Una denuncia

* Colonia, 22 de febrero. En la *Ober-Postamtszeitung* —cuyo anterior redactor fue un agente pagado de Guizot (véase la *Revue rétrospective* de Taschereau) y agente no pagado de Metternich, como es también sabido que todo el Correo de Thurn y Taxis, ese instituto nacional de la trapacería que pesa sobre la industria alemana, está en lucha con los ferrocarriles y avanza como un cáncer, cuya supervivencia tras marzo apenas se concibe y cuya aniquilación inmediata será uno de los primeros actos de la constituyente alemana que dentro de poco se inaugurará (notoriamente la asamblea de la iglesia de San Pablo jamás fue constituyente), y que desde José II nunca fue otra cosa que una posada de espías austríaca—, en ese periódico imperial de la denuncia perteneciente a este ex príncipe de Thurn y Taxis, el redactor responsable, H. Malten (a quien ya la antigua *Rheinische Zeitung* ha caracterizado de forma inequívoca), se expresa en los siguientes términos, afirmando reproducir la siguiente correspondencia parisiense de un periódico que no leemos:

«Para vergüenza del nombre alemán, hemos de confesar que son precisamente alemanes quienes entre nosotros practican el activismo subversivo con el pie más grandioso, por no decir desvergonzado. Existe aquí una oficina especial de los rojos, desde la cual todos los artículos incendiarios que de algún modo pueden procurarse contra el orden de la sociedad humana se envían a toda prisa a las provincias. No contentos con que alemanes participen en esta deshonrosa actividad en favor de Francia, a ellos se debe también que una propaganda nefasta extienda sin cesar sus redes sobre Alemania. Del caldero de aquella misma cocina revolucionaria se inunda todo el valle alemán del Rin de papel revolucionario, sobre lo cual la *Neue Rheinische Zeitung* sabría contar muchas cosas si no tuviera a bien guardar un cuidadoso silencio sobre este único punto. En el Oberland de Baden las capas populares inferiores son trabajadas desde París ya desde hace meses. Las vinculaciones de los demócratas de aquí con los refugiados en Suiza son igualmente un hecho.»

Sobre esta miserable denuncia observamos: 1) que jamás hemos ocultado nuestras relaciones con los demócratas franceses, ingleses, italianos, suizos, belgas, polacos, americanos y de los demás países; y 2) que el «papel revolucionario» con el que ciertamente «inundamos el valle alemán del Rin (¡y no solo él!)», solemos fabricarlo también aquí mismo, en Colonia. Para ello no necesitamos ninguna ayuda de París; desde hace varios años estamos acostumbrados a que nuestros amigos parisienses tomen más de nosotros que nosotros de ellos.