El paneslavismo democrático

* Colonia, 14 de febrero. Hemos señalado con bastante frecuencia cómo los dulces sueños que afloraron tras las revoluciones de febrero y marzo, cómo las exaltaciones de confraternidad universal de los pueblos, de república federativa europea y de paz mundial eterna no eran en el fondo sino
Neue Rheinische Zeitung.
Nr. 222, 15 de febrero de 1849
encubrimientos de la ilimitada perplejidad e inacción de los portavoces de entonces. No se veía, o no se quería ver, lo que había que hacer para asegurar la revolución; no se podía o no se quería imponer medidas verdaderamente revolucionarias; la estrechez de miras de unos, la intriga contrarrevolucionaria de los otros coincidían en que el pueblo, en lugar de hechos revolucionarios, sólo recibía frases sentimentales. El canalla perjuro Lamartine fue el héroe clásico de esta época de traición al pueblo, encubierta bajo flores poéticas y oropel retórico.

Los pueblos revolucionados saben cuán caro han tenido que pagar el haber creído entonces, en su bonhomía, las grandes palabras y altisonantes seguridades. En lugar del aseguramiento de la revolución, en todas partes cámaras reaccionarias que la socavaban; en lugar de la realización de las promesas hechas en las barricadas, las contrarrevoluciones de Nápoles, París, Viena, Berlín, la caída de Milán, la guerra contra Hungría; en lugar de la confraternidad de los pueblos, la renovación de la Santa Alianza sobre bases más amplias bajo el patronato de Inglaterra y Rusia. Y los mismos hombres que en abril y mayo aún vitoreaban las frases altisonantes de aquella época, sólo recuerdan sonrojándose cómo se dejaron engañar entonces por imbéciles y canallas.

Se ha aprendido por dolorosa experiencia que la “confraternidad europea de los pueblos” no se realiza mediante meras frases y piadosos deseos, sino sólo mediante revoluciones radicales y luchas sangrientas; que no se trata de una confraternidad de todos los pueblos europeos bajo una sola bandera republicana, sino de la alianza de los pueblos revolucionarios contra los contrarrevolucionarios, una alianza que no se realiza en el papel, sino sólo en el campo de batalla.
En toda Europa occidental estas amargas, pero necesarias, experiencias han despojado de todo crédito a las frases lamartinianas. En Oriente, en cambio, existen todavía fracciones, fracciones supuestamente democráticas, revolucionarias, que no se cansan de hacerse eco de esas frases y sentimentalismos y de predicar el evangelio de la confraternidad europea de los pueblos.
Tales fracciones –hacemos abstracción de algunos exaltados ignorantes de lengua alemana, como el señor A. Ruge, etc.– son los paneslavistas democráticos de los distintos pueblos eslavos.
El programa del paneslavismo democrático lo tenemos ante nosotros en un folleto: Llamamiento a los eslavos. Por un patriota ruso, Mijaíl Bakunin, miembro del Congreso Eslavo de Praga. Köthen, 1848.
Bakunin es amigo nuestro. Eso no nos impedirá someter su folleto a la crítica.
Escúchese cómo Bakunin, ya al comienzo de su llamamiento, enlaza con las ilusiones de marzo y abril del año pasado:
“La primera señal de vida de la revolución fue un grito de odio contra la vieja opresión, un grito de compasión y amor por todas las nacionalidades oprimidas. Los pueblos... sintieron por fin la ignominia con que la vieja diplomacia ha cargado a la humanidad, y reconocieron que jamás estará asegurado el bienestar de las naciones mientras en algún lugar de Europa viva bajo la opresión un solo pueblo... ¡Fuera los opresores!, resonó como por una sola boca; ¡salud a los oprimidos, a los polacos, a los italianos y a todos! ¡Ninguna guerra de conquista más, sino esa última guerra librada hasta las heces, la buena batalla de la revolución por la liberación definitiva de todos los pueblos! ¡Abajo las barreras artificiales, violentamente erigidas por congresos de déspotas según las llamadas necesidades históricas, geográficas, comerciales y estratégicas! No habrá ya otras fronteras divisorias que aquellas que corresponden a la naturaleza, trazadas por la justicia y en el sentido de la democracia, que la voluntad soberana de los pueblos mismos traza de antemano sobre la base de sus peculiaridades nacionales. Así resonó el llamamiento por todos los pueblos.” (págs. 6, 7.)

En este pasaje encontramos ya todo el entusiasmo exaltado de los primeros meses posteriores a la revolución. De los obstáculos realmente existentes para semejante liberación universal, de los grados de civilización tan completamente diversos y de las necesidades políticas, igualmente diversas y por ellos condicionadas, de los distintos pueblos, no se dice una palabra. La palabra “libertad” lo reemplaza todo. De la realidad en general no se habla, o en la medida en que acaso entra en consideración, se la pinta como algo absolutamente condenable, producido arbitrariamente por “congresos de déspotas” y “diplomáticos”. Frente a esta mala realidad aparece la supuesta voluntad popular con su imperativo categórico, con la exigencia absoluta de la “libertad” sin más.
Ya hemos visto quién era el más fuerte. La supuesta voluntad popular, precisamente por haberse embarcado en una abstracción tan fantástica de las circunstancias realmente existentes, ha sido burlada tan vergonzosamente.
“Disueltos declaró la revolución, desde su plenitud de poderes, los estados despóticos, disuelto el imperio prusiano... Austria... el imperio turco... disuelto, por último, el último refugio del despotismo, el imperio ruso... y como meta final de todo – la federación general de las repúblicas europeas.” (pág. 8.)

En efecto, a nosotros aquí en Occidente tiene que parecernos singular que, después de que todos estos bellos planes han fracasado en su primer intento de ejecución, se los pueda enumerar todavía como algo meritorio y grande. Lo malo fue precisamente que la revolución, si bien “los declaró disueltos desde su propia plenitud de poderes”, al mismo tiempo no movió un solo dedo “desde su propia plenitud de poderes” para ejecutar su decreto.
Entonces se convocó el Congreso Eslavo. El Congreso Eslavo se situó plenamente en el terreno de esas ilusiones. Escúchese:
“Sintiendo vivamente los lazos comunes de la historia (?) y de la sangre, juramos no dejar que nuestros destinos volvieran a separarse. Maldiciendo la política de la que tanto tiempo habíamos sido víctimas, nos investimos a nosotros mismos de nuestro derecho a una independencia plena, y prometimos solemnemente que ésta sería en adelante común a todos los pueblos eslavos. Reconocimos a Bohemia y Moravia su independencia... tendimos nuestra mano fraternal al pueblo alemán, a la Alemania democrática. En nombre de los que entre nosotros habitan en Hungría, ofrecimos a los magiares, a los furiosos enemigos de nuestra raza... una alianza fraternal. Tampoco nos olvidamos de aquellos hermanos nuestros que suspiran bajo el yugo de los turcos en nuestra liga de liberación. Condenamos solemnemente aquella criminal política que desgarró tres veces a Polonia... Todo esto expresamos y exigimos, con todos los demócratas de todos los pueblos (?): libertad, igualdad, fraternidad de todas las naciones.” (pág. 10.)

Estas exigencias las sostiene hoy todavía el paneslavismo democrático: “Entonces nos sentíamos seguros de nuestra causa... la justicia y la humanidad estaban por completo de nuestro lado, y del lado de nuestros enemigos nada sino la ilegalidad y la barbarie. No eran vanas quimeras a las que nos entregábamos, eran las ideas de la única política verdadera y necesaria, de la política de la revolución.”
“Justicia”, “humanidad”, “libertad”, “igualdad”, “fraternidad”, “independencia”: hasta ahora no hemos encontrado en el manifiesto paneslavista más que estas categorías más o menos morales, que ciertamente suenan muy bien, pero que en cuestiones históricas y políticas no prueban absolutamente nada. La “justicia”, la “humanidad”, la “libertad”, etc., pueden exigir esto o aquello mil veces; pero si la cosa es imposible, no se realiza y no deja de ser, a pesar de todo, una “vana quimera”. Los paneslavistas habrían podido desengañarse de sus ilusiones por el papel que la masa de los eslavos ha desempeñado desde el Congreso de Praga, habrían podido comprender que con todos los piadosos deseos y bellos sueños nada se puede lograr frente a la férrea realidad, que su política, al igual que la de la república francesa, jamás fue la “política de la revolución”. Y sin embargo, en enero de 1849 se nos presentan todavía con las mismas viejas frases, ¡de cuyo contenido Europa occidental ha sido desengañada por la más sangrienta contrarrevolución!
Sólo una palabra acerca de la “confraternidad universal de los pueblos” y el trazar “fronteras que la voluntad soberana de los pueblos mismos traza de antemano sobre la base de sus peculiaridades nacionales”. Los Estados Unidos y México son dos repúblicas; en ambas el pueblo es soberano. ¿Cómo se explica que entre estas dos repúblicas que, según la teoría moral, tendrían que estar “confraternizadas” y “federadas”, estallara una guerra por Texas, y que la “voluntad soberana” del pueblo norteamericano, apoyada en la valentía de los voluntarios norteamericanos, corriera las fronteras trazadas por la naturaleza unas cuantas cientos de millas más hacia el sur por “necesidades geográficas, comerciales y estratégicas”? ¿Y reprochará Bakunin a los norteamericanos una “guerra de conquista” que, ciertamente, asesta un rudo golpe a su teoría basada en la “justicia y la humanidad”, pero que fue librada única y exclusivamente en interés de la civilización? ¿O acaso es una desgracia que la espléndida California haya sido arrebatada a los perezosos mexicanos, que no sabían qué hacer con ella, y que los enérgicos yanquis, mediante la rápida explotación de las minas de oro de allí

incrementar los medios de circulación, concentrar en pocos años una densa población y un extenso comercio en la costa más favorable del océano Pacífico, crear grandes ciudades, abrir conexiones de barcos de vapor, construir un ferrocarril de Nueva York a San Francisco, abrir el océano Pacífico realmente a la civilización, y dar al comercio mundial una nueva dirección por tercera vez en la historia? La «independencia» de algunos californianos y texanos españoles puede padecer por ello, la «justicia» y otros principios morales pueden ser lesionados aquí y allá; pero ¿qué significa eso frente a tales hechos de alcance histórico universal?

Observamos, por lo demás, que esta teoría de la fraternidad universal de los pueblos, que sin consideración a la posición histórica, al nivel de desarrollo social de los distintos pueblos, no quiere otra cosa que hermanar a ciegas, fue combatida por los redactores de la N. Rh. Z. ya mucho antes de la revolución, y precisamente entonces contra sus mejores amigos, los demócratas ingleses y franceses. Los periódicos democráticos *ingleses*, *franceses* y *belgas* de aquella época contienen las pruebas de ello.

En cuanto al paneslavismo en particular, en el n.º 194 de la N. Rh. Z. hemos expuesto cómo, prescindiendo de los autoengaños bienintencionados de los paneslavistas democráticos, no tiene en realidad otro fin que dar a los eslavos austríacos, dispersos y dependientes histórica, literaria, política, comercial e industrialmente de alemanes y magiares, un punto de apoyo, por un lado en Rusia, y por otro en la monarquía conjunta austríaca dominada por la mayoría eslava y dependiente de Rusia. Hemos mostrado cómo esas nacioncillas, arrastradas por la historia durante siglos contra su propia voluntad, tienen que ser necesariamente contrarrevolucionarias, y cómo toda su posición en la revolución de 1848 fue efectivamente contrarrevolucionaria. Frente al manifiesto democrático-paneslavista que exige sin distinción la independencia de todos los eslavos, debemos volver sobre este punto.

Observemos primero que el romanticismo político y el sentimentalismo de los demócratas del congreso eslavo son muy disculpables. Con excepción de los polacos —los polacos no son paneslavistas, por razones muy palpables—, todos ellos pertenecen a estirpes que, como los eslavos meridionales, son necesariamente contrarrevolucionarias por toda su posición histórica, o que, como los rusos, están aún muy lejos de una revolución y, por tanto, al menos de momento son todavía contrarrevolucionarias. Estas fracciones, democráticas por la cultura adquirida en el extranjero, tratan de armonizar sus convicciones democráticas con su sentimiento nacional, que en los eslavos es, como es sabido, muy marcado; y como el mundo positivo, las condiciones reales de su país, no ofrecían ningún punto de enlace para esa conciliación, o sólo ofrecían puntos ficticios, no les queda sino el «reino aéreo de los sueños», el reino de los piadosos deseos, la política de la fantasía. ¡Qué bello sería que croatas, panduros y cosacos formasen la vanguardia de la democracia europea, que el embajador de la república de Siberia presentase sus credenciales en París! Perspectivas sin duda muy gratas; pero que la democracia europea deba esperar su realización no lo exigirá seguramente ni el paneslavista más entusiasta —y, de momento, justamente las naciones cuya independencia particular reclama el manifiesto son los enemigos particulares de la democracia.

Lo repetimos: fuera de los polacos, los rusos y, a lo sumo, los eslavos de Turquía, ningún pueblo eslavo tiene futuro, por la sencilla razón de que a todos los demás eslavos les faltan las primeras condiciones históricas, geográficas, políticas e industriales de la independencia y de la viabilidad.

Pueblos que nunca han tenido una historia propia, que desde el momento en que alcanzan el primer y más tosco peldaño de la civilización caen ya bajo dependencia extranjera, o que sólo mediante un yugo extranjero son forzados a entrar en el primer estadio de la civilización, carecen de viabilidad, nunca podrán llegar a ninguna independencia.

Y tal ha sido el destino de los eslavos austríacos. Los checos, entre los que queremos contar también a los moravos y a los eslovacos, aunque son lingüística e históricamente distintos, nunca tuvieron una historia. Desde Carlomagno, Bohemia está encadenada a Alemania. Por un momento se emancipa la nación checa y forma el imperio de la Gran Moravia, para ser inmediatamente de nuevo subyugada y arrojada de un lado a otro como balón de juego entre Alemania, Hungría y Polonia durante quinientos años. Luego Bohemia y Moravia pasan definitivamente a Alemania, y las comarcas eslovacas quedan en Hungría. ¿Y esta «nación», que históricamente ni siquiera existe, reclama la independencia?

Lo mismo ocurre con los propiamente llamados eslavos meridionales. ¿Dónde está la historia de los eslovenos ilirios, de los dálmatas, croatas y schokazen? Desde el siglo XI han perdido el último vestigio de independencia política, y han estado en parte bajo dominio alemán, en parte bajo dominio veneciano, en parte bajo dominio magiar. ¿Y con estos jirones desgarrados se quiere zurcir una nación fuerte, independiente y viable?

Más aún. Si los eslavos *austríacos* formasen una masa compacta, como los polacos, los magiares, los italianos, si fuesen capaces de reunir entre ellos un Estado de 12 a 20 millones, sus pretensiones tendrían todavía un carácter serio. Pero ocurre justo lo contrario. Los alemanes y los magiares se han introducido entre ellos como una ancha cuña hasta los extremos más lejanos de los Cárpatos, casi hasta el mar Negro; han separado a los checos, moravos y eslovacos de los eslavos meridionales mediante un cinturón de 60 a 80 millas de ancho. Al norte del cinturón, 5 1/2 millones, al sur 5 1/2 millones de eslavos, separados por una masa compacta de 10 a 11 millones de alemanes y magiares, que la historia y la necesidad han hecho aliados.

Pero ¿por qué no podrían los 5 1/2 millones de checos, moravos y eslovacos formar un reino, y los 5 1/2 millones de eslavos meridionales, junto con los eslavos turcos, formar otro reino?

Obsérvese en el primer mapa lingüístico que se tenga a mano la distribución de los checos y de sus vecinos afines lingüísticos. Como una cuña están metidos en Alemania, pero corroídos y repelidos por ambos lados por el elemento alemán. La tercera parte de Bohemia habla alemán; por cada 24 checos en Bohemia hay 17 alemanes. Y precisamente los checos han de formar el núcleo del proyectado reino eslavo; pues los moravos están también fuertemente mezclados con alemanes, los eslovacos con alemanes y magiares, y además éstos están completamente desmoralizados en el aspecto nacional. ¡Y qué reino eslavo aquél en el que al fin y al cabo dominaría la burguesía alemana de las ciudades!

Otro tanto ocurre con los eslavos meridionales. Los eslovenos y croatas cierran el acceso de Alemania y Hungría al mar Adriático; y Alemania y Hungría no pueden dejarse cortar del Adriático, por «necesidades geográficas y comerciales», que, aunque para la fantasía de Bakunin no son ningún obstáculo, no por eso dejan de existir, y son para Alemania y Hungría cuestiones de vida tan importantes como para Polonia, por ejemplo, la costa báltica desde Dánzig hasta Riga. Y cuando está en juego la existencia, el libre despliegue de todos los recursos de grandes naciones, ¡semejante sentimentalidad, como la consideración hacia unos cuantos alemanes o eslavos aislados, no decidirá nada! Sin contar con que estos eslavos meridionales están también por todas partes entremezclados con elementos alemanes, magiares e italianos, con que también aquí la primera ojeada al mapa lingüístico desgarra en jirones inconexos el proyectado reino sud-eslavo, y con que, en el mejor de los casos, todo el reino sería entregado en manos de los burgueses italianos de Trieste, Fiume y Zara, y de los burgueses alemanes de Agram, Laibach, Karlstadt, Semlin, Pancsova y Weißkirchen!

Pero ¿no podrían los eslavos meridionales austríacos unirse a los serbios, bosníacos, morlacos y búlgaros? Ciertamente, si, aparte de las dificultades mencionadas, no existiera además el odio secular de los confiniarios austríacos contra los eslavos turcos del otro lado del Sava y del Una; pero esta gente, que se conoce mutuamente desde hace siglos como pícaros y bandidos, se odian, a pesar de toda la afinidad racial, mucho más que eslavos y magiares.

En efecto, ¡la situación de los alemanes y magiares sería sumamente agradable si se ayudase a los eslavos austríacos a obtener su pretendido «derecho»! ¡Un estado independiente bohemio-moravo encajado entre Silesia y Austria, Austria y Estiria cortadas por la «república sud-eslava» de su desembocadura natural, el Adriático y el Mediterráneo, el este de Alemania destrozado como un pan roído por las ratas! ¡Y todo ello en recompensa por el esfuerzo que los alemanes se han tomado para civilizar a los obstinados checos y eslovenos, para introducir entre ellos el comercio, la industria, una agricultura tolerable y la cultura!

¡Pero precisamente este yugo impuesto a los eslavos bajo el pretexto de la civilización constituye justamente uno de los mayores crímenes de los alemanes y de los magiares! Escúchese tan sólo:

«Con razón estáis airados, con razón respiráis venganza contra esa maldita política alemana que no pensó más que en vuestra ruina, que os ha oprimido durante siglos...» pág. 5.

«... Los magiares, furiosos enemigos de nuestra raza, que apenas cuentan cuatro millones, se atrevieron a querer imponer su yugo a ocho millones de eslavos...» pág. 9.

«Lo que los magiares han hecho contra nuestros hermanos eslavos, lo que han perpetrado contra nuestra nacionalidad, cómo han pisoteado nuestra lengua y nuestra independencia, todo eso lo sé.» pág. 30.

Pues bien, ¿cuáles son los grandes y terribles crímenes de los alemanes y magiares contra la nacionalidad eslava? No hablamos aquí de la partición de Polonia, que no viene al caso, sino de la «injusticia secular» que se supone se ha perpetrado contra los eslavos.

En el norte, los alemanes han reconquistado a los eslavos el territorio antiguamente alemán, luego eslavo, desde el Elba hasta el Warta; una conquista condicionada por «necesidades geográficas y estratégicas» que surgieron de la partición del imperio carolingio. Estas franjas de territorio eslavo están completamente germanizadas; el asunto está zanjado y no se puede rectificar, a no ser que los paneslavistas vuelvan a encontrar las lenguas sorbia, venda y obotrita perdidas y las impongan a los habitantes de Leipzig, Berlín y...

a los estetinos. Que esta conquista, sin embargo, redundaba en interés de la civilización, es algo que hasta ahora nadie ha puesto en duda.
En el sur encontraron ya dispersas a las tribus eslavas. De ello se
habían encargado los ávaros no eslavos, que ocuparon el territorio más
tarde ocupado por los magiares. Los alemanes hicieron tributarios a estos 5
eslavos y sostuvieron con ellos no pocas luchas. Las mismas luchas sostuvieron con los ávaros y los magiares, a quienes arrebataron todo el país
desde el Enns hasta el Leitha. Mientras aquí germanizaban por la violencia,
la germanización de los países eslavos se operó mucho más
sobre un pie pacífico, mediante la inmigración, por la influencia de la nación más desarrollada sobre la no desarrollada. La industria alemana,
el comercio alemán, la cultura alemana llevaron al país por sí mismas la lengua alemana.
En lo que atañe a la «opresión», los eslavos no fueron oprimidos por los alemanes
en mayor medida que la masa de los propios alemanes.
Por lo que respecta a los magiares, también en Hungría hay multitud de alemanes,
y nunca han tenido los magiares que quejarse de una «execrable política alemana»,
¡aunque ellos eran «apenas cuatro millones»! Y
si los «ocho millones de eslavos» tuvieron que soportar durante ocho siglos que los cuatro millones de magiares les impusieran el yugo,
esto basta por sí solo para probar quiénes eran más vitales y enérgicos,
los muchos eslavos o los pocos magiares.
¡Pero el mayor «crimen» de los alemanes y magiares es, sin embargo, haber impedido que esos 12 millones de eslavos se tornaran
turcos! ¿Qué habría sido de esas pequeñas nacioncitas desmembradas que
un tan lamentable papel han desempeñado en la historia, qué habría sido
de ellas si no hubieran sido mantenidas juntas por magiares y alemanes y conducidas contra los ejércitos de Mohammed y Solimán,
si sus llamados «opresores» no hubieran decidido las batallas que se libraron para la defensa de esos débiles pueblecitos? ¿No lo proclama con suficiente voz alta el destino de los «doce millones de eslavos, valacos y griegos» que son «pisoteados por setecientos mil osmanos»
(p. 8) hasta el día de hoy?
Y por último, ¿qué «crimen», qué «execrable política»,
el que los alemanes y magiares, en la época en que en toda Europa las
grandes monarquías se convertían en una «necesidad histórica», amalgamaran todas
estas pequeñas, raquíticas e impotentes nacioncitas en un solo gran imperio y, con ello, las capacitaran para tomar parte en un desarrollo histórico
al que, abandonadas a sí mismas, habrían permanecido completamente ajenas! Ciertamente, algo así no puede

imponerse sin triturar violentamente más de una suave florecilla nacional. Pero sin violencia y sin una férrea falta de miramientos
nada se impone en la historia, y si Alejandro, César y Napoleón hubieran poseído la misma capacidad de conmoverse
a la que ahora apela el paneslavismo en favor de sus degenerados clientes, ¡qué habría sido
de la historia! ¿Y no valen acaso los persas, los celtas y los germanos cristianos lo que los checos, los ogulinos y los seressanos?
Pero ahora, la centralización política, a consecuencia de los formidables
progresos de la industria, del comercio, de las comunicaciones, se ha vuelto una necesidad mucho más
urgente aún que en los siglos XV y XVI. Lo que aún ha de centralizarse, se centraliza. ¡Y ahora vienen
los paneslavistas y exigen que «liberemos» a estos eslavos semigermanizados, que suprimamos una centralización que
a estos eslavos les viene impuesta por todos sus intereses materiales!
En suma, resulta que estos «crímenes» de los alemanes y
magiares contra los eslavos en cuestión figuran entre los hechos mejores y más dignos de reconocimiento
de los que nuestro pueblo y el pueblo magiar pueden enorgullecerse en la historia.
En lo que atañe por lo demás a los magiares, hay que observar aquí en especial que, sobre todo desde la revolución, han procedido con demasiada indulgencia y
demasiada debilidad frente a los hinchados croatas. Es notorio que Kossuth les concedió todo lo posible,
salvo que sus diputados pudieran hablar croata en la Dieta. Y esta
indulgencia frente a una nación contrarrevolucionaria por naturaleza es lo único
que se puede reprochar a los magiares.
(Se concluirá.)
* Colonia, 15 de febrero. (El paneslavismo democrático. – Conclusión.) Nosotros,
n.º 223, 16 de febrero de 1849
Neue Rheinische Zeitung.
concluíamos ayer con la demostración de que los eslavos austríacos nunca
han tenido una historia propia, de que dependen histórica, literaria, política,
comercial e industrialmente de alemanes y magiares,
de que ya están en parte germanizados, magiarizados, italianizados, de que,
si constituyeran Estados independientes, no serían ellos sino la burguesía alemana e italiana de sus ciudades la que dominaría esos Estados,
y de que, finalmente, ni Hungría ni Alemania pueden tolerar el desmembramiento
y la constitución independiente de tales pequeños Estados intermedios, inviables.

Con todo, nada de esto sería aún decisivo. Si los eslavos
en alguna época, dentro de su opresión, hubieran iniciado una nueva historia revolucionaria, ya habrían probado con ello su vitalidad. La revolución, desde ese momento, habría tenido interés
en su liberación, y el interés particular de los alemanes y magiares 5
habría desaparecido ante el interés mayor de la revolución europea.
Pero eso precisamente no ha ocurrido nunca. Los eslavos —recordemos una vez más
que excluimos aquí siempre a los polacos— fueron siempre justamente los
principales instrumentos de la contrarrevolución. Oprimidos en casa, eran
en el extranjero los opresores de todas las naciones revolucionarias, hasta donde 10
alcanzaba la influencia eslava.
No se nos replique que intervenimos aquí en interés de prejuicios nacionales alemanes. Las pruebas están en periódicos alemanes, franceses, belgas e ingleses, de que precisamente los redactores de la
Neue Rheinische Zeitung, ya mucho antes de la revolución, se habían enfrentado del modo más resuelto a todas las estrecheces nacionales alemanas. 15
Ellos no han insultado a los alemanes a tontas y a locas
y de mero oídas, como otros muchos; han, en cambio, señalado históricamente
y desvelado sin miramientos el mezquino papel que Alemania, gracias a su nobleza y su burguesía, gracias a su raquítico desarrollo industrial, ha desempeñado en la historia; han reconocido siempre, frente a los alemanes atrasados, el
derecho de las grandes naciones históricas de Occidente, de los ingleses y franceses. Pero justamente por eso se nos permita no compartir las ilusiones exaltadas de los eslavos, y juzgar a
otros pueblos con el mismo rigor con que hemos juzgado a nuestra propia nación.
Hasta ahora se ha dicho siempre que los alemanes fueron los lansquenetes del
despotismo en toda Europa. Estamos muy lejos de negar
la ignominiosa participación de los alemanes en las ignominiosas guerras contra
la Revolución francesa de 1792 a 1815, en la opresión de
Italia desde 1815 y de Polonia desde 1772; pero ¿quién estaba detrás de
los alemanes, quién los utilizaba como mercenarios o como vanguardia?
Inglaterra y Rusia. ¡Todavía hoy se jactan los rusos de haber decidido, con sus innumerables ejércitos, la caída de Napoleón, lo que, en efecto, es en gran parte exacto. Al
menos es seguro que, de los ejércitos que con su superioridad numérica hicieron retroceder a Napoleón desde el Oder
hasta París, tres cuartas partes estaban compuestas de
eslavos, rusos o eslavos austríacos.
¡Y qué decir de la opresión de italianos y polacos por los 40
alemanes! En el reparto de Polonia concurrieron una potencia enteramente eslava y otra medio

eslava; los ejércitos que aplastaron a Kosciuszko eran, en su mayoría, eslavos; los ejércitos de Diebitsch y Paskievitch eran ejércitos exclusivamente eslavos. Y en Italia, durante largos años, los tedeschi llevaron solos
la vergüenza de pasar por opresores; pero, una vez más,
¿de qué se componían los ejércitos que mejor se dejaban emplear para la opresión, y cuyas brutalidades se cargaban a cuenta de los alemanes? 5
Otra vez de eslavos. Id a Italia y preguntad quién aplastó la revolución de Milán, ya no se os dirá: los
tedeschi —desde que los tedeschi hicieron una revolución en Viena ya no se les odia—,
sino los croati. ¡Ésa es la palabra con que los italianos
resumen ahora todo el ejército austríaco, esto es, todo lo que les es más profundamente odiado: i Croati!
Y sin embargo, estos reproches serían superfluos e injustos,
si los eslavos hubieran participado seriamente en alguna parte
en el movimiento de 1848, si se hubieran apresurado a ingresar en las filas de los pueblos revolucionarios. Un solo intento revolucionario democrático audaz, aunque sea sofocado, borra en la memoria de los pueblos
siglos enteros de infamia y cobardía, rehabilita de inmediato a una nación aún tan profundamente despreciada. Así lo experimentaron los alemanes el año pasado. Pero mientras franceses, alemanes, italianos, polacos,
magiares enarbolaban la bandera de la revolución, los eslavos entraron como un solo hombre bajo la bandera de la contrarrevolución. A la cabeza los eslavos del sur, que desde largos años atrás habían defendido sus apetitos contrarrevolucionarios particulares contra
los magiares; luego los checos, y detrás de ellos,
pertrechados y dispuestos a aparecer en el campo de batalla en el momento de la decisión: los rusos.
Se sabe cómo en Italia los húsares magiares se pasaron en masa
a los italianos, cómo en Hungría batallones italianos enteros se pusieron
a disposición del gobierno revolucionario magiar y aún luchan bajo la bandera magiar; se sabe cómo
en Viena los regimientos alemanes estuvieron de parte del pueblo e incluso en
Galitzia no fueron en absoluto fiables; se sabe que polacos austríacos y
no austríacos lucharon en masa en Italia, en Viena, en Hungría
contra los ejércitos austríacos y todavía luchan en los Cárpatos;
¿pero dónde se ha oído jamás que tropas checas o eslavas del sur se hayan sublevado contra la bandera negra y amarilla?
Al contrario, hasta ahora sólo se sabe que Austria, sacudida en sus cimientos,
fue mantenida con vida por el entusiasmo negriamarillo de los eslavos
y puesta de nuevo a salvo por un momento;
que fueron precisamente los croatas, eslovenos, dálmatas, checos, moravos y
rutenos quienes pusieron a disposición de un Windischgrätz y un Jellachich sus con-

Los que suministraron tropas para la represión de la revolución en Viena, Cracovia, Lemberg y Hungría, y lo que ahora, por Bakunin, todavía llegamos a saber, es que el Congreso Eslavo de Praga no fue disuelto por alemanes, sino por eslavos galitzianos, checos, eslovacos y «sólo eslavos» (p. 33).

La revolución de 1848 obligó a todos los pueblos europeos a declararse a favor o en contra suya. En un mes, todos los pueblos maduros para la revolución habían hecho su revolución, todos los pueblos inmaduros se aliaron contra la revolución. Se trataba entonces de desenredar la confusión de pueblos de Europa oriental. De lo que se trataba era de qué nación tomaba allí la iniciativa revolucionaria, cuál desarrollaba la mayor energía revolucionaria y se aseguraba con ello el futuro. Los eslavos permanecieron mudos; los alemanes y los magiares, fieles a su anterior posición histórica, se pusieron a la cabeza. Y con ello los eslavos fueron arrojados completamente en brazos de la contrarrevolución.

¿Pero y el Congreso Eslavo de Praga? Lo repetimos: los llamados demócratas entre los eslavos austríacos son o bien canallas, o bien fantaseadores, y los fantaseadores, que no encuentran en su pueblo terreno alguno para las ideas importadas del extranjero, han sido constantemente llevados de las narices por los canallas. En el Congreso Eslavo de Praga, los fantaseadores llevaban la voz cantante. Y cuando a los paneslavistas aristocráticos, los señores conde Thun, Palacky y consortes, la fantasmagoría les pareció amenazante, entregaron a los fantaseadores a Windischgrätz y a la contrarrevolución negriamarilla. ¡Qué amarga y fulminante ironía no encierra el que este congreso de exaltados, defendido por la exaltada juventud praguense, fuera dispersado por soldados de su propia nación; que a ese congreso eslavo fantaseador se le opusiera, por decirlo así, un congreso eslavo militar! El ejército austríaco, que tomó Praga, Viena, Lemberg, Cracovia, Milán y Budapest, ¡ése es el verdadero, el activo congreso eslavo!

Lo insostenible y confuso de la fantasmagoría del Congreso Eslavo lo demuestran sus frutos. El bombardeo de una ciudad como Praga habría llenado a cualquier otra nación del odio más inextinguible contra los opresores. ¿Qué hicieron los checos? Besaron la vara que los había azotado hasta hacerlos sangrar, juraron con entusiasmo la bandera bajo la cual sus hermanos habían sido masacrados y sus mujeres violadas. La lucha callejera de Praga fue el punto de inflexión para los paneslavistas democráticos austríacos. Por la perspectiva de su miserable «independencia nacional» vendieron la democracia, la revolución, a la monarquía unitaria austríaca, al «centro», a «la realización sistemática del despotismo en el corazón de Europa», como el propio Bakunin dice en la p. 29. Y por esta traición cobarde e infame a la revolución, un día tomaremos sangrienta venganza contra los eslavos.

Que, no obstante, han sido estafados por la contrarrevolución; que no hay que pensar ni en una «Austria eslava», ni en un «Estado federativo con naciones de iguales derechos», y mucho menos en instituciones democráticas para los eslavos austríacos: es algo que por fin ha quedado claro para estos traidores. Jellachich, que no es un canalla mayor que la mayoría de los demás demócratas de los eslavos austríacos, lamenta amargamente cómo se le ha explotado; y Stratimirovich, para no dejarse explotar por más tiempo, ha proclamado la insurrección abierta contra Austria. Las asociaciones Slovanská Lípa vuelven a estar por todas partes frente al gobierno y hacen a diario nuevas y dolorosas experiencias acerca de la trampa en que se han dejado atraer. Pero ya es demasiado tarde; sin poder alguno en su propia patria frente a la soldadesca austríaca reorganizada por ellos mismos, rechazados por los alemanes y los magiares a quienes han traicionado, rechazados por la Europa revolucionaria, tendrán que soportar el mismo despotismo militar que ayudaron a cargar sobre las espaldas de los vieneses y los magiares.

«Sed sumisos al emperador, para que las tropas imperiales no os traten como si fuerais magiares rebeldes»: en estas palabras del patriarca Rajachich se encierra lo que inmediatamente les espera.

¡De cuán distinta manera han actuado los polacos! Oprimidos, esclavizados, exprimidos durante ochenta años, se han situado siempre del lado de la revolución, han declarado que la revolución de Polonia es inseparable de la independencia de Polonia. En París, en Viena, en Berlín, en Italia, en Hungría, los polacos han combatido en todas las revoluciones y guerras revolucionarias, sin preocuparse de si luchaban contra alemanes, contra eslavos, contra magiares, e incluso contra polacos. Los polacos son la única nación eslava libre de toda ambición paneslavista. Pero también tienen muy buenas razones para ello: han sido subyugados principalmente por sus propios, así llamados, hermanos eslavos, y en el polaco el odio a los rusos prevalece aún sobre el odio a los alemanes, y con pleno derecho. Mas precisamente por esto, porque la liberación de Polonia es inseparable de la revolución, porque polaco y revolucionario se han convertido en palabras idénticas, los polacos gozan de la simpatía de toda Europa, y el restablecimiento de su nacionalidad es tan seguro como el odio de toda Europa y la más sangrienta guerra revolucionaria de todo el Occidente contra los checos, croatas y rusos.

Los paneslavistas austríacos deberían comprender que todos sus deseos, en la medida en que son siquiera realizables, se cumplen con el mantenimiento de la «monarquía unitaria austríaca» bajo protección rusa. Si Austria se desmorona, les espera el terrorismo revolucionario de los alemanes y los magiares, pero en modo alguno, como se imaginan, la liberación de todas las naciones esclavizadas bajo el cetro de Austria. Deben, por tanto, desear que Austria permanezca unida, más aún, que Galitzia siga siendo parte de Austria, para que los eslavos conserven la mayoría en el Estado. Los intereses paneslavistas se oponen aquí, por consiguiente, directamente al restablecimiento de Polonia; pues una Polonia sin Galitzia, una Polonia que no vaya del Báltico a los Cárpatos, no es Polonia. Mas un «Austria eslava» siempre es también un mero sueño; porque sin la supremacía de los alemanes y los magiares, sin los dos centros que son Viena y Budapest, Austria se desintegra de nuevo, como lo prueba toda su historia hasta los últimos meses. La realización del paneslavismo tendría que limitarse, por tanto, al patronazgo ruso sobre Austria. Los paneslavistas abiertamente reaccionarios tenían, pues, toda la razón al aferrarse a la conservación de la monarquía unitaria; era el único medio de salvar algo. Pero los llamados paneslavistas democráticos se encontraban en un grave dilema: o renunciar a la revolución y salvar al menos parcialmente la nacionalidad mediante la monarquía unitaria, o renunciar a la nacionalidad y salvar la revolución mediante la desintegración de la monarquía unitaria. Entonces, el destino de la revolución en Europa oriental dependía de la actitud de los checos y los eslavos del sur; ¡no se lo olvidaremos: en el momento decisivo, por sus mezquinas esperanzas nacionales, traicionaron la revolución en favor de Petersburgo y Olmütz!

¿Qué se diría si el partido democrático en Alemania inaugurase su programa con la reivindicación de Alsacia, Lorena y de Bélgica —que en todos los aspectos pertenece a Francia—, con el pretexto de que en esos territorios la mayoría de la población es germánica? ¡Qué ridículos se pondrían los demócratas alemanes si quisieran crear una alianza pangermanista germano-danesa-sueco-inglesa-holandesa para la «liberación» de todos los países de habla alemana! La democracia alemana, por fortuna, ha superado estas fantasmagorías. Los estudiantes alemanes de 1817 y 1830 aún se entretenían con semejantes exaltaciones reaccionarias, y hoy son apreciados en toda Alemania como se merecen. La revolución alemana sólo llegó a realizarse, la nación alemana sólo empezó a ser algo, cuando se liberó por completo de estas futilezas.

Pero tan pueril y reaccionario como el pangermanismo es también el paneslavismo. Cuando se relee la historia del movimiento paneslavista en Praga la pasada primavera, se tiene la impresión de haber retrocedido treinta años: cintas tricolores, trajes ya pasados de moda, misas en antiguo eslavo, restauración completa de los tiempos y costumbres de los bosques primitivos; la Swornost, una auténtica Burschenschaft, el Congreso Eslavo una nueva edición de la fiesta de Wartburg; las mismas frases, la misma exaltación, la misma queja después: «Habíamos construido una espléndida casa», etc. Quien quiera leer esta famosa canción traducida en prosa eslava, lea el folleto de Bakunin.

Exactamente como en los Burschenschaftler alemanes, con el tiempo, se reveló el más decidido sentir contrarrevolucionario, el más furibundo odio a los franceses y el más estrecho sentimiento nacional, y como todos ellos acabaron por convertirse en traidores a la causa por la que decían entusiasmarse, exactamente igual, sólo que más deprisa, porque 1848 fue un año revolucionario, se disolvió entre los paneslavistas democráticos la apariencia democrática, muy pronto, en fanático odio a los alemanes y a los magiares, en oposición indirecta al restablecimiento de Polonia (Lubomirski) y en adhesión directa a la contrarrevolución.

Y cuando ahora algunos sinceros demócratas eslavos llaman a los eslavos austríacos a que se sumen a la revolución, a que consideren a la monarquía unitaria austríaca como su principal enemigo, a que incluso, en interés de la revolución, se unan a los magiares, recuerdan a la gallina que corre desesperada alrededor del estanque al ver a los patitos que ella misma ha empollado y que de repente se le escapan a un elemento completamente extraño, adonde no puede seguirlos.

Por lo demás, no nos hagamos ilusiones. En todos los paneslavistas, la nacionalidad —es decir, la fantástica nacionalidad paneslava— está por encima de la revolución. Los paneslavistas quieren sumarse a la revolución bajo la condición de que se les permita constituir a todos los eslavos, sin excepción, sin consideración alguna a las necesidades más materiales, en Estados eslavos independientes. ¡Si nosotros, los alemanes, hubiéramos querido plantear las mismas condiciones fantásticas, qué lejos habríamos llegado en marzo! Pero la revolución no admite condiciones. O se es revolucionario y se aceptan las consecuencias de la revolución, sean cuales sean, o se es arrojado en brazos de la contrarrevolución y uno se encuentra, acaso sin saberlo ni quererlo, una mañana del brazo de Nicolás y Windischgrätz.

Nosotros y los magiares debemos garantizar su independencia a los eslavos austríacos —así lo exige Bakunin—, y gentes del calibre de un Ruge son capaces de hacerle tales promesas en privado.

haberlo hecho realidad. Se nos exige, a nosotros y a las demás naciones revolucionarias de Europa, que garanticemos a las hordas de la contrarrevolución, justo a nuestras puertas, una existencia sin trabas y el libre derecho de conspiración y de armas contra la revolución; que constituyamos en pleno corazón de Alemania un reino checo contrarrevolucionario, ¡y quebrantemos el poder de las revoluciones alemana, polaca y magiar mediante puestos avanzados rusos intercalados en el Elba, los Cárpatos y el Danubio!

¡Ni pensarlo! A las sentimentales frases de fraternidad que se nos ofrecen aquí en nombre de las naciones más contrarrevolucionarias de Europa respondemos que el odio a los rusos fue y sigue siendo la primera pasión revolucionaria entre los alemanes; que desde la revolución se ha sumado el odio a los checos y croatas, y que nosotros, en comunidad con polacos y magiares, solo mediante el terrorismo más decidido contra estos pueblos eslavos podemos asegurar la revolución. Sabemos ahora dónde están concentrados los enemigos de la revolución: en Rusia y en los países eslavos de Austria; y ninguna frase, ninguna indicación sobre un futuro democrático indeterminado de esos países nos impedirá tratar a nuestros enemigos como enemigos.

Y cuando Bakunin exclama por fin: «¡En verdad, nada debe perder el eslavo, sino ganar! ¡En verdad, debe vivir! Y viviremos. Mientras se nos dispute la parte más pequeña de nuestros derechos, mientras se mantenga separado o arrancado un solo miembro de nuestro cuerpo entero, lucharemos hasta la sangre, lucharemos sin piedad a vida o muerte, hasta que la eslavidad se alce por fin grande, libre e independiente en el mundo» – si el paneslavismo revolucionario toma en serio este pasaje y, cuando se trata de la fantástica nacionalidad eslava, deja completamente de lado la revolución, entonces sabemos también lo que tenemos que hacer.

Entonces, lucha, «lucha implacable a vida o muerte» con la eslavidad traidora a la revolución; lucha de exterminio y terrorismo sin contemplaciones – ¡no en interés de Alemania, sino en interés de la revolución!