* Colonia, 20 de enero. El «honorable» Joseph Dumont hace que un anónimo, que no es pagado por él sino que lo paga a él, y que detrás de la raya se ocupa de los electores primarios, dirija la siguiente apóstrofe a la «Neue Rheinische Zeitung»:
«A la ‹Neue Rheinische Zeitung›, órgano de la democracia, le ha placido tomar nota de los artículos publicados en este periódico bajo el título ‹A los electores primarios› y calificarlos de tomados de la ‹Neue Preußische Zeitung›.
Frente a esta mentira, simplemente la declaración de que estos artículos son pagados como anuncios, de que los mismos, con excepción del primero, tomado de la correspondencia parlamentaria, han sido escritos en Colonia, y de que su autor no ha visto hasta ahora la ‹Neue Preußische Zeitung› ni una sola vez, y mucho menos la ha leído.»
Comprendemos la importancia que tiene para Montesquieu LVI dejar constancia de su propiedad. Comprendemos igualmente la importancia que tiene para el señor Dumont la declaración de que a él le «pagan», incluso por las hojas volantes y anuncios que hace componer, imprimir y difundir en interés de su propia clase, la burguesía.
En cuanto al Anónimo, conoce el refrán francés: «les beaux esprits se rencontrent». No es culpa suya si sus productos intelectuales más propios se asemejan a los de la «Neue Preußische Zeitung» y las «Asociaciones Prussianas» como un huevo a otro, hasta la confusión.
Nunca hemos leído sus anuncios en la «Kölnische Zeitung», sino que sólo hemos dedicado una mirada fugaz a las hojas volantes salidas de la imprenta de Dumont, que se nos enviaban de izquierda y derecha, pero ahora encontramos mediante comparación que esos mismos papeluchos desempeñan a la vez su papel de anuncio y de hoja volante.

Para expiar nuestro delito contra el anónimo Montesquieu LVI, nos hemos impuesto la dura penitencia de leer íntegramente todos sus anuncios en la «Kölnische Zeitung» y entregar la propiedad privada de su espíritu, como «propiedad colectiva», al público alemán.
¡Aquí hay sabiduría!
Montesquieu LVI se ocupa preferentemente de la cuestión social. Ha encontrado el «camino más fácil, más sencillo» para su solución y alaba su píldora Morrison con un patetismo de curandero untuosísimo e ingenuamente desvergonzado:
«El camino más fácil, más sencillo para ello (a saber, para la solución de la cuestión social) es, empero: aceptar la constitución otorgada el 5 de diciembre del pasado año, revisarla, hacerla luego jurar por todas las partes y fijarla así. Éste es el único camino que nos conduce a la salvación. ... Quien, pues, lleve en su pecho un corazón para la miseria de sus hermanos pobres, quien quiera dar de comer a los hambrientos y vestir a los desnudos, quien en Una palabra quiera resolver la cuestión social – que no elija a nadie que se pronuncie contra la constitución.» (Montesquieu LVI.)
¡Votad por Brandenburg-Manteuffel-Ladenberg, y la cuestión social queda resuelta por el camino «más sencillo» y «más fácil»! Votad por Dumont, Camphausen, Wittgenstein, o también por los minorum gentium como Compes, Mevissen y similares – y la cuestión social queda resuelta. ¡La «cuestión social» por un voto! ¡Quien «quiera dar de comer a los hambrientos y vestir a los desnudos», que vote por los Hansemann y Stupp! ¡Por cada voto, una cuestión social menos! ¡La aceptación de la constitución otorgada – voilà la solution du problème social!
No dudamos ni por un instante de que no sólo Montesquieu LVI, sino también sus patronos de la Asociación Ciudadana no aguardarán la aceptación, revisión, juramentación y fijación de la constitución otorgada para «dar de comer a los hambrientos y vestir a los desnudos».
Ya se han tomado incluso disposiciones para ello.
Desde hace algunas semanas circulan por aquí circulares en las que los capitalistas anuncian a los maestros artesanos, tenderos, etc., que en consideración a las circunstancias actuales y al crédito que despierta de nuevo, el interés se eleva, por razones filantrópicas, del 4 al 5 por ciento. ¡Primera solución de la cuestión social!
El Concejo municipal de esta ciudad ha redactado, en el mismo espíritu, la «carta del trabajador» para los desdichados que tienen que morirse de hambre o vender sus brazos a la ciudad (compárese el núm. 187 de la «Neue Rheinische Zeitung»). Se recordará que en esta carta otorgada a los trabajadores, el obrero que ha quedado sin pan es obligado contractualmente a ponerse bajo vigilancia policial. ¡Segunda solución de la cuestión social!

En Colonia fundó el Concejo municipal, poco después de los espasmos de marzo, un establecimiento de comidas a precios módicos, bellamente acondicionado, con magníficas salas caldeables, etc. Tras el otorgamiento de la constitución otorgada, este local ha sido sustituido por otro, subordinado a la administración de pobres, donde no se caldea, faltan los recipientes para la comida, no está permitido consumir los alimentos en el lugar y se vende el cuartillo de un caldo innominado a 8 peniques. ¡Tercera solución de la cuestión social!
En Viena, durante su dominio, los obreros guardaron el banco, las casas y las riquezas de los burgueses huidos. A su regreso, esos mismos burgueses denunciaron a esos «ladrones» ante Windischgrätz para que los colgaran. Los desempleados que acudieron al Concejo municipal fueron metidos en el ejército contra Hungría. ¡Cuarta solución de la cuestión social!
En Breslau, el Concejo municipal y el gobierno lanzaron tranquilamente a los miserables, que debían buscar refugio en el asilo de pobres, privándolos de los medios de vida físicamente más indispensables, en brazos del cólera, y sólo tomaron nota de las víctimas de su cruel compasión cuando la epidemia avanzó sobre ellos mismos. ¡Quinta solución de la cuestión social!
En la asociación berlinesa «Con Dios por el Rey y la Patria», un amigo de la constitución otorgada declaró que era penoso tener que seguir haciendo cumplidos al «proletariado» para imponer sus intereses e intenciones.
Ésta es la solución de la «solución de la cuestión social».
«Los espías prusianos son tan peligrosos precisamente porque nunca son pagados, sino que siempre esperan ser pagados», dice nuestro amigo Heine. Y los burgueses prusianos son tan peligrosos precisamente porque nunca pagan, sino que siempre prometen pagar.
Los burgueses ingleses y franceses se dejan buenos dineros en una jornada electoral. Sus maniobras de soborno son mundialmente conocidas.
Los burgueses prusianos, «¡ésas sí que son las gentes más listas!». Demasiado morales y sólidos para rascarse la bolsa, pagan con la «solución de la cuestión social». ¡Eso no cuesta nada! Sin embargo, Montesquieu LVI paga al menos, como asegura oficialmente Dumont, las tarifas de inserción a la «Kölnische Zeitung» y da la solución de las «cuestiones sociales» –
gratis.
Así pues, la parte práctica de las petits Œuvres de nuestro Montesquieu consiste en: ¡Votad por Brandenburg-Manteuffel-Ladenberg! ¡Elegid a Camphausen-Hansemann! ¡Enviadnos a Berlín, dejad que nuestras gentes se establezcan primero allí! ¡Eso es la solución de la cuestión social!

El inmortal Hansemann ha resuelto estas cuestiones. Primero, restablecimiento del orden, para restablecer el crédito. Luego, como en 1844, cuando «se debía y se tenía que ayudar a mis queridos tejedores silesianos»,
¡pólvora y plomo, para resolver la «cuestión social»!
¡Votad, pues, por los amigos de la constitución otorgada!
Pero Montesquieu LVI no acepta la constitución otorgada sino para poder revisarla y jurarla después.
¡Óptimo Montesquieu! Una vez que hayas aceptado la constitución, sólo la revisarás sobre su propio fundamento, esto es, la revisarás en la medida en que convenga al arbitrio del rey y de la segunda cámara, compuesta de junkers rurales, barones de las finanzas, altos funcionarios y clérigos. Esta única revisión posible está ya cautelosamente indicada en la propia constitución otorgada. Consiste en el abandono del sistema constitucional y en la reinstauración del viejo y cristiano-germánico régimen estamental.
Ésta es la revisión que, tras la aceptación de la constitución otorgada, es la única posible y la única permitida, cosa que no puede haber escapado a la perspicacia de un Montesquieu.
La parte práctica de las petits Œuvres de Montesquieu LVI desemboca, pues, en esto: ¡Votad por Hansemann-Camphausen! ¡Votad por Dumont-Stupp! ¡Votad por Brandenburg-Manteuffel! ¡Aceptad la constitución otorgada! ¡Elegid compromisarios que acepten la constitución otorgada, y todo ello bajo el pretexto de resolver «la cuestión social»!
¡Qué diablos nos importa el pretexto, cuando lo que hay de una vez es la constitución otorgada!
Pero nuestro Montesquieu ha antepuesto a su instrucción práctica para resolver «la cuestión social», al verdadero quid de su obra gigantesca, naturalmente, una parte teórica. Examinemos esta parte teórica.
El profundo pensador declara primero qué son las «cuestiones sociales».
«¿Qué es, pues, propiamente la cuestión social?
El hombre debe y quiere vivir.
Para vivir necesita el hombre vivienda, vestido, alimento.
Vivienda y vestido no los produce la naturaleza en absoluto, el alimento crece silvestre sólo de forma escasa y en modo alguno suficiente.
Por ello, el hombre tiene que procurarse estas necesidades por sí mismo.
Esto sucede mediante el trabajo.
El trabajo es, por tanto, la primera condición de nuestra vida, sin trabajo no podemos vivir.
En los pueblos primitivos, cada uno se construía por sí mismo su propia choza, se fabricaba por sí mismo su vestido de pieles de animales, recogía por sí mismo sus frutos para comer. Ése era el estado originario.»

Pero si el hombre no necesita más que vivienda, vestido y alimento, si, por tanto, se limita a satisfacer sus necesidades corporales, se sitúa en el mismo nivel que el animal; pues esto también lo hace el animal. Mas el hombre es un ser superior al animal: necesita más para vivir; necesita alegría, debe elevarse a un valor ético. Y esto sólo puede hacerlo viviendo en sociedad.

Tan pronto como los hombres empezaron a vivir en sociedad, surgió una relación completamente distinta. Pronto notaron que el trabajo resultaba mucho más fácil si cada uno se ocupaba sólo de un trabajo determinado. Y así, uno confeccionaba vestidos, el segundo construía casas, el tercero se ocupaba de la alimentación, y el primero daba al segundo lo que a éste le faltaba. De este modo se formaron por sí mismas las diversas clases de hombres, convirtiéndose uno en cazador, otro en artesano y un tercero en agricultor. Pero los hombres no se detuvieron ahí, pues la humanidad tiene que avanzar. Se hicieron inventos. Se inventó el hilado y el tejido, la forja del hierro, el curtido de las pieles de animales. Cuantos más inventos se hacían, tanto más variado se volvía el artesanado, tanto más fácil la agricultura, a la que el artesanado proporcionaba el arado y la pala. Todo se apoyaba mutuamente, todo se engranaba. Luego, los hombres se relacionaron con pueblos vecinos; un pueblo tenía lo que al otro le faltaba, y éste poseía lo que aquél no tenía. Se intercambiaba. Así surgió el comercio, y con él una nueva rama de la actividad humana. Así progresó la cultura de grado en grado; desde los primeros inventos toscos, a lo largo de siglos, se llegó por fin a los inventos de nuestro tiempo.

Así se formaron entre los hombres las ciencias y las artes, y la vida se hizo cada vez más rica, cada vez más variada. El médico sanaba al enfermo, el párroco predicaba, el comerciante comerciaba, el campesino labraba el campo, el jardinero cultivaba flores, el albañil construía las casas, que el ebanista dotaba de mobiliario, el molinero molía la harina que el panadero cocía como pan… Todo se engranaba; nadie podía sostenerse solo, nadie podía procurarse por sí mismo sus necesidades.

Éstas son las relaciones sociales.

Han surgido por sí mismas, de manera completamente natural. Y si hoy hacéis una revolución que destruya por completo todas estas relaciones, cuando mañana volváis a empezar a vivir de nuevo, las relaciones se volverán a formar exactamente igual que ahora. Desde hace milenios ha sido así en todos los pueblos de la tierra. Si alguien establece una diferencia entre obreros y burguesía… eso es una gran mentira. Todos trabajamos, cada cual a su modo,

cada cual según sus fuerzas y capacidades. El médico trabaja cuando visita al enfermo, el músico que toca para el baile, el comerciante que escribe sus cartas, todos trabajan, cada uno en su puesto.

¡He aquí sabiduría! ¡Quien tenga oídos para oír, que oiga!

¿Qué pasa, pues, en realidad con la cuestión fisiológica?

Todo ser corpóreo presupone un cierto peso, densidad, etc. Todo cuerpo orgánico consta de toda clase de componentes, cada uno de los cuales ejerce su propia función y en el que los órganos recíprocos se engranan.

“Éstas son las relaciones fisiológicas.”

Montesquieu LVI., no cabe negarlo, posee un talento original para la simplificación de la ciencia. Una patente (sin garantía del gobierno) para Montesquieu LVI.

Los productos del trabajo sólo se producen mediante el trabajo. Sin siembra no hay cosecha, sin hilatura no hay hilado, etc.

Europa se inclinará admirada ante el genio gigantesco que ha sacado a la luz estas verdades en la misma Colonia, sin ayuda alguna de la “Neue Preußische Zeitung”.

En el trabajo, los hombres entablan determinadas relaciones entre sí. Se produce una división del trabajo más o menos variada. Uno hornea, otro forja; uno cava, otro aúlla; Montesquieu LVI. escribe y Dumont imprime. ¡Adam Smith, reconoce a tu maestro…!

Ahora bien, estos descubrimientos de que el trabajo y la división del trabajo son condiciones de vida de toda sociedad humana capacitan a Montesquieu LVI. para llegar a la conclusión de que los “diversos estamentos” son naturales, de que la diferencia entre “burguesía y proletariado” es una “gran mentira”, de que las “relaciones sociales” existentes, por más que una “revolución” las destruya hoy desde sus cimientos, “volverán a formarse exactamente igual que ahora”, y de que, por último, es absolutamente necesario elegir electores en el sentido de Manteuffel y de la constitución otorgada, si se quiere “llevar en el pecho un corazón para la necesidad de sus pobres hermanos” y hacerse acreedor a la estima de Montesquieu LVI.

“¡Desde hace milenios ha sido así en todos los pueblos de la tierra!”

En Egipto hubo trabajo y división del trabajo y castas; en Grecia y Roma, trabajo y división del trabajo, y libres y esclavos; en la Edad Media, trabajo y división del trabajo y señores feudales y siervos, gremios, estamentos, etc. En nuestra época hay trabajo y división del trabajo y clases, de las cuales una está en posesión de todos los instrumentos de producción y de los medios de subsistencia, mientras que la otra

sólo vive mientras vende su trabajo, y sólo vende su trabajo mientras la clase patronal se enriquece mediante la compra de ese trabajo.

¿No es, pues, más claro que el sol que “así ha sido en todos los pueblos de la tierra desde hace milenios” como lo es hoy en Prusia, porque el trabajo y la división del trabajo existieron siempre de una u otra forma? ¿O, por el contrario, no se pone de manifiesto que las relaciones sociales, las relaciones de propiedad, fueron constantemente derrocadas precisamente por el modo siempre cambiante del trabajo y de la división del trabajo?

En 1789, los burgueses no gritaron a la sociedad feudal: ¡Nobleza sigue siendo nobleza, siervo sigue siendo siervo, gremial sigue siendo gremial…, pues sin trabajo y división del trabajo no hay sociedad! ¡Sin respirar aire no hay vida! Respirad, pues, el aire viciado y no abráis las ventanas…, así raciocina Montesquieu LVI.

Se necesita todo el descaro necio y simple de un filisteo imperial alemán, envejecido en la ignorancia brutal, para, después de haberse incrustado superficial y torcidamente en la lenta materia cerebral las primeras letras de la economía política —trabajo, división del trabajo—, ponerse a hablar como un oráculo sobre cuestiones en las que nuestro siglo se rompe los dientes.

“¡Sin trabajo y división del trabajo no hay sociedad!
Por tanto:
Elegid electores amigos de la constitución otorgada prusiana, y sólo amigos de la constitución otorgada.”

Este epitafio lucirá un día en grandes letras en las paredes del espléndido mausoleo de mármol que la posteridad agradecida se sentirá obligada a erigir al solucionador de la cuestión social, Montesquieu LVI. (no confundir con Heinrich CCLXXXIV de Reuß-Schleitz-Greitz-Lobenstein-Eberswalde).

Montesquieu LVI. no nos oculta “dónde está el nudo” y lo que se propone hacer tan pronto como sea proclamado legislador.

“Para eso —nos instruye— debe cuidar el Estado de que cada cual reciba la educación suficiente para poder aprender algo decente en el mundo.”

Montesquieu LVI. nunca ha oído decir que, bajo las relaciones existentes, la división del trabajo coloca en lugar del trabajo complicado el simple, en lugar de los adultos a los niños, en lugar de los hombres a las mujeres, en lugar del obrero autónomo a los autómatas; que, en la misma medida en que se desarrolla la industria moderna, la educación del obrero se torna superflua e imposible. Al Montesquieu de Colonia no lo remitimos ni a Saint-Simon ni a Fourier, sino a Malthus y Ricardo. El hon-

rado burgués aprenda primero las líneas fundamentales de las actuales relaciones antes de enmendarlas y… repartir oráculos.

“De las personas que se han empobrecido por enfermedad o por vejez debe cuidar la comunidad.”

¿Y si la propia comunidad se empobrece, como no puede dejar de ocurrir con los 100 millones de impuestos otorgados al mismo tiempo que la nueva constitución y con los estados de sitio epidémicos, qué entonces, Montesquieu?

“Donde nuevos inventos o crisis comerciales destruyan ramas enteras de actividad lucrativa, el Estado debe acudir en ayuda y poner remedio.”

Por muy poco familiarizado que esté el Montesquieu de Colonia con las cosas de este mundo, difícilmente puede haberle pasado inadvertido que los “nuevos inventos” y las crisis comerciales son tan permanentes como las circulares ministeriales y los fundamentos jurídicos prusianos. ¡Los nuevos inventos se introducen en Alemania, especialmente, sólo cuando la competencia con los pueblos extranjeros convierte su introducción en una cuestión de vida o muerte, y las nuevas ramas de actividad que surgen han de arruinarse para acudir en auxilio de las que decaen! Las ramas de actividad que surgen gracias a los inventos surgen precisamente porque producen más barato que las que decaen. ¿Qué demonios se ganaría si tuvieran que dar de comer a las que decaen? Mas el Estado, el gobierno, como es sabido, sólo da en apariencia. Primero hay que darle a él para que él dé. Pero ¿quién ha de darle, Montesquieu LVI.? ¿La rama de actividad en decadencia, para que decaiga aún más rápido? ¿O la rama que surge, para que se estanque ya al surgir? ¿O las ramas no afectadas por los nuevos inventos, para que quiebren por la invención de un nuevo impuesto? ¡Reflexiónalo maduramente, Montesquieu LVI.!

Y, sobre todo, las crisis comerciales, mi querido amigo. Cuando estalla una crisis comercial europea, nada examina el Estado prusiano con mayor angustia que cómo exprimir las últimas gotas de agua de sus acostumbradas fuentes tributarias por medio de ejecuciones, etc. ¡Pobre Estado prusiano! Para que el Estado prusiano neutralizara las crisis comerciales, necesitaría poseer, además del trabajo nacional, una tercera fuente de ingresos en las nubes. Ciertamente, si por medio de deseos de Año Nuevo del Altísimo, de órdenes militares al estilo Wrangel o de circulares ministeriales al estilo Manteuffel se pudieran acuñar dineros de la tierra, la “negativa al pago de impuestos” no habría infundido un pánico tan terrible entre los “fieles y amados” prusianos, y la cuestión social se habría resuelto también sin constitución otorgada.

Se sabe que la «Neue Preußische Zeitung» declaró a nuestro Hansemann comunista porque pretendía suprimir las exenciones fiscales. Nuestro Montesquieu, que jamás ha leído la «Neue Preußische Zeitung», tiene por sí mismo en Colonia la ocurrencia de declarar «comunista» y «repúblicano rojo» a todo aquel que amenace la Constitución otorgada. ¡Votad, pues, por Manteuffel o no sois sólo enemigos personales del trabajo y de la división del trabajo, sino también comunistas y repúblicanos rojos. ¡Reconoced el novísimo «suelo jurídico» de Brüggemann, o... renunciad al Code civil!

¡Figaro, tu n’aurais pas trouvé ça!

¡Mañana más sobre Montesquieu LVI!

* Colonia, 21 de enero. Montesquieu LVI trata de endosar a los electores primarios el «caballo regalado»,
la Constitución otorgada, con toda la mezquina astucia de un experimentado chalán de caballos. Es
el Montesquieu del mercado de caballos.

Quien no quiere la Constitución otorgada, quiere la república, y no sólo la república sin más, ¡sino la república roja! Por desgracia, en nuestras elecciones no se trata ni mucho menos de la república ni de la república roja. Se trata sencillamente de:
¿Queréis el viejo absolutismo junto con un sistema estamental remozado, o queréis un sistema representativo burgués? ¿Queréis una Constitución política que responda a las «relaciones sociales existentes» de siglos pasados, o queréis una Constitución política que convenga a las «relaciones sociales existentes» de vuestro siglo?

En este asunto no se trata, pues, ni mucho menos, de una lucha contra las relaciones burguesas de propiedad, como la que tiene lugar en Francia y se prepara en Inglaterra. Se trata más bien de la lucha contra una Constitución política que pone en peligro las «relaciones burguesas de propiedad», al entregar el timón del Estado a los representantes de las «relaciones feudales de propiedad»: al rey por la gracia de Dios, al ejército, a la burocracia, a los hidalgüelos rurales y a algunos barones de las finanzas y filisteos populacheros aliados a ellos.
Mediante la Constitución otorgada, la cuestión social ha quedado resuelta en el sentido de estos señores. No hay duda.

¿Qué es la «cuestión social» en el sentido del funcionario? Es el mantenimiento de su sueldo y de la posición que ha ostentado hasta ahora, por encima del pueblo.
¿Y qué es la «cuestión social» en el sentido de la nobleza y de sus grandes terratenientes? Es el mantenimiento de las antiguas justicias feudales sobre la tierra, el acaparamiento de los puestos más lucrativos en el ejército y en la administración civil por parte de sus familias y, por último, la recepción directa de limosnas del erario público. Aparte de estos intereses materiales palpables y, por tanto, «sacratísimos» de los señores «con Dios, por el rey y por la patria», se trata para ellos, naturalmente, también del mantenimiento de las distinciones sociales que diferencian a su raza de la vil raza burguesa, campesina y plebeya. La vieja Asamblea Nacional fue precisamente disuelta a la fuerza porque se atrevió a poner la mano sobre estos «sacratísimos intereses». Lo que los señores entienden por «revisión» de la Constitución otorgada, como ya se ha apuntado antes, no es otra cosa que la introducción del sistema estamental, es decir, de una forma de Constitución política que represente los intereses «sociales» de la nobleza feudal, de la burocracia y del trono por la gracia de Dios.
¡Una vez más! No hay duda de que la «cuestión social», en el sentido de la nobleza y de la burocracia, ha quedado resuelta mediante la Constitución otorgada, es decir, que esta Constitución regala a estos señores una forma de gobierno que asegura la explotación del pueblo por estos semidioses.
Pero la «cuestión social», en el sentido de la burguesía, ¿ha quedado resuelta mediante la Constitución otorgada? En otras palabras, ¿obtiene la burguesía una forma de Estado en la que pueda administrar libremente los asuntos comunes de su clase, los intereses del comercio, de la industria, de la agricultura; emplear los fondos del Estado de la manera más productiva; organizar la administración del Estado del modo más barato; proteger eficazmente el trabajo nacional hacia el exterior y abrir hacia el interior todos los manantiales de la riqueza nacional cegados por el fango feudal?
¿Nos muestra la historia un solo ejemplo de que la burguesía haya logrado jamás imponer con un rey otorgado por la gracia de Dios una forma política de Estado que correspondera a sus intereses materiales?
Para fundamentar la monarquía constitucional, en Inglaterra tuvo que expulsar dos veces a los Estuardo, en Francia a los Borbones legítimos, en Bélgica al de Nassau.
¿De dónde procede este fenómeno?
Un rey legítimo por la gracia de Dios no es un individuo singular; es el representante en persona de la vieja sociedad dentro de la nueva sociedad. El poder del Estado en manos del rey por la gracia de Dios es el poder del Estado en manos de la vieja sociedad, que ya sólo existe en forma de ruinas; es el poder del Estado en manos de los estamentos feudales, cuyo interés se contrapone del modo más hostil al interés de la burguesía.

Pero la base de la Constitución otorgada es precisamente el «rey por la gracia de Dios».
Así como los elementos sociales feudales ven en la monarquía por la gracia de Dios su cúspide política, la monarquía por la gracia de Dios ve en los estamentos feudales su base social, la conocida «muralla del rey».

Por eso, cada vez que los intereses de los señores feudales y del ejército y la burocracia dominados por ellos se crucen con los intereses de la burguesía, la monarquía por la gracia de Dios se verá empujada siempre a un golpe de Estado y se preparará una crisis revolucionaria o contrarrevolucionaria.
¿Por qué fue disuelta la Asamblea Nacional? Sólo porque representaba el interés de la burguesía contra el interés del feudalismo; porque quería suprimir las relaciones feudales que obstaculizan la agricultura, subordinar el ejército y la burocracia al comercio y a la industria, poner freno al despilfarro del tesoro público, abolir los títulos nobiliarios y burocráticos.
En todas estas cuestiones se trataba ante todo e inmediatamente del interés de la burguesía.
Así pues, los golpes de Estado y las crisis contrarrevolucionarias son las condiciones de vida de la monarquía por la gracia de Dios, que, a causa de los acontecimientos de marzo o de otros acontecimientos, se ha visto obligada a humillarse y a adoptar, a regañadientes, la forma aparente de una monarquía burguesa.
En una forma de Estado cuyo punto álgido necesario son los golpes de Estado, las crisis contrarrevolucionarias y los estados de sitio, ¿podrá restablecerse jamás el crédito?
¡Qué ilusión!
La industria burguesa debe romper las cadenas del absolutismo y del feudalismo. Una revolución contra ambos demuestra precisamente que la industria burguesa ha alcanzado un punto culminante en el que debe conquistar una forma de Estado adecuada a ella o perecer.
El sistema burocrático de tutela asegurado por la Constitución otorgada es la muerte de la industria. ¡Mirad sólo la administración prusiana de las minas, los reglamentos fabriles, etc.! Cuando el fabricante inglés compara sus costes de producción con los del fabricante

prusiano, constatará siempre en primer lugar la pérdida de tiempo que el fabricante prusiano sufre por la necesaria observancia de las prescripciones burocráticas.
¿Qué refinador de azúcar no recuerda el tratado comercial de Prusia con Holanda en 1839? ¿Qué industrial prusiano no se ruboriza al recordar el año 1846, cuando el gobierno prusiano cortó a toda una provincia la exportación a Galitzia por su complacencia con el gobierno austríaco, y el ministerio prusiano, al declararse bancarrota tras bancarrota en Breslau, manifestó asombrado que no había sabido que existiese una exportación tan importante a Galitzia, etc.?
Hombres de la misma raza son colocados al timón del Estado por la Constitución otorgada, del mismo modo que este regalo proviene de las manos de estos hombres. Miradla, pues, dos veces.
La aventura con Galitzia reclama nuestra atención sobre otro punto.
Entonces, el gobierno prusiano sacrificó la industria y el comercio silesianos a la contrarrevolución en alianza con Austria y Rusia. Esta maniobra se repetirá a diario. El banquero de la contrarrevolución prusiano-austríaco-rusa, en la cual la monarquía por la gracia de Dios buscará y debe buscar siempre su apoyo exterior con sus murallas del rey, es Inglaterra. El adversario más peligroso de la industria alemana es ese mismo: Inglaterra. Creemos que estos dos datos hablan suficientemente.
En el interior, la industria trabada por cadenas burocráticas, la agricultura por privilegios feudales; hacia el exterior, el comercio vendido a Inglaterra por la contrarrevolución: estos son los destinos de la riqueza nacional prusiana bajo la égida de la Constitución otorgada.
El informe de la «Comisión de Finanzas» de la disuelta Asamblea Nacional ha arrojado suficiente luz sobre la administración del patrimonio del Estado por la gracia de Dios.
Sin embargo, este informe sólo señala, a modo de ejemplo, sumas que fueron sustraídas al erario público para apuntalar las vacilantes murallas del rey y colmar de oro a los pretendientes extranjeros de la monarquía absoluta (Don Carlos). Pero estos dineros, que se escamotean de los bolsillos de los demás ciudadanos del Estado para que la aristocracia lleve una vida conforme a su rango y se mantengan en pie los «baluartes» de la monarquía feudal, son sólo algo accesorio si se examina el presupuesto del Estado otorgado simultáneamente con la Constitución de Manteuffel. Ante todo, un ejército fuerte, para que la minoría domine a la mayoría; un ejército de funcionarios lo más grande posible, para que el mayor número

el interés se enajena por su interés privado; el empleo de los fondos estatales del modo más improductivo, para que la riqueza, como dice la «Neue Preußische Zeitung», no ensoberbezca a los súbditos; la mayor relegación posible de los fondos estatales en lugar de su empleo industrial, para que el gobierno por la gracia de Dios pueda presentarse autónomamente ante el pueblo en momentos de crisis fácilmente previsibles – estos son los rasgos fundamentales de la conducta estatal otorgada. Emplear los impuestos para afirmar el poder estatal como poder represor, autónomo y sacrosanto frente a la industria, el comercio y la agricultura, en lugar de rebajarlo a instrumento profano de la sociedad burguesa: ¡tal es el principio vital de la constitución prusiana otorgada!

Como el donante, el regalo. Como el actual gobierno prusiano, la constitución que él ha regalado. Para caracterizar la hostilidad de este gobierno hacia la burguesía, basta llamar la atención sobre su proyectado reglamento industrial. El gobierno pretende volver al gremio bajo el pretexto de avanzar hacia la asociación. La competencia obliga a producir cada vez más barato, por tanto en una escala cada vez mayor, es decir, con más capital, con una división del trabajo siempre ampliada y una aplicación siempre creciente de la maquinaria. Cada nueva división del trabajo desvaloriza la antigua destreza del artesano, cada nueva máquina desplaza a centenares de obreros, cada trabajo en mayor escala, es decir, con más capital, arruina la pequeña tienda y el pequeño taller burgués. El gobierno promete al artesanado asegurarlo frente a la explotación fabril, a la destreza adquirida frente a la división del trabajo, al pequeño capital frente al grande mediante instituciones gremiales feudales. ¡De modo que la nación alemana, especialmente la prusiana, que solo con dificultad resiste sucumbir totalmente ante la competencia inglesa mediante el máximo esfuerzo, debe serle arrojada a los brazos sin resistencia, imponiéndole una organización industrial que contradice los medios de producción modernos y que ha sido dinamitada por la industria moderna!

Seguramente somos los últimos que queremos el dominio de la burguesía. Fuimos los primeros en Alemania en alzar nuestra voz contra ella, cuando los actuales «hombres de acción» se movían autocomplacientes en riñas subalternas.

Pero clamamos a los obreros y a los pequeños burgueses: ¡Preferid sufrir en la moderna sociedad burguesa, que mediante su industria crea los medios materiales para fundar una nueva sociedad que os libere a todos, antes que retornar a una forma social pretérita que, bajo el pretexto de salvar vuestras clases, arroja a toda la nación a la barbarie medieval!

Pero el gobierno por la gracia de Dios tiene, como hemos visto, estamentos y condiciones medievales como base social. No es adecuado para la moderna sociedad burguesa. Tiene que intentar producir una sociedad a su imagen. Es pura consecuencia si busca desplazar la libre competencia por el gremio, la hilandería mecánica por la rueca, el arado de vapor por la azada.

¿Cómo es posible entonces, bajo estas condiciones, que la burguesía prusiana, en total contradicción con sus predecesoras francesa, inglesa y belga, proclame como su shibbólet la constitución otorgada (con ella la realeza por la gracia de Dios, la burocracia y la clase junker)?

La parte comercial e industrial de la burguesía se arroja en brazos de la contrarrevolución por miedo a la revolución. ¿Acaso la contrarrevolución es otra cosa que la obertura de la revolución?

Además hay una parte de la burguesía que, indiferente a los intereses generales de su clase, persigue un interés particular, incluso hostil a estos.

Son los barones financieros, los grandes acreedores del Estado, banqueros, rentistas, cuya riqueza crece en la misma medida que la pobreza del pueblo y, por último, personas cuyo negocio está orientado hacia las viejas condiciones estatales, por ejemplo, Dumont y su lumpemproletariado literario. Son profesores ambiciosos, abogados y gentes similares, que solo pueden esperar obtener puestos considerables en un Estado donde traicionar al pueblo ante el gobierno es un negocio lucrativo.

Son fabricantes individuales que hacen buenos negocios con el gobierno, proveedores que extraen sus cuantiosos porcentajes de la explotación general del pueblo, filisteos cuya importancia se pierde en una gran vida política, concejales municipales que bajo la protección de las instituciones existentes han fomentado sus sucios intereses privados a costa de los públicos, comerciantes de aceite que mediante la traición a la revolución se han convertido en excelencias y caballeros de la Orden del Águila, pañeros en bancarrota y especuladores ferroviarios transformados en directores del Banco Real, etcétera, etcétera.

«Estos son los amigos de la constitución otorgada.» Si la burguesía tiene corazón en el pecho para estos sus pobres hermanos, y si quiere hacerse digna de la consideración del capítulo LVI de Montesquieu, que elija electores en el sentido de la constitución otorgada.