Nuevo aporte a la vieja hacienda prusiana

* Colonia, 21 de Febrero. Hemos de complementar nuestro artículo aparecido en el núm. 224 del periódico sobre el señor von Bodelschwingh y consortes y la administración financiera prusiana. Al final del mismo señalamos que en el Tesoro del Estado se han contabilizado 27 127 Reichsthaler (17 127 es una errata) menos de lo que, según las cuentas de la Caja General del Estado, se había ingresado en él. Con posterioridad hemos hallado en las cuentas presentadas por el gobierno una anotación que nos resuelve el enigma del paradero de este dinero.

En efecto, los llamados ahorros administrativos del año 1844, por un importe de 2 000 002 Reichsthaler, no fueron ingresados en metálico en la caja del Tesoro del Estado, sino que por esa suma se compraron títulos de deuda del Estado prusiano. Según el curso de entonces, se dice que de ello resultó una pérdida en la compra de 27 127 Reichsthaler. ¡Los ministros prusianos son o eran unos financieros brillantes!, cosa que este caso vuelve a poner de manifiesto. Pues ya no tenemos que preguntar a los señores exministros dónde han ido a parar los 27 127 Reichsthaler, sino que podemos decirles que, con su astucia, en esta única operación no se han perdido sólo 27 000, sino más de 400 000 Reichsthaler. Este reproche atañe en primer lugar al señor Flottwell, pues él era entonces Ministro de Finanzas. Puede que sea un hombre probo. Pero al país le puede dar exactamente igual que sus ministros lo perjudiquen por incapacidad o por mala voluntad. Una investigación al respecto sólo podría tener a lo sumo interés para la familia del mismo.

En su memorándum sobre el Tesoro del Estado del 6 de abril de 1847, el entonces Ministro del Tesoro, von Thile, declara sin ambages que, con respecto al Tesoro del Estado, se consideraban firmes los dos principios siguientes:
1) que el saldo debe existir siempre en dinero contante y sonante, en moneda acuñada,
2) que del Tesoro del Estado no pueden efectuarse pagos de ningún género, salvo con fines de armamento bélico.

En lo que concierne al primer principio, es correcto que, si es que ha de existir alguna vez un Tesoro del Estado, éste sólo tiene un sentido razonable si está depositado en dinero contante o en metales preciosos. Un gobierno que no puede apoyarse en la fuerza del pueblo podrá ciertamente necesitar un respaldo para los llamados tiempos difíciles. Aunque su crédito se resienta también en la Bolsa, aún debe disponer de medios de reserva para salir de este apuro, pero eso sólo puede hacerse con dinero contante o metales preciosos. El oro y la plata abren los corazones de los burgueses en todo tiempo. Pero un papel impreso, un mal papel, es el camino más seguro para perder también la “consideración” de la Bolsa. Cuando el crédito del Estado ha decaído tanto que se hace necesario el auxilio del Tesoro del Estado, no hay nada más humillante en la Bolsa que tener que ofrecer a la venta títulos de deuda del Estado y tener que buscar comprador. Quien haya observado alguna vez una Bolsa de cierta envergadura sabrá qué desprecio aflora en los gestos y ademanes del especulador en dinero tan pronto como, en tales tiempos, se le ofrecen títulos del Estado. Por lo demás, el especulador bien puede ser Consejero Secreto de Comercio y estar muy “bienintencionado”.

La compra de títulos de deuda del Estado fue, pues, la operación más torpe que el gobierno prusiano pudo emprender.

El señor von Thile declara en el memorándum citado que se ha visto obligado a aceptar los 1 972 875 Reichsthaler en títulos de deuda del Estado en lugar de los 2 000 002 Reichsthaler en metálico. No damos valor alguno a esta excusa del “verse obligado”. Pero si las cuentas son correctas, la compra de los títulos del Estado ya fue efectuada por la Caja General del Estado. De lo contrario, se habría tenido que entregar la totalidad del importe en dinero contante al Tesoro del Estado. El señor Flottwell parece, pues, ser el más directamente implicado en la feliz operación financiera.

Cómo la mezquindad pequeñoburguesa, que con gusto quisiera ahorrarse algunos tantos por ciento en los intereses y no estaba a la altura de las empresas financieras mayores de un Estado, termina por fin con oprobio y vergüenza y con doble pérdida, lo mostrarán las cifras siguientes.

A la pérdida respecto al valor nominal en la compra
  d e ..............................  27 127 Rt.
se añade la pérdida, mucho mayor, en la venta.
Desde marzo hasta principios de julio de 1848, los cursos
de los títulos de deuda del Estado oscilaron entre el 66% D i n e r o (4 de abril) y
el 831/2% P a p e l (21 de marzo). Dado que los cursos descienden en cuanto se saca
a la venta una gran suma de títulos, cabe suponer que
el gobierno no se desprendió de sus títulos de deuda del Estado por más del 70%.
Así pues, en la venta, frente al valor nominal, se ha perdido
probablemente al menos un 30% sobre 1 972 875
Rth., es decir ...................  591 840 Rt.
                          en total 618 967 Rt.
se han perdido; de ahí se descuentan los intereses ganados
por 3 años a razón de 69 048 Rth., con  207 144 Rt.
de modo que probablemente quedan  411 823 Rt.
como pérdida neta. Se ha perdido casi 1/4 de la suma total, y para colmo el crédito del Estado se ha debilitado aún más por el curso deprimido de los títulos de deuda del Estado.

Aducimos esta pequeña muestra de la sabiduría de los ministros prusianos de Finanzas y del Tesoro à la Flottwell-Thile sólo porque la complementación de nuestro artículo arriba señalado lo hace necesario. De lo contrario, no nos ocuparíamos de lo pequeño allí donde lo grande nos ofrece materia tan abundante.