La división del trabajo en la «Kölnische Zeitung»

* Köln, 10 de febrero. Con la mejor voluntad, en la semana anterior no hemos podido atender ni siquiera a nuestros mejores amigos, a nuestros vecinos más próximos. Otras ocupaciones —ya se sabe— nos han tenido sin aliento. Apresurémonos ahora a recuperar lo omitido, y volvamos la mirada, en primer lugar, a los publicistas vecinos.
La división del trabajo es llevada a cabo en la «Kölnische Zeitung» con un conjunto poco común. Prescindiendo de las partes más remotas del periódico, de la tercera y cuarta página, donde el noble Wolfers elogia a Bélgica y hace todo lo posible para que Enrique V vuelva a ocupar el trono de sus antepasados y octroye una constitución «según el modelo belga»; atengámonos sólo al frontispicio, a la primera página. Aquí ocupa nuestro amigo Schücking el cuartito bajo, y expone allí, para el aficionado, los más recientes productos de su fantasía doctrinaria y de su doctrinarismo fantástico en prosa y en verso. ¿Quién no conoce las interesantes «Conversaciones políticas», en las que el talentoso autor se esforzaba en extraer del cuero de cerdo de un profesor alemán —él mismo lo dice— un Mefistófeles, y sólo sacó a luz un Wagner? Pero encima del cuartito bajo, en el primer piso, abre el señor DuMont sus espaciosos salones políticos, y aquí son los grandes hombres Brüggemann y Schwanbeck (no confundir con Weißbrodt) quienes hacen los honores de la casa. Brüggemann para la parte pensante, para la salvación del principio en todos los naufragios, para la conservación del terreno del derecho a pesar de todos los terremotos, para el género elegíaco, para cantos de cisne y réquiems. Schwanbeck para la parte declamatoria, para lo sublime lírico, para la indignación moral, para el ditirambo y la tempestad. Ebrio de entusiasmo, su frase se eleva a las más altas cumbres del Olimpo, y si su paso no siempre es firme, se mantiene siempre rítmico, y, en efecto, a su cuenta corren casi todos los involuntarios hexámetros de los que tan rica es la Kölnische Zeitung.
El primero que hoy nos sale al paso es el mismo arrebatado Schwanbeck. Él nos ilustra, fechado en Köln, 7 de febrero, sobre las secuelas del absolutismo y las secuelas de la revolución.
El gran Schwanbeck derrama toda la copa de su cólera sobre el pueblo prusiano, porque o no ha votado en absoluto o ha votado mal.
«Se supone que esta Asamblea Nacional debe poner la última mano a la construcción de un Estado monárquico-constitucional, y sin embargo —¿quién duda aún de que unos, en ella, socavarán esa construcción porque ya no son monárquicos, y otros porque todavía son absolutistas, pero aún no se han vuelto constitucionales, unos y otros porque precisamente no son monárquico-constitucionales? Desde los polos opuestos soplarán entonces las tempestades, un pasado liquidado contenderá con un futuro lejano, acaso nunca alcanzable, y —¡quién sabe si entretanto no se perderá el presente!»
Obsérvese el poderoso estilo enérgico que pugna por aflorar en estas líneas clásicas. Cada frase, un todo nudoso y compacto; cada palabra, marcada con el sello de la indignación moral. Represéntese uno de la manera más palpable posible la lucha entre el «pasado liquidado» y el «futuro lejano, acaso nunca alcanzable». ¿A quién no le parece ver cómo el «futuro nunca alcanzable» es alcanzado, no obstante, por el «pasado liquidado», cómo ambos, como dos Megueras, se agarran de los pelos, y cómo, mientras de los polos opuestos soplan las tempestades, precisamente a causa de lo inalcanzable de lo uno y de lo liquidado de lo otro, el presente se va perdiendo cada vez más!
No se tenga esto en poco. Pues si se nos permite un juicio sobre tan grandes hombres, tenemos que decir: en Brüggemann suele desbocarse el pensamiento junto con el estilo; en Schwanbeck, en cambio, el estilo junto con el pensamiento.
Y en efecto, ¿a quién no se le desbocaría el estilo en virtuosa indignación al ver cómo una Asamblea a la que no sólo el rey de Prusia, sino la mismísima «Kölnische Zeitung» ha dado la misión de poner la última mano a la construcción de un Estado monárquico-constitucional, cómo una asamblea así resulta compuesta de gentes que, para dicho fin bienintencionado, están sentadas o demasiado a la izquierda o incluso demasiado a la derecha? ¡Sobre todo cuando «de los polos opuestos soplan las tempestades» y a la Kölnische Zeitung «se le pierde el presente»!
Asaz mala suerte para la Kölnische Zeitung que el pueblo elija diputados que no quieren lo que, según la Kölnische Zeitung, «deben» querer; pero aún peor para el pueblo si se burla de la voz de Casandra de un Schwanbeck y, en lugar de un hombre modelo monárquico-constitucional del «gran centro de la nación», elige a gentes que o ya no son monárquicas o aún no son constitucionales. ¡Tu l’as voulu, George Dandin!, exclamará Schwanbeck con melancolía, cuando el poderoso conflicto entre el futuro liquidado y el pasado acaso nunca alcanzable devore al presente.
«Dicho de otro modo, no han dejado de presentarse los síntomas de la reacción y los síntomas de una nueva o, mejor dicho, de una revolución permanente.»
Tras esta notable conquista, Casandra-Schwanbeck dirige una mirada a Austria. Esta mirada a Austria es vidente en Schwanbeck. Austria es su segunda patria; aquí se indignó antes contra la tiranía de la demagogia vienesa, aquí devora ahora a magiares, aquí, al sublime ditirámbico, le sobreviene por fin también un sentimiento más tierno, un leve remordimiento de conciencia por los indultos sumarísimos a pólvora y plomo. De ahí la tierna mirada que el profeta lleno de presentimientos echa hacia Austria en cada uno de sus artículos de fondo.
«Y bien, ¿qué ha cambiado? (en Austria, se entiende.) La ilimitación de la burocracia, de la democracia, del poder militar se han sucedido, ¡y al final todo ha quedado igual!»
¡Triste resultado de las revoluciones, melancólica consecuencia de que los pueblos nunca quieren escuchar las voces de Casandras incomprendidas!
«¡Al final todo ha quedado igual!» El gobierno tradicional y heredado de Metternich difiere, ciertamente, en algunos aspectos del actual poder militar contrarrevolucionario, y en particular el apacible pueblo austriaco de los tiempos de Metternich es un pueblo completamente otro que el actual pueblo revolucionario que rechina los dientes; además, en la historia hasta ahora, la contrarrevolución siempre ha conducido a una revolución mucho más radical y sangrienta; pero ¿qué importa? «al final todo ha quedado igual», y el despotismo sigue siendo despotismo.
Los canónigos filisteos que constituyen «el gran centro de la nación alemana», para servirnos de una expresión de Schwanbeck, esos bonachones que a cada contragolpe momentáneo exclaman: ¿De qué ha servido ahora rebelarse, si estamos otra vez exactamente igual que antes?; esos profundos conocedores de la historia que no ven nunca más allá de dos pasos por delante, quedarán encantados al encontrar que el gran Schwanbeck se sitúa exactamente en el mismo punto de vista que ellos.
Tras esta inevitable mirada a Austria, Casandra pasa de nuevo a Prusia y se dispone a echar una mirada al futuro. Se ponderan debidamente, unos contra otros, los elementos de la reacción y los elementos de la revolución. La corona y sus servidores, Wrangel, los estados de sitio (junto con piadosos deseos sobre su levantamiento), las asociaciones prusianas son sometidos por turno a una detenida consideración. Luego se dice:
«Sin embargo, con todo ello, tenemos que confesarnos que el número de nuestros reaccionarios no pesa gran cosa en la balanza. Peor es que el gran centro del pueblo ha sido acostumbrado de tal manera al absolutismo, que aún no sabe hallar acomodo en el self-government, y ello —por pura pereza. Vosotros, que de forma tan masiva faltasteis a aquellas elecciones ... ¡vosotros sois los verdaderos absolutistas! ... No hay en todo el mundo fenómeno más repugnante que un pueblo demasiado perezoso para una vida estatal libre.»
«¡Gran centro del pueblo alemán», no eres digno de tu Schwanbeck!
Este «centro del pueblo», que es «demasiado perezoso para una vida estatal libre», no es otro, como se revela más tarde, que la burguesía. ¡Confesión dolorosa, apenas endulzada por el simultáneo regodeo en la indignación moral por esta vergonzosa «indolencia» del gran centro de la nación!
«Pero aún peor es lo que ocurre con las secuelas de la revolución. Nuestro pueblo es más rico de lo que podíamos sospechar en naturalezas exaltadas y fantásticas, en demagogos hábiles (¡cándida confesión!) y en masas irreflexivas en las que no habita ni una huella de formación política. Precisamente el año 1848 debía mostrarnos cuán ingentes elementos de anarquía estaban diseminados en este pueblo tranquilo, amante de la justicia, sensato; cómo una oscura avidez de revoluciones se propagaba y cómo el cómodo medio (¡desde luego mucho más “cómodo” que escribir profundos ditirambos de fondo en la Kölnische!) de la revolución debía pasar por una panacea...»
Mientras el «centro» es demasiado perezoso, la periferia, la «plebe», las «masas irreflexivas», son demasiado diligentes. Los «demagogos hábiles», unidos a los «ingentes elementos de la anarquía», tienen que despertar, sin duda, frente a la «pereza» e «indolencia» de la burguesía, ¡sombríos presentimientos en el alma de un Schwanbeck!

«Así es, en efecto, la marcha natural: el golpe provoca el contragolpe.» Con esta nueva y gran conquista del pensamiento, que aún ha de servir de tema para algunas variaciones declamatorias, pasa Kassandra a la conclusión, y extrae el siguiente balance:

«El camino recto hacia la verdadera vida estatal libre sólo se abre cuando el gran centro de la nación, la burguesía pujante e inteligente, se ha vuelto lo bastante unida y poderosa como para hacer imposibles estos extravíos hacia la izquierda y hacia la derecha. Tenemos ante nosotros un periódico del norte de Alemania en el que ... se lee: “… la burguesía ha conquistado ya la supremacía sobre ambos extremos, la izquierda y la derecha, y ¡sólo a este partido pertenece el porvenir!” Tememos que este júbilo sea aún prematuro; si se quiere una prueba de ello, pues bien, “las elecciones en Prusia la darán”.»

Tal es el gran lamento moralmente indignado de la última Kassandra sobre la perversidad de este mundo perverso que no quiere marchar al gusto de la Kölnische Zeitung. Tal es el resultado de las investigaciones de Schwanbeck en el «pasado liquidado», el «futuro lejano, tal vez nunca alcanzable» y el «presente» puesto en tela de juicio: la lucha real y decisiva no se libra entre la monarquía feudal-burocrática y la burguesía, ni tampoco entre la burguesía y el pueblo, sino que se libra entre la monarquía y el pueblo, entre los absolutistas y los republicanos; y la burguesía, los constitucionales, se retiran del campo de batalla.

Sobre si la burguesía se ha retirado realmente de la lucha, si lo ha hecho por pereza o por debilidad, y sobre lo que demuestran las elecciones en Prusia, no queremos extendernos aquí en más glosas. Baste decir que la Kölnische Zeitung reconoce que en la lucha actual la burguesía ya no está en primera línea, que ya no se trata de sus intereses, que la lucha se libra entre monarquía absoluta y república.

Compárese ahora la Neue Rheinische Zeitung desde noviembre del año pasado, y dígase si no hemos expuesto en cada número y en cada ocasión —con motivo de la contrarrevolución vienesa, de la contrarrevolución berlinesa, de la imposición de la Constitución—, si no hemos desarrollado detalladamente en el largo artículo «La burguesía y la contrarrevolución» y en varios artículos anteriores a las elecciones primarias cómo la debilidad y la cobardía de la burguesía alemana hicieron posible la contrarrevolución, y cómo la contrarrevolución, por su parte, apartó a un lado a la burguesía e hizo inevitable la lucha directa entre los restos de la sociedad feudal y los extremos más avanzados de la sociedad moderna, entre monarquía y república. ¡Eso que nosotros, hace tres meses, desarrollamos como históricamente necesario a partir de la marcha de la revolución alemana, de eso va desarrollando la Kölnische Zeitung un débil y vago presentimiento, como resultado de husmeos adivinatorios de arúspice en las entrañas de la urna electoral del 5 de marzo. Y este débil y vago presentimiento pasa por tal descubrimiento, que se sirve en caliente al benévolo público para su deleite, en toda la hinchada y ampulosa forma de un artículo de fondo marcado con Δ. ¡Ingenua Kölnische!