el sur, donde los magiares siempre habían sido más débiles, los austriacos, los eslavonios y los serbios austriacos han logrado, con auxilio de serbios turcos y rusos disfrazados, empujar a los magiares más allá del Marosz. Aquí, cerca de Arad, ha tenido lugar un combate en el que los austriacos avanzaron sobre la orilla norte (derecha) del Marosz, consiguiendo, según sus propias declaraciones, una victoria y apoderándose de 15 piezas de artillería de sitio emplazadas contra Arad, aunque, también según sus propias declaraciones, volvieron a repasar el Marosz. Por lo que sabemos hasta ahora, no han logrado todavía romper la línea del Marosz, y mientras esto no ocurra, no puede hablarse de la gran expedición que Rukawina ha de realizar contra Großwardein y Transilvania.

En el oeste y el noroeste, el Theiß, con sus aguas desbordadas y sus inabarcables pantanos, forma para los magiares una línea de cobertura casi inatacable. Aquí se encontraba hasta ahora, mientras los rusos no participaban en la lucha, el centro decisivo del teatro de la guerra. Una vez que Windischgrätz estuviese en Debreczin, la guerra se disolvería en mera guerra de guerrillas. Los magiares lo sabían, y por eso su ejército principal no opuso resistencia seria en parte alguna hasta llegar al Theiß. Para ellos se trataba únicamente de mantenerse hasta que pasase la helada que permitía a los imperiales pasar todos los ríos y pantanos como sobre terreno firme, y que les entregó Pesth y Ofen casi sin posibilidad de resistencia. Mientras el ejército principal se retiraba así lentamente, las dos alas – la del norte en los comitates eslovacos, la del sur entre el Drau y el Donau – permanecieron avanzadas, se mantuvieron todo lo que pudieron, obligaron al ejército enemigo a dividirse y acabaron por retirarse, una a través de los Karpathen hacia el Theiß, la otra cruzando el Donau hacia el ejército del Banato.

Sólo la imbécil ignorancia de los gacetilleros alemanes vendidos a Austria, que jamás han tenido un mapa en la mano ni han seguido una operación estratégica, podía ver en este plan magistral, basado en un conocimiento exacto y una visión de conjunto del terreno, nada más que... cobardía, pura cobardía de los magiares. Gentes de algún entendimiento y conocimientos habrían mentido y alardeado al menos de manera algo menos absurda que la masa de embusteros alemanes cotidianos, encanecidos bajo la censura, la corrupción y la ignorancia grosera.

El éxito ha demostrado con cuánta habilidad han operado los magiares. Seis semanas duró hasta que los primeros imperiales del ejército principal pudieron avistar el Theiß, y, aunque entonces el río estaba aún helado, las batallas de Szolnok, de Czegled, de Tarczal y de Tokaj mostraron a los austriacos cómo luchan los húngaros cuando oponen resistencia seria. Ottinger rechazado hasta detrás de Czegled, Schlick hasta Boldogkö-Varalya, y un lamento general de todos los periódicos que, ebrios hasta entonces de victoria, se regían por la ley marcial, por la repentina e inesperada resistencia de los magiares: ésos fueron los primeros resultados del “victorioso” avance de los austriacos hasta el Theiß.

Luego vino el deshielo, los magiares se replegaron al otro lado del Theiß, y el deshielo del río impidió a los imperiales seguirlos. El deshielo cesó, pero no así la inundación y el pantanal de ambas orillas por varias millas a lo largo. Los imperiales se hallaban desconcertados ante los pantanos y la impetuosa corriente, y ninguno se atrevía a cruzar, pese a que Windischgrätz enviaba desde Pesth refuerzo tras refuerzo. Pero los magiares sí se atrevieron a cruzar, pues hace poco nos enteramos de repente de que Miskolcz, cuatro millas de este lado del Theiß, vuelve a estar en sus manos, y, como veremos después, los informes oficiales de los imperiales (k. k.) han hecho más que confirmarlo.

Mientras Windischgrätz, Jellachich y Schlick se alegraban de poder mantener sus posiciones, Nugent se batía en el sur con Damjanich y Götz, y Simunich y Csorich, en el norte, con Görgei. En el sur, donde el ejército húngaro del Banato ya había sido rechazado, los austriacos lograron disolver el cuerpo cercenado de Damjanich en guerrillas que, entre el Drau, el Donau y el bosque de Bakony, mantienen aún en jaque a un considerable cuerpo de tropas. En el norte, en cambio, Görgei, uno de los jefes de partidas francas más audaces y rápidos, mantuvo, mediante una audaz guerra de guerrillas a gran escala y una serie de brillantes acciones, los comitates eslovacos frente a tres cuerpos de ejército completos durante dos meses enteros. Mientras los boletines imperiales lo aniquilaban innumerables veces, él aparecía una y otra vez en el campo, derribaba a un general austriaco tras otro, impedía su unión mediante rápidas marchas y ataques constantemente repetidos, y sólo la caída de Leopoldstadt decidió su retirada ante una superioridad de tres a cuatro veces. Se retiró a los Altos Karpathen, alarmando de tal modo a los imperiales que toda Galitzia fue puesta en armas, se arrojó sobre el Zips y de allí a Eperies y Kaschau. Allí se encontraba a espaldas de Schlick. Éste, a quien el cuerpo magiar avanzado hacia Miskolcz separó de Windischgrätz, y que ahora corría peligro de ser completamente cercado por tres lados, se retiró apresuradamente en dirección noroeste, con la intención de unirse en Leutschau con Götz y consortes. Entonces, de pronto, “fuertes destacamentos enemigos” cruzan el Theiß por Polgar y Tißa-Füred, se unen con la columna de Miskolcz y avanzan hacia Rima-Szombath, es decir, entre Windischgrätz y Schlick. Por eso éste se ve obligado a cambiar todo su plan, abandonar a Götz a su suerte en los Karpathen y, mediante una marcha apresurada en dirección sudoeste hacia Rima-Szombath, anticiparse a la columna principal magiar. Mediante esta maniobra magistralmente combinada de los magiares, Schlick ha sido rechazado hacia Eslovaquia, Götz ha quedado aislado en los Altos Karpathen, la unión de Görgei con el ejército principal magiar está asegurada, y toda la parte nordeste de Hungría ha sido liberada de los imperiales.

Todos estos acontecimientos, que tuvieron lugar del 10 al 14 de febrero, son confesados por la propia Wiener Offizielle Zeitung. También en los demás órganos aulladores de la prensa austriaca y alemana se observa desde hace poco una notable moderación del tono. Sin hablar siquiera del duelo de nuestras vecinas más próximas, la A.A.Z. ha de reconocer hoy: “La lucha puede prolongarse todavía algo; el país es demasiado grande y los insurgentes tienen en los polacos buenos jefes”.

Y qué decir del Constitutionelles Blatt aus Böhmen: “Las noticias llegadas hasta hoy aquí de Hungría presentan el carácter más diverso. Las del sur son decididamente favorables para nuestras armas, las del norte, decididamente desfavorables.”

Y en otro artículo: “Si echamos una mirada de conjunto, en los diversos periódicos de matiz decididamente conservador, sobre los más recientes hechos de Hungría, nos parece que se ha producido un ligero flujo y reflujo en los éxitos del ejército imperial.”

“La toma de Kaschau por Görgey tampoco es adecuada para hacernos creer en la disolución del ejército magiar, en su aniquilamiento y desperdigamiento, y en la conclusión de la guerra que al comienzo de este año se señaló como inminentemente próxima.”

Sigue siendo “siempre difícil de explicar cómo, con combinaciones bien ordenadas y maniobras geográficamente correctas, como las que tenemos derecho a esperar de un ejército tan excelentemente organizado y dirigido, les es posible a los cuerpos de tropas magiares, dispersos, moverse en la línea de operaciones, e incluso a su espalda, con fuerzas no insignificantes y volver a concentrarse en puntos de los cuales los creíamos desalojados para toda la duración de la campaña.”

Así están las cosas en el noroeste. Ya no se trata de la defensa de la línea del Theiß contra los austriacos, sino de que los austriacos no se dejen arrojar de vuelta a Eslovaquia y detrás del Donau. No los austriacos, los húngaros han sido los atacantes desde hace una semana.

Y, por fin, en el sudeste, en Transilvania? Aquí los boletines dejaban a Bem ser batido por Puchner una y otra vez; aquí los “rebeldes” parecían estar completamente arruinados. Cuando, de repente, la Wiener Zeitung trae el siguiente lamento oficial:

“Desde la sangrienta victoria que el comandante general, barón von Puchner, obtuvo el 21 de enero cerca de Hermannstadt sobre un enemigo tres veces más fuerte, las tropas retenidas allí para la protección de esta ciudad no han podido impedir, por desgracia, que su comunicación con el...

Banato y Carlsburg fue interrumpida por el enemigo, el cual devastó toda la comarca a la manera de los vándalos, apresó todas las provisiones de víveres y ganado de matanza y las hizo conducir, junto con los demás objetos saqueados, al punto de concentración de Klausenburg.

Ante la escasez que de ello resultó en nuestro bando, las quejas y súplicas de las florecientes capitales del fiel país sajón, Kronstadt y Hermannstadt, se hicieron cada vez más fuertes y apremiantes. Ya antes, amenazadas por las hordas de székelys rapaces y pérfidos, estas ciudades, en su apuro, habían dirigido al general ruso von Lüders, que mandaba en Valaquia, una solicitud de eventual ayuda. Ahora que, al interrumpirse todas las comunicaciones con el ejército principal imperial que operaba en Hungría, se desvanecía toda perspectiva de pronta llegada de refuerzos; que el enemigo atraía a sí diariamente nuevas bandas de rebeldes y que, con sus falaces espejismos, había logrado incitar de nuevo a todo el pueblo székely a la traición y a la insurrección armada, el lugarteniente mariscal de campo von Puchner se vio asediado por todas partes con súplicas para que llamara en auxilio a los rusos, a fin de que no fuera también la parte más próspera del fiel país sajón entregada a la perdición y a la ciega furia destructora de hordas de bandidos sedientos de sangre.

Convencido de la necesidad de atacar al jefe rebelde Bem antes de que se hiciera demasiado poderoso con las bandas rebeldes que le afluían de varios lados, e imposibilitado, por otro lado, de hacer frente al enemigo con sus débiles fuerzas y proteger al mismo tiempo el país sajón de las devastaciones de los székelys, el lugarteniente mariscal de campo von Puchner creyó deber prestar oídos a la voz de la humanidad y someter a deliberación los unánimes ruegos de la nación rumana y de la sajona para solicitar el auxilio ruso, aunque no estaba autorizado para ello por el gobierno imperial. A tal fin, reunió el 1 de febrero en Hermannstadt un consejo de guerra. Precisamente al final de esta reunión, un correo de Kronstadt trajo la noticia oficial de que las hordas armadas de székelys, en número de 15.000, habían cruzado las fronteras de su país y que, por tanto, para el rico emporio comercial de Kronstadt, amenazado directamente por estas bandas con una destrucción cierta, el peligro máximo era inminente.

Sobre este Miserere k. k. habría mucho que decir. Pero no es necesario; de cada línea brota la conciencia golpeada, brota la vergüenza de no poder seguir mintiendo y de tener que renegar de todas las baladronadas anteriores.

¡Éste era, pues, el meollo de los boletines oficiales y de las «fanfarronadas» magiares! ¡Atacando y avanzando los magiares en el Tisza, detenidos los austriacos en el Maros, Transilvania irremisiblemente perdida para la causa imperial, a menos que los rusos se inmiscuyan!

¡Y hay lumpenproletariado literario, almas cobardes de mentirosos de oficio y calientabancos en Alemania, que osan denigrar a estos magiares como cobardes, a este pueblo de héroes de un par de millones que tiene tan acorralado a todo el gran Austria, a toda la orgullosa «monarquía total», que Austria está perdida sin los rusos!

«Esta circunstancia —confiesa más adelante el avergonzado parte oficial—, esta circunstancia influyó de manera decisiva en el acuerdo del consejo de guerra, que se pronunció por reclamar el auxilio ruso para la protección de Hermannstadt y Kronstadt. A raíz de la solicitud presentada en consecuencia por el lugarteniente mariscal de campo von Puchner, el 1 de febrero entraron en Kronstadt 6.000 hombres de tropas imperiales rusas y el 4 de febrero otros 4.000 en Hermannstadt, por el tiempo que durase el peligro amenazante.»

Y sobre cuántos rusos participan en la lucha contra los magiares, aguardaremos a las próximas «fanfarronadas magiares». Los éxitos de Puchner que se relatan a continuación, por insignificantes que sean, a juzgar por todo lo anterior, jamás se habrían logrado sin tropas auxiliares rusas.

Escúchese —y no se olvide que el boletín nº 24, publicado la víspera por la noche, presenta estas ventajas obtenidas entre el 4 y el 7 como conquistadas únicamente por los imperiales, y calla por completo la entrada de los rusos!—

Como es sabido, Bem se hallaba en Stolzenburg. De aquí lo desalojó Puchner el 4 hacia Mühlenbach (donde pretende haber conquistado 16 cañones), el 6 hacia Szaszvaros, el 7 hacia Deva. Allí sigue Bem.

Suponiendo que esto sea exacto, Puchner nunca habría conseguido hacer retroceder 12 millas en 4 días a un general como Bem, que había recorrido varias veces Transilvania de un extremo a otro con la máxima rapidez y le era muy superior a él, el austriaco siempre derrotado, de no ser por la más aplastante superioridad numérica, por tropas auxiliares rusas y oficiales de estado mayor rusos, que en todo caso valen más que estos austriacos a la antigua usanza.

Si Bem se halla realmente en Deva, su plan está claro. Se ha replegado desde Mühlenbach hacia el Maros, quiere dejar Transilvania por el momento a los austriacos, que ya tienen bastante que hacer con las guerrillas de székelys, y piensa descender por el Maros hacia Arad, rechazar a los serbios al Banato y avanzar por el ala izquierda de Kossuth. Que Puchner lo persiga es, por ahora, impensable. En cambio, Gläser, en Arad, y Rukavina, en Temesvar, no tardarán en oír hablar de Bem, y antes de ocho días probablemente sabremos cómo el incansable polaco opera contra Szegedin y el ala derecha de Windischgrätz. Otras conclusiones, por lo menos, no pueden extraerse de la dirección que ha tomado.

Sin los rusos, Puchner estaba aniquilado y Transilvania sometida en pocos días. Los propios székelys y magiares del país bastaban para mantener a raya a sajones y valacos. Bem podía haber tomado, como vencedor, la dirección que ahora sigue en su retirada, unirse a Kossuth y Dembinski y decidir así la campaña. La victoria era segura con sus fuerzas unidas, Pest hubiera sido tomada en pocos días y... ¡el quince de marzo Dembinski habría estado en Viena!

Entonces intervienen los rusos y arrojan en la balanza, a favor de Austria, el peso del imperio zarista... y eso, naturalmente, decide.

¡Éstas son, pues, las hazañas de estos valientes caballeros de la ley marcial, de estos Windischgrätz, Jellachich, Nugent y Schlick! ¡Penetrar con todo el poderío de Austria, por ocho lados, contra un pequeño pueblo de cuatro millones y medio; llamar en auxilio a croatas turcos, bosniacos y serbios, y, al final, tan pronto como ese pequeño pueblo reunió sus fuerzas y expulsó a los traidores de su propio campo, ser derrotados en todos los puntos!

¡Gloriosos laureles, en verdad, los que el invencible Windischgrätz conquista con ayuda de refuerzos rusos! ¡Espléndidas victorias las que la alianza de toda la barbarie europea obtiene sobre el más avanzado puesto de la civilización europea!

Ciertamente, nadie habría podido adivinar que la más aguda sutileza del grandioso plan de campaña de Windischgrätz, que el último triunfo estratégico del gran caudillo... ¡era la apelación a los rusos! Y sin embargo, podía saberse: ¿han vencido alguna vez los austriacos de otro modo?

Pero los magiares, los últimos luchadores impertérritos de la revolución de 1848, caerán tal vez como los héroes de junio de París, como los combatientes de octubre de Viena, aplastados por la fuerza superior que ahora vuelve a cercarlos por todas partes. De la mayor o menor participación de los rusos dependerá que la guerra contra ellos termine rápida o lentamente. Y si mientras tanto nosotros, los europeos occidentales, persistimos en nuestra calma apática, si a la vergonzosa traición con que los rusos caen sobre nuestros hermanos magiares oponemos solo resistencia pasiva y suspiros impotentes, los magiares estarán perdidos y... ¡pronto nos llegará el turno a nosotros!

Y en efecto, la invasión rusa en Transilvania es la más infame traición, la más villana violación del derecho de gentes que jamás se haya visto en la historia. ¡Qué es la abierta coalición de los déspotas de 1792, qué la sorda connivencia de las potencias alemanas con Rusia en la guerra de Polonia, qué la propia partición de Polonia, comparadas con esta cobarde, alevosa estrangulación de un pequeño pueblo de héroes, perpetrada a traición con auténtica perfidia rusa! ¡Qué son todas las infamias de la política inglesa, rusa y austriaca anteriores contra esta innombrable bajeza!

Austria libra una guerra de opresión contra los magiares; Rusia se les echa encima a traición; y Prusia permanece en la frontera, con las requisitorias en la mano, para detener a los fugitivos y entregarlos a sus verdugos. ¡Un año después de la revolución europea, el 21 de febrero de 1849, la Santa Alianza vuelve a estar ante nosotros, en perfecto orden de revista, con toda su bajeza de bandidaje de la ley marcial y de policía!

A eso hemos llegado, ciertamente. Tales cosas se osan ante toda Europa, y toda Europa no se atreve a mover un dedo. La república francesa oficial se alegra en silencio y desearía también, para mejor exterminio de los anarquistas, tener frontera con Rusia. ¿Por qué, también, hemos mostrado en Francia y en Alemania, después de la revolución, tanta magnanimidad, nobleza, indulgencia y bondad, si no queríamos que la burguesía volviera a levantar cabeza y nos traicionara, que la calculada contrarrevolución nos pusiera el pie sobre la nuca!

Pero, ¡paciencia! La «hidra de la revolución» no está aún sofocada —mirad a Italia—; ¡la fuerza de las bayonetas asalariadas no es todavía el último poder decisivo de la historia! ¡Paciencia! El día llegará también, llegará pronto, en que una nueva revolución emprenda su sangrienta ronda por Europa, una revolución que, en vez de postrarse adorando ante la mera frase de la república o de regatear miserables «conquistas de marzo», no depondrá la espada hasta haberse vengado de toda la traición y de toda la infamia de los últimos nueve meses. Entonces pediremos cuentas a todos aquellos que han permitido y apoyado esta ignominiosa traición contra nuestros compañeros de lucha magiares, y entonces, a pesar de los rusos, ¡sacaremos adelante, sin embargo, a Hungría y Polonia!