Neue Rheinische Zeitung.
Núm. 206, 27 de enero de 1849
Experiencias de las elecciones primarias

* Colonia, 26 de enero. Con el corazón apesadumbrado, pero siempre dispuesto a abrir a sus conciudadanos el cofrecito de su ingenio, el honorable Brüggemann responde a nuestro artículo de anteayer con unas «Experiencias de las elecciones primarias».
El señor Brüggemann se mantiene en sus trece: la actual ley electoral, mientras no, etc., etc. ... imposibilita unas elecciones razonables y determinantes. ¡Bonito cumplido para la ley electoral octroyada! Tanto más bonito, cuanto que su autor no es otro que el más agradecido adorador del «acto salvador de la Corona», consumado en la nueva ley electoral.
El «acto salvador de la Corona» se reduce, pues, a haber hecho «imposibles las elecciones razonables y determinantes», y a haber convencido al honorable Brüggemann de que aún estamos muy lejos de «poder jactarnos de haber concluido definitivamente la revolución».
¡Pobre Brüggemann! ¡Desdichada Corona!
El señor Brüggemann se afana ahora por encontrar medios que, unidos a la actual ley electoral, hagan posibles elecciones «razonables y determinantes», es decir, elecciones no democráticas, no oposicionistas, elecciones en el espíritu del acto salvador del 5 de diciembre.
Muy sencillo: un alto censo, junto con una representación especial de la gran propiedad territorial, satisfaría sin duda todas las exigencias del profundo pensador Brüggemann.
Pero ¡no! La Corona ha conservado una apariencia de sufragio universal, y Brüggemann tiene orden de no ser nunca más reaccionario que la Corona. También tiene que haber tipos así, dice Manteuffel, cuando le hablan de Brüggemann.
Por eso «nosotros consideramos la conquista del sufragio universal como sumamente valiosa», pues «nos tomamos en serio la verdadera democracia» —mientras no «se hagan necesarias nuevas octroyaciones», claro está.

Pero ¿a qué se debe, pues, que la «conquista del sufragio universal» haya conducido a elecciones democráticas y ofendido tan profundamente a su adorador Brüggemann?
Las elecciones fueron esta vez elecciones de partido decididas. Lo prueba el hecho de que, casi en todas partes, la primera elección fue al mismo tiempo la elección restringida y decisiva. Los electores primarios votaron con pleno conocimiento de causa; para ellos se trataba del derrocamiento o del mantenimiento del ministerio y de sus actos contrarrevolucionarios. La inmensa mayoría del país —cosa que ya puede darse por segura— se pronuncia por el derrocamiento del ministerio, por la aniquilación de sus actos. El señor Brüggemann quiere lo contrario, y sin embargo representa la «verdadera democracia», la «verdadera» mayoría. ¿Cómo se compagina esto?
La cosa, según el honorable Brüggemann, tiene dos pegas. Primera: «Faltó en todas partes una participación suficientemente general.»
La «espantosa apatía del estamento burgués medio» ha quedado ya reducida a una mera falta «de una participación suficientemente general». Primera «experiencia de las elecciones primarias» y, por hablar con el señor Brüggemann: «queremos dejar constancia inmediata de esta experiencia».
Ya hemos respondido a este punto. Sostenemos que esa falta de participación, allí donde existió, se debió a la seguridad del resultado y no influyó en el resultado mismo. Sostenemos, además, que en muchos lugares procedió del sentimiento de vergüenza de no pocos conservadores que en noviembre, ya por honestidad, ya por miedo a una nueva revolución, enviaron mensajes de agradecimiento a la Asamblea Nacional y ahora no quieren votar por la política contraria. No todo el que aúlla es un lazzarone que hoy grita evviva la costituzione, y mañana, por un plato de macarrones, berrea al mundo evviva il Re e la santa fede. No todo burgués sabe colocar la capa según sopla el viento con tan poca dilación, como ciertos inconmovibles Catones del terreno del derecho.
O bien, díganos, señor Brüggemann, ¿por qué los demócratas pudieron a veces «buscar refuerzo al mediodía», mientras que usted confiesa suspirando: «En las últimas semanas hemos exhortado repetidamente a una participación general, y hemos rogado una y otra vez a cada lector que, en su círculo, trabaje por una participación lo más general posible... Estas exhortaciones han sido probablemente en su mayor parte en vano»?

Ahora, la segunda pega: «La mutua extrañeza de los copartícipes en la elección.»
Ciertamente, si todos los «copartícipes en la elección» de la santa ciudad de Colonia hubieran conocido las sublimes cualidades del honorable Brüggemann, éste habría sido elegido elector en los 64 distritos, mientras que la «mutua extrañeza de los copartícipes en la elección» ¡lo ha hecho ahora fracasar en su propio distrito!
Que nuestras elecciones actuales hayan arrojado un resultado en cierto modo decidido se debe precisamente a que existía esa extrañeza o a que, donde no existía, se actuó como si unos y otros fuesen extraños entre sí. No se votó al «carácter honorable», al «hombre considerado», al «capitalista influyente», se votó al demócrata o al contrarrevolucionario, al hombre de la oposición o al conservador. Se tuvo presente lo principal y no se dejó uno determinar por consideraciones personales. Y por eso nuestras elecciones nos traerán —de uno u otro modo— una decisión.
Pero eso es precisamente lo que ofende tan profundamente a nuestro Brüggemann. Y por eso elabora proyectos sobre cómo remediar esta extrañeza, sobre cómo hacer que los electores primarios del distrito se conozcan personalmente entre sí, sobre cómo introducir en la elección relaciones personales, patriarcales; por eso propone convertir a los electores en representantes permanentes de distrito, a fin de que en su elección no valga la simple consideración de si son lo bastante buenos para nombrar un diputado en el sentido del distrito, sino para que entren en juego otros cien miramientos que nada tienen que ver con la elección, por ejemplo, si son buenos comerciantes y aptos para concejales de la comunidad, etc., si poseen toda clase de capacidades y conocimientos indiferentes para la elección, etc.
La elección indirecta es ya una operación sumamente confusa e inútil. Pero para el honorable Brüggemann, el caballero de la verdadera democracia, de la democracia octroyada, es aún demasiado sencilla. Quisiera hacerla tan poco clara que nadie pudiera ya entenderla. Sólo entonces, cuando la complicación, el tohuwabohu, haya alcanzado el más alto grado, sólo entonces espera nuestro listillo octroyado ¡«elecciones razonables y determinantes»!
Pero todo esto no basta aún. Todo eso ha de valer únicamente «para la transición y para el tiempo intermedio». La meta de todo ello está en otra parte. Escúchese:
«Existe un abismo entre los diversos círculos profesionales y vitales de nuestra actual sociedad burguesa, ¡y ese abismo ciertamente no queda colmado por el hecho de que la ley electoral lo ignore! Si, por el momento, no se pudiera vencer aún el —a nuestro juicio muy falso y supersticioso— temor político al reconocimiento y consideración legales de estas diferencias, habría que adoptar, por lo menos, las medidas de transición antes mencionadas.»
A esto añade el señor Brüggemann: «No se debe buscar la salida salvadora en el viejo y trillado carril del escueto censo.»

Esto significa, dicho sin rodeos, lo mismo que la Gaceta de la Horca predica a diario: con una representación popular moderna no se puede gobernar. ¡Hay que abolir el sufragio universal y elegir por estamentos, hay que mandar al diablo las cámaras constitucionales y convocar la vieja Dieta Unida estamental, única capaz aún de marchar con Dios por el Rey y la Patria!
¡Estas cosas predica el señor Brüggemann en la Kölnische Zeitung 11 meses después de la revolución de febrero, 10 meses después de los «acontecimientos» de marzo; y a este estiércol feudal desembozado lo llama «verdadera democracia» y «consolidación del principio democrático» mediante «otras organizaciones democráticas complementarias en el terreno industrial y social»!!!
En verdad, ¡progresamos!