* Colonia, 3 de febrero.

Nos enteramos por fuente enteramente segura de que, antes de la apertura de la Cámara, presentará su dimisión el ministerio Brandenburg y el señor Camphausen comparecerá ante las Cámaras, al abrirse éstas, como nuevo presidente del Consejo de Ministros.
Estábamos seguros de que algo así se tramaba, cuando hace unos días los amigos locales del astuto hombre de Estado difundieron el rumor de que estaba harto del movimiento político:
«¡Ay, estoy harto de este ajetreo;
para qué todo el dolor, el placer?
¡Dulce paz,
ven, oh ven a mi pecho!»
y quería retirarse por eso de nuevo a su tranquila vida hogareña, para limitar sus meditaciones al terreno menos excitante de la especulación con artículos de grasa.
A toda persona perspicaz debía resultarle claro: el señor Camphausen sentía la necesidad de hacerse llamar una vez más para salvar a la corona y, «conmovido por su propia magnanimidad», desempeñar por segunda vez, con la conocida decencia, el papel de «comadrona del trono constitucional».
La oposición burguesa de la Cámara se regocijará con esta «victoria» parlamentaria. Los alemanes son olvidadizos y perdonan fácilmente.
La misma izquierda que el año pasado hacía oposición al señor Camphausen saludará agradecida su entrada en el cargo como una gran concesión de la corona.
Pero, para que el pueblo no se deje engañar de nuevo, queremos repetir brevemente las principales hazañas del pensante hombre de Estado.

El señor Camphausen resucitó la Dieta Unida, enterrada el 18 de marzo, y acordó con ella algunas bases de la futura constitución.
El señor Camphausen acordó con ello el terreno jurídico, es decir, la negación indirecta de la revolución.
El señor Camphausen nos agració además con las elecciones indirectas.
El señor Camphausen renegó una vez más de la revolución en uno de sus principales resultados, al convertir la huida del príncipe de Prusia en un viaje de estudios y llamarlo de vuelta de Londres.
El señor Camphausen organizó la guardia cívica de tal modo que, desde un principio, dejó de ser armamento popular para convertirse en un armamento de clase y puso hostilmente al pueblo y a la guardia cívica frente a frente.
El señor Camphausen toleró al mismo tiempo que la vieja burocracia y el viejo ejército prusianos se reconstituyeran y se volvieran cada día más capaces de preparar golpes de Estado contrarrevolucionarios.
El señor Camphausen permitió que se llevaran a cabo las memorables carnicerías a metralla contra campesinos polacos prácticamente desarmados.
El señor Camphausen comenzó la guerra danesa para desembarazarse del excedente de fuerzas patrióticas y volver a hacer popular a la guardia prusiana. Alcanzado este fin, ayudó con todas sus fuerzas a imponer en Fráncfort el sucio armisticio de Malmö, que fue necesario para la marcha de Wrangel sobre Berlín.
El señor Camphausen se limitó a derogar algunas leyes reaccionarias de la vieja Prusia en la provincia del Rin, pero dejó subsistir en todas las provincias antiguas la entera legislación policial del Landrecht.
El señor Camphausen fue el primero que intrigó contra la unidad de Alemania —entonces todavía decididamente revolucionaria—, convocando en primer lugar, junto con la Asamblea Nacional de Fráncfort, su Parlamento berlinés de acuerdo y trabajando más tarde por todos los medios contra las resoluciones y la influencia de la Asamblea de Fráncfort.
El señor Camphausen exigió a su Asamblea que limitara su mandato constituyente a un mero mandato «de acuerdo».
El señor Camphausen exigió además de ella la aprobación de un mensaje a la corona en el que reconociera esto —como si fuera una cámara constitucional que pudiera ser aplazada y disuelta a voluntad.
El señor Camphausen exigió además de ella la negación de la revolución e hizo de ello incluso una cuestión de gabinete.
El señor Camphausen presentó a su Asamblea aquel proyecto de constitución que se sitúa aproximadamente en la misma línea de la constitución otorgada y que provocó entonces una tempestad general de indignación.
El señor Camphausen se jactaba de haber sido el ministro de la mediación; mediación que no fue otra que la mediación entre la corona y la burguesía para la traición común al pueblo.
El señor Camphausen dimitió, por fin, cuando aquella traición estuvo enteramente mediada y madura para ser puesta en práctica por el ministerio de la acción y sus constables.
El señor Camphausen pasó a ser embajador ante el llamado Poder Central, y lo siguió siendo bajo todos los ministerios. Siguió siendo embajador mientras en Viena tropas croatas, rutenas y valacas violaban el territorio alemán, cañoneaban y convertían en un incendio la primera ciudad de Alemania y la trataban de manera tan indignante como ningún Tilly trató a Magdeburgo. Siguió siendo embajador sin mover un dedo.
El señor Camphausen siguió siendo embajador bajo Brandenburg, con lo cual tomó su parte en la contrarrevolución prusiana, y prestó su nombre a la última nota circular prusiana, que abierta y descaradamente exige la restauración de la vieja Dieta Federal.
El señor Camphausen asume por fin ahora el ministerio, para cubrir la retirada de los contrarrevolucionarios y asegurarnos por largo tiempo las conquistas de noviembre y diciembre.
Éstas son algunas de las hazañas de Camphausen. Si ahora llega a ser ministro, se apresurará a aumentar la lista. Nosotros, por nuestra parte, llevaremos cuenta y razón de ellas con la mayor exactitud posible.