Las elecciones (25 de enero de 1849)

* Colonia, 24 de enero. Como el ciervo clama por agua fresca, así clama Ehren-Brüggemann por un nuevo «acto salvador de la Corona». Ese mismo profundo pensador que no hace mucho tiempo ensalzaba el sufragio universal como una de las más gloriosas y preciosas «conquistas de marzo»; ese mismo hombre de honradez fundamental opina hoy que incluso el actual derecho al voto, octroyado y restringido, debe ser de nuevo abolido por un acto de la Corona.

«Tanto —dice Ehren-Brüggemann—, tanto debe haber quedado claro ayer para el observador, cualquiera que sea el partido al que pertenezca: la actual ley electoral hace imposible unas elecciones racionales y decisivas, mientras no se haya logrado, mediante otras instituciones políticas, una participación más general en las elecciones y un contacto más frecuente y un mejor conocimiento mutuo entre los vecinos del distrito.» ¿Y por qué no? Con un profundo suspiro responde Brüggemann:

«Ya no cabe duda de que, en conjunto, la izquierda unida con sus candidatos (en su dolor, la *Kölnische* logra escribir un alemán aún más malo que de costumbre) ha obtenido la victoria sobre los candidatos del partido constitucional.»

Y allí donde el partido constitucional, esa «mayoría verdadera», ese «núcleo de la población», resulta tan derrotado, como anteayer aquí en Colonia, no puede hablarse, naturalmente, de «elecciones racionales y decisivas». Eso no es una representación popular. Las mejores personas, los puntales de los buenos constitucionales, evidentemente no han participado en la votación. Una minoría pequeña pero activa ha escamoteado las elecciones en ausencia de la mayoría. Escuchad al sabio Brüggemann:

«La causa principal de este resultado inesperado debemos buscarla en la espantosa apatía de la clase media.»

¡He aquí, pues, el resultado de los 182.000 panfletos volantes y 162.000 reimpresiones en la noble *Kölnische*: la espantosa apatía de la clase media! ¡Qué «espantoso» aburrimiento y vaciedad habrá descubierto la «clase media» en esos dieciséis panfletos constitucionales! ¡Qué ingenuidad la del periódico de la asociación ciudadana, al ver precisamente en la ineficacia e impotencia de sus más convulsivos esfuerzos la «causa principal» de la derrota!

Pero, ¿qué hay de esa «espantosa apatía de la clase media»?

¡Revísense las listas de los electores elegidos, a ver si la mayoría no pertenece precisamente a la «clase media»! ¡Examínense las listas de candidatos de los constitucionales, a ver si no contienen en su mayoría candidatos que no pertenecen a la clase media, sino que poseen «una posición social»! ¡Compárense estas listas con las democráticas, a ver si no es en todas partes la riqueza, el prestigio heredado, la posición oficial, lo que precisamente ha sucumbido frente a la «clase media»!

Solo algunos ejemplos:

En el tercer distrito electoral, se enfrentó a los cinco candidatos demócratas cinco veces al Sr. pastor Busch, quien fue derrotado en las cinco ocasiones por un profesor de instituto, un tejedor de lino, un pintor, un fabricante de peines y un fabricante.

En el distrito 9, cinco candidatos demócratas vencieron a cinco señores de la alta burguesía, entre ellos un concejal municipal y un propietario de una pequeña parcela.

En el distrito 29, el Sr. concejal Michels fue derrotado cinco veces por candidatos que todos pueden contarse entre la clase media.

En el distrito 30, un oficial sastre venció a un muy adinerado fabricante de bombas, un tendero de ultramarinos al canciller del cabildo catedralicio, el Sr. v. Groote, un destilador de aguardiente al canónigo catedralicio, el Sr. Trost, etc.

En el distrito 32, triunfaron los cinco principales candidatos, entre ellos tres abogados, por la sencilla razón de que 138 electores de la clase media no votaron. La mayoría de ellos habría votado por los demócratas. ¡Así, la «espantosa apatía de la clase media» no ayudó aquí a los demócratas, sino a los constitucionales a obtener la victoria!

En el distrito 49, el Sr. Karl Boisseree, comerciante de carbón, etc., que en modo alguno pertenece a la clase media, fue derrotado ocho veces frente a ocho demócratas de la «clase media».

Finalmente, en el distrito 45; pero escuchemos primero al propio Sr. Brüggemann:

«En el distrito 45, que contiene 530 electores primarios, en la primera votación, con 242 votantes efectivos, fue elegido el comandante, el Sr. coronel Engels; en la tercera votación, después de que los demócratas hubieran ido a buscar refuerzos al mediodía, con 260 votantes efectivos, fue elegido como candidato de éstos un elector de la más extremada convicción socialista-democrática. ¿Cuál es ahora la convicción y opinión del distrito 45?»

Esta última pregunta podría respondérsela el mismo Ehren-Brüggemann, pues es sabido que permaneció en el local electoral del distrito 45 durante los dos días enteros de votación, tratando de imponer por todos los medios el triunfo de los candidatos constitucionales en este cuartel general de la asociación ciudadana. Pero en vano, ¡y de ahí las lágrimas!

En el distrito electoral 45 —usted debe saberlo, señor Brüggemann—, las cosas ocurrieron del siguiente modo:

Los señores de la asociación ciudadana se habían presentado con la mayor puntualidad a la hora fijada. Los demócratas tardaron un poco más. Inmediatamente, los señores de la asociación ciudadana procedieron a la votación e hicieron triunfar al coronel Engels —escuchad, escuchad— por un voto de mayoría. Y esa única papeleta decisiva no contenía nada más que el nombre «Engels», sin más calificación. Contra esa gloriosa victoria electoral del Sr. Engels mediante un voto dudoso, han presentado protesta doscientos treinta y cuatro electores primarios del distrito, es decir, casi el doble de los que votaron por el Sr. Engels.

Pero, ¿cómo les fue a los otros siete candidatos de la asociación ciudadana? El segundo candidato era el Sr. Stupp, el bien conocido ex diputado que huyó de Berlín y se fue a Brandeburgo. El Sr. Stupp fue derrotado por el Sr. Hummelsheim, un demócrata decidido de la «clase media».

El tercero era el muy considerado y muy adinerado comerciante Sr. Franz Heuser, quien, como vemos arriba, para gran espanto del Sr. Brüggemann, fue derrotado por un candidato «democrático-socialista de lo más extremado».

¡Pero los demócratas habían «ido a buscar refuerzos»!

¡Vamos, señor Brüggemann! ¿Y por qué no fue usted también en busca de refuerzos? ¿Por qué no corrieron usted y los demás señores de la asociación ciudadana de casa en casa para sacudir a la «clase media» de su «espantosa apatía»? ¿Por qué no pusieron en las manos de la gente algunos ejemplares más de aquellos milagrosos panfletos, tirados 344.000 veces? ¡Ah, habría sido en vano! Los demócratas eran demasiado poderosos. Usted lo comprende, incomprendido Brüggemann: *vous aviez travaillé pour le roi de Prusse!*

Pero sigamos. El cuarto candidato era el Sr. abogado-procurador Fay, codirigente de la asociación ciudadana y poseedor de la solución de la cuestión social. ¡Tú también, Bruto! Los despiadados electores lo sacrificaron por un propietario de imprenta «de la clase media», y el señor Fay fue derrotado.

El quinto era el Sr. abogado-procurador Compes, ex diputado de la Asamblea Nacional de Fráncfort. Pero tampoco a él le brilló una buena estrella: fue derrotado por el maestro cerrajero Monius, «de la clase media».

El sexto era el Sr. Ochse-Stern, el administrador del monte de piedad, que con sus papeletas de empeño domina a todo el proletariado y a toda la clase media. Fue derrotado por el particular Froitzheim, «de la clase media».

El séptimo era el Sr. abogado-procurador Esser II, ex diputado en Berlín, quien el 9 de octubre rivalizó con el Sr. Stupp en la huida. Siguió aquí el ejemplo de su camarada; fue derrotado por el sastre Tilz, «de la clase media».

El octavo, por último, el Sr. pastor Rollertz, sucumbió igualmente ante un adversario de la «clase media», el comerciante Sr. Hospelt.

Así pues, siete electores demócratas, casi todos «de la clase media», triunfaron contra siete notabilidades locales, entre ellas dos ex diputados, un pastor, un diputado de la Asamblea Nacional y un resolvedor de la cuestión social; y solo un elector llorón, que no pertenecía a la «clase media», salió elegido, y encima por un voto dudoso y perseguido por una protesta con 234 firmas.

¡Y el Sr. Brüggemann escoge precisamente este distrito para exclamar: ¿Cuál es ahora la opinión y la convicción de este distrito! ¡Este distrito, en el que la clase media triunfó decididamente, lo escoge él para demostrar la «espantosa apatía de la clase media»! ¡Pobre Brüggemann! La angustia le arrebata el último resto de lucidez.

Por lo demás, en las listas de pobres de la ciudad de Colonia figuran 25.000 cabezas que reciben asistencia pública. Estos 25.000 individuos, es decir, exactamente el 29 por ciento o casi un tercio de la población total, no están representados. Además, no están representados los muchos obreros que no llevan seis meses aquí o que no son prusianos. Réstense ahora estas categorías de la masa total del proletariado, y ¿cuántos proletarios quedan que tengan derecho al voto? ¡Verdaderamente, si el proletariado y la pequeña burguesía no hubieran mantenido la cohesión, la gran burguesía conservadora habría tenido que vencer! ¡Y, a pesar de esto, un Brüggemann desvaría sobre la espantosa apatía de la clase media!

La cosa es sencilla: allí donde la victoria de uno u otro partido era segura, muchos electores de ambos partidos no acudieron o no aparecieron hasta que el resultado comenzó a vacilar. Precisamente la certeza del resultado hacía parecer a la gente indiferente. Pero aunque él los hubiese arreado a todos, el Sr. Brüggemann no habría proporcionado a su buen partido ninguna victoria. De ello se han encargado los «actos salvadores de la Corona».

Por lo demás, no deben los demócratas mostrarse demasiado orgullosos. No se puede negar que, precisamente aquí en Colonia, las elecciones han resultado más indecisas que en el resto de la provincia. Procuren los demócratas que nuestros adversarios no recuperen al menos una parte del terreno perdido mediante intrigas y escisiones entre los electores. De la actividad de los demócratas depende que la victoria conseguida sea explotada completamente. Mientras no se hayan nombrado los diputados, no debemos descansar. ¡Así pues, vigilantes y activos!