El corresponsal vienés de la «Kölnische Zeitung»

* Colonia, 17 de febrero.
Neue Rheinische Zeitung.
Núm. 225, 18 de febrero de 1849.

¡Un enigma menos en la historia universal! El señor Schwanbeck, † redactor de la «Kölnische Zeitung», que a la vez escribe desde Viena bajo la insignia †† en la misma «Kölnische Zeitung», ha calumniado, como es notorio, a los magiares bajo ambas firmas todo el tiempo posible, acusándolos de cobardía y de villanía, no sólo venciéndolos sino aniquilándolos repetidas veces, y ensalzando con ditirambos la entrada por procedimiento sumario del ejército imperial en las distintas ciudades y comitates de Hungría.

El señor Schwanbeck mismo resuelve ahora el enigma; cual Aquiles, nuestro Schwanbeck sólo puede curar las heridas que él ha causado.

¿Y la solución del enigma? — El miedo a Welden. De ahí la difamación de los vieneses y de los magiares, las miserables mentiras acerca de los éxitos militares austríacos, el servilismo y los guiños con croatas y panduros.

Pues, dice el famoso Schwanbeck, dice él:
«Hasta ahora se nos ha castigado formalmente con mentiras y el gobernador barón Welden nos ha honrado con el título honorífico de bellaco malicioso, cuando uno se atrevía a dudar de los avances victoriosos del ejército imperial en todos los puntos de la monarquía.» (Núm. 40 de la Kölnische Zeitung.)

Por respeto a Welden, los lectores de la «Kölnische Zeitung» tuvieron que ser embaucados y engañados durante dos meses en las correspondencias de Viena bajo el signo †† acerca de la guerra húngara.

Goethe dijo a propósito de Pustkuchen: «Si la ballena tiene su piojo, yo también he de tener el mío.» Lo mismo puede decir Kossuth de Schwanbeck.

La «Kölnische Zeitung» sobre la lucha magiar

* Colonia, 17 de febrero.
Neue Rheinische Zeitung.
Núm. 225, 18 de febrero de 1849.

«He hallado ahora el fundamento
en que mi ancla eternamente se sostiene» —
canta el valeroso Schwanbeck con el himnario protestante. El héroe virtuoso indignado, pese a la «nota austríaca» y al «sentimiento de la más profunda indignación», aparece por fin también en la primera plana de la Kölnische Zeitung en defensa de Windischgrätz.

Óigase:
«La llamada prensa democrática en Alemania ha tomado partido por los magiares en la lucha austro-húngara... ¡Cosa bastante extraña, por cierto! ¡Los demócratas alemanes del lado de esa casta de alta nobleza para la cual su propia nación, a pesar del siglo XIX, no dejó nunca de ser la misera contribuens plebs, los demócratas alemanes al lado de los más arrogantes opresores del pueblo!»

No recordamos con exactitud si ya hemos llamado la atención del público sobre una peculiar propiedad del valeroso Schwanbeck, a saber, que tiene la costumbre de hacer únicamente oraciones subordinadas sin oración principal. El pasaje anterior es una de esas oraciones subordinadas cuya principal no ha visto nunca la luz del mundo.

Y aunque los magiares fuesen una «casta de alta nobleza» de los «más arrogantes opresores del pueblo», ¿qué probaría eso? ¿Es Windischgrätz, el asesino de Robert Blum, por ello un ápice mejor? ¿Acaso los caballeros de la «monarquía unitaria», los enemigos especiales de Alemania y amigos de Schwanbeck, los Windischgrätz, Jellachich, Schlick, etc., quieren oprimir a la «casta de alta nobleza» e introducir la libertad de la propiedad territorial campesina? ¿Luchan los croatas y los checos, acaso, por el parcelamiento renano y el Code Napoléon?

La «Kölnische Zeitung» sobre la lucha magiar

Cuando en 1830 los polacos se levantaron contra Rusia, ¿se discutió acaso si se trataba aquí meramente de una «casta de alta nobleza» a la cabeza? Se trataba entonces, ante todo, de expulsar a los extranjeros. Toda Europa simpatizaba con la «casta de alta nobleza», que ciertamente inició el movimiento; pues la república nobiliaria polaca era siempre un gigantesco progreso frente al despotismo ruso. ¿Y no era el sufragio censitario francés, el monopolio de los 250.000 electores de 1830, en el fondo una servidumbre política tan grande de la misera contribuens plebs como lo era el señorío de la nobleza polaca?

Supongamos que la revolución húngara de marzo hubiese sido una revolución puramente nobiliaria. ¿Tiene por ello la monarquía «unitaria» austríaca el derecho de oprimir a la nobleza húngara y, con ella, a los campesinos húngaros, del mismo modo como ha oprimido a la nobleza gallega y, a través de ésta (cf. las deliberaciones de la dieta de Lemberg de 1818), a los campesinos gallegos? Pero, ciertamente, el gran Schwanbeck no está obligado a saber que la mayor parte de la nobleza húngara, exactamente igual que la mayor parte de la nobleza polaca, consiste en meros proletarios, cuyo privilegio aristocrático se limita a que no se les puedan aplicar bastonazos.

Pero el gran Schwanbeck está todavía mucho menos obligado a saber que Hungría es el único país donde las cargas feudales sobre los campesinos han cesado de existir por completo, legal y fácticamente, desde la revolución de marzo. El gran Schwanbeck declara a los magiares como una «casta de alta nobleza», como «los más arrogantes opresores del pueblo», como «aristócratas» — y el mismo gran Schwanbeck no sabe o no quiere saber que los magnates magiares, los Esterházy, etc., desertaron al comienzo mismo de la guerra y se presentaron en Olmütz a rendir homenaje, ¡y que precisamente los oficiales de «alta nobleza» del ejército magiar han cometido diariamente, desde el comienzo de la lucha hasta hoy, nuevas traiciones a la causa de su nación! ¿O por qué la mayoría de la cámara de representantes se encuentra aún hoy al lado de Kossuth en Debreczin, mientras que allá se hallan solamente once magnates?

Hasta aquí el Schwanbeck de la primera plana, el ditirambista de fondo Schwanbeck. Pero el hombre de la tercera página, el hombre que ha asaltado seis veces Leopoldstadt, tomado cuatro veces Eszek y cruzado el Tisza en diversas ocasiones, el estratega Schwanbeck, también tenía que tomar su revancha.

«Pero entonces la guerra tomó un giro lamentable, verdaderamente lastimoso. Sin detenerse, casi sin lucha, los magiares abandonaron todas sus posiciones; sin resistencia desalojaron incluso su plaza real fortificada, se retiraron ante los croatas de Jellachich hasta detrás del Tisza.»

«Casi sin lucha», es decir, después de haber contenido a los austríacos desde el Leitha hasta el Tisza durante dos meses enteros, se retiraron «casi sin lucha». ¡El bueno de Schwanbeck, que juzga la grandeza de un general no por sus resultados materiales, sino por la cantidad de hombres que se ha dejado matar!

«¡Sin resistencia desalojaron su plaza real fortificada!» Ahora bien, hay que saber que Buda está ciertamente fortificada por el lado oeste, pero no por el este. El Danubio estaba helado, de modo que los austríacos pudieron cruzar con caballos y carros, ocupar Pest y, desde allí, cañonear a la indefensa Buda.

Si Deutz no estuviera fortificado y el Rin estuviera helado, y si, en consecuencia, un ejército francés marchara a través del Rin por Wesseling y Worringen, y plantara 100 cañones en Deutz contra Colonia, el atrevido Schwanbeck, entonces, aconsejaría al coronel Engels defender Colonia hasta el último hombre. ¡Valiente Schwanbeck!

Los magiares «se retiraron ante los croatas de Jellachich hasta detrás del Tisza». ¿Acaso nos negará el gran Schwanbeck que esos «croatas» consisten en 250.000-300.000 hombres, incluyendo los cuerpos de Windischgrätz, Jellachich, Götz, Csorich, Simunich, Nugent, Todorovich, Puchner, etc., etc., así como las tropas irregulares del Drave y del Banato? ¿Y todo eso son «los croatas de Jellachich»? Que, por lo demás, un Schwanbeck, él mismo pariente tribal de los croatas y poco versado en historia y geografía, sienta entusiasmo por los croatas, es fácil de comprender.

Pero ciertamente: «también nosotros estamos muy lejos de ver en los partes oficiales del cuartel general austríaco precisamente un evangelio». Al contrario, Schwanbeck encuentra de vez en cuando en los partes, por ejemplo de Schlick, «una laguna que el lector debe llenar con toda clase de conjeturas, y ¡no es de extrañar (!!) que esas conjeturas resulten más inquietantes de lo que deberían!!! ». «También tenemos a Puchner bajo la sospecha de que acostumbra a colorear sus boletines un tanto en rosa. Según ellos, estaría en la más hermosa carrera victoriosa contra el “general rebelde”. De pronto leemos, para nuestra mayor sorpresa (!), un llamamiento suyo en el que conjura a sajones y valacos por todo lo del mundo a que conserven aún el ánimo, y entonces encontramos al derrotado Bem de repente ante Hermannstadt, en pleno país sajón, y los pobres alemanes (!!) no saben, por fin, valerse de otra manera que buscando protección en los rusos. Aquí hay un pequeño conflicto entre los partes oficiales y los acontecimientos, el cual sólo puede imputarse a la inexactitud (!!) de los primeros.»

La «Kölnische Zeitung» sobre la lucha magiar

El ciudadano Schwanbeck confiesa que los boletines austríacos y, siguiéndolos, la Kölnische Zeitung, han mentido del modo más desvergonzado acerca de los supuestos avances de los austríacos; cuando la mentira ya no puede ser negada, el amigo de la verdad Schwanbeck llama a eso: ¡«un pequeño conflicto entre los partes oficiales y los acontecimientos»!

«Pero aunque en modo alguno consideremos los partes militares austríacos como oráculos, los boletines victoriosos magiares no han ganado por ello lo más mínimo ante nuestros ojos (ocupados con esos “pequeños conflictos”). Están dictados por la fantasía y se leerían muy agradablemente, si no fueran tan terriblemente ridículos.»

Estos «boletines» son tan «terriblemente ridículos», que hasta ahora no han afirmado nada que el gran Schwanbeck no se vea obligado a admitir en el fondo. ¿O está Tokaj en manos de Schlick? ¿Ha cruzado un solo austríaco el Tisza por Szolnok? ¿Han avanzado los imperiales un solo paso desde hace 14 días?

El 22.º boletín austríaco, que nos acaba de llegar (véase más abajo), le ahorrará al ciudadano Schwanbeck la molestia de responder. Nos aclara que los austríacos no han llegado aún ni siquiera al punto que afirmaban los boletines 20 y 21.

«No hay más remedio: la guerra en Hungría se encamina a su fin a pasos agigantados.» Esto está claro. Schwanbeck lo dijo ya hace 14 días: «La guerra en Hungría toca a su fin. Parturiunt montes, nascetur ridiculus mus.» Era el mismo día en que hizo entrar por primera vez a los austríacos victoriosos en Debreczin. Han transcurrido desde entonces 14 días, y a pesar de que los magiares «han fanfarroneado terriblemente», los austríacos no han pasado aún el Tisza, ni mucho menos están en Debreczin.

«El que las partidas de Bem hayan sido engrosadas por las bandadas de fugitivos húngaros que afluyen de todos lados hasta formar un ejército al que las escasas fuerzas imperiales de Transilvania no pueden hacer frente, no puede extrañar a nadie.»

En absoluto. Pero lo que sí puede extrañarnos es que se hable de «bandadas de fugitivos húngaros que afluyen de todos lados», cuando los húngaros ocupan la línea del Tisza y del Maros, y el ciudadano Schwanbeck, pese a la más fervorosa oración, no puede hacer pasar de contrabando ni un solo imperial al otro lado; y además, que unas «bandadas de fugitivos» formen de repente un ejército, sin que los ejércitos que las persiguen estén al mismo tiempo a la mano para expulsarlas de cada nueva posición. Pero, ciertamente, el gran Schwanbeck cree que los húngaros,

¿Una vez derrotados en su nebulosa fantasía, correrían inmediatamente desde el Danubio hasta el Aluta sin volver la vista atrás para ver si son perseguidos o no?

El ciudadano Schwanbeck se ha convertido en el Carnot del siglo XIX al descubrir la nueva maniobra: cómo bandas fugitivas que afluían de todos lados pueden formar de repente un ejército victorioso.

Este nuevo ejército victorioso podría ciertamente provocar serias complicaciones. Sin embargo, dice Schwanbeck:

«Veremos de qué manera ejercerá aquí Rusia su veto.»

El valiente Schwanbeck, que aquí llama en auxilio a Rusia contra los magiares, es el mismo Schwanbeck que el 22 de marzo del año pasado publicó un artículo moralmente indignado contra el emperador de Rusia y declaró entonces que, si Rusia se inmiscuía en nuestros asuntos (y el asunto magiar es, sin duda, el nuestro), él, Schwanbeck, lanzaría un grito ante el cual temblaría el trono del zar. Es el mismo Schwanbeck que desde siempre tuvo en la «Kölnischen Zeitung» el cargo de salvar la reputación liberal del periódico mediante un odio a Rusia oportunamente aplicado y un liberalismo obligado y astuto en países de Europa oriental no peligrosos. Pero las complicaciones de Europa oriental parecen fastidiarle, y para poder entregarse por completo a su «sentimiento de la más profunda indignación» por la nota austriaca, llama a los rusos a Transilvania para poner fin a la lucha.

La mejor respuesta a todo el artículo moralizante, windischgrätziano y camorrista es… el boletín del ejército n.º 22, que los lectores encuentran más abajo. Para que Schwanbeck, en parte ilimitadamente ignorante en geografía y estrategia hasta en la frase final de su artículo, en parte dependiente de la «Neue Rheinische Zeitung», sepa a qué atenerse con este boletín, ofrecemos al mismo tiempo el comentario al mismo.