La «National-Zeitung» de Berlín a los electores primarios

* Colonia, 25 de enero. Rara vez, pero de tanto en tanto se tiene el  
N.º 205, 26 de enero de 1849  
Neue Rheinische Zeitung.  
placer de ver surgir, del sedimento que han dejado las dos cataratas de la revolución y la contrarrevolución, un poste indicador de los buenos tiempos del Vormärz. Se han desplazado montañas, se han rellenado valles, se han abatido bosques por el suelo, pero el poste indicador sigue aún en su antiguo lugar, pintado con los viejos colores, y lleva todavía la vieja inscripción: «¡A Schilda!».

Semejante poste indicador nos alarga desde el número 21 de la Berliner National-Zeitung su brazo de madera con la inscripción: «A los electores primarios. ¡A Schilda!».

El bienintencionado consejo que la National-Zeitung da a los electores primarios les explica, en primer lugar: «Ha llegado la hora en que el pueblo prusiano se dispone, por segunda vez, a ejercer el tan penosamente conquistado derecho de sufragio universal» (¡como si el llamado derecho de sufragio universal, otorgado por octroi, con su interpretación diferente en cada aldea, fuera todavía el mismo derecho electoral que el del 8 de abril!) «del cual deben surgir los hombres que han de expresar por segunda vez cuál es el sentido (!), la opinión (!!) y la voluntad (!!!) no de estamentos y clases aislados, sino de todo el pueblo».

Guardemos silencio sobre el estilo panzudo y torpe de esta frase que avanza jadeante, palabra por palabra. El sufragio universal, se dice, ha de revelarnos cuál es la voluntad no de estamentos y clases aislados, sino de todo el pueblo.

¡Bien! ¿Y de qué se compone «todo el pueblo»?

De «estamentos y clases aislados».

¿Y de qué se compone «la voluntad de todo el pueblo»?

De las distintas «voluntades» contradictorias entre sí de los «estamentos y clases aislados», es decir, precisamente de la voluntad que la National-Zeitung presenta como lo contrario directo de la «voluntad de todo el pueblo».

¡Gran lógico el de la National-Zeitung!

Pero para la National-Zeitung existe una voluntad de todo el pueblo que no es la suma de voluntades contradictorias, sino una voluntad única y determinada. ¿Cómo es eso?

Es… la voluntad de la mayoría.

Y ¿qué es la voluntad de la mayoría?

Es la voluntad que surge de los intereses, de la posición social, de las condiciones de existencia de la mayoría.

Por tanto, para tener una y la misma voluntad, los miembros de la mayoría tienen que tener los mismos intereses, la misma posición social, las mismas condiciones de existencia, o bien estar todavía encadenados entre sí por sus intereses, su posición social y sus condiciones de existencia.

En alemán: La voluntad del pueblo, la voluntad de la mayoría, es la voluntad no de estamentos y clases aislados, sino de una sola clase y de aquellas otras clases y fracciones de clase que están socialmente, es decir, industrial y comercialmente, sometidas a esa única clase dominante.

«Pero ¿qué hemos de decir a esto?» ¿La voluntad de todo el pueblo es la voluntad de una clase dominante?

Ciertamente, y precisamente el sufragio universal es la aguja magnética que, aunque sólo sea tras diversas oscilaciones, acaba por señalar a esa clase llamada a dominar.

Y esta buena National-Zeitung sigue desvariando, como ya lo hacía en el año 1847, con una «voluntad de todo el pueblo» imaginaria.

Adelante. Después de este exordio edificante, nos deja estupefactos con la observación, tan llena de significado:

«En enero de 1849 el estado de cosas es distinto que en los días de mayo de 1848, tan ricos en esperanza y exaltación (¿por qué no también en devoción?).»

Entonces todo estaba en florido adorno,
y las luces del sol reían,
y los pajarillos cantaban tan llenos de esperanza,
y los hombres esperaban y pensaban,
pensaban:

«Entonces todo parecía unido en que las grandes reformas que hacía tiempo debían haberse emprendido en Prusia, si se hubiera seguido construyendo sobre los cimientos puestos en los años 1807-1814, con el espíritu de entonces y conforme a la cultura y el discernimiento crecidos desde aquella época, tenían que llevarse a cabo ahora de manera completa y sin demora.»

«¡Entonces todo parecía unido!». ¡Gran, divina ingenuidad de la National-Zeitung! Entonces, cuando los guardias se retiraban de Berlín rechinando los dientes de rabia, cuando el príncipe de Prusia tuvo que huir a toda prisa con una chaqueta de postillón, cuando la alta nobleza y la alta burguesía se devoraban la cólera por la afrenta infligida al rey en el patio del palacio, cuando el pueblo le obligó a quitarse el gorro ante los cadáveres de marzo… ¡«entonces todo parecía unido»!

Sabe el cielo que ya es fuerte haberse figurado semejante cosa, pero ahora, después de haber tenido que reconocerse a sí mismo como burlado, encima poner su burlada credulidad a la gran campana – en verdad, ¡c’est par trop bonhomme!

¿Y sobre qué «parecía todo unido»?

Sobre el hecho de que «las grandes reformas que… debían haberse emprendido, si… se hubiera seguido construyendo, ahora… tenían que ser llevadas a cabo».

Sobre esto todo estaba, no, parecía unido.

¡Gran conquista de marzo, expresada en lenguaje digno!

¿Y cuáles eran esas «reformas»?

El desarrollo de «los cimientos de 1807-1814, con el espíritu de entonces y conforme a la cultura y el discernimiento crecidos desde entonces».

Es decir, con el espíritu de 1807-1814 y, a la vez, con un espíritu completamente distinto.

El «espíritu de entonces» consistía sencillamente en la presión, altamente material, que los franceses de entonces ejercían sobre la monarquía junker prusiana de entonces, así como en el déficit financiero, tampoco muy favorable, que sufría a la sazón el reino de Prusia. Para hacer que el burgués y el campesino estuvieran en condiciones de pagar impuestos, para introducir, al menos en apariencia, algunas de las reformas entre los súbditos reales prusianos, reformas con las que los franceses inundaron las partes conquistadas de Alemania; en suma, para remendar un poco la monarquía de los Hohenzollern, que crujía por todas sus junturas y estaba completamente podrida, se hicieron unas miserables y mezquinas ordenanzas municipales, ordenanzas de redención de cargas, instituciones militares, etc. Todas estas reformas no se distinguían por nada más que por quedarse cien años enteros a la zaga de la Revolución Francesa de 1789, y aun de la inglesa de 1640. ¿Y se pretende que éstas sean las bases para la Prusia revolucionada?

Pero la imaginación de la vieja Prusia ve siempre a Prusia en el centro de la historia universal, mientras que el Estado de la inteligencia ha sido, en realidad, arrastrado siempre por ella a través del barro. Esta imaginación de la vieja Prusia tiene que ignorar, naturalmente, que Prusia, mientras no recibió patadas de los franceses, se quedó tranquilamente encorvada sobre los cimientos no desarrollados de 1807-1814 y no movió un solo miembro. Tiene que ignorar que esos cimientos estaban ya olvidados hacía mucho tiempo cuando la gloriosa monarquía burocrático-junkeril real-prusiana recibió, el pasado febrero, un nuevo empujón tan violento de los franceses que, con toda gloria, se vino abajo de sus «cimientos de 1807-1814». Tiene que ignorar que para la monarquía real-prusiana no se trataba en absoluto de esos cimientos, sino simplemente de conjurar las consecuencias ulteriores del impulso recibido de Francia. Pero todo esto lo ignora la imaginación prusiana, y cuando recibe de golpe el empujón, grita, como un niño pidiendo a la nodriza, por los podridos cimientos de 1807-1814.

¡Como si la Prusia de 1848 no fuera, por su territorio, industria, comercio, medios de comunicación, cultura y relaciones de clase, un país completamente distinto de la Prusia de los «cimientos de 1807-1814»!

¡Como si desde aquella época no hubieran intervenido en su historia dos clases completamente nuevas, el proletariado industrial y la clase de los campesinos libres; como si la burguesía prusiana de 1848 no fuera completamente distinta de la tímida, humilde y agradecida pequeña burguesía de la época de los «cimientos»!

Pero todo esto no sirve de nada. Un buen prusiano no debe conocer más que sus «cimientos de 1807 a 1814». Ésos son, de una vez, los cimientos; sobre ellos se sigue construyendo, y punto.

¡El comienzo de una de las más colosales conmociones históricas se reduce, reseco, al final de una de las más diminutas estafas de reforma aparente! ¡Así se entiende la revolución en la vieja Prusia!

Y en esta exaltación engreída y estrecha de miras a base de la historia patria, «todo parecía unido»… ¡por suerte, ay, sólo en Berlín!

Adelante.

«Los estamentos y clases que tenían que renunciar a privilegios y prerrogativas…, a los que correspondía en lo futuro estar en un mismo derecho con todos sus conciudadanos…, parecían dispuestos a ello, llenos de la convicción de que el viejo estado de cosas se había vuelto insostenible, de que ello redundaba en su propio interés bien entendido…»

¡Ved al pacífico y de corazón humilde burgués, cómo vuelve a escamotear la revolución! La nobleza, los curas, los burócratas, los oficiales «parecían dispuestos» a renunciar a sus privilegios, no porque el pueblo armado les obligara a ello, no porque la desmoralización y la desorganización que, en el primer terror ante la revolución europea, habían cundido inconteniblemente en sus propias filas les dejara sin resistencia… ¡no! ¡Las «transacciones» pacíficas, benévolas y ventajosas para ambas partes, por hablar con el señor Camphausen, del 24 de febrero y del 18 de marzo, les habían «llenado de la convicción» de que ello «redundaba en su propio interés bien entendido»!

¡La revolución de marzo, y sobre todo el 24 de febrero, en el bien entendido interés de los señores junkers rurales, consejeros consistoriales, consejeros de gobierno y tenientes de la guardia! ¡Verdaderamente, es una idea piramidal!

Pero, ¡ay!, «hoy ya no es así. Los usufructuarios y partidarios del viejo estado de cosas, lejos de contribuir por sí mismos, conforme a su deber (!), a que se desescombre el viejo cascote y se construya la nueva casa, no quieren sino apuntalar las viejas ruinas bajo las cuales el suelo ha cedido tan peligrosamente, y adornarlas con algunas formas que se amolden en apariencia a los nuevos tiempos».

«Hoy ya no es así»… como parecía ser en mayo, es decir, ya no es así como no era en mayo, o es exactamente como era en mayo.

Semejante alemán escribe uno en la Berliner National-Zeitung y, encima, se siente orgulloso de ello.

En una palabra: Mayo de 1848 y enero de 1849 sólo se diferencian por la apariencia. Antes, los contrarrevolucionarios parecían reconocer su deber; hoy no lo reconocen, real y abiertamente, y por eso se lamenta el burgués tranquilo. ¡Es, sin embargo, el deber de los contrarrevolucionarios el renunciar a sus intereses en su propio bien entendido interés! ¡Es su deber cortarse ellos mismos sus venas vitales… y no lo hacen! Así se lamenta el hombre del interés bien entendido.

Y ¿por qué no hacen ahora vuestros enemigos lo que, según vosotros, es su deber?

Porque vosotros mismos, en primavera, no cumplisteis con vuestro «deber»; porque entonces, cuando erais fuertes, os portasteis como gallinas y temblasteis ante la revolución que debía haceros grandes y poderosos; ¡porque vosotros mismos dejasteis en el suelo el viejo cascote y os mirasteis satisfechos en el nimbo de un éxito a medias! Y ahora, cuando la contrarrevolución se ha vuelto fuerte de la noche a la mañana y os pone el pie sobre el cuello, ahora que el suelo cede peligrosamente bajo vuestros pies, ahora exigís que la contrarrevolución se convierta en vuestra servidora, que retire el cascote que vosotros fuisteis demasiado débiles y cobardes para retirar, ¡que ella, la poderosa, se sacrifique por vosotros, los débiles!

¡Niños insensatos que sois! ¡Pero esperad un poco, y el pueblo se levantará y con un solo y poderoso empujón os derribará por tierra, junto con la contrarrevolución contra la cual ahora ladráis tan impotentemente!

(Continuará.)

Neue Rheinische Zeitung.
Núm. 207, 28 de enero de 1849.
Segunda edición
* Colonia, 27 de enero. (La National-Zeitung berlinesa a los electores primarios. –
Conclusión.)

En nuestro primer artículo no tomamos en consideración una circunstancia que, en apariencia, podría servir de disculpa a la National-Zeitung: la National-Zeitung no escribe libremente, está bajo el estado de sitio. Y bajo el estado de sitio tiene, por cierto, que cantar:

«No me mandes hablar, mándame callar,
pues mi secreto es para mí un deber;
quisiera mostrarte todo mi interior,
¡mas el destino no lo quiere así!!!»

Entretanto, los periódicos no aparecen, ni siquiera bajo el estado de sitio, para decir lo contrario de lo que opinan, y, además, el estado de sitio no es aplicable a la primera mitad del artículo en cuestión, que hasta ahora hemos examinado.

El estado de sitio no tiene la culpa del estilo abultado y confuso de la National-Zeitung.
El estado de sitio no tiene la culpa de que la National-Zeitung se hiciera, después de marzo, toda clase de ilusiones propias de un buen hombre.
El estado de sitio no obliga en modo alguno a la National-Zeitung a convertir la revolución de 1848 en lacayo de las reformas de 1807 a 1814.

El estado de sitio, en una palabra, no obliga en modo alguno a la National-Zeitung a tener unas ideas tan absurdas sobre el curso de la revolución y la contrarrevolución de 1848 como las que le demostramos hace dos días. No es el pasado, sino sólo el presente, lo que cae bajo el estado de sitio.

Por eso, al criticar la primera mitad del artículo en cuestión, no le pasamos factura al estado de sitio, y precisamente por eso se la pasaremos hoy.

La National-Zeitung, una vez terminada su introducción histórica, se dirige a los electores primarios del siguiente modo:

«Se trata de asegurar el progreso iniciado, de retener las conquistas alcanzadas.»

¿Qué «progreso»? ¿Qué «conquistas»? ¿El «progreso» de que «hoy ya no sea» como «parecía» en mayo? ¿La «conquista» de que «los usufructuarios del viejo estado de cosas estén muy lejos de ayudar por sí mismos, conforme a su deber, a que se despejen los viejos escombros»? ¿O las «conquistas» octroyadas que «apuntalan las viejas ruinas y las adornan con algunas formas que en apariencia se amoldan a los nuevos tiempos»?

El estado de sitio, señores de la National-Zeitung, no es excusa para la irreflexión y la confusión.

El «progreso» que hasta ahora está mejor «iniciado» es el retroceso al viejo sistema, y por esa vía de progreso avanzamos cada día más.

La única «conquista» que nos ha quedado —y ésta no es una conquista específicamente prusiana, no es una conquista de «marzo», sino el resultado de la revolución europea de 1848— es la contrarrevolución más general, más decidida, más sangrienta, más violenta, la cual, sin embargo, no es más que una fase de la revolución europea y, por tanto, sólo la generadora de un nuevo y general golpe de respuesta revolucionario y victorioso.

Pero la National-Zeitung lo sabe acaso tan bien como nosotros, ¿y sólo no le está permitido decirlo a causa del estado de sitio? Escuchemos:

«Nosotros no queremos una prosecución de la revolución; somos enemigos de toda anarquía, de todo acto de violencia y de toda arbitrariedad; queremos ley, tranquilidad y orden.»

El estado de sitio, señores míos, les obliga a lo sumo a callar, nunca a hablar. Esta última frase citada la consignamos, pues, en acta: si hablan ustedes por boca de ella, tanto mejor; si es el estado de sitio quien habla por su boca, no tenían necesidad de prestarse a ser su órgano. O son ustedes revolucionarios, o no lo son. Si no lo son, somos de antemano adversarios; si lo son, entonces debían callar.

Pero ustedes hablan con tal convicción, tienen antecedentes tan honestos, que podemos suponer tranquilamente: el estado de sitio es por completo ajeno a esta profesión de fe.

«Nosotros no queremos una prosecución de la revolución.» Es decir: queremos la prosecución de la contrarrevolución. Pues de la contrarrevolución violenta —es un hecho histórico— o no se sale nunca, o se sale únicamente por la revolución.

«Nosotros no queremos una prosecución de la revolución», es decir: reconocemos la revolución como cerrada, como llegada a su meta. Y la meta a la que la revolución había llegado el 21 de enero de 1849, cuando fue redactado el artículo en cuestión, esa meta era precisamente… la contrarrevolución.

«Somos enemigos de toda anarquía, de todo acto de violencia y de toda arbitrariedad.»

¡Enemigos, por tanto, también de la «anarquía» que sobreviene después de toda revolución hasta la consolidación de las nuevas relaciones; enemigos de los «actos de violencia» del 24 de febrero y del 18 de marzo; enemigos de la «arbitrariedad» que, sin miramientos, echa por tierra un estado de cosas podrido y sus carcomidos puntales legales!

«¡Queremos ley, tranquilidad y orden!»

¡En verdad, bien elegido es el momento para prosternarse ante «ley, tranquilidad y orden», para protestar contra la revolución y sumarse al trivial griterío contra la anarquía, los actos de violencia y la arbitrariedad! Bien elegido, justo en el instante en que la revolución, bajo la protección de bayonetas y cañones, es oficialmente convertida en un vulgar delito, en que «anarquía, acto de violencia y arbitrariedad» se ponen en práctica sin tapujos mediante órdenes refrendadas por el rey, en que la «ley» que la camarilla nos octroya se aplica siempre contra nosotros, nunca a favor nuestro, ¡en que «tranquilidad y orden» consisten en dejar en «tranquilidad» a la contrarrevolución para que pueda restablecer su viejo «orden» prusiano de las cosas!

No, señores, de ustedes no habla ningún estado de sitio; de ustedes habla el más inconfundible Odilon Barrot, traducido al berlinés, con toda su estrechez de miras, toda su impotencia, todos sus piadosos deseos.

Ningún revolucionario es tan falto de tacto, tan aniñado, tan cobarde, que reniegue de la revolución precisamente cuando la contrarrevolución celebra sus más brillantes triunfos. Cuando no puede hablar, actúa, y cuando no puede actuar, prefiere callar del todo.

Pero ¿no persiguen acaso los señores de la National-Zeitung una política astuta? ¿Acaso se presentan tan mansos para ganar todavía, en vísperas de las elecciones, a una parte de los llamados moderados para la oposición?

Lo hemos dicho desde el primer día en que la contrarrevolución se nos vino encima: a partir de ahora ya no hay más que dos partidos: los «revolucionarios» y los «contrarrevolucionarios»; ya no hay más que dos consignas: «la república democrática» o «la monarquía absoluta». Todo lo que se halla en medio ya no es partido, es mera fracción. La contrarrevolución ha hecho todo lo necesario para que nuestra afirmación resulte verdadera. Las elecciones son su más brillante confirmación.

Y en un momento como éste, en que los partidos se enfrentan de manera tan abrupta, en que la lucha se libra con el mayor encono, en que sólo la abrumadora superioridad de la soldadesca organizada impide que la lucha se dirima con las armas en la mano, en un momento así, toda política de conciliación cesa. Hay que ser uno mismo Odilon Barrot para poder entonces hacer el papel de Odilon Barrot.

Pero nuestros Barrots berlineses tienen sus reservas, sus condiciones, sus interpretaciones. Son unos plañideros, pero en modo alguno plañideros a secas; son plañideros con un «es decir», plañideros de la oposición silenciosa:

«Pero nosotros queremos leyes nuevas, como las exige el despierto espíritu libre del pueblo y el principio de la equiparación de derechos; queremos un orden verdaderamente democrático-constitucional» (es decir, un verdadero absurdo); «queremos una tranquilidad que se apoye en algo más que en bayonetas y estados de sitio; que sea un aquietamiento de los ánimos fundado política y moralmente (!), suscitado por la convicción, garantizada por hechos e instituciones, de que a cada clase del pueblo se le otorga su derecho», etc., etc.

Podemos ahorrarnos el trabajo de escribir hasta el final esta frase dictada por el estado de sitio. Basta: los señores no «quieren» la revolución, sino sólo un pequeño florilegio de los resultados de la revolución; algo de democracia, pero también algo de constitucionalismo, algunas leyes nuevas, remoción de las instituciones feudales, igualdad burguesa, etc., etc.

En otras palabras, los señores de la National-Zeitung y los de la ex izquierda berlinesa, de la que son órgano, quieren obtener de la contrarrevolución exactamente lo mismo por lo cual la contrarrevolución los ha dispersado.

¡Nada han aprendido y nada han olvidado!

Los señores «quieren» cosas todas que jamás obtendrán, salvo mediante una nueva revolución. Y no quieren una nueva revolución. Pero, además, una nueva revolución les traería otras cosas muy distintas de las que contienen las modestas reivindicaciones burguesas arriba formuladas. Y por eso tienen toda la razón los señores en no querer revolución alguna.

Lo mejor es, sin embargo, que el desarrollo histórico se preocupa muy poco de lo que los Barrots «quieren» o «no quieren». El Barrot original, el de París, también «quería» el 24 de febrero lograr únicamente reformas muy modestas y, en particular, una cartera ministerial para sí; y apenas hubo alcanzado ambas cosas, las olas se cerraron sobre él y desapareció con toda su virtuosa clientela pequeño-burguesa en el diluvio revolucionario. También ahora que, por fin, ha vuelto a pescar un ministerio, «quiere», a su vez, una multitud de cosas; pero nada de lo que quiere sucede. Ése ha sido desde siempre el destino de los Barrots. Y lo mismo les ocurrirá a los Barrots berlineses.

Seguirán, con o sin estado de sitio, aburriendo al público con sus piadosos deseos; a lo sumo lograrán imponer en el papel unos pocos de esos deseos, y al final terminarán siendo jubilados, ya sea por la corona, ya por el pueblo. Pero jubilados serán en cualquier caso.